Mostrando las entradas con la etiqueta deporte. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta deporte. Mostrar todas las entradas

sábado, septiembre 01, 2012

El deporte como plataforma

Por Anwar Zibaoui, experto en temas árabes y mediterráneos (El Periódico, 28/08/2012).
En pleno debate sobre el impacto del deporte en la economía de una ciudad, como en Londres en los recientes Juegos Olímpicos o Río de Janeiro con los preparativos de los del 2016, una consultora ha valorado el PIB del fútbol mundial en más de 500.000 millones de dólares, lo que la convertiría en la 17ª economía del mundo, por encima de países como Suiza y Bélgica. ¿Se imaginan si sumamos la F-1 u otros deportes?
Los países del golfo Pérsico no dejan de sorprender a muchos con impresionantes proyectos para intentar diversificar sus economías más allá de los hidrocarburos y la capacidad de sus fondos soberanos para invertir a lo ancho del planeta. Pero es en su apuesta por el deporte donde más sorprenden. Recordemos la reacción de incredulidad cuando Catar ganó la organización del Mundial de fútbol del 2022. También es verdad que la tensión en la zona oculta a veces otras realidades más allá de la visión típica de los petrodólares. Esta apuesta por el deporte tiene detractores que creen que se tira el dinero solo para ganar títulos.
En esta región del planeta, el fútbol también es el deporte rey. Cuenta con millones de seguidores y equipos cada vez más conocidos gracias a fichajes como Maradona, Raúl… Pero esta historia empezó hace años. Tras el éxito inicial de Dubái para elevar su perfil internacional a través de torneos de tenis y golf, otros han seguido el ejemplo y hoy la región es sede de importantes citas deportivas, como la F-1 en Baréin y en Abu Dabi, los Juegos Asiáticos o el gran premio de motociclismo de Catar, y en Abu Dabi la Volvo Ocean Race. Para el futuro, además del Mundial de fútbol del 2022, Catar y los Emiratos Árabes Unidos preparan candidaturas para los Juegos Olímpicos del 2024. Y Arabia Saudí aspira a la Copa de Asia de Fútbol del 2019.
Y al tiempo que estos países se ofrecen para acoger eventos globales, realizan inversiones en el sector del deporte a través de acuerdos de patrocinio y participación en el capital. En el 2005, Emirates Airlines firmó un acuerdo de 162 millones de dólares con el Arsenal inglés. Incluye el patrocinio de camisetas y vallas publicitarias y el cambio del nombre del campo por el de Emirates Stadium. Desde 1987, esta aerolínea ha vinculado su nombre a todo tipo de deportes y es uno de los principales patrocinadores en el mundo. Invierte la mitad de su presupuesto de márketing (estimado en 1.003 millones de dólares) en patrocinios. Tiene alianzas con clubs como el Milan, el Real Madrid y el Paris Saint-Germain. Y es un socio oficial del Mundial de la FIFA. También patrocina el Abierto de EEUU de tenis, entre otros. Eso ha transformado a Emirates en una marca internacional y ha contribuido a su crecimiento, ya que es una de las principales aerolíneas del mundo y Dubái es un destino turístico líder.
En otros casos, el patrocinio por sí mismo no es suficiente. En el 2008, el Abu Dabi United Group compró el Manchester City, que la temporada pasada se proclamó campeón de la Premier inglesa, un trofeo que le ha costado mil millones de euros. El club firmó también con Etihad Airways de Abu Dabi un acuerdo por importe de 400 millones de libras que incluye los derechos de las camisetas y el cambio de nombre del estadio por el de Etihad Campus. La inversión forma parte de los planes para desarrollar la industria del turismo del emirato y hacer que su compañía de bandera sea un nombre familiar.
Aparte de la organización del Mundial, Catar compró el Paris Saint-Germain y el Málaga. Qatar Airways es la aerolínea oficial del Tour de Francia. Y, como es bien sabido, Qatar Foundation tiene un contrato con el FC Barcelona y aparece como patrocinador de su camiseta. Por su parte, la Qatarí Aspire Zone tomó el control del club de segunda división belga KAS Eupen. Y el Real Madrid interviene en la construcción de un parque temático de un billón de dólares en el emirato de Ras al-Khaimah, que se añade al parque temático de Ferrari en Abu Dabi. También emerge Al Jazira Sport al entrar en la puja con los proveedores de televisión de pago por las retransmisiones de las grandes citas deportivas.
El Golfo ha pasado de ser una región pobre, con la pesca de perlas como sustento, a tener una de las rentas per cápita más altas del mundo. En la zona todo cambia a ritmo rápido. Y ahora necesita desarrollar una estrategia a largo plazo que no puede ser solo de infraestructuras, sino de tipo humano y social. La gran riqueza petrolera y las necesidades de desarrollo, combinadas con la falta de transparencia, hacen del Golfo una tierra de oportunidades y contrastes, una región muy tradicional que intenta impulsar cambios lentos y graduales entre incertidumbres y un creciente clamor por los derechos sociales y políticos.
La transformación hacia una economía del conocimiento, con centros de excelencia para la educación, la salud y el deporte, y la asociación con los mejores para construir una marca con inversiones orientadas a la creación de reputación internacional que lo posicione como destino turístico principal, es el gran partido que debe afrontar el golfo Pérsico. Falta ver si será capaz de jugarlo y ganarlo.

jueves, septiembre 15, 2011

Fútbol, dinero y poder

Por Manuel Mandianes, antropólogo del CSIC y escritor. Autor del blog: "Diario nihilista de un antropólogo" (EL MUNDO, 13/09/11):

Hoy, la mejor carrera es ser futbolista, según dice la gente. «Algunos deportistas, en cuestión de años, se hacen ricos. Se colocan muy arriba en la lista de la gente más rica de su país», se argumenta.

Las grandes ligas del continente europeo destinaron el pasado invierno 491 millones de euros en refuerzos en tiempo de crisis aguda. Y las cifras de los fichajes de Zidane, Ronaldinho, Maradona o Torres son mareantes y han sido objeto de las primeras páginas del Financial Times o de The Wall Street Journal y El Mundo, por citar sólo unos cuantos. Queda claro, por tanto, que las grandes estrellas del fútbol ganan mucho más dinero que los científicos, que los escritores o que los médicos. Aunque su aportación al bienestar de la Humanidad no se pueda comparar.

El Gobierno español aprobó la Ley concursal en 2004 para impedir que los clubes que debieran dinero a sus jugadores pudieran ascender de categoría. Pero, hecha la ley, hecha la trampa. Y, así, la ley se convirtió en una pirueta interpretativa para evitar la temida suspensión de pagos y, por tanto, evitar un descenso de división por impago. A los equipos, entonces, les basta únicamente con abonar la mitad de los sueldos.

El 81% de los ingresos del club se va en pagar los sueldos de los jugadores. Tal vez, establecer un tope salarial ayudaría a supera la crisis acuciante de muchos clubes que no pueden pagar los salarios a sus jugadores; motivo por el que éstos han hecho huelga durante la primera jornada. Y es que los clubes adeudan a los futbolistas unos 50 millones de euros.

Pero la pasión deportiva atrapa a las mayores fortunas del mundo. Los estadounidenses Paul Allen, la familia Glazer, DiBenedetto y la rica heredera Paris Hilton, entre otros; el italiano Berlusconi, el ruso Abramovich, el indio Mukesh Ambai, el ucraniano Rinat Akhmetov, la familia real de Dubai… Todos son magnates multimillonarios en los más diversos negocios y dueños o grandes accionistas de clubes de fútbol y otros deportes. O directamente invierten en eventos deportivos. Por ejemplo, el mexicano Carlos Slim invierte a través de su empresa de telecomunicaciones Telmex en la escudería homónima para la formación de pilotos de automovilismo. Y también hay grandes empresas dedicadas exclusivamente al mundo deportivo, como el Boston Intenational Group o el New England Sports Ventures. Elkam, administrador del grupo Fiat que posee la familia Agnelli, quiere comprar la Fórmula 1. Parece ser que su compañero de viaje será James Murdoch, el hijo del magnate de los medios. Y el banco JP Morgan también anda metido en estos negocios, al poseer el 20% de Formula One Group.

Los equipos de fútbol no producen bienes ni servicios pero venden imagen social y estilos de vida. A veces se oye preguntar: «¿Qué ganan los patrocinadores de los eventos deportivos?». Son apuestas publicitarias para lograr la internacionalización de la empresa. Las carreras de Fórmula 1, los grandes encuentros de fútbol o los famosos torneos de tenis movilizan a miles de personas y provocan nuevas tendencias sociales. El éxito social, en este caso, lleva consigo el éxito económico. «Cuando me abracé a Guardiola le dije: ‘Somos grandes y viva Cataluña’», dijo Mas después de que el Barça ganara una copa. Las grandes marcas de coches, televisores y demás aprovechan los acontecimientos deportivos para lanzar sus productos. Las grandes empresas deportivas y de productos deportivos, en especial la FIFA, tienen necesidad de acontecimientos deportivos a nivel mundial. Por eso, unas y otras se vuelcan a la hora de su organización.

Los grandes clubes son auténticas máquinas de hacer dinero, aunque la mayoría de ellos estén empeñados. La venta de camisetas, entre otras mercadurías, representa un ingreso voluminoso. El licensing es una forma de negocio que desarrolla, tras la firma de un contrato de licencia, productos concretos vinculados a una marca. Por ejemplo, el LIMA (Licensing Industry Merchandiser´s Association) movió 224.000 millones de euros el año 2003. Los profesionales del sector estimaron que este tipo de licencias alcanzó el 30% del mercado de productos licenciados en España ese mismo año. Las camisetas de uno de los grandes equipos de fútbol es uno de los escaparates mejores y más caros para exhibir una publicidad por su capacidad de resonancia. Y las webs de los grandes clubes son de las más visitadas de internet. «Sólo la venta de camisetas [del Barcelona] llega a representar hasta el 50% de su ingresos». Los deportistas han ensanchado el firmamento de las estrellas y han cambiado su concepto.

La FIFA es una empresa con intereses planetarios, que rige y gobierna los destinos del fútbol mundial. La comercialización a nivel mundial del fútbol desde 1950, fecha del inicio de las copas europeas, es lo que la caracteriza. Los flujos económicos se deben a los 44.000, cuarta arriba cuarta abajo, profesionales que son la parte visible del planeta fútbol. Los medios de comunicación se concentran sobre esos profesionales. Las estrellas ejercen como estandartes. El poder de la FIFA proviene de su monopolio sobre los eventos que ella organiza. Esto comienza con la elección de la sede para la organización. Conseguir la sede de unos Juegos Olímpicos es una estrategia de diplomacias a nivel de la UNESCO, de la ONU, de parlamentos, de gobiernos. Las comisiones evaluatorias son recibidas y tratadas a cuerpo de rey, con las mejores galas; sus componentes son llevados en palmitas. Las sedes de los Juegos Olímpicos, por tanto, se deciden en aras de motivaciones políticas.

La audiencia en televisión y radio y cualquier otro medio de comunicación se traduce en dinero y los partidos de interés público prenden al televisor más espectadores que ningún otro acontecimiento. La semifinal del Campeonato de Europa de 2007 pulverizó todos los récords de audiencias hasta entonces registrados. La final se convierte en el partido más visto de la historia de España. Cuando el árbitro pitó el final del partido, 17.690.000 de pares de ojos estaban colados a las pantallas de televisión. Como la mayoría de los ingresos se deben a los derechos que pagan las cadenas de televisión por la retransmisión de los partidos, de ahí el interés de los clubes más poderosos en crear su propia cadena de televisión. A la inversa, se aprecia cada día más el interés de ciertos grupos de comunicación multimedia por adquirir equipos de fútbol.

Muchas veces, marcas y empresas, cuando ven futuro, invierten en la formación de estrellas del deporte; de ahí las escuelas de fútbol distribuidas por el planeta, patrocinadas por grandes firmas. El fútbol es un juego entre la exaltación atlética y el beneficio económico, entre el poder y el dinero. Cruyff fue la columna vertebral de la operación Elefant Blau y quiere resucitarla aunque sea con otro nombre y por otros motivos. El holandés, como hombre bien informado, debe saber muy bien cómo se maneja el dinero del fútbol y sorprende que ahora nos venga con escrúpulos porque el Barça lleva en su camiseta el nombre de Qatar Foundation. Me imagino que, en el fondo, su actual conflicto con el Barça se reduce a que quiere como presidente del club a un amigo suyo y, según todos los indicios, Rosell no lo es. Si de preocupación por la pureza de la imagen del Barça se tratase, el holandés debería haber llamado la atención a algún anterior presidente amigo suyo.

«Ser presidente de un gran club es más que ser ministro», dijo el presidente de un club español. Una estrella del deporte tiene más influencia que muchos políticos, y presidentes de Estado y grandes hombres de negocios se rinden sus pies. «De fútbol a secas sólo hablan los profanos; los que entienden hablan del negocio del fútbol», me dijo un millonario. Hace años, una editorial me encargó un libro que se podría haber titulado: El dinero del fútbol. Un amigo bien informado sobre el tema me dijo: «¿No crees que hay temas de tu competencia que te puedan interesar más?». Le agradecí la confidencia y desistí.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

martes, febrero 08, 2011

Extirpemos el pericardio a los atletas

Por José Antonio López Calbet, médico, fisiólogo y catedrático de la Universidad de Las Palmas de Gran Canarias (EL PAÍS, 05/02/11):

La principal misión del control de alcoholemia es proteger a los conductores. Pero también protege a los que no beben y a los acompañantes que pudieren viajar con un conductor ebrio al volante. Al principio se hacían pocos controles de alcoholemia y las consecuencias de una alcoholemia elevada eran irrisorias, banales. Había muertos por doquier y no parecía importar. Sin embargo, al endurecerse las leyes y sobre todo al aplicarlas, de repente bajan de forma espectacular los accidentes, especialmente de gente joven. Por lo tanto, está claro que los controles de alcoholemia salvan vidas.

Algo parecido pasa con el control antidopaje.

Se ha argüido, y es verdad, que la principal misión del control antidopaje es preservar la salud de los deportistas. Pero no menos importante es evitar que algunos deportistas a través de procedimientos artificiales que podrían llegar a extremos impensables pudieran batir a otros que no tuvieran acceso a esa tecnología. Les pondré un ejemplo de intervención extrema.

Hace casi 30 años Stray-Gundersen y colaboradores demostraron que se puede aumentar la capacidad de rendimiento en perros si se les opera y se le extirpa el pericardio, una membrana que envuelve el corazón y que limita su capacidad de llenado y, en consecuencia, la capacidad máxima de bombeo de sangre en el esfuerzo máximo. ¿Y qué pasa si aumenta la capacidad máxima de bombeo de sangre del corazón? Pues eso tiene un efecto espectacular en la capacidad de esfuerzo. De hecho uno de los principales efectos por los que el entrenamiento de resistencia (el que realizan por ejemplo los corredores de maratón o los ciclistas) permite mejorar el rendimiento es a través de aumentar ligeramente la capacidad máxima de bombeo de sangre del corazón. Al bombear más sangre, el corazón suministra más oxígeno a los músculos, eso permite retrasar la fatiga durante el esfuerzo prolongado.

Se ha aducido que aquellas sustancias poco perjudiciales para la salud no deberían ser prohibidas. O bien, que si el atleta está dispuesto a asumir el riesgo, en pro del espectáculo no habría que prohibir estas prácticas. Desgraciadamente la biología no es tan simple. Prácticas aparentemente inocuas pueden desembocar en gravísimas enfermedades o en cambios irreversibles, cuyas manifestaciones se producen muchos años después. Hace unos meses un cardiólogo danés me comentaba que en el último año habían ingresado en la unidad coronaria dos chicos jóvenes con una miocardiopatía causada por anabolizantes esteroides. Su corazón estaba tan deteriorado que los médicos no creían que pudieran superar el mes de vida de no recibir un trasplante. Los esteroides anabolizantes también se han asociado al cáncer de hígado.

Se podría argumentar que es muy infrecuente que alguien desarrolle una cardiomiopatía por anabolizantes o un cáncer de hígado, y por tanto si quiere asumir el riesgo, ¿por qué no permitir que los atletas que lo deseen usen anabolizantes a discreción? Bueno, resulta que los anabolizantes pueden producir también arritmias cardiacas y estas pueden ser causa de muerte súbita. Más todavía, estudios recientes demuestran que a dosis altas los anabolizantes pueden provocar alteraciones cromosómicas en múltiples tejidos. Los esteroides pueden aumentar el riego de sufrir lesiones musculotendinosas que pueden llegar a truncar la carrera de un deportista. Incluso es probable que el uso prolongado de anabolizantes acorte la expectativa de vida.

Bueno, pues olvidémonos de los anabolizantes y usemos otros productos menos peligrosos o simplemente propongamos a nuestro deportista que se extirpe el pericardio. ¿Alguien sabe qué le pasaría a un deportista si se extirpara el pericardio? ¿Cuánto podría mejorar su rendimiento? Algunos estudios con animales de experimentación sugieren que el consumo máximo de oxígeno (o VO2max) podría aumentar un 20% o 30%. El VO2max de un ciclista de élite, de los mejores ronda los 85 ml/kg/min. Si un ciclista (un gregario) con un VO2max de por ejemplo 70 ml/kg.min aumentara artificialmente su VO2max hasta por ejemplo 96 ml/kg.min, sería imbatible. Pasaría de ser un ciclista anónimo a ser el supercampeón. ¿Se pueden imaginar el espectáculo que llegaría a generar? ¿Pero, qué pasaría si un ciclista se hiciera esta cirugía? Bueno si se produjeran en el ser humano los mismos efectos descritos en perros y cerdos, al poco tiempo ningún ciclista podría aspirar a competir sin practicarse una pericardiectomía. Pero tal vez, al cabo de unos meses o unos años sufrirían un deterioro de su corazón por excesiva dilatación… Tal vez algunos tendrían arritmias fulminantes en las competiciones. Mejor no saberlo.

Tarde o temprano existirá la posibilidad de manipular algunos genes implicados en el rendimiento: ¿se debería permitir esta práctica en pro del espectáculo?

Reconozco que estos son ejemplos extremos. Y los partidarios de la barra libre podrían proponer que se adopte una legislación más permisiva, o sea, que permitamos conducir con un poquito más de alcohol en sangre y que baje el precio de las multas… me temo que aumentarían de nuevo los accidentes de tráfico especialmente de jóvenes. Además, múltiples estudios epidemiológicos han puesto de manifiesto que muchos de los deportistas que se dopan usan simultáneamente múltiples sustancias. Muchas veces en combinaciones cuyos efectos secundarios para la salud son desconocidos. Al amante del espectáculo a cualquier precio le encantaría ver correr a un ciclista que inteligentemente combinara varios métodos liberalizados por esta nueva corriente permisivista: por ejemplo una pericardiectomía con una transfusión. ¿Cuánto podría aumentar el VO2max si se combinarán estos dos métodos? Si se eliminara de nuevo el límite de hematocrito y se permitiera volver a la época dorada del abuso de eritropoyetina (una hormona que aumenta la cantidad de hemoglobina en la sangre) ¡se podría incrementar la capacidad de transporte de oxígeno en más de un 20%, a sumar al efecto de la pericardiectomía! Pero tal vez los músculos no serían capaces de usar tanto oxígeno…

En cualquier caso, está claro que ciertas sustancias y prácticas tienen que estar prohibidas; y que todas las sustancias potencialmente peligrosas y todas las prácticas que impliquen la modificación de las estructuras anatómicas con la única finalidad de aumentar el rendimiento deportivo deben estar prohibidas. Aunque solo sea para evitar que alguien pudiera presionar al deportista que no se dopa.

La lucha contra el dopaje es muy compleja pero marcha bien, yo diría que muy bien. Es imprescindible para preservar el juego limpio, la igualdad de oportunidades y la salud de los deportistas en todas las categorías y, especialmente de los más jóvenes. No se pueden banalizar prácticas como las autotransfusiones. Las autotransfusiones clandestinas son peligrosísimas. Imagínense qué pasaría si el dopador clandestino se equivoca de bolsa y le transfunde a un deportista sangre de otro que tiene sida o simplemente otra persona de diferente grupo sanguíneo. O bien, si se pierde la cadena de frío. En los hospitales se toman medidas especiales de seguridad para evitar estos riesgos.

El Comité Olímpico Internacional hace muy bien en perseguir el dopaje. La eficacia de los sistemas de detección es cada vez mejor. La aplicación de las sanciones debe ser racional y justa. Los márgenes de seguridad con los que se trabaja son muy altos. ¿Se podrían incrementar? Sí, por ejemplo, se podría determinar que para ciertas sustancias el positivo tiene que ser reiterado en el tiempo (por ejemplo, el caso de las pequeñas dosis de clembuterol). Sería bueno aumentar el número de controles aleatorios de orina, pero para evitar sobrecostes habría que mantener muestras congeladas sin analizar. Los deportistas no sabrían si su muestra va a ser analizada ni cuándo.

La lucha contra el dopaje es imprescindible y los deportistas de élite son los primeros interesados en que los controles sean eficaces aun a costa de la pérdida de libertades y pequeños sacrificios. Sería bueno que los procedimientos judiciales fueran más rápidos y eficientes, y sobre todo que los jueces fueran capaces de mantener los secretos sumariales, sentenciar rápido y hacer cumplir las sentencias. Dejen que los médicos y científicos decidan lo que es peligroso y lo que no lo es.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

domingo, mayo 02, 2010

The World Cup is Africa’s chance to show how it has changed

By Kofi Annan, president of the Kofi Annan Foundation and chair of the Africa Progress Panel (THE GUARDIAN, 26/04/10):

Sport is far more than just a game. One only has to savour the global excitement in the runup to this year’s football World Cup to get a feel for its power and transformative potential. With less than 50 days to go before the first match kicks off, billions of football fans are looking forward immensely to the tournament. So am I – and not just because Ghana, my own country, has such a strong side.

I am also looking forward to it, because this competition may do more to bring our planet together than any treaty or convention could ever hope for. At a time when war, violence and ethnic and religious tensions continue to obscure our common humanity, the World Cup has the real potential to break down barriers and challenge stereotypes.

We have seen time and again how sport helps overcome the most deep-rooted conflicts and tensions. Just think of how the success of the Iraqi national football side in winning the Asia Cup in 2007 sparked scenes of jubilation in every community of that otherwise torn country. The team, which included Sunnis, Shias and Kurds, showed their fellow citizens – and the world as a whole – what could be achieved by working with each other. Or take the 400m gold medal won by aboriginal athlete Cathy Freeman at the Sydney Olympics in 2000. It did more to bring Australia together and enable it to face the past than any number of government task forces or reports. And, of course, the far-reaching impact of South Africa’s triumph in the 1995 Rugby Union World Cup was recently portrayed in the film Invictus. President Mandela understood that, just as the sports boycott had helped undermine apartheid, sport could also help heal its deep scars.

I am convinced that this World Cup has similar potential to rebuild fractured relationships, both within and outside Africa. I am equally convinced that it will do much to puncture the prejudices that, for many, unfortunately continue to define the image of the continent. The cup is a tremendous opportunity for Africa to show how, out of the headlines, it has changed for the better. There are, of course, countries where problems, conflicts and abuses have worsened. But these are the minority. There are many more where democracy and human rights have taken root, governance has improved, civil society has blossomed and opportunities are being extended to ever larger segments of the population. Four years ago, the World Cup altered many people’s perception of Germany. This time, people will be surprised by Africa’s remarkable progress and good spirits – and hopefully, its football teams.

These are only two of the many positive effects the World Cup will have, but they help to highlight the point that the benefits of sport go far beyond its physical and mental impact for the individual; that it is vital, too, for the health and strength of our societies and global community; that it is not a by-product of development, but one of its engines and an important agent of social change. We must use it more widely and effectively. This is the message I will deliver at today’s meeting of sport officials and athletes in Dubai.

But sport’s unquestionably transformative power also begs a deeper question. If an event like the World Cup can bring so many of us together, why do we drift apart as soon as it is over? Why do we all speak the same language while our teams are playing – whether we live in Manila, Manchester or Montevideo – but cannot understand each other once the game is over? Why do the principles of humanity so beautifully enshrined in the Olympic Charter merely seem to apply to the way we play, run and swim against each other, and not the way we do business or politics?

Sport’s potential to bring us together is unmatched, but in the end, it is up to us to stay together. I sincerely hope that all of us will carry the spirit of the World Cup, that being part of a family of nations and peoples celebrating a common humanity, into our daily lives and works.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

miércoles, abril 28, 2010

La salvación por el Mundial

Por Álvaro Abós, escritor argentino (EL PAÍS, 13/04/10):

Que la selección argentina gane la copa mundial de fútbol que comenzará el 10 de junio de 2010 en Suráfrica, tal vez sea el último recurso que le quede a Néstor Kirchner para retener el poder cuando su esposa y acólita Cristina Fernández deje la presidencia de su país en 2011. Tanto las elecciones legislativas de junio de 2009 como las encuestas recientes, muestran que se ha disipado la popularidad de la que gozaron los Kirchner.

Pero Néstor Kirchner no es político que baje los brazos. A falta de otras cualidades, nadie le niega su perseverante astucia. Kirchner se preguntó: ¿cuál es la pasión más fuerte de mis compatriotas? No cabe duda, es el fútbol. Y decidió ligar su futuro -desea ser candidato en las presidenciales de octubre de 2011- al gran dios argentino, la pelota, ese icono al que Alfredo Di Stéfano ha dedicado una estatua de bronce, emplazada en el jardín de su casa, sobre una leyenda que reza: “Gracias, vieja”.

Al terminar el año 2001, tras una fenomenal crisis económica, el presidente Fernando de la Rúa huyó en helicóptero de la Casa Rosada. Miles de argentinos, a quienes se les habían confiscado los ahorros, clamaban en las calles. El marasmo que siguió fue aprovechado por Néstor Kirchner para llegar al poder. Se trataba de un oscuro político que integraba el tropel de peronistas que acompañó a Carlos Menem durante la década 1989-1999.

Tras gobernar entre 2003 y 2007, Kirchner, a dedo, designó sucesora a su propia esposa Cristina Fernández. Los argentinos, aún espantados por la proximidad del infierno, la votaron. Pero los Kirchner cometieron en 2008 un error garrafal: aumentaron los impuestos a las exportaciones agrícolas, medida rechazada por los productores. La confrontación entre el Gobierno y los agrarios fue manejada por los Kirchner con esquemática rigidez. El país se polarizó. Desde entonces, bajó en picada la aceptación popular hacia la pareja gobernante, como en la Argentina se conoce a los Kirchner, pues es vox populi que él maneja el poder, aunque en la actualidad sólo ocupe una banca de diputado y la jefatura interina del Partido Justicialista.

En los comicios de 2009 el Gobierno perdió en los principales centros urbanos y sobre todo en el gran feudo peronista, la provincia de Buenos Aires. A pesar de los recursos volcados por el Gobierno en publicidad directa e indirecta, un advenedizo, el empresario Francisco de Narváez, quien sólo se dedica a la política desde el año 2000, derrotó al propio Kirchner en su bastión, el llamado conurbano, un cinturón de comunas que rodean a la capital federal, y en el cual se apiñan 11 millones de habitantes.

Pero a Kirchner no le falta inventiva. Su especialidad son los golpes de efecto que, a la manera de las carambolas del billar, permiten alcanzar diversos objetivos con una sola tacada. Esa tacada resultó el fútbol.

La maniobra tuvo dos partes. En octubre de 2008, la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) echó al entrenador de la selección Alfio Coco Basile y lo sustituyó por Diego Armando Maradona. El cambio tenía un fundamento futbolístico, pues la selección de Basile, desde el comienzo de las eliminatorias para el Mundial de Suráfrica, jugaba mal. Pero también había un designio político. Maradona, a pesar de que muchos de sus desplantes y monomanías han cansado a no pocos argentinos, aún conserva el status de ídolo popular.

Con la designación de Maradona, un notorio kirchnerista, el Gobierno se apropiaba de un eventual triunfo futbolístico para engrosar su patrimonio político. Los planes estuvieron a punto de irse a pique porque la blanquiceleste sólo consiguió clasificarse para Suráfrica de manera angustiosa.

En agosto de 2009 se llevó a cabo el segundo capítulo del plan kirchnerista: Julio Grondona -un dirigente que hace 31 años preside la AFA- rescindió el contrato que ligaba a la Asociación con la empresa Torneos y Competencias, única autorizada para emitir imágenes televisivas de los partidos por los campeonatos Apertura y Clausura. De inmediato, la AFA concedió al estatal Canal 7 el derecho de difundir fútbol en directo. Desde 1991, Torneos y Competencias tenía la exclusividad para transmitir algunos partidos a través de la televisión de pago. Los domingos a las diez de la noche, por un canal de la televisión abierta, se brindaba un resumen de la fecha, con la filmación de todos los goles. Esa emisión, llamada Fútbol de primera, fue durante años una de las más populares de la televisión argentina.

¿Qué ganaba Kirchner apropiándose del fútbol televisado? Torneos y Competencias pertenece al Grupo Clarín, un multimedios cuya cabeza es el periódico matutino homónimo, el de mayor circulación en la Argentina. Kirchner, por razones aún oscuras para la opinión pública, lo ha erigido en su principal antagonista. Al privar al Grupo Clarín de la exclusividad de transmitir fútbol, el Gobierno no sólo golpeó las finanzas del multimedio, sino que transfirió varios millones de telespectadores hacia el canal del Estado. Lo que los aficionados argentinos sólo podíamos ver a las diez de la noche y por un canal privado, ahora podemos verlo en directo a cualquier hora. Y no sólo los goles… también los partidos completos, ya que el Canal 7 transmite los 10 partidos de primera división, que se juegan a lo largo de la semana, por la tarde o por la noche.

El Gobierno adujo que tales emisiones no le costarían un centavo al Estado, ya que los derechos que cobra la AFA, estimados en 720 millones de pesos (unos 138 millones de euros) serían cubiertos por publicidad comercial. Sin embargo, ello no se ha concretado y los 10 partidos sólo van acompañados por una profusa propaganda del Gobierno. Los relatores, mientras narran el partido, recalcan una y otra vez que se trata de un logro extraordinario: el fútbol para todos. Según el Gobierno, se trata de una revolución, ya que el fútbol está ahora al alcance del pueblo y ya no es como antes un privilegio de los ricos. Por su parte, la oposición acusó al Gobierno por un gasto dispendioso en un país donde uno de cada cinco niños padece hambre y 2.920 de ellos mueren cada año por desnutrición.

Para los argentinos el fútbol es un telón de fondo omnipresente, que multiplica al infinito la definición de Rafael Sánchez Ferlosio: “Fútbol es sustitución de todo designio por una expectativa recurrente, rotatoria, sin fin”. Para hacer lugar al fútbol, el canal estatal confinó sus pocas emisiones culturales a horarios inverosímiles. Por ejemplo: el programa de libros Los siete locos, creado hace más de 20 años por Tomás Eloy Martínez, se emite la noche del domingo al lunes… ¡a las dos de la madrugada!

Con estos ingredientes suplementarios, el despliegue de madurez futbolística que está mostrando Lionel Messi ha provocado un interés enorme en la Argentina. Ahora, todas las miradas están puestas en la relación Messi-Maradona. Se teme que la megalomanía de Maradona, espante las genialidades de la Pulga. Esto ya pasó con Riquelme, el mejor futbolista que hoy trota por las canchas de la Argentina. El veterano Riquelme, cansado del egocentrismo de Maradona, renunció a la selección.

El Mundial de Suráfrica, ese gran Teatro del Mundo que concitará a cientos, miles de millones de telespectadores, será por un mes el centro de la atención universal. No hay gobernante en el mundo que no persiga las hilachas de esa centralidad. Y la selección ganadora del Mundial -sea ella la que fuere- será recibida por su gobierno como recibía Roma a los héroes que volvían coronados por sus triunfos en las guerras imperiales.

Pero para los Kirchner en las canchas de Suráfrica estará en juego mucho más que un resultado deportivo.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

martes, marzo 24, 2009

Suspendida la conferencia de paz en Suráfrica tras la denegación del visado al Dalai Lama

Por ANTÍA CASTEDO - Madrid - (ElPais.com, 24/03/2009)

Los organizadores de la conferencia de paz que se iba a celebrar en Suráfrica a partir de este jueves han decidido posponer el evento tras la decisión del Gobierno de denegar el visado al Dalai Lama. La actividad, auspiciada por tres premios Nobel surafricanos - el arzobispo Desmond Tutu, y los ex presidentes F. W. de Klerk y Nelson Mandela- forma parte de la preparación de la Copa del Mundo de fútbol, que se celebrará en Sudáfrica en 2010, y en él se iba a discutir cómo este deporte puede contribuir a la lucha contra el racismo y la xenofobia.

"El Gobierno dice que en este momento hay que concentrarse en la Copa del Mundo, y no en el Tíbet, pero con esta decisión dudo que lo consiga", ha declarado por teléfono Kgetil Siem, el director ejecutivo de la Conferencia. Kgetil Siem se ha mostrado "muy triste y decepcionado" por tener que posponer el evento, aunque no ha querido especular con las razones del ejecutivo para denegar el visado al líder espiritual tibetano "porque no se puede cambiar nada". No hay una nueva fecha: "tenemos que sentarnos y hablar", explica Siem. Algunos de los asistentes, como el arzobispo Desmon Tutu, se han negado a celebrar la conferencia sin la presencia del Dalai Lama.

El Gobierno, en manos del Congreso Nacional Africano, se ha mostrado firme ante las críticas que ha recibido de la oposición. Un portavoz del ejecutivo, Thabo Masebe, ha declarado que la presencia del premio Nobel no responde a los intereses de su país, informa Reuters . "Nos mantenemos en nuestra decisión [...] El Dalai Lama no va a ser invitado a Sudáfrica. No le daremos un visado desde ahora hasta la Copa del Mundo", ha insistido.

Un importante socio comercial

Los intereses a los que se refiere Masebe son, con mucha probabilidad, las relaciones comerciales entre ambos países. China es un socio clave para Suráfrica, como demuestra el hecho de que Pekín ha comprado el 20% del Standard Bank, una de las instituciones financieras más importantes del país. El gigante asiático tiene también grandes inversiones en el sector minero y la industria de ensamblaje de productos electrónicos. Según diplomáticos chinos que han hablado con la prensa local, Pekín había reclamado al ejecutivo que no permitiese el viaje del Dalai Lama, extremo que ha sido negado por el Gobierno africano.

La invitación al Dalai Lama llegó formalmente de la mano de Mandela y F. W. de Klerk -el primer presidente negro de Suráfrica y el último presidente blanco del régimen del apartheid, que compartieron el Nobel en 1994- y Desmon Tutu, arzobispo laureado en 1984. Tanto de Klerk como Tutu se han mostrado muy críticos con la decisión del Gobierno. Sudáfrica está "sucumbiendo sin vergüenza a las presiones chinas", ha declarado el arzobispo al periódico Sunday Tribune.

Deporte para la reconciliación

La cena de gala de la conferencia iba a contar con la presencia de la embajadora de paz de Naciones Unidas, la actriz Charlize Theron, y Morgan Freeman, que interpreta el papel de Nelson Mandela en una película basada en el libro del periodista de EL PAÍS John Carlin, que narra precisamente cómo Mandela utilizó la Copa del Mundo de rugby, celebrada en Suráfrica en 1995, para acabar con el apartheid, uniendo al país alrededor de un acontecimiento deportivo.

sábado, octubre 25, 2008

Las novelas también corren tras el gol

Por Eugenio Fuentes, escritor (EL PAÍS, 25/10/08):

Se diría que es difícil encontrar una reciente novela argentina en la que no se hable de fútbol. No creo que sólo sea fruto del azar que en los últimos tres títulos que han caído en mis manos aparezca ese deporte, bien porque lo practiquen algunos personajes, bien mediante referencias a futbolistas, bien por descripciones directas de la competición.

El protagonista de Un chino en bicicleta (III Premio de Novela La otra orilla, 2007), de Ariel Magnus, asiste en Buenos Aires a un partido de fútbol donde aprende no sólo las reglas del fútbol, sino también las reglas de los insultos de las barras bravas.

En Lanús (2008), de Sergio Olguín, el fútbol impregna de un modo muy literario toda la historia de amistad entre el grupo de jóvenes protagonistas. Desde la dedicatoria -”Y a mis amigos hinchas de Independiente”- hasta el final, el fútbol, más que un deporte, es una forma de vida: “Todo lo que supe sobre mis amigos, sobre lo que tenía que hacer y qué no hacer, sobre lo importante y lo trivial de la vida, lo aprendí jugando a la pelota”, afirma uno de ellos. Y unas páginas después: “Qué sería de ellos si no tuvieran fútbol. De qué hablarían, cómo se relacionarían, cómo podrían agredirse sin dañarse si no tuvieran fútbol. Con la pelota habían aprendido a juntarse, a compartir, a defenderse, a estar juntos”.

Todos los personajes en Lanús recuerdan su infancia asociada al juego y la peor tragedia que podía sucederles era partirse una pierna y quedar invalidado para su práctica durante el resto de su vida. Uno de ellos destina el primer dinero que gana a comprarse una camiseta de la selección albiceleste. Se cita a Menotti, a Maradona, a Santoro, al Loco Gatti, a Ardiles, a Basile…

Los suicidas del fin del mundo (2006), de Leila Guerriero, no es propiamente una novela -aunque lo parece-, sino un apasionante reportaje sobre la extraña ola de suicidios de jóvenes que conmovió a la población argentina de Las Heras. Resulta significativo que en un documento que refleja de un modo periodístico la realidad, aparezca el fútbol en la decoración de las casas, en el ocio de los niños, en las relaciones sociales, e incluso en la muerte: uno de los jóvenes suicidas, Ignacio Palacios, de 25 años, muere colgándose del travesaño de una portería de un campo de fútbol.

Aunque el libro no presta atención especial a ese deporte, sí surgen notas y detalles que revelan hasta qué punto está incardinado en las conversaciones, en el ocio, en la vida cotidiana de los argentinos. En la primera página se lee: “Juan Gutiérrez, 27 años, soltero, sin hijos, buen jugador de fútbol…”, donde se le otorga a este último rasgo del personaje la misma importancia que a su edad, a su estado civil, a su carencia de hijos.

En el otro extremo, el extraordinario ensayo que acaba de publicar Rafael Sánchez Ferlosio, God & Gun. Apuntes de polemología,por el contrario, no parece considerar el deporte como un tema trascendente ni otorgarle categoría para merecer un tratamiento literario. Ferlosio ironiza sobre el hecho de que en un solar vacío pueda “incluso, ¡horror!, construirse un polideportivo”. Más adelante, en el apéndice Carácter y destino, compara el deporte con el circo romano: “… en el espectáculo circense, o sea en lo que hoy es el deporte, que el Imperio Romano venía usando conscientemente como inhibidor político y domesticador social, ya con la misma perversidad con que lo fomenta y subvenciona el Estado moderno…”. Tal vez hoy no haya cambiado la intención del Estado de un uso alienante del deporte como espectáculo público, pero sí hay al menos una diferencia esencial con el circo que, a mi entender, modifica y cuestiona toda la comparación: la voluntariedad o no voluntariedad de los actores. En el circo romano los protagonistas eran obligados al combate o al sacrificio, esto es, a participar en el espectáculo, y ni el gladiador que corría el riesgo de ser ensartado con la lanza ni el cristiano arrojado a los leones se habían presentado voluntarios para salir a la arena, al contrario de lo que sucede hoy, cuando cientos de deportistas saltan los domingos a la hierba y miles de niños y de jóvenes persiguen motu proprio el sueño de gozar de una oportunidad para demostrar su habilidad en cualquier cancha.

Espero no ser malinterpretado por discrepar con Sánchez Ferlosio en un aspecto. En God & Gun afirma que el deporte competitivo puede causar satisfacción, pero no felicidad, “puesto que todas las apariencias son más bien de que lo que está es sufriendo todo el tiempo” en aras de conseguir un único objetivo: “¡Para ganar, para ser los mejores, los primeros!”. Con independencia de la evidente certeza de este propósito, pero compatible con él, me parece a mí que el deporte también puede generar felicidad en el momento mismo de la competición, y no sólo desde la perspectiva de sus logros. No son pocos los deportistas que lo afirman precisando el instante: “Cada vez que me toca entrar a una cancha soy feliz” (Juan Román Riquelme). O: “Gozaba compitiendo, sentía una rara mezcla de tensión y felicidad” (Daniel Bautista, campeón olímpico en Montreal en una disciplina tan sufrida como los 20 kms. de marcha atlética). Declaraciones similares han realizado Paolo Maldini, Henrik Larsson, David Beckham, Rafael Martín Vázquez o Amaya Valdemoro, por citar jugadores europeos. Incluso he leído algún comentario de un luchador de sumo sobre la felicidad que siente al pisar la arcilla del dohyô. Al ver en la pantalla a Lionel Messi -o al recordar al gran Mágico González-, se tiene la impresión de que es feliz mientras en un slalom va driblando a varios oponentes y llega a la portería, consiga o no consiga el objetivo final de marcar gol, pero sin haberlo perdido de vista.

La literatura siempre ha dado buena cuenta de la vida y no hay sucesos o temas que importen en las calles que no terminen reflejándose de un modo u otro en los libros. Los miedos y las alegrías, las obsesiones, las angustias y los sueños que perturban a una sociedad siempre terminan siendo relatados por los escritores del siglo. Una escritura que se precie de reflejar la condición del hombre no puede despreciar a priori ningún tema que al hombre le interese. Incluso cuando el argumento parece banal -once hombres rivalizando contra otros once con el propósito de introducir una pelota en un rectángulo-, sobre él pueden escribirse las más hermosas historias de ambición, de orgullo, de nobleza, de alegría y de desesperación.

El deporte se ha convertido -mediante manipulación o intereses turbios, si se quiere, pero ése es otro debate- en uno de los grandes temas de nuestra época. Mueve masas, paraliza el trabajo, genera noticias, protagoniza debates, arrastra una incontable cantidad de dinero, crea y rompe amores y amistades, llena o vacía las calles, cambia la faz de las ciudades, influye sobre el prestigio de los países y de los regímenes políticos, se usa como arma diplomática y en ocasiones los enfrentamientos deportivos incluso se han convertido en ritos que subliman los enfrentamientos bélicos: la mano de Dios de Maradona es tan recordada porque funciona a modo de venganza virtual de los argentinos sobre los británicos por la dolorosa ofensa de Las Malvinas.

No es extraño, pues, que el deporte, reinventado en el siglo XX, comience a aparecer masivamente en la literatura del siglo XXI. El fútbol, como deporte de masas, es un adelantado. Casi me atrevo a pronosticar que en los próximos años aumentarán los relatos sobre atletas y boxeadores, se inventarán nuevas metáforas sobre balones y bicicletas y nuevas hipérboles sobre el maratón y el baloncesto, y se actualizarán las viejas fábulas sobre las liebres y las tortugas.

miércoles, junio 25, 2008

El Derby del distraído

Por Fernando Savater, catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense (EL PAÍS, 19/06/08):

Nada más llegar a Epsom me encontré con Fulano y casi se me saltan las lágrimas: “¡Pobre Carlitos! ¡Qué desgracia!”. Asintió, con cara hosca. “Pero… ¿cómo pudo pasar?”, insistí. “Nada, un despiste, otro más”, me informó. “Ya sabes cómo era. Estaba viendo los caballos en las cuadras y a la vez contaba el dinero para apostar. Se le cayeron dos euros rodando y se metió a cuatro patas en el box para buscarlos. La yegua se asustó y le pegó una coz en la cabeza. Murió en el acto”. “¡Qué barbaridad, pobrecillo!”, deploré. “Por lo menos fue en el hipódromo. No había nadie más aficionado que él. ¡Cuánto le vamos a echar de menos!”. “Tampoco había nadie más distraído”, gruñó Fulano. Protesté que todos solemos serlo. “Lo suyo no era natural. Era capaz de darle un beso a una chica sin quitarse el cigarrillo de la boca”, recordó Fulano, implacable. “Bueno, a veces…”, traté de defenderle. Fulano hurgó en la herida: “Siempre se dejaba cosas en los hoteles”. Argüí que a mí también suele pasarme. “¡Los zapatos!”, rugió Fulano. “¿Te has ido tú alguna vez de un hotel sin ponerte los zapatos?”. Me encogí de hombros y volví a suspirar: “Le extrañaremos mucho”.

El trágico accidente de Carlitos fue recogido por la prensa nacional, naturalmente. Es el único tipo de noticia hípica que suelen dar: caídas de jockeys, tongos, etcétera… Jamás cuentan los resultados de las carreras más hermosas ni los éxitos de los caballos y jockeys españoles en el mundo. Y encima se justifican diciendo que en España hay poca afición al turf. ¿Cuánta afición habría aquí a la fórmula 1 si los periódicos nunca mencionaran las victorias de Fernando Alonso pero se regodearan en los bólidos que se estrellan y los pilotos que se dejan sobornar por la competencia?

En cualquier caso, los asiduos de Epsom íbamos a echar de menos a Carlitos, que nunca se perdía la gran carrera anual. No sólo por amistad desinteresada, sino también porque -despistado o no- era un auténtico lince para los pronósticos. Y este año el Derby se presentaba inusualmente incierto. Privado de los consejos de mi sabio de cabecera, repasé una y otra vez todos los criterios (racionales o mágicos) para decidir mi apuesta. ¿La excelencia del jockey? El más genial de todos, Lanfranco Dettori, montaba a un precioso caballo criado en Argentina, Río de la Plata, que lamentablemente era difícil que tuviese fondo para culminar la milla y media del arduo recorrido. Además, abundaban los jinetes estupendos, desde el veterano Mick Kinane hasta jóvenes ya tan considerados como Ryan Moore o Jaime Spencer, pasando por los siempre fiables Ted Durcan, Kerrin McEvoy o Pat Smullen. Cualquiera de ellos aprovecharía bien su oportunidad de victoria… si la tenía. ¿El origen de los participantes? Siempre me gustaron los hijos del campeón francés Hernando y corría uno de ellos, Casual Conquest, que además tenía el valor añadido de ser irlandés: pero era un bicho grandote, con poca experiencia, y quizá no se manejara bien en las ondulaciones de Epsom. El cruce que mejor resultado suele dar es el de Sadler Wells, el gran semental que hace unas semanas ha tenido que cesar en sus funciones por cuestión de edad (¡pobre, también él!), con las yeguas descendientes de Mill Reef, pero había al menos tres caballos con esa afortunada combinación de sangres. Nada decisivo, pues. ¿Y las últimas actuaciones? La preparatoria más fiable para el Derby la había ganado Tartan Bearer, pupilo de sir Michael Stoute, el mejor preparador inglés. Es propio hermano de Golan, que hace años ganó las Dos Mil Guineas y llegó segundo en el Derby. En aquella ocasión le venció Galileo, que precisamente es el padre de New Approach, considerado el año pasado el mejor de todos los jóvenes y que éste ha llegado segundo en las Dos Mil Guineas tanto en Inglaterra como en Irlanda. Su preparador, el irlandés Bolger, dijo que le retiraba de Epsom, luego lo declaró participante en el último minuto y desesperó así a todas las casas de apuestas. En fin, un lío.

Me encontraba tan confuso que recurrí a los nombres de los caballos para inspirarme, algo indigno de un experto. Mi genealogía paterna granadina me pedía jugarle a Washington Irving e incluso apostar a Alessandro Volta me pareció por un momento una idea realmente luminosa. El único que podía descartarse sin miedo era Maidstone Mixture, un modestísimo jamelgo que sólo había ganado una carrera ¡de vallas! y al que su pintoresco propietario había matriculado en el Derby como capricho final de su vida hípica. Le montaba un joven desconocido de 22 años que acababa de salir de la cárcel y en las apuestas iba 1.000 a uno. Al final me incliné por Kandahar Run, un precioso tordillo al que había visto en octubre ganar en Newmarket, entrenado por una gloria del pasado, Henry Cecil: lo guapo frágil y lo venido a menos cuyo esplendor apenas se recuerda, nunca he sabido resistirme a eso.

Este año, también Epsom ha estado en obras, la enfermedad urbana más extendida. Por lo menos aún sigue igual la famosa curva de Tattenham, tan larga y compleja, clave de su personalidad. Ayer fui al Imperial War Museum para ver la exposición dedicada a Ian Fleming y aproveché para pasearme un rato por sus salas, de sereno exhibicionismo bélico. En una se guardan los rótulos toscamente pintados en tablones con que los soldados de la primera gran guerra se orientaban en las trincheras. Son nombres de lugares amados, a veces irónicos o picarescos: uno de ellos dice “Tattenham Corner”, y lleva varias siluetas de caballitos pintadas con sencillez. Me conmoví pensando en aquellos remotos aficionados que sufrían entre el barro, la sangre y las explosiones, refugiándose a veces para descansar en el recuerdo de las onduladas praderas de Surrey y los campeones que allí florecen cada año.

Ayer, el recogimiento en la tribuna antes de la carrera era casi sacramental. Pero ahora el móvil nos hace accesibles a todos nuestros conocidos, para bien o para mal. Desde Venezuela un amigo me informa de la desaparición de Eugenio Montejo, poeta noble y hondo. Al final de uno de sus poemas confesaba: “No soy ateo de nada salvo de la muerte”. El ateísmo más difícil, quizá el único realmente liberador. Llega la Reina, que este año va vestida color fresa o algo así. La imagino antes de bajarse del Rolls escondiendo en el asiento un libro de Henry James o Jean Genet, como en Una lectora poco común, la deliciosa novelita de Alan Bennett publicada por Herralde. Y por fin ocurre el Derby. De salida encabeza unos metros el pelotón el infiltrado Maidstone Mixture (supongo que para sacarse la fotografía y alegrar al amo), antes de irse al último lugar que le corresponde. También veo en segunda posición a mi hermoso Kandahar Run hasta ya iniciada la recta final y me hago ilusiones. No hay caso. El asunto está entre Casual Conquest, de galope potente pero bisoño, y Tartan Bearer, que le rebasa con autoridad a 200 metros de la meta. La suerte parece echada hasta que por los palos se cuela irresistible New Approach, que lucha con él para arrebatarle la victoria por casi un cuerpo: se repite en cierto modo la historia y el hermano menor de Golan encuentra su némesis en el hijo de Galileo

Me reúno con Fulano para comentar la prueba y de pronto veo a Carlitos. Está en las taquillas de juego y va de una a otra con desasosiego impaciente. “Mira”, balbuceo, “es Carlitos…”. “Ya lo he visto”, me responde, seco. “Pero ¿no está…?”. “¡Claro que está muerto!”, responde fastidiado. “Ya te he dicho que la yegua le espachurró la sesera”. Con un escalofrío, le veo acercarse a nosotros. “¡Hola, chicos! No sé qué les pasa a los taquilleros, con esto de la obras están rarísimos. No me hacen ni caso y no logro apostar. ¡Es un infierno!”. Se le veía igual que siempre, salvo un reguero negro, seco y grumoso, que le bajaba por la sien desde el pelo hasta el cuello de la camisa. “¡Y tengo el ganador de la siguiente: Bureaucrat, seis a uno! Oye, vosotros también estáis pasmados. Ni que hubierais visto un…”. Se alejó de nuevo hacia las taquillas, anotando algo en el programa. “¿No se da cuenta, verdad”, murmuré. “¡Nada, ni enterarse, en la luna!”, refunfuñó Fulano. “Te digo que no es natural ser tan distraído”. Convine con él: “No, ahora ya no es natural”. Pero acertó y mis cinco libras a Bureaucrat me las pagaron seis a uno. Gracias, Carlitos.

lunes, junio 09, 2008

Un gran factor de cohesión

Por Pascal Boniface, director del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas de París (LA VANGUARDIA, 08/06/08):

Europa se reunifica por entero desde ayer, 7 de junio. Aun sin caer ningún muro ni darse nuevas ampliaciones de la UE, se producirá un impulso de enorme adhesión a escala continental. Del Atlántico a los Urales, todo el mundo seguirá el campeonato de la Eurocopa. La Europa del fútbol siempre ha ido por delante de la construcción europea. La primera Copa de equipos nacionales tuvo lugar en 1956, un año antes de la firma del tratado de Roma. Reunía a los países que en ciertos casos no mantenían relaciones oficiales. Los partidos entre equipos europeos propiciaron desplazamientos, encuentros, crónicas y en consecuencia contactos con quienes siendo europeos no pertenecían a la familia occidental, se tratara de los países del Pacto de Varsovia o de las dictaduras española y portuguesa. El fútbol fue lo primero que abrió una brecha en el telón de acero.

Las competiciones europeas reforzaron de hecho el sentimiento de pertenencia común de un continente atravesado de parte a parte por guerras durante siglos. Y en épocas recientes la construcción europea política y futbolística se ha acelerado de forma paralela con el tratado de Maastricht (1992), que transformó la CEE en la UE, y la ley Bosman (1995), que permitió la libre circulación de los jugadores en todos los países europeos. Actualmente la Eurocopa acoge a países que experimentan ciertas dificultades relativas a su ingreso en la Unión Europea, como Turquía. Ucrania, que no es país miembro de la Unión Europea, coorganizará la próxima Eurocopa en el 2012 junto con Polonia, que es país miembro de la UE.

El fútbol, en realidad, ha creado un espacio colectivo europeo gracias a la libre circulación de jugadores y a las retransmisiones televisadas. Hace una o dos generaciones, cada cual seguía únicamente su torneo de Liga, donde apenas jugaban extranjeros. Actualmente, un europeo posee un conocimiento preciso de los principales campeonatos continentales, donde lo más probable es que tenga a un compatriota que ayuda a triunfar a un equipo determinado. Los grandes encuentros entre equipos rivales del tipo Barcelona-Real Madrid o Arsenal-Manchester no atraen sólo la atención de aficionados españoles o ingleses. Se trata de auténticos derbis globalizados que siguen cientos de millones de telespectadores.

Los principales equipos continentales cuentan con asociaciones y peñas de aficionados que les apoyan en todo el mundo. La afluencia de estrellas extranjeras a los equipos puede debilitar a los equipos nacionales. Inglaterra, donde tres equipos han alcanzado las semifinales de la Liga de Campeones, no se ha clasificado para la Eurocopa. Una falta de participación, esta vez, totalmente involuntaria. Será la primera vez que los ingleses lamentarán no estar en el corazón de la problemática europea. La renovación del fútbol ruso (clasificación del equipo nacional para la Eurocopa y victoria del San Petersburgo en la UEFA) coincide, en cambio, con el vigoroso regreso de Moscú a la escena internacional.

En lo concerniente al fútbol, Europa es una superpotencia. La construcción de este espacio público europeo ha reforzado a sus equipos, que son los más ricos y prósperos y atraen a las estrellas de los cinco continentes. Los cuatro equipos semifinalistas del último Mundial correspondían a países europeos. En 1998 y en el 2002, Europa contó con tres equipos de cuatro semifinalistas.

Aunque la construcción europea hace temer la difuminación de las identidades nacionales, cabe constatar que en fútbol más bien viene a reforzarlas. La Eurocopa será el momento oportuno para que en el seno de cada país se suelde una unidad que trascienda las divergencias políticas, sociales y religiosas y que permita la expresión de un patriotismo moderado pero claramente visible. En cierto modo, en cada país juega la unidad nacional cada vez que juega el equipo nacional. Apenas existen fenómenos que susciten esta adhesión alegre y festiva en torno a un símbolo nacional. La definición tradicional de un Estado remite a un gobierno, una población y un territorio. Tal vez podríamos añadir: y a un equipo de fútbol.

Si bien la mayoría de los países de la UE poseen fronteras comunes, una moneda única y una defensa colectiva, no cabe hablar de que prescindan de su equipo nacional, convertido en signo poderoso de una identidad por lo demás titubeante. El equipo de fútbol se ha convertido en el portaestandarte de los países poco firmes en lo concerniente a su identidad debido a un tiempo a la construcción europea y a la globalización. Se trata de un factor de cohesión y aglutinación singularmente eficaz y poderoso.

El fútbol: un deporte de élite que trascendió la lucha de clases

Por Felipe Fernández-Armesto, catedrático de Historia en la Universidad de Tufts (Boston, EEUU). Su última obra es Américo. El hombre que dio su nombre a un continente (EL MUNDO, 07/06/08):

No sé si existe una Eurocopa de harrijasoketa. De la lucha canaria o de la vela latina tampoco. De ciento en viento -un par de veces en los últimos 40 años- se celebra un concurso que reúne a aizkolaris de diversos países, donde aparecen australianos de enorme potencia, y algún mexicano o estadounidense, descendiente de vascos, pero siempre ganan los vascos auténticos. De jai-alai hay pruebas internacionales, donde todos los concursantes son de procedencia española o representan a países de gran tradición vasca. El toreo -acto cultural que en el extranjero suele calificarse de deporte- se practica en varios países, sin lograr ser objeto de competencia internacional. Un campeonato europeo de cualquiera de los deportes de origen español sería casi impensable.

Los deportes de más raigambre en España son, incluso, de origen extranjero. El golf es escocés, documentado por primera vez en Edimburgo en 1465. El caso del tenis se discute entre Inglaterra y Francia. El primer partido que la Historia reconoce fue el que mató al rey francés Luis X por su exceso de entusiasmo en 1316, pero la versión moderna se inventó por un inglés, Walter Wingfield, en 1873. El baloncesto empezó en Canadá hacia finales del siglo XIX. El primer concurso de ciclismo se celebró en París en 1868. Las huellas del atletismo se remontan a un pasado irreconociblemente antiguo pero solemos trazarlas en la Grecia preclásica. Y del fútbol no hay que advertir que, lo que más choca del actual campeonato europeo, es la ausencia de los ingleses, quienes dieron ese deporte al mundo.

Se levantan problemas intelectuales profundos e irresistibles: cómo y por qué los deportes se difunden por el mundo; y por qué los deportes españoles no han alcanzado el nivel de esos otros.

¿Y cómo se explica la fecundidad del mundo deportivo inglés? La historia de la difusión del fútbol es apabullante. Con una rapidez abrumadora, conquistó el mundo y superó las enemistades recíprocas de las clases sociales de la época de la revolución industrial. A base de las normas seguidas en algunos de los colegios más prestigiosos de Inglaterra, así como en las universidades de Oxford y Cambridge, se codificaron las leyes del fútbol en Londres en 1863. La clase obrera se entusiasmó por el juego. En apenas un par de décadas se fundaron más de 300 clubes en Inglaterra. Se autorizó el juego profesional en 1885. La influencia mundial del futbolismo inglés sigue manifestándose en los nombres de los clubes fundados o inspirados por jugadores ingleses en el resto del mundo. Brasil tiene sus Corinthians. En Argentina existe el Juniors y el Old Boys. Uruguay cuenta con los Wanderers, Chile tiene su Everton y sus Rangers. Los grandes clubes de Milán, dicen Milan en inglés en lugar del italiano Milano. El Bayern de Munich no es de München sino de Munich. Se habla del Athletic de Bilbao, del Racing de Santander y del Sporting de Gijón. Los vestigios de la tradición inglesa son imborrables.

Varios aspectos de la cultura popular suelen transmitirse por el comercio. y los ingleses eran los grandes comerciantes del mundo del siglo XIX. Pero es difícil que un deporte se comunique así, aunque puede haber influido en los casos del tenis y del golf, que exigen una inversión bastante fuerte en artículos de importación -raquetas, redes, palos, etcétera- para lanzarse en un lugar nuevo. La evangelización es, por regla general, una gran emisora de prácticas y valores, y es cierto que algunos deportes tienen sus misioneros y predicadores; pero aún los más devotos de éstos no llegan a rivalizar con la vocación de los religiosos. Las migraciones trasplantan la cultura de los migrantes, y es a través de las deambulaciones y el bamboleo de los vascos por el mundo hispano que sus deportes tradicionales han llegado a ser importantes en América Latina. Hoy en día se ve jugar al cricket en parques norteamericanos, debido a la llegada de nuevas ondas migratorias de la India y del Caribe. Pero lo curioso de los deportes verdaderamente mundiales -el atletismo, el fútbol, el golf, el tenis- es que han echado raíces donde no existen comunidades procedentes de sus países de origen.

Viajeros sueltos pueden enseñar a jugar a sus anfitriones o fundar clubes dedicados a tal y cual deporte, y es cierto que los fundadores de las asociaciones futbolísticas de varios países en el siglo XIX fueron empresarios o diplomáticos británicos; pero para conseguir tener éxito tales individuos necesitaban un ambiente cultural dispuesto a responder al fútbol. A veces, estudiantes educados en el extranjero vuelven a casa entusiasmados por los juegos que han aprendido de sus compañeros de clase. Es así como el rugby llegó a España, llevado desde Inglaterra a la Universidad Complutense. Pero los deportes transmitidos por contactos estudiantiles suelen ser cosas de élites. Hoy en día los telespectadores pueden interesarse por cualquier deporte, sea cual sea la zona del mundo en que se haya desarrollado. Por eso tienen lugar fenómenos racionalmente inexplicables en forma de deportes que aparecen fuera de sus moradas culturales y ambientales. Como reza la canción, hasta «en Jamaica tenemos el tobogán». Pero los grandes intercambios históricos, por supuesto, no se explican así.

Todo lo cual nos lleva al imperialismo como ámbito de aculturaciones. Llama la atención el hecho de que Gran Bretaña, la nación más deportista del mundo, ha sido también la más imperialista. «Un inglés», según los cálculos de George Santayana, resulta ser «un idiota. Dos ingleses, un deporte. Tres ingleses, un imperio».

Pero lo curioso es que, aunque existen deportes imperiales, el fútbol no es uno de ellos. El rugby y el cricket sí se juegan más que nada en países que pertenecieron alguna vez al Imperio Británico. Los mundiales de estos deportes se disputan entre equipos que ni se oyen nombrar en otros grandes concursos internacionales, tales como Nueva Zelanda, Sri Lanka, Namibia y Tonga, pero que se han convertido en grandes centros del rugby o del cricket por el apoyo oficial de la antigua clase dirigente del Imperio. En una diócesis de Africa del Sur, sigue jugándose una versión decimonónica del fútbol, propio del famoso colegio de Winchester, por el hecho de haberse educado allí uno de los primeros obispos del lugar durante la época colonial. Pero el alcance del fútbol propiamente dicho -el soccer, el fútbol de la asociación- ha trascendido todos los límites.

Claro que este fútbol tiene algo de especial. Es el deporte que nos descubre las posibilidades mágicas de nuestros pies -órganos que por lo demás quedan menospreciados, útiles para nada más que andar y correr-, mientras que los brazos y las manos sirven para expresar nuestras emociones más íntimas. En uno de los cuentos de José Luis Sampedro, un explorador que llega a la Tierra desde un planeta lejano para asistir a un partido del Real Madrid cree que va a presenciar un culto telúrico, en el cual el balón, símbolo del globo divino del mundo, sólo puede ser tocado por los miembros sagrados, mientras que las manos profanas, por emplearse en tareas rutinarias, lo contaminarían.

Pero tal vez el fracaso de los deportes españoles en el foro mundial puede proporcionarnos el secreto de la popularidad del fútbol. Casi todos provienen de zonas marginales del país como Euskadi y Canarias: el aizkolari y el harrijasoketa son prácticas campesinas. La lucha canaria era una costumbre desdeñable de gente indígena. La vela latina nació entre pescadores. Hoy en día confieren prestigio y atraen a gente de muy diversa índole, pero siempre cuesta tiempo y trabajo ascender por la sociedad. El fútbol, en cambio, bajaba en sentido contrario, por derogación, empezando por las élites y continuando hacia abajo. Tuvo el valor de surgir entre artistócratas y sabios en los grandes colegios y antiguas universidades, comunicarse a los demás y trascender la lucha de clases. He aquí su universalismo. No es que sea inglés: lo que lo hace llamativo es su trayectoria histórica.

lunes, junio 02, 2008

Pasión por las montañas mágicas

Por Gregorio Morán (LA VANGUARDIA, 31/05/08):

Anteayer hubiera cumplido 41 años Iñaki Ochoa de Olza Seguín - no sé por qué le quitan siempre el segundo apellido, como si los himalayistas no tuvieran madre-. Había nacido un 29 de mayo, que es como estar marcado por el destino de montañero en su más alto concepto; tal día como ese de 1953 pisaron la cima del Everest dos leyendas, Hillary y Tensing. Si hay una historia que aún no tiene quien la escriba, que yo sepa, es la de los himalayistas; un puñado de personas obsesionadas con un reto humano que no está al alcance sólo de una gran voluntad, sumada a una aguzada inteligencia y una descomunal preparación física, sino de algo más complejo que suma voluntad, inteligencia y excepcionales condiciones físicas, algo indescriptible hasta el día de hoy y que lo suma todo. El arte de subir ¡y bajar! los 14 picos superiores a los 8.000 metros de altitud que conforman la cordillera del Himalaya.

Sí, es verdad que hace unos días la cima del Everest tuvo poco menos que implantar turnos para que cerca de cien escaladores la hollaran, como si se tratara de la Pica d ´ Estats (pico más alto de Catalunya, 3.143 m) en un puente veraniego, y que hay montones de basuras montañeras, aseguran, en algunas rutas nepalíes. Pero eso son esclavitudes de la época que nos ha tocado vivir, porque somos muchos y muy mal educados, y basta que un rico tenga veleidades de alpinista para que le monten una tournée por el Everest con sherpas de película y helicópteros de apoyo. No estamos hablando de eso, sino de otro mundo, el de aquellos que viven de y para la montaña, para quienes una cordada, un ascenso, una expedición, incluso fallida, sin coronar nada que no sea el agotamiento, constituye no sólo lo más hermoso y vivo y solidario, sino su forma de ser, aquello para lo que creen haber nacido. Su máxima pasión, su única fe inquebrantable.

Estoy hablando de Iñaki Ochoa de Olza, muerto el viernes de la semana pasada, a las doce y media, hora de Nepal, en una angosta tienda de lona, acompañado por otra leyenda del himalayismo, el suizo Ueli Steck, que ya no podía hacer nada por él salvo verle morir reventado por dentro con un edema cerebral primero, que lo dejó mudo e inmóvil, y otro pulmonar que le cerró el fuelle. Estaba a 7.400 metros de altura y acababa de hacer su segundo intento de coronar el Annapurna, por mal nombre traducido Diosa de la Abundancia,la que los grandes del himalayismo dejan para el final, como hizo Iñaki. El año pasado había atacado por el norte, pero no llegó. Esta vez lo hizo por el sur y se quedó a cien metros de la cima, cien, exhaustos los dos compañeros de cordada. Lo contó el superviviente, un dentista rumano, Horia Colibasanu.

Ochoa de Olza era un montañero que además escribía. Y es sabido que entre subir ochomiles y escribir artículos, lo segundo es lo más fácil. Recuerdo una de sus máximas, impresionante en su eficacia cesariana: la rapidez es seguridad. Avanzar despacio en la altísima montaña es aumentar las probabilidades de riesgo. Inolvidable también su manera de enfocar el fracaso. El relato de su caída libre mientras subía al K2 en 1994 es un prodigio de sensibilidad y sentido del ridículo: se quejaba de la abultada mochila y fue gracias a ella que salvó la vida, por más que se le partiera el cuerpo y quedara colgando durante muchas horas, muchas.

Sólo faltaban cien metros pero los síntomas de congelamiento, el mal de altura y la meteorología les hicieron bajar hasta los 7.400, donde metidos en la tienda el dentista rumano vivió cuatro jornadas de las que no se olvidan. A Ochoa de Olza le estalló la cabeza, se volvió mudo y ya no pudo moverse. Si los días aseguran que tienen 24 horas, estando metido en una tienda a tal altura podría aventurar que las horas se hacen infinitas y los minutos duran eternidades. Este héroe fraterno, el rumano dentista, fue derritiendo hielo y dándoselo a Iñaki, siguiendo como podía las instrucciones telefónicas que le llegaban desde Pamplona, donde la familia y los amigos de la fraternidad montañera trataban de hacer lo posible para que la sangre no se haga pasta y sobrevenga el final. Trato de imaginar lo que deben ser cuatro días en una tienda con un moribundo lleno de vida, con el sentimiento de que si sigues allí te vas a morir tú también y que no te queda otra opción que calcular hasta dónde llegan tus fuerzas, para marchar en el último minuto, cuando hayas garantizado que alguien se va a hacer cargo de aquel a quien tú dejas exhausto e inerte.

Esta odisea necesitaría espacio, talento y una pluma de excepción para contarla en toda su grandeza. ¿Qué resorte saltó entre los implacables hombres de las nieves, los himalayistas, para que en número de catorce, la misma cifra mágica y nada cabalística, que indica otros tantos picos obsesivos, se lanzaran a la tarea de hacer lo imposible para salvar a Iñaki Ochoa de Olza Seguín? El kazajo Denis Urubko que se reponía de otra ascensión se echó al monte, nunca mejor dicho, en una temeraria ascensión con bombonas de oxígeno que hubieran podido ser la última oportunidad. Los suizos Ueli Steck y Simon Anthamatten acudieron al reclamo y en un tiempo récord ascendieron hacia la tienda del campo 2, a tal ritmo que Anthamatten sufrió un ataque y hubo de abandonar. El canadiense, el mismo que se había separado de la cordada del navarro y el rumano, volvió sobre sus pasos para echar una mano. Quizá tratar de bajarle. ¿Cómo se baja a un tipo que no puede moverse? Se le mete en el saco de dormir y se le lleva arrastrando, pero cuando llegan los desniveles pronunciados ahí es Troya. No hay helicópteros que puedan acceder hasta 7.000, salvo algunos del ejército, pero los militares de Nepal, donde acaban de derribar la monarquía, no están para montañeros. Incluso el ruso Sergei Bolotov, que había conseguido llegar hasta la cima del Annapurna y que tras coronarla se zumbó y bajó a trompicones, volvió a subir tratando de acercarle una cámara hiperbárica. Y así hasta catorce. Sin contar Pamplona, donde debieron colocar las agujas del reloj en la parte menos blanda del corazón.

El único que logró llegar a tiempo, es un decir, fue el suizo Steck que hubo de recoger al rumano que bajaba ya con el edema pulmonar a cuestas y ayudarle a llegar al campo 3. Hay que tener una resistencia física más allá de lo excepcional para luego volver a subir hasta la tienda de Iñaki y en contacto por satélite con el grupo de Pamplona, ir suministrándole Edemox y Dexametasona, que poco efecto podía hacerle ya. Quizá le hubiera servido el oxígeno que llevaba el kazajo Denis Urubko a marchas forzadas, pero aún le faltaban cinco horas de ascensión, ¡nada más que cinco horas!, decía un montañero experto. Cinco horas de ascenso a 7.000 metros las medimos los ciudadanos de a pie en infinitos. Falleció a mediodía del viernes, 23 de mayo, y con buen criterio la familia decidió que se quedará allí entre las nieves perpetuas. Ni un riesgo más para los catorce avezados escaladores del Himalaya; o hay vida o no la hay, el resto es literatura. Había muerto un hombre cabal, vegetariano sin fundamentalismos, sensible, con más de 30 expediciones a la cordillera nepalí, que había hecho 15 ochomiles (subió por tres veces el Cho Oyu). Sólo le faltaban dos de las mágicas montañas, el Kangchenjunga y el Annapurna en el que se le fue la vida.

La última foto que conozco de Ochoa de Olza - uno de esos tipos atractivos que no hacen ningún esfuerzo por parecerlo, con una sonrisa algo retadora, como si te preguntara con una mirada cómplice “¡Qué! ¿Te animas?”- se la hicieron en Nepal mientras se preparaba para este segundo intento de coronar el Annapurna. Está delante de la lápida que recuerda a quien había sido su amigo, el montañero ruso Anatoli Boukreev, que murió en la escalada funesta de 1997. Detrás de Iñaki se pueden ver unos versos en ruso a modo de epitafio firmado por el propio Boukreev: “Las montañas no son metas donde satisfago mi ambición, son las catedrales donde practico mi religión”.

A mí de todo lo que conozco del montañero navarro la idea que más me gusta es un comentario banal y profundo que le retrata. “Los niños son los únicos que no me preguntan nunca por qué lo hago. Lo ven natural”.

martes, abril 01, 2008

Occidente puede utilizar los Juegos Olímpicos contra Pekín / Tibet: the West can use the Olympics as a weapon against Beijing

Por Michael Portillo. Fue ministro de Defensa del Reino Unido durante el Gobierno del conservador John Major (EL MUNDO / THE TIMES, 28/03/08):

Las ganas de Adolfo Hitler por aprovechar los Juegos Olímpicos de 1936 en Berlín como escaparate del nazismo se convirtieron en rabia cuando el atleta norteamericano de raza negra Jesse Owens ganó cuatro medallas de oro. Los dirigentes chinos deben de estar preguntándose en estos momentos si organizar las Olimpiadas en Pekín va a reportar al régimen más elogios que críticas. Ten cuidado con lo que deseas, como probablemente debió de decir Confucio.

En defensa del movimiento olímpico hay que puntualizar que Berlín había sido seleccionada antes de que los nazis llegaran al poder. No hay ninguna excusa por el estilo, sin embargo, que ampare la decisión de conceder a Pekín un trofeo tan codiciado. En 1989 el Gobierno chino había aplastado las protestas pacíficas en la plaza de Tiananmen, como el mundo entero pudo contemplar lleno de horror. China obtuvo de todas formas los Juegos Olímpicos y un triunfo propagandístico, y se ha mostrado ansiosa por alardear de ello ante el resto del mundo.

Las autoridades chinas deben de haber sopesado cuidadosamente que los demás gobiernos no son casi nunca lo suficientemente valientes como para boicotear unos Juegos Olímpicos. Los Juegos de Berlín siguieron adelante aunque en las fechas de su celebración los nazis ya habían puesto en vigor las despreciables leyes de Nuremberg, que privaban a los judíos alemanes de sus derechos humanos más elementales.

Hay que reconocer que los norteamericanos encabezaron el boicot a los Juegos Olímpicos de Moscú en 1980 porque las tropas soviéticas habían invadido Afganistán (las invasiones rusas son malas, las invasiones norteamericanas son buenas). China sabía que, a menos que invadiera un territorio vecino, nada de lo que hiciera pondría en peligro su espectáculo.

Todos los indicios daban a entender que a China se lo iban a poner muy fácil. Cuando el presidente Jiang Zemin visitó a Tony Blair en 1999, la policía metropolitana londinense trató sin contemplaciones a los manifestantes a favor del Tíbet. Se pusieron por medio autobuses de dos pisos para proteger de la manifestación los ojos sensibles de Jiang. Cuando Washington se vio pringado en los escándalos de Abu Ghraib, la Bahía de Guantánamo y el traslado irregular de prisioneros de unos países a otros, por no hablar de las pérdidas tremendas de vidas humanas de no combatientes en Irak y Afganistán, el primer ministro chino, Wen Jiabao, debió de sentir la seguridad de que Estados Unidos eludiría como fuera todo diálogo sobre los Derechos Humanos.

De todas formas, todos sentimos un temor reverencial ante el poderío económico de China. Cuando Gordon Brown estuvo allí de gira el mes pasado, habló de oportunidades de negocio. Los primeros ministros detestan que se les exija sacar el tema de los Derechos Humanos, porque eso amenaza con congelar las sonrisas, los apretones de manos y los brindis que constituyen la medida del éxito de estas visitas. Brown se limitó, probablemente, a formular recomendaciones, lo más vagas posibles, de que se acometan reformas.

El poderío económico de China es tal que ha dinamitado con total impunidad la política exterior de Estados Unidos. El objetivo de los norteamericanos es hacer valer su fuerza para conformar un mundo que abrace los valores occidentales. A los países en vías de desarrollo les insisten en que sus gobiernos respeten la supremacía de la ley y atajen la corrupción como condiciones para los intercambios comerciales y el otorgamiento de ayudas. China, por el contrario, ha tendido su mano en señal de amistad a regímenes execrables (entre otros, el de Sudán). Las necesidades de recursos naturales de Pekín son la única consideración a tener en cuenta. Es posible que incluso haya disfrutado del placer de desbaratar los intentos de Estados Unidos por exportar sus valores liberales.

Así pues, China tenía todas las razones del mundo para esperar unos Juegos Olímpicos sin ningún tipo de problemas y para mostrar al mundo su perfil más favorecedor. En Berlín las noticias antijudías se silenciaron durante las semanas que precedieron a las Olimpíadas. En Pekín se ha restringido el uso de coches para reducir la contaminación atmosférica.

En el mundo moderno los gobiernos no son los únicos que cuentan. Steven Spielberg, el director de cine, ha renunciado a su puesto de asesor artístico de las ceremonias de las Olimpiadas tras hacer constar que su conciencia no le permitía continuar mientras en Darfur se estaban cometiendo «crímenes incalificables».

Su decisión ha modificado la situación. En estos momentos, los Juegos Olímpicos de Pekín han pasado bruscamente de representar una oportunidad para el gobierno chino a convertirse en una amenaza. La gran preocupación de China por que las Olimpiadas constituyan un éxito proporciona a quienes se oponen a su política una oportunidad única. Pone en manos tanto de los disidentes del interior como del mundo exterior una capacidad de influencia sin parangón desde Tiananmen.

Ante el apagón informativo impuesto por China en el interior del país, no tenemos posibilidad de saber si las protestas en el Tíbet se han relacionado de manera oportunista con las Olimpíadas próximas a celebrarse. En cualquier caso, los Juegos Olímpicos son un factor político y la situación es dinámica. Los ojos del mundo se han vuelto hacia la política china con una mirada de desaprobación.

«Si todos aquellos que aman la libertad a lo largo y ancho del mundo no alzan su voz para denunciar la actitud de China y los chinos en el Tíbet, habremos perdido toda autoridad moral para alzar la voz en defensa de los Derechos Humanos», ha manifestado Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, ante una multitud de tibetanos que la aclamaban en el norte de la India, a donde acudió para reunirse con el Dalai Lama. Este tipo de acontecimientos resonantes no estaba previsto en el guión de China sobre los Juegos Olímpicos.

El primer ministro británico, al descubrir el valor con que otros defienden sus convicciones, ha declarado que a él también le gustaría reunirse con el jefe espiritual de los tibetanos. David Cameron, jefe de los conservadores, le ha felicitado, por lo que ya tenemos un nuevo consenso. Hemos recorrido un largo camino desde que Blair adujo que tenía demasiadas peticiones de reuniones como para poder hacer un hueco para recibir al Dalai Lama durante la visita de éste a Gran Bretaña en 2004.

China ha sido incapaz de entender que, en una democracia, los políticos no pueden determinar por anticipado las posturas que adoptarán en el futuro. La marcha de Spielberg les ha alterado el panorama. En cuestión de semanas han pasado de no querer entrar en nada que pudiera ofender a Pekín a pelearse por ser quien más protibetano parece. Lo que menos importa es si los disturbios de Lhasa han sido, al menos en parte, brutales y racistas, ni si la violencia se ha desencadenado como protesta a las críticas del Dalai Lama y dirigida contra su autoridad. El tren del Tíbet se ha echado a rodar y todo político demócrata reclama un sitio a bordo.

Como los políticos occidentales están más expuestos a las críticas, porque no pueden hacer nada para evitar el deterioro de la situación económica y porque Irak y Afganistán se consumen lentamente, cubrir de oprobio a China ofrece una agradable oportunidad de desviar la atención de las restantes aflicciones de los políticos.

El genio ha escapado de la lámpara y no es posible hacer un pronóstico sobre en qué puede terminar todo esto. Todos nuestros políticos afirman que el boicot a los Juegos Olímpicos no aparece en las cartas. Ahora bien, eso es sólo de momento. Si se deteriora la situación en el Tíbet, aumentará la presión para que los Juegos Olímpicos se utilicen como arma contra Pekín. Si China sigue poniendo trabas al empeño de los periodistas occidentales por informar de los disidentes, ya puede dar por ganada la hostilidad de los medios de comunicación de todo el mundo. Por el contrario, si permite que se informe de lo que ocurre, los manifestantes aprovecharán esa oportunidad.

Sea como sea, es mucho lo que puede hacerse sin necesidad de llegar a un boicot total. La antorcha olímpica se va a embarcar en una gira mundial, lo que va a proporcionar ocasiones para manifestarse a favor del Tíbet y de Darfur en todo el mundo. Me atrevo a pronosticar que, cuando llegue a Londres, los 2.000 policías que se movilizarán ese día no se van a emplear a fondo contra los manifestantes y que tampoco habrá autobuses que nos impidan ver a los activistas. Sir Trevor McDonald, que está previsto que sea uno de los portadores de la antorcha, va a tener que hacer frente con toda seguridad a llamamientos insistentes para que renuncie a hacerlo.

La actriz Mia Farrow encabezará la manifestación cuando la antorcha pase por San Francisco. Barack Obama y Hillary Clinton deberán reflexionar entonces sobre cómo conseguir el apoyo de esos manifestantes en el estado más poblado de Estados Unidos, y quizás también el más liberal.

La grandiosidad del itinerario que ha de seguir la antorcha, que no tiene precedentes, debe de haberles parecido algo genial sobre el papel. En la práctica, Pekín ha organizado un programa perfectamente escalonado de manifestaciones en contra de China que van a dar la vuelta al mundo.

Si los famosos que se han comprometido a portar la antorcha se ven obligados a retirarse uno tras otro, China va a sufrir un desastre diario de relaciones públicas. El fichaje que hicieron de Spielberg, un golpe de efecto espectacular en su momento, no parece en la actualidad que haya sido una decisión tan brillante.

Las ceremonias para las que ejercía de asesor centrarán a continuación toda la atención. Esos actos pueden ser boicoteados sin perturbar por ello las pruebas deportivas, que presuntamente son lo que importa en los Juegos Olímpicos. De hecho, una vez que los políticos se han alineado a favor del Tíbet y de Darfur, ¿qué justificación podrían ofrecer para permitir que el régimen se de un baño de adulación global?

Cuando China presentó su candidatura a los Juegos Olímpicos, calculó correctamente que los políticos demócratas son pusilánimes. A la vista de su avidez por los contratos con China, no iban a dejar que unas matanzas en Darfur o unas torturas en el Tíbet les echaran a perder una buena fiesta. Sin embargo, Pekín no acertó a ver que los estadistas occidentales son más cobardes aún si cabe ante sus famosos y sus medios de comunicación.

La otra equivocación de Pekín ha sido que se les ha notado excesivamente obsesionados con que las Olimpiadas fueran un éxito. El hombre que desea algo con excesivas ansias se vuelve vulnerable. Seguro que Confucio dijo algo parecido.

********************

Adolf Hitler’s glee at exploiting the 1936 Berlin Olympics as a showcase for Nazism turned to fury when the black American athlete Jesse Owens won four gold medals. The Chinese leadership must by now be wondering whether staging the Games in Beijing will bring the regime more accolades than brickbats. Be careful what you wish for, as Confucius probably said.

In defence of the Olympic movement, Berlin had been selected before the Nazis came to power. No such excuse covers the decision to award the coveted prize to Beijing. In 1989 the Chinese government crushed the peaceful protests in Tiananmen Square as the world looked on in horror. China still secured the Olympics and a propaganda triumph and has looked forward to showing off to the world.

The authorities must have reflected that other governments are rarely brave enough to boycott the Olympics. The Berlin Games proceeded even though the Nazis had by then implemented the infamous Nuremberg laws that deprived German Jews of basic human rights.

Admittedly the Americans led a boycott of the 1980 Moscow Olympics because Soviet troops had stormed Afghanistan (Russian invasion bad, American invasion good). China knew that, short of marching into neighbouring territory, nothing it did would put its show at risk.

All the indicators suggested that China would be given a soft ride. When President Jiang Zemin visited Tony Blair in 1999 the Metropolitan police treated pro-Tibet demonstrators roughly. Double-decker buses were used to shield the protest from Jiang’s sensitive eyes. As Washington became embroiled in the scandals of Abu Ghraib, Guantanamo Bay and extraordinary rendition, not to mention the tremendous loss of civilian life in Iraq and Afghanistan, Premier Wen Jiabao, the prime minister, must have been confident that America would avoid dialogue on human rights.

In any case we are all in awe of China’s economic power. When Gordon Brown toured there last month, he talked of business opportunities. Prime ministers loathe being asked to raise human rights issues that threaten to interrupt the smiles, handshakes and toasts by which the success of visits are measured. Brown probably limited himself to the vaguest urging of reform.

China’s economic sway is such that it has undermined US foreign policy with impunity. America aims to use its muscle to shape a world that embraces western values. In developing countries it insists that governments respect the rule of law and reduce corruption as a condition for trade and aid. China, on the other hand, has extended the hand of friendship to gruesome regimes (including Sudan’s). Beijing’s requirement for natural resources is its only consideration. Maybe it has enjoyed thwarting America’s attempts to export its liberal values.

So China had every reason to expect a trouble-free Olympics that would show its best face to the world. In Berlin the anti-Jewish notices were taken down in the weeks preceding the Games. In Beijing the use of cars has been restricted to reduce air pollution.

In the modern world governments are not the only players. Steven Spielberg, the film director, withdrew as artistic adviser to the Games’ ceremonies, remarking that his conscience did not allow him to continue while “unspeakable crimes” were being committed in Darfur.

His decision has transformed the situation. In that moment the Beijing Olympics flipped from being an opportunity for the Chinese government and became a threat. China’s deep concern that the Games should be a success provides those who oppose its policies with a narrow window of opportunity. It delivers leverage both to domestic dissidents and to the outside world, unparalleled since Tiananmen.

With the news blackout imposed by China on the country’s interior we cannot know whether the Tibetan protests are opportunistically linked to the forthcoming Games. But the Olympics are a political factor and the situation is dynamic. The eyes of the world are turned disapprovingly on Chinese policies.

“If freedom-loving people throughout the world do not speak out against China and the Chinese in Tibet, we have lost all moral authority to speak out on human rights,” declared Nancy Pelosi, Speaker of the US House of Representatives, before cheering crowds of Tibetans in northern India, where she had gone to meet the Dalai Lama. Such outbursts had not featured in China’s “script” for the Olympics.

Our prime minister, discovering the courage of others’ convictions, has said that he, too, would like to meet the Tibetan spiritual leader. David Cameron has congratulated him, so we have a new consensus. We have moved a long way since Blair claimed to have too many requests for meetings to find time to receive the Dalai Lama during his 2004 visit to Britain.

China failed to understand that politicians in democracies cannot predict what positions they will take. Spielberg’s démarche has changed everything for them. In a few weeks they have moved from avoiding anything that might offend Beijing to scrambling to be seen as pro-Tibetan. It scarcely matters whether the riots in Lhasa were, at least in part, brutal and racist, nor that such violence is in defiance of the Dalai Lama’s strictures and undermines his authority. The Tibet bandwagon is rolling and every democratic politician clamours for a place on board.

As western politicians are exposed as being powerless to avert economic downturn and as Iraq and Afghanistan smoulder on, heaping opprobrium on China offers an agreeable opportunity to divert attention from the politicians’ other woes.

The genie is out of the bottle and there is no predicting where this may end. All our politicians say that boycotting the Olympics is not on the cards. But that is for now. If the situation in Tibet deteriorates, pressure will grow to use the Olympics as a weapon against Beijing. If China continues to thwart western journalists in their attempts to report dissent, the hostility of the world’s media can be guaranteed. However, if it allows events to be reported, the protesters will seize their chance.

Anyway, there is much that can be done short of a total boycott. The Olympic torch is to embark on a world tour, providing the occasion for Tibet and Darfur protests around the world. When it arrives in London, I predict that the 2,000 police being mobilised that day will go easy on the demonstrators and no buses will block our view of them. Sir Trevor McDonald, scheduled to be a torch bearer, will surely face insistent calls to withdraw.

Mia Farrow, the actress, will front the protest when the torch passes through San Francisco. Barack Obama and Hillary Clinton must then consider how to garner support from those demonstrations in America’s most populous and perhaps most liberal state.

The unprecedented grandiosity of the torch’s itinerary must have looked great on the drawing board. In practice, Beijing has secured a rolling programme of antiChinese protest circling the globe.

If celebrity torch bearers are forced to pull out one by one, China will suffer daily public relations disasters. Nor does its recruitment of Spielberg, a spectacular coup at the time, look such a brilliant move now.

The ceremonies on which he was advising will provide the next focus. They can be shunned without disrupting the sporting events which supposedly are the point of the Olympics. Indeed, once the politicians have aligned themselves with Tibet and Darfur, what justification could they offer for allowing the regime to bask in global adulation?

When China bid for the Olympics it judged correctly that democratic politicians are pusillanimous. Given their hunger for Chinese contracts they would not let massacre in Darfur or torture in Tibet disrupt a good party. But Beijing failed to see that western statesmen are even more craven towards their celebrities and media.

Beijing’s other mistake was being too anxious for the Games to be a success. A man who wants something too much makes himself vulnerable. Surely Confucius said something of the sort.