Noticias y comentarios sobre Ciencia Política, Administración Pública, Economía, Cultura y Arte.
sábado, septiembre 01, 2012
Tópicos nacionales
sábado, agosto 18, 2012
Gente realmente peligrosa
sábado, julio 28, 2012
El olvidado siglo XX
domingo, junio 05, 2011
El fin de la erudición
domingo, abril 24, 2011
Sombras de la cultura actual
jueves, marzo 31, 2011
El hombre de la Pampa
jueves, marzo 17, 2011
Lo universal hoy
sábado, abril 10, 2010
El futuro de las Humanidades
domingo, septiembre 13, 2009
La soledad de Filoctetes
En Homero está el gran mundo literario occidental. Camino de Troya, Filoctetes, uno de los renombrados guerreros aqueos, fue mordido por los celos de Hera, que le envió una serpiente para que cometiera el crimen. Filoctetes había sido amante de Heraclés (Hércules) y los celos de la gran diosa no soportaron la humillación. Odiseo (Ulises) y otros jefes aqueos decidieron abandonar a Filoctetes en la isla de Lemnos, porque el hedor de la herida provocada por la serpiente se le hizo insoportable al ejército. En la obra de Sófocles, el más grande, Filoctetes queda varado en la soledad de Lemnos: un hombre solo enfrentado a su propia supervivencia o a la muerte inminente. Tiene razón el profesor Marcos Martínez Hernández al afirmar que el Filoctetes de Sófocles es un adelanto en muchos siglos del Robinson Crusoe de Daniel Defoe, que es de 1719. Filoctetes también es un náufrago de una determinada civilización, la de la guerra, y ahí, en Lemnos, están esperándolo su gloria y su tragedia.
Sucede que el ejército aqueo no puede durante años conquistar Troya. Los sacerdotes hacen sacrificios y los dioses devuelven el mandato: sin Filocteres no se puede ganar la guerra. Ocurre además que Heraclés le ha regalado en prueba de amor a Filoctetes su arco sagrado y lo que dicen los oráculos va a misa: sin el arco del mordido por la serpiente, no se puede conseguir ganar Troya. Y, en ese momento, otra vez Odiseo, acompañado por Neoptólemo, el hijo de Aquiles, tienen que ir a convencer a Filoctetes para que los perdone y regrese a la batalla. El guerrero solitario se niega una y otra vez, pero al final sucumbe ante las peticiones de sus compañeros. Esa es la historia. Durante años, como Crusoe, sobrevive a la soledad y a los elementos combatiendo con sus sombras y fantasmas, dialogando con sus obsesiones y caminando por la tierra de una isla desierta, Lemnos.
En una conversación de tertulia literaria mantenida durante los últimos días de agosto con el profesor Martínez Hernández y el escritor y editor José Esteban, nos adentramos en la documentación e interpretación de la historia de Filoctetes como espejo adelantado de Robinson. Crusoe quedó varado en la isla de Juan Fernándes, muy lejos de la costa de lo que hoy es Chile, y se alimentó de rastrojos y de los que hoy llamamos muy gastronómica y líricamente «frutos de mar». El mejor de todos esos frutos era la langosta de la isla, un bicharraco espléndido que podía pasar de tres quilos y que todavía y con frecuencia hace las delicias del paladar y el estómago de los chilenos que pueden permitírselo.
Al final de la campaña presidencial de Frei, hace ahora dieciséis años, y cuando ya tenía un pie en el avión de regreso a Madrid, Jorge Edwards y yo nos dimos un banquete inolvidable con uno de esos bichos gigantes y geniales en el restaurante al aire libre del hotel Hyatt de Santiago. Lo acompañamos con caldos blancos y tintos de los que produce Miguel Torres en los valles centrales de Chile, y tengo que añadir que estuvimos comiendo de aquella carne blanca y sabrosa de langosta hasta que ya no pudimos más. «¡Y pensar que Robinson sobrevivió varios años a su soledad con estos bichitos!», comentaba a carcajadas Jorge Edwards cada vez que un bocado de langosta lo hacía estallar en plácemes gloriosos. El propio Edwards llevó la conversación a la novela de Defoe y a su exégesis más conocida: es una metáfora de la soledad del escritor y una especie de lejana y quijotesta rememoración del hombre vagando por la tierra con un destino siempre incierto. Hablamos de escritores cuya soledad deseada los volvió locos. Sus obsesiones, sus fantasmas, sus locuras, las alucinaciones repentinas, las voces de su propia mente envuelta en esa soledad en principio deseada; todos esos elementos juntos, revueltos y amalgamados suelen desembocar en brotes esquizofrénicos, en miedos delirantes que inventan monstruos paralelos que a veces pasan a ser arquetipos literarios. La imaginación de un escritor en una larga soledad es una bomba que puede estallar en el mundo en el momento más inesperado. Filoctetes y Robinson Crusoe son, efectivamente, bombas eternas y literarias que han dado pie a miles de comentarios e interpretaciones, todas ellas válidas porque los autores que inventaron esos personajes dieron en el clavo exacto.
En el caso de Filoctetes está todavía más claro su espejo paralelo con el intelectual creativo, con el creador artístico en general. La sociedad no suele contar con sus creadores ni intelectuales, sino todo lo contrario: los suele acusar de «enfermos», maricones y gandules, y de ser una carga para el resto del mundo. Se les dice que son cigarras tocando la guitarra mientras las hormigas trabajan y ahorran para cuando vengan los tiempos peores. Se les relega, ningunea y hace viajar siempre en el humillante furgón de cola. Sólo algunos «suertudos» consiguen encandilar e hipnotizar a miles de lectores con algunos de sus libros. Es entonces cuando se hace evidente que el arco de Heraclés y su dueño son muy necesarios para vencer el tedio y el terrible aburrimiento de la vida social. Es cierto que para el escritor la soledad es un bien con el que la mayoría suspira porque no puede tenerlo ni conseguirlo. Esa soledad obligatoria para la creación cuesta mucho dinero y mucho tiempo, y forma parte de la tesis del esfuerzo, el trabajo disciplinado y el destino de la excelencia. ¿Cómo hubiera sobrevivido Filoctetes a su propia soledad de Lemnos sin su esperanza y su disciplina? ¿Cómo si no sobrevivió Robinson sino adaptándose a esa soledad y acomodándose a las necesidades diarias con un rigor prácticamente marcial?
Tengo para mí que ese es el camino del escritor, ayer y hoy: la soledad de Filoctetes. Lo sé: no sólo el escritor está solo. Todos y cada uno de los seres humanos somos en un momento determinado una isla llena de soledad, pero la condición humana del escritor necesita de esa soledad de náufrago social y hombre solo como nadie más en el mundo. Le va en esa soledad su supervivencia como escritor.
En aquella tertulia en la que hablamos de Filoctetes, les dije a José Esteben y a Marcos Martínez que la recompensa diaria del escritor estaba precisamente en su tiempo cotidiano de escritura. Y que eso sólo se podía conseguir en soledad. Hemingway, por ejemplo, no se bebía un trago antes de escribir todos los días tres mil palabras. Después, la compensación eran las copas, los amigos, los gatos y la piscina. «¡Y de vez en cuando una langosta termidor!», dije casi a gritos. Entonces comenzamos a discutir sobre dónde íbamos a comer. Y allí fuimos, a El Barril de la calle Goya, en Madrid, a sentirnos Robinson y Filoctetes de lujo, en una mesa compartida por la buena conversación, la literatura, el magnífico fruto de mar que es la langosta y los buenos caldos de la Rioja. Brindamos por Robinson, Defoe, Filoctetes, Sófocles y Crusoe. Y dejamos para otro día hablar de los celos irrefrenables de las diosas Heras y su venganza sobre los Filoctetes que siempre somos los hombres cuando estamos solos.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
martes, mayo 12, 2009
Tiempo, evolución y azar: memoria de Darwin
1. Jacques Barzun, en su sugerente libro Del amanecer a la decadencia, Madrid, 2001, muestra el parentesco de tres grandes tareas contemporáneas que revolucionan el mundo del espíritu a mediados del siglo XIX. Todas ellas maduran en torno a la fecha clave de 1848, en la que nacen, con las aspiraciones democráticas, también nuevas formas culturales.
Se refiere a Richard Wagner, a Charles Darwin y a Karl Marx. «Partiendo de los trabajos pioneros del medio siglo anterior, todos ellos produjeron obras que. . . airearon ante el mundo entero la importancia del objeto que les preocupaban: la evolución, la distribución de la riqueza en la sociedad y la música dramática».
Piensa, sin duda, en tres obras respectivas de estos autores: la Tetralogía wagneriana, partitura que llevó su autor bajo el brazo treinta años; Das Kapital, culminación de una impresionante crítica de la economía política iniciada desde antes de la revolución de 1848; y esa obra cuya publicación este año conmemoramos, lo mismo que el nacimiento de su progenitor: On the Origin of Species by Means of Natural Selection (Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural).
Las tres obras promueven una descomunal síntesis en sus respectivos dominios creadores, la Ciencia de la Vida, la Música y la Economía Política, colmando una tradición en la que se inscriben: la idea de evolución emergente a finales del siglo XVIII; la música romántica; la economía política centrada en el trabajo como fuente de valor, desde Adam Smith hasta David Ricardo.
En los tres casos la creación resultante es de tal envergadura, y sobre todo de tal capacidad de llevar ciertas tradiciones hasta sus últimas consecuencias, que el ámbito de estudio o de creación parece estallar, liberándose flujos y energías insospechadas. Ya nunca la Ciencia de la Vida podrá ser igual (antes y después de Darwin), ni la música después del «drama musical», con sus Motivos Conductores siempre en transformación, ni desde luego la Economía Política después de Marx, y su poderosa síntesis llamada Materialismo Histórico.
Las tres grandes creaciones proceden de la más honda entraña del paradigma epistémico del siglo XIX: el sesgo historicista que domina todos los ámbitos de la creación y del conocimiento, desde la arquitectura a las artes plásticas. Una Historia concebida siempre a partir del gran Paradigma que constituye la Idea de Evolución. Evolución gradual, sin rupturas ni discontinuidades «cuánticas»; evolución a través de pequeñas variaciones.
Las transformaciones wagnerianas de los Motivos Conductores tienen ese carácter. El propio Nietzsche alabó sin reservas esa capacidad de transformaciones ínfimas del arte musical wagneriano.
También son cambios mínimos los que determinan la gestación de variantes en el marco tremendo de la struggle of life, donde impera la ley de «comer o ser comido».
Y el salto de la cantidad a la cualidad en el método dialéctico del Materialismo Histórico presenta también ese carácter.
2. Darwin escribe un gran libro de hechura clásica. Pero bien mirado no es así. De repente tiene lugar un giro extraordinario en medio del texto. Se presupone lo planteado en el libro hasta el momento: la teoría de la evolución de las especies, que tiene en la selección natural (y consiguiente supervivencia de los más adecuados) su primum movens. Son sopesadas y aquilatadas las objeciones que pueden presentar estas hipótesis y se examina el modo de refutarlas.
Entonces el texto da un salto de abismo, descomunal, inconmensurable. Y lo interesante es que ese brinco sin precedentes sólo se presiente ante una tremenda y desconcertante ausencia.
El giro de este libro se produce en el capítulo X, «De la imperfección de los registros geológicos». La tesis del libro se enfrenta a la prueba de fuego: el Tiempo (con mayúsculas).
Darwin aduce la imposibilidad de hallar vestigios de los eslabones intermedios entre las especies en disolución, especies que nunca fueron tales. No parece posible recorrer las innumerables variantes que cubren el trecho entre un remoto vestigio y la posible versión actual. Una ciencia recién constituida, la geología, da entonces amparo a la teoría. Charles Lyelle publica en 1847 los Principios de geología, fundamento de la geología moderna.
Darwin, ayudado de la geología y de la paleontología, constata que la finitud del tiempo encierra eones y avatares que sólo la especulación mitológica del hinduismo -podríamos decir- se había atrevido a pronunciar: millones y millones de años a través de los cuales se produce, a través de ese agente creador tan extraordinario que es el Azar, la constitución de variantes que dejan como conceptos obsoletos las nociones de género y de especie. El Tiempo en toda su deriva inconmensurable hace de pronto presencia en este recorrido por todo el mundo natural.
Darwin escribe la teoría que desbarata toda idea clásica de género y de especie. Frente a ella sólo subsiste, en su monolítica evolución permanente, la Vida.
3. Michel Foucault en Las palabras y las cosas, traza el paradigma de ciencias propias de la «era clásica«: un Discurso de vocación cartesiana distribuye en cuadros -tableaux- los géneros y las especies. Buffon, Linneo abundan en procedimientos vigentes hasta finales del siglo XVIII; y que también encontramos en la manera de orientarse la ciencia de la riqueza de los mercantilistas y fisiócratas; o en el ámbito lingüístico en la gramática cartesiana (la de Port Royal, que Noam Chomsky reivindicó en su obra Cartesian Lingüistics).
Todo ello deja paso, en el siglo XIX, a unidades abismales que atraviesan miríadas de variantes evolutivas: Vida, Trabajo y Lenguaje. Éste no se proyecta en una lingüística general, como sucederá en el siglo XX con Ferdinand de Saussure, sino en la indagación paleontológica de escrituras primigenias, en el desciframiento de Piedras de Rosseta, y sobre todo en la gestación de la gran hipótesis de una común lengua originaria indogermánica de donde proceden nuestras lenguas más familiares. Todas en perpetua evolución y transformación inconsciente. Lo mismo sucede en las ciencias de la vida, y en la economía política.
Wagner traza la evolución infinita, con metonimia de eones, desde el tritono mayor del inicio del Oro del Rhin hasta el Apocalipsis por fuego y agua del final, en El ocaso de los dioses, con la destrucción del mundo (de los dioses, de los héroes).
Karl Marx arranca del comunismo primitivo, y prosigue la historia de la explotación del hombre por el hombre hasta culminar en la metástasis de la mercancía. Ésta se produce en la formación histórica que tiene al capitalismo como Modo de Producción.
Darwin queda absorto y abismado ante la magnitud del tiempo, que impide cualquier comprobación de eslabones intermedios. Pero justamente esa imposibilidad señala el campo futuro de investigación: la búsqueda de yacimientos de fósiles que permitirían trazar quizás lo que en esos millones de años se fue gestando.
Convirtió al Azar en poderoso agente creador (antes de que los artistas, en los inicios de las vanguardias del siglo XX, se apropiaran de esta idea).
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
lunes, mayo 04, 2009
Knowledge and genius
It is a common presumption that if people know a lot, they must be intelligent. Anyone who can reel off capital cities or count to 10 in several languages – or, in the case of a two-year-old girl heralded in newspapers this week, tell an apple from a banana early enough – is counted a bright spark. And often enough intelligence, a good memory and a well-informed mind go together because intelligence prompts curiosity, curiosity results in knowledge, and memory keeps the knowledge available.
But there is no automatic connection between knowledge and intelligence. There are plenty of very bright people who do not know the world’s capitals and cannot count in other languages, because they have never had a chance to learn them. In rural Africa there must be millions of smart kids who know nothing but local lore; they are Thomas Grey’s “village Hampdens” and “mute inglorious Miltons”.
By the same token plenty of people know lots of facts without being creative, thoughtful, quick-witted, humorous and perceptive – the marks of true intelligence. Sometimes an overload of facts is the mark of a dull and pedestrian mind, the antithesis of intelligence.
Moreover, there are different kinds of intelligence, better described as different gifts of mind, so that a person can be wonderfully talented in one respect and hopeless in another. It is misleading to describe anyone as intelligent without specifying what form the intelligence takes. Some mental aptitudes are hard-wired: gifts for maths and music (which often go together) require no knowledge, and manifest themselves early in life. So does artistic ability. Many autists have extremely high-order talents in these respects without acquiring any knowledge, or even interacting much with other people.
But other aptitudes require training, data, experience and practice. Here intelligence and a body of knowledge meet, and the former acts on the latter in productive ways. One can train a parrot to reel off English kings and queens, but it takes an accomplished historian to tell us insightful things about them.
“Intelligence tests” have always been a matter of controversy. Practice improves scores, which raises a question mark over whether they capture anything objective. If someone scores high on verbal tests and low on spatial ones, what does that overall score tell us about the individual in question? Nothing very informative.
There are many “high IQ” societies, the best-known being Mensa, which admits people with IQs in the top 2% of the population. At Mensa’s 50th anniversary in 1996 one of the founders, Lancelot Ware, said he regretted the fact that members devoted far more time to puzzles than improving the world.
That prompts a thought: intelligence is a matter of output, not scores in a test. Einstein was unsuccessful at school and no great shakes as a mathematician, but he was creative and insightful, and saw a whole new way of thinking about gravity and the structure of space-time. A vivid interest in things, and an active desire to understand more about them, is a major characteristic of intelligence. When this leads to great creativity and important discoveries, we call it genius.
In the ancient world a genius was a creature who whispered ideas, ambitions and insights into your ear. The Romantics internalised genius, identifying it with their own inner selves – what Proust called le moi profond, the deepest me. As there are many kinds of achievement, so there are many kinds of genius suited to them. To all, the wonderful old cliche about 99% perspiration applies.
IQ tests rarely predict achievement or correlate with knowledge, and they are too blunt an instrument to capture the variety of human gifts. The latter are what matter. As with everything else, we know these gifts by their fruits, not by artificial ways of defining them.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
viernes, mayo 01, 2009
La vida, a contracorriente
La extraña historia de Benjamin Button es la historia de un tipo que recorre el tiempo a contracorriente, de la vejez hacia la infancia. Si hubiéramos de hacer caso a Mark Twain, “la vida sería infinitamente más feliz si uno pudiera nacer a la edad de 80 años y gradualmente acercarse a los 18″, pero la verdad es que cuando uno ve esta adaptación a la pantalla del cuento del mismo título de F. Scott Fitzgerald la cosa no le queda tan clara (a pesar de que la cita de Twain constituyera su fuente de inspiración).
En todo caso, y antes de entrar en otras consideraciones, vale la pena señalar que el artificio narrativo del gran novelista norteamericano le permite ir considerando las diferentes experiencias que constituyen el entramado básico de la vida humana, desde el otro lado, desde el envés del devenir, adentrándose en aquello de lo que el resto de personas se va despidiendo a medida que transcurre su existencia. Por eso, porque se trata de una historia sobre la vida, cada espectador destaca o subraya aquellos aspectos de la misma que más le han impactado. A la salida del cine, se pueden escuchar los comentarios de diferentes espectadores que colocan unos el centro de gravedad del relato sobre la muerte, otros sobre la vejez, los terceros sobre nuestras equivocadas percepciones de los diversos estadios del existir, sin faltar quienes lo hacen sobre el amor o sobre la fugacidad de los afectos.
Probablemente todos tengan una parte de razón, porque de todo eso habla la película. Es cierto, por ejemplo, que el personaje de una anciana le dice al Benjamín anciano/niño: “Uno tiene que poder ver morir a sus seres queridos pues es la única manera de darse cuenta de la verdadera importancia que tienen en nuestras vidas”, subrayando la importancia de la experiencia de la muerte. Pero tal vez lo más sugestivo de esta historia tenga que ver con la luz que arroja sobre nuestra propia sombra, sobre ese signo de nuestro devenir que nunca sometemos a reflexión porque constituye la condición de posibilidad de cuanto nos pasa, sobre esa dirección que parecen seguir nuestras existencias y que incluso los más recalcitrantes escépticos dan por descontada.
De hecho, la madre adoptiva de Benjamin Button parece creerlo cuando, para tranquilizar a su hijo, preocupado en medio de la noche por su extraña singularidad, le dice: “Todos vamos en la misma dirección, sólo que por distinto camino”. La frase constituye en cierto modo el marco general de interpretación, marco en cuyo interior podemos inscribir otras afirmaciones. Así, en una escena particularmente hermosa y delicada, en la que los amantes -por poco tiempo con la misma edad- se cruzan confidencias atemorizadas por el futuro que les deparará su inexorable alejamiento, ella le pregunta a él: “¿Me seguirás queriendo cuando tenga arrugas?”, a lo que él responde: “¿Me seguirás queriendo cuando tenga acné?”.
Podría pensarse, entonces, en una cierta simetría, en una peculiar equivalencia (”todos acabamos con pañales” declara también un personaje en otro momento de la película) que desmentiría la ilusionada fantasía de Mark Twain. Pero quizá incluso esta interpretación, en cierto modo destacada en el propio filme, pasa por alto un elemento fundamental. La finitud de Benjamin Button no es como la de cualquier otro mortal, sólo que al revés. Su muerte es más fatal, más inexorable (siéndolo todas) que la del resto de seres humanos. Porque su muerte tiene fecha fija. En el momento en el que nace, con una determinada edad, ya conoce la fecha de su fin. No es una existencia, desde ese punto de vista, abierta, sino cerrada. Nace con lo que tiene que vivir ya contabilizado: con todas sus arrugas, con todo su deterioro a cuestas. Un deterioro del que sólo aparentemente se liberará, porque su viaje hacia la juventud es también un viaje hacia la muerte. En ese sentido, al tener determinada la fecha en la que todo termina, el tiempo de vida de que dispone es, casi literalmente, un tiempo de descuento. Contraviene de esta manera el conocido proverbio chino: “Nadie es tan viejo que no pueda vivir un año más, ni tan joven que no pueda morir al día siguiente”.
Aunque no es menos cierto que asimismo tenemos derecho a pensar que el Benjamin Button de la ficción se debió despedir de la vida (acaso fuera ése su único privilegio) con mejor sabor de boca que el resto de mortales. La sensación de fugacidad del tiempo, como es sabido, se acrecienta con la edad. Frente a esta sensación, en cierto modo resumible en aquella frase “ah, pero ¿ya está?” que pronunció alguien en la inminencia de su muerte, acaso al pobre Benjamin Button le quedara el pequeño consuelo de sentir como, conforme se acercaba a su final, todo se hacía más lento. Y también, por qué no decirlo, más dulce, más amoroso. Como ese bebé que cierra sus ojos, sonriente y complacido, en el plano con el que concluye este filme. Me disculparán la deformación profesional, pero, al verlo, no pude evitar acordarme de las últimas palabras de Wittgenstein: “Digan a mis amigos que he tenido una vida maravillosa”. Impresiona imaginarse estas palabras en la boca de un recién nacido.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
domingo, abril 26, 2009
Creando universos
En el segundo centenario del nacimiento de Darwin, y a través del siglo y medio transcurrido desde que salió a la luz El origen de las especies, el pensamiento darwiniano ha logrado ser la referencia más fiable de que disponemos para entender el mundo que nos rodea y la manera como llegó a ser tal cual lo vemos ahora.
Algunas de las claves de la naturaleza, en especial aquella que nos afecta más de cerca, estremecen. La crueldad, el dolor, la ausencia de esperanza y el desamparo forman parte de lo más común en un planeta que, siguiendo las pautas de la selección natural, certifica el bienestar de los más fuertes -bienestar provisional, hasta que les llega la vejez- a costa de los más débiles.
¿Siempre?
Algunos grupos peculiares de organismos entre los que nos encontramos los seres humanos parecen echarle un pulso a esa selección natural ciega y desalmada. Son varios los ejemplos. Los de los primates, sí, pero también los de los insectos sociales, algunos roedores ciegos e incluso unas gambas diminutas. Todos esos seres tuercen el sentido mismo de la adaptación por selección natural basada en las ventajas individuales para volcarse en la cooperación como fórmula útil de cara a organizar el lapso brevísimo de tiempo de la vida.
Darwin fue incapaz de explicar cómo pueden sobrevivir, en un mundo sometido a las leyes de la selección natural, esos grupos solidarios. El sentido común, la intuición de que si se coopera se vive mejor, es magro argumento; resulta fácil demostrar, incluso con pruebas contundentes, que ese tipo de solidaridad no resulta adaptativo.
Se podría contestar que, bueno, puede que sea así pero que existen causas perdidas a las que es preferible apuntarse. Más vale vivir menos tiempo y hacerlo en unas condiciones que no nos avergüencen. Sin embargo, la discusión es otra: ¿cómo pudo fijarse a lo largo de millones de años el altruismo si las claves para la adaptación lo impiden?
Hoy sabemos la respuesta y contamos con elegantes algoritmos matemáticos que prueban cómo apareció la conducta altruista y hasta dónde llega.
Menos en el caso de los humanos.
Nosotros somos unos primates peculiares, con unos usos y conductas muy difíciles de diseccionar. Aun así, lo que sabemos acerca de otros animales se nos puede aplicar aun cuando sólo sea hasta cierto punto. Sabemos que el dolor, la angustia y el absurdo dominan nuestras vidas. Así que aquellos que no creemos en un mundo mágico sobrenatural nos quedamos a menudo sometidos al horror hacia el vacío de una vida que carece de sentido, de una existencia en la que los momentos de felicidad son muy pocos.
¿Hace falta un ejemplo? La enfermedad mortal de un niño. ¿Qué dios insensible, qué selección natural absurda llevaría a la vida a un ser que está condenado a desaparecer antes de haber podido dar paso a lo más elemental en el propósito de todo organismo: la capacidad de perpetuarse?
Pero los humanos somos unos primates muy extraños. Hacemos, en cierto modo, de demiurgos. Construimos unos mundos distintos a éste, unos mundos que no existen, y les soplamos el aliento de la vida para convertirlos en reales en el único lugar en que cualquier realidad tiene su presencia: en la imaginación de alguien.
Tengo amigos que mudan su realidad por otra; que se disfrazan; que van a los hospitales donde los niños se están muriendo, que hacen allí el payaso y que, por unas horas o quizá por unos pocos minutos, convierten nuestro universo infame en otro muy distinto. En un paraíso de risas, alegría y esperanza donde el cerebro del niño más débil se encuentra transportado a la categoría de la felicidad por unos instantes.
Me gustaría que se pudiese alguna vez explicar cómo es que la selección natural condujo a algo así, a un mecanismo tan ajeno a los que gobiernan por lo común los ecosistemas. Yo sé que la vida no tiene ningún propósito. Pero también he de reconocer, aunque sea forzando mi alma empirista, que igual que algunas moléculas consiguen durante un tiempo breve formar un rincón pequeño y aislado del flujo de la entropía creciente -en eso consiste la vida- mis amigos los payasos logran el milagro de rescatar a unos niños de la sensación de condena. Una sola sonrisa, un gesto de complicidad, una mirada al universo que ha aparecido por arte de birlibirloque y tenemos ya los logros que, en el balance último, salen ganando frente a cien años de envidias y toda una existencia de codicias y resquemores.
Si Darwin estuviese vivo hoy y pudiera verlo, se alegraría no poco al comprobar que incluso a la selección natural se le puede echar el pulso del engaño. Sólo durante unos minutos, eso sí. Pero sabido es que, en el aleph, la eternidad equivale a un único instante.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
martes, abril 21, 2009
Historia e impostura, una fraternidad
Para Demetrio Pin en Saint-Julien Le Pauvre
Si descartamos el pundonor profesional, virtud de difícil defensa (¿soy honrado o me he acomodado a la “honradez” de mi biotopo?), no hay muchas razones para escribir honradamente la verdad. Los historiadores, como los periodistas, han de verse constantemente asaltados por la duda. ¿Es verdad que los franquistas “ocuparon” Barcelona, o la “liberaron”, como decían las grandes familias que todavía hoy controlan el país con nuevas máscaras? Decidir sobre un verbo puede marcar para siempre.
En una ocasión, M. McCabe, que se encargaba de la Filosofía Antigua en el King’s College de Londres, se las hubo con un historiador astuto y deconstructivo, poco partidario de la verdad. Me quedó un argumento de McCabe en defensa de la historia verdadera: la historia no sirve para nada, si no es para conocernos a nosotros mismos y tomar medidas correctoras. Las mentiras socialmente útiles (las habituales en historiadores y periodistas ideológicos u orgánicos) ocultan y disfrazan nuestros errores, lo que instiga a repetirlos. En cuyo caso es mejor leer o escribir novelas. Son más verdaderas.
No obstante, resistirse a la ficción socialmente útil es asunto de gran dificultad. Voy a presentar tres casos de impostura útil, cada uno de los cuales presenta un contenido moral distinto.
Un fotógrafo amigo mío tuvo la suerte de interesar a unas galeristas de San Francisco cuando éstas entraron por azar en una muestra suya mientras hacían turismo por España. Le contrataron una exposición, tuvo buenas críticas y le pidieron más material al tiempo que le animaban a visitar la galería americana. Así lo hizo, y cuando se presentó ante ellas, abrió una carpeta con fotos similares a las que le habían expuesto. Llevaba, sin embargo, otra carpeta con ejemplares de su obra más arriesgada, quizás calificable de “perversa”, en todo caso, turbadora. En el momento de abrirla tuvo una iluminación. “Mirad, dijo, como no me quedaban más fotos, os he traído el trabajo de una amiga que vive en mi ciudad. Se llama Gladys Steiner y a lo mejor os parece un poco atrevida”. Las galeristas se lanzaron sobre las fotos gorjeando de placer, compraron al instante la carpeta entera y le exhortaron a facilitar el contacto para contratar a Gladys como estrella fija. En consecuencia, mi amigo comenzó a entrenar a una muchacha de Tarragona para que ejerciera de Gladys. La moza se lo tomó con tanto entusiasmo que ahora mismo está persuadida de ser Gladys y pueden acabar todos en el juzgado.
Uno de los peligros de inventar héroes que nunca existieron, como suelen hacer los historiadores simbólicos en busca de raíces milenarias, legitimaciones medievales y otros arcaísmos, es queluego han de vivir con ellos. Los fantasmas se alimentan de sangre. Hay historiadores que llevan un pequeño Wilfredo o un Pelayo hincado en el cuello para siempre.
El segundo caso es el de otro amigo, excelente escritor y hombre muy competente en las más diversas y duras disciplinas, como la arqueología grecolatina, la filología clásica, las lenguas semíticas, la historia de los imperios orientales, en fin, aquellos saberes que caracterizaban al sabio alemán del siglo XIX. Sin embargo, esos conocimientos son el resultado de la pasión: su título universitario es el de Derecho. Tras muchos años de estudio, pagándose viajes a lugares remotos (y peligrosos), rebuscando en bibliotecas e incluso comprando en subastas, ha conseguido reunir la documentación suficiente como para presentar la hipótesis de que “Homero” es una atribución que corresponde a otro gran nombre de la antigüedad (que no puedo revelar), auténtico recopilador de la Iliada. Una propuesta de este calibre (¡habría que cambiar cientos de miles de escritos donde aparece “Homero” para poner “XYZ”!) no pudo asumirla ningún editor. Armándose de valor, impostó como autor del ensayo a un profesor alemán exiliado en Noruega durante el dominio soviético, le añadió una bibliografía impecable y, en fin, lo construyó de arriba abajo. El profesor alemán ya ha recibido dos ofertas de edición.
He aquí una variante de los falsos poemas de Ossian, en los que un patriota escocés se hacía pasar por rapsoda ancestral para dar lustro a la historia nacional. Los poemas que se inventó eran buenos, aunque no, desde luego, antiguos. El que presento es un caso más sutil: también precisa inventar un autor inexistente, pero no para expandir la mentira sino para que se sepa la verdad. De todos modos, las impostaciones siempre terminan mal. El falso Ossian acabó exasperado, frenético, ridiculizado por los ataques que recibió, sobre todo, de los irlandeses. Mi amigo tiene serias dudas de que pueda mantener la impostación, si llega a publicar el libro. ¿Qué dirán los macedonios?
El último caso lo conozco mejor. Hace unas semanas y en este mismo periódico me inventé una falsa biografía de Francis Bacon para justificar sus pinturas. Irritado por la importancia que daban los medios de comunicación a la santidad del artista como “explicación” de su obra (homosexual, sadomasoquista, un amante suicidado en el retrete, alcohólico, en fin, una vida ejemplar), le atribuí una vida que huyera del sentimentalismo. Felizmente casado (con Doris), dos hijos, votante del Partido Conservador, empleado de seguros y turista en la Costa Brava. Le di esos atributos escasamente románticos como si fueran decisivos para entender sus pinturas, en imitación de lo que habían escrito tantos otros sobre “la verdad” de Bacon. A pesar de todo, y por si algún despistado se lo tragaba sin pillar la ironía, añadí, a modo de escudo, una biografía imposible de Velázquez. Ni a tiros. Recibí una ola de mensajes, algunos interesándose por la esposa de Bacon (destaca el que exclama: “¡Ya era hora de que alguien sacara de la oscuridad a esa mujer!”), otros preguntando por el municipio portugués donde se guardan los documentos sobre la transexualidad del sevillano, y no faltaron lectores emocionados por el sufrimiento de Bacon al ser amonestado en su compañía de seguros. Los mejores, unos cuantos de seriedad apostólica insultándome por mentir como un bellaco.
He aquí una última enseñanza de por qué es peligroso mentir cuando se escribe la historia: es bastante probable que mucha gente te crea, sobre todo, si es algo por completo increíble. Y entonces, si eso va a suceder, ¿no es mejor decir la verdad? ¿Aunque sea por modestia o por sentido del humor?
Este dilema, sin embargo, tiene un recurso: es casi seguro que si digo la verdad (piensa el mentiroso) me expulsarán del biotopo político en el que me alimento. Tendré que buscarme la subsistencia en tierras extrañas, muchas de ellas dominadas por otros mentirosos. En cambio, en mi biotopo estoy bien alimentado, mis hijos tienen amigos, me han otorgado una distinción y me bendice la prensa patriótica. Además, mi nación ha sufrido mucho y está rodeada de enemigos, así que bueno es ayudarla aunque sea mintiendo. Es lo que hacen algunas personalidades con la Cuba de Fidel, por ejemplo.
Contra este argumento no hay defensa. Tiene razón el historiador ideológico, hay que conservarse. Sólo cabría recomendarle que escriba novelas porque, de seguir aceptando la denominación de “historiador”, dentro de unos años la gente se reirá de sus mentiras como ahora nos reímos de los libros de historia escritos por franquistas de nómina. Es cierto que con un poco de suerte eso sucederá cuando ya esté criando malvas y la vergüenza sólo caerá sobre sus hijos. Pero eso a él ¿qué más le da? Viven las patrias eternamente. Efímeros son los patriotas.
Un aviso final: los tres casos que he relatado son verdaderamente históricos. He cambiado nombres y lugares para proteger a mis invitados.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona