Noticias y comentarios sobre Ciencia Política, Administración Pública, Economía, Cultura y Arte.
sábado, septiembre 01, 2012
El deporte como plataforma
jueves, septiembre 15, 2011
Fútbol, dinero y poder
martes, febrero 08, 2011
Extirpemos el pericardio a los atletas
domingo, mayo 02, 2010
The World Cup is Africa’s chance to show how it has changed
miércoles, abril 28, 2010
La salvación por el Mundial
martes, marzo 24, 2009
Suspendida la conferencia de paz en Suráfrica tras la denegación del visado al Dalai Lama
Los organizadores de la conferencia de paz que se iba a celebrar en Suráfrica a partir de este jueves han decidido posponer el evento tras la decisión del Gobierno de denegar el visado al Dalai Lama. La actividad, auspiciada por tres premios Nobel surafricanos - el arzobispo Desmond Tutu, y los ex presidentes F. W. de Klerk y Nelson Mandela- forma parte de la preparación de la Copa del Mundo de fútbol, que se celebrará en Sudáfrica en 2010, y en él se iba a discutir cómo este deporte puede contribuir a la lucha contra el racismo y la xenofobia.
"El Gobierno dice que en este momento hay que concentrarse en la Copa del Mundo, y no en el Tíbet, pero con esta decisión dudo que lo consiga", ha declarado por teléfono Kgetil Siem, el director ejecutivo de la Conferencia. Kgetil Siem se ha mostrado "muy triste y decepcionado" por tener que posponer el evento, aunque no ha querido especular con las razones del ejecutivo para denegar el visado al líder espiritual tibetano "porque no se puede cambiar nada". No hay una nueva fecha: "tenemos que sentarnos y hablar", explica Siem. Algunos de los asistentes, como el arzobispo Desmon Tutu, se han negado a celebrar la conferencia sin la presencia del Dalai Lama.
El Gobierno, en manos del Congreso Nacional Africano, se ha mostrado firme ante las críticas que ha recibido de la oposición. Un portavoz del ejecutivo, Thabo Masebe, ha declarado que la presencia del premio Nobel no responde a los intereses de su país, informa Reuters . "Nos mantenemos en nuestra decisión [...] El Dalai Lama no va a ser invitado a Sudáfrica. No le daremos un visado desde ahora hasta la Copa del Mundo", ha insistido.
Un importante socio comercial
Los intereses a los que se refiere Masebe son, con mucha probabilidad, las relaciones comerciales entre ambos países. China es un socio clave para Suráfrica, como demuestra el hecho de que Pekín ha comprado el 20% del Standard Bank, una de las instituciones financieras más importantes del país. El gigante asiático tiene también grandes inversiones en el sector minero y la industria de ensamblaje de productos electrónicos. Según diplomáticos chinos que han hablado con la prensa local, Pekín había reclamado al ejecutivo que no permitiese el viaje del Dalai Lama, extremo que ha sido negado por el Gobierno africano.
La invitación al Dalai Lama llegó formalmente de la mano de Mandela y F. W. de Klerk -el primer presidente negro de Suráfrica y el último presidente blanco del régimen del apartheid, que compartieron el Nobel en 1994- y Desmon Tutu, arzobispo laureado en 1984. Tanto de Klerk como Tutu se han mostrado muy críticos con la decisión del Gobierno. Sudáfrica está "sucumbiendo sin vergüenza a las presiones chinas", ha declarado el arzobispo al periódico Sunday Tribune.
Deporte para la reconciliación
La cena de gala de la conferencia iba a contar con la presencia de la embajadora de paz de Naciones Unidas, la actriz Charlize Theron, y Morgan Freeman, que interpreta el papel de Nelson Mandela en una película basada en el libro del periodista de EL PAÍS John Carlin, que narra precisamente cómo Mandela utilizó la Copa del Mundo de rugby, celebrada en Suráfrica en 1995, para acabar con el apartheid, uniendo al país alrededor de un acontecimiento deportivo.
sábado, octubre 25, 2008
Las novelas también corren tras el gol
Por Eugenio Fuentes, escritor (EL PAÍS, 25/10/08):
Se diría que es difícil encontrar una reciente novela argentina en la que no se hable de fútbol. No creo que sólo sea fruto del azar que en los últimos tres títulos que han caído en mis manos aparezca ese deporte, bien porque lo practiquen algunos personajes, bien mediante referencias a futbolistas, bien por descripciones directas de la competición.
El protagonista de Un chino en bicicleta (III Premio de Novela La otra orilla, 2007), de Ariel Magnus, asiste en Buenos Aires a un partido de fútbol donde aprende no sólo las reglas del fútbol, sino también las reglas de los insultos de las barras bravas.
En Lanús (2008), de Sergio Olguín, el fútbol impregna de un modo muy literario toda la historia de amistad entre el grupo de jóvenes protagonistas. Desde la dedicatoria -”Y a mis amigos hinchas de Independiente”- hasta el final, el fútbol, más que un deporte, es una forma de vida: “Todo lo que supe sobre mis amigos, sobre lo que tenía que hacer y qué no hacer, sobre lo importante y lo trivial de la vida, lo aprendí jugando a la pelota”, afirma uno de ellos. Y unas páginas después: “Qué sería de ellos si no tuvieran fútbol. De qué hablarían, cómo se relacionarían, cómo podrían agredirse sin dañarse si no tuvieran fútbol. Con la pelota habían aprendido a juntarse, a compartir, a defenderse, a estar juntos”.
Todos los personajes en Lanús recuerdan su infancia asociada al juego y la peor tragedia que podía sucederles era partirse una pierna y quedar invalidado para su práctica durante el resto de su vida. Uno de ellos destina el primer dinero que gana a comprarse una camiseta de la selección albiceleste. Se cita a Menotti, a Maradona, a Santoro, al Loco Gatti, a Ardiles, a Basile…
Los suicidas del fin del mundo (2006), de Leila Guerriero, no es propiamente una novela -aunque lo parece-, sino un apasionante reportaje sobre la extraña ola de suicidios de jóvenes que conmovió a la población argentina de Las Heras. Resulta significativo que en un documento que refleja de un modo periodístico la realidad, aparezca el fútbol en la decoración de las casas, en el ocio de los niños, en las relaciones sociales, e incluso en la muerte: uno de los jóvenes suicidas, Ignacio Palacios, de 25 años, muere colgándose del travesaño de una portería de un campo de fútbol.
Aunque el libro no presta atención especial a ese deporte, sí surgen notas y detalles que revelan hasta qué punto está incardinado en las conversaciones, en el ocio, en la vida cotidiana de los argentinos. En la primera página se lee: “Juan Gutiérrez, 27 años, soltero, sin hijos, buen jugador de fútbol…”, donde se le otorga a este último rasgo del personaje la misma importancia que a su edad, a su estado civil, a su carencia de hijos.
En el otro extremo, el extraordinario ensayo que acaba de publicar Rafael Sánchez Ferlosio, God & Gun. Apuntes de polemología,por el contrario, no parece considerar el deporte como un tema trascendente ni otorgarle categoría para merecer un tratamiento literario. Ferlosio ironiza sobre el hecho de que en un solar vacío pueda “incluso, ¡horror!, construirse un polideportivo”. Más adelante, en el apéndice Carácter y destino, compara el deporte con el circo romano: “… en el espectáculo circense, o sea en lo que hoy es el deporte, que el Imperio Romano venía usando conscientemente como inhibidor político y domesticador social, ya con la misma perversidad con que lo fomenta y subvenciona el Estado moderno…”. Tal vez hoy no haya cambiado la intención del Estado de un uso alienante del deporte como espectáculo público, pero sí hay al menos una diferencia esencial con el circo que, a mi entender, modifica y cuestiona toda la comparación: la voluntariedad o no voluntariedad de los actores. En el circo romano los protagonistas eran obligados al combate o al sacrificio, esto es, a participar en el espectáculo, y ni el gladiador que corría el riesgo de ser ensartado con la lanza ni el cristiano arrojado a los leones se habían presentado voluntarios para salir a la arena, al contrario de lo que sucede hoy, cuando cientos de deportistas saltan los domingos a la hierba y miles de niños y de jóvenes persiguen motu proprio el sueño de gozar de una oportunidad para demostrar su habilidad en cualquier cancha.
Espero no ser malinterpretado por discrepar con Sánchez Ferlosio en un aspecto. En God & Gun afirma que el deporte competitivo puede causar satisfacción, pero no felicidad, “puesto que todas las apariencias son más bien de que lo que está es sufriendo todo el tiempo” en aras de conseguir un único objetivo: “¡Para ganar, para ser los mejores, los primeros!”. Con independencia de la evidente certeza de este propósito, pero compatible con él, me parece a mí que el deporte también puede generar felicidad en el momento mismo de la competición, y no sólo desde la perspectiva de sus logros. No son pocos los deportistas que lo afirman precisando el instante: “Cada vez que me toca entrar a una cancha soy feliz” (Juan Román Riquelme). O: “Gozaba compitiendo, sentía una rara mezcla de tensión y felicidad” (Daniel Bautista, campeón olímpico en Montreal en una disciplina tan sufrida como los 20 kms. de marcha atlética). Declaraciones similares han realizado Paolo Maldini, Henrik Larsson, David Beckham, Rafael Martín Vázquez o Amaya Valdemoro, por citar jugadores europeos. Incluso he leído algún comentario de un luchador de sumo sobre la felicidad que siente al pisar la arcilla del dohyô. Al ver en la pantalla a Lionel Messi -o al recordar al gran Mágico González-, se tiene la impresión de que es feliz mientras en un slalom va driblando a varios oponentes y llega a la portería, consiga o no consiga el objetivo final de marcar gol, pero sin haberlo perdido de vista.
La literatura siempre ha dado buena cuenta de la vida y no hay sucesos o temas que importen en las calles que no terminen reflejándose de un modo u otro en los libros. Los miedos y las alegrías, las obsesiones, las angustias y los sueños que perturban a una sociedad siempre terminan siendo relatados por los escritores del siglo. Una escritura que se precie de reflejar la condición del hombre no puede despreciar a priori ningún tema que al hombre le interese. Incluso cuando el argumento parece banal -once hombres rivalizando contra otros once con el propósito de introducir una pelota en un rectángulo-, sobre él pueden escribirse las más hermosas historias de ambición, de orgullo, de nobleza, de alegría y de desesperación.
El deporte se ha convertido -mediante manipulación o intereses turbios, si se quiere, pero ése es otro debate- en uno de los grandes temas de nuestra época. Mueve masas, paraliza el trabajo, genera noticias, protagoniza debates, arrastra una incontable cantidad de dinero, crea y rompe amores y amistades, llena o vacía las calles, cambia la faz de las ciudades, influye sobre el prestigio de los países y de los regímenes políticos, se usa como arma diplomática y en ocasiones los enfrentamientos deportivos incluso se han convertido en ritos que subliman los enfrentamientos bélicos: la mano de Dios de Maradona es tan recordada porque funciona a modo de venganza virtual de los argentinos sobre los británicos por la dolorosa ofensa de Las Malvinas.
No es extraño, pues, que el deporte, reinventado en el siglo XX, comience a aparecer masivamente en la literatura del siglo XXI. El fútbol, como deporte de masas, es un adelantado. Casi me atrevo a pronosticar que en los próximos años aumentarán los relatos sobre atletas y boxeadores, se inventarán nuevas metáforas sobre balones y bicicletas y nuevas hipérboles sobre el maratón y el baloncesto, y se actualizarán las viejas fábulas sobre las liebres y las tortugas.
miércoles, junio 25, 2008
El Derby del distraído
Nada más llegar a Epsom me encontré con Fulano y casi se me saltan las lágrimas: “¡Pobre Carlitos! ¡Qué desgracia!”. Asintió, con cara hosca. “Pero… ¿cómo pudo pasar?”, insistí. “Nada, un despiste, otro más”, me informó. “Ya sabes cómo era. Estaba viendo los caballos en las cuadras y a la vez contaba el dinero para apostar. Se le cayeron dos euros rodando y se metió a cuatro patas en el box para buscarlos. La yegua se asustó y le pegó una coz en la cabeza. Murió en el acto”. “¡Qué barbaridad, pobrecillo!”, deploré. “Por lo menos fue en el hipódromo. No había nadie más aficionado que él. ¡Cuánto le vamos a echar de menos!”. “Tampoco había nadie más distraído”, gruñó Fulano. Protesté que todos solemos serlo. “Lo suyo no era natural. Era capaz de darle un beso a una chica sin quitarse el cigarrillo de la boca”, recordó Fulano, implacable. “Bueno, a veces…”, traté de defenderle. Fulano hurgó en la herida: “Siempre se dejaba cosas en los hoteles”. Argüí que a mí también suele pasarme. “¡Los zapatos!”, rugió Fulano. “¿Te has ido tú alguna vez de un hotel sin ponerte los zapatos?”. Me encogí de hombros y volví a suspirar: “Le extrañaremos mucho”.
El trágico accidente de Carlitos fue recogido por la prensa nacional, naturalmente. Es el único tipo de noticia hípica que suelen dar: caídas de jockeys, tongos, etcétera… Jamás cuentan los resultados de las carreras más hermosas ni los éxitos de los caballos y jockeys españoles en el mundo. Y encima se justifican diciendo que en España hay poca afición al turf. ¿Cuánta afición habría aquí a la fórmula 1 si los periódicos nunca mencionaran las victorias de Fernando Alonso pero se regodearan en los bólidos que se estrellan y los pilotos que se dejan sobornar por la competencia?
En cualquier caso, los asiduos de Epsom íbamos a echar de menos a Carlitos, que nunca se perdía la gran carrera anual. No sólo por amistad desinteresada, sino también porque -despistado o no- era un auténtico lince para los pronósticos. Y este año el Derby se presentaba inusualmente incierto. Privado de los consejos de mi sabio de cabecera, repasé una y otra vez todos los criterios (racionales o mágicos) para decidir mi apuesta. ¿La excelencia del jockey? El más genial de todos, Lanfranco Dettori, montaba a un precioso caballo criado en Argentina, Río de la Plata, que lamentablemente era difícil que tuviese fondo para culminar la milla y media del arduo recorrido. Además, abundaban los jinetes estupendos, desde el veterano Mick Kinane hasta jóvenes ya tan considerados como Ryan Moore o Jaime Spencer, pasando por los siempre fiables Ted Durcan, Kerrin McEvoy o Pat Smullen. Cualquiera de ellos aprovecharía bien su oportunidad de victoria… si la tenía. ¿El origen de los participantes? Siempre me gustaron los hijos del campeón francés Hernando y corría uno de ellos, Casual Conquest, que además tenía el valor añadido de ser irlandés: pero era un bicho grandote, con poca experiencia, y quizá no se manejara bien en las ondulaciones de Epsom. El cruce que mejor resultado suele dar es el de Sadler Wells, el gran semental que hace unas semanas ha tenido que cesar en sus funciones por cuestión de edad (¡pobre, también él!), con las yeguas descendientes de Mill Reef, pero había al menos tres caballos con esa afortunada combinación de sangres. Nada decisivo, pues. ¿Y las últimas actuaciones? La preparatoria más fiable para el Derby la había ganado Tartan Bearer, pupilo de sir Michael Stoute, el mejor preparador inglés. Es propio hermano de Golan, que hace años ganó las Dos Mil Guineas y llegó segundo en el Derby. En aquella ocasión le venció Galileo, que precisamente es el padre de New Approach, considerado el año pasado el mejor de todos los jóvenes y que éste ha llegado segundo en las Dos Mil Guineas tanto en Inglaterra como en Irlanda. Su preparador, el irlandés Bolger, dijo que le retiraba de Epsom, luego lo declaró participante en el último minuto y desesperó así a todas las casas de apuestas. En fin, un lío.
Me encontraba tan confuso que recurrí a los nombres de los caballos para inspirarme, algo indigno de un experto. Mi genealogía paterna granadina me pedía jugarle a Washington Irving e incluso apostar a Alessandro Volta me pareció por un momento una idea realmente luminosa. El único que podía descartarse sin miedo era Maidstone Mixture, un modestísimo jamelgo que sólo había ganado una carrera ¡de vallas! y al que su pintoresco propietario había matriculado en el Derby como capricho final de su vida hípica. Le montaba un joven desconocido de 22 años que acababa de salir de la cárcel y en las apuestas iba 1.000 a uno. Al final me incliné por Kandahar Run, un precioso tordillo al que había visto en octubre ganar en Newmarket, entrenado por una gloria del pasado, Henry Cecil: lo guapo frágil y lo venido a menos cuyo esplendor apenas se recuerda, nunca he sabido resistirme a eso.
Este año, también Epsom ha estado en obras, la enfermedad urbana más extendida. Por lo menos aún sigue igual la famosa curva de Tattenham, tan larga y compleja, clave de su personalidad. Ayer fui al Imperial War Museum para ver la exposición dedicada a Ian Fleming y aproveché para pasearme un rato por sus salas, de sereno exhibicionismo bélico. En una se guardan los rótulos toscamente pintados en tablones con que los soldados de la primera gran guerra se orientaban en las trincheras. Son nombres de lugares amados, a veces irónicos o picarescos: uno de ellos dice “Tattenham Corner”, y lleva varias siluetas de caballitos pintadas con sencillez. Me conmoví pensando en aquellos remotos aficionados que sufrían entre el barro, la sangre y las explosiones, refugiándose a veces para descansar en el recuerdo de las onduladas praderas de Surrey y los campeones que allí florecen cada año.
Ayer, el recogimiento en la tribuna antes de la carrera era casi sacramental. Pero ahora el móvil nos hace accesibles a todos nuestros conocidos, para bien o para mal. Desde Venezuela un amigo me informa de la desaparición de Eugenio Montejo, poeta noble y hondo. Al final de uno de sus poemas confesaba: “No soy ateo de nada salvo de la muerte”. El ateísmo más difícil, quizá el único realmente liberador. Llega la Reina, que este año va vestida color fresa o algo así. La imagino antes de bajarse del Rolls escondiendo en el asiento un libro de Henry James o Jean Genet, como en Una lectora poco común, la deliciosa novelita de Alan Bennett publicada por Herralde. Y por fin ocurre el Derby. De salida encabeza unos metros el pelotón el infiltrado Maidstone Mixture (supongo que para sacarse la fotografía y alegrar al amo), antes de irse al último lugar que le corresponde. También veo en segunda posición a mi hermoso Kandahar Run hasta ya iniciada la recta final y me hago ilusiones. No hay caso. El asunto está entre Casual Conquest, de galope potente pero bisoño, y Tartan Bearer, que le rebasa con autoridad a 200 metros de la meta. La suerte parece echada hasta que por los palos se cuela irresistible New Approach, que lucha con él para arrebatarle la victoria por casi un cuerpo: se repite en cierto modo la historia y el hermano menor de Golan encuentra su némesis en el hijo de Galileo…
Me reúno con Fulano para comentar la prueba y de pronto veo a Carlitos. Está en las taquillas de juego y va de una a otra con desasosiego impaciente. “Mira”, balbuceo, “es Carlitos…”. “Ya lo he visto”, me responde, seco. “Pero ¿no está…?”. “¡Claro que está muerto!”, responde fastidiado. “Ya te he dicho que la yegua le espachurró la sesera”. Con un escalofrío, le veo acercarse a nosotros. “¡Hola, chicos! No sé qué les pasa a los taquilleros, con esto de la obras están rarísimos. No me hacen ni caso y no logro apostar. ¡Es un infierno!”. Se le veía igual que siempre, salvo un reguero negro, seco y grumoso, que le bajaba por la sien desde el pelo hasta el cuello de la camisa. “¡Y tengo el ganador de la siguiente: Bureaucrat, seis a uno! Oye, vosotros también estáis pasmados. Ni que hubierais visto un…”. Se alejó de nuevo hacia las taquillas, anotando algo en el programa. “¿No se da cuenta, verdad”, murmuré. “¡Nada, ni enterarse, en la luna!”, refunfuñó Fulano. “Te digo que no es natural ser tan distraído”. Convine con él: “No, ahora ya no es natural”. Pero acertó y mis cinco libras a Bureaucrat me las pagaron seis a uno. Gracias, Carlitos.
lunes, junio 09, 2008
Un gran factor de cohesión
Europa se reunifica por entero desde ayer, 7 de junio. Aun sin caer ningún muro ni darse nuevas ampliaciones de la UE, se producirá un impulso de enorme adhesión a escala continental. Del Atlántico a los Urales, todo el mundo seguirá el campeonato de la Eurocopa. La Europa del fútbol siempre ha ido por delante de la construcción europea. La primera Copa de equipos nacionales tuvo lugar en 1956, un año antes de la firma del tratado de Roma. Reunía a los países que en ciertos casos no mantenían relaciones oficiales. Los partidos entre equipos europeos propiciaron desplazamientos, encuentros, crónicas y en consecuencia contactos con quienes siendo europeos no pertenecían a la familia occidental, se tratara de los países del Pacto de Varsovia o de las dictaduras española y portuguesa. El fútbol fue lo primero que abrió una brecha en el telón de acero.
Las competiciones europeas reforzaron de hecho el sentimiento de pertenencia común de un continente atravesado de parte a parte por guerras durante siglos. Y en épocas recientes la construcción europea política y futbolística se ha acelerado de forma paralela con el tratado de Maastricht (1992), que transformó la CEE en la UE, y la ley Bosman (1995), que permitió la libre circulación de los jugadores en todos los países europeos. Actualmente la Eurocopa acoge a países que experimentan ciertas dificultades relativas a su ingreso en la Unión Europea, como Turquía. Ucrania, que no es país miembro de la Unión Europea, coorganizará la próxima Eurocopa en el 2012 junto con Polonia, que es país miembro de la UE.
El fútbol, en realidad, ha creado un espacio colectivo europeo gracias a la libre circulación de jugadores y a las retransmisiones televisadas. Hace una o dos generaciones, cada cual seguía únicamente su torneo de Liga, donde apenas jugaban extranjeros. Actualmente, un europeo posee un conocimiento preciso de los principales campeonatos continentales, donde lo más probable es que tenga a un compatriota que ayuda a triunfar a un equipo determinado. Los grandes encuentros entre equipos rivales del tipo Barcelona-Real Madrid o Arsenal-Manchester no atraen sólo la atención de aficionados españoles o ingleses. Se trata de auténticos derbis globalizados que siguen cientos de millones de telespectadores.
Los principales equipos continentales cuentan con asociaciones y peñas de aficionados que les apoyan en todo el mundo. La afluencia de estrellas extranjeras a los equipos puede debilitar a los equipos nacionales. Inglaterra, donde tres equipos han alcanzado las semifinales de la Liga de Campeones, no se ha clasificado para la Eurocopa. Una falta de participación, esta vez, totalmente involuntaria. Será la primera vez que los ingleses lamentarán no estar en el corazón de la problemática europea. La renovación del fútbol ruso (clasificación del equipo nacional para la Eurocopa y victoria del San Petersburgo en la UEFA) coincide, en cambio, con el vigoroso regreso de Moscú a la escena internacional.
En lo concerniente al fútbol, Europa es una superpotencia. La construcción de este espacio público europeo ha reforzado a sus equipos, que son los más ricos y prósperos y atraen a las estrellas de los cinco continentes. Los cuatro equipos semifinalistas del último Mundial correspondían a países europeos. En 1998 y en el 2002, Europa contó con tres equipos de cuatro semifinalistas.
Aunque la construcción europea hace temer la difuminación de las identidades nacionales, cabe constatar que en fútbol más bien viene a reforzarlas. La Eurocopa será el momento oportuno para que en el seno de cada país se suelde una unidad que trascienda las divergencias políticas, sociales y religiosas y que permita la expresión de un patriotismo moderado pero claramente visible. En cierto modo, en cada país juega la unidad nacional cada vez que juega el equipo nacional. Apenas existen fenómenos que susciten esta adhesión alegre y festiva en torno a un símbolo nacional. La definición tradicional de un Estado remite a un gobierno, una población y un territorio. Tal vez podríamos añadir: y a un equipo de fútbol.
Si bien la mayoría de los países de la UE poseen fronteras comunes, una moneda única y una defensa colectiva, no cabe hablar de que prescindan de su equipo nacional, convertido en signo poderoso de una identidad por lo demás titubeante. El equipo de fútbol se ha convertido en el portaestandarte de los países poco firmes en lo concerniente a su identidad debido a un tiempo a la construcción europea y a la globalización. Se trata de un factor de cohesión y aglutinación singularmente eficaz y poderoso.
El fútbol: un deporte de élite que trascendió la lucha de clases
No sé si existe una Eurocopa de harrijasoketa. De la lucha canaria o de la vela latina tampoco. De ciento en viento -un par de veces en los últimos 40 años- se celebra un concurso que reúne a aizkolaris de diversos países, donde aparecen australianos de enorme potencia, y algún mexicano o estadounidense, descendiente de vascos, pero siempre ganan los vascos auténticos. De jai-alai hay pruebas internacionales, donde todos los concursantes son de procedencia española o representan a países de gran tradición vasca. El toreo -acto cultural que en el extranjero suele calificarse de deporte- se practica en varios países, sin lograr ser objeto de competencia internacional. Un campeonato europeo de cualquiera de los deportes de origen español sería casi impensable.
Los deportes de más raigambre en España son, incluso, de origen extranjero. El golf es escocés, documentado por primera vez en Edimburgo en 1465. El caso del tenis se discute entre Inglaterra y Francia. El primer partido que la Historia reconoce fue el que mató al rey francés Luis X por su exceso de entusiasmo en 1316, pero la versión moderna se inventó por un inglés, Walter Wingfield, en 1873. El baloncesto empezó en Canadá hacia finales del siglo XIX. El primer concurso de ciclismo se celebró en París en 1868. Las huellas del atletismo se remontan a un pasado irreconociblemente antiguo pero solemos trazarlas en la Grecia preclásica. Y del fútbol no hay que advertir que, lo que más choca del actual campeonato europeo, es la ausencia de los ingleses, quienes dieron ese deporte al mundo.
Se levantan problemas intelectuales profundos e irresistibles: cómo y por qué los deportes se difunden por el mundo; y por qué los deportes españoles no han alcanzado el nivel de esos otros.
¿Y cómo se explica la fecundidad del mundo deportivo inglés? La historia de la difusión del fútbol es apabullante. Con una rapidez abrumadora, conquistó el mundo y superó las enemistades recíprocas de las clases sociales de la época de la revolución industrial. A base de las normas seguidas en algunos de los colegios más prestigiosos de Inglaterra, así como en las universidades de Oxford y Cambridge, se codificaron las leyes del fútbol en Londres en 1863. La clase obrera se entusiasmó por el juego. En apenas un par de décadas se fundaron más de 300 clubes en Inglaterra. Se autorizó el juego profesional en 1885. La influencia mundial del futbolismo inglés sigue manifestándose en los nombres de los clubes fundados o inspirados por jugadores ingleses en el resto del mundo. Brasil tiene sus Corinthians. En Argentina existe el Juniors y el Old Boys. Uruguay cuenta con los Wanderers, Chile tiene su Everton y sus Rangers. Los grandes clubes de Milán, dicen Milan en inglés en lugar del italiano Milano. El Bayern de Munich no es de München sino de Munich. Se habla del Athletic de Bilbao, del Racing de Santander y del Sporting de Gijón. Los vestigios de la tradición inglesa son imborrables.
Varios aspectos de la cultura popular suelen transmitirse por el comercio. y los ingleses eran los grandes comerciantes del mundo del siglo XIX. Pero es difícil que un deporte se comunique así, aunque puede haber influido en los casos del tenis y del golf, que exigen una inversión bastante fuerte en artículos de importación -raquetas, redes, palos, etcétera- para lanzarse en un lugar nuevo. La evangelización es, por regla general, una gran emisora de prácticas y valores, y es cierto que algunos deportes tienen sus misioneros y predicadores; pero aún los más devotos de éstos no llegan a rivalizar con la vocación de los religiosos. Las migraciones trasplantan la cultura de los migrantes, y es a través de las deambulaciones y el bamboleo de los vascos por el mundo hispano que sus deportes tradicionales han llegado a ser importantes en América Latina. Hoy en día se ve jugar al cricket en parques norteamericanos, debido a la llegada de nuevas ondas migratorias de la India y del Caribe. Pero lo curioso de los deportes verdaderamente mundiales -el atletismo, el fútbol, el golf, el tenis- es que han echado raíces donde no existen comunidades procedentes de sus países de origen.
Viajeros sueltos pueden enseñar a jugar a sus anfitriones o fundar clubes dedicados a tal y cual deporte, y es cierto que los fundadores de las asociaciones futbolísticas de varios países en el siglo XIX fueron empresarios o diplomáticos británicos; pero para conseguir tener éxito tales individuos necesitaban un ambiente cultural dispuesto a responder al fútbol. A veces, estudiantes educados en el extranjero vuelven a casa entusiasmados por los juegos que han aprendido de sus compañeros de clase. Es así como el rugby llegó a España, llevado desde Inglaterra a la Universidad Complutense. Pero los deportes transmitidos por contactos estudiantiles suelen ser cosas de élites. Hoy en día los telespectadores pueden interesarse por cualquier deporte, sea cual sea la zona del mundo en que se haya desarrollado. Por eso tienen lugar fenómenos racionalmente inexplicables en forma de deportes que aparecen fuera de sus moradas culturales y ambientales. Como reza la canción, hasta «en Jamaica tenemos el tobogán». Pero los grandes intercambios históricos, por supuesto, no se explican así.
Todo lo cual nos lleva al imperialismo como ámbito de aculturaciones. Llama la atención el hecho de que Gran Bretaña, la nación más deportista del mundo, ha sido también la más imperialista. «Un inglés», según los cálculos de George Santayana, resulta ser «un idiota. Dos ingleses, un deporte. Tres ingleses, un imperio».
Pero lo curioso es que, aunque existen deportes imperiales, el fútbol no es uno de ellos. El rugby y el cricket sí se juegan más que nada en países que pertenecieron alguna vez al Imperio Británico. Los mundiales de estos deportes se disputan entre equipos que ni se oyen nombrar en otros grandes concursos internacionales, tales como Nueva Zelanda, Sri Lanka, Namibia y Tonga, pero que se han convertido en grandes centros del rugby o del cricket por el apoyo oficial de la antigua clase dirigente del Imperio. En una diócesis de Africa del Sur, sigue jugándose una versión decimonónica del fútbol, propio del famoso colegio de Winchester, por el hecho de haberse educado allí uno de los primeros obispos del lugar durante la época colonial. Pero el alcance del fútbol propiamente dicho -el soccer, el fútbol de la asociación- ha trascendido todos los límites.
Claro que este fútbol tiene algo de especial. Es el deporte que nos descubre las posibilidades mágicas de nuestros pies -órganos que por lo demás quedan menospreciados, útiles para nada más que andar y correr-, mientras que los brazos y las manos sirven para expresar nuestras emociones más íntimas. En uno de los cuentos de José Luis Sampedro, un explorador que llega a la Tierra desde un planeta lejano para asistir a un partido del Real Madrid cree que va a presenciar un culto telúrico, en el cual el balón, símbolo del globo divino del mundo, sólo puede ser tocado por los miembros sagrados, mientras que las manos profanas, por emplearse en tareas rutinarias, lo contaminarían.
Pero tal vez el fracaso de los deportes españoles en el foro mundial puede proporcionarnos el secreto de la popularidad del fútbol. Casi todos provienen de zonas marginales del país como Euskadi y Canarias: el aizkolari y el harrijasoketa son prácticas campesinas. La lucha canaria era una costumbre desdeñable de gente indígena. La vela latina nació entre pescadores. Hoy en día confieren prestigio y atraen a gente de muy diversa índole, pero siempre cuesta tiempo y trabajo ascender por la sociedad. El fútbol, en cambio, bajaba en sentido contrario, por derogación, empezando por las élites y continuando hacia abajo. Tuvo el valor de surgir entre artistócratas y sabios en los grandes colegios y antiguas universidades, comunicarse a los demás y trascender la lucha de clases. He aquí su universalismo. No es que sea inglés: lo que lo hace llamativo es su trayectoria histórica.
lunes, junio 02, 2008
Pasión por las montañas mágicas
Anteayer hubiera cumplido 41 años Iñaki Ochoa de Olza Seguín - no sé por qué le quitan siempre el segundo apellido, como si los himalayistas no tuvieran madre-. Había nacido un 29 de mayo, que es como estar marcado por el destino de montañero en su más alto concepto; tal día como ese de 1953 pisaron la cima del Everest dos leyendas, Hillary y Tensing. Si hay una historia que aún no tiene quien la escriba, que yo sepa, es la de los himalayistas; un puñado de personas obsesionadas con un reto humano que no está al alcance sólo de una gran voluntad, sumada a una aguzada inteligencia y una descomunal preparación física, sino de algo más complejo que suma voluntad, inteligencia y excepcionales condiciones físicas, algo indescriptible hasta el día de hoy y que lo suma todo. El arte de subir ¡y bajar! los 14 picos superiores a los 8.000 metros de altitud que conforman la cordillera del Himalaya.
Sí, es verdad que hace unos días la cima del Everest tuvo poco menos que implantar turnos para que cerca de cien escaladores la hollaran, como si se tratara de la Pica d ´ Estats (pico más alto de Catalunya, 3.143 m) en un puente veraniego, y que hay montones de basuras montañeras, aseguran, en algunas rutas nepalíes. Pero eso son esclavitudes de la época que nos ha tocado vivir, porque somos muchos y muy mal educados, y basta que un rico tenga veleidades de alpinista para que le monten una tournée por el Everest con sherpas de película y helicópteros de apoyo. No estamos hablando de eso, sino de otro mundo, el de aquellos que viven de y para la montaña, para quienes una cordada, un ascenso, una expedición, incluso fallida, sin coronar nada que no sea el agotamiento, constituye no sólo lo más hermoso y vivo y solidario, sino su forma de ser, aquello para lo que creen haber nacido. Su máxima pasión, su única fe inquebrantable.
Estoy hablando de Iñaki Ochoa de Olza, muerto el viernes de la semana pasada, a las doce y media, hora de Nepal, en una angosta tienda de lona, acompañado por otra leyenda del himalayismo, el suizo Ueli Steck, que ya no podía hacer nada por él salvo verle morir reventado por dentro con un edema cerebral primero, que lo dejó mudo e inmóvil, y otro pulmonar que le cerró el fuelle. Estaba a 7.400 metros de altura y acababa de hacer su segundo intento de coronar el Annapurna, por mal nombre traducido Diosa de la Abundancia,la que los grandes del himalayismo dejan para el final, como hizo Iñaki. El año pasado había atacado por el norte, pero no llegó. Esta vez lo hizo por el sur y se quedó a cien metros de la cima, cien, exhaustos los dos compañeros de cordada. Lo contó el superviviente, un dentista rumano, Horia Colibasanu.
Ochoa de Olza era un montañero que además escribía. Y es sabido que entre subir ochomiles y escribir artículos, lo segundo es lo más fácil. Recuerdo una de sus máximas, impresionante en su eficacia cesariana: la rapidez es seguridad. Avanzar despacio en la altísima montaña es aumentar las probabilidades de riesgo. Inolvidable también su manera de enfocar el fracaso. El relato de su caída libre mientras subía al K2 en 1994 es un prodigio de sensibilidad y sentido del ridículo: se quejaba de la abultada mochila y fue gracias a ella que salvó la vida, por más que se le partiera el cuerpo y quedara colgando durante muchas horas, muchas.
Sólo faltaban cien metros pero los síntomas de congelamiento, el mal de altura y la meteorología les hicieron bajar hasta los 7.400, donde metidos en la tienda el dentista rumano vivió cuatro jornadas de las que no se olvidan. A Ochoa de Olza le estalló la cabeza, se volvió mudo y ya no pudo moverse. Si los días aseguran que tienen 24 horas, estando metido en una tienda a tal altura podría aventurar que las horas se hacen infinitas y los minutos duran eternidades. Este héroe fraterno, el rumano dentista, fue derritiendo hielo y dándoselo a Iñaki, siguiendo como podía las instrucciones telefónicas que le llegaban desde Pamplona, donde la familia y los amigos de la fraternidad montañera trataban de hacer lo posible para que la sangre no se haga pasta y sobrevenga el final. Trato de imaginar lo que deben ser cuatro días en una tienda con un moribundo lleno de vida, con el sentimiento de que si sigues allí te vas a morir tú también y que no te queda otra opción que calcular hasta dónde llegan tus fuerzas, para marchar en el último minuto, cuando hayas garantizado que alguien se va a hacer cargo de aquel a quien tú dejas exhausto e inerte.
Esta odisea necesitaría espacio, talento y una pluma de excepción para contarla en toda su grandeza. ¿Qué resorte saltó entre los implacables hombres de las nieves, los himalayistas, para que en número de catorce, la misma cifra mágica y nada cabalística, que indica otros tantos picos obsesivos, se lanzaran a la tarea de hacer lo imposible para salvar a Iñaki Ochoa de Olza Seguín? El kazajo Denis Urubko que se reponía de otra ascensión se echó al monte, nunca mejor dicho, en una temeraria ascensión con bombonas de oxígeno que hubieran podido ser la última oportunidad. Los suizos Ueli Steck y Simon Anthamatten acudieron al reclamo y en un tiempo récord ascendieron hacia la tienda del campo 2, a tal ritmo que Anthamatten sufrió un ataque y hubo de abandonar. El canadiense, el mismo que se había separado de la cordada del navarro y el rumano, volvió sobre sus pasos para echar una mano. Quizá tratar de bajarle. ¿Cómo se baja a un tipo que no puede moverse? Se le mete en el saco de dormir y se le lleva arrastrando, pero cuando llegan los desniveles pronunciados ahí es Troya. No hay helicópteros que puedan acceder hasta 7.000, salvo algunos del ejército, pero los militares de Nepal, donde acaban de derribar la monarquía, no están para montañeros. Incluso el ruso Sergei Bolotov, que había conseguido llegar hasta la cima del Annapurna y que tras coronarla se zumbó y bajó a trompicones, volvió a subir tratando de acercarle una cámara hiperbárica. Y así hasta catorce. Sin contar Pamplona, donde debieron colocar las agujas del reloj en la parte menos blanda del corazón.
El único que logró llegar a tiempo, es un decir, fue el suizo Steck que hubo de recoger al rumano que bajaba ya con el edema pulmonar a cuestas y ayudarle a llegar al campo 3. Hay que tener una resistencia física más allá de lo excepcional para luego volver a subir hasta la tienda de Iñaki y en contacto por satélite con el grupo de Pamplona, ir suministrándole Edemox y Dexametasona, que poco efecto podía hacerle ya. Quizá le hubiera servido el oxígeno que llevaba el kazajo Denis Urubko a marchas forzadas, pero aún le faltaban cinco horas de ascensión, ¡nada más que cinco horas!, decía un montañero experto. Cinco horas de ascenso a 7.000 metros las medimos los ciudadanos de a pie en infinitos. Falleció a mediodía del viernes, 23 de mayo, y con buen criterio la familia decidió que se quedará allí entre las nieves perpetuas. Ni un riesgo más para los catorce avezados escaladores del Himalaya; o hay vida o no la hay, el resto es literatura. Había muerto un hombre cabal, vegetariano sin fundamentalismos, sensible, con más de 30 expediciones a la cordillera nepalí, que había hecho 15 ochomiles (subió por tres veces el Cho Oyu). Sólo le faltaban dos de las mágicas montañas, el Kangchenjunga y el Annapurna en el que se le fue la vida.
La última foto que conozco de Ochoa de Olza - uno de esos tipos atractivos que no hacen ningún esfuerzo por parecerlo, con una sonrisa algo retadora, como si te preguntara con una mirada cómplice “¡Qué! ¿Te animas?”- se la hicieron en Nepal mientras se preparaba para este segundo intento de coronar el Annapurna. Está delante de la lápida que recuerda a quien había sido su amigo, el montañero ruso Anatoli Boukreev, que murió en la escalada funesta de 1997. Detrás de Iñaki se pueden ver unos versos en ruso a modo de epitafio firmado por el propio Boukreev: “Las montañas no son metas donde satisfago mi ambición, son las catedrales donde practico mi religión”.
A mí de todo lo que conozco del montañero navarro la idea que más me gusta es un comentario banal y profundo que le retrata. “Los niños son los únicos que no me preguntan nunca por qué lo hago. Lo ven natural”.
martes, abril 01, 2008
Occidente puede utilizar los Juegos Olímpicos contra Pekín / Tibet: the West can use the Olympics as a weapon against Beijing
Las ganas de Adolfo Hitler por aprovechar los Juegos Olímpicos de 1936 en Berlín como escaparate del nazismo se convirtieron en rabia cuando el atleta norteamericano de raza negra Jesse Owens ganó cuatro medallas de oro. Los dirigentes chinos deben de estar preguntándose en estos momentos si organizar las Olimpiadas en Pekín va a reportar al régimen más elogios que críticas. Ten cuidado con lo que deseas, como probablemente debió de decir Confucio.
En defensa del movimiento olímpico hay que puntualizar que Berlín había sido seleccionada antes de que los nazis llegaran al poder. No hay ninguna excusa por el estilo, sin embargo, que ampare la decisión de conceder a Pekín un trofeo tan codiciado. En 1989 el Gobierno chino había aplastado las protestas pacíficas en la plaza de Tiananmen, como el mundo entero pudo contemplar lleno de horror. China obtuvo de todas formas los Juegos Olímpicos y un triunfo propagandístico, y se ha mostrado ansiosa por alardear de ello ante el resto del mundo.
Las autoridades chinas deben de haber sopesado cuidadosamente que los demás gobiernos no son casi nunca lo suficientemente valientes como para boicotear unos Juegos Olímpicos. Los Juegos de Berlín siguieron adelante aunque en las fechas de su celebración los nazis ya habían puesto en vigor las despreciables leyes de Nuremberg, que privaban a los judíos alemanes de sus derechos humanos más elementales.
Hay que reconocer que los norteamericanos encabezaron el boicot a los Juegos Olímpicos de Moscú en 1980 porque las tropas soviéticas habían invadido Afganistán (las invasiones rusas son malas, las invasiones norteamericanas son buenas). China sabía que, a menos que invadiera un territorio vecino, nada de lo que hiciera pondría en peligro su espectáculo.
Todos los indicios daban a entender que a China se lo iban a poner muy fácil. Cuando el presidente Jiang Zemin visitó a Tony Blair en 1999, la policía metropolitana londinense trató sin contemplaciones a los manifestantes a favor del Tíbet. Se pusieron por medio autobuses de dos pisos para proteger de la manifestación los ojos sensibles de Jiang. Cuando Washington se vio pringado en los escándalos de Abu Ghraib, la Bahía de Guantánamo y el traslado irregular de prisioneros de unos países a otros, por no hablar de las pérdidas tremendas de vidas humanas de no combatientes en Irak y Afganistán, el primer ministro chino, Wen Jiabao, debió de sentir la seguridad de que Estados Unidos eludiría como fuera todo diálogo sobre los Derechos Humanos.
De todas formas, todos sentimos un temor reverencial ante el poderío económico de China. Cuando Gordon Brown estuvo allí de gira el mes pasado, habló de oportunidades de negocio. Los primeros ministros detestan que se les exija sacar el tema de los Derechos Humanos, porque eso amenaza con congelar las sonrisas, los apretones de manos y los brindis que constituyen la medida del éxito de estas visitas. Brown se limitó, probablemente, a formular recomendaciones, lo más vagas posibles, de que se acometan reformas.
El poderío económico de China es tal que ha dinamitado con total impunidad la política exterior de Estados Unidos. El objetivo de los norteamericanos es hacer valer su fuerza para conformar un mundo que abrace los valores occidentales. A los países en vías de desarrollo les insisten en que sus gobiernos respeten la supremacía de la ley y atajen la corrupción como condiciones para los intercambios comerciales y el otorgamiento de ayudas. China, por el contrario, ha tendido su mano en señal de amistad a regímenes execrables (entre otros, el de Sudán). Las necesidades de recursos naturales de Pekín son la única consideración a tener en cuenta. Es posible que incluso haya disfrutado del placer de desbaratar los intentos de Estados Unidos por exportar sus valores liberales.
Así pues, China tenía todas las razones del mundo para esperar unos Juegos Olímpicos sin ningún tipo de problemas y para mostrar al mundo su perfil más favorecedor. En Berlín las noticias antijudías se silenciaron durante las semanas que precedieron a las Olimpíadas. En Pekín se ha restringido el uso de coches para reducir la contaminación atmosférica.
En el mundo moderno los gobiernos no son los únicos que cuentan. Steven Spielberg, el director de cine, ha renunciado a su puesto de asesor artístico de las ceremonias de las Olimpiadas tras hacer constar que su conciencia no le permitía continuar mientras en Darfur se estaban cometiendo «crímenes incalificables».
Su decisión ha modificado la situación. En estos momentos, los Juegos Olímpicos de Pekín han pasado bruscamente de representar una oportunidad para el gobierno chino a convertirse en una amenaza. La gran preocupación de China por que las Olimpiadas constituyan un éxito proporciona a quienes se oponen a su política una oportunidad única. Pone en manos tanto de los disidentes del interior como del mundo exterior una capacidad de influencia sin parangón desde Tiananmen.
Ante el apagón informativo impuesto por China en el interior del país, no tenemos posibilidad de saber si las protestas en el Tíbet se han relacionado de manera oportunista con las Olimpíadas próximas a celebrarse. En cualquier caso, los Juegos Olímpicos son un factor político y la situación es dinámica. Los ojos del mundo se han vuelto hacia la política china con una mirada de desaprobación.
«Si todos aquellos que aman la libertad a lo largo y ancho del mundo no alzan su voz para denunciar la actitud de China y los chinos en el Tíbet, habremos perdido toda autoridad moral para alzar la voz en defensa de los Derechos Humanos», ha manifestado Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, ante una multitud de tibetanos que la aclamaban en el norte de la India, a donde acudió para reunirse con el Dalai Lama. Este tipo de acontecimientos resonantes no estaba previsto en el guión de China sobre los Juegos Olímpicos.
El primer ministro británico, al descubrir el valor con que otros defienden sus convicciones, ha declarado que a él también le gustaría reunirse con el jefe espiritual de los tibetanos. David Cameron, jefe de los conservadores, le ha felicitado, por lo que ya tenemos un nuevo consenso. Hemos recorrido un largo camino desde que Blair adujo que tenía demasiadas peticiones de reuniones como para poder hacer un hueco para recibir al Dalai Lama durante la visita de éste a Gran Bretaña en 2004.
China ha sido incapaz de entender que, en una democracia, los políticos no pueden determinar por anticipado las posturas que adoptarán en el futuro. La marcha de Spielberg les ha alterado el panorama. En cuestión de semanas han pasado de no querer entrar en nada que pudiera ofender a Pekín a pelearse por ser quien más protibetano parece. Lo que menos importa es si los disturbios de Lhasa han sido, al menos en parte, brutales y racistas, ni si la violencia se ha desencadenado como protesta a las críticas del Dalai Lama y dirigida contra su autoridad. El tren del Tíbet se ha echado a rodar y todo político demócrata reclama un sitio a bordo.
Como los políticos occidentales están más expuestos a las críticas, porque no pueden hacer nada para evitar el deterioro de la situación económica y porque Irak y Afganistán se consumen lentamente, cubrir de oprobio a China ofrece una agradable oportunidad de desviar la atención de las restantes aflicciones de los políticos.
El genio ha escapado de la lámpara y no es posible hacer un pronóstico sobre en qué puede terminar todo esto. Todos nuestros políticos afirman que el boicot a los Juegos Olímpicos no aparece en las cartas. Ahora bien, eso es sólo de momento. Si se deteriora la situación en el Tíbet, aumentará la presión para que los Juegos Olímpicos se utilicen como arma contra Pekín. Si China sigue poniendo trabas al empeño de los periodistas occidentales por informar de los disidentes, ya puede dar por ganada la hostilidad de los medios de comunicación de todo el mundo. Por el contrario, si permite que se informe de lo que ocurre, los manifestantes aprovecharán esa oportunidad.
Sea como sea, es mucho lo que puede hacerse sin necesidad de llegar a un boicot total. La antorcha olímpica se va a embarcar en una gira mundial, lo que va a proporcionar ocasiones para manifestarse a favor del Tíbet y de Darfur en todo el mundo. Me atrevo a pronosticar que, cuando llegue a Londres, los 2.000 policías que se movilizarán ese día no se van a emplear a fondo contra los manifestantes y que tampoco habrá autobuses que nos impidan ver a los activistas. Sir Trevor McDonald, que está previsto que sea uno de los portadores de la antorcha, va a tener que hacer frente con toda seguridad a llamamientos insistentes para que renuncie a hacerlo.
La actriz Mia Farrow encabezará la manifestación cuando la antorcha pase por San Francisco. Barack Obama y Hillary Clinton deberán reflexionar entonces sobre cómo conseguir el apoyo de esos manifestantes en el estado más poblado de Estados Unidos, y quizás también el más liberal.
La grandiosidad del itinerario que ha de seguir la antorcha, que no tiene precedentes, debe de haberles parecido algo genial sobre el papel. En la práctica, Pekín ha organizado un programa perfectamente escalonado de manifestaciones en contra de China que van a dar la vuelta al mundo.
Si los famosos que se han comprometido a portar la antorcha se ven obligados a retirarse uno tras otro, China va a sufrir un desastre diario de relaciones públicas. El fichaje que hicieron de Spielberg, un golpe de efecto espectacular en su momento, no parece en la actualidad que haya sido una decisión tan brillante.
Las ceremonias para las que ejercía de asesor centrarán a continuación toda la atención. Esos actos pueden ser boicoteados sin perturbar por ello las pruebas deportivas, que presuntamente son lo que importa en los Juegos Olímpicos. De hecho, una vez que los políticos se han alineado a favor del Tíbet y de Darfur, ¿qué justificación podrían ofrecer para permitir que el régimen se de un baño de adulación global?
Cuando China presentó su candidatura a los Juegos Olímpicos, calculó correctamente que los políticos demócratas son pusilánimes. A la vista de su avidez por los contratos con China, no iban a dejar que unas matanzas en Darfur o unas torturas en el Tíbet les echaran a perder una buena fiesta. Sin embargo, Pekín no acertó a ver que los estadistas occidentales son más cobardes aún si cabe ante sus famosos y sus medios de comunicación.
La otra equivocación de Pekín ha sido que se les ha notado excesivamente obsesionados con que las Olimpiadas fueran un éxito. El hombre que desea algo con excesivas ansias se vuelve vulnerable. Seguro que Confucio dijo algo parecido.
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Adolf Hitler’s glee at exploiting the 1936 Berlin Olympics as a showcase for Nazism turned to fury when the black American athlete Jesse Owens won four gold medals. The Chinese leadership must by now be wondering whether staging the Games in Beijing will bring the regime more accolades than brickbats. Be careful what you wish for, as Confucius probably said.
In defence of the Olympic movement, Berlin had been selected before the Nazis came to power. No such excuse covers the decision to award the coveted prize to Beijing. In 1989 the Chinese government crushed the peaceful protests in Tiananmen Square as the world looked on in horror. China still secured the Olympics and a propaganda triumph and has looked forward to showing off to the world.
The authorities must have reflected that other governments are rarely brave enough to boycott the Olympics. The Berlin Games proceeded even though the Nazis had by then implemented the infamous Nuremberg laws that deprived German Jews of basic human rights.
Admittedly the Americans led a boycott of the 1980 Moscow Olympics because Soviet troops had stormed Afghanistan (Russian invasion bad, American invasion good). China knew that, short of marching into neighbouring territory, nothing it did would put its show at risk.
All the indicators suggested that China would be given a soft ride. When President Jiang Zemin visited Tony Blair in 1999 the Metropolitan police treated pro-Tibet demonstrators roughly. Double-decker buses were used to shield the protest from Jiang’s sensitive eyes. As Washington became embroiled in the scandals of Abu Ghraib, Guantanamo Bay and extraordinary rendition, not to mention the tremendous loss of civilian life in Iraq and Afghanistan, Premier Wen Jiabao, the prime minister, must have been confident that America would avoid dialogue on human rights.
In any case we are all in awe of China’s economic power. When Gordon Brown toured there last month, he talked of business opportunities. Prime ministers loathe being asked to raise human rights issues that threaten to interrupt the smiles, handshakes and toasts by which the success of visits are measured. Brown probably limited himself to the vaguest urging of reform.
China’s economic sway is such that it has undermined US foreign policy with impunity. America aims to use its muscle to shape a world that embraces western values. In developing countries it insists that governments respect the rule of law and reduce corruption as a condition for trade and aid. China, on the other hand, has extended the hand of friendship to gruesome regimes (including Sudan’s). Beijing’s requirement for natural resources is its only consideration. Maybe it has enjoyed thwarting America’s attempts to export its liberal values.
So China had every reason to expect a trouble-free Olympics that would show its best face to the world. In Berlin the anti-Jewish notices were taken down in the weeks preceding the Games. In Beijing the use of cars has been restricted to reduce air pollution.
In the modern world governments are not the only players. Steven Spielberg, the film director, withdrew as artistic adviser to the Games’ ceremonies, remarking that his conscience did not allow him to continue while “unspeakable crimes” were being committed in Darfur.
His decision has transformed the situation. In that moment the Beijing Olympics flipped from being an opportunity for the Chinese government and became a threat. China’s deep concern that the Games should be a success provides those who oppose its policies with a narrow window of opportunity. It delivers leverage both to domestic dissidents and to the outside world, unparalleled since Tiananmen.
With the news blackout imposed by China on the country’s interior we cannot know whether the Tibetan protests are opportunistically linked to the forthcoming Games. But the Olympics are a political factor and the situation is dynamic. The eyes of the world are turned disapprovingly on Chinese policies.
“If freedom-loving people throughout the world do not speak out against China and the Chinese in Tibet, we have lost all moral authority to speak out on human rights,” declared Nancy Pelosi, Speaker of the US House of Representatives, before cheering crowds of Tibetans in northern India, where she had gone to meet the Dalai Lama. Such outbursts had not featured in China’s “script” for the Olympics.
Our prime minister, discovering the courage of others’ convictions, has said that he, too, would like to meet the Tibetan spiritual leader. David Cameron has congratulated him, so we have a new consensus. We have moved a long way since Blair claimed to have too many requests for meetings to find time to receive the Dalai Lama during his 2004 visit to Britain.
China failed to understand that politicians in democracies cannot predict what positions they will take. Spielberg’s démarche has changed everything for them. In a few weeks they have moved from avoiding anything that might offend Beijing to scrambling to be seen as pro-Tibetan. It scarcely matters whether the riots in Lhasa were, at least in part, brutal and racist, nor that such violence is in defiance of the Dalai Lama’s strictures and undermines his authority. The Tibet bandwagon is rolling and every democratic politician clamours for a place on board.
As western politicians are exposed as being powerless to avert economic downturn and as Iraq and Afghanistan smoulder on, heaping opprobrium on China offers an agreeable opportunity to divert attention from the politicians’ other woes.
The genie is out of the bottle and there is no predicting where this may end. All our politicians say that boycotting the Olympics is not on the cards. But that is for now. If the situation in Tibet deteriorates, pressure will grow to use the Olympics as a weapon against Beijing. If China continues to thwart western journalists in their attempts to report dissent, the hostility of the world’s media can be guaranteed. However, if it allows events to be reported, the protesters will seize their chance.
Anyway, there is much that can be done short of a total boycott. The Olympic torch is to embark on a world tour, providing the occasion for Tibet and Darfur protests around the world. When it arrives in London, I predict that the 2,000 police being mobilised that day will go easy on the demonstrators and no buses will block our view of them. Sir Trevor McDonald, scheduled to be a torch bearer, will surely face insistent calls to withdraw.
Mia Farrow, the actress, will front the protest when the torch passes through San Francisco. Barack Obama and Hillary Clinton must then consider how to garner support from those demonstrations in America’s most populous and perhaps most liberal state.
The unprecedented grandiosity of the torch’s itinerary must have looked great on the drawing board. In practice, Beijing has secured a rolling programme of antiChinese protest circling the globe.
If celebrity torch bearers are forced to pull out one by one, China will suffer daily public relations disasters. Nor does its recruitment of Spielberg, a spectacular coup at the time, look such a brilliant move now.
The ceremonies on which he was advising will provide the next focus. They can be shunned without disrupting the sporting events which supposedly are the point of the Olympics. Indeed, once the politicians have aligned themselves with Tibet and Darfur, what justification could they offer for allowing the regime to bask in global adulation?
When China bid for the Olympics it judged correctly that democratic politicians are pusillanimous. Given their hunger for Chinese contracts they would not let massacre in Darfur or torture in Tibet disrupt a good party. But Beijing failed to see that western statesmen are even more craven towards their celebrities and media.
Beijing’s other mistake was being too anxious for the Games to be a success. A man who wants something too much makes himself vulnerable. Surely Confucius said something of the sort.