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lunes, marzo 28, 2011

¿Qué es el cáncer?

Por Salvador Macip, médico e investigador de la Universidad de Leicester (EL PERIÓDICO, 26/03/11):

Una célula que se divide sin ningún tipo de control. Esta podría ser la forma más simple de responder a la pregunta del título. Pero si algo tenemos claro es que el cáncer lo es todo menos una enfermedad simple. Ni siquiera de definir. Al contrario: es probablemente el problema sanitario más complejo que nunca tendremos que resolver. Y a pesar de todo, en su origen hay una sola célula que abandona la estricta disciplina de su tejido y empieza a generar copias anárquicas de sí misma.

¿Qué es lo que produce que la célula enloquezca hasta el punto absurdo de representar una amenaza para el organismo del que depende para sobrevivir? Es el misterio que hemos intentado resolver en las últimas décadas, desde que entendimos que al cáncer lo definen una serie de genes que no funcionan de forma adecuada. Si pudiéramos averiguar cuáles son, estaríamos mucho más cerca de la curación. Los adelantos han sido espectaculares, pero por cada capa de la cebolla que logramos pelar, descubrimos otra debajo tan llena de enigmas como la última. A pesar de todo, la imagen del cáncer a nivel molecular está cada vez más clara.

En este sentido, se acaba de publicar la actualización de un artículo científico que hace ya 11 años intentó por primera vez definir los pasos que una célula tiene que dar para convertirse en la iniciadora de un cáncer. Eran seis. Los más obvios: ser capaz de dividirse cuando no le toca (apretar el acelerador) y no escuchar las señales que le obligan a parar (desconectar los frenos). También necesita no envejecer nunca y eludir los mecanismos que quieren matarla. En estadios posteriores, tendrá que ser capaz de fabricar vasos sanguíneos para alimentar la masa tumoral que se forma. Y, por último, tendrá que encontrar el modo de abandonar su tejido de origen para ir a establecer colonias en otros órganos, la metástasis. Esta última habilidad es la que define la malignidad de un tumor y es la responsable de la mayoría de muertes que causa el cáncer.

Ha sido necesario el trabajo de una década para darnos cuenta de que esta era una visión parcial de la historia. En la nueva versión se han añadido cuatro condiciones más para definir la célula tumoral. Son las que reflejan los descubrimientos oncológicos más recientes y las nuevas posibilidades terapéuticas. Por ejemplo, ahora sabemos que nuestro sistema inmune intenta luchar contra la célula que quiere huir del orden establecido, talmente como si quisiera frenar la invasión de un virus nocivo. Si la célula quiere seguir a lo suyo, tiene que lograr escaparse de las defensas propias, y es por ello por lo que una vacuna que las refuerce podría ser un tratamiento efectivo. También sabemos ahora que una inflamación acompaña siempre a los tumores, y que aprovechar esa reacción normal en respuesta a una agresión les ayuda a seguir creciendo. Por lo tanto, los antiinflamatorios podrían ser útiles.

Uno de los hallazgos más prometedores ha sido entender que las células de un tumor necesitan vías alternativas para conseguir energía. Tienen un metabolismo mucho más acelerado que el de sus compañeras, y procesar los alimentos que reciben de forma normal no es suficiente. Esto hace tiempo que se sabe, pero recientemente nos hemos dado cuenta de que puede ser uno de los puntos débiles por donde podemos atacar. Y el último que hemos añadido a la lista es la inestabilidad del genoma de la célula cancerosa. Es decir, que su ADN se volverá mucho más propenso a acumular errores, en principio de forma aleatoria. Esto es precisamente lo que produce que se activen y desactiven una serie de genes que, combinados de la forma adecuada, todavía no sabemos exactamente cómo, le otorgarán esas 10 características primordiales que acabamos de enumerar.

El cáncer es, pues, un caso extremo de mala suerte. Una acumulación de imprevistos que encajan como un rompecabezas en el espacio minúsculo del núcleo de una célula. Que sea posible solo se entiende si pensamos en que el cuerpo humano lo forman 100 billones de células constantemente atacadas por agresiones que pueden herir su ADN e iniciar la reacción en cadena. Desde que se da este pistoletazo de salida, la célula afectada puede tardar décadas en completar los 10 pasos que la convertirán en un peligro para el organismo. Por desgracia, los mecanismos que tiene nuestro cuerpo para evitarlo fallan tan a menudo como para que una de cada tres personas desarrolle un cáncer a lo largo de su vida.

Cuando empezamos a entender esos procesos es cuando nos damos cuenta de la absurdidad del concepto de diseño inteligente. Si alguien realmente nos hubiera diseñado se le podría llamar de todo menos inteligente. La maravilla que es el cuerpo humano funciona gracias a un equilibrio perfecto, pero precario, que se aguanta con parches acumulados a lo largo de millones de años de evolución. Una sola célula puede hacer tambalear esta paz. La verdadera demostración de inteligencia será encontrar la forma de pararla.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

martes, febrero 08, 2011

La investigación del cáncer de todos los días

Por Manel Esteller, médico. Institut d’Investigació Biomèdica de Bellvitge (EL PERIÓDICO, 05/02/11):

Escribí mi primer artículo científico a los 17 años. Salió publicado en la revista Ciència que hacíamos en mi instituto, el Llor de Sant Boi de Llobregat, inspirados por un inquieto profesor de Química, Jordi Carvajal. La publicación fue premiada dos años seguidos por la Comissió Interdepartamental per la Recerca i la Innovació Tecnològica (CIRIT) por fomentar el espíritu científico entre la juventud, una excelente iniciativa de la Generalitat que se mantiene casi 25 años después. El artículo se titulaba El càncer. Lo he reencontrado en una visita a la vieja casa familiar, y me he dado cuenta de cómo ha cambiado el conocimiento de esta enfermedad, pero también de cuánto nos queda por hacer. Estas dos últimas décadas han visto la obtención de los primeros genomas completos de los tumores humanos y la aparición de fármacos específicos contra las mutaciones que contribuyen a su desarrollo. Hemos visto cómo la supervivencia del cáncer de mama pasaba de ser casi nula a incrementarse radicalmente. Los mismos logros hemos alcanzado con las leucemias infantiles. Pero no hemos conseguido mejorar significativamente el pronóstico del tumor de cerebro (glioma) o del cáncer de páncreas. Los adelantos han sido también claves en salud pública, como la vacuna contra la hepatitis B y ciertos tumores de hígado y los programas de detección precoz de cáncer de mama y cuello de útero.

Sí, ya sé que hablar de estadística es algo frío y que deberíamos hablar de cada caso en particular, de cada persona, de cada historia. Pero la mejora numérica es magnífica: si en 1945 curábamos solo un 5% de los tumores, ahora somos capaces de hacerlo en el 55% de los casos. Hemos dado la vuelta a la tortilla. No ha sido fruto del azar. Se debe a la investigación constante de médicos clínicos, cirujanos y radiólogos, biólogos, bioquímicos, farmacéuticos, químicos¿ Pero aún nos queda mucho por hacer. Muchísimo. Cada vez que sé de una historia que no termina bien, pienso que podríamos hacer más.

Nuestra población tiene más cáncer que generaciones anteriores, en buena parte porque vivimos más tiempo que otras olas demográficas que fueron heridas de muerte por otras afecciones, como las infecciones en la infancia. El precio de nuestra longevidad es tener más probabilidades de desarrollar un tumor (igual que una enfermedad cardiovascular o un trastorno degenerativo como el alzhéimer). La buena noticia es que no nos acostamos sanos y nos despertamos con un tumor grande y agresivo, sino que el proceso requiere meses para su desarrollo. Un tiempo precioso en el que podemos intervenir decididamente para interrumpir la caída de este dominó de células alteradas. En este sentido, debemos tener siempre presente que un pequeño tumor puede extirparse quirúrgicamente, y entonces las posibilidades de curación son muy altas.

El diagnóstico genético del cáncer hereditario nos plantea una cuestión más compleja que no entraré a discutir: el derecho del enfermo a saber y a decidir hasta dónde quiere recibir información. Los medios de comunicación, como altavoces de la sociedad, deben contribuir a dar a conocer los últimos adelantos en la investigación del cáncer y a hacer entender que una sociedad mejor informada es una sociedad más libre y con más capacidad de elección. Cuando leo en los periódicos o la web la frase «después de una larga enfermedad» me parece retroceder a la edad media. Tenemos que llamar a las cosas por su nombre: cáncer de páncreas, cáncer de pulmón, cáncer de próstata. Solo conociendo a nuestro enemigo podremos vencerlo. Las asociaciones de pacientes americanas contra determinados tumores, como la Susan G. Komen for the Cure (cáncer de mama) o la Lance Armstrong Foundation (cáncer de testículo) han hecho más por luchar contra estas formas tumorales que muchos programas de investigación pública. Aquí, el ejemplo de la Fundación Josep Carreras contra la leucemia es magnífico. No podremos vencer esta enfermedad si nos escondemos tras las trincheras de los seudónimos. El cáncer es una enfermedad como cualquier otra y si se destinan los suficientes recursos públicos y privados para investigarla puede ser detenida en una generación.

Muchas veces me preguntan cuándo llegará la curación del cáncer. Más de una vez suelo dar esta respuesta: «Yo sé cómo eliminar una tercera parte de los tumores del mundo». Entonces, al periodista se le abren las pupilas de los ojos para cerrarlas casi inmediatamente cuando añado: «Simplemente, la población debe dejar de fumar». El tabaco causa no solo el cáncer de pulmón (el 90% del mismo aparece en fumadores), sino que también origina el cáncer de cabeza y cuello y el de vejiga. Por eso las medidas restrictivas de su uso como las actualmente aprobadas son siempre bienvenidas. Es mejor prevenir una enfermedad que curarla. Un pequeño paso más en la lucha contra el cáncer, que requiere concienciación y apoyo social, financiero y político decidido. Pero de esto ya hablaré otro día.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

sábado, septiembre 06, 2008

Desinformados frente al cáncer

Por Christopher Boone

Un estudio realizado a nivel mundial por la Unión Internacional contra el Cáncer (UICC) ha demostrado que no estamos tan informados como deberíamos sobre las causas del cáncer. Han sido unas 30.000 encuestas repartidas por 29 países de ingresos altos, medios, y bajos, y se han observado similitudes y diferencias que dan mucho que pensar.

Una primera conclusión a la que se ha llegado es que nos preocupan más los factores medioambientales que los de nuestras propias conductas, lo que es un grave error. Por ejemplo, la contaminación está vista como un factor de riesgo importante, lo cual en realidad tiene un bajo impacto en la enfermedad.

En cambio, beber alcohol no preocupa tanto a los encuestados, y resulta que el consumo de estas bebidas es más influyente en el cáncer que respirar un aire contaminado.


De hecho, es en los países con mayores ingresos donde esta creencia está más extendida. Un 42% de los encuestados no cree que consumir alcohol pueda ser causa de cáncer, respecto al 26% que hay en los países con ingresos medios, y al 15% de los países con ingresos bajos.

Otra diferencia entre países está en las esperanzas frente a una posible cura, o la efectividad de los tratamientos contra el cáncer.

En los países más pobres, un 48% de la gente pensaba que no hay mucho que se pueda hacer para curar esta enfermedad. Ese porcentaje se reducía a un 39% en los países de ingresos medios, y hasta un 17% en los de ingresos altos. Este es un indicador preocupante, ya que si la gente no cree en una posible cura, no participarán en programas de análisis de cáncer, necesarios para salvarlos.

Como conclusión de todos estos datos, queda el diseñar programas de educación específicos para cada país, ya que las necesidades son distintas según el contexto en el que se encuentran.

Pero lo que queda claro es que se tendrá que poner especial atención en borrar la idea de que los factores de riesgo del cáncer son sólo ambientales (y por tanto, fuera de nuestro control), y no factores controlables (sobrepeso, alcohol).

¿Os consideráis bien informados sobre esta enfermedad?

How a Tumor Is Changing My Life

By Robert D. Novak (THE WASHINGTON POST, 06/09/08):

Many people have asked me how I first realized I was suffering from a brain tumor and what I have done about it.

The first sign that I was in trouble came July 23, when my 2004 black Corvette struck a pedestrian on 18th Street while I was on my way to my office downtown.

I did not realize I had hit anyone until a young man on a bicycle, who I thought was a bicycle messenger, jumped in front of my car to block the way. In fact, he was David A. Bono, a partner in the high-end law firm Harkins Cunningham. He shouted at me that I could not just hit people and drive away. Bono called the police, and an officer soon arrived.

While Bono and other bystanders were taking on aspects of a mob, shouting “hit-and-run,” the investigating officer listened to me about what had happened and issued a right-of-way infraction against me, instead of a hit-and-run violation, which would have been a felony. Following his instructions, I promptly paid the $50 fine at 3rd District police headquarters.

The person I hit, identified by police as Don, with no fixed address, was taken to George Washington University Hospital. A D.C. fire department spokesman said there were “no visible injuries.”

The next day, there were more clues that something was seriously wrong. I lost my way to my dentist’s office in Montgomery County and never found it. I also had trouble finding my way back to my office. After returning from a speaking engagement in North Carolina that week, I found it difficult to locate my office in the 13-story building where I have been a tenant since 1964.

My wife, Geraldine, and I went to spend the weekend with our daughter, Zelda, and her husband, Christopher Caldwell, and their children in Manchester-by-the-Sea, Mass. When Geraldine noticed that I was having trouble following her in the Boston airport, she suggested I go to a hospital emergency room. The CT scan at Salem Hospital showed a brain mass. I left the hospital and went into seizure the next day.

I suffered another seizure in the ambulance, the second of three that day. I was admitted to the high-quality Brigham and Women’s Hospital in Boston, where a biopsy showed a large, grade-IV tumor. In answer to my question, the oncologist estimated that I had six months to a year to live.

Being read your death sentence is like being a character in one of the old Bette Davis movies.

I believe I was able to withstand this shock because of my Catholic faith, to which I converted in 1998.

I called Donald Morton of the John Wayne Cancer Institute in Santa Monica, Calif., who removed a cancer from my lung in 1994 and has been a friend and close medical adviser. He told me that different people react to serious cancers in different ways and reminded me that I was a three-time cancer survivor.

Morton recommended that I consult Allan H. Friedman, chief of neurosurgery at the Duke University Medical Center.

After reviewing my case, Friedman said a resection — that is, a removal of the tumor — was possible by surgery. He performed a similar operation this summer on Sen. Edward M. Kennedy of Massachusetts.

In today’s world, it is up to the “informed patient” to make many decisions affecting treatment. My dear friend Bob Shrum, the Democratic political operative, asked Sen. Kennedy’s wife, Vicki, to call me. I barely know Mrs. Kennedy, but I have found her to be a warm and gracious person. I have had few good things to say about Teddy Kennedy since I first met him at the 1960 Democratic National Convention, but he and his wife have treated me like a close friend. She was enthusiastic about Dr. Friedman and urged me to opt for surgery at Duke.

The Kennedys were not concerned by political and ideological differences when someone’s life was at stake, recalling at least the myth of milder days in Washington. My long conversation with Vicki Kennedy filled me with hope.

The irony of my going to Duke to save my life can only be appreciated by somebody who knows that I am a fanatical University of Maryland basketball fan with no use for the Duke Blue Devils and their student basketball fans.

The ingenious taunts by the students at Duke’s Cameron Indoor Stadium are usually directed against opposing players, but I have also been the target of the “Cameron Crazies.” During my last visit there to watch a game won by Maryland, students raised a placard with two pictures: one of Benedict Arnold and one of me. “Two Traitors,” said the sign.

But I was treated with immense courtesy and skill by the Duke neurosurgical team. Friedman operated on me for more than four hours on Aug. 15, removing a 3-by-1.5-inch tumor. Of course, cancer cells remain, requiring a rigorous regimen of radiation and chemotherapy.

Journalist Al Hunt, who has become a close friend despite our disagreeing about almost everything, says it will be very difficult for me to inveigh against Duke in the future. I believe he is correct.

I am now home in Washington, awaiting further therapy. Dr. Friedman recommended that I try to get back to at least parts of my normal life, which is part of the reason I composed this piece.

My brain cancer has cost me not only my left peripheral vision but nearly all my left vision, probably permanently. Several people have asked whether the person I hit was crossing in front of me on my left. I answer, “I never saw him.”

Though angry bloggers profess to take delight in my distress, I feel no need to pay them attention in the face of an outpouring of goodwill. I thought 51 years of rough-and-tumble journalism in Washington had made me more enemies than friends, but my recent experience suggests the opposite may be the case.

Support for me and promises of prayers have poured in from all sides, including from political figures who had not been happy with my columns. I’m told that George W. Bush has not liked my criticism, particularly of his Iraq war policy. But the president is a compassionate man, and he telephoned me at 7:24 a.m. on Aug. 15, six minutes before I went into surgery. The conversation lasted only a minute, but his prayerful concern was touching and much appreciated.

Thanks to my tumor, I probably never will be able to drive again, and I have sold the Corvette, which I dearly loved. Taking away my typewriter, however, may require modification of the First Amendment.