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martes, octubre 02, 2012

El ejemplo de Alemania

Por Joseba Arregi, fue consejero del Gobierno vasco y es ensayista y presidente de Aldaketa (El Mundo, 01/10/2012).
Merece una reflexión la querencia de tantos políticos nacionalistas, pero no sólo, a tomar y poner como ejemplo a Alemania cuando se trata de querer ser o tener Estado propio, cuando se trata de proponer algún tipo de federalismo -especialmente con el añadido de asimétrico-, o cuando se trata de limitar la contribución a la solidaridad interterritorial y contar con Agencia Tributaria propia.
El uso del ejemplo alemán se caracteriza más por la manipulación interesada que por el conocimiento de la realidad constitucional alemana. Se ha llegado a afirmar que en Alemania existen más de 500 Agencias Tributarias, confundiendo éstas con oficinas de recaudación. También hay quien toma como ejemplo Baviera para hablar de soberanismo, de estatalidad propia, de lugar donde existen sentimientos soberanistas.
Baviera ocupa un lugar exactamente igual a los demás Länder de Alemania en el sistema constitucional alemán. A cualquier político de la CSU (el partido socialcristiano bávaro) le encanta ser ministro del Gobierno federal: el más famoso político del CSU, Franz Joseph Strauss, peleó duramente con Helmuth Kohl para ser el candidato común a la cancillería federal. Nadie puede hablar en serio de movimientos soberanistas en Baviera, a no ser que esté soñando.
No es fácil resumir el sistema financiero que rige en la República Federal de Alemania y el reparto entre los distintos niveles de gobierno. Lo primero que es preciso indicar es que el sistema federal alemán es un sistema de federalismo ejecutivo y cooperativo: las funciones de Estado las cumplen los Länder, menos aquéllas que están explícitamente reservadas en la Constitución a la federación -cláusula de reserva competencial-, y menos las concurrentes en el caso de que la federación haya hecho uso de su capacidad de legislar. En este sentido, los ingresos fiscales son considerados como ingresos del conjunto del Estado, y no del Gobierno federal, que los puede ceder o no. En esto se distingue claramente de la Constitución española en la que, por desgracia, se confunde el Estado y el Gobierno central. Lo curioso es que ningún nacionalista se refiere a estas cuestiones reclamando su reforma.
Lo segundo que hay que decir es que la Constitución alemana establece un reparto claro de financiación: del impuesto sobre las rentas de las personas físicas, 50% para la federación y 50% para los Länder. Del impuesto de Sociedades, lo mismo. Respecto al IVA, la Constitución dice que una ley federal establecerá los porcentajes de reparto. Una revisión rápida de la historia larga de aplicación de este mandato deja ver que aproximadamente la federación recibe el 54% y los Länder el 46%.
El siguiente paso en la solidaridad interterritorial es el de calcular los ingresos fiscales totales en Alemania para repartirlos -después de aplicar lo dicho en el apartado anterior- entre los Länder, para lo cual se tiene en cuenta el lugar en el que se han generado los ingresos y la población de cada Land. En tercer lugar, los Länder que quedan por encima de la media están obligados a pagar -equilibrar, ausgleichen-a los que quedan por debajo, con medidas que impidan que se revierta el orden de generación de ingresos.
Actualmente existen tres Länder que pagan -Baviera, Hesse y Baden-Würtemberg-, mientras que los demás son receptores, destacando entre todos ellos el Land Berlín, que es la capital de Alemania. Los Länder que pagan han intentado una y otra vez cambiar las reglas de juego o bien anular la Ley de solidaridad. Últimamente se ha distinguido en ello Baviera, aunque en los comienzos de la República Federal de Alemania comenzó siendo un Land receptor.
La última versión de este reequilibrio fiscal y financiero entre Länder se aprobó en 2001 -con el voto entusiasta de Baviera- con la previsión de validez hasta 2019. En la raíz de este acuerdo estaban una sentencia del Tribunal Constitucional de 1999 y una ley federal que respondía a ella. La sentencia obligaba a sacar de los debates políticos el equilibrio fiscal y financiero entre los Länder, obligando a establecer unas medidas y criterios de cálculo a largo plazo, más allá de eventualidades del momento.
Los analistas reconocen que es necesario reformar la regulación de la solidaridad, que es muy difícil hacerlo de forma aceptable para todos, y que es imposible anular la regulación de la solidaridad por el mandato constitucional de establecer situaciones de vida parecidas para todos en todo el territorio alemán. La ley de 2001 citada dice que es preciso mantener el principio de estatalidad propia de los Länder y su integración en la comunidad solidaria federal.
En Alemania no supone ningún problema que cada Land cuente con su Agencia Tributaria, más o menos propia. Y añado lo demás o menos porque no se trata de lo que se insinúa a veces en España: una Agencia Tributaria que se queda con todos los ingresos de un Land, y luego paga una parte negociada al Gobierno central. No. La Agencia Tributaria de cada Land recauda todos los impuestos que corresponden a cada Land, lo hace en aplicación de las leyes federales -aprobadas en el Bundestag o Parlamento federal, y en el Bundesrat o Senado, donde participan los gobiernos de los Länder-, estando obligada cada Agencia al reparto de los ingresos fiscales establecido en la Constitución y en las Leyes federales.
Aunque la última reforma del orden federal ha introducido algunos cambios en estas cuestiones, el presidente de cada Agencia Tributaria es nombrado de consuno por el Land y el Gobierno federal, y el reglamento que guía su funcionamiento es también establecido por consenso. En la última reforma, los Länder han adquirido mayor capacidad reglamentaria a cambio de dar mayor capacidad legislativa al Gobierno federal.
Ya ha quedado dicho que Baviera es, a todos los efectos, un Land más, con el mismo nivel competencial que el resto. Quizá sirva recordar lo que dice la Constitución alemana por un lado y, por ejemplo, la Constitución del Land del Norte del Rin y Westfalia, para entender lo que significa ser Estado en el sistema federal alemán. El preámbulo de la Constitución de Alemania dice lo siguiente: «Con la conciencia de su responsabilidad ante Dios y los hombres, animados por la voluntad de servir a la paz del mundo como miembro de pleno derecho en una Europa unida, el pueblo alemán, por la fuerza de su poder constituyente, se ha dado esta Constitución. Los alemanes en los Länder Baden-Würtemberg, Baviera, Berlín, Brandenburgo, Bremen, Hamburgo, Mecklemburgo-Pomerania anterior, Baja Sajonia, Norte del Rin-Westfalia, Renania-Palatinado, Sarre, Sajonia, Sajonia-Anhalt, Schleswig-Holstein y Turingia han completado en libre autodeterminación la unidad de Alemania. Con ello esta Constitución vale para el conjunto del pueblo alemán».
Y el Preámbulo de la Constitución del Land (estado) del Norte del Rin-Westfalia (1950) dice lo siguiente: «En responsabilidad ante Dios y los hombres, unidos a todos los alemanes… los hombres y mujeres del Land Norte del Rin-Westfalia se han dado esta Constitución». «Art. 4.1. Los derechos fundamentales y los derechos ciudadanos establecidos en la Constitución de la República Federal de Alemania son elementos constitutivos de esta Constitución y derecho estatal (de Land) de forma directa».
Conviene tener en cuenta todas estas cosas cuando se habla del ejemplo de Alemania: no se pueden tomar elementos sueltos sin tener en cuenta el sistema en el que poseen significado.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

jueves, mayo 19, 2011

El lobo, en Escocia

Por Xavier Bru de Sala, escritor (EL PERIÓDICO, 13/05/11):

En Escocia, contra pronóstico, los independentistas han obtenido mayoría absoluta. Los soberanistas de Quebec, en cambio, acaban de darse un batacazo electoral de los gordos. ¿Qué tienen en común las dos situaciones, en apariencia tan disímiles? A mi parecer, que se encuentran en fases muy diferentes de un proceso paralelo. En los años 80 y 90, Quebec se sentía discriminado en Canadá. Llegó incluso a un acuerdo con el Estado federal, que el resto de Canadá incumplió. De ahí los dos referendos. De ahí que a partir del segundo, en el que la separación fue derrotada por la mínima, Canadá cambiara e hiciese caso de las reivindicaciones quebequesas. Ahora, Quebec ya no tiene déficit fiscal, sufre la crisis mucho menos que Ontario, gestiona la política identitaria, conduce los asuntos clave del país. Consecuencia: los soberanistas han pasado de dominar la agenda a estrellarse en las urnas. Clínex usado.

La reacción del premier británico a la mayoría independentista escocesa ha sido inteligente. En primer lugar, dar facilidades (demasiadas y todo para el gusto de Salmond) en vez de buscar un bloqueo jurídico al referendo. En segundo lugar, proponer un reparto de los recursos y las competencias en la línea de lo que reclaman los nacionalistas escoceses. Se habla de una mayor participación en los ingresos del petróleo del mar del Norte. Si las cosas van por el camino esbozado, los escoceses podrán haber obtenido una buena parte de lo que buscaban sus líderes separatistas sin que haga falta la separación.

Tanto en Quebec como en Escocia, la clave es la credibilidad de la independencia. Cuando han visto que se les venía encima la secesión, primero Canadá y después el Reino Unido han dado la vuelta como un calcetín. Ante la perspectiva de la ruptura, el mal menor, para Ottawa y Londres, es repartir con el disidente para que deje de estar insatisfecho (o si lo prefieren, cabreado, sí, porque el cabreo nacional bien llevado tiene premio). En otras palabras, que el pastor de la capital no tiene nunca bastante con la invocación del lobo. No hace caso de la llamada a combatirlo hasta que le ve las orejas de muy cerca. Entonces se sube a la montaña y proporciona a las ovejas que están allí los medios que antes les negaba.

Hace tiempo que defiendo el independentismo instrumental como vía para desbloquear la cuestión catalana. También los catalanes podemos considerar que la independencia no es tanto una finalidad en sí misma como, agotada la hoja de ruta autonomista, la palanca para cambiar las relaciones Catalunya-España. Pero hay que ser muy consciente de que el problema del paralelismo se encuentra, no en las diferencias entre Quebec, Escocia y Catalunya, que nadie podría negar, sino entre España, el Reino Unido y Canadá, que son mucho mayores. La deriva de España hacia el abrazo con sus demonios históricos pone en peligro la estrategia del lobo y aumenta tanto el riesgo de tensiones superiores como para que la cosa acabe con la ruptura del Estado.

Pero no tenemos que adelantarnos demasiado a los acontecimientos. Es evidente que el independentismo gana terreno social en Catalunya, pero también lo es que no cuenta con mayoría. El lobo se acerca. Algunos le vemos la punta de las orejas. Otros confían en que la mayor parte de los catalanes no se dejarán convencer y creen que no hay que preocuparse. El futuro tiene la palabra. Ser demócrata implica aceptar en todos los casos el veredicto de la mayoría expresado en las urnas. En este sentido, la cultura democrática de los catalanes parece bastante elevada y arraigada como para alejar, no anular, el riesgo de fractura social.

La ausencia de alternativas estratégicas lleva a prever que la minoría soberanista irá aproximándose. O lo dejamos como está, o miramos con buenos ojos al independentismo instrumental. El alimento interno del independentismo procede de los que no plantean una vía diferente para resolver el malestar con la situación presente, que, este sí, es ampliamente mayoritario en Catalunya. Ante la insatisfacción general, el inmovilismo no parece una buena receta.

Volvemos a Quebec y Escocia. No sé de nadie capaz de sostener que los quebequeses hayan salido perdiendo con su estrategia del independentismo instrumental. Tampoco es previsible que la mayoría absoluta de los independentistas sea un mal negocio para los escoceses. Muy al contrario, el proceso ha supuesto un progreso notabilísimo para Quebec y augura perspectivas de franca mejora en Escocia. De regresión, pues, nada de nada, sea dicho para algunos unionistas catalanes, a los cuales podría sumarme, como la mayoría de los hoy insatisfechos y/o cabreados, tanto si proponen una alternativa y sale bien, como si la vía del independentismo instrumental acaba con un éxito similar al de Quebec.

Colofón. Mientras Catalunya no tenga silla en la ONU, España estará unida. Lo estaría aunque llegara a ser un Estado confederal. Lo tendría que estar, cuando menos como Escandinavia, aunque Madrid prefiriera la secesión antes que la cesión.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

miércoles, mayo 20, 2009

Que no todos los sentimientos políticos son respetables

Por Aurelio Arteta, catedrático de Filosofía Moral y Política de la UPV-EHU (EL CORREO DIGITAL, 13/05/09):

A estas alturas el lector ya habrá notado que el terrorista y sus secuaces cultivan una compasión y una indignación invertidas. Igual que experimentan alegría ante el daño sufrido por sus víctimas, sienten una triste compasión e indignación por el mal que a ellos, sus verdugos, les sobreviene. Eso se explica porque pervierten el sentido del merecimiento del daño. Para el terrorista, merecido es el daño que hace al otro, inmerecido el que el otro le propina. Otro tanto ocurre con la consideración acerca de lo justo: según el terrorista, él busca o repone la justicia al golpear al enemigo, pero éste comete injusticia cuando le persigue, juzga y condena. La víctima se vuelve verdugo o culpable y el verdugo pasa por víctima inocente. Naturalmente esa inversión arranca de su convicción nacionalista de partida. El suyo es un Pueblo milenario contra el Estado opresor, su diferencia distingue al ‘nosotros’ de ‘ellos’, su historia y su lengua les otorga derechos de soberanía, etcétera.

Cuando no se llega a semejante alteración de los términos, otros equiparan los sentimientos de pena que despiertan por igual las víctimas de ambos bandos y así evitan el planteamiento de la injusticia del crimen cometido y la atribución de su responsabilidad. Víctimas del terrorismo y víctimas del juez que encarcela al terrorista, tan víctimas al parecer son las unas como las otras. El asesino que muere al explotar la bomba con la que iba a atentar o por disparos del policía que quería impedir su atentado adquiere asimismo la prestigiosa condición de víctima. Muertos asesinando y muertos asesinados son ya tan sólo muertos, y nada importa justificar aquello por lo que respectivamente mataron o cayeron. Y se quedan tan anchos.

De suerte que el dictamen sobre la justicia o injusticia de la causa nacionalista que en el fondo está en juego y la corrección de los sentimientos que la acompañan variarán según las creencias del sujeto. A tal creencia, tal idea de justicia y tales sentimientos. La pregunta resulta obligada: ¿Cómo superar entonces el relativismo de las pasiones y opiniones en liza, si no entramos a dilucidar con argumentos qué sea lo fundado o infundado en este trance? No bastará con decir que lo malo de la pesadilla etarra radica sólo en su violencia, pues para ellos el recurso a esa violencia puede justificarse cada vez que el sujeto siente que le pisotean un derecho fundamental. Habrá que examinar si existe tal derecho o tal atropello, juzgar la legitimidad de la pretensión por la que algunos matan y otros más justifican su asesinato. En definitiva, habrá que pasar de evaluar tan sólo sus medios terroristas a evaluar también y no menos los fines nacionalistas.

Ahora bien, en ese mundo abertzale lo habitual es permanecer en el terreno de los sentimientos, no ir en busca de las razones o sinrazones que los sostienen. Así se llega a declarar que los sentimientos políticos (como los no-políticos), además de insuperables, son inobjetables y respetables. Lo venía a decir hace un mes monseñor Uriarte, obispo de San Sebastián, cuando recomendaba «serenar nuestros sentimientos en la política» para así evitar la demonización del adversario. Eso está bien, aunque se diría que para el señor obispo las razones democráticas no deben desempeñar mayor cometido en ese esfuerzo. Al contrario, lo que propone es fomentar una emoción, «la conciencia cálida de pertenecer al mismo pueblo», aun manteniendo sus pobladores distintos sentimientos de pertenencia. Pero el caso es que, cultivando estos afectos particulares, no somos un mismo pueblo ni sería bueno ni posible que lo fuéramos. Formamos más bien una sociedad políticamente plural. Y esa sociedad plural sólo puede vivir en paz si instaura el pluralismo y la tolerancia para las diversas ideologías -tolerables- de sus miembros. Es decir, si consagra la ciudadanía como igual libertad de los sujetos políticos e infunde los sentimientos conformes a esa condición del ciudadano.

No es casualidad que por esas mismas fechas el PNV proclame tesis coincidentes con las episcopales. Escuchen este punto central de su manifiesto en el último Aberri Eguna: «(…) manifestamos que los sentidos de pertenencia nacional no se imponen. Como todos los sentimientos, o se respetan, arbitrando para ello un marco recíproco de garantías de respeto y desarrollo en igualdad de condiciones, o la imposición de uno de ellos se constituye en fuente permanente de conflictos». Adviértase de paso la cínica contradicción entre lo que el nacionalista demanda (el deber de respetar los sentidos o sentimientos de pertenencia nacional) y lo que hace (imponer a todos su propio sentido de pertenencia). Pero eso es nada comparado con los erróneos y peligrosos supuestos contenidos en esas palabras de apariencia tan exquisita.

Son demasiadas confusiones juntas. Pues no es verdad que todos los sentimientos sean legítimos y dignos de respeto, un tópico absurdo paralelo al de que todas las opiniones políticas son respetables. No nos parece que valga lo mismo el amor que el odio, la admiración que la envidia, la benevolencia que la venganza. Ni es cierto que la razón deba abstenerse de cuestionar la bondad o maldad de los sentimientos y, llegado el caso, de procurar transformarlos. ¿Acaso unos sentimientos, en determinados momentos, no conducen a una acción política y otros a su contraria? Ni es cierto tampoco que la razón sea impotente contra ellos, como si no hubiera conexión entre lo que pensamos y lo que sentimos, como si el cambio de convicciones dejara intactas nuestras emociones. Somos responsables de nuestros sentimientos porque somos responsables de fundar las ideas en que al final aquéllos descansan.

Pero hemos visto que desde el nacionalismo el de pertenencia a una nación es el sentimiento político por excelencia y por naturaleza intocable, respetable e inmodificable. Ni hay justicia más principal que la debida a la nación, ni procedimiento más democrático que contar las adhesiones individuales al Pueblo. Lo sepa o no el ciudadano, la política es sobre todo un combate entre ideologías y pasiones nacionalistas. ¿Que eso no es democracia? Pues peor para ella. Nada cuenta el peso de los argumentos ni sirve deliberación racional alguna, porque también aquí se juegan tan sólo emociones y obligaciones hacia la nación de uno. En pocas palabras, para el nacionalista la política se reduce a exaltar el sentimiento de pertenencia, puesto que se agota en preservar lo propio y levantar sus fronteras frente al otro. Para el demócrata, en cambio, toda pertenencia particular -ya sea a una etnia o a una religión- ha de subordinarse a la común ciudadanía. Y los sentimientos políticos respetables serán los nacidos de esa conciencia que nos considera a todos sujetos de iguales derechos.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

viernes, mayo 01, 2009

Euskadi no es Europa

Por Antonio Elorza (EL PAÍS, 27/04/09):

Un día Txomin Ziluaga, viejo amigo a pesar de todo, me explicó que uno de los logros de la izquierda abertzale había sido que sus seguidores dejaran de sentirse europeos. Era un efecto de la refundación ideológica en que Krutvig, desde su Vasconia, había mostrado las ventajas de encubrir el casticismo sabiniano con la máscara de una lucha colonial por la independencia.

La fascinación ante la revolución sandinista en Nicaragua fue la más clara expresión de esa mentalidad, por desgracia legitimadora de algo mucho más miserable y agresivo: la práctica sistemática del terror, disfrazado de lucha armada.

Aunque como todo discurso reaccionario, el del radicalismo abertzale proceda a la captación de la terminología progresista -recordemos la alternativa democrática de ETA- y a invertir los significados al modo del Arbeit macht frei -los adversarios del terror serían los fascistas-, la aprobación de los crímenes políticos por ETA y su entorno no deja la menor duda en cuanto a su total incompatibilidad con la democracia.

Nada tiene que ver con la Europa de hoy, y sí, Sabino mediante, con los movimientos totalitarios que en nombre de la concepción biológica del Volk -pariente de ese sagrado pueblo vasco de identidad milenaria- implantaron una lógica de exterminio contra los enemigos raciales y políticos.

El último comunicado de ETA expresa inmejorablemente esa condición de movimiento totalitario. Como siempre, detención de terroristas supone represión intolerable, pero sobre todo destaca la voluntad de aniquilar físicamente al próximo Gabinete socialista, presentado nada menos que como “gobierno del fraude para cualquier abertzale” de un lado y como “gobierno del fascismo y de la vulneración de los derechos”, carente de “legitimidad democrática”. La supuesta continuidad con la vieja dictadura es subrayada al llamar “caudillo” a Patxi López. Consecuencia: “serán objetivo prioritario de ETA”. Palabras de criminales puros y duros.

La elaboración del argumento central no corresponde, sin embargo, al grupo terrorista. Desde las elecciones, ha sido el nacionalismo democrático quien protagonizó y protagoniza en Euskadi un espectáculo permanente de deslegitimación de la democracia. Algo inédito en el mundo occidental. Ni por quedar en primer lugar en un sistema pluripartidista se ganan las elecciones, ni hay en Euskadi “la mayoría enorme” de abertzales, ni una alianza poselectoral para formar gobierno monocolor es un frente, ni sobre todo en un régimen representativo cuentan los votos por encima de los escaños. Ibarretxe, Urkullu, Egibar, lo saben y a pesar desarrollan una intensísima maniobra de intoxicación orientada a emborronar el resultado de las elecciones y a ahondar aun más la fractura en el interior de la sociedad vasca. Nada hay más antidemocrático que la idea de que sólo un determinado partido encarne al conjunto de la sociedad y tenga por consiguiente el derecho a gobernarla.

Pero es que esa labor de destrozona tiene lugar en un espacio político donde ETA está aun presente. La acusación etarra contra la táctica impuesta desde el Estado, enlaza con la interpretación de Egibar y Urkullu que ven en el Gobierno PSE el resultado de una conspiración estatal. Cuando la banda llama “caudillo” a Patxi López, encuentra un esperpéntico respaldo en el Manifiesto de Aberri Eguna del PNV donde la españolización remite a José Antonio Primo de Rivera. Y el PNV va aún más allá al tender la mano a la izquierda abertzale con la acusación de que esa conspiración de Estado españolista tuvo lugar “alterando las reglas del juego democrático e impidiendo que toda la sociedad vasca esté representada en el Parlamento Vasco”. ETA no tiene nada que añadir: la subida al poder del PSE es el resultado de “una trampa y un engaño” electorales, luego actuemos (si podemos) en consecuencia.

La relación del nacionalismo democrático con la organización terrorista vuelve así a sacarnos del espacio europeo. Es una especie de juego donde ETA aparece y desaparece según conveniencia. De entrada, Ibarretxe declara su inutilidad para la causa vasca. ETA sobra. Una vez dicho esto, sin embargo, el PNV sueña con aceptar de nuevo los utilísimos votos parlamentarios dictados por ETA y por eso denuncia la exclusión de sus satélites como fraude jurídico made-in-Madrid para echar del gobierno a los nacionalistas.

Estamos ante un caso de ceguera voluntaria, por partida doble, y de enorme responsabilidad por lo que tiene de apoyo indirecto al terrorismo, sin evitar además la división entre el partido de Urkullu y la izquierda abertzale. Ibarretxe y el PNV saben que gracias a la acción policial y a la aplicación de la Ley de Partidos se encuentra ETA en una situación de honda crisis. No les importa. La segunda ceguera es aún más dolosa: fingen ignorar que Batasuna y sus sucesoras son un simple instrumento político de la organización armada y que por consiguiente su vida legal implicaba la de ETA en la sociedad vasca. La obstinada defensa de su legalidad no es así sino una interesada protección de la estructura del terror, sustentada además en la comunidad ideológica abertzale.

¿Cabe esto en la UE? Es el gran reto para el nuevo gobierno de Patxi López: encauzar la política vasca -PNV incluido- hacia las pautas y los usos europeos.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

lunes, abril 06, 2009

Pragmatismo y nacionalismo

Por Iñaki Unzueta, profesor de Sociología de la UPV-EHU (EL CORREO DIGITAL, 04/04/09):

Todos los años, hasta su muerte con 93 en 1935, Wendell Holmes brindaba con una copa de vino en el aniversario de la batalla de Antietam, donde recibió una bala en el cuello y, dado por muerto, permaneció detrás de las líneas enemigas hasta que pudo ser rescatado. En Antietam, en un solo día murieron más del doble de americanos que en cualquier otra guerra americana del siglo XIX. Sin embargo, las primeras heridas de guerra de Holmes fueron en Ball’s Bluff, tenía tan sólo 20 años y de los 1.700 soldados de la Unión que cruzaron el río Potomac -Holmes entre ellos-, 900 perdieron la vida. Por todo ello, la Guerra Civil americana fue para Holmes una experiencia horrorosa de la que estaba dispuesto a sacar provechosas lecciones. Holmes creía que la certeza conduce a la violencia, y criticaba a los que se presentaban como instrumentos de algún poder superior: «Detesto al hombre que sabe que sabe», decía. Cuando uno sabe que sabe, la persecución puede volverse implacable.

En 1894, John Dewey ocupaba una cátedra de filosofía en la Universidad de Chicago. Una vez concluida la Guerra Civil, Chicago experimentó un crecimiento caótico y desmesurado que la convirtió en un laboratorio vivo para la investigación social. El mismo Max Weber a su paso por la ciudad, en 1904, la comparaba con una persona a la que se le había quitado la piel de modo que era observable el funcionamiento de los intestinos. En ese año de 1894 la American Railway Union capitaneada por Eugene Victor Debs desencadenó una huelga contra la compañía de coches-cama Pullman por los despidos habidos y por el deterioro de las condiciones laborales. 125.000 sindicalistas de la ARU abandonaron el trabajo y el ejército movilizó a miles de soldados y guardias federales para romper la huelga. En las dos semanas que duró el conflicto, 12 personas murieron en los enfrentamientos y propiedades ferroviarias valoradas en millones de dólares fueron destruidas. La huelga fracasó, y Debs y otros dirigentes de la ARU fueron detenidos y acusados de conspiración por perturbar el correo e interferir en el tráfico interestatal. John Dewey quedó profundamente consternado por la virulencia y las trágicas consecuencias que la huelga había desatado.

La Guerra Civil fue una violenta tormenta que barrió las ideas esclavistas del Sur, pero que acabó también con la cultura del Norte. La generación de los padres de Holmes creía gozar de esa suerte de certeza superior por la cual -pensaban- sus valores sobre la vida y el bien podían y debían imponerse a los demás. Sin embargo, esa cultura de la certeza que llevó a la matanza entre americanos fue barrida por la siguiente generación. La huelga de la Pullman se desarrolló en un contexto de capitalismo liberal donde dos fuertes personalidades -Pullman y Debs- chocaron. Sin embargo, a finales del XIX, el modelo de empresa gobernada con mano de hierro por un jerarca capitalista que opera sin controles había sido eliminado, para surgir en su lugar la empresa con consejo de administración y con complejos equilibrios con los sindicatos y el Estado.

Wendel Holmes y John Dewey, junto con William James y Charles S. Peirce, eran miembros del Club de los Metafísicos y crearon la más influyente corriente de pensamiento que haya dado jamás Estados Unidos: el pragmatismo. Estos cuatro pensadores, más que un conjunto de ideas, tenían una sola: una idea sobre las ideas. Creían que las ideas de una generación son reemplazadas por las de la siguiente, de modo que las ideas no se encuentran disponibles ‘ahí’, sino que son herramientas que la gente crea ‘ad hoc’ para enfrentarse al mundo. Las ideas no son creaciones individuales, sino herramientas que la gente en condiciones determinadas crea para enfrentarse a los desafíos de la vida. Son apuestas en un mundo azaroso e incierto que sólo la prueba empírica del éxito puede validar.

La única convicción fuerte de los pragmatistas era que las ideas no deben convertirse nunca en ideologías. Su propuesta era liberar el pensamiento de ideologías oficiales ligadas a la religión o el Estado. Y así es como los primeros pragmatistas -alimentados por un sano escepticismo- reemplazaron las ideas más rígidas de la generación anterior a la guerra. La sociedad americana de finales del XIX era industrial y muy heterogénea, donde los vínculos directos eran sustituidos por relaciones más impersonales. Ante esa nueva realidad, el pragmatismo proponía una concepción pluralista de la cultura en la que había que dejar mayor margen para la diferencia y había que crear más espacios sociales para el error. Como la vida es un experimento hay que tolerar el disenso. La libertad de expresión es un bien social porque necesitamos las ideas de los demás. Consideraban imprescindible estimular la participación democrática, puesto que la democracia no era un medio para un fin, era en sí mismo el fin. El objetivo del experimento es el propio experimento. La meta de la democracia es mantener en marcha la democracia. En suma, el pragmatismo contribuyó a evitar la violencia que ocultan las abstracciones y la tolerancia se convirtió en la virtud oficial de la América moderna. Hoy, empero, Estados Unidos no es un país pragmático en el sentido de no creer en absolutos. La era Bush consolidó una cultura política absolutista de lucha entre el bien y el mal que, ahora, con Obama, es verdad, está empezando a cambiar.

Aunque han transcurrido más de 100 años desde el nacimiento del pragmatismo, los problemas que a Holmes, Dewey y otros preocuparon siguen vigentes y tienen -con distinta intensidad- un alcance casi universal. Así, cabría decir que el País Vasco es práctico, realista, instrumentalista, pero de ningún modo es pragmático en el sentido que hemos analizado, puesto que su historia está especialmente marcada por la creencia en determinados absolutos. Aquí, la parte nacionalista cree en determinadas esencias -pueblo, lengua, raza o nación- que estarían sometidas a una suerte de leyes necesarias de la Historia. Además, aquí la parte nacionalista se cree también provista de una certeza superior, por la cual no ceja en el empeño de imponer sus concepciones sobre el bien y la vida buena al resto de la sociedad.

Los pragmatistas son antiesencialistas y tratan de ver cada cosa como constituida por las relaciones que mantiene con el resto de las cosas. Los pragmatistas están en contra de la profundidad. Desean vivir sin la idea de que existe algo profundo (Dios, el pueblo o la nación) que marca el devenir histórico. No aceptan que la Historia tenga una teleología, un fin determinado. Así, si consideramos la evolución biológica o social, vemos que se trata de procesos de mutación al azar, parcialmente determinados por la adaptación o no a un medio cambiante. En consecuencia, no hay nada llamado Vida cuya finalidad sea la creación de, por ejemplo, los mamíferos, como tampoco hay una Razón o una Historia cuya meta sea la creación del Estado vasco. Sobre la idea de progreso moral, los pragmatistas lo equiparan con coser un enorme tapiz multicolor, que minimice las diferencias. Nos gustaría, dice Rorty, «minimizar la diferencia entre cristianos y musulmanes de una aldea de Bosnia, la diferencia entre blancos y negros de una ciudad de Alabama, la diferencia entre homosexuales y heterosexuales en una congregación católica de Quebec. Unir a esos grupos invocando mil cosas pequeñas en común entre ellos, en lugar de especificar una única cosa grande, su común humanidad».

Whitman inspiró a los pragmatistas y cargó el futuro de esperanza: «Porque nuestro Nuevo Mundo considera menos importante lo que se ha hecho o lo que se es que los resultados que se producirán». La distinción básica es entre pasado y futuro. La preocupación fundamental es cómo hacer del presente un futuro más rico, cómo lograr una mayor diversidad de individuos y eliminar el sufrimiento innecesario. Creo que la fase política que se ha abierto en el País Vasco tiene una clara raíz pragmatista, en el sentido de combatir y erosionar esencias y poner en juego ideas y proyectos que abarquen a más ciudadanos. Lleva el sello pragmatista porque apuesta por crear una sociedad más decente donde las instituciones ya no humillan a los ciudadanos.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

miércoles, marzo 04, 2009

Estado de derecho en Euskadi

Por Juan-José López Burniol, notario (EL CORREO DIGITAL, 04/03/09).

El lunes 23 de febrero, estalló una bomba de entre 5 y 10 kilos en la sede del Partido Socialista de Euskadi en Lazkao (Guipúzcoa). El local –inaugurado tras una remodelación hacía solo 21 días– sufrió fuertes daños, al igual que la fachada del inmueble y algunas viviendas cercanas, entre ellas la de Emilio Gutiérrez. Al día siguiente, poco después de la concentración de condena celebrada ante el ayuntamiento, Gutiérrez atacó con una maza la sede de la izquierda aberzale –la herriko taberna– del pueblo, causando daños considerables.

Tras conocer el ataque, el alcalde, Patxi Albisu –del PNV– dijo que “comprende la situación que está pasando” su convecino, pero que rechaza “los medios que ha utilizado”. Un par de días después, el presidente Zapatero ha afirmado que “uno puede entender el momento de obcecación” de Gutiérrez “por haber sufrido lo que ha sufrido”, pero ha añadido que “bajo ningún concepto podemos darle respaldo”, insistiendo en que se trata de un hecho “absolutamente aislado”, pues –según el presidente– “en el 99% de los casos, la ciudadanía confía en la acción del Estado de derecho, de la policía y de la justicia para prevenir y para castigar severamente la violencia terrorista”.

LO DICHO por Albisu y Zapatero es cierto: en un Estado de derecho nadie se puede tomar la justicia por su mano y, por consiguiente, la acción de Gutiérrez es, aunque explicable, reprensible. No obstante, y pese a que es verdad, no es toda la verdad. Porque la existencia real de un Estado de derecho no viene determinada exclusivamente por la existencia de unas normas jurídicas que integren un plan vinculante de convivencia en la justicia. El Estado de derecho solo llega a existir si este orden jurídico abstracto –compuesto únicamente por normas– se materializa en un orden jurídico concreto –vivido por los ciudadanos ¡y por la Administración! como tal–, en el que las conductas de aquellos y los actos de ésta se acomoden a lo ordenado por la ley. Hablando en plata: hace falta que se cumplan las leyes. Y que se cumplan por todos, tanto por los ciudadanos como los poderes públicos, cuidando además de que este cumplimiento no se agote en una observancia estrictamente formal, sino poniendo especial cuidado en respetar su espíritu.

Por poner un ejemplo, resulta evidente que en Euskadi está vigente el derecho de libertad de expresión, pero la pregunta es si puede ejercitarse sin cortapisas o bien existen unos temas tabú sobre los que resulta arriesgado pronunciarse en según que casos y lugares. Piénsese –por ejemplo– que, en esta línea, desde siempre se puesto de relieve la existencia de un importante voto oculto, a causa de que resulta socialmente mal vista la opción electoral por determinadas formaciones. Por otra parte, no solo el ejercicio normal de los derechos, sino también la adopción en libertad de las pequeñas decisiones que integran una vida corriente, se ven poderosamente dificultadas en un entorno social en el que un grupo impone como un “canon” de inexcusable cumplimiento su sistema de ideas, creencias y querencias, de modo que quien no lo comparte es condenado en el mejor de los casos a un duro ostracismo, cuando no a la franca postergación no por sigilosa menos hiriente. Y esto, y no otra cosa, es lo que sucede en Euskadi: Estado formal de derecho, sí; convivencia en libertad, va por grupos y por barrios.

UN LIBRO DE Sebastián Haffner –Historia de un alemán–, que narra la peripecia de su autor durante los años de ascenso al poder del partido nacionalsocialista, refleja muy bien este tipo de situaciones: “Una de las novedades más terribles que están aconteciendo en Alemania –escribe– consiste en que no hay criminales que respondan de sus actos ni mártires que carguen con su sufrimiento, todo sucede como en un estado de ligera anestesia, con una fina y mísera capa de sensibilidad tras el horror objetivo: están cometiéndose asesinatos como si fueran las travesuras de unos chicos malos, la humillación y el suicidio ético se aceptan como si se tratara de pequeños incidentes molestos e incluso la muerte física del mártir no provoca más reacción que un simple mala suerte”. Lo que deja abierto el interrogante de por qué “no hubo nadie que se sublevara a título individual aquí o allá y plantase cara, si no en general, al menos a una injusticia concreta o a alguna infamia en particular que se hubiera cometido justo en su entorno”.

Es fácil justificarnos diciendo que Emilio Gutiérrez obró mal porque, en un Estado de derecho, la reparación del orden jurídico vulnerado ha de dejarse a la Justicia, sin que nadie pueda procurársela por su propia mano. Pero, ¿y cuando el Estado de derecho no es más que una retahíla estéril de leyes mancilladas día a día por quienes se consideran investidos, desde el principio de los tiempos, de una legitimación inefable superior a todo? Entonces es una farsa. Una pura farsa, aunque se ahueque mucho la voz al proclamarla y se ralentice el discurso en búsqueda de una solemnidad impostada, que la densidad de las ideas no proporciona.

Ya dijo Joaquín Costa –altoaragonés de rompe y rasga– que aplicar la ley en según qué casos es el máximo escarnio y la máxima tiranía. No lo olvidemos.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

viernes, enero 23, 2009

La sombra británica

Por Andrés de Blas Guerrero, catedrático de Teoría del Estado en la UNED (EL PAÍS, 23/01/09):

El influjo de los distintos aspectos de la cuestión nacional británica no ha pasado desapercibido en la historiografía y en las ciencias sociales de nuestro país. Los aspectos más sobresalientes de ese influjo habrían sido, en primer lugar, el impacto del “autogobierno” británico sobre la visión de nuestra tradición reformista en los proyectos de cambio de la Administración local desde mediados del siglo XIX. A través de ellos, se aspiraba a la liquidación del caciquismo y a la transformación de los primeros escalones de la vida político-administrativa en una auténtica escuela de gobierno liberal-democrático.

En segundo lugar, la atención prestada al pleito irlandés tanto en la forma de los proyectos de Home Rule del siglo XIX como, ya en el siglo XX, el significado de la independencia de la República, ha tenido particular influencia en la evolución de nuestros nacionalismos periféricos. En tercer lugar, más recientemente, el inicio de la Devolution en Escocia y Gales y el restablecimiento del autogobierno en Irlanda del Norte ligado al proceso de paz han merecido la atención tanto de nuestros nacionalismos potencialmente disgregadores como de una visión política e intelectual interesada en la suerte de España como nación y Estado del conjunto de los españoles.

Estas tres grandes influencias no ocultan otros paralelismos en la evolución de las cuestiones nacionales británica y española de los que todavía podemos extraer algunas consecuencias enriquecedoras para ambos países. Una cuestión central en la que España es una adelantada a Gran Bretaña es la incidencia sobre la conciencia nacional de la crisis imperial. La derrota del 98 pone fin a un muy mermado imperio español que, pese a todo, va a hacer inevitable el dinamismo de unos nacionalismos periféricos que, a través de un cambio de bandera nacional, buscarán salidas propias a los efectos del fin del viejo orden hispano.

El fin de los restos del imperio español no es comparable en su entidad a la liquidación del más poderoso imperio mundial, el británico. Sus efectos sobre la crisis nacional del Reino Unido pueden, sin embargo, ser equiparados. La conciencia de ruptura del cemento que había mantenido en buena salud la unión de Inglaterra y Escocia, y en parte también de Inglaterra y Gales, se habrá de traducir en un renacer de las tensiones nacionalistas al norte y al oeste del Reino Unido.

El imperio, después de la Segunda Guerra Mundial, ha dejado de ser una empresa común en la que todos los británicos participaban, para pasar a ser un recuerdo mejor o peor instalado en la memoria de los recientes ciudadanos del Reino Unido.

Otro elemento que ha obligado a replantear una vieja conciencia británica se produjo en este caso con notable antelación en la vida de Gran Bretaña con relación a España. Me refiero a los complejos efectos de una emigración masiva de origen africano, asiático y americano sobre la percepción acerca de los ingredientes tradicionales de la cultura nacional.

La memoria del pasado bélico de ambos países tiene efectos muy distintos en la conciencia nacional británica y en la española, con un carácter claramente negativo para España. Mientras el recuerdo bélico británico se centra en dos grandes guerras nacionales, en la primera y la segunda guerras mundiales y en un pasado imperial sometido a permanente revisión, en nuestro caso es la tragedia civil de 1936 a 1939, y el eco de los supuestos fracasos de nuestra modernidad, lo que sigue pesando sobre nuestra memoria.

La integración en Europa ha tenido, en estos últimos 20 años, una interpretación acusadamente diferente en ambos países. La actitud optimista y esperanzada de la sociedad española, en coherencia con la herencia reformista de los dos últimos siglos, ha contrastado con las dudas y recelos de una sociedad británica, segura de su punto de partida y temerosa de la disolución de su especificidad nacional como consecuencia del desarrollo de la idea de Europa.

Las singularidades presentes en la vida nacional británica y española son, probablemente, menos apreciables que los elementos comunes. En ambos casos se ha especulado con su posible hundimiento como Estados-naciones. En los dos países se plantean tensiones secesionistas de alguna entidad. Tanto en el Reino Unido como en España se vive la necesidad de poner al día y renovar los elementos distintivos de su conciencia nacional. Pero ambos países parecen afrontar bien su futuro en el seno de una Unión Europea que, durante un largo trecho de su historia, va a seguir conviviendo con unos espacios nacionales en su seno. Todo ello en un marco de pluralidad de jurisdicciones en que los procesos de integración hacia arriba y de devolución hacia abajo no parecen amenazar la vida de los viejos Estados nacionales en un horizonte, cuando menos, a medio plazo.

En todo caso, la opinión y los políticos españoles harán bien en renovar su interés por el problema nacional británico, aunque sean ahora diferentes los centros de atención que dominaron en la vida de nuestro inmediato pasado.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

jueves, enero 15, 2009

¿Llega el fin de Britania?

Por Irene Boada, periodista y filóloga (EL PERIÓDICO, 11/01/09):

“Al Reino Unido solo le quedan cinco años de vida”, ha dicho el escocés Tom Nairn, catedrático de Diversidad Cultural y Nacionalismo en la universidad australiana Royal Melbourne Institute of Technology. El novelista, también escocés, Allen Massie le daba 10. No de forma casual, estas declaraciones fueron realizadas en el 2007, momento a partir del cual una parte del Reino Unido pasó a estar gobernada por políticos reacios a su existencia. No solo el Partido Nacionalista Escocés (SNP), que obtuvo una ajustada victoria ese año, sino también los partidarios de romper la Unión: el Sinn Féin (SF), gobierna en Irlanda del Norte en coalición y el Plaid Cymru (PC), en el País de Gales.

La nueva era para los británicos comenzó hace 10 años con el estreno del nuevo laborismo. De una manera un tanto inesperada, los laboristas, liderados por dos escoceses, Tony Blair, nacido en Edimburgo, y Gordon Brown, en Glasgow, iniciaron el proceso político de la devolution: la formación de dos comunidades autónomas, tanto en Escocia como en Gales, con el retorno del Gobierno norirlandés después de su largo proceso de pacificación. Eso sí, sin el café para todos en Inglaterra. Este año que estrenamos, el Parlamento escocés y la Asamblea galesa celebrarán ya su 10° aniversario.

MIENTRAS Escocia tiene una tradición nacionalista más marcada, en el País de Gales el apoyo al nacionalismo siempre ha sido menor. En 1997, un buen número de escoceses, un 74%, votaron a favor de un Parlamento propio, mientras que solo un 50,3% de galeses votaba en favor del establecimiento de una Asamblea propia, con menos poderes que un Parlamento. De hecho, en un estudio realizado este año en Gales, solo un 13% del electorado está a favor de la independencia, e incluso un 20% sería partidario de la abolición de la asamblea.

Alex Salmond, de visita reciente en Barcelona, ha sido el primer nacionalista que se ha convertido en primer ministro de Escocia. Lidera el Gobierno en minoría, pero ya está haciendo cálculos para convocar un referendo por la independencia tras las próximas elecciones, el 2010, si obtiene un buen resultado. Salmond dice que la unión del siglo XVIII ya ha caducado y ya no sirve ninguna función política sino que provoca resentimiento. En cambio, prefiere una unión social con un enfoque muy práctico, con lazos más cívicos que políticos, manteniendo la monarquía y la presencia en la Commonwealth. El independentismo, en parte, se alimenta de aspectos económicos: si Escocia controlara los beneficios del gas y del petróleo del mar del Norte, que están situados en la costa escocesa, la prosperidad estaría asegurada. Pero la demanda por la independencia está basada, sobre todo, en causas culturales e históricas y, sobre todo, emocionales. De momento, la identidad compartida no ha sido causa de conflictos en décadas recientes, pero a los escoceses parece gustarles, cada vez más, su Parlamento autónomo; la tendencia en parlamentos autónomos es presionar para obtener más autonomía y la estructura de la Unión Europea, paradójicamente, hace la independencia hoy más costosa, con comercio libre dentro de la UE, una moneda única y políticas comunes de defensa.

Pero ¿hasta qué punto el SNP tiene apoyo sólido? Ganó con menos de la tercera parte del voto y con solo un diputado más que los laboristas. Los titulares de periódicos y la forma de hacer las encuestas podrían dar impresiones equívocas. E incluso, ¿hasta qué punto puede producirse una desintegración del Reino Unido? En el 2008, el Centro Nacional de Investigación Social señalaba un considerable descenso en la autodefinición de lo que es británico. Solo el 44% de ciudadanos británicos se definían con este adjetivo. Es particularmente significativo el bajo número de ingleses que se definían así: solo un 48%. No hay duda de que la valoración de los grandes iconos –la monarquía, el Parlamento, la BBC, el NHS (el sistema sanitario)– ha ido bajando, sobre todo entre la gente joven, y que la guerra de Irak capta que el poder se está volviendo inmune a la presión popular.

El columnista de The Times Tim Hames ha dicho, irónicamente, que Gordon Brown puede encontrarse siendo extranjero en el país que gobierna, en caso de que el SNP gane el referendo por la independencia. En general, hay simpatía entre ingleses y escoceses y los primeros no les pondrán trabas, si ese es el deseo de la mayoría. Sean cuales sean los cambios, posiblemente se desarrollen de una forma lenta pero amable, con cordialidad por todos lados, al estilo típicamente británico en esta actitud profundamente democrática que tanto envidiamos desde el Mediterráneo. Quizá se convertirá en una unión social, como dice Salmond.

EN PALABRAS del catedrático norirlandés Arthur Aughey, autor de The politics of Englishnes: “El ideal tanto para el Reino Unido como para España (si los españoles aceptan Catalunya y el País Vasco como naciones), es de solidaridad multinacional, basado en el principio de acuerdo. Con derecho a la autodeterminación, formalmente reconocido en el caso de Irlanda del Norte, e implícitamente en los casos de Escocia y el País de Gales, incluso en el de Inglaterra. Pero creo que la solidaridad entre las cuatro naciones sigue existiendo y todavía apoyan la unión desde cada lado. Quizá no será siempre el caso, pero seguirá así en un futuro próximo”.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

sábado, mayo 10, 2008

Nacionalismos y fronteras europeas

Por Santiago Petschen, catedrático de Relaciones Internacionales de la UCM (EL PAÍS, 09/05/08):

Los tiempos que vivimos están produciendo en las fronteras europeas cambios notables. En la historia del continente, las fronteras han pasado por periodos de estabilidad a los que han sucedido etapas de grandes modificaciones. Normalmente, los periodos de cambio se han producido tras grandes convulsiones como las de la Primera y la Segunda Guerra Mundial o el hundimiento del comunismo, que dejó atrás un largo periodo de estabilidad fronteriza. El cambio que estamos viviendo ahora tiene dos características. Primera: una multiplicación enorme de los kilómetros de fronteras tras el rompimiento de la URSS y el troceamiento paulatino y gradual de la antigua Yugoslavia. Segunda: una permanencia de las fronteras tradicionales en las que también opera una profunda modificación: la del vaciamiento de su contenido. Es lo que sucede en el interior de la Unión Europea. Las fronteras han quedado suprimidas para la mayor parte de las mercancías, de los capitales, de los servicios y de las personas. Se trata de un fortísimo contraste entre la parte occidental y la oriental de Europa.

El mayor desarrollo económico y político de la parte occidental trabaja a favor del debilitamiento fronterizo aunque con una contrapartida: el fortalecimiento de las fronteras exteriores de la Unión. Con la nueva ampliación del espacio Schengen, la frontera exterior de toda la Unión Europea aumenta en 4.278 kilómetros lo que hace agrandar el área interior de libres movimientos. ¿Cuántos kilómetros tiene todo el perímetro exterior? Ni el Eurostat ni las Agencias de la Unión ofrecen dicho dato. Hay diversidad de criterios para medir costas y no se opta en casos conflictivos. Tampoco se ofrecen datos sobre kilómetros de fronteras incluidas en Schengen. Nadie se moja.

En Schengen, las naciones, a las que, de una forma natural, las fronteras están ligadas, se sienten seguras y no temen que se produzcan invasiones foráneas. No hay puerta mejor cerrada -dice el refrán popular- que aquella que puede dejarse siempre abierta. En el oriente europeo, el mayor atraso económico y la inseguridad de las naciones -durante mucho tiempo sometidas a construcciones estatales de notable artificialidad- han hecho que éstas hayan buscado pertrecharse tras nuevas fronteras que llegan a sumar muchísimos kilómetros. Ya decía Michael Lind que “donde una multiétnica federación ha fracasado, lo más práctico es crear naciones-Estado relativamente homogéneas”.

Kosovo es, por el momento, la última creación de la extinta federación yugoslava. Porque en Bosnia-Herzegovina el criterio de Lind no se aplicó. Y, mucho más allá, en Chipre, la división de facto no se quiere oficializar deseándose reconducir la situación actual para mantener la unidad política, aunque dividida en dos zonas que alberguen a las dos comunidades de características étnicas notablemente distintas. He aquí otra situación de contraste, pues ello supone aceptar, aunque parcialmente, el brutal desplazamiento realizado por el Ejército turco en 1974. Como se ve, Europa ofrece un diverso espectro de operaciones sobre las fronteras con soluciones no sólo opuestas sino también contradictorias.

Con el paso del tiempo, si la economía mejora y la madurez política gana terreno, el vaciamiento de contenido será también una realidad para las nuevas naciones-Estado. Así vemos que se produce entre los países de Europa central-oriental que hasta 1989 estuvieron atenazados por el comunismo y se hallan ya dentro de la Unión Europea. En la actitud que toman las élites políticas reside el elemento nuclear de la cuestión. Las bases son mucho más acomodaticias que los grupos institucionalizados. Cuando en la Yugoslavia de Tito los sentimientos nacionalistas llegaban poco a las bases, por ser contrarios al espíritu del sistema, las barreras entre unos y otros grupos se traspasaban constantemente. Una prueba de ello es el alto porcentaje de matrimonios mixtos que, en determinadas ciudades alcanzaba el 30%. El espíritu común puede conseguir una situación parecida en la población europea que forma una única ciudadanía.

Detrás de todo este juego europeo de fronteras, es necesario averiguar dónde se hallan las diversas fuerzas que lo hacen operativo. Mirando al oriente de Europa podemos decir que una nueva frontera se justifica por la falta radical de respeto a una nación. Pero si ese respeto esencial existe, lo mejor es optar por la eliminación de las fronteras existentes. Hace ya muchos años lo decía Coudenhove-Kalergi: “No hay más que un medio radical de resolver de manera durable y equitativa el problema de las fronteras europeas: este medio no se llama rectificación de fronteras sino supresión de fronteras”. A pesar de ello, la tendencia a favor de la exaltación de lo particular es muy fuerte, pudiendo ejercer gran influjo en los pueblos dada su facilidad para dejarse llevar por el sentimiento nacional. No hay error más nocivo que éste porque, supuesta una situación de profundo y eficaz respeto a las naciones, el mayor tesoro es la unión. Jean Monnet, tan clarividente para apreciar las “inmensas posibilidades de la acción común”, afirmaba que Europa no tenía “más alternativa que la unión o una larga decadencia”.

La perspectiva de una España plurinacional sólidamente constituida puede ser un gran modelo para la construcción del futuro de Europa. España que fue pionera en la creación del Estado moderno, tiene que ser capaz de ser pionera en la construcción del Estado plurinacional. Desde esa perspectiva, se ofrece una tercera posibilidad fronteriza que es muy importante que se dé a conocer y que se difunda. La que consiste en un imperceptible paso al cambio de características originadas por la diversidad de hechos diferenciales y de competencias, sin necesidad de fijar barrera alguna. No se trata de ningún idealismo. Dentro de numerosos Estados la ausencia de fronteras une y seguirá uniendo no sólo lenguas y culturas distintas sino, incluso (a pesar de Huntington), civilizaciones muy diferentes. Ucrania y Rumania son, en Europa, dos buenos modelos.

Las nacionalidades españolas, sin fronteras entre ellas y con estatutos regionales dotados de grandes competencias y de flexibilidad para ser ampliados, hacen la síntesis de los dos valores: el respeto a lo particular y la construcción de lo común. No cabe duda de que en el terreno del respeto mutuo hay en España aspectos todavía muy superables como, por una parte, la falta de reconocimiento de los genuinos rasgos identitarios de las nacionalidades y, por otra, la imprudencia y el victimismo. Y dichos aspectos negativos deben ser sustituidos por el sabio y competente ejercicio del poder blando, que una filosofía y una técnica muy valiosa para lograr sanos objetivos políticos.

El nacionalismo tiene amplio campo de acción tratando de aumentar sus competencias. No tiene por qué obsesionarse intentando fijar nuevas fronteras. Todo nacionalismo poderoso necesita realizar su acción de forma transversal con el mínimo posible de frontera. Para el nacionalismo fuerte, la frontera no es más que un freno que puede llevar incluso al autoestrangulamiento.

Me viene a la mente la acción de una entidad de ahorro de Barcelona que, sin perder un ápice de su catalanidad, en lo que resulta un modelo paradigmático, ha sabido introducirse en el tejido social español, y no sólo en su dimensión dineraria sino también artística, cultural y científica, y ganarse la confianza de ciudadanos españoles de todo tipo que le confían algo tan íntimo y apreciado como sus ahorros. Para montar instituciones y entidades como la referida, son necesarios ámbitos comunes. Y no cabe duda de que nuestro ámbito territorial común, cimentado sobre fuerzas profundas de la historia, es una fuente considerable de riqueza humana y material para todos. Un modelo para Europa.

lunes, marzo 31, 2008

El último maldito

Por Mario Vargas Llosa (EL PAÍS, 23/03/08):

Curioso por el entusiasmo que despertó en Onetti, sobre el que escribo un ensayo, la primera novela de Céline, he vuelto a leer -¡después de casi medio siglo!- al último escritor “maldito” que produjo Francia. Como escribió panfletos antisemitas y fue simpatizante de Hitler, muchos se resisten a reconocer el talento de Louis-Ferdinand Céline (1894-1961). Pero lo tuvo, y escribió dos obras maestras, Viaje al final de la noche (1932) y Muerte a crédito (1936), que significaron una verdadera revolución en la narrativa de su tiempo. Luego de estas dos novelas su obra posterior se desmoronó y nunca más despegó de esa pequeñez y mediocridad en que viven, medio asfixiados y al borde de la apoplejía histérica, todos sus personajes.

En aquellas dos primeras novelas lo que destaca es la ferocidad de una postura -la del verboso narrador- que arremete contra todo y contra todos, cubriendo de vituperios y exabruptos a instituciones, personas, creencias, ideas, hasta esbozar una imagen de la sociedad y de la vida como un verdadero infierno de malvados, imbéciles, locos y oportunistas, en el que sólo triunfan los peores canallas y donde todo está corrompido o por corromper. El mundo de estas dos novelas, narradas ambas en primera persona por un Ferdinand que parece ser el mismo (en Muerte a crédito cuenta su niñez y adolescencia hasta que se enrola en el Ejército y, en El viaje al final de la noche, su experiencia de soldado en la Primera Guerra Mundial, sus aventuras en el África y en Estados Unidos y su madurez de médico en los suburbios de París), sería intolerable por su pesimismo y negrura, si no fuera por la fuerza cautivadora de un lenguaje virulento, pirotécnico y sabroso que recrea maravillosamente el argot popular y finge con éxito la oralidad, y por el humor truculento e incandescente que, de tanto en tanto, transforma la narración en pequeños aquelarres apocalípticos. Estas dos novelas de Céline, más que para ser leídas, parecen escritas para ser oídas, para entrar por los oídos de un lector al que los dichos, exclamaciones, improperios y metáforas del titi parisién de los suburbios le sugieren todo el tiempo un gran espectáculo sonoro y visual a la par que literario. Qué oído fantástico tuvo Céline para detectar esa poesía secreta que escondía la jerga barriobajera enterrada bajo su soez vulgaridad y sacarla a la luz hecha literatura.

No hay un solo personaje entrañable en estas novelas, ni siquiera alguno que merezca solidaridad y compasión. Todos están marcados por el resentimiento, el egoísmo y alguna forma de estupidez y de vileza. Pero todos imantan al lector, que no puede apartar los ojos -los oídos- de sus disparatadas y sórdidas peripecias, sobre todo cuando hablan. El menos repelente de todos ellos es, sin duda, el astronauta e inventor de Muerte a crédito, Courtial des Pereires -una versión gangsteril y diabólica del tierno Silvestre Paradox de Pío Baroja-, que luego de estafar a media Francia con sus delirantes invenciones y sus exhibiciones aerostáticas, termina descerrajándose un escopetazo en la boca que lo convierte en una masa gelatinosa que pringa las últimas cincuenta páginas de la novela y hasta a los lectores los ensucia de pestilentes detritus humanos. No creo haber leído jamás unas novelas que se sumerjan tanto y con semejante placer y regocijo en la mugre humana, en toda ella, desde las funciones orgánicas hasta los vericuetos más puercos de los bajos instintos.

Siempre se ha dicho que el Céline político sólo apareció después de escribir sus dos primeras novelas, cuando su antisemitismo lo llevó a excretar Bagatelles pour une masacre y otros repugnantes panfletos de un racismo homicida. Pero la verdad es que, aunque, en términos estrictamente anecdóticos, estas novelas no desarrollen temas políticos, ambas constituyen una penetrante radiografía del contexto social en que el nazismo y el fascismo echaron raíces en Europa en los primeros años del siglo veinte. El mundo que Céline describió en sus novelas no es el de la burguesía próspera, ni el de la desfalleciente aristocracia, ni el de los sectores obreros de lo que, a partir de aquellos años, se llamaría el cinturón rojo de París. Es el de los pequeños burgueses pobres y empobrecidos de la periferia urbana, los artesanos a los que las nuevas industrias están dejando sin trabajo y empujando a convertirse en proletarios, los empleados y profesionales que han perdido sus puestos y clientes o viven en el pánico constante de perderlos, los jubilados a los que la inflación encoge sus pensiones y condena a la estrechez y al hambre. El sentimiento que prevalece en todos esos hogares modestos, donde los apuros económicos provocan una sordidez creciente, es la inseguridad. La sensación de que sus vidas avanzan hacia un abismo y que nada puede detener las fuerzas destructoras que los acosan. Y, como consecuencia, esa exasperación que posee a hombres y mujeres y los induce a buscar chivos expiatorios contra la condición precaria y miedosa en la que transcurre su existencia. Bajo las apariencias ordenadas de un mundo que guarda las formas, anidan toda clase de monstruos: maridos que se desquitan de sus fracasos golpeando a sus mujeres, empleados y policías coloniales que maltratan con brutalidad vertiginosa a los nativos, el odio al otro -sea forastero al barrio, o de distinta raza, lengua o religión-, el abuso de autoridad, y, en el ánimo de esos espíritus enfermos, en resumen, la secreta esperanza de que algo, alguien, venga por fin a poner orden y jerarquías a pistoletazos y carajos en este burdel degenerado en que se ha convertido la sociedad.

Todos estos personajes son nacionalistas y provincianos en el peor sentido de estas palabras: porque no ven ni quieren ver más allá de sus narices. Como el Ferdinand Bardamu de El viaje al final de la noche pueden recorrer el África negra y vivir en Estados Unidos, o, como el Ferdinand de Muerte a crédito pasar cerca de dos años en Inglaterra. Inútil: no entenderán ni aprenderán nada sobre los otros porque, por prejuicio, desgana o desconfianza, son incapaces de abrirse a los demás y salir de sí mismos. Por eso, regresarán a su suburbio aldeano, a su campanario, como si nunca lo hubieran abandonado. No saben nada de lo que ocurre más allá de su entorno porque no quieren saberlo: como si romper las celdas en que se han encerrado por el miedo crónico en que viven, fuera a hacerlos más vulnerables a esos misteriosos enemigos de que se sienten rodeados. Pocos escritores han descrito mejor que Céline ese espíritu tribal que es el peor lastre que arrastra una sociedad que intenta progresar y dejar atrás los prejuicios y hábitos reñidos con la modernidad. En Céline no hay la menor intención crítica frente a esta humanidad obtusa y estúpida que describió con intuición genial. Para él, el mundo es así, los seres humanos están hechos de ese apestoso barro y nada ni nadie los mejorará.

Céline pertenecía a este mundillo y nunca salió de él. Por sus simpatías hitlerianas, al final de la guerra huyó a Alemania tras los nazis que escapaban de París y, luego de un peregrinaje patético que narró en unas seudo novelas que no son ni sombra de las dos primeras que escribió, terminó en una cárcel danesa. Dinamarca se negó a extraditarlo argumentando que si lo entregaba a Francia no tendría un juicio imparcial y sería poco menos que linchado. (Estuvo a punto de ser asesinado durante la ocupación por un comando de la resistencia en el que, por lo menos eso juraba él, participó el escritor Roger Vailland). En 1953, fue amnistiado y pudo regresar a París. Volvió a la banlieu donde acostumbraba jugar a la pétanque con amigos de su barrio. Jamás se arrepintió de nada. Poco antes de morir concedió una entrevista en la televisión a Roger Stéphane. Nunca he olvidado esa cara del viejo Céline con la barba crecida y sus ojos enloquecidos, clavados en el vacío, mientras, apretando su puñito esquelético, su vocecita cascada rugía, frenética, ante la cámara: “¡Cuando los amarillos entren a Bretaña, ustedes, franceses, reconocerán que Céline tenía razón!”.

sábado, febrero 16, 2008

Sobre el patriotismo

Por Rafael Sánchez Ferlosio, escritor (EL PAÍS, 23/12/07):

(Patriotismo y paranoia). No han sido pocos los testimonios de particulares y políticos que sucesivamente han motivado el clamoroso entusiasmo de las Cámaras por la proclamación de la guerra y su cumplimiento en las guerras de agresión a Afganistán y a Iraq en el miedo a ser tachados de antipatriotismo. Así que la amenaza de esta incriminación se ha revelado aquí como el gran instrumento de extorsión social y política que ha levantado y sustentado el tan admirado patriotismo de los americanos. Sobrecoge pensar que si los bombarderos hubiesen conseguido en aquellos remotos desiertos y lejanas montañas algo que no fuese tan sólo una demostración de la aplastante superioridad tecnológica de la que ya estábamos sobradamente convencidos, sino un lance suficientemente brillante para acreditarse por victoria, nada habríamos sabido de la naturaleza paranoica del patriotismo.

La tacha de antipatriotismo -aparte de pertenecer a las formas que, con muy diversos grados de severidad o de indulgencia, componen el sistema de presiones o constricciones que gobierna cualquier sociedad- recuerda, mutatis mutandis, los estigmas o proscripciones propios de situaciones de religión obligatoria; es cierto que por entonces la Inquisición podía llevarle a uno a la hoguera, lo que no puede, ciertamente, equipararse con la incriminación de “derrotista”, “nihilista”, etc., y si “el traidor a la patria” suele ser “pasado por las armas”, se trata de un delito de acción, no de opinión. Con todo, no creo que la convergencia entre fervor religioso y devoción patriótica sea simple efecto de una aproximación fortuita e inmotivada, sino que participan, de modo eminente, de una condición común: ambas están definidas por el rasgo de la “pertenencia”: se pertenece a una patria, como se pertenece a un credo.

(Ser de los nuestros). La formación de la pertenencia, la constitución de “los nuestros”, la remite certeramente Ortega (en el ensayo El origen deportivo del Estado) a la “fratría” juvenil. Refiriéndose a un determinado momento de la adolescencia, dice literalmente: “Se quiebra el aislamiento de la primera infancia y la personalidad del muchacho se derrama por completo en el grupo coetáneo. Ya no vive por sí ni para sí: no quiere y siente como individuo, sino que se halla absorbido por la personalidad anónima del grupo que piensa y siente en su lugar”. En este estadio de neutralidad, la descripción me parece totalmente cabal. Deja de parecérmelo al final del párrafo. “Yo llamo a este apetito soberanamente sociable el instinto de coetaneidad”.

Si recordamos la mirada señaladamente biologista que el autor ha adoptado desde el principio del ensayo, la insuficiencia del programa se nos manifiesta ahora en ese “instinto de coetaneidad” como agente formador de la fratría, inaceptablemente reducida a una especie de “fase del desarrollo de la personalidad”. El mismo grado de protesta se merece la calificación de “soberanamente sociable”. Instaurando esa atmósfera de amistosa normalidad -donde tampoco excluyo que puedan darse insípidos remedos de la misma cosa-, Ortega se hurta a la consideración del violento sistema de coacción y sumisión que puede exigir “ser de los nuestros”. “Ser de los nuestros” es, en efecto, como bien dice Ortega, ser “absorbido por la personalidad anónima del grupo, que piensa y siente en su lugar”, pero ni tiene nada de “sociable”, ni es una fase natural del desarrollo de todo hijo de familia, como más adelante se verá.

Esas tan admiradas virtudes del “compañerismo” o el “espíritu de cuerpo” (aunque este segundo, referido a grupos no armados, pueda también acreditar reproches) forman in nuce el esquema de la pertenencia; pero el idílico lema de los Tres Mosqueteros: “Todos para uno y uno para todos”, esconde, en realidad, una terrible férula de coacción mutua y permanente, de amenaza anónima y ubicua, prefigurando ya “el traidor” del opresivo sistema de coacción social universal del patriotismo.

En lo que se refiere a la religión, el factor de pertenencia ha sido encarecido tanto por Juan Pablo II: “… el conocimiento por creencia, que se funda sobre la confianza interpersonal, está en relación con la verdad: el hombre, creyendo, confía en la verdad que el otro le manifiesta” (Fides et ratio, cap. III, nn, 32 y 33), como por Benedicto XVI: “Esta vida verdadera, hacia la cual tratamos de dirigirnos siempre de nuevo, comporta estar unidos existencialmente en un pueblo, y sólo puede realizarse para cada persona dentro de este nosotros” [cursiva en el original]. (Spe salvi, cap. 14). Va a resultar que lo decisivo es la pertenencia, el “Ser de los nuestros”, y que los pretendidos objetos del culto, Dios en este caso y la Patria en el anterior, juegan un papel formal análogo a la sigma mayúscula que en la escritura matemática encabeza el enunciado de las condiciones a que han de sujetarse los términos de un conjunto cerrado.

Hace ya muchos años, al caracterizar la “unidad de la Patria”, tal como la conciben los Estados, decía yo que lo que une a los hombres como hombres es la amistad, y que en la unidad sin amistad los hombres quedan unidos como cosas; más tarde se ha desarrollado la palabra “cohesión social”: ninguna otra palabra podría recordar más de cerca el pegamento capaz de pegar cascotes rotos, pero no de conciliar personas. En un ensayo recogido en su libro Consignas, Theodor W. Adorno escribe: “… la formación de esencias colectivas nacionales, usual en la odiosa jerga de la guerra que habla del ruso, del americano y también del alemán, obedece a una conciencia cosificadora, incapaz de toda experiencia”. Pero no es sólo en los antagonismos internacionales donde la pertenencia comporta cosificación; donde quiera que se dé una forma de LOS NUESTROS, necesariamente ligada a algún antagonismo, la amistad se convierte en unidad, la concordia en cohesión. Así pasa en los partidos políticos cerrados, a causa de su antagonismo electoral: un contenido votado por unanimidad es, por decirlo con un neologismo periodístico reciente, “un contenido cero”.

Viniendo, al fin, a lo anunciado más arriba, si miramos la fecha de su ensayo: 1924, Ortega no pudo llegar a conocer hasta qué punto su “instinto de coetaneidad” -sea ello lo que fuere- sería grandiosamente fomentado y explotado por ciertos regímenes políticos ideológicamente doctrinarios y masificadores y en los que, por consiguiente, el patriotismo se manifestaría en las formas más exacerbadamente agresivas y antagónicas: me refiero a la creación oficial de “organizaciones juveniles”, fuertemente adobadas, de una u otra forma, con los caracteres de educación premilitar. Allí sí que los rasgos de la fratría, tan celebrados por Ortega -”la férrea disciplina interna”, “la ascética”, etc.-, se gozaban en toda su crudeza.

Hoy, la añoranza de aquellas organizaciones parece cada vez más como querer consolarse con algún sustitutivo, el más visible de los cuales es el deporte de los grandes estadios, donde los equipos en competición se transfiguran en verdaderas patrias. Al carecer de cualquier otro posible contenido que no sea el del crudo y desnudo antagonismo, el deporte competitivo es especialmente idóneo para encarnar formas análogas a la del patriotismo, por cuanto éste no ha consistido nunca en otra cosa que en la autocomplacencia de “ser de los nuestros”. La reciente proliferación de banderas en las manifestaciones políticas se ha inspirado seguramente en el auge inmenso que en estos últimos años han tomado las prendas de colores heráldicos en los estadios de fútbol; lo cual, por otra parte, ha impuesto una estricta separación espacial de los partidarios de uno y otro equipo, como si los cada vez más antagónicos patriotismos deportivos hubieran incorporado el factor de la territorialidad, a fin de parecerse todavía más a los congénitamente antagónicos patriotismos nacionales.

Religión frente a nacionalismo

Por Said Aburish, escritor y biógrafo de Sadam Husein. Autor de Nasser, el último árabe (LA VANGUARDIA, 22/12/07):

Entre las numerosas guerras y conflictos que rugen sin freno en Oriente Medio - los estadounidenses contra Al Qaeda en Iraq, la OTAN contra los talibanes en Afganistán, el enfrentamiento entre chiíes y suníes en toda la región, el desafío kurdo al Estado turco-, la guerra silenciosa entre el islam y el nacionalismo es probablemente el conflicto más importante y activo en la actualidad.

Esta guerra comenzó entre Gamal Abdel Naser de Egipto y los Hermanos Musulmanes en los años cincuenta. Naser se entregó de lleno a la causa de la unidad árabe y fomentó un socialismo moderado adaptado a las circunstancias de una sociedad musulmana.

Cuando Naser intentó aplicar un programa de reforma agraria en Egipto, los Hermanos Musulmanes, que contaban con millones de seguidores, se enfrentaron a él e intentaron asesinarle. Naser - fiel musulmán y casi un pacifista pese a su formación militar- intentó en un principio alcanzar un acuerdo para compartir el poder con este movimiento. Incapaz de satisfacer sus demandas, los aplastó, ahorcó a algunos de sus líderes y encarceló a miles de seguidores. El enfrentamiento perduró hasta que Naser murió en 1970.

Los métodos de Naser ofrecen buen número de lecciones. En primer lugar, su primera baza fue su personalidad. A diferencia de los gobiernos contra los que actualmente combaten los islamistas, Naser no estaba manchado por prácticas corruptas y no era blanco fácil de la propaganda de sus oponentes. En segundo lugar, Naser se valió de las enseñanzas del islam contra ellos. Al señalar a los islamistas como enemigos de la reforma agraria y antiguos partidarios del rey Faruq, persuadió al mundo árabe de que los islamistas eran un movimiento político retrógrado.

Arabia Saudí y Estados Unidos salvaron a los fundamentalistas musulmanes de una derrota segura. Ambos gobiernos se enfrentaron a Naser y apoyaron financiera y políticamente al citado movimiento. Arabia Saudí impulsó la Conferencia Islámica, una organización abiertamente contraria a Naser; Estados Unidos respaldó los esfuerzos saudíes y buscó, incluso, un Billy Graham (un predicador evangélico estadounidense muy popular) musulmán para reemplazar a Naser. La presión de Naser había provocado divisiones en los propios Hermanos Musulmanes dando paso a un ramillete de pequeños movimientos que actuaban en cada país: la rama siria en Siria, la iraquí en Iraq…

A finales de los setenta y principios de los ochenta el movimiento había recobrado fuerzas de forma que podía optar de nuevo por el poder. En Arabia Saudí, en 1979, islamistas armados ocuparon la gran mezquita en La Meca a lo largo de 12 días. Tras el episodio hubo un levantamiento en la ciudad siria de Hama. El régimen laico de Damasco rodeó la ciudad con unidades del ejército y la bombardeó durante una semana. Murieron de 10.000 a 25.000 insurrectos.

La tercera manifestación de violencia islámica fue el asesinato del presidente egipcio Anuar el Sadat, tiroteado por miembros del grupo musulmán Al Tafkir Wal Hajra, desgajado de los Hermanos Musulmanes. Hubo brotes de violencia en varias ciudades pero los islamistas fueron reprimidos.

Todo ello originó una reacción regional de los gobiernos árabes contra los islamistas. Las fuerzas de seguridad de Jordania, Siria, Iraq, Arabia Saudí y otros países comenzaron la operación de aplastar a los islamistas. No tuvieron tanto éxito como Naser porque los gobiernos respectivos eran corruptos y fácil blanco de críticas, pero infligieron potentes golpes a los islamistas.

Luego vino la cuestión de Afganistán.

Mientras los islamistas intentaban derrocar diversos gobiernos árabes, la URSS invadió Afganistán. Estados Unidos quería parar los pies a los comunistas pero sin emplear sus propias fuerzas armadas. Arabia Saudí no quería ver a los rusos allí. Los islamistas, temerosos de una derrota completa, se ofrecieron para combatir a los rusos. Las tres fuerzas - EE. UU., Arabia Saudí y los islamistas- resucitaron la antigua alianza. Arabia Saudí apoyó a los islamistas para combatir en Afganistán y EE. UU. les dio armas e instrucción. Bin Laden estaba entre los que lucharon en Afganistán y recibió ayuda saudí y de la CIA.

Cuando los rusos derrotados salieron de Afganistán en 1989, dejaron el país en manos de miles de islamistas entrenados militarmente. Los islamistas afganos volvieron a casa para enfrentarse a sus antiguos patrocinadores. Sabían que EE. UU. y sus aliados acabarían por convertirse en su enemigo. En Arabia Saudí volaron la sede de la misión militar estadounidense, los cuarteles de Jobar. Y, en último término, obligaron a los estadounidenses a salir del país.

Los islamistas son lo bastante fuertes como para luchar contra EE. UU. en Iraq y Afganistán y para cometer actos terroristas en Egipto y Arabia Saudí. Además, Hamas, que ganó las elecciones en Gaza y Cisjordania, y Hizbulah, en Líbano, son los héroes del mundo árabe por su acción contra Israel en verano del 2006. Además, Irán - mayor país chií del planeta- está presto a apoyar a grupos islámicos contra EE. UU. y Occidente, y ayuda financieramente a Hamas.

El primer ministro iraquí, Al Maliki, es miembro de Dawa, partido islámico con estrechos lazos con Irán. Hasta Turquía tiene hoy un primer ministro islámico.

Los movimientos islámicos crecen y trabajan por la unidad. Desean aparcar sus diferencias y colaborar entre sí. En la actualidad, los gobiernos de Arabia Saudí, Líbano, Egipto e Iraq no pueden enfrentarse a los islamistas. De hecho, no podrán hacerlo por el fuerte sentimiento antiestadounidense generado por Palestina, Iraq y Afganistán. En cuanto a las implicaciones de este panorama, no tenemos más que pensar en un conflicto musulmán-israelí en lugar de un conflicto árabe-israelí. Una victoria islámica, por lo demás, revertiría en el agravamiento de muchos otros conflictos.

viernes, febrero 08, 2008

Desapego en tiempos posmodernos

Por Joseba Arregui, presidente de la asociación ciudadana Aldaketa (EL PERIÓDICO, 21/11/07):

Recuerdo que en los tiempos en que los niños enfermaban de sarampión se decía que esa enfermedad, de niño, no arrastraba peligro, pero que podía llegar a ser mortal en personas adultas. Entiendo que cada cosa tiene su tiempo, y que cuando los tiempos cambian, cuando las circunstancias cambian, las cosas, los nombres, los planteamientos, las propuestas ya no significan lo mismo.

Ejemplo es el liberalismo. Hoy casi solo aparece precedido del adjetivante neo: neoliberalismo. Lo peor que se puede ser. Algo referido en la práctica a una forma de entender el funcionamiento de la economía. Pero el liberalismo era una doctrina eminentemente política. El liberalismo era la izquierda de su época. Era el enemigo público de los gobiernos conservadores, el enemigo de los monarcas absolutos, el enemigo incluso de las monarquías parlamentarias. El canciller de hierro, Bismarck, los consideraba un peligro público para Alemania. Impulsó la unidad alemana articulada sobre el reino de Prusia en contra de la propuesta de la gran Alemania impulsada por los liberales sobre la base de Austria. Incluso llegó a inventar el germen de lo que luego sería la Seguridad Social para hacer pinza con los socialistas en contra de los liberales en el Parlamento alemán. Hoy el liberalismo es otra cosa.

¿QUÉ PASA con esa transformación del nacionalismo clásico que se esconde bajo el término de desapego? Recuerdo que el que fue embajador de Eslovenia en Madrid explicaba en una conferencia en San Sebastián que en su país no había nacionalistas, que el recurso al nacionalismo fue instrumental para liberarse de las pretensiones imperialistas de la Serbia de Milosevic.

Muchos ciudadanos tienen problemas de identificación con el Estado. De forma individual, porque se sienten maltratados por la justicia, o porque están cansados de pagar impuestos pero no poder acceder a una beca para sus hijos, o a una vivienda protegida, o a algún otro tipo de ayuda del Estado. Puede haber grupos de ciudadanos que desarrollen desapego respecto del Estado, porque creen que este los excluye –la sensación de la clase trabajadora durante mucho tiempo–, porque creen que los discrimina –las mujeres durante mucho tiempo también–. Y han sido un problema para el Estado. Y siempre surgen nuevos desapegos. Siempre habrá ciudadanos individuales desapegados.

Ahora parece que ha llegado la hora de los desapegos colectivos territorializados. Desapegos respecto del Estado. O de la Administración general del Estado. O del Estado a causa de la actuación de la Administración general del Estado. O por… Y parece que se trata de un desapego que tiene razones fundamentalmente económicas, porque las jurídico-políticas parece que ya han sido atendidas. O porque los responsables políticos en esas colectividades territorializadas perciben que las razones jurídicas no tienen recorrido. O porque piensan que hay que eliminar las razones económicas que pueden dar aliento al desapego para que no crezca el desapego por la simple razón de no querer pertenecer al conjunto.

El desapego tiene como destinatario el Estado. Tomado estrictamente, significa que los catalanes empiezan a sentir desapego respecto a los andaluces, a los extremeños, a los valencianos, a los murcianos, a los castellanos, manchegos y leoneses, a los gallegos, los riojanos, navarros y vascos –sentir desapego respecto a estos últimos no parece difícil, si de razones económicas se trata–. Porque el Estado somos todos. Porque no hay Estado sin ciudadanos.

¿Qué significa desapego? Puede indicar sensación de sentirse maltratado. Puede indicar sentirse incomprendido. Puede significar no sentirse reconocido al nivel que se quisiera. Puede significar ocasión para poner de manifiesto la falta de identificación con el conjunto, el Estado, España. En algunos de esos sentidos, los sorianos y los turolenses, por ejemplo, pueden sentir también desapego respecto al Estado.

Si alguien, individuo o colectivo, siente desapego respecto de un conjunto al que pertenece, puede optar por manifestarlo, por criticar las razones que causan el desapego, por exigir un cambio. Pero la gestión del desapego por falta de reconocimiento de la diferencia es muy complicada para todos los implicados. Puede optar también por irse del conjunto y caminar en soledad el camino del futuro. Si el destinatario del desapego es el Estado nacional, optar por la soledad significa optar por la construcción de otro conjunto que también sea un Estado nacional. Repetir la jugada, pero en otra dimensión, para que nadie interfiera en el destino colectivo propio.

EN LA DÉCADA de los 60 del siglo pasado, la izquierda radical del momento vivió un desapego radical respecto a los conjuntos que dominaban el momento: las grandes corporaciones, las grandes burocracias, el Estado como gran burocracia, el capitalismo monopolista de Estado. Y buscó la destrucción de esas estructuras, su ruptura, para liberar los individuos, para liberar las relaciones entre los individuos, con la esperanza de crear comunidades basadas en esas relaciones liberadas entre los individuos.

Pero el resultado no ha sido la formación de comunidades más humanas, sino la fragmentación de las identidades, la fragmentación de la vida, de las biografías, la sensación de impotencia, de inutilidad. El desapego puede ser el comienzo de un camino, pensando que el término del viaje es conocido y aceptable, e incluso deseable. Pero la posmodernidad pone en evidencia la fatuidad más que posible de esa creencia.

jueves, febrero 07, 2008

El nacionalismo petrolero, la industria del petróleo y la seguridad energética

Por Robert Mabro, Fellow en el St Antony’s College (Oxford) y ex director del Institute for Energy Studies de Oxford (REAL INSTITUTO ELCANO, 21/11/07):

Tema: En este ARI se evalúan las consecuencias del reciente resurgimiento del nacionalismo petrolero para las empresas petroleras internacionales y nacionales y para la seguridad energética.

Resumen: El propósito del presente documento es evaluar las consecuencias del reciente resurgimiento del nacionalismo petrolero para las empresas petroleras internacionales y nacionales y para la seguridad energética. Comenzaremos con un análisis del fenómeno del nacionalismo petrolero, su naturaleza y sus causas. Posteriormente pasaremos a describir la estructura de la industria del petróleo y el comportamiento, incluidos los puntos fuertes y débiles, de sus elementos constitutivos, las empresas petroleras nacionales e internacionales. Ello nos permitirá discutir, en este contexto, el impacto del nacionalismo petrolero en el sector. Más adelante abordaremos la cuestión, compleja y a menudo mal entendida, de la seguridad del suministro energético. ¿Es el nacionalismo petrolero otra nueva amenaza? Y, de ser así, ¿hay alguna forma de atenuarla o eliminarla?

Análisis

El nacionalismo petrolero

La primera aparición de este fenómeno suele relacionarse con la nacionalización de las petroleras extranjeras que operaban en México en 1938. Pero en realidad ya se habían producido nacionalizaciones antes, cuando la Unión Soviética sucedió a la Rusia zarista o en Bolivia en 1937, cuando el Gobierno militar expropió los intereses locales de Standard Oil (actual Exxon). La intervención de los Gobiernos en el sector del petróleo no es exclusiva de los países productores del tercer mundo. Sólo dos meses antes de la Primera Guerra Mundial, Winston Churchill, por aquel entonces primer lord del Almirantazgo, consiguió finalmente persuadir al Parlamento y al Gobierno de Su Majestad de que adquirieran el 51% de las acciones de la Anglo-Persian Oil Company, algo que no fue una nacionalización en toda regla pero sí un modo de garantizar que pudiera ejercerse un control interno en caso de emergencia. Posteriormente, en la década de 1920, tres países europeos (Francia, España e Italia) crearon petroleras estatales (Compagnie Française des Pétroles, Campsa y AGIP, respectivamente).

Tras la nacionalización que tuvo lugar en México, a principios de la década de 1950 Mossadegh, entonces primer ministro de Irán, trató de nacionalizar los bienes de la Anglo-Iranian Oil Company (actual BP) en el país. Aquel episodio fue dramático pero de corta duración, y terminó gracias a la tremenda presión política que ejercieron el Reino Unido y EEUU.

En la década de los 60 se produjeron nacionalizaciones completas o parciales en Irak y Libia y, en la de los 70, en el resto de los países de la OPEP. La culminación de esta tendencia llega con la Revolución iraní de 1979. Sin embargo, en la década de los 90 parece apreciarse cierta inversión de esa tendencia con la apertura, por parte de una serie de países miembros de la OPEP (con Venezuela y Argelia entre los más destacados), de sus sectores upstream a petroleras extranjeras.

El nacionalismo petrolero que surge en la década de 2000 es un nuevo fenómeno, similar en algunos aspectos a episodios anteriores, pero distinto en otros. En esta ocasión el fenómeno gira fundamentalmente en torno a Venezuela, Bolivia y Rusia, aunque también tiene ramificaciones en otros lugares.

Los episodios anteriores

El caso soviético es sencillo, un claro ejemplo de ideología marxista: los medios de producción deben estar en manos del Estado. Aquel era un fenómeno ideológico y político. Sin embargo, es interesante señalar que la nacionalización se vio retrasada por la implantación de la Nueva Política Económica (NPE) de Lenin en 1921. Rusia se encontraba sumida en el caos y su economía estaba en un estado lamentable. Lenin justificó la NPE alegando que la economía necesitaba la tecnología “imperialista” para recuperarse. Los beneficios esperados eran de tal importancia que justificaban un aplazamiento de la aplicación de los principios fundamentales del marxismo. Stalin, que aún no había llegado al poder, se mostraba receloso al respecto: creía que, sin duda, los extranjeros eran espías. Finalmente terminó imponiéndose su visión.

El caso de México se diferencia en algunos aspectos. Todo empezó bastante antes de la nacionalización de 1938, con la aprobación de la Constitución mexicana de 1917. Una de las cláusulas de su Artículo 27 disponía que el subsuelo era propiedad del Estado mexicano, lo cual quiere decir que quienes poseían la propiedad de la superficie de un terreno no tenían derechos de propiedad sobre los recursos subterráneos, sino que eran meros concesionarios. A las petroleras extranjeras que operaban en México no les hizo ninguna gracia. Aquí podemos apreciar un importante indicio de un principio que tiene su origen en el Derecho napoleónico y que actualmente es ampliamente aceptado (aunque no en el caso de la propiedad privada en EEUU), si bien es cierto que, en muchos países, las empresas con contratos a largo plazo pueden “reservar” el petróleo al que tienen acceso. Algunos consideran que esto contraviene el principio de la “soberanía del Estado sobre los recursos”; otros se lo toman con más tranquilidad, dado que las empresas no pueden enajenar su derecho sobre esas reservas y, ciertamente, no pueden llevárselas consigo cuando abandonan el país. El derecho de enajenación es el elemento clave de la plena propiedad.

Aun así, desde 1917 hasta principios de la década de 1930 la situación entre las petroleras extranjeras y el Gobierno de México era de precaria paz, con períodos de calma alternados con períodos de tensión. Al igual que Rusia en la época de Lenin, México se dio cuenta en esa época de que necesitaba aportaciones de inversores extranjeros tanto en el sector del petróleo como en otros sectores de su renqueante economía. Las cosas cambiaron con el acceso de Cárdenas a la Presidencia en 1934. Según Yergin (The Prize, p. 273), Cárdenas era “un ferviente nacionalista y un radical político” y, lo que es más importante, opinaba que la “presencia de la industria petrolera extranjera en México resultaba dolorosa e irritante”. Los resultados de las empresas se convirtieron en motivo de decepción al descender su producción de petróleo en un sorprendente 80% entre principios de la década de 1920 y principios de la de 1930, y surgió un gran resentimiento por lo que se consideraban actitudes arrogantes y colonialistas.

En marzo de 1938, Cárdenas firmó la orden de expropiación que le otorgó el poder sobre la industria del petróleo en México. Las presiones del Reino Unido y EEUU no lograron conseguir que se revocara la ley. El inicio de la Segunda Guerra Mundial, sólo 18 meses más tarde, modificó los parámetros estratégicos, y por lo tanto la nacionalización mexicana sobrevivió.

Mossadegh no tuvo tanta suerte. Las relaciones entre la Anglo-Iranian y los iraníes nunca fueron muy felices. Mucho antes que Mossadegh, el Sha Reza Pahlevi ya había amenazado con nacionalizar la Anglo-Iranian en la década de los 30. Los iraníes desconfiaban de los británicos, a quienes consideraban una potencia colonial opresora cuyas malintencionadas políticas afectaban a Irán y, por extensión, a todo Oriente Medio. El hecho de que la Anglo-Iranian registrara unos beneficios por sus operaciones en Irán muy superiores a los ingresos que recibía el país del petróleo generaba gran resentimiento. La personalidad del presidente de la Anglo-Iranian, Sir William Fraser, tampoco ayudaba demasiado. Era un sujeto rígido y poco diplomático al estilo del viejo colonialismo del siglo XIX.

En marzo de 1951, un primer ministro iraní, el general Razmara, nombrado en 1950, decidió, tras muchas deliberaciones y vacilaciones, manifestarse en contra de la nacionalización solicitada por una amplia facción del Parlamento y por importantes fuerzas populares de Irán. Cuatro días después del discurso que pronunció en el Parlamento anunciando su decisión, fue asesinado. En torno a esa época tuvieron lugar una serie de asesinatos políticos de “títeres británicos”. Mossadegh fue elegido primer ministro por el Parlamento, con el mandato de aplicar una ley de nacionalización del petróleo aprobada durante el interregno por un Parlamento sumamente nacionalista. Tanto la Anglo-Iranian como el Gobierno británico opusieron gran resistencia. Irán no podía vender su petróleo, considerado un “bien robado” y sujeto a una amenaza de litigio. No escaseaban los suministros en el mercado internacional del petróleo. El Gobierno estadounidense, que había tratado de mediar, empezó a perder la paciencia con Mossadegh. Le preocupaba su radicalismo en aquella época de “Caliente” Guerra Fría. Se tomó la decisión de provocar un cambio de régimen y, tras una serie de dramáticos acontecimientos, Mossadegh fue derrocado y detenido en agosto de 1953.

En diciembre de 1961, Irak revocó el 99,5% de la concesión otorgada a IPC (una empresa propiedad conjunta de todas las Grandes). Aquella fue la primera medida unilateral adoptada por un país productor de petróleo desde los acontecimientos que habían tenido lugar en Irán en 1951. Sin embargo, a IPC se le permitió conservar prácticamente todas sus áreas de producción, aunque las nuevas exploraciones y explotaciones se vieron afectadas. La nacionalización no se completó hasta 1972. Libia expropió los activos de BP tras la revolución de 1969.

A la “revolución del precio del petróleo” de 1973 le siguió una ola de nacionalizaciones, tanto completas (Kuwait, Venezuela, Argelia y Qatar) como parciales (Nigeria, Abu Dhabi y Libia). El proceso de nacionalización en Arabia Saudí fue lento y no se completó hasta la década de los 80. La revolución iraní de 1979 llevó a la nacionalización del sector del petróleo en ese país.

La ola de nacionalizaciones que tuvo lugar en la década de 1970, al igual que algunos acontecimientos previos ya mencionados, se vio impulsada por un deseo de adquirir independencia económica a nivel nacional. La descolonización que tuvo lugar tras la Segunda Guerra Mundial había favorecido la independencia política, pero el dominio extranjero del sector petrolero en los países productores de petróleo del tercer mundo implicaba que la independencia no era completa. Después de todo, el petróleo era el único recurso económico importante de esos países.

La historia de esos variados episodios revela que las relaciones entre los Gobiernos anfitriones y las petroleas extranjeras han sido a menudo tensas y poco cordiales y que en distintos momentos a partir de principios del siglo XIX han surgido problemas relativos a expropiaciones y variaciones unilaterales de las condiciones de los contratos. En este documento no hemos enumerado todos los acontecimientos acaecidos en relación con este tema, sino sólo los más significativos.

La historia también puso de relieve, de alguna forma, las múltiples causas del denominado “nacionalismo petrolero”, una etiqueta comodín que oculta (debido a su generalidad) más de lo que revela. Merecen atención tres factores importantes:

(1) La desconfianza, ampliamente generalizada en el pasado y aún en nuestros días, suscitada en los países en desarrollo por las potencias extranjeras, consideradas exponentes del antiguo colonialismo o de un nuevo imperialismo, y por quienes, de una forma u otra, actúan como sus agentes. Ése fue claramente el caso de México, Irán, la Unión Soviética, Libia, Irak, etc.

(2) La importancia del petróleo como principal, y en ocasiones único, recurso importante de que disponen los países exportadores de petróleo del tercer mundo. Los Gobiernos de esos países no pueden permitirse renunciar al control sobre ese recurso, que genera la mayor parte de sus ingresos presupuestarios y de exportación.

(3) El descontento que a veces provocan los resultados de las petroleras extranjeras o los contratos cuando se vuelven demasiado desfavorables para el país de acogida por cambios en las circunstancias.

Cualquiera de estos factores, o la combinación de algunos de ellos, hará que los Gobiernos traten de modificar las condiciones de los contratos o de expropiar (casi siempre con algún tipo de compensación económica) parte, o la totalidad, de los activos de una empresa.

Es importante señalar que las relaciones entre los inversores extranjeros del sector del petróleo y los países anfitriones nunca son fáciles. Es más, la sensación de que las entidades extranjeras explotan al país de acogida, y de que éste debería tener control sobre sus propios recursos, siempre está presente. [1] Sin embargo, esto no quiere decir que a las petroleras extranjeras no se les vaya a permitir la entrada a esos países, ni que la relación entre ambos vaya a terminar mal siempre, con litigios y expropiaciones. Los países que necesitan aportaciones de carácter financiero, directivo o tecnológico de las petroleras para llevar a cabo exploraciones y explotaciones petrolíferas y producir y comercializar ese recurso recurrirán a esas empresas y cooperarán con ellas hasta que llegue el día en que (de forma acertada o errónea) consideren que una empresa nacional puede continuar con el trabajo.

El resurgimiento del nacionalismo petrolero

Como ya se ha mencionado anteriormente, la tendencia del nacionalismo petrolero, que alcanzó su punto álgido a finales de la década de los 70, pareció invertirse en algunos países en las décadas de los 80 y 90. Venezuela adoptó una política de apertura y Argelia y Qatar invitaron a petroleras internacionales a entrar en sus sectores upstream de petróleo y gas. Irán negoció una serie de duros contratos con varias petroleras importantes e incluso Irak, por aquel entonces sometido a sanciones internacionales, negoció con una serie de empresas borradores de memorandos de entendimiento que les permitirían invertir en el país cuando se levantaran esas sanciones. Kuwait puso en marcha el Proyecto Kuwait, cuyo objetivo era implicar a las petroleras internacionales en la explotación de los yacimientos de petróleo situados en el norte del país, cerca de la frontera con Irak. La oposición del Parlamento kuwaití ha retrasado hasta nuestros días la conclusión de esa iniciativa. El colapso de la Unión Soviética acabó con la barrera ideológica que evitaba que el capital privado (tanto local como extranjero) tomara la posesión de los medios de producción e invirtiera en ellos.

Los motivos de la inversión de esta tendencia son variados. El motivo principal fue la percepción de que las petroleras estatales de los países en cuestión (Sonatrach en Argelia, QGPC –actual QP– en Qatar y KPC en Kuwait) eran incapaces (por falta de tecnología o experiencia de dirección) de ejecutar proyectos importantes en el sector upstream de la industria del petróleo. Esos países se dieron cuenta, con pragmatismo, de que necesitaban la contribución de empresas extranjeras. El caso de la política venezolana de apertura es mucho más complejo. Éste se vio motivado por varios factores: por un lado, la necesidad de explotar recursos de petróleo pesado en el cinturón del Orinoco (PDVSA podía fácilmente llevar a cabo la extracción pero habría tenido problemas para transformar el crudo pesado en productos ligeros) y, por otro, el deseo de la dirección de PDVSA de aumentar su exposición internacional –y por ende, mejorar el prestigio de la empresa– y crear una situación que pudiera evitar que el Gobierno le impusiera las cuotas de la OPEC. Para Rusia, el cambio de política es sencillamente consecuencia de la caída de un régimen. Y en cuanto a Irak e Irán, la apertura se debió a la difícil situación interna que vivían, como consecuencia de la imposición de sanciones internacionales (Irak) y la pérdida de personal cualificado tras una revolución (Irán).

Las cosas volvieron a cambiar a principios de este siglo. Habían llegado al poder nuevos Gobiernos (Chávez en Venezuela, Morales en Bolivia y Putin en Rusia) y todos ellos, por diferentes motivos, empezaron a manifestar cada vez mayor descontento con las políticas petroleras adoptadas por los regímenes políticos anteriores. Ése fue el elemento común de las actuaciones de Chávez, Morales y Putin.

Al Gobierno de Chávez le impactaron las regalías sumamente bajas que pagaban las empresas extranjeras que operaban en el cinturón del Orinoco. Los ingresos que obtenía el Gobierno de cada barril también se consideraban bajos, y no sólo por las regalías; la totalidad del régimen fiscal aplicado a los crudos pesados resultaba desfavorable para el país. Había también otras cuestiones: el desarrollo de la orimulsión, que en el pasado podía haber tenido sentido (aunque resulta dudoso), pasó a percibirse cada vez más como un “sinsentido” económico y se modificaron, o no se renovaron, una serie de contratos; también se descubrieron pruebas de que Venezuela estaba vendiendo crudo a sus refinerías en EEUU (y, forzosamente, al mercado exterior) con descuentos, lo cual hizo que se tomara la decisión de retirar la inversión en refinería en EEUU, una decisión que no se aplicó con vigor debido al extraordinario aumento de los márgenes de refinado.

Por lo que respecta a los inversores extranjeros del sector del petróleo, lo que importó realmente en Venezuela fueron la modificación del régimen fiscal, que aumentó sus obligaciones fiscales, y la decisión de incrementar la participación de PDVSA en joint ventures con las petroleras, algo que podría interpretarse como una nacionalización parcial. Como siempre, la compensación económica ofrecida por el Gobierno fue considerada insuficiente por los propietarios anteriores. Es posible que, en consecuencia, ExxonMobil lleve adelante el litigio con el que ha amenazado.

En Bolivia, Evo Morales fue elegido presidente en diciembre de 2005, con un programa político en que la cuestión de la “soberanía del Estado sobre los recursos de gas y petróleo” ocupaba un lugar prominente. Morales prometió que la “nacionalización” incrementaría los ingresos públicos y que ese incremento se destinaría a reducir la pobreza. He escrito nacionalización entre comillas porque ese término tan utilizado por el Gobierno boliviano y los medios de comunicación no se empleó con el sentido que tiene realmente. Lo que se buscaba, y lo que se consiguió, fue una renegociación de los contratos de exportación con Brasil y Argentina, algo que era inevitable: el precio del gas en los contratos anteriores al Gobierno de Morales era increíblemente bajo, por lo que era inevitable que se modificara antes o después, pero igual de importante resulta el hecho de que Bolivia necesita vender su gas y que Brasil necesita parte de esos suministros.

En Rusia, Putin se dio cuenta de dos hechos importantes poco después de llegar al poder. El primero es que Rusia presenta una dependencia económica crucial de los ingresos del gas y del petróleo para su balanza de pagos y su presupuesto estatal. Rusia es una economía de hidrocarburos pero, de momento, no una economía industrial avanzada. En todas las economías de hidrocarburos, el Gobierno trata de conseguir todo el control que puede sobre el sector del gas y el petróleo. Ese control puede ser absoluto (como en el caso de México o algunos países del Golfo) o permitir relaciones con inversores extranjeros (la mayoría de los países OPEP y no OPEP). En ambos casos, de lo que se trata es de conseguir un control gubernamental.

Ése es el motivo de que Putin no pudiera tolerar los intentos de Jodorowsky de impulsar una política contraria al concepto de control gubernamental, una política que preveía una liberalización y una expansión de los intereses del sector privado, acogía con agrado las enormes inversiones de una gran petrolera como ExxonMobil y rechazaba la intervención o regulación del Gobierno. Jodorowsky también tenía ambiciones políticas en oposición a Putin, algo que podría haber precipitado su caída en desgracia.

Putin también desea aumentar el tamaño del sector público de gas y petróleo de Rusia (aunque, ciertamente, no ha cerrado la puerta a la inversión privada, tanto rusa como extranjera) y ha apoyado los planes de expansión de Gasprom, un gigante bajo control mayoritariamente estatal (disponer de una gran corporación estatal o quasi estatal de gas/petróleo es una característica típica de las economías de hidrocarburos). Gasprom no es el monstruo que sugirió un eurodiputado polaco en una cena celebrada con ocasión de una conferencia en Bruselas hace unos meses (dijo que las medidas expansionistas de Gasprom en Europa eran como el avance del ejército nazi en la década de 1940). Deberíamos adoptar un enfoque más imparcial con respecto a Gasprom y sus objetivos y preguntarnos, sinceramente, por qué su deseo de expandirse internacionalmente en esta época de globalización actual debería considerarse amenazante o irracional.

El segundo hecho que llamó la atención de Putin fueron las deficiencias observadas en los contratos de participación en la producción firmados en tiempos de Yeltsin. Los enfrentamientos con Shell y sus socios de Sakhalin 2 se debieron en parte a un contrato de participación en la producción insatisfactorio que había dejado de reflejar las condiciones existentes en ese momento. En la cláusula de recuperación del coste de ese contrato no se estipulaba ningún máximo (normalmente entre el 70% y el 80% cada año), lo cual implicaba que el Gobierno no iba a recibir ningún ingreso (salvo las regalías) desde el inicio de la producción hasta que la empresa recuperara todos sus costes. Ese contrato pasó a ser incluso más desfavorable para el Gobierno cuando Shell declaró que los costes se habían duplicado, lo que significaba que el Gobierno no iba a recibir ningún ingreso (salvo las regalías) durante un período de tiempo muy superior al inicialmente previsto. Dadas esas circunstancias, tenía que modificarse el contrato.

Por lo que sé, no fue así, pero en cambio Putin usó su influencia para perseguir su otro objetivo: aumentar el tamaño de Gasprom.

¿Ha vuelto el nacionalismo petrolero a la escena mundial?

¿Ha vuelto el nacionalismo petrolero a la escena mundial? Y, de ser así, ¿cuáles son los motivos de su resurgimiento y cuál es la naturaleza de este fenómeno?

Tres series de acontecimientos han llevado a muchos observadores del escenario petrolero mundial a sostener que, en la actualidad, ha vuelto a reaparecer ese fenómeno. Y, por lo general, culpan de ello a los elevados precios del petróleo. Pero no se trata sólo de eso. Los acontecimientos que tuvieron lugar en Venezuela, Bolivia y Rusia (y que siguen desarrollándose) presentan un rasgo común: la insatisfacción por las condiciones de los contratos firmados por Gobiernos anteriores con las petroleras extranjeras. Ciertamente, esa insatisfacción también ha surgido en otros lugares (como en Argelia con Repsol/Gas Natural y en Kazajistán con ENI y tres de sus socios, todos ellos superpetroleras), algo que ha llevado a los Gobiernos a exigir una modificación de los contratos o, en algunos casos, su rescisión, a riesgo de provocar litigios.

El aumento de los precios del petróleo a partir de 2003 tuvo un doble efecto: por un lado cristalizó la percepción de que el porcentaje de los ingresos derivados del petróleo que iban a parar a manos del Gobierno en virtud de los contratos existentes era demasiado bajo y, por otro, dio a los Gobiernos la confianza necesaria para crear confrontación, al no necesitar las aportaciones financieras de los inversores extranjeros tanto como antes. Bajo todo esto subyacían dos constantes de comportamiento que, como ya hemos visto, representaron un papel principal en la historia del nacionalismo petrolero que se ha detallado anteriormente: (1) el recelo con que se percibe a los extranjeros, a quienes se relaciona con un antiguo o un nuevo “imperialismo”; y (2) la necesidad de los países altamente dependientes del gas y del petróleo de ejercer, en cuanto pueden, control sobre el sector de los hidrocarburos.

También resulta interesante señalar que las peticiones de un Gobierno de modificar un contrato rara vez, por no decir nunca, proceden del mismo Gobierno que lo firmó. Parece ser necesario un cambio de régimen para ello, por el simple motivo de que el Gobierno que firmó el contrato no querrá admitir (expresa o implícitamente) que se equivocó, y en algunos casos no querrá que salga a la luz la verdad sobre posibles irregularidades.

¿Desempeña el radicalismo político algún papel? Sí, en el caso de Venezuela y Bolivia, pero creo que no en el caso de Rusia.

El nacionalismo petrolero no se limita a los países que se mencionan en este documento y que recientemente han adoptado medidas contra los inversores extranjeros. Es un fenómeno antiguo y muy extendido tanto en los países productores como en los consumidores. A veces se encuentra latente, listo para reaparecer en una situación de emergencia o cuando el equilibrio de poder pasa a inclinarse del lado de los productores. A veces se ve frustrado en algunos países productores cuando éstos carecen de la experiencia o los recursos necesarios para gestionar el sector del gas/petróleo por ellos mismos.

En los países productores, todo radica en la cuestión de que un valioso recurso no renovable, que además es el único activo económico importante del país, deba ser dejado (cuando sea posible) en manos extranjeras.

En los países consumidores, el petróleo se considera un producto estratégico y como tal justifica una serie de medidas, políticas e injerencias en el mercado cuando el interés nacional se ve sometido a una amenaza, ya sea real o imaginaria.

El impacto en la industria del petróleo

Es importante distinguir entre petroleras estatales y petroleras (privadas) internacionales, ya sean grandes petroleras o petroleras independientes. Las petroleras privadas tienen acceso a un pequeño porcentaje de las reservas de hidrocarburos del mundo. Y, sin embargo, su producción en relación con las reservas es muy superior a la de las petroleras estatales. Llevan a cabo una explotación intensiva, lo que significa que sus yacimientos empezarán a experimentar un descenso natural relativamente pronto. El pequeño tamaño y el rápido descenso de sus reservas explican la urgencia de su búsqueda de acceso a nuevos recursos. Sin embargo, esos intentos se ven limitados por una serie de factores. Uno de ellos es el nacionalismo petrolero. Otro es la búsqueda de mayores tasas de rendimiento del capital invertido, que limita las oportunidades de inversión.

Las distintas petroleras estatales presentan diferentes recursos y capacidades. Una o dos de ellas son capaces de emprender y gestionar grandes proyectos. Otras presentan limitaciones financieras o bien falta de trabajadores cualificados y/o deficiencias de gestión. La actitud acerca de la participación de una petrolera extranjera en el sector upstream variará en función de la magnitud de esas deficiencias.

El argumento que suele esgrimirse es que la nacionalización petrolera, cuando implica expropiaciones, aumenta los activos de las petroleras nacionales y reduce los de las internacionales, manteniendo igual el resto. Pero la realidad es mucho más compleja que eso.

Puede que una petrolera nacional que haya adquirido nuevos activos no sea capaz de gestionarlos con la misma eficacia que una petrolera internacional. Cuando esto sucede, se resienten tanto la producción como las inversiones (necesarias para contrarrestar el descenso natural de los yacimientos de petróleo o para crear capacidad adicional neta). Así, la producción en Venezuela podría resentirse debido al drástico debilitamiento de PDVSA por el despido de aproximadamente la mitad de sus empleados, que no fue resultado del nacionalismo petrolero, sino de una situación excepcional en que la empresa estatal se vio implicada, de distintas formas, en un intento de derrocar al Gobierno del presidente Chávez. Lo cierto, sencillamente, es que PDVSA se vio debilitada. La decisión del Gobierno venezolano de aumentar su participación en joint ventures que operan en el cinturón del Orinoco (y que podría provocar la marcha de ExxonMobil y Conoco) plantea la duda de si PDVSA sería capaz de reemplazar a esas empresas en la realización del trabajo. La respuesta es afirmativa por lo que respecta a la extracción del crudo pesado y negativa, aunque con reservas, por lo que respecta al tratamiento de ese crudo para la producción de productos ligeros derivados del petróleo. Es probable que las petroleras internacionales ralenticen sus inversiones dada la incertidumbre existente en torno al rumbo que tomarán en el futuro las políticas venezolanas en materia de petróleo.

En Bolivia, esa misma incertidumbre podría también inhibir a los inversores extranjeros. En ambos casos, sin embargo, esa inhibición sólo podrá ser relativa para aquéllos que hayan firmado contratos, ya que éstos suelen incluir estipulaciones sobre el nivel de actividad que el inversor está obligado a realizar.

Mi opinión personal es que, más allá de la pérdida de dinamismo observada en Yukos, en Rusia ni la producción ni las inversiones se verán gravemente afectadas por las medidas adoptadas recientemente por el Gobierno. Gasprom es capaz de gestionar los activos que adquirió y las empresas extranjeras, cuando se les ofrece la oportunidad, están más que dispuestas a operar en Rusia, como pone de manifiesto el reciente acuerdo firmado por TOTAL para explotar el yacimiento de gas de Shtokman. Resulta interesante señalar que el gran interés de TOTAL en estar presente en Rusia le indujo a aceptar un contrato de servicios, algo que tradicionalmente las petroleras internacionales han considerado anatema.

La nacionalización petrolera, más allá de cómo se defina, no se limita a esos tres países. Como ya hemos mencionado, es un fenómeno antiguo y bastante universal. Limita de distintas formas la participación de las empresas privadas en el sector upstream del petróleode diversos países:

(a) En México (gas y petróleo) y en Arabia Saudí (petróleo) no se permite a los inversores privados acceder al sector upstream. Actualmente, tampoco se permite en Kuwait; en el caso de este país, el Gobierno está dispuesto a permitir ese acceso para la explotación de los yacimientos del noreste del país, aunque hasta la fecha la oposición de la Asamblea Nacional kuwaití no le ha permitido alcanzar su objetivo.

(b) En principio, la mayoría de los demás países exportadores de petróleo permiten el acceso a su sector upstream, aunque siempre con restricciones. En algunos casos, como el de Irán, esas restricciones son tan duras que no resultan atractivas para las grandes empresas.

Otro problema es el descontento de los Gobiernos con los contratos de participación en la producción y otro tipo de contratos firmados en la década de 1990, que genera conflictos entre los Gobiernos y las empresas. Este problema no se limita a Venezuela, Bolivia y Rusia. También se ha planteado en Ecuador, Argelia (con Anadarko y Repsol/Gas Natural) y, actualmente, en Kazajistán (con ENI y sus socios). A las petroleras no les gusta que se modifiquen los contratos que les son favorables. En algunos casos, su actitud (como recurrir al extraño concepto de la inviolabilidad de los contratos o amenazar con un litigio cuando podrían conseguirse buenos resultados renegociando) no ayuda. Si el conflicto desemboca en la rescisión de un contrato, el acceso de la petrolera extranjera queda limitado. Aquí cabe señalar que este problema no debe atribuirse al nacionalismo petrolero. Todas las relaciones bilaterales en que entran en juego contratos a largo plazo pueden conllevar disputas, modificaciones o renegociaciones cuando las circunstancias cambian radicalmente. Se trata básicamente de una cuestión económica o comercial. El problema es que una disputa puede llevar a un Gobierno a reaccionar de forma desproporcionada o a adoptar medidas políticas radicales, a veces como consecuencia de las presiones de los medios de comunicación o la opinión pública, ya que esa disputa dejará entrever, a los ojos de la opinión pública, que la empresa extranjera estaba, de alguna forma, “explotando” al país.

Como resultado de todo esto (y de otros factores como el caos vivido en Irak, el malestar social de Nigeria y las sanciones impuestas por la ONU y EEUU a una serie de países exportadores de petróleo), el porcentaje del anhelado sector upstream en que pueden operar las petroleras internacionales se ha restringido. Las oportunidades de inversión parecen más limitadas de lo que serían en un mundo abierto.

Las petroleras han respondido a este desafío, en primer lugar aumentando sus inversiones en gas natural y desarrollando el sector del gas natural licuado (GNL), posteriormente adentrándose en el terreno de la frontera tecnológica, especialmente en el ámbito del petróleo submarino extraprofundo, y, por último, interesándose en nuevos campos como el petróleo no convencional, los renovables, los biocarburantes, el gas a líquido y el carbón a líquido. En el aspecto financiero, han aumentado el volumen de fondos que esas petroleras “retornan” a sus accionistas. En resumen, se han adaptado migrando del petróleo fácil a proyectos más caros y pasando de invertir a adquirir sus propios valores.

Las petroleras internacionales ya habían conseguido adaptarse bastante bien anteriormente, tras el fin del sistema de concesiones en muchos países de la OPEP en la década de los 70. El shock fue muy considerable y causó una baja: Gulf, una de las Siete Hermanas originales, desapareció. Las demás sobrevivieron llevando a cabo una magnífica labor de explotación de fuentes de recursos no OPEP en el Mar del Norte, Alaska y otros varios lugares.

La seguridad de los suministros

El problema aquí radica en posibles interrupciones o reducciones del suministro que provoquen subidas de precios o una escasez física que el mecanismo de precios no consiga eliminar por un motivo u otro. Las interrupciones del suministro pueden deberse a una gran cantidad de factores, acontecimientos o políticas, entre los que figuran huracanes, terremotos, accidentes técnicos graves, guerras, disturbios, nacionalizaciones, etc. Sólo este último factor guarda relación con el nacionalismo petrolero.

Podría argumentarse que, en ausencia de nacionalismo petrolero, la capacidad de producción petrolífera sería superior a la actual, lo cual podría haber conducido a precios más bajos y a una mayor demanda de petróleo. ¿Quiere esto decir que el excedente de capacidad, un estabilizador del mercado esencial, habría sido superior al existente hoy en día? Quizá no. Y digo quizá porque, en ese escenario, las petroleras internacionales habrían dispuesto de una mayor proporción de la industria y, por lo general, este tipo de empresas no suele, de forma voluntaria, disponer de un excedente de capacidad.

La seguridad de los suministros de petróleo exige un colchón de capacidad tanto en el sector upstream como en el downstream. Precisamente fue la existencia de ese colchón de crudo lo que permitió salvar la situación en Arabia Saudí (y, en un momento dado, en Kuwait y Abu Dhabi) en la década de 1990, cuando Irak invadió Kuwait, o cuando EEUU y sus aliados intervinieron militarmente en Irak en 2003.

Conclusión: La seguridad de los suministros no sólo se ve amenazada por el nacionalismo petrolero, sino también por otra serie de factores, que a menudo tienen un efecto más considerable. Por lo que respecta a las catástrofes naturales, poco se puede hacer aparte de proteger las plantas e instalaciones en regiones con tendencia a sufrir huracanes y terremotos. Los accidentes técnicos pueden prevenirse con un buen mantenimiento y un diseño sólido. Todo esto puede costar mucho dinero. Las guerras, las revoluciones y los disturbios tienen motivaciones políticas y sociales. ¿Han contribuido de alguna forma las petroleras internacionales a este fenómeno sin darse cuenta? Puede que lo hicieran en los viejos tiempos del colonialismo. Las sanciones impuestas unilateral o multilateralmente sobre el petróleo (como las impuestas a Libia, Irán, Irak y Sudán) han limitado los suministros al dificultar la inversión. En este punto existe una contradicción entre las preocupaciones de los países de la OCDE en materia de seguridad del suministro y la propensión a imponer sanciones. Dicho esto, es a ellos a quienes corresponde encontrar una solución. A largo plazo, un pico en laproducción de petróleo podría causar problemas, a menos que la demanda también alcance un pico antes que el suministro. Pero trataremos de abordar esa cuestión cuando se presente.

[1] En junio de 1963, la difunta profesora Edith Penrose escribió lo siguiente en la reseña de un libro publicada en The Economic Journal (p. 322): “En primer lugar,… las empresas sólo tienen una perspectiva verdaderamente internacional hasta cierto punto; son occidentales, y sus intereses están estrechamente vinculados a los de las potencias occidentales. En segundo lugar, los habitantes de los países productores de crudo no creen que esas empresas actúen independientemente de sus Gobiernos y, de hecho, no eximirán de responsabilidad a las potencias ‘imperialistas’ en las acciones de sus empresas”.