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sábado, septiembre 01, 2012

Tópicos nacionales

Por Benigno Pendás, director del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales ABC, 25/08/2012).
Escribe Hölderlin, acaso el mejor de todos los poetas: «mas, como la primavera, vaga el genio de país en país». El maestro Antonio Truyol sitúa esta frase en su lengua original (Doch wie der Frühling wandelt der Genius Von Land zuLand) en el frontispicio de su ya clásica Historia de la Filosofía del Derecho y del Estado. Vamos con el primer ejemplo. He aquí la opinión de un griego (y no era uno cualquiera, sino El Filósofo) sobre ciertas gentes de lugares remotos: los helenos son nobles en todas partes; los bárbaros, en cambio, son esclavos por naturaleza (Aristóteles, Política, I, 6). Acerca de Roma y el status libertatis, la memoria del alumno retorna con nostalgia al capítulo sobre la manumisión que tanto complace a los profesores de Derecho romano. La historia del antisemitismo contiene el catálogo de la insuperable capacidad humana para despreciar a su prójimo. Lo mismo, a veces peor, en la selecta literatura colonial sobre el «destino» del hombre blanco. Tópicos y prejuicios, caldo de cultivo para el odio y el fanatismo, apuntan al corazón mismo de las tinieblas, allí donde se incuban los sentimientos de dignidad ofendida. Juego peligroso. Fracaso seguro.
Por fortuna, hay pocas teorías tan desprestigiadas como la aplicación a la política del determinismo geográfico o biológico. Residuos de la peor Sociología positivista, son la secuela de una envidia ridícula de nuestros ancestros académicos hacia las ciencias puras. Tenemos para todos los gustos. Racismos que proclaman la supremacía de los arios, a cargo de un inglés, Houston Stewart Chamberlain, y de un francés, el conde de Gobineau. Imperialismos que imaginan supuestas fronteras «naturales» y animan a su conquista en nombre del «espacio vital». Doctrinas organicistas que sostienen muy en serio el concepto antropomórfico del Estado: cabeza, cuerpo y extremidades. Hipótesis risibles, como la distinción entre Estados «masculinos» (el «tío Sam») y femeninos (la «dulce» Francia)… Todo vale en tiempos de nacionalización de las masas, allá por la segunda mitad del XIX, con tal de fabricar creyentes para la nueva causa. Por ejemplo, la doctrina del «carácter nacional», cuyo fundamento es una delirante psicología de los pueblos. Las conclusiones, claro, son contradictorias. Por citar un caso evidente: Inglaterra era «alegre» en tiempos de Shakespare (¡no se pierdan la exposición del British Museum!); en cambio, era fría y utilitaria en época victoriana. Los tópicos sobre España son incompatibles. Escojan ustedes mismos: o bien Felipe II, la Inquisición y la Contrarreforma, o bien el flamenco, la siesta y la movida… Hay páginas poco afortunadas sobre etnotipos en las gentes del 98, superadas por los estudios de Julio Caro Baroja o de José Antonio Maraval, aunque últimamente vuelven a circular unos cuantos disparates.
La crisis de la Unión Europea, el mayor éxito político del siglo XX, alienta el resurgir de viejos estereotipos. Norte contra Sur, dicen algunos, a propósito de la prima de riesgo y de los rescates reales o supuestos. La razón ilustrada sale malparada ante las falacias historicistas. Los más negativos imaginan un final abrupto, semejante a la bofetada infame que propina Benson a Benjy, el pobre idiota, en la novela excepcional de William Faulkner. Estoy muy lejos de la tesis pesimista, pero conviene no engañarse: repetir los tópicos ancestrales es más fácil que pensar por cuenta propia. Nada complace más a los mediocres que encontrar pruebas «irrefutables» sobre la validez de sus prejuicios. Ejemplos nunca faltan, y siempre hay insensatos dispuestos a proporcionar un pretexto. A partir de ahí, basta tomar la parte por el todo y poner énfasis en el sujeto: «los españoles son…»; «los alemanes son…»; «los americanos son…». En total, siete mil millones de seres humanos, incluyendo unos pocos miles de apátridas, un material fácil de reducir a esquemas cuadriculados por el hechicero de la tribu… Corren malos tiempos para Kant.
A propósito de la crisis, se ha puesto de moda citar a Max Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1901). Citar, digo, porque leer no es tan sencillo… Para empezar, algo de Teología. La predestinación, valga la paradoja, es causa determinante de la visión calvinista sobre los bienes materiales. Winner takes it all:el triunfador arrasa en la tierra y apunta hacia el cielo. De momento, hay que segregar a los perdedores y evitar la mezcla. Un poco de Filosofía. Es preciso purgar a la razón victoriosa de cualquier elemento irracional. Para ello, concebimos un artefacto que asume todos los riesgos: la «fortuna» de Maquiavelo o el «demiurgo» de Descartes. O bien, culmina Hegel, la «argucia» de la razón. Ésta es, si se fijan, la misma lógica que inspira el «banco malo», una solución inteligente a juicio de muchos economistas. Para terminar con Weber, también hay que saber Historia: los protagonistas de su famosa teoría son sectas minoritarias, que desprecian a las iglesias establecidas y predican una vida frugal, sin fiestas ni jolgorios, para conseguir la acumulación originaria de capital. ¿Verdad que les suena esa elogiable virtud que llamamos «austeridad»? Como jurista y como historiador de las ideas, creo en las instituciones, por formación y por vocación. El éxito y el fracaso de las sociedades humanas se distribuyen a largo plazo entre quienes son o no son capaces de preservar la sabiduría de la especie mediante políticas sensatas plasmadas en normas eficientes. Lo contrario es caer en ocurrencias para salir del paso o en tonterías disfrazadas de bálsamo de Fierabrás. La receta ya existe: trabajo bien hecho, perseverancia y sentido de la responsabilidad. También realismo y moderación para no pasar desde la euforia a la depresión de un día para otro, con la misma inconsistencia entonces y ahora. Vivimos una grave crisis, acaso de dimensión histórica, pero no es una enfermedad terminal, salvo que hagamos lo necesario para que lo sea… Mucha gente de mi generación sufre un trauma al sentir cómo se diluye una legitimidad que carece de alternativa. En el terreno que me incumbe: algunos exageran, no siempre de buena fe, los desafíos que amenazan a la democracia constitucional, la menos injusta de las formas de Estado. Vuelven, insisto, ciertos tópicos que se traducen en majaderías: país ingobernable, fracaso secular, histeria colectiva… A falta de nuevos guías, vamos a recuperar a Ortega, en Las meditaciones del Quijote: «quien quiera enseñarnos una verdad, que no nos la diga». Mejor, añado: vamos a buscarla juntos.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

sábado, agosto 18, 2012

Gente realmente peligrosa

Por Francesc de Carreras, catedrático de Derecho Constitucional (La Vanguardia, 16/08/2012).
Está a punto de verificarse experimentalmente la existencia del llamado bosón de Higgs, de una importancia capital, según dicen, para encontrar una explicación científica al origen de la materia. La verdad es que no entiendo nada de todo esto y quizás lo que acabo de decir es falso e inexacto. Pero en todo caso, aquello que se quiere demostrar hoy con el famoso bosón –palabreja que, según el diccionario, equivale en física a partícula elemental– ha preocupado a los filósofos desde la Grecia clásica. En el fondo se trata de encontrar el origen del mundo y de la vida, el origen de nosotros mismos. Acabo de leer el libro Gente peligrosa del historiador Philipp Blom (Anagrama, Barcelona, 2012). Apasionante. Su subtítulo es “El radicalismo olvidado de la Ilustración europea”. En efecto, cuando tratamos de los ilustrados del siglo XVIII nos vienen enseguida a la memoria los nombres de Montesquieu, Voltaire, Rousseau o Kant. Ciertamente también la Enciclopedia francesa, aquella gran obra colectiva que compendiaba el saber más avanzado de la época. Pero olvidamos a ilustrados injustamente considerados como menores. Este libro trata de algunos de ellos, de los más materialistas y contrarios a las ideas religiosas.
La obra se centra en los debates que tuvieron lugar durante casi treinta años en la confortable casa parisina del barón D’Holbach, en la segunda mitad del siglo XVIII, justo antes de la Revolución Francesa. D’Holbach era un filósofo y científico de origen alemán, poseedor de una fortuna familiar considerable, que dedicó su vida a desarrollar los ideales ilustrados. Todos los jueves y domingos abría los salones de su casa a los más conspicuos intelectuales subversivos de la época y, en el agradable entorno de opíparas cenas, se debatía libremente sobre las grandes cuestiones científicas, filosóficas, políticas, literarias y sociales.
En estas veladas brillaba muy especialmente el culto, agudo, infatigable y locuaz Diderot, íntimo amigo de D’Holbach y gran artífice de La Enciclopedia (sobre la que Blom ha publicado también otro excelente libro, también editado por Anagrama). Muchas de las voces de la obra surgieron en estos debates, el mismo D’Holbach escribió cientos de ellas. El salón tuvo sus fieles más habituales, aquellos otros que asistían al principio y pronto se alejaron por discrepancias personales o ideológicas –la ruptura más conocida fue la de Rousseau, un paranoico más romántico que ilustrado– y aquellos extranjeros que lo frecuentaron durante sus estancias parisinas, como fue el caso de Hume, Franklin o Beccaria. En todo caso, el salón de D’Holbach constituye una referencia ineludible de la cultura europea de la época.
El libro de Blom no sólo trata de las ideas que allí se discutieron, del pensamiento de unos y otros, sino también de las relaciones entre ellos, de su vida privada, de sus dificultades con la censura, de los riesgos que corrían –nada menos que su vida y todos sus bienes– en aquella Francia absolutista dominada políticamente por la monarquía e ideológicamente por la Iglesia católica.
¡Menuda gente fueron aquellos ilustrados! Bajo capa de respetabilidad social, ejercían una labor subversiva, especialmente en el mundo de la moral y las ideas, que ponía en cuestión todo el establishment de la época y que, con el tiempo, ha dado sus frutos. Sólo apuntar que el mismo barón D’Holbach publicó secretamente su muy considerable obra en Holanda, naturalmente bajo seudónimo y la verdadera identidad del autor no se conoció hasta bien entrado el siglo siguiente. Eran gente muy trabajadora, moralmente recta y con una admirable honestidad intelectual. Actuaban a contracorriente de los valores y las jerarquías dominantes y, aunque eran conocidos como escritores y filósofos, cuando no había más remedio hacían circular sus peligrosas ideas clandestinamente.
La principal diferencia con otros ilustrados no radicales –como Voltaire o Kant– tenía dos vertientes principales, una filosófica y otra moral. En lo filosófico, los radicales se consideraban herederos de las ideas de Descartes y Spinoza pero dando una vuelta de tuerca más a sus razonamientos: el origen de la vida únicamente podía explicarse por razones materiales, había cuerpo pero no alma, la filosofía no era especulación metafísica sino ciencia, es decir, razón y experimentación. En cuanto a la moral, se sentían deudores de la tradición hedonista (Epicuro y, especialmente, Lucrecio) aunque también de la estoica (sobre todo, Séneca), con lo cual conseguían un equilibrio en el que la búsqueda del placer estaba limitada por la existencia de otros seres humanos, es decir, todo lo que se percibe como agradable por los sentidos debe ser aceptado moralmente excepto que ello perjudique a los demás.
Así pues, las ideas radicales ilustradas son un precedente de Darwin, de Einstein y de Freud, sin ellas no se habrían dado los actuales avances en neurociencia, en investigación con células madre o en física de partículas, ni Higgs habría intuido su famoso bosón ni el equipo del CERN estaría a punto de probar su existencia. Gente realmente peligrosa.

sábado, julio 28, 2012

El olvidado siglo XX

Por Jan-Werner Muller (La Vanguardia, 22/07/2012)

Pasaron 20 años desde la disolución de la Unión Soviética, que para muchos historiadores marcó el verdadero fin del “siglo XX corto” -un siglo que comenzó en 1914 y estuvo caracterizado por conflictos ideológicos prolongados entre el comunismo, el fascismo y la democracia liberal, hasta que esta última pareció haber surgido plenamente victoriosa-. Pero algo extraño sucedió en el camino hacia el Fin de la Historia: parecemos desesperados por aprender del pasado reciente, pero no estamos en absoluto seguros sobre cuáles son las lecciones.

Claramente, toda la historia es historia contemporánea, y lo que los europeos, en particular, necesitan aprender hoy del siglo XX tiene que ver con el poder de los extremos ideológicos en tiempos oscuros -y la peculiar naturaleza de la democracia europea tal como se la construyó después de la Segunda Guerra Mundial.

En algunos sentidos, las grandes luchas ideológicas del siglo XX hoy parecen tan cercanas y relevantes como los debates escolásticos de la Edad Media -especialmente, pero no exclusivamente, para las generaciones más jóvenes-. ¿Quién entiende hoy remotamente -para no hablar del problema de intentar entender- los grandes dramas políticos de intelectuales como Arthur Koestler y Victor Serge, gente que arriesgó su vida por y luego contra el comunismo?

No obstante, mucho más de lo que la mayoría de nosotros se atrevería a admitir, seguimos enredados en los conceptos y categorías de las guerras ideológicas del siglo XX. Esto quedó en evidencia de una manera más obvia que nunca en las respuestas intelectuales al terror islamista: términos como “islamo-fascismo” o ” tercer totalitarismo” fueron acuñados no sólo para caracterizar a un nuevo enemigo de Occidente, sino también para evocar la experiencia de las luchas anti-totalitarias que precedieron y siguieron a la Segunda Guerra Mundial.

Esos términos buscan extraer legitimidad del pasado y explicar el presente -de un modo que los académicos más serios del Islam o el terrorismo nunca encontraron muy útil-. La intención de hacer analogías de este tipo parecía más bien reflejar un deseo de volver a librar las antiguas batallas que la intención de agudizar el criterio político sobre los acontecimientos contemporáneos.

¿Cómo deberíamos pensar entonces sobre el legado ideológico del siglo XX? Por un lado, necesitamos dejar de ver al siglo XX como un paréntesis histórico plagado de experimentos patológicos perpetrados por pensadores y políticos trastornados, como si la democracia liberal hubiese existido antes de esos experimentos y sólo era necesario revivirla después de que estos experimentos hubieran fracasado.

No es un pensamiento agradable -y tal vez hasta sea peligroso-, pero la realidad sigue siendo que mucha gente, no sólo ideólogos, depositó sus esperanzas en los experimentos autoritarios y totalitarios del siglo XX y vio a políticos como Mussolini e incluso Stalin como solucionadores de problemas, mientras que los demócratas liberales fueron descartados como fracasos desconcertantes.

Esto no es para brindar algún tipo de excusa -no es cierto que comprender es perdonar-. Por el contrario, toda comprensión apropiada de las ideologías debe tener en cuenta su poder para seducir y hasta convencer genuinamente a quienes poco les importa su atractivo emocional -ya sea para enorgullecerse o para odiar- pero piensan que, efectivamente, ofrece soluciones políticas racionales. Cabe recordar que Mussolini y Hitler, en última instancia, llegaron al poder de la mano de un rey y un general retirado, respectivamente -en otras palabras, elites tradicionales, no fanáticos que se involucran en luchas callejeras.

En segundo lugar, tenemos que apreciar la naturaleza especial e innovadora de la democracia creada por las elites europeas occidentales después de 1945. A la luz de la experiencia totalitaria, dejaron de identificar a la democracia con la soberanía parlamentaria -la interpretación clásica de una democracia representativa moderna en todas partes excepto en Estados Unidos-. Nunca más una asamblea parlamentaria debería ceder poder a un Hitler o a un Pétain. Los arquitectos de la democracia europea de posguerra, en cambio, optaron por cuantos pesos y contrapesos fueran posibles -y, paradójicamente, por conferirle poder a instituciones no electas a fin de fortalecer la democracia liberal en su totalidad.

El ejemplo más importante son las cortes constitucionales -un animal diferente de la Corte Suprema de Estados Unidos, dedicado específicamente a asegurar el respeto por los derechos individuales-. Llegado el caso, hasta los países tradicionalmente sospechosos de un “gobierno en manos de jueces” -Francia es el ejemplo clásico- aceptaron este modelo de democracia restringida. Y prácticamente todos los países de Europa central y del este lo adoptaron después de 1989. Es importante destacar que las instituciones europeas -especialmente la Corte Europea de Justicia y la Corte Europea de Derechos Humanos- también concuerdan con este entendimiento de la democracia a través de mecanismos prima facie antidemocráticos.
Hoy, muchos europeos están claramente insatisfechos con esta concepción de democracia. Muchos tienen la impresión de que el continente está entrando en lo que el politólogo Colin Crouch ha dado en llamar una era “posdemocrática”. Los ciudadanos cada vez más sostienen que las elites políticas no los representan como corresponde, y que las instituciones elegidas de forma directa -en particular, los parlamentos nacionales- se ven obligadas a ceder ante organismos no electos como los bancos centrales. Las masas apasionadas protestan y el resultado es el surgimiento de partidos populistas en todo el continente.

No servirá de nada simplemente reafirmar el modelo europeo de democracia de posguerra, como si la única alternativa fuera el totalitarismo de algún tipo. Pero deberíamos ser claros respecto de dónde venimos y por qué -y sobre que no existió ninguna era dorada de democracia liberal europea ya sea antes de la Segunda Guerra Mundial, en los años 1950 o en algún otro momento mítico.

Los europeos corrientes durante mucho tiempo delegaron el ejercicio de la democracia en manos de las elites -y muchas veces hasta parecieron preferir las elites no elegidas-. Si ahora quieren modificar el contrato social (y asumir que la democracia directa sigue siendo imposible), el cambio debería estar basado en un criterio claro e históricamente fundamentado sobre cuáles son las innovaciones que la democracia europea realmente podría necesitar -y en quién confían verdaderamente los europeos para ejercer el poder-. Esa discusión recién acaba de comenzar.

Jan-Werner Mueller, escritor y profesor en la Universidad de Princeton

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona 

domingo, junio 05, 2011

El fin de la erudición

Por Ignacio Sánchez-Cuenca, profesor de Sociología en la Universidad Complutense y autor de Más democracia, menos liberalismo, Katz (EL PAÍS, 04/06/11):

En la clasificación universal de los pelmazos, el erudito sobresale por encima de todos los demás. Resulta más insoportable incluso que el pedante. Aunque el pedante sea una figura unánimemente vilipendiada, conviene recordar que, a diferencia del erudito, tiene cierta querencia por hacer el ridículo ante los demás, lo cual acaba provocando la hilaridad general. El erudito, en cambio, ni siquiera mueve a la risa. El erudito es un personaje profundamente irritante. En una tertulia o en una cena pasará por las narices de sus compañeros datos de toda índole que solo una mente enciclopédica como la suya es capaz de almacenar. Hablará con idéntico aplomo sobre el origen de la tabla periódica de los elementos, el canon digital o la nueva narrativa uzbeka, que, como todo el mundo sabe, está de moda.

Al erudito ninguna pregunta le sorprende. Incluso sabe qué se cuece en el Comité Federal del PSOE. No se olvide que hay eruditos desviados que malgastan su talento aprendiendo datos absurdos sobre equipos de fútbol o competiciones de fórmula 1. Esta variedad es tan insustancial que no merece perder más tiempo con ella. Otra derivación erudita asimismo lamentable es la de quien está a la última de todo y conoce todo lo que se está haciendo en cada momento y en cada campo del saber y de las artes. Tampoco diré nada sobre el erudito obsesivo, que llega a saberlo todo sobre la vida de Napoleón Bonaparte pero luego no sabe quién es Carmen de Mairena.

El erudito suele pertenecer al género masculino. Carece de sentido del humor y adopta un tono severo y grave ante la estupidez circundante. Como es natural, su ecosistema más favorable es el académico. Recuerden esas tesis doctorales que se escriben sobre el uso del dativo en Terencio.

Si se trata de hombre y catedrático de universidad, la probabilidad de que acabe siendo un erudito es 0,763, según los estudios más solventes. Los aires de importancia que se dan nuestros catedráticos son directamente proporcionales a su grado de erudición. Cuando se encuentran varios de ellos, en una oposición, tribunal de tesis o reunión académica, se establece una competición, no menos ritualizada que la que entablan los machos cabríos en celo, por ver quién es capaz de demostrar una erudición más rebuscada.

Al erudito no le interesa la fama ni el dinero. Se contenta con presumir de que es un sabiondo. ¿Hay acaso algún rasgo de la personalidad más repelente que este?

Pues bien, traigo malas noticias para los eruditos. Constituyen una especie en peligro de extinción. Internet amenaza su supervivencia. Antiguamente, el erudito se aprovechaba de un acceso privilegiado a las fuentes de información. Sabía dónde buscar, qué leer y a quién citar. Hoy los datos están al alcance de todos, a golpe de ratón. Basta asomarse a Google, teclear cualquier expresión, por remota o inverosímil que resulte, y al instante tenemos decenas, cuando no miles de páginas en las que podemos encontrar la información que buscamos. El instrumento más asombroso es la Wikipedia. Ahí parece estar todo.

Hay en la Red toda clase de trabajos sobre los temas más variopintos, referencias bibliográficas, citas, anécdotas, notas a pie de página prefabricadas…, un auténtico festín para el estudiante perezoso. No debe extrañar que se detecte un aumento exponencial del plagio. Demasiado tentador es Internet. Todo esto horroriza al erudito, quien actúa como un verdadero aristócrata del saber. Impávido ante su decadencia, el erudito sabe más acerca de Internet y de Google que cualquiera de sus usuarios ordinarios. Pero de nada le sirve ya, pues estamos asistiendo a una democratización integral del conocimiento que hace irrelevante su figura.

Esta revolución del conocimiento tendrá como consecuencia que ya no se valoren los trabajos por la información que reúnen, sino por su originalidad y creatividad. El valor añadido de la erudición es mínimo en la situación presente. Los profesores tendrán que pedir otro tipo de trabajos a sus estudiantes. Los lectores demandarán algo más que información bien ordenada y presentada. Y el prestigio del intelectual o del investigador no dependerá de su memoria particular, sino de su capacidad para decir algo interesante.

Ay, esos catedráticos a los que antes he aludido y que saben sobre Habermas más que el propio Habermas, ven ahora cómo el arte del refrito, con tanta maestría cultivado durante décadas, pierde el aprecio del público. Quizá les dé por decir algo original, todo es posible en este mundo globalizado y en cambio permanente. Internet se está transformando en biblioteca universal y memoria común de la humanidad. Todo queda allí depositado. ¿Para qué nos hacen falta intermediarios?

Permítanme que acabe con una cita erudita. Antes de que existiera Internet, los apuntes de clase, la imprenta o la fotocopiadora, Heráclito de Éfeso, apodado El Oscuro, ya dejó su sentencia lapidaria: “La mucha erudición (polimathia) no enseña a tener inteligencia”. Si teclean en Google “Heráclito” + “erudición” encontrarán 75.500 resultados. La frase a mí me la enseñó mi profesor de griego clásico, Rafael Castillo, y durante años presumí pronunciándola en su lengua original. Qué tiempos aquellos.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

domingo, abril 24, 2011

Sombras de la cultura actual

Por Enrique Rojas, catedrático de Psiquiatría (EL MUNDO, 08/04/11):

Se puede afirmar sin temor a exagerar que el mundo se ha psicologizado. Cualquier análisis de la realidad que se precie va a descansar en el fondo sobre elementos psicológicos. ¿Por qué? ¿Qué ha pasado para que se haya operado este cambio tan marcado? ¿Cuáles podrían ser las claves que expliquen este fenómeno? No se puede dar una respuesta sencilla que resuma todo lo que está sucediendo. Son muchos los factores que han originado esta instalación en el campo de la psicología de una gran parte de la humanidad.

Para relacionar esto hay que señalar las luces y sombras de nuestra época actual. Tenemos haber y debe positivo y negativo. Por una parte están los grandes avances alcanzados, las cimas a las que ha accedido el hombre en estos últimos años. El despegue de la ciencia moderna, la acelerada tecnificación, que nos ha permitido conquistar metas hasta ahora insospechadas, la revolución informática, que es capaz de simplificar los sistemas de ordenación y procesamiento de datos. También hay que subrayar la denominada revolución de las comunicaciones: ya no hay distancias en el mundo. Internet es el puente levadizo hacia un mundo interconectado. Y en pocas horas nos plantamos en el otro extremo de la tierra; esto era hace tan solo unos años algo impensable.

De otro lado, se han despertado muchas conciencias dormidas, tales como los derechos humanos, la democratización de una gran mayoría de países que viven en libertad -ahora la llama de la democracia se expande por los países musulmanes de Oriente Medio- y la progresiva preocupación por la justicia social, que ha llevado a una equidad mayor por un lado y a la existencia de una clase media cada vez más sólida y estable por otro. Los altos niveles de confort y bienestar han cambiado la vida del ser humano de nuestros días, sobre todo si lo comparamos con el de principios de este siglo o si nos remontamos a la última etapa del siglo XIX.

Hay que señalar también, en este balance positivo, la riqueza cultural de la actualidad, que va desde la música a la literatura, pasando por la pintura, la escultura, la ordenación de nuevos y grandes museos. La conciencia ecológica, que demuestra una nueva sensibilidad por la naturaleza, los espacios verdes y su posible degradación y, además, la nivelación hombre/mujer; se está superando el machismo tradicional y se avanza hacia un feminismo bien entendido, que respeta y valora la condición femenina, y que reconoce que la mujer no puede estar discriminada en tareas intelectuales, políticas, artísticas, docentes, etcétera.

Pero en la cultura occidental actual hay sombras importantes. Algunas insospechadas, sorprendentes. Los ismos más importantes son los siguientes: de un lado, el materialismo: sólo cuenta aquello que es tangible, que se toca y se ve; es como el destino casi último de la sociedad de la abundancia. Junto a él se alinea el hedonismo, que pone como bandera fundamental el placer y el bienestar. Ambos nos dan una mezcla muy singular. Sólo cuenta la posesión y el disfrute de unos bienes materiales que, por muy abundantes que sean, siempre terminan dejando insatisfecho el corazón humano. De ahí brotará una vivencia de la nada, que esta muy cerca de lo que supone la experiencia de la ansiedad. Materializado el ser humano en sus aspiraciones mas profundas, terminará deslizándose hacia una nueva decadencia.

Hay que subrayar también, como puntos negativos, la permisividad: no hay cotas, ni lugares prohibidos; hay que atreverse a todo, hay que probarlo todo, curiosear todos los rincones y recovecos de la intimidad humana. Hay que ir cada vez mas lejos: llegar a lo inaudito y sorprendente, bordeando territorios antes vedados, y ser así cada vez mas audaces e innovadores. Es importante también el relativismo que ha ido llevando a un marcado subjetivismo; todos los juicios son flotantes, todo depende de algo, como en una especie de cadena de conexiones; todo es relativo. Se produce así una absolutización de lo relativo. Además, el consumismo; ésta es una nueva forma de liberación. Estamos destinados a consumir, objetos, cosas superfluas, información, revistas, viajes, relaciones; se trata de tener cosas. La pasión por consumir. Hay a nuestro alrededor un exceso de reclamos , tirones, estímulos, y decimos que si a casi todos ellos. De aquí surge un nuevo hombre; embotado, repleto de cosas, pero vacío interiormente. Va a ir siguiendo la ruta de la ansiedad, que terminará en una forma especial de melancolía e indiferencia.

Y salta otro dato en este inventario de factores: la deshumanización. Ha venido de la mano de la ciencia, de la técnica y del materialismo. Las dos primeras bien utilizadas son muy importantes, pero mal empleadas reducen al ser humano y lo degradan. El hombre tecnificado se desdibuja, pierde apoyo y consistencia y llega a posponer el valor del ser humano como tal. Nunca a lo largo de la Historia nos habíamos preocupado tanto del hombre como ahora y a la vez, nunca había estado éste tan olvidado, tan cosificado, tan reducido a objeto. La sociedad actual vive en una permanente contradicción; dice una cosa y hace la contraria; predica unas teorías y en la práctica pone en juego otras muy distintas.

Entramos así en una cierta masificación: gregarismo, todos decimos lo mismo, se repiten tópicos y lugares comunes. Así se alcanza una nueva cima desoladora y terrible: la socialización de la inmadurez, que va a definirse por tres notas muy especiales: la desorientación, es decir, el no saber a que atenerse, el carecer de criterios firmes, el flotar sin brújula, poco a poco a la deriva; la inversión de los valores: esto es, una nueva fórmula de vivir, el atreverse a diseñar la vida con unos esquemas brillantes y descomprometidos, pero sin fuerza, en una especie de ejercicio circense parecido al mas difícil todavía, pero en aras de una libertad voceada y ruidosa; y, en tercer lugar, el vacío espiritual: que no comporta ni tragedia ni apocalipsis, personas sin respuestas a los grandes interrogantes de la vida.

Como vemos, la ansiedad va surgiendo de aquí y de allá en este recorrido analítico. Pero hay mas aspectos que caracterizan esta cultura occidental de nuestros días y que no quisiéramos pasar por alto. Hay que mencionar la exaltación del erotismo y la pornografía inflados y a la carta: el ser humano queda rebajado, envilecido, reducido a la categoría de objeto. Es el sexo-máquina; orgía repetitiva y sin misterio. Se consume sexo. Y, al final, asoma de nuevo un vacío que es hartura y cansancio del ejercicio del sexo trivializado, convertido en un bien de consumo sofisticado. Los mercaderes del sexo ofrecen sus materiales, atreviéndose cada vez a ir más lejos, a llegar casi al límite de la destrucción de lo mas humano del hombre. Lo de internet es enfermizo.

El autor francés Gilles Lipovetsky ha definido esta época como «la era del vacío». Y Alain Finkielkraut concluye así: «Una sociedad finalmente convertida en adolescente. Glucksmann prefiere definirla como la sociedad del cinismo». Éste es el nihilismo de nuestros días. Decían los existencialistas que la angustia era la vivencia de la nada; se saboreaban el vacío y la ausencia de contenidos. Es la disolución por ausencia: todo es hueco, laguna, vaciedad, desierto.

Nihilismo que se define en versión inglesa como apatía new look. Desprecio de todos los valores superiores. Indiferencia pura. Es el desierto posmoderno. Se cumple el diagnóstico de Nietzsche, aunque con un poco de retraso; elogio del pesimismo y exaltación del absurdo. Etapa decadente, de apatía de las masas. Indiferencia por saturación de contradicciones: esto ocurre en la gran mayoría de los campos, pero se observa con especial claridad en el campo de la información. Plétora informativa vertiginosa y detallada que termina por ser abrumadora, coyuntural, sin conclusiones personales y sin emociones duraderas. Información no formativa: no conduce a conseguir un hombre mejor, más completo, rico, denso y más preparado; al contrario, llegamos a una versión opuesta; un hombre débil, sin criterio, anestesiado por tanta noticia, dispar, incapaz de hacer una síntesis de todo lo que le llega de aquí y de allá. El destino de todo esto apunta hacia una banda de transición que va de la melancolía a la desesperación, de la ansiedad al suicidio. En conclusión: la vida no merece la pena o es tan banal que el hombre moderno de la cultura occidental vive sin referencias ni puntos de apoyo sólidos. La existencia se hace insostenible.

Hay una novela que resume de alguna manera este tipo de vida. Es del Premio Nobel Saul Bellow y se llama Herzog. Narra la vida de un profesor de la universidad, divorciado por tres veces, que está siempre decaído y sumido en unas brumas ansiosas. Se pasa el día medio tumbado y se escribe cartas a si mismo diciéndose como se encuentra y haciendo, a retazos, un balance de su vida. Desde esa posición personal va construyendo una semifilosofía de la vida.

Y no hay rebelión. Hemos pasado de los conflictos a la era de la ansiedad y de la depresión. Se han ido entronizando la apatía, la dejadez y una especie de neutralidad asfixiante. Para completar el mosaico de contradicciones, por otra parte, el hombre de nuestros días muestra una enorme curiosidad por todo. Quiere saber lo que pasa, lo que sucede aquí y allá. Estar atento y captar los cambios y movimientos que se suceden. Pero sin pretender que eso nos ayude a mejorar, a cambiar en positivo. Es una banalización general, vivir sin ideales, sin objetivos trascendentes, consumir lo más que se pueda… y que pasen los días. La imagen de Woody Allen planea sobre el hombre moderno. Europa agoniza.

Dejo para mi próximo artículo las luces de nuestra cultura, que brillan menos, pero que asoman y se esconden. Y hay que saber tipificarlas.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

jueves, marzo 31, 2011

El hombre de la Pampa

Por Manuel Mandianes, antropólogo del CSIC, escritor y autor del blog Diario nihilista de un antropólogo (EL MUNDO, 31/03/11):

Nuestro hombre es simpático, trabajador, tenaz, encaja bien las críticas y confía en su creatividad y su capacidad de improvisación más que en ninguna otra cosa. Negociaría hasta con el diablo, pero nunca con el adversario, al que, intuyendo sus momentos de flaqueza, abate cual ave de presa sobre animal indefenso. «Nada se parece tanto a la ingenuidad como el atrevimiento», decía Oscar Wilde.

Es un artista en enfrentar a sus enemigos externos e internos. No engaña, aunque sólo en raras ocasiones sus actos concuerdan con lo que dice. Está convencido de que los problemas se solucionan negándolos. Tiene en su palabra, y lo sabe, un instrumento poderoso y eficaz para ensimismar multitudes, y capaz de convertir la democracia en un sistema de ilusiones complacientes, en una adicción a lo irreal. Parece un fiel seguidor de Maurois: «Todo puede probarse si las palabras que se utilizan no están claramente definidas». Olvida lo que dice Ana Karenina: «Negar los hechos no es una respuesta».

El buenismo y el pánico a que los progres le den la espalda le impiden tomar medidas firmes, con la consiguiente impresión de falta de liderazgo. Su dogma es pensar siempre positivamente. Parece convencido de que el mundo se arregla con frases impactantes, a veces cursis, sacadas de libros de autoayuda o de novela rosa. Para ser catalogado como el más progresista ha luchado por el matrimonio homosexual, para que las adolescentes puedan abortar sin decir nada a sus padres y por retirar todo símbolo religioso de los lugares públicos.

Nuestro hombre no cree que lo esencial de la vida esté en las cosas de sentido común. Está convencido de que sólo lo extraordinario sirve para dejar huella, aunque, para ello tenga que flirtear con una frivolidad que nunca reconocerá como tal. Se le podría aplicar lo que dice Berkeley de los filósofos: «Gastamos nuestras vidas dudando de las cosas que los restantes hombres conocen evidentemente y creyendo en aquellas de las que se ríen y desprecian».

Sólo toma medidas de sentido común cuando le vienen impuestas por amigos más poderosos. Puede decir lo mismo que Dorian Gray: «Las grandes cosas nos vienen impuestas». Esto le está formando un aura de debilidad entre sus compañeros de reuniones y tertulias. Aunque sus decisiones contradigan todo lo que había dicho antes, él continúa afirmando: «Yo sigo fiel a mis principios. Quienes han cambiado son las circunstancias». Y niega la evidencia de los hechos para defender su coherencia.

Lo único peor que un déspota es un líder blando. El príncipe le recuerda que no se debe permitir el desorden con la intención de evitar la guerra, porque al final padeceremos el desorden y no podremos evitar la guerra. Pero nuestro protagonista es más cercano al modo de pensar de Yo, el supremo: «No hay como poner plazos largos a las dificultades».

No sabe o finge ignorar que cuanto más se tarde en afrontar una gangrena más habrá que amputar. Al comienzo, una enfermedad es fácil de curar y difícil de conocer, después es fácil de conocer pero difícil de curar. Vive en su mundo, rodeado de los suyos. Somete todo a un proceso de desobjetivación, considerando las más grandes desviaciones como realidades empíricas y la normalidad de la sociedad global como anormalidades. Es un ejemplar único de la sociedad líquida en la que las identidades cambian, las opiniones se licuan, aparecen, desaparecen. Su identidad y la que quiere darle al país está siempre in statu nascendi. Se dedica a proponer proyectos, hacer tentadoras ofertas. Todo lo que hace y dice es de carácter indefinido y está siempre en proceso de regeneración y ajuste, sometido a la conveniencia del momento. Ante los grandes retos, busca siempre algo con que distraer al personal. Los que lo conocen dicen: «Siempre tiene un as guardado en la manga».

Para este personaje ideal no existe una realidad última sino un juego entre múltiples apariencias. La incertidumbre es su hábitat natural. En este campo, piensa como Zaratustra: «No hay acontecimientos sino interpretaciones». Sabe que una imagen vale más que mil palabras, por eso se desvive por una foto con una celebridad del espectáculo, del arte, de la política y aun de la religión. Parece hacer caso al Bufón de Fausto: «Lanzaos a lo que sea sin temer nada. Poned un poco de verdad entre mil imágenes y colorear todas las nubes con un poco de luz. La masa quiere novedades; que ella sea satisfecha. La clave está en saber a quién queréis complacer».

El doctor Frankenstein creía que «el desarrollo de mi relato no prueba la veracidad de los hechos que lo componen». Por el contrario, nuestro hombre cree que el discurso crea la realidad, por eso no se siente atado por ningún pasado. En la ambigüedad, que no es fruto de la duda metódica sino calculada políticamente, se desenvuelve como pez en el agua. Vive feliz sus contradicciones que únicamente lo son para los demás; para él es pura estrategia. Sólo hay una cosa en la que no ha cambiado: en su aversión al enemigo político. Sus aventuras y propósitos oscilan continuamente entre objetivos incompatibles e, incluso, radicalmente opuestos.

Sin saberlo, o a sabiendas, aplica la tesis que Althusser defiende en Ideología y aparatos ideológicos del Estado: hay que destruir y acabar con las instituciones que reproducen la ideología del Estado burgués e implantar otras que den como resultado el hombre nuevo. El ideal de nuestro prócer es arrancar a los niños de las fauces de la familia, la escuela y la Iglesia para tenerlos en la mano. Los jóvenes le deberán su libertad, su nivel de educación, el poder hacer lo que le venga en gana sin que los padres ni los maestros ni los curas les puedan dar la tabarra. Nuestro hombre se proclama defensor de minorías lejanas y de identidades ajenas pero no tiene reparos en propiciar medidas que podrían atropellar la identidad de los que le rodean.

Está tan convencido de su misión de salvador que cuanto más incomprendido se siente más coraje, más ira santa, más ardor hierve en su interior. En los momentos más complicados es cuando él tiene más oportunidad de demostrar al mundo quién es y la exclusividad de su misión. Nada habla tan fuertemente a la fantasía del pueblo como una historia profana de la salvación. Y él la está aportando. Murió el falso dios, vive él que traerá la salvación verdadera. Es la historia de un caudillo que vuelve para rehacer las viejas guerras injustamente ganadas por los vencedores de entonces; ahora, en las guerras lideradas por él, vencerán los que siempre debieron haber ganado.

El destino de los héroes puede cambiar trágicamente, de un instante a otro. Y hasta ser incomprendido. En este caso, para consolarse y darse fuerza, se dice con el Ignatius de La conjura de los necios: «Es un axioma de la naturaleza humana el que la gente aprende a odiar a los que la ayudan. Así, mi madre [en nuestro caso: el pueblo] se ha vuelto contra mí».

«¿Te hacen pensar en alguien todas estas características?», me preguntaron mis contertulios. «En Martín Fierro», respondí. Entonces me espetaron: «Tú vives en la Pampa».

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

jueves, marzo 17, 2011

Lo universal hoy

Por Michel Wieviorka, sociólogo, profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París. Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 08/03/11):

Estamos acostumbrados a ver en el derecho y la razón valores universales que presumimos se aplican o se pueden aplicar a la humanidad entera. En esta perspectiva, el mismo derecho debe ser válido para todas las personas, y todas están dotadas de razón, de capacidad de reflexionar y de orientarse de acuerdo con su razón.

Tales valores no resultan necesariamente visibles en la realidad histórica, no dependen de una constatación empírica, sino en mucha mayor medida de un acto de prescripción: fundamentan e instauran un deber ser. Formulados desde hace mucho tiempo, figuraron en el núcleo del proyecto ilustrado y se asocian tradicionalmente a dos marcos políticos principales. Por una parte, su puesta en práctica tiene lugar en el seno de unidades bien definidas que son los estados nación. Por otra parte, deberían poder ser de aplicación en todo el mundo; constituyen un mensaje procedente de sociedades que ya son universalistas – por tanto, democráticas y occidentales-,dirigido a otros países que aún no los respetan.

Se ha podido trazar una similitud del universalismo, en primer lugar, con una ideología.

Por ejemplo, Karl Marx, en su obra La ideología alemana,dice que es menester reemplazar el universalismo abstracto por un universalismo concreto y la noción abstracta de persona por la concreta de trabajador. Denuncia, asimismo, el universalismo abstracto del dinero, que teóricamente genera igualdad mediante el intercambio pero que, en realidad y según él, genera injusticias y desigualdades económicas. Marx no rompe con el universalismo, preconiza el paso de lo abstracto a lo real, de la pura especulación filosófica al análisis concreto de la realidad.

También se ha acostumbrado a rechazar el universalismo para oponerle el relativismo, la idea de que los valores que guían las conductas humanas carecen de trascendencia y cambian en el tiempo y el espacio; cambian de una sociedad a otra, de un individuo a otro. Si los valores son construidos, si resultan de procesos históricos, no constituyen el triunfo de la razón.

En épocas más recientes, determinados pensadores o responsables políticos – y también movimientos culturales o sociales-han denunciado el universalismo que, en el seno de estados nación occidentales, ha podido acompañar a veces las peores violencias, la barbarie… en nombre de valores; por ejemplo, en Estados Unidos, el exterminio de los indios o la esclavitud. Las voces críticas han arremetido contra el dominio de los blancos sobre los negros o de los hombres sobre las mujeres en nombre de una concepción pretendidamente universal. Determinadas proposiciones de filosofía política dirigidas contra todas estas injusticias han abogado por que se reconozcan los errores del pasado y las dificultades del presente en el caso de los grupos en cuestión; tales proposiciones han podido presentar visos de relativismo. De todos modos, algunos intelectuales, en lugar de oponer valores universales y particularismos, definidos como otros tantos relativismos, han tratado de conciliarlos.

El debate ha tenido también un alcance internacional. En la época de la descolonización, ciertas voces denunciaron el etnocentrismo de valores pretendidamente universales, acusados de revestir formas de dominio colonial o incluso poscolonial y de encarnar la perspectiva de la población blanca o de potencias imperialistas que habían impuesto su fuerza y poder pretendiendo ocasionalmente aportar progreso económico, educación y sanidad a los dominados; en última instancia, acceso a los valores universales.

Pero hemos entrado en la era de la globalización económica y cultural. Constatamos la multipolaridad del mundo, el auge de China, de India, de Brasil. La supremacía intelectual o ideológica de Occidente ha sido criticada severamente y, por lo demás, la crítica al universalismo se va desplazando.

El marco del Estado nación y de las relaciones internacionales implica que los estados no se inmiscuyan en sus respectivos asuntos ni intervengan en ellos si no a través de las relaciones internacionales y diplomáticas o mediante acuerdos internacionales, convenciones, etcétera.

Desde 1967, con ocasión del drama de Biafra, los French doctors cuestionaron este modelo diciendo que la razón de Estado y los acuerdos entre estados han de ser secundarios respecto de los derechos humanos. El universalismo, con las oenegés, empezó así a salir de los límites de los estados nación y, de la mano de los defensores de los derechos humanos, se ha convertido en una realidad global, mundial, sin fronteras.

La impugnación o discusión del término que estoy comentando se ha referido efectivamente a la idea de que el universalismo es una invención occidental. El premio Nobel de Economía Amartya Sen ha mostrado que la idea democrática, que forma parte del universalismo occidental, no posee su única fuente en la Grecia antigua, transmitida a través de Roma a Europa y, posteriormente, a todo Occidente: existen desde hace muchísimo tiempo formas de vida democrática en India o en África,por ejemplo mediante la palabre (término derivado del español en el siglo XVII: reunión o asamblea con carácter de institución social). Sen muestra asimismo que es posible y deseable, a fin y efecto de impartir justicia, tomar en consideración la cultura en cuyo seno se imparte. Lo cual resulta compatible con las nuevas formas de justicia denominada reparadoraoconlas comisiones de verdad y reconciliación.

La crítica ha aludido asimismo a la idea de que la modernización de las sociedades constituye una marcha hacia el triunfo de los valores universales que deben resultar en la convergencia de las sociedades en un modelo único; tesis, por cierto, emparentada a la del final de la historia propuesta por Francis Fukuyama cuando afirma que las sociedades no tienen más opción que el mercado y la democracia. De ahí el propósito, por el contrario, de levantar acta de los cambios actuales que dan la imagen de una gran diversidad para hablar, como el sociólogo israelí Shmuel Eisenstadt, fallecido en el 2010, de modernidades múltiples,un concepto que presenta la ventaja de posibilitar tener en cuenta la diversidad múltiples-pero, también, la unidad: modernidad.

¿Hemos de aceptar tales críticas hasta el extremo de renunciar a la idea misma de valores universales? ¡No, desde luego! Se trata de afirmar, tanto a escala mundial, como de nuestros países, que en lugar de prescindir de valores universales en beneficio de un relativismo generalizado y de promover un universalismo occidental que corre el peligro de demostrarse cada vez más abstracto, es hora de intentar articular los valores universales y las culturas o las tradiciones particulares y de promover un universalismo lateral,abierto a las especificidades locales, nacionales o regionales.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

sábado, abril 10, 2010

El futuro de las Humanidades

Por Adela Cortina, catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia y miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas (EL PAÍS, 04/04/10):

Hace medio siglo C. P. Snow, físico y novelista británico, pronunció una conferencia sobre Las dos culturas y la revolución científica, que produjo un gran revuelo. Distinguía en ella entre dos culturas, la de los científicos y la de los intelectuales, que venían a coincidir con dos ámbitos del saber: Ciencias y Humanidades. A juicio del conferenciante, los intelectuales gozaban de un mayor aprecio por parte del público y, sin embargo, eran unos luditas irresponsables, incapaces de apreciar la revolución industrial por no preocuparles la causa de los pobres.

Hoy las cosas han cambiado radicalmente. Jerome Kagan, emérito de la Universidad de Harvard, vuelve al tema en The Three Cultures y, amén de añadir la cultura de las Ciencias Sociales, diagnostica el declive de las Humanidades. Naturalmente, cabría discutir todo esto, porque es discutible, pero hay al menos dos afirmaciones que urge abordar: ¿es verdad que las Humanidades están en decadencia?, ¿es verdad que quienes las tienen por oficio son incapaces de interesarse por la causa de los menos aventajados y de apreciar el progreso científico? La respuesta no puede ser en ambos casos sino “sí y no”.

En lo que hace a las razones del sí, serían al menos tres.

Por una parte, el harakiri practicado por sedicentes humanistas, empeñados en asegurar que cualquier ciudadano corriente puede ser historiador, filólogo, filósofo o crítico literario sin tener que pasar por un aprendizaje ad hoc, cuando lo cierto es que estos saberes cuentan con vocabularios específicos, con métodos propios de investigación, con un bagaje de tradiciones históricamente surgidas que es preciso conocer para dar mejores soluciones a los problemas actuales.

Una segunda razón para creer en el declive de las Humanidades procede del afán imperialista de algunos científicos, incapaces de asumir que hay formas de saber complementarias, empeñados en explicar la vida toda desde la comprobación empírica, sea desde la economía o desde las neurociencias. Los buenos científicos saben que sus explicaciones y predicciones tienen un límite, y que las interpretaciones son harina de otro costal, no digamos ya las orientaciones sobre cómo se debería obrar. Pero los otros prometen lo que no pueden dar y no dudan en instrumentalizar a su servicio el aprecio que ha conquistado la buena ciencia.

Y, por último: las Humanidades -se dice- contribuyen muy poco a la economía de un país. De donde se sigue que invertir en ellas no parezca ser rentable, sea en docencia o en investigación, que el I+D+i parezca ser cosa de ciencias y tecnologías. Si a ello se añade la dificultad de comprobar la calidad de la producción humanística, el futuro de las Humanidades se ennegrece. Y, sin embargo, esto es radicalmente falso, y aquí empiezan las razones del “no”. A cuento de la crisis económica distintos foros se han preguntado qué hacer y una de las medidas en las que hay un amplio acuerdo es la necesidad de incrementar la productividad formando buenos profesionales, cuidando los recursos humanos, de los que siempre se ha dicho -aunque no sé si alguien se lo cree- que forman el más importante capital de un país. ¿Qué tipo de profesionales podrían ayudarnos a salir del desastre?

Podrían ayudarnos los auténticos profesionales, que son buenos conocedores de las técnicas, pero no se reducen al “hombre masa” del que hablaba Ortega, sino que tienen sentido de la historia, los valores, las metas; son ciudadanos implicados en la marcha de su sociedad, preocupados por comprender lo que nos pasa y por diseñar el futuro, marcando el rumbo de la evolución. A su formación pertenece de forma intrínseca ser ciudadanos preocupados por el presente y anticipadores del futuro: no es un “algo más” que se añade a su capacidad técnica, sino parte de su ser. Pero para formar a ese tipo de gentes será preciso cultivar la cultura humanista, que sabe de narrativa y tradiciones, de patrimonio y lenguaje, de metas y no sólo medios, de valores y aspiración a cierta unidad del saber. De esa intersubjetividad humana, de ese ser sujetos que componen conjuntamente su vida compartida.

Por si faltara poco, se van estrechando los lazos entre humanistas y científicos, practicando una auténtica transferencia del conocimiento, que no es sólo cosa de patentes. En comisiones, proyectos de investigación y publicaciones aumenta el trabajo interdisciplinar, porque los problemas desbordan las respuestas de una sola especialidad. Y en ese trabajo conjunto un tema estrella es, y todavía tiene que ser más, la causa de los pobres. Bueno sería que las universidades hibridaran su profesorado y especialistas de distintas culturas impartieran las clases de cada grado para lograr una formación integral.

De todo ello resulta que la necesidad de las Humanidades no decae, sino que aumenta, y no sólo porque nos ayudan a vivir nuestra común humanidad con un sentido más pleno, sino porque incrementan esa soñada productividad que tiene su peso en euros. Ojalá las Jornadas sobre las Humanidades en España y en Europa, que se celebran a cuento de la convergencia europea, sean un impulso en este sentido.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

domingo, septiembre 13, 2009

La soledad de Filoctetes

Por J.J. Armas Marcelo (ABC, 08/09/09):

En Homero está el gran mundo literario occidental. Camino de Troya, Filoctetes, uno de los renombrados guerreros aqueos, fue mordido por los celos de Hera, que le envió una serpiente para que cometiera el crimen. Filoctetes había sido amante de Heraclés (Hércules) y los celos de la gran diosa no soportaron la humillación. Odiseo (Ulises) y otros jefes aqueos decidieron abandonar a Filoctetes en la isla de Lemnos, porque el hedor de la herida provocada por la serpiente se le hizo insoportable al ejército. En la obra de Sófocles, el más grande, Filoctetes queda varado en la soledad de Lemnos: un hombre solo enfrentado a su propia supervivencia o a la muerte inminente. Tiene razón el profesor Marcos Martínez Hernández al afirmar que el Filoctetes de Sófocles es un adelanto en muchos siglos del Robinson Crusoe de Daniel Defoe, que es de 1719. Filoctetes también es un náufrago de una determinada civilización, la de la guerra, y ahí, en Lemnos, están esperándolo su gloria y su tragedia.

Sucede que el ejército aqueo no puede durante años conquistar Troya. Los sacerdotes hacen sacrificios y los dioses devuelven el mandato: sin Filocteres no se puede ganar la guerra. Ocurre además que Heraclés le ha regalado en prueba de amor a Filoctetes su arco sagrado y lo que dicen los oráculos va a misa: sin el arco del mordido por la serpiente, no se puede conseguir ganar Troya. Y, en ese momento, otra vez Odiseo, acompañado por Neoptólemo, el hijo de Aquiles, tienen que ir a convencer a Filoctetes para que los perdone y regrese a la batalla. El guerrero solitario se niega una y otra vez, pero al final sucumbe ante las peticiones de sus compañeros. Esa es la historia. Durante años, como Crusoe, sobrevive a la soledad y a los elementos combatiendo con sus sombras y fantasmas, dialogando con sus obsesiones y caminando por la tierra de una isla desierta, Lemnos.

En una conversación de tertulia literaria mantenida durante los últimos días de agosto con el profesor Martínez Hernández y el escritor y editor José Esteban, nos adentramos en la documentación e interpretación de la historia de Filoctetes como espejo adelantado de Robinson. Crusoe quedó varado en la isla de Juan Fernándes, muy lejos de la costa de lo que hoy es Chile, y se alimentó de rastrojos y de los que hoy llamamos muy gastronómica y líricamente «frutos de mar». El mejor de todos esos frutos era la langosta de la isla, un bicharraco espléndido que podía pasar de tres quilos y que todavía y con frecuencia hace las delicias del paladar y el estómago de los chilenos que pueden permitírselo.

Al final de la campaña presidencial de Frei, hace ahora dieciséis años, y cuando ya tenía un pie en el avión de regreso a Madrid, Jorge Edwards y yo nos dimos un banquete inolvidable con uno de esos bichos gigantes y geniales en el restaurante al aire libre del hotel Hyatt de Santiago. Lo acompañamos con caldos blancos y tintos de los que produce Miguel Torres en los valles centrales de Chile, y tengo que añadir que estuvimos comiendo de aquella carne blanca y sabrosa de langosta hasta que ya no pudimos más. «¡Y pensar que Robinson sobrevivió varios años a su soledad con estos bichitos!», comentaba a carcajadas Jorge Edwards cada vez que un bocado de langosta lo hacía estallar en plácemes gloriosos. El propio Edwards llevó la conversación a la novela de Defoe y a su exégesis más conocida: es una metáfora de la soledad del escritor y una especie de lejana y quijotesta rememoración del hombre vagando por la tierra con un destino siempre incierto. Hablamos de escritores cuya soledad deseada los volvió locos. Sus obsesiones, sus fantasmas, sus locuras, las alucinaciones repentinas, las voces de su propia mente envuelta en esa soledad en principio deseada; todos esos elementos juntos, revueltos y amalgamados suelen desembocar en brotes esquizofrénicos, en miedos delirantes que inventan monstruos paralelos que a veces pasan a ser arquetipos literarios. La imaginación de un escritor en una larga soledad es una bomba que puede estallar en el mundo en el momento más inesperado. Filoctetes y Robinson Crusoe son, efectivamente, bombas eternas y literarias que han dado pie a miles de comentarios e interpretaciones, todas ellas válidas porque los autores que inventaron esos personajes dieron en el clavo exacto.

En el caso de Filoctetes está todavía más claro su espejo paralelo con el intelectual creativo, con el creador artístico en general. La sociedad no suele contar con sus creadores ni intelectuales, sino todo lo contrario: los suele acusar de «enfermos», maricones y gandules, y de ser una carga para el resto del mundo. Se les dice que son cigarras tocando la guitarra mientras las hormigas trabajan y ahorran para cuando vengan los tiempos peores. Se les relega, ningunea y hace viajar siempre en el humillante furgón de cola. Sólo algunos «suertudos» consiguen encandilar e hipnotizar a miles de lectores con algunos de sus libros. Es entonces cuando se hace evidente que el arco de Heraclés y su dueño son muy necesarios para vencer el tedio y el terrible aburrimiento de la vida social. Es cierto que para el escritor la soledad es un bien con el que la mayoría suspira porque no puede tenerlo ni conseguirlo. Esa soledad obligatoria para la creación cuesta mucho dinero y mucho tiempo, y forma parte de la tesis del esfuerzo, el trabajo disciplinado y el destino de la excelencia. ¿Cómo hubiera sobrevivido Filoctetes a su propia soledad de Lemnos sin su esperanza y su disciplina? ¿Cómo si no sobrevivió Robinson sino adaptándose a esa soledad y acomodándose a las necesidades diarias con un rigor prácticamente marcial?

Tengo para mí que ese es el camino del escritor, ayer y hoy: la soledad de Filoctetes. Lo sé: no sólo el escritor está solo. Todos y cada uno de los seres humanos somos en un momento determinado una isla llena de soledad, pero la condición humana del escritor necesita de esa soledad de náufrago social y hombre solo como nadie más en el mundo. Le va en esa soledad su supervivencia como escritor.

En aquella tertulia en la que hablamos de Filoctetes, les dije a José Esteben y a Marcos Martínez que la recompensa diaria del escritor estaba precisamente en su tiempo cotidiano de escritura. Y que eso sólo se podía conseguir en soledad. Hemingway, por ejemplo, no se bebía un trago antes de escribir todos los días tres mil palabras. Después, la compensación eran las copas, los amigos, los gatos y la piscina. «¡Y de vez en cuando una langosta termidor!», dije casi a gritos. Entonces comenzamos a discutir sobre dónde íbamos a comer. Y allí fuimos, a El Barril de la calle Goya, en Madrid, a sentirnos Robinson y Filoctetes de lujo, en una mesa compartida por la buena conversación, la literatura, el magnífico fruto de mar que es la langosta y los buenos caldos de la Rioja. Brindamos por Robinson, Defoe, Filoctetes, Sófocles y Crusoe. Y dejamos para otro día hablar de los celos irrefrenables de las diosas Heras y su venganza sobre los Filoctetes que siempre somos los hombres cuando estamos solos.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

martes, mayo 12, 2009

Tiempo, evolución y azar: memoria de Darwin

Por Eugenio Trías (ABC, 10/05/09):

1. Jacques Barzun, en su sugerente libro Del amanecer a la decadencia, Madrid, 2001, muestra el parentesco de tres grandes tareas contemporáneas que revolucionan el mundo del espíritu a mediados del siglo XIX. Todas ellas maduran en torno a la fecha clave de 1848, en la que nacen, con las aspiraciones democráticas, también nuevas formas culturales.

Se refiere a Richard Wagner, a Charles Darwin y a Karl Marx. «Partiendo de los trabajos pioneros del medio siglo anterior, todos ellos produjeron obras que. . . airearon ante el mundo entero la importancia del objeto que les preocupaban: la evolución, la distribución de la riqueza en la sociedad y la música dramática».

Piensa, sin duda, en tres obras respectivas de estos autores: la Tetralogía wagneriana, partitura que llevó su autor bajo el brazo treinta años; Das Kapital, culminación de una impresionante crítica de la economía política iniciada desde antes de la revolución de 1848; y esa obra cuya publicación este año conmemoramos, lo mismo que el nacimiento de su progenitor: On the Origin of Species by Means of Natural Selection (Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural).

Las tres obras promueven una descomunal síntesis en sus respectivos dominios creadores, la Ciencia de la Vida, la Música y la Economía Política, colmando una tradición en la que se inscriben: la idea de evolución emergente a finales del siglo XVIII; la música romántica; la economía política centrada en el trabajo como fuente de valor, desde Adam Smith hasta David Ricardo.

En los tres casos la creación resultante es de tal envergadura, y sobre todo de tal capacidad de llevar ciertas tradiciones hasta sus últimas consecuencias, que el ámbito de estudio o de creación parece estallar, liberándose flujos y energías insospechadas. Ya nunca la Ciencia de la Vida podrá ser igual (antes y después de Darwin), ni la música después del «drama musical», con sus Motivos Conductores siempre en transformación, ni desde luego la Economía Política después de Marx, y su poderosa síntesis llamada Materialismo Histórico.

Las tres grandes creaciones proceden de la más honda entraña del paradigma epistémico del siglo XIX: el sesgo historicista que domina todos los ámbitos de la creación y del conocimiento, desde la arquitectura a las artes plásticas. Una Historia concebida siempre a partir del gran Paradigma que constituye la Idea de Evolución. Evolución gradual, sin rupturas ni discontinuidades «cuánticas»; evolución a través de pequeñas variaciones.

Las transformaciones wagnerianas de los Motivos Conductores tienen ese carácter. El propio Nietzsche alabó sin reservas esa capacidad de transformaciones ínfimas del arte musical wagneriano.

También son cambios mínimos los que determinan la gestación de variantes en el marco tremendo de la struggle of life, donde impera la ley de «comer o ser comido».

Y el salto de la cantidad a la cualidad en el método dialéctico del Materialismo Histórico presenta también ese carácter.

2. Darwin escribe un gran libro de hechura clásica. Pero bien mirado no es así. De repente tiene lugar un giro extraordinario en medio del texto. Se presupone lo planteado en el libro hasta el momento: la teoría de la evolución de las especies, que tiene en la selección natural (y consiguiente supervivencia de los más adecuados) su primum movens. Son sopesadas y aquilatadas las objeciones que pueden presentar estas hipótesis y se examina el modo de refutarlas.

Entonces el texto da un salto de abismo, descomunal, inconmensurable. Y lo interesante es que ese brinco sin precedentes sólo se presiente ante una tremenda y desconcertante ausencia.

El giro de este libro se produce en el capítulo X, «De la imperfección de los registros geológicos». La tesis del libro se enfrenta a la prueba de fuego: el Tiempo (con mayúsculas).

Darwin aduce la imposibilidad de hallar vestigios de los eslabones intermedios entre las especies en disolución, especies que nunca fueron tales. No parece posible recorrer las innumerables variantes que cubren el trecho entre un remoto vestigio y la posible versión actual. Una ciencia recién constituida, la geología, da entonces amparo a la teoría. Charles Lyelle publica en 1847 los Principios de geología, fundamento de la geología moderna.

Darwin, ayudado de la geología y de la paleontología, constata que la finitud del tiempo encierra eones y avatares que sólo la especulación mitológica del hinduismo -podríamos decir- se había atrevido a pronunciar: millones y millones de años a través de los cuales se produce, a través de ese agente creador tan extraordinario que es el Azar, la constitución de variantes que dejan como conceptos obsoletos las nociones de género y de especie. El Tiempo en toda su deriva inconmensurable hace de pronto presencia en este recorrido por todo el mundo natural.

Darwin escribe la teoría que desbarata toda idea clásica de género y de especie. Frente a ella sólo subsiste, en su monolítica evolución permanente, la Vida.

3. Michel Foucault en Las palabras y las cosas, traza el paradigma de ciencias propias de la «era clásica«: un Discurso de vocación cartesiana distribuye en cuadros -tableaux- los géneros y las especies. Buffon, Linneo abundan en procedimientos vigentes hasta finales del siglo XVIII; y que también encontramos en la manera de orientarse la ciencia de la riqueza de los mercantilistas y fisiócratas; o en el ámbito lingüístico en la gramática cartesiana (la de Port Royal, que Noam Chomsky reivindicó en su obra Cartesian Lingüistics).

Todo ello deja paso, en el siglo XIX, a unidades abismales que atraviesan miríadas de variantes evolutivas: Vida, Trabajo y Lenguaje. Éste no se proyecta en una lingüística general, como sucederá en el siglo XX con Ferdinand de Saussure, sino en la indagación paleontológica de escrituras primigenias, en el desciframiento de Piedras de Rosseta, y sobre todo en la gestación de la gran hipótesis de una común lengua originaria indogermánica de donde proceden nuestras lenguas más familiares. Todas en perpetua evolución y transformación inconsciente. Lo mismo sucede en las ciencias de la vida, y en la economía política.

Wagner traza la evolución infinita, con metonimia de eones, desde el tritono mayor del inicio del Oro del Rhin hasta el Apocalipsis por fuego y agua del final, en El ocaso de los dioses, con la destrucción del mundo (de los dioses, de los héroes).

Karl Marx arranca del comunismo primitivo, y prosigue la historia de la explotación del hombre por el hombre hasta culminar en la metástasis de la mercancía. Ésta se produce en la formación histórica que tiene al capitalismo como Modo de Producción.

Darwin queda absorto y abismado ante la magnitud del tiempo, que impide cualquier comprobación de eslabones intermedios. Pero justamente esa imposibilidad señala el campo futuro de investigación: la búsqueda de yacimientos de fósiles que permitirían trazar quizás lo que en esos millones de años se fue gestando.
Convirtió al Azar en poderoso agente creador (antes de que los artistas, en los inicios de las vanguardias del siglo XX, se apropiaran de esta idea).

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

lunes, mayo 04, 2009

Knowledge and genius

By AC Grayling (THE GUARDIAN, 02/05/09):

It is a common presumption that if people know a lot, they must be intelligent. Anyone who can reel off capital cities or count to 10 in several languages – or, in the case of a two-year-old girl heralded in newspapers this week, tell an ­apple from a banana early enough – is counted a bright spark. And often enough intelligence, a good memory and a well-informed mind go together because intelligence prompts curiosity, curiosity results in knowledge, and memory keeps the knowledge available.

But there is no automatic connection between knowledge and intelligence. There are plenty of very bright people who do not know the world’s capitals and cannot count in other languages, because they have never had a chance to learn them. In rural Africa there must be millions of smart kids who know nothing but local lore; they are Thomas Grey’s “village Hampdens” and “mute inglorious Miltons”.

By the same token plenty of people know lots of facts without being creative, thoughtful, quick-witted, humorous and perceptive – the marks of true intelligence. Sometimes an overload of facts is the mark of a dull and pedestrian mind, the antithesis of intelligence.

Moreover, there are different kinds of intelligence, better described as different gifts of mind, so that a person can be wonderfully talented in one respect and hopeless in another. It is misleading to describe anyone as intelligent without specifying what form the intelligence takes. Some mental aptitudes are hard-wired: gifts for maths and music (which often go together) require no knowledge, and manifest themselves early in life. So does artistic ability. Many autists have extremely high-order talents in these respects without acquiring any knowledge, or even interacting much with other people.

But other aptitudes require training, data, experience and practice. Here intelligence and a body of knowledge meet, and the former acts on the latter in productive ways. One can train a parrot to reel off English kings and queens, but it takes an accomplished historian to tell us insightful things about them.

“Intelligence tests” have always been a matter of controversy. Practice improves scores, which raises a ­question mark over whether they capture ­anything objective. If someone scores high on verbal tests and low on spatial ones, what does that overall score tell us about the individual in question? ­Nothing very informative.

There are many “high IQ” societies, the best-known being Mensa, which admits people with IQs in the top 2% of the population. At Mensa’s 50th anniversary in 1996 one of the founders, Lancelot Ware, said he regretted the fact that members devoted far more time to puzzles than improving the world.

That prompts a thought: intelligence is a matter of output, not scores in a test. Einstein was unsuccessful at school and no great shakes as a mathematician, but he was creative and insightful, and saw a whole new way of thinking about gravity and the structure of space-time. A vivid interest in things, and an active desire to understand more about them, is a major characteristic of intelligence. When this leads to great creativity and important discoveries, we call it genius.

In the ancient world a genius was a creature who whispered ideas, ambitions and insights into your ear. The Romantics internalised genius, identifying it with their own inner selves – what Proust called le moi profond, the deepest me. As there are many kinds of achievement, so there are many kinds of genius suited to them. To all, the wonderful old cliche about 99% perspiration applies.

IQ tests rarely predict achievement or correlate with knowledge, and they are too blunt an instrument to capture the variety of human gifts. The latter are what matter. As with everything else, we know these gifts by their fruits, not by artificial ways of defining them.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

viernes, mayo 01, 2009

La vida, a contracorriente

Por Manuel Cruz es catedrático de filosofía en la Universidad de Barcelona y director de la revista Barcelona Metropolis (EL PAÍS, 28/04/09):

La extraña historia de Benjamin Button es la historia de un tipo que recorre el tiempo a contracorriente, de la vejez hacia la infancia. Si hubiéramos de hacer caso a Mark Twain, “la vida sería infinitamente más feliz si uno pudiera nacer a la edad de 80 años y gradualmente acercarse a los 18″, pero la verdad es que cuando uno ve esta adaptación a la pantalla del cuento del mismo título de F. Scott Fitzgerald la cosa no le queda tan clara (a pesar de que la cita de Twain constituyera su fuente de inspiración).

En todo caso, y antes de entrar en otras consideraciones, vale la pena señalar que el artificio narrativo del gran novelista norteamericano le permite ir considerando las diferentes experiencias que constituyen el entramado básico de la vida humana, desde el otro lado, desde el envés del devenir, adentrándose en aquello de lo que el resto de personas se va despidiendo a medida que transcurre su existencia. Por eso, porque se trata de una historia sobre la vida, cada espectador destaca o subraya aquellos aspectos de la misma que más le han impactado. A la salida del cine, se pueden escuchar los comentarios de diferentes espectadores que colocan unos el centro de gravedad del relato sobre la muerte, otros sobre la vejez, los terceros sobre nuestras equivocadas percepciones de los diversos estadios del existir, sin faltar quienes lo hacen sobre el amor o sobre la fugacidad de los afectos.

Probablemente todos tengan una parte de razón, porque de todo eso habla la película. Es cierto, por ejemplo, que el personaje de una anciana le dice al Benjamín anciano/niño: “Uno tiene que poder ver morir a sus seres queridos pues es la única manera de darse cuenta de la verdadera importancia que tienen en nuestras vidas”, subrayando la importancia de la experiencia de la muerte. Pero tal vez lo más sugestivo de esta historia tenga que ver con la luz que arroja sobre nuestra propia sombra, sobre ese signo de nuestro devenir que nunca sometemos a reflexión porque constituye la condición de posibilidad de cuanto nos pasa, sobre esa dirección que parecen seguir nuestras existencias y que incluso los más recalcitrantes escépticos dan por descontada.

De hecho, la madre adoptiva de Benjamin Button parece creerlo cuando, para tranquilizar a su hijo, preocupado en medio de la noche por su extraña singularidad, le dice: “Todos vamos en la misma dirección, sólo que por distinto camino”. La frase constituye en cierto modo el marco general de interpretación, marco en cuyo interior podemos inscribir otras afirmaciones. Así, en una escena particularmente hermosa y delicada, en la que los amantes -por poco tiempo con la misma edad- se cruzan confidencias atemorizadas por el futuro que les deparará su inexorable alejamiento, ella le pregunta a él: “¿Me seguirás queriendo cuando tenga arrugas?”, a lo que él responde: “¿Me seguirás queriendo cuando tenga acné?”.

Podría pensarse, entonces, en una cierta simetría, en una peculiar equivalencia (”todos acabamos con pañales” declara también un personaje en otro momento de la película) que desmentiría la ilusionada fantasía de Mark Twain. Pero quizá incluso esta interpretación, en cierto modo destacada en el propio filme, pasa por alto un elemento fundamental. La finitud de Benjamin Button no es como la de cualquier otro mortal, sólo que al revés. Su muerte es más fatal, más inexorable (siéndolo todas) que la del resto de seres humanos. Porque su muerte tiene fecha fija. En el momento en el que nace, con una determinada edad, ya conoce la fecha de su fin. No es una existencia, desde ese punto de vista, abierta, sino cerrada. Nace con lo que tiene que vivir ya contabilizado: con todas sus arrugas, con todo su deterioro a cuestas. Un deterioro del que sólo aparentemente se liberará, porque su viaje hacia la juventud es también un viaje hacia la muerte. En ese sentido, al tener determinada la fecha en la que todo termina, el tiempo de vida de que dispone es, casi literalmente, un tiempo de descuento. Contraviene de esta manera el conocido proverbio chino: “Nadie es tan viejo que no pueda vivir un año más, ni tan joven que no pueda morir al día siguiente”.

Aunque no es menos cierto que asimismo tenemos derecho a pensar que el Benjamin Button de la ficción se debió despedir de la vida (acaso fuera ése su único privilegio) con mejor sabor de boca que el resto de mortales. La sensación de fugacidad del tiempo, como es sabido, se acrecienta con la edad. Frente a esta sensación, en cierto modo resumible en aquella frase “ah, pero ¿ya está?” que pronunció alguien en la inminencia de su muerte, acaso al pobre Benjamin Button le quedara el pequeño consuelo de sentir como, conforme se acercaba a su final, todo se hacía más lento. Y también, por qué no decirlo, más dulce, más amoroso. Como ese bebé que cierra sus ojos, sonriente y complacido, en el plano con el que concluye este filme. Me disculparán la deformación profesional, pero, al verlo, no pude evitar acordarme de las últimas palabras de Wittgenstein: “Digan a mis amigos que he tenido una vida maravillosa”. Impresiona imaginarse estas palabras en la boca de un recién nacido.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

domingo, abril 26, 2009

Creando universos

Por Camilo José Cela Conde, miembro de EvoCog, unidad asociada al Instituto de Física Interdisciplinar y Sistemas Complejos, CSIC-Universitat de les Illes Balears (EL PAÍS, 24/04/09):

En el segundo centenario del nacimiento de Darwin, y a través del siglo y medio transcurrido desde que salió a la luz El origen de las especies, el pensamiento darwiniano ha logrado ser la referencia más fiable de que disponemos para entender el mundo que nos rodea y la manera como llegó a ser tal cual lo vemos ahora.

Algunas de las claves de la naturaleza, en especial aquella que nos afecta más de cerca, estremecen. La crueldad, el dolor, la ausencia de esperanza y el desamparo forman parte de lo más común en un planeta que, siguiendo las pautas de la selección natural, certifica el bienestar de los más fuertes -bienestar provisional, hasta que les llega la vejez- a costa de los más débiles.

¿Siempre?

Algunos grupos peculiares de organismos entre los que nos encontramos los seres humanos parecen echarle un pulso a esa selección natural ciega y desalmada. Son varios los ejemplos. Los de los primates, sí, pero también los de los insectos sociales, algunos roedores ciegos e incluso unas gambas diminutas. Todos esos seres tuercen el sentido mismo de la adaptación por selección natural basada en las ventajas individuales para volcarse en la cooperación como fórmula útil de cara a organizar el lapso brevísimo de tiempo de la vida.

Darwin fue incapaz de explicar cómo pueden sobrevivir, en un mundo sometido a las leyes de la selección natural, esos grupos solidarios. El sentido común, la intuición de que si se coopera se vive mejor, es magro argumento; resulta fácil demostrar, incluso con pruebas contundentes, que ese tipo de solidaridad no resulta adaptativo.

Se podría contestar que, bueno, puede que sea así pero que existen causas perdidas a las que es preferible apuntarse. Más vale vivir menos tiempo y hacerlo en unas condiciones que no nos avergüencen. Sin embargo, la discusión es otra: ¿cómo pudo fijarse a lo largo de millones de años el altruismo si las claves para la adaptación lo impiden?

Hoy sabemos la respuesta y contamos con elegantes algoritmos matemáticos que prueban cómo apareció la conducta altruista y hasta dónde llega.

Menos en el caso de los humanos.

Nosotros somos unos primates peculiares, con unos usos y conductas muy difíciles de diseccionar. Aun así, lo que sabemos acerca de otros animales se nos puede aplicar aun cuando sólo sea hasta cierto punto. Sabemos que el dolor, la angustia y el absurdo dominan nuestras vidas. Así que aquellos que no creemos en un mundo mágico sobrenatural nos quedamos a menudo sometidos al horror hacia el vacío de una vida que carece de sentido, de una existencia en la que los momentos de felicidad son muy pocos.

¿Hace falta un ejemplo? La enfermedad mortal de un niño. ¿Qué dios insensible, qué selección natural absurda llevaría a la vida a un ser que está condenado a desaparecer antes de haber podido dar paso a lo más elemental en el propósito de todo organismo: la capacidad de perpetuarse?

Pero los humanos somos unos primates muy extraños. Hacemos, en cierto modo, de demiurgos. Construimos unos mundos distintos a éste, unos mundos que no existen, y les soplamos el aliento de la vida para convertirlos en reales en el único lugar en que cualquier realidad tiene su presencia: en la imaginación de alguien.

Tengo amigos que mudan su realidad por otra; que se disfrazan; que van a los hospitales donde los niños se están muriendo, que hacen allí el payaso y que, por unas horas o quizá por unos pocos minutos, convierten nuestro universo infame en otro muy distinto. En un paraíso de risas, alegría y esperanza donde el cerebro del niño más débil se encuentra transportado a la categoría de la felicidad por unos instantes.

Me gustaría que se pudiese alguna vez explicar cómo es que la selección natural condujo a algo así, a un mecanismo tan ajeno a los que gobiernan por lo común los ecosistemas. Yo sé que la vida no tiene ningún propósito. Pero también he de reconocer, aunque sea forzando mi alma empirista, que igual que algunas moléculas consiguen durante un tiempo breve formar un rincón pequeño y aislado del flujo de la entropía creciente -en eso consiste la vida- mis amigos los payasos logran el milagro de rescatar a unos niños de la sensación de condena. Una sola sonrisa, un gesto de complicidad, una mirada al universo que ha aparecido por arte de birlibirloque y tenemos ya los logros que, en el balance último, salen ganando frente a cien años de envidias y toda una existencia de codicias y resquemores.

Si Darwin estuviese vivo hoy y pudiera verlo, se alegraría no poco al comprobar que incluso a la selección natural se le puede echar el pulso del engaño. Sólo durante unos minutos, eso sí. Pero sabido es que, en el aleph, la eternidad equivale a un único instante.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

martes, abril 21, 2009

Historia e impostura, una fraternidad

Por Félix de Azúa, escritor (EL PAÍS, 20/04/09):

Para Demetrio Pin en Saint-Julien Le Pauvre

Si descartamos el pundonor profesional, virtud de difícil defensa (¿soy honrado o me he acomodado a la “honradez” de mi biotopo?), no hay muchas razones para escribir honradamente la verdad. Los historiadores, como los periodistas, han de verse constantemente asaltados por la duda. ¿Es verdad que los franquistas “ocuparon” Barcelona, o la “liberaron”, como decían las grandes familias que todavía hoy controlan el país con nuevas máscaras? Decidir sobre un verbo puede marcar para siempre.

En una ocasión, M. McCabe, que se encargaba de la Filosofía Antigua en el King’s College de Londres, se las hubo con un historiador astuto y deconstructivo, poco partidario de la verdad. Me quedó un argumento de McCabe en defensa de la historia verdadera: la historia no sirve para nada, si no es para conocernos a nosotros mismos y tomar medidas correctoras. Las mentiras socialmente útiles (las habituales en historiadores y periodistas ideológicos u orgánicos) ocultan y disfrazan nuestros errores, lo que instiga a repetirlos. En cuyo caso es mejor leer o escribir novelas. Son más verdaderas.

No obstante, resistirse a la ficción socialmente útil es asunto de gran dificultad. Voy a presentar tres casos de impostura útil, cada uno de los cuales presenta un contenido moral distinto.

Un fotógrafo amigo mío tuvo la suerte de interesar a unas galeristas de San Francisco cuando éstas entraron por azar en una muestra suya mientras hacían turismo por España. Le contrataron una exposición, tuvo buenas críticas y le pidieron más material al tiempo que le animaban a visitar la galería americana. Así lo hizo, y cuando se presentó ante ellas, abrió una carpeta con fotos similares a las que le habían expuesto. Llevaba, sin embargo, otra carpeta con ejemplares de su obra más arriesgada, quizás calificable de “perversa”, en todo caso, turbadora. En el momento de abrirla tuvo una iluminación. “Mirad, dijo, como no me quedaban más fotos, os he traído el trabajo de una amiga que vive en mi ciudad. Se llama Gladys Steiner y a lo mejor os parece un poco atrevida”. Las galeristas se lanzaron sobre las fotos gorjeando de placer, compraron al instante la carpeta entera y le exhortaron a facilitar el contacto para contratar a Gladys como estrella fija. En consecuencia, mi amigo comenzó a entrenar a una muchacha de Tarragona para que ejerciera de Gladys. La moza se lo tomó con tanto entusiasmo que ahora mismo está persuadida de ser Gladys y pueden acabar todos en el juzgado.

Uno de los peligros de inventar héroes que nunca existieron, como suelen hacer los historiadores simbólicos en busca de raíces milenarias, legitimaciones medievales y otros arcaísmos, es queluego han de vivir con ellos. Los fantasmas se alimentan de sangre. Hay historiadores que llevan un pequeño Wilfredo o un Pelayo hincado en el cuello para siempre.

El segundo caso es el de otro amigo, excelente escritor y hombre muy competente en las más diversas y duras disciplinas, como la arqueología grecolatina, la filología clásica, las lenguas semíticas, la historia de los imperios orientales, en fin, aquellos saberes que caracterizaban al sabio alemán del siglo XIX. Sin embargo, esos conocimientos son el resultado de la pasión: su título universitario es el de Derecho. Tras muchos años de estudio, pagándose viajes a lugares remotos (y peligrosos), rebuscando en bibliotecas e incluso comprando en subastas, ha conseguido reunir la documentación suficiente como para presentar la hipótesis de que “Homero” es una atribución que corresponde a otro gran nombre de la antigüedad (que no puedo revelar), auténtico recopilador de la Iliada. Una propuesta de este calibre (¡habría que cambiar cientos de miles de escritos donde aparece “Homero” para poner “XYZ”!) no pudo asumirla ningún editor. Armándose de valor, impostó como autor del ensayo a un profesor alemán exiliado en Noruega durante el dominio soviético, le añadió una bibliografía impecable y, en fin, lo construyó de arriba abajo. El profesor alemán ya ha recibido dos ofertas de edición.

He aquí una variante de los falsos poemas de Ossian, en los que un patriota escocés se hacía pasar por rapsoda ancestral para dar lustro a la historia nacional. Los poemas que se inventó eran buenos, aunque no, desde luego, antiguos. El que presento es un caso más sutil: también precisa inventar un autor inexistente, pero no para expandir la mentira sino para que se sepa la verdad. De todos modos, las impostaciones siempre terminan mal. El falso Ossian acabó exasperado, frenético, ridiculizado por los ataques que recibió, sobre todo, de los irlandeses. Mi amigo tiene serias dudas de que pueda mantener la impostación, si llega a publicar el libro. ¿Qué dirán los macedonios?

El último caso lo conozco mejor. Hace unas semanas y en este mismo periódico me inventé una falsa biografía de Francis Bacon para justificar sus pinturas. Irritado por la importancia que daban los medios de comunicación a la santidad del artista como “explicación” de su obra (homosexual, sadomasoquista, un amante suicidado en el retrete, alcohólico, en fin, una vida ejemplar), le atribuí una vida que huyera del sentimentalismo. Felizmente casado (con Doris), dos hijos, votante del Partido Conservador, empleado de seguros y turista en la Costa Brava. Le di esos atributos escasamente románticos como si fueran decisivos para entender sus pinturas, en imitación de lo que habían escrito tantos otros sobre “la verdad” de Bacon. A pesar de todo, y por si algún despistado se lo tragaba sin pillar la ironía, añadí, a modo de escudo, una biografía imposible de Velázquez. Ni a tiros. Recibí una ola de mensajes, algunos interesándose por la esposa de Bacon (destaca el que exclama: “¡Ya era hora de que alguien sacara de la oscuridad a esa mujer!”), otros preguntando por el municipio portugués donde se guardan los documentos sobre la transexualidad del sevillano, y no faltaron lectores emocionados por el sufrimiento de Bacon al ser amonestado en su compañía de seguros. Los mejores, unos cuantos de seriedad apostólica insultándome por mentir como un bellaco.

He aquí una última enseñanza de por qué es peligroso mentir cuando se escribe la historia: es bastante probable que mucha gente te crea, sobre todo, si es algo por completo increíble. Y entonces, si eso va a suceder, ¿no es mejor decir la verdad? ¿Aunque sea por modestia o por sentido del humor?

Este dilema, sin embargo, tiene un recurso: es casi seguro que si digo la verdad (piensa el mentiroso) me expulsarán del biotopo político en el que me alimento. Tendré que buscarme la subsistencia en tierras extrañas, muchas de ellas dominadas por otros mentirosos. En cambio, en mi biotopo estoy bien alimentado, mis hijos tienen amigos, me han otorgado una distinción y me bendice la prensa patriótica. Además, mi nación ha sufrido mucho y está rodeada de enemigos, así que bueno es ayudarla aunque sea mintiendo. Es lo que hacen algunas personalidades con la Cuba de Fidel, por ejemplo.

Contra este argumento no hay defensa. Tiene razón el historiador ideológico, hay que conservarse. Sólo cabría recomendarle que escriba novelas porque, de seguir aceptando la denominación de “historiador”, dentro de unos años la gente se reirá de sus mentiras como ahora nos reímos de los libros de historia escritos por franquistas de nómina. Es cierto que con un poco de suerte eso sucederá cuando ya esté criando malvas y la vergüenza sólo caerá sobre sus hijos. Pero eso a él ¿qué más le da? Viven las patrias eternamente. Efímeros son los patriotas.

Un aviso final: los tres casos que he relatado son verdaderamente históricos. He cambiado nombres y lugares para proteger a mis invitados.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona