sábado, abril 05, 2008

Universidad, decadencia

Por Pablo Jauralde Pou, catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid y autor de la biografía más completa de Francisco de Quevedo (EL MUNDO, 05/04/08):

A quienquiera que ronde en un campus universitario por escuelas y facultades le llamará la atención la cantidad y variedad de proclamas idealistas que engalanan sus paredes -contra el hambre, la miseria, la corrupción, los géneros militares y económicos…- , en armonía con la generosidad que en ese lugar se prodiga para firmar casi a diario en pasillos, paredes, reuniones, etcétera, escritos contra tiranías, catástrofes, abusos y otras secuelas de nuestro paso por la tierra. Se diría que al llegar a la universidad penetra uno en un limbo ennoblecido, pasajeramente, por la utopía juvenil, casi siempre refrendada, impulsada incluso con entusiasmo crítico, por la intelectualidad universitaria.

Nada más lejos de la realidad. A poco que mantenga uno la atención sobre ese lugar y su organización -y llevo casi 40 años haciéndolo- se irá percatando de que tantas proclamas y tantas críticas se suelen situar siempre, cuidadosamente, al margen de la propia institución, de la universidad, donde uno anota en su cartera a cada paso el desprecio hacia el inferior, la deshumanización de problemas, el silencio ante cualquier situación coercitiva, el despilfarro, la falta de ética en casos simples de la vida cotidiana…

Cada cartel y cada proclama tienen su correlato, su ejemplo, en la práctica real que se ejerce en ese inmenso tugurio: el vice de lo que sea que envía 1.000 cartas en carísimo folio timbrado para anunciar su nadería; el decano que se engalana como novia para mostrar el aparato de su título mientras los estudiantes pierden las mañanas en largas colas; el jefe de departamento que amaña reuniones y provoca votaciones sucias; el profesor que ignora la condición humana de sus subalternos; el becario que oculta cuidadosamente las opciones de promoción que conoce; el cuidadoso sistema de clientelismo que domina todo… Se diría que esto es normal, que acudimos todos con nuestra mochila personal de virtudes y defectos y que de ella no nos desprendemos cuando traspasamos las puertas de la universidad. Puede ser, pero para eso podría funcionar la institución, ejerciendo su noble función educadora en primera instancia e intentando amortiguar el efecto de conductas que malcasan con el dorado utópico.

El contraste entre lo que se predica y lo que se hace puede ser la distancia entre la generosidad juvenil y su capacidad de materializarla; pero no debiera exhibirse de manera tan brutal en el caso de otros estamentos universitarios, particularmente el de los profesores y sus acólitos, y el de la parafernalia burocrática que domina el aparato oficial y que se consolida o se acomoda a la institución, como una pandilla de monigotes amamantando un fantasma. Creo que así nos pueden ver desde fuera. Y acertarían.

No me cabe duda de que estoy generalizando a la mala parte; cierto. Tampoco me cabe duda de que esa vertiente negativa, primero, domina la situación; luego, ha terminado por procrear todo tipo de inmoralidades; y, finalmente, corre de su cuenta el rechazo de críticas y reformas, es decir, ejerce el papel de depredador de buenas intenciones, con notable eficacia y el aplauso de puertas adentro.

El hábito de alimentarse de las ideas, sobre todo cuando no se corresponden, ni por pienso, con las conductas, engendra ese curioso palo aséptico o esfinge que conserva su pureza mirando lejos, en donde no va a poder hacer nada, mientras a su lado se cometen arbitrariedades, tropelías e injusticias. La esfinge, a veces, se desmelena con el hambre de Senegal y con el deshielo del Artico. La vetusta mole universitaria bendice aquella asepsia como un procedimiento para mantener la imagen de una institución noble, de altas y lejanas miras, que quiere conservar su predicamento social y su halo de prestigio, a pesar de que no parece que en ella se asuman nunca o casi nunca los principios que jalea para aplicarlos.

La corrupción total del sistema se ha consolidado, primordialmente, al desarrollarse dentro del propio organismo sistemas interesados fuera de control, sancionados por quienes los disfrutan, y calificados como democráticos. En nombre de esa palabra se insulta a casi todos y casi todo. El primer insulto es para la inteligencia de los lugareños universitarios, que han de aceptar la tropelía si quieren mantener su vocación, su trabajo, su tranquilidad para poder ser eficaces en su campo, como economistas, médicos, ingenieros, juristas, historiadores, químicos… Quienes hacen constante uso de la palabra, sin embargo, no quieren discutir su significado. Nunca admitirán, primero y ante todo, que el lugar donde se produce el rito de la votación -que es a lo que suelen reducir el término- ha de estar lo más limpio posible de turbulencias, y que es deber de quien promueve estas votaciones devolver constantemente a los votantes su libertad, su capacidad crítica, su acceso a posibilidades de elección que no se supediten a la necesidad o al interés acuciante.

En la universidad española se hace exactamente lo contrario. En cada miserable celulilla universitaria se reproduce como una gangrena su propio mal: una serie de individuos -a veces cuadrillas de mafiosos acuartelados-, dirigidos por un cabecilla, del que dependen en buena medida bastantes cosas de su vida pública y privada (plazas, horarios, promociones, dinerillos…), disponen de lo que han de ser sus tareas (clases, exámenes, programas, becas, etcétera), desde luego, pero también de quién puede y quién no llegar a esa célula, ejercer ese oficio y acaparar el tesorillo reservado. Además, la cuadrilla se autoproclama «soberana», y no admite ninguna reclamación que ponga en duda la validez de sus votaciones. Lo normal, en fin, es que se excluya a todos los que no pertenecen al clan, primero; y a todos los que no están presentes en la célula, luego. Y con esa jactancia democrática se autosatisfacen y empalagan, se reúnen, y se dan a la masturbación intelectual que les consagra, al mismo tiempo, como profesores, intelectuales, demócratas, etcétera, porque han decidido a mano alzada sobre ellos mismos y su papel. Y así hasta que se mueran o se jubilen, aunque ya no abran un libro, tomen una probeta o generen un espacio de investigación y crítica. La ausencia de ese aire limpio es, en estos momentos, uno de los principios generales y aceptados complacientemente por ellos mismos para lograr un exquisito grado de corrupción en la universidad.

Por otro lado, consumado aquel simulacro democrático y consolidada su pertenencia a la intelectualidad privilegiada, no reconocerán nunca que es necesario un exquisito respeto hacia las minorías y hacia los ajenos. Batalla que siempre ganarán, pues con las mismas mañas democráticas los ajenos siempre lo serán; y las minorías siempre perderán las votaciones, incluyendo aquella que pide que se les respete como minorías.

El hacer funcionar esos mecanismos democráticos en espacios cerrados en donde no existe libertad suficiente para ejercitarlos, y en donde los votantes excluyen de entrada a todos sus oponentes, ha pervertido definitivamente el sistema. Y sobre ese eje descansan los departamentos y la mayoría de las universidades españolas que conozco.

Pero el sistema universitario ha generado, como todas las estructuras de poder, sus propias reglas de juego: nadie que esté fuera del sistema puede criticarlo, y si lo hace, será descalificado. Las críticas internas que operen desde supuestos distintos, o que utilicen formas no habituales -como la de este artículo- serán siempre tachadas de inapropiadas e indecentes, porque no se han sometido previamente a las normas que los criticados han establecido, lo que es una manera bien simple, como se sabe, de amortiguar cualquier crítica, como cuando en la declaración de la renta nos suministran un impreso para «reclamar», según sus propias normas de lo que es una reclamación.

Quien reclama se somete. La función del poder se ejerce con su mera existencia y con el uso impecable de una reglamentación: un decano bien pulido, con su dependencia gremial, y un jefe de departamento con sus votos bien amarrados -es decir: sus dependencias sutilmente manifestadas y la necesidad de su firma para todo- es garantía de movilidad controlada; una jerarquización en donde las formas se impongan sobre los contenidos es garantía de inmovilismo. Luego, la estructura del poder se defiende al enunciarse y manifestarse, cosa de la que dan cuenta los rangos y las ceremonias, las reuniones regladas y las condescendencias derramadas siempre desde arriba. La caspa del rector ha de bautizar sistemáticamente a los vices y los decanos, que a su vez, procederán a idéntica ceremonia sobre sus subordinados. Nótese que en todos estos casos -de caspa reglada y suprema, diríamos- autoridad y jerarquía no proceden, como pudiera pensarse, de conocimiento, sabiduría, técnica, capacidad, etcétera, sino de la reglamentación que las universidades mismas se dan para su gobierno. Un decano, apoyado en su estatus administrativo, puede ser, bonitamente, azote de investigadores, depredador de docentes y castrador de vocaciones… y analfabeto.

Una vez que cada individuo ocupe su cargo, sancionará, como pontífice, todas las proclamas sobre mundos ajenos, perorá en los foros, hablará de la libertad, la justicia y la ética -sin preocuparse de su práctica, desde luego- y dejará que el estrato de poder sobre el que descansa tanta eminencia haga su juego, recelando siempre de los colegas que trabajan, investigan, crean o critican. Una crítica desde dentro se considerará una deserción y el aparato represor podrá, en consecuencia, sancionar rápidamente esa deserción intentando señalar o expulsar al osado.

Que una institución, uno de cuyos principios básicos es el desarrollar el sentido crítico de quienes acuden a ella, se haya estructurado para cerrar el paso a cualquier crítica, organizándose burdamente para que así sea, dice ya mucho de lo que se puede esperar de ella. Y que se haya consolidado como sistema el que se basa en el funcionamiento aberrante de las células de administradores y advenedizos que pueden controlar talleres, seminarios, investigaciones, etcétera, quiere decir que esta institución ha entrado en total decadencia y que necesitaría, definitivamente, sin piedad, de una vez, su reforma absoluta.

Cumbre atlántica en Bucarest

Por Florentino Portero, analista del Grupo de Estudios Estratégicos GEES (ABC, 05/04/08):

Para que una alianza militar perviva en el tiempo se requieren dos condiciones: que sus miembros tengan una misma percepción de la amenaza y que compartan una estrategia para combatirla. La Alianza Atlántica, sin duda la de más éxito de la historia, una formidable obra de ingeniería política y militar, no reúne ninguna de las dos condiciones. Hace años que dejó de ser un «sistema de seguridad colectivo», para convertirse en un foro de seguridad y una agencia de servicios militares. Esta situación preocupa a todos y los esfuerzos por revitalizar la Organización son evidentes, en especial por parte de su Secretario General. Pero las diferencias continúan prevaleciendo y, con el paso del tiempo, la decadencia se hace más y más evidente.

La idea de aprobar en Bucarest la redacción de una nueva estrategia oficial - la vigente es anterior a los atentados del 11-S- se ha abandonado de nuevo en beneficio de un documento menos ambicioso, una «Declaración sobre la Seguridad de la Alianza», que, con la «Comprenhensive Political Guidance», aprobada en la Cumbre de Riga, trata de adaptar la Alianza a un nuevo entorno de seguridad sin afrontar la por ahora imposible tarea de acordar una nueva estrategia clara y diáfana.
La Alianza está en guerra y en un país lejano. La evolución del conflicto no está siendo buena para nuestros intereses.

Aunque el enemigo no es fuerte el diseño de la operación tiene tantos puntos débiles que las fuerzas talibán están aumentando considerablemente su área de influencia. No ganan batallas, pero sí clanes, pueblos y señores. Como si se tratara de una obra de Groucho Marx, no todos los estados envían tropas. Algunos, como España, deciden unilateralmente que allí no hay guerra, mantienen acuartelados a sus soldados el mayor tiempo posible y dicen estar trabajando en la reconstrucción. Otros, por el contrario, están en primera línea exponiendo las vidas de sus hombres y tratando de contener las incursiones de los islamistas ¿Es posible mantener una Alianza sin enemigo, sin estrategia y sin solidaridad? Por ahora el incremento de tropas aprobado por Estados Unidos y Francia salva la situación, pero las serias críticas y amenazas formuladas tanto por Canadá como por Australia no dejan lugar a dudas sobre la tensión interna. Las amenazas de Rumsfeld se van haciendo realidad. Pronosticó que en el futuro «alianzas de voluntad» sustituirían a la OTAN. En Afganistán países como la citada Australia, Nueva Zelanda, Singapur y Corea contribuyen de una manera u otra al esfuerzo común, más por el liderazgo norteamericano que por la propia Alianza.

La decisión francesa de aumentar el número de sus tropas tiene un valor especial, que sólo podemos valorar en el conjunto de su renovada política de seguridad. Tras el intento de quiebra del vínculo trasatlántico por parte del presidente Chirac, la elite conservadora ha asumido la necesidad de renovar su relación con Estados Unidos, tanto para evitar caer en los brazos de Rusia, cuyo giro autoritario asusta, como para no dejar en evidencia sus propias limitaciones. El futuro de Francia pasa por el liderazgo europeo y por una renovada y operativa relación estratégica con Estados Unidos. En esta visión tiene sentido la plena reintegración en la OTAN, pero dentro de una operación más compleja de desarrollo de la defensa europea -programada durante la próxima presidencia francesa- y de su vinculación estructural con la propia OTAN. La imaginación de Sarkozy cabalga libremente, para horror de muchos notables gaullistas, que no acaban de entender ni de creer en la maniobra. Al gobierno británico la idea no le ha gustado, porque ve en ella un nuevo intento de debilitar la Alianza en beneficio de una defensa europea en la que no creen. Se pondría en peligro el vínculo trasatlántico a cambio de humo. Por el contrario, Estados Unidos ha dado el visto bueno. En Washington hace años que «descontaron» que la alianza no era tal, sino un club de seguridad, y les parece bien cualquier iniciativa que refuerce el compromiso francés y las capacidades europeas; lo que no quiere decir que se acaben de creer la propuesta de Sarkozy.

La nueva ampliación ha sido uno de los aspectos más comentados de la Cumbre. Se ha dado el visto bueno al tramo final de la negociación de ingreso de Croacia y Albania y se ha dejado en suspenso el caso de Macedonia, a la espera de un acuerdo definitivo con Grecia, que tiene fundados reparos a su denominación oficial. Poco a poco los estados balcánicos van incorporándose a la Alianza, lo que indudablemente será un beneficio para la seguridad regional.

Tema mucho más delicado ha sido el de Ucrania y Georgia, que sólo aspiraban a ser aceptados como candidatos. La respuesta ha sido ambigua. Se les ha reconocido el derecho a serlo, lo que implica teóricamente que la Alianza está dispuesta a expandirse hasta la frontera rusa. Sin embargo, se les imponen unas negociaciones previas a las formales de ingreso que ocultan un problema mayor. Rusia ha exigido que se rechace su solicitud. Quiere contener la extensión de la OTAN en sus proximidades y aspira a establecer un colchón o glacis de seguridad formado por estados neutrales. Las amenazas han sido claras y el chantaje con Georgia evidente. La disposición rusa a reconocer la segregación de los territorios georgianos de Abjacia y Osetia del Sur, en el marco de la crisis creada por la independencia de Kosovo, supondría que, en el caso de aceptar a Georgia como aliado, la Organización se encontraría con un serio litigio de fronteras con el gobierno de Moscú, posible causa de la activación del art. 5º del Tratado de Washington. La misma objeción que plantea el ingreso de Israel.

Francia y Alemania están preocupadas por encontrar un acomodo con Rusia, un vecino complicado, en cierta forma poderoso y, sobre todo, que suministra recursos energéticos esenciales al Viejo Continente. Les horroriza el chantaje de Moscú, pero ni sienten necesidad de ampliar tanto la Alianza ni quieren buscar nuevos problemas. Tratan de pacificar al oso ruso cediendo las piezas ucraniana y georgiana. De ahí que, tras el lenguaje oficial, las dificultades del proceso no estén tanto en estas dos naciones como en París y Berlín, dispuestas en este caso a enfrentarse a Washington y Londres, contrarios al intento de pacificación y defensores de los derechos de ucranianos y georgianos. El recuerdo de Checoslovaquia está presente.

La amenaza iraní, a través de sus misiles balísticos y de su programa nuclear, ha sido otro de los temas fundamentales. Atrás quedan los ridículos intentos de la Unión Europea de convencer al gobierno de Teherán de que abandonara sus aspiraciones nucleares sin la amenaza de usar la fuerza. Puesto que la diplomacia pacifista ha fracasado, los europeos recurren a sus viejas y sofisticadas estrategias: correr en busca del cobijo norteamericano. Tras años de burlas, ahora Europa no sólo reconoce la necesidad de un sistema contra misiles balísticos, la célebre «Guerra de las Galaxias» de Reagan, sino que aprueba que se despliegue en el Viejo Continente para desarrollar sobre ella sistemas nacionales o regionales. Frente a Irán, ni diplomacia ni disuasión, sólo el ala protectora de la gallina yanqui. Rusia ha vuelto a mostrar su rechazo con su acostumbrada contundencia. Dice sentirse amenazada. No es verdad. Reaccionan ante el aumento de la dependencia de las antiguas repúblicas populares y del conjunto de Europa respecto de Estados Unidos. Cuando más evidente resulta la crisis de la OTAN, cuando más cerca sentían llegado el momento para ejercer su influencia sobre Europa, más se refuerza el vínculo con la gran potencia americana. Los europeos son cobardes, pero no idiotas. Es más, Rusia es en parte responsable, por sus groseras amenazas, de empujar a estas viejas y decadentes naciones en brazos de Estados Unidos que, además, nos permite desahogar nuestras frustraciones con críticas adolescentes sin demasiado coste.

Huida adelante de la OTAN

Por Pascal Boniface, Director del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas de París (LA VANGUARDIA, 05/04/08):

La OTAN tendrá pronto 60 años y ello no parece afectarle. Pese a tan respetable edad, todavía está en periodo de crecimiento. Normalmente, las alianzas defensivas no sobreviven a la amenaza que las creó. Veinte años después de la desaparición de la amenaza soviética que fue su razón de ser, la Alianza Atlántica no da signo alguno que permita pensar que podría desaparecer pronto. Al contrario, las candidaturas de ingreso afluyen y los proyectos de nuevas misiones se superponen los unos a los otros.

En los años noventa, los países miembros decidieron conservar la estructura de la OTAN aunque ya no hubiera amenazas que pesaran sobre su seguridad territorial, razón de ser de la Alianza. Aunque la amenaza soviética había desaparecido, las crisis se multiplicaban. En el periodo de incertidumbre y desconocimiento estratégico que se abre, han visto más razonable conservar el polo de estabilidad que era la alianza atlántica. Era también un valioso foro estratégico que reunía a los países occidentales de las dos orillas del Atlántico. Para los estadounidenses, había además una razón primordial. La OTAN les convierte en una potencia europea y les permite intervenir incluso en los asuntos políticos de los países europeos.

La OTAN se adjudicó rápidamente nuevas misiones: los contactos con los antiguos países enemigos del Pacto de Varsovia y el mantenimiento de la paz en Europa en un momento en que los Balcanes se desmembraban por la guerra civil. Pero, una vez desencadenado este proceso, la OTAN vio cómo con el paso del tiempo su dimensión cambiaba sustancialmente. Si bien en el momento de la unificación alemana los países occidentales prometieron a Rusia que no habría ampliación geográfica de la OTAN, la Alianza ha integrado uno tras otro a los ex países del Pacto de Varsovia e incluso a las tres repúblicas bálticas surgidas de la antigua Unión Soviética. Estos países alegaban necesitar protección contra los apetitos de Rusia, de los que siempre han desconfiado. La entrada en la OTAN exige menos esfuerzos que la integración en la Unión Europea y les otorga el sentimiento de pertenecer a la familia occidental y, sobre todo, de tener una protección americana. Pero esta ampliación ha comportado un endurecimiento de la posición de Rusia que la ha vivido como promesas incumplidas y le ha hecho aflorar un sentimiento de sentirse rodeada. Es un poco como el huevo y la gallina: los países del Este europeo justifican haberse integrado en la OTAN por el endurecimiento de Rusia, pero su ingreso contribuye a una crispación nacional rusa.

A las operaciones de mantenimiento de la paz en los Balcanes siguió la guerra de Kosovo en 1999. Su razón de ser era sencillamente acabar con la limpieza étnica llevada a cabo por Milosevic. Pero esta guerra, la primera en la historia de la OTAN, se desarrolló fuera de las normas de la ONU. Ha conducido a la independencia de Kosovo, contrariamente a lo que prometió la OTAN a Serbia. Después del 11 de septiembre del 2001, cuando por vez primera un país miembro de la OTAN fue objeto de un ataque, los países europeos propusieron a Estados Unidos aplicar el artículo 5 del Tratado que establece las condiciones de solidaridad militar. Pero Estados Unidos prefirió reaccionar al margen de las normas de la OTAN para no verse sometido a una obligación colectiva. Pese a su peso decisivo en el seno de la Alianza, los estadounidenses todavía la juzgan demasiado multilateral.

Francia, que cerró espectacularmente la puerta a la OTAN en 1966, anuncia ahora su reingreso. Nicolas Sarkozy incluso ha decidido enviar refuerzos a Afganistán, donde la OTAN lleva a cabo la segunda guerra de su historia. Y pese a las declaraciones de responsables de la Alianza, esta guerra dista mucho de estar ganada y en Afganistán la OTAN se juega gran parte de su credibilidad. No todos los países aliados están implicados del mismo modo en esta guerra y algunos son reticentes a enviar tropas o, si las tienen sobre el terreno, a que entren en combate. Los países del Este, que creían aumentar su seguridad adhiriéndose a la Alianza, ven que ello puede implicarles en la participación en guerras lejanas. Y, por último, figura la cuestión de la ampliación de las misiones. EE. UU. desearía convertir la OTAN en una alianza global cuyas tareas abarcarían desde la protección de los centros de aprovisionamiento de petróleo hasta la guerra global contra el terrorismo. Algunos países europeos han mostrado su inquietud ante tal posibilidad. La OTAN, alianza inicialmente defensiva, podría entonces ser percibida cada vez más desde fuera como una organización ofensiva cuyo verdadero objetivo sería imponer una dominación occidental del mundo.

La OTAN aumenta su número de países miembros y las misiones que quiere llevar a cabo. Pero lo hace en una huida hacia delante sin emprender una reflexión global sobre su papel y sus límites en la escena internacional.

Racismo por omisión

Por Carlos Padrós, profesor de Derecho de la UAB y magistrado suplente del TSJC (EL PERIÓDICO, 05/04/08):

La teoría general que se explica en las facultades de Derecho narra que los delitos y las faltas pueden cometerse tanto por acción como por omisión. La horripilante historia de la muerte de la niña Mari Luz Cortés evidencia algunos ejemplos flagrantes de omisión con efectos racistas.

En primer lugar, la omisión que supone por parte del Estado el hecho de no suministrar los medios suficientes a la estructura judicial y policial para evitar que cosas como esta puedan pasar. Está claro que ha fallado el juez, pero los ciudadanos deberían saber que la mayoría de los jueces sufren una carga de trabajo absolutamente incompatible con los mínimos criterios de calidad de un servicio público tan delicado como es impartir justicia. Al igual que los médicos se quejan justamente de tener poco tiempo por paciente, muchos jueces se encuentran con que deben dictar un número elevado de sentencias (hasta una o más al día), sin posibilidad de reflexionar mucho los casos y ahondar en la potencial gravedad de los hechos. Ello obliga a despachar asuntos con relativa celeridad y algunos casos desastrosos pasan desapercibidos.

LOS PERIODISTAS destacan con frecuencia la lentitud de la justicia y el retraso judicial, y no se subraya nunca que se requieren más medios humanos y no más productividad. No son tolerables las críticas furibundas al juez del caso sin conocer las circunstancias de su juzgado. Además ¿cómo puede ser que no existan datos de domicilios personales consultables con un simple click informático? ¿Cómo es explicable la falta de funcionarios judiciales –incluso pagándoles mal– para los trámites administrativos de un juzgado? ¿Para cuándo la oficina judicial integral? Podríamos alargarnos mucho con estas omisiones, que, por ende, no son nuevas.

Económicamente, resulta más barato no proveer los medios para evitar el mal funcionamiento de la justicia e indemnizar en los casos en los que se produzca un daño. Sin embargo, desde el punto de vista social, resulta intolerable y explica en parte por qué la justicia es el servicio público peor valorado en las encuestas ciudadanas.

Lo que queda claro, también, es que el mal funcionamiento de la justicia perjudica casi siempre a las clases más populares. Los pobres tienen a la ley como única garantía de su libertad, y cuando esta no se aplica correctamente o se aplica tardíamente, los efectos perversos repercuten en una capa concreta de la sociedad (los condenados a muerte en Estados Unidos son en su gran mayoría negros pobres).

Los más poderosos tienen ya acceso a grandes bufetes de abogados cuya maquinaria logra absoluciones increíbles. El Gobierno que se ha de formar debería entender que la seguridad y la justicia son políticas verdaderamente sociales (junto con la educación y la sanidad). Hacen falta, pues, más políticas sociales de este tipo y menos asistencialismo (que, por populista, no es de izquierdas).

La segunda omisión es, si cabe, más indignante. La niña asesinada era de origen humilde y de etnia gitana. Los medios de comunicación destacan de manera sistemática los casos en los que la comunidad gitana protagoniza historias de marginalidad, tráfico de drogas y delitos varios. Los últimos casos son el realojo de familias gitanas en Poio (Pontevedra) o el intento de linchamiento de los vecinos en Mirandilla (Badajoz). Estos casos existen y no hay duda de que la actuación de gitanos concretos merece un severo reproche. Pero no podemos ni siquiera imaginar que las policías actúan con más diligencia para reprimir que para proteger a la comunidad gitana. Existen familias gitanas como la de Mari Luz Cortés y seguramente son la mayoría.

CASI NADIE ha destacado la templanza y la actitud cívica del entorno familiar de Mari Luz, y singularmente de su padre. Ha logrado transmitir una seguridad y una confianza en unas instituciones que, en su caso, parecen no merecerla. Ha evitado una tragedia que se hubiera producido de encender los ánimos del vecindario, comprensiblemente indignado. En medio de un dolor insufrible, nos ha dado a tantos payos de educación supuestamente exquisita una severa lección de civismo, contención y ética comunitaria. Pero esto no ha sido noticia.

Si la teoría de la comunicación dice que los periodistas destacan aquello que es excepcional (que un perro muerda a un hombre no es noticia, pero sí lo contrario), ¿por qué no se destaca en primeras páginas la actuación del padre gitano? En medio del torbellino de truculencias y aberración parece no encajar un hombre pulcro y cultivado que apela a la sensibilidad desde el más absoluto respeto a la condición humana. Ni una palabra vociferante ni un reproche al juez concreto o a la policía.

En este contexto, se está incurriendo en un verdadero racismo por omisión cuando solo aparece en los reportajes la comunidad gitana por hechos delictivos. De acuerdo con su tradición cultural y sus mecanismos de resolución de conflictos, los gitanos parece que deberían inclinarse con mayor facilidad a la venganza. La familia Cortés no lo hace, cuando se dan todas las circunstancias para ello. Debería destacarse y aplaudirse este hecho como mínimo homenaje y reconocimiento social a quien todo lo ha perdido.

Agua, escala y proporción

Por Ramon Folch, socioecólogo, director general de ERF y presidente del Consejo Social de la UPC (EL PERIÓDICO, 05/04/08):

La escala de un fenómeno no es su medida, sino su carácter. Un mapa ampliado no es un plano, solo es un mapa grande. En los planos figuran los detalles; en los mapas, no. Lanzarse a la carretera con los planos del piso no sirve de nada. De ahí que haya que tener en la cabeza la gran escala del mapa al hablar de territorio y la pequeña escala del plano al abordar el marco personal. Transitar de una dimensión a la otra con agilidad y proporción escalar es capital para moverse sabiendo por qué. La escala temporal también cuenta. Todo no pasa a la vez. Reímos deprisa, crecemos despacio. Las risas suceden a los lloros sin que el niño cambie de tamaño. Cada fenómeno tiene su tempo. Una paella son 20 minutos. Hay que saber recorrer las escalas espaciales respetando las temporales. En todo. Y, en concreto, cuando se trata de gestionar el agua de un territorio.

EL TER NACE y trabaja en Catalunya. Y en ella muere. Es un río catalán. El Segre también, pero se administra desde Zaragoza porque desemboca en el Ebro, que no es un río aragonés… Ya puestos, que intervenga también París, porque nace en la Alta Cerdanya, actualmente francesa. Falla la escala histórica, porque la España de las confederaciones hidrográficas es de los años 20 y la de las autonomías, de ahora. También falla la escala espacial, porque territorio no equivale a geografía. La cuenca es un concepto geográfico; el territorio es un concepto socioambiental. Administrar a golpe de geografía un espacio político superado es una mala opción territorial.

Eso, por arriba. Por abajo, es un error interpretar los ríos mirando los planos del patio. No es nuestro el río que pasa por nuestra casa. No es tampoco nuestra la carretera que atraviesa nuestro municipio. Sin aportación de espacio local, no existirían ni uno ni otra, pero carreteras y ríos solo se entienden contemplando su recorrido en el espacio global y en el tiempo total. Un Segre mirado desde Oliana y gobernado desde Zaragoza bajo directrices de Madrid sería difícilmente inteligible.

Tenemos poca agua y hemos de poder gestionar tanto la del Segre como la del Ter. Soberanamente, pero sobre todo acertadamente. Repetir en el Segre la experiencia del Ter sería una triste gracia. “Que no nos toquen el Ter, nada de trasvases”, decía un buen hombre con vehemencia. Demasiado tarde. El Ter se trasvasa desde 1959. Muchas personas sentencian sobre cosas que desconocen: es el mal de unos tiempos en que se opina sin criterio. De un caudal medio de 15-17 metros cúbicos por segundo, se programaron inicialmente en el Ter extracciones de 2-3 metros cúbicos, siempre que aguas abajo de Sau-Susqueda continuaran fluyendo por lo menos tres. Pero la cuota de extracción no ha cesado de aumentar desde 1959. Ahora se sitúa en siete metros cúbicos por segundo.

Es mucho. En épocas de estiaje ligadas a sequía es demasiado. Maldita la gracia de decisión soberana. Estos siete metros representan tres cuartas partes del río agostado, tal vez más. Estamos fuera de escala. Hace meses que el Ter no desemboca en el mar. Seguramente nada puede hacerse en las presentes circunstancias, salvo agradecer el sacrificio y programar resueltamente una mengua gradual de cuota. Cuando menos, eso. Pero en cinco o seis años deben haberse dispuesto fuentes alternativas para disminuir la presión sobre el Ter. Es de estricta justicia distributiva y de buena lógica territorial. ¿Cómo lograrlo?

Hay que comenzar gestionado adecuadamente la demanda. La oferta ha de ser proporcionada a las posibilidades razonables, y por eso es preferible gestionar la demanda (de cuánta agua puede disponerse) que la oferta (cómo poner en el mercado cuanta agua se quiera). Hay municipios del Vallès que consumen 300 litros de agua por persona y día. Los barceloneses pasan con 120. A los usuarios del Centre Esplai (edificio sostenibilista de El Prat del Llobregat) les basta con 65. Todos tienen el agua que necesitan, pero los váteres y la jardinería del Centre Esplai funcionan con el agua gris de las duchas. ¿Qué sentido tiene potabilizar en Cardedeu el agua de Sau-Susqueda captada en el Pasteral para mandarla al váter en Sabadell? Solo bebemos el 2% del agua que consumimos (y casi toda es envasada, o sea, un pequeño trasvase). En el Centre Esplai se gestiona la demanda y se optimiza la eficiencia. Habría que hacerlo en toda Catalunya. El Ter reviviría y superaríamos las sequías.

LA AGÈNCIA Catalana de l’Aigua ha anunciado que adoptará esta línea: gestión de la demanda, eficiencia de uso (urbano y también agrícola) y suministro diversificado (captación de ríos y acuíferos locales, reutilización de agua depurada, eventual desalación, interconexión de redes); entonces, los trasvases, simplemente, corregirían los déficits irreductibles. Los trasvases, grandes o pequeños, tienen siglos de tradición (de ahí los acueductos romanos, por ejemplo). El problema actual no nace del concepto, sino de la desproporción (porcentaje de caudal sustraído, distancia a recorrer, uso final del agua). Que el agua del Ter o del Ebro permita equilibrar balances es razonable; que los desequilibre aún más, insensato. Superada la sequía, habría que actuar proporcionadamente y a la escala adecuada. Sería la auténtica nueva cultura del agua contra la vieja incultura de siempre.

Moral de laico

Por Francisco J. Laporta, catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid (EL PAÍS, 04/04/08):

Empieza a ser irritante el tono de superioridad moral con que muchos de los fieles de cualquier confesión o credo y las jerarquías religiosas que los propagan han dado en mirar a quienes adoptan ante la convivencia civil y la enseñanza una postura agnóstica y laica. Ahora insisten en ello las autoridades católicas, con Joseph Ratzinger a la cabeza y los obispos españoles haciendo de coro repetitivo de sus manidas orientaciones morales. Igual que los de cualquier otra antigualla religiosa, vuelven los católicos a la cantinela de que la familiaridad con la ética y las exigencias de la moral son una prerrogativa de los creyentes de la que probablemente carecen aquellos que no comulgan con fe religiosa alguna.

Resulta asombroso contemplar cómo se ignora la evidencia de que una parte no menor de los grandes desastres morales de que hemos sido testigos durante años y años se ha producido en nombre de creencias religiosas o ha sido provocado y alentado por quienes decían obedecer tales convicciones. Y no menos sorprendente es admirar -porque es, en efecto, algo tan paradójico que es casi admirable- la facilidad con la que esos credos se armonizan con prácticas políticas y económicas de las que sabemos con toda certeza que -ésas sí- son la causa del dolor, la pobreza y el sufrimiento de millones de seres humanos, es decir, de la gran inmoralidad contemporánea.

La complicidad de tantos prelados y fieles con la apoteosis del libre mercado, las dictaduras más inmundas o los nacionalismos más excluyentes son ejemplos bochornosos de esa paradoja. Y sin embargo los únicos que parecen responsables, los únicos a quienes se reputa de inmorales, son los que han renunciado a guiar su vida o su conciencia civil por creencias de esa naturaleza. Ante tal argumento perverso me propongo reivindicar la superioridad moral del laico sobre el creyente.

Con esta nueva monserga integrista se nos quieren escamotear de nuevo más de dos siglos de pensamiento. Por poner un nombre: en 1793 empezaba Kant su prólogo a la primera edición de La religión dentro de los límites de la mera razón con una afirmación que, digan lo que digan, es ya incontrovertible: “La moral no necesita de la idea de otro ser por encima del hombre para conocer el deber propio ni de otro motivo impulsor que la ley misma para observarlo”. Para decirlo claro: la moral no necesita de la religión; se basta a sí misma, sin esa clase de andaderas, porque tiene un sustento suficiente en la racionalidad humana. Este elemental punto de partida sirve para definir lo que puede ser la moral de un laico frente a esa otra moral necesariamente débil y vicaria que es la moral del creyente.

Lo que triunfa con el impulso ético ilustrado, la tolerancia religiosa, y la separación Iglesia-Estado, es la idea de la esencial igualdad moral de los seres humanos al margen de sus convicciones religiosas; la idea de que no es la religión lo que confiere su calidad moral a las personas, sino una condición anterior que no es moralmente lícito ignorar en nombre de religión alguna y que no debe ceder ante consideraciones de carácter religioso. Esa igualdad constituye el núcleo de la ética contemporánea, y con ella también de toda política justa, porque exige del poder que no haga distinciones en la estatura moral de sus ciudadanos.

Y esa idea de dignidad humana que sustenta todo el edificio de la moralidad laica se funde con la noción de autonomía de la persona como capacidad de conformar en libertad y a partir de sí las convicciones morales y los principios que han de presidir el proyecto personal de su vida. A esto, algún documento episcopal reciente lo ha llamado “deseo ilusorio y blasfemo” de dirigir la vida propia y la vida social, mostrando así de nuevo que, aunque se condimenten ahora con la salsa fría del libre mercado, ser católico y ser liberal siguen siendo dos menús incompatibles.

Pues bien, esa dignidad de ser moralmente autónomo se le confiere a toda persona humana en condiciones de plena igualdad, de forma que si es una blasfemia, es la blasfemia que sustenta todo ese pensamiento ético, y se expresa en ciertas exigencias morales que el pensamiento religioso, de cualquier clase que sea, dista de haber asimilado bien. La religión y su sedimento moral han ido siempre detrás de esas conquistas éticas, y generalmente en contra de ellas. Incluso la idea de derechos humanos, corolario directo de ellas, fue negada y perseguida sañudamente por la jerarquía católica hasta bien entrado el siglo XX. Nuestros obispos saben que pueden presentarse abundantes textos papales que tratan a tales derechos de errores morales absolutos. Por no mencionar algo que pervive aún en casi toda moralidad religiosa: la posición de la mujer en un plano subalterno que le niega el acceso a la jerarquía y la gestión del misterio.

Los obispos españoles sólo siguen la estela de ciertos lugares comunes muy cultivados por Joseph Ratzinger, al que no puedo llamar “pontífice”, o hacedor de puentes, porque, como su antecesor, parece más bien empeñado en destruir los pocos y débiles que penosamente se habían ido levantando. En su doctrina moral exhibe una terca insistencia en las perversiones del “relativismo” como causa próxima de todos los males contemporáneos. Y a veces equipara subliminalmente laicismo y relativismo, deslizando con ello la idea de que una cosa lleva necesariamente a la otra. Pero esto es sencillamente falso.

La moral de los laicos puede ser tan firme como cualquiera y tiende además a ser menos acomodaticia que la moral del creyente. La ética religiosa que pende de los designios de la divinidad (o de sus intérpretes terrenales, que parecen aún más antojadizos) tiene justamente problemas de relativismo que conocemos al menos desde Platón. Cuando, en diálogo con Eutifrón, Sócrates le pregunta si lo bueno es querido por los dioses porque es bueno o es bueno porque es querido por los dioses, el problema de la moralidad religiosa está servido. Si lo primero, entonces la voluntad de los dioses no muestra por qué es bueno; para descubrirlo tendremos que pensar como laicos. Si lo segundo -es decir, que sea bueno sólo porque así lo quieran los dioses- condena a la ética religiosa a un desconsolador relativismo: las cosas serán o no serán buenas según se les antoje a los dioses. La moralidad será, pues, relativa a la voluntad de los dioses (o, como sucede de hecho, a las cambiantes voces de sus supuestos representantes en la tierra). No cabe por ello en esta ética aquello que define a una conciencia moral madura: poder alzar la voz ante cualquier dios para decirle que sus designios son injustos. Sólo una convicción moral que no sujete sus máximas a los dictados de un “ser por encima del hombre”, es decir, sólo una convicción moral laica, es capaz de eso.

El relativismo de la moral religiosa se acentúa, además, muchas veces al añadirle otros ingredientes todavía más vacíos y mudables. Las viejas religiones apelan tercamente a la tradición para sostener la vigencia de sus ideas morales y justificar la protección pública. Pero cada tradición justifica una moralidad diferente, y, si hemos de ser consecuentes, todas ellas serían sólo por ello válidas. ¿No es esto el núcleo mismo de la ética relativista?

Por no mencionar algo que no podemos olvidar fácilmente, y menos en España: que con desdichada frecuencia los creyentes se han aliado y se alían con ideales nacionalistas y patrioteros, o, como en el Oriente Próximo, se obcecan con la quimera de un territorio sagrado como receptáculo de su vida moral como pueblo. La cantidad de maldad y de sangre que han producido esas apuestas morales relativistas sustentadas en tradiciones y credos nacionales no necesita ser recordada entre nosotros. Frente a ellas es preciso afirmar la igual dignidad moral de todos los seres humanos, la perentoriedad del respeto a sus derechos básicos y la universalidad de sus exigencias ante cualquier ética casera o fideísta. O, lo que es lo mismo, es preciso vindicar nuevamente la calidad moral del pensamiento laico.

Un nuevo progresismo

Por Michelle Bachelet, presidenta de Chile (EL PAÍS, 04/04/08):

Emerge un nuevo progresismo en el mundo, continuador de una tradición fecunda e innovador en muchos aspectos. Hoy y mañana, buena parte de él se congrega en Londres. Allí están convocados más de doscientos políticos, académicos, expertos y policy-makers de todo el globo, incluyendo una decena de jefes de Estado y de Gobierno. Es lo que se denomina Cumbre de Gobiernos Progresistas. Asistiré a dicha reunión en mi calidad de presidenta de Chile; como representante de una nación que, desde la recuperación de su libertad, ha optado democráticamente caminar por el sendero del desarrollo inclusivo, de la prosperidad y la justicia social.

Se realiza esta reunión en un momento especialmente clave para las ideas progresistas. A comienzos de esta década dejaron el poder una serie de gobiernos de centroizquierda en todo el mundo, especialmente en Europa, terminando aquella marea progresista que se gestó a fines de los años noventa. Pero poco a poco el centroizquierda ha ido ganando nuevas elecciones y se ha ido configurando una nueva camada de líderes. Más aún, en diversos países los progresistas comienzan a mejorar posiciones y a perfilarse como recambio de gobierno para las elecciones de los años venideros. Estamos ante un momento de oportunidad para esta sensibilidad política.

Hay nuevos liderazgos que enfrentan nuevos desafíos. De eso trata esta cumbre. Del surgimiento de un nuevo progresismo, continuador, pero a la vez distinto, a aquel de los años noventa y que debe enfrentar los nuevos dilemas del mundo moderno. ¿Qué define esta nueva etapa? ¿Cuáles son los temas que nos preocupan?

El nuevo progresismo es continuador de una buena historia. Los tradicionales valores del centroizquierda -la libertad, la igualdad, la solidaridad, los derechos humanos, la paz- fueron acertadamente transformados en un cuerpo de ideas y estilos políticos a mediados de los años noventa y llevados al poder con singular éxito.

Quienes hoy tomamos el bastón de relevo, nos vemos beneficiados con los mitos que aquellas administraciones lograron derribar: los progresistas podemos gobernar eficientemente en la era de la globalización, los progresistas no tenemos que rendir credenciales de buen manejo económico a nadie. Por el contrario, bajo gobiernos progresistas se generó un ciclo de prosperidad y dinamismo económico en diversos países.

Por eso, los progresistas estamos llamados hoy a hacer aún más explícita nuestra vocación igualitaria. Estamos llamados a hacer más visible nuestra pasión por los temas de siempre, por la equidad, por la justicia social.

Los progresistas también debemos hacernos cargo de los nuevos temas y más que antes, debemos enfrentarlos con mayor coordinación entre Estados. Sólo es posible abordar los grandes problemas de la humanidad en este nuevo siglo si fortalecemos la acción multilateral. El cambio climático, la energía, la pobreza, las pandemias, las migraciones, el crimen organizado, entre tantos otros, son todos temas que demandan sofisticados esfuerzos de acción colectiva a nivel planetario. Y está en nosotros, los progresistas, encabezar dicho esfuerzo, en lo que algunos llaman la cosmopolítica.

El motivo central de la cumbre de Londres es precisamente ése: cómo lograr una globalización inclusiva. Se abordarán cuatro temas específicos, donde esperamos quede de manifiesto nuestra impronta. En cambio climático, abordaremos los desafíos para sacar adelante de la mejor manera las acciones post Bali. En pobreza, desarrollo y cohesión social, tema propuesto por Chile, esperamos concitar la mayor voluntad colectiva para colocar la construcción de sociedades más equitativas como prioridad global.

En cuanto al comercio y la integración económica, el comercio libre debe ser considerado, sin dudas, un objetivo progresista de primer nivel. Eso sí, un comercio que sea libre para todos. Por eso llamamos a redoblar los esfuerzos para sacar adelante la Ronda Doha. También abordaremos en Londres la reforma de las instituciones multilaterales, esperando lograr el mayor acuerdo para acelerar el proceso de reforma de Naciones Unidas. Pero, además, espero que realicemos una discusión a fondo acerca de cuáles deben ser los principios que orienten una reforma en las instituciones financieras internacionales.

Nos hace muy bien debatir como sociedad y entre sociedades acerca de los diversos temas que nos aquejan. El nuevo progresismo desea exponer su punto de vista acerca del mundo del siglo XXI. Pero, sobre todo, desea aunar diversas voluntades y desea convocar a la sociedad civil y a un espectro político plural en torno a los desafíos que enfrenta la humanidad.

La otra cara de España

Por Ignacio Sotelo, catedrático excedente de Sociología (EL PAÍS, 04/04/08):

Algunas noticias de este último tiempo habrán sorprendido a más de uno. Tal vez la más grave provenga del Informe Pisa, que constata grandes deficiencias en asignaturas básicas, como lengua, matemáticas y ciencias. Ahora que en Europa, además de la propia, se exige el dominio de una segunda, y en algunos países incluso una tercera, comprobamos que entre nosotros deja mucho que desear hasta la comprensión de un texto escrito en la propia lengua.

A este respecto la noticia no es que en el País Vasco el 86% de los alumnos hayan hecho la prueba en castellano, la lengua propia de la mayoría de los escolares, sino que la enseñanza se imparta en euskera, una lengua aprendida en la escuela. No hará falta añadir que lo chocante, y si se quiere indignante, no es la obligación de aprender una lengua que, a fin de cuentas, impone los valores o los prejuicios -según el punto de vista que se adopte- del nacionalismo, sino que como ocurría en las antiguas colonias de África se impida la enseñanza en la lengua materna. Pese a los altísimos costos humanos y financieros para conseguir que la población cambie de lengua, tengo por seguro que la mayor parte seguirá comunicándose en castellano. Si un día se alcanzase la independencia, algo que parece poco probable, el castellano quedaría fortalecido, por paradójico que parezca, de la misma manera que en Irlanda el gaélico no ha desplazado al inglés.

Que el último Informe Pisa no haya provocado una conmoción social, constituye de por sí un buen diagnóstico de la situación. No faltan, sin embargo, los que no ven motivo para el pesimismo. Partimos en 1900 de una tasa de analfabetismo del 63,8%, reducida al 2,4% en 2001. En los últimos 30 años la escolaridad ha llegado a toda la población menor de 16 años, y la enseñanza secundaria ha pasado del 2% a comienzos del XX, al 40% al finalizar el siglo. Lo primero es que la educación escolar llegue a todos, después vendrá el que además sea de calidad.

No habrá que insistir en que en un mundo globalizado es aún mayor, si cabe, la importancia de la productividad, que en buena parte depende de los niveles educativos. Aunque nadie ponga en duda esta relación, la educación se ha revelado un problema ante el que no hemos sabido ni siquiera plantearlo correctamente. Poco se arregla cambiando la legislación -ya hemos acumulado bastantes leyes entre sí contradictorias- ni basta, aunque el déficit sea manifiesto, con aumentar las inversiones, si al final no se produce una movilización de amplios sectores sociales, conscientes de lo que nos jugamos en el envite. Se precisaría una reacción social como la que puso en marcha la Institución Libre de Enseñanza, sin duda el aporte pedagógico más valioso.

Conocemos nuestras deficiencias -insignificante el número de patentes en relación con el PIB (”que inventen ellos”); baja cuota de las empresas en “investigación y desarrollo” (47,1% frente al 65% en las economías más avanzadas)-, pero al final nos tranquilizamos con el argumento, de por sí bastante sólido, de que en ciencia y tecnología nunca podremoscompetir con los países pilotos, y que más vale arrinconar el debate sobre la mera ilusión de que vayamos aproximándonos a los de primera división. Hemos terminado por aceptar -nos dicen que con realismo- que nuestro destino sea continuar como hasta ahora -tampoco nos ha ido tan mal-, con una economía de servicios, en la que en algunos ramos, como el turismo y la industria hotelera, nos hemos colocado a la cabeza, con la ventaja añadida de que emplean mano de obra abundante y poco cualificada. Al fin y al cabo, para camareros y dependientes basta y sobra el nivel de conocimientos que imparten los colegios.

En este contexto se inscribe la noticia de la construcción en los Monegros de un gran complejo de ocio, con 32 casinos, 70 hoteles, 232 restaurantes y 500 comercios, con una inversión de 17.000 millones de euros. La noticia desplaza el discurso medioambiental a la inanidad que lo caracteriza. Al parecer, el agua del Ebro no puede emplearse de manera más productiva que en hoteles y campos de golf y, si se repudió el trasvase, era únicamente porque la llevaba a la costa levantina para el mismo uso, pero ahora tendría sentido, cuando los puestos de trabajo quedan en Aragón. En todo caso, proyectos de este tenor en principio no debieran impedir que nos afanemos por lograr una élite científica que nos lleve a producir alta tecnología. Pese a que un tercio de la población trabaja en servicios elementales con salarios muy bajos, Estados Unidos está a la cabeza en ciencia y tecnología de punta, gracias a la industria de guerra, un modelo que en España no podemos ni queremos imitar.

En la sombra queda el que la industria del ocio conecta con un tema del que se habla más fuera, como es la expansión de las mafias, italianas o de la Europa oriental, cada vez mejor asentadas y con mayor número de colaboradores nacionales. La internacionalización de nuestra economía, con los frutos que están a la vista, ha facilitado también el que las mafias se extiendan. Su fuerza tiene que ser grande, cuando, como hemos leído hace poco, ha infectado hasta los mandos medios de la policía.

Una profesora de la Universidad de Leeds, Jennifer Sands, se ha ocupado de los factores políticos y sociales que estarían facilitando la implantación y desarrollo de las mafias en España. Afirma que en ningún otro país de nuestro nivel de desarrollo resulta tan fácil el blanqueo de dinero. La investigadora británica ha insistido en la corrupción que reina sobre todo en urbanismo, junto con la falta de voluntad política de limitarlo, así como en los graves fallos, tanto en la legislación como en la Administración de justicia. Los resultados electorales de Murcia y Alicante han puesto de manifiesto que la corrupción no quita votos, al contrario, como ya en su día hizo patente el señor Gil, que en paz descanse. El dinero mafioso, vinculado al narcotráfico, sin duda ha sido un factor no despreciable del crecimiento económico del que tanto nos regocijamos, pero es un tema tabú del que gobernantes y sociedad en general están de acuerdo en no mencionar.

No sé si esta otra cara de España terminará por prevalecer, pero podría ocurrir lo peor si no nos hacemos cargo de su existencia de la única manera adecuada, combatiéndola ahora que todavía estamos a tiempo.

Sin regadío no hay agricultura

Por Jaume Lloveras, Director de la E.T.S. de Ingeniería Agraria, Universitat de Lleida (EL PERIÓDICO, 04/04/08):

En relación con el polémico trasvase del Segre a Barcelona, quiero hacer los siguientes comentarios, desde una perspectiva científica y técnica: si investigamos los antepasados árabes de Lleida, Murcia y Valencia, entre otros, y el tipo de agricultura que practicaban en sus huertas, veremos que la agricultura mediterránea es fundamentalmente de regadío.

Los técnicos que nos dedicamos a la agricultura tenemos muy claro que sin agua no hay agricultura, ni ganadería, ni por extensión alimentos para los humanos. El cultivo que no consume agua no existe y, por lo tanto, la agricultura que permite vivir a la gente y asentarla en el territorio ha sido principalmente la de regadío. Solo hay que ver lo que pasa en las zonas de secano tradicional de Catalunya: no pueden mantener la población, son las menos pobladas y las más empobrecidas.

LA SOCIEDAD urbana desconoce el papel del agua en la agricultura. Sin un análisis profundo, reprochan al sector primario que utiliza demasiada agua (más del 70% del total), que es ineficiente en su uso y que las prácticas agrícolas asociadas al riego generan una alta contaminación ambiental. Esta misma sociedad debería saber que para producir fruta o maíz se necesitan un mínimo de 4.000 a 6.000 metros cúbicos de agua por hectárea. Para producir un kilo de trigo, un mínimo de 1.000 litros, y para un kilo de carne de cerdo, más de 3.000. Además, algunos suelos necesitan periódicamente un exceso de agua (de lluvia o riego) para evitar la salinización que, con el tiempo, los convertiría en tierra yerma. Sin agua no hay agricultura. Pensemos en ello ahora que todos nos quejamos del incremento de precios de los productos alimenticios.

La investigación agraria ha demostrado que es posible ahorrar entre el 20% y el 30% de los caudales de riego, sin disminuir los rendimientos, modernizando y cambiando los sistemas de riego y de producción. Ahora bien, hace falta una inversión mínima de entre 9.000 y 12.000 euros por hectárea, y aún falta por ver quién debería asumirla.

Creemos que la discusión y las acciones de la Administración tendrían que girar alrededor de favorecer, y si es necesario obligar, a modernizar los sistemas de riego para ahorrar agua, en lugar de quitarla sin avisar, planificar y consensuar con el territorio. De todas maneras, la agricultura ya hace años que trabaja en el ahorro del agua. Los agricultores de Ponent, con su esfuerzo e iniciativa, fueron pioneros en el uso racional del agua, hace unos 150 años, cuando pusieron en marcha el canal d’Urgell. Los nuevos regadíos utilizan los sistemas más eficientes, como la aspersión y el goteo, y pueden llegar a ahorrar entre un 20% y un 30% del agua. O sea, que mientras que la agricultura hace tiempo que trabaja en sistemas de riego más eficientes para ahorrar agua, las grandes ciudades han empezado a ahorrar recursos muy tarde y muy tímidamente.

Esta discusión nos lleva a reflexionar sobre el modelo de país que queremos. Si es un modelo centralizado y macrocefálico que consume todos los recursos del territorio y que impide el desarrollo del resto, es insostenible, insolidario e inmoral. Es imprescindible, pues, que la redistribución respete a las zonas rurales que tienen su desarrollo ligado a los recursos naturales y a la agricultura.

CREEMOS EN LA solidaridad interterritorial, pero estas palabras implican bidireccionalidad. Me cuesta ver la sensibilidad y la solidaridad del Govern de Catalunya con los territorios que tienen en la agricultura y la ganadería su principal fuente de riqueza. Se ha publicado repetidamente que la provincia de Lleida debe convertirse en un referente europeo para los temas agroalimentarios; sin embargo, la mayoría de los nuevos centros de investigación agraria del Departament d’Agricultura, Alimentació i Acció Rural se han instalado alrededor de Barcelona (el Centro Agroforestal, en Caldes de Montbui; el Centro de Economía Agraria, en Castelldefels; Centros de Residuos, también agrarios, en Mollet del Vallès; el de Genómica Agraria, en Barcelona; el de Agroalimentación, en Mercabarna).

Otro punto muy cuestionable es el calendario propuesto del trasvase, a partir del mes de octubre, sin tener en cuenta que las aguas del otoño y el invierno son esenciales para llenar los embalses y garantizar el riego del siguiente verano. Este desconocimiento también se aplica a los canales que abastecen de agua de boca a muchas poblaciones de la Catalunya interior.

ESPERO QUE este artículo nos ayude a todos (incluidos los gobernantes) a valorar el papel de los regadíos como elementos imprescindibles para el desarrollo y el equilibrio territorial y para recordar que la agricultura no despilfarra el agua, sino que el agua que se utiliza es imprescindible para obtener alimentos de consumo humano y producción animal, aunque se puede ser más eficiente.

Justicia y delito sexual

Por Mercedes García Arán, catedrática de Derecho Penal (EL PERIÓDICO, 04/04/08):

Que el ahora acusado de la muerte de una niña en Huelva tuviera condenas por delitos sexuales sin cumplir revela errores institucionales que van más allá de cómo tratar la delincuencia sexual. El fallo del sistema es estrepitoso: las sentencias deben cumplirse en sus términos, porque la Administración de Justicia es un servicio público del Estado que tiene el monopolio en la resolución de conflictos ciudadanos. Y, para prestarlo, además de la diligencia en los trámites judiciales y en las órdenes de busca y captura, no puede ser tan difícil la conexión informática de todos los órganos judiciales de España y de estos con las policías, cuando –doy fe– el Ministerio de Hacienda, gracias a su sistema informático, es capaz de detectar si no declaramos lo que cualquiera consideraría un regalo, pero el Fisco califica como pago en especie, concepto en el que incluye una cacerola regalada por una entidad bancaria.

El incumplimiento de las sentencias es tan grave que debería haber desplazado cualquier debate sobre la supresión de beneficios penitenciarios a los delitos sexuales, la cadena perpetua o el endurecimiento de las penas. Porque ¿de qué penas hablamos? ¿De esas que, una vez impuestas, no se está en condiciones de hacer cumplir? Lo que ha pasado no tiene nada que ver con la duración de la pena ni afecta solo a los delitos sexuales, porque también es grave que no se cumpla una pena por estafa o delito fiscal. Pero no: otra vez se piden penas más duras, como si ahí estuviera el problema, en ese absurdo crónico en el que ha caído el debate político criminal en este país.

El debate sobre el tratamiento penal de la delincuencia sexual es otro, y debería abordarse teniendo en cuenta que cualquier solución que se proponga es absurda si el sistema judicial no es capaz de aplicarla. No niego que hay un problema en los casos en que hay pronóstico de reincidencia tras cumplirse la condena, pero no estaría de más recordar que, mientras la media de reincidencia general es del 38%, en los delincuentes sexuales que reciben tratamiento psicológico es del 5%. Solo para saber de qué estamos hablando, aunque a las víctimas no pueda servirles de consuelo.

UNA COMISIÓN DE expertos nombrada por la Generalitat de Catalunya ha elaborado propuestas con las que responder a la alarma que genera la excarcelación de delincuentes sexuales tras cumplir su condena. Algunas son polémicas, pero el informe es ponderado y, afortunadamente, se muestra indiferente a propuestas inconstitucionales como la cadena perpetua o directamente aberrantes como la de los registros públicos de pederastas y violadores, que en algunos estados de Estados Unidos llegan a figurar en internet, a disposición de cualquiera que se crea con derecho a hacer justicia por su cuenta. Quienes exigen estos registros accesibles al público, en el fondo pretenden suplantar al Estado en el control de estos sujetos. Creo que no hay que caer en esta trampa privatizadora, sino exigir al Estado que modernice sus instrumentos de control y que haga su trabajo, que para eso pagamos impuestos.

La misma comisión propone la libertad vigilada después del cumplimiento de la condena y el tratamiento hormonal inhibidor, siempre que sea consentido y se acompañe de tratamiento psicológico, “en los casos en que esté indicado”, lo que supone reconocer que, en algunos, no lo está. Eso es lo que dicen otros expertos sobre la delincuencia sexual violenta, en los que el tratamiento farmacológico puede, incluso, estar contraindicado, porque con la inhibición de la sexualidad la violencia se ejerce de otra manera, incluso con el homicidio. En todo caso, parece que los efectos secundarios de estos tratamientos aún no están claramente descritos y su grado de eficacia es limitado, por lo que no pueden considerarse una panacea.

Las propuestas del informe catalán se dirigen al problema planteado, lo que no debería ser una virtud especial, pero de hecho lo es, ante tanta propuesta disparatada. Si el problema es la reincidencia, hay que trabajar sobre sus causas, sin perderse en la duración de la pena. Utilizar razonablemente algo tan impopular como la libertad condicional para que los delincuentes sexuales se incorporen progresiva y no bruscamente a la libertad, porque está demostrado que ello disminuye la reincidencia.

PERO TODA propuesta necesitará de actitudes sociales e institucionales que no la saboteen. La de unos medios de comunicación que renuncien al sensacionalismo e informen con racionalidad, evitando –como ha ocurrido– dificultar la reinserción de algún condenado con buen pronóstico. La de los ciudadanos, que deben asumir que el riesgo cero no existe y que el Derecho solo puede disminuirlo al mínimo y, desde luego, la de los encargados de inspeccionar la justicia y hacer que funcione. La falta de medios económicos no exime al Consejo General del Poder Judicial de cumplir sus funciones de gobierno de la justicia. Sobre todo, teniendo en cuenta el tiempo que últimamente a dedicado a elaborar dictámenes contra las leyes que nadie le pedía, a discutir sobre el matrimonio homosexual o a abrir diligencias contra unos jueces críticos con las incongruencias de las leyes penales que deben aplicar.

Hagan las paces con Mugabe / Make Peace With Mugabe

Por Heidi Holland, periodista y autora de la biografía de Robert Mugabe Dinner with Mugabe (Cena con Mugabe), de reciente publicación (EL MUNDO / THE NEW YORK TIMES, 03/04/08):

Por más que el partido de la oposición de Zimbabue esté reivindicando la victoria en su esfuerzo por desalojar del poder al presidente Robert G. Mugabe, sería un error no contar con él. Por otra parte, si es el señor Mugabe el que se impone, sería un error empecinarse en aislarlo, como los gobiernos occidentales han hecho a lo largo de la última década.

El señor Mugabe es una mala persona, pero podría ser peor.

«Mi abuelita era una salvaje», le he oído decir al señor Mugabe entre dientes desde el otro lado de su enorme escritorio de madera de su despacho presidencial, en Harare, la capital del país. No figuraba éste precisamente entre los comentarios que esperaba oír del dictador de 84 años, pero, durante las dos horas y media de entrevista que mantuve con él a finales del año pasado, se me vinieron abajo algunas de las ideas que me había hecho sobre el personaje más enigmático del Africa moderna.

En cuanto entré en su despacho me di cuenta de que aquel hombre de carácter difícil, vestido con una camisa blanca exquisitamente cortada y un elegante traje oscuro, sentía hacia mí un enorme recelo, exactamente igual que yo lo sentía hacia él. El señor Mugabe me miró fijamente y a continuación carraspeó nerviosamente para aclararse la garganta. Yo había esperado encontrarme con una persona rebosante de poder, una versión más avejentada del inflexible luchador por la libertad con el que coincidí hace 30 años en mi casa, con ocasión de una cena clandestina.

En lugar de eso, vi un hombre apagado y físicamente mermado, con su voz sorda de siempre, pero débil, prácticamente inaudible casi todo el rato, con la cabeza cayéndosele hacia delante como si estuviera cohibido, como si quisiera esconderse. A medida que la entrevista avanzaba, se fue hundiendo en su raído sillón giratorio, como si fuera un adolescente desgarbado, y resbalándose del asiento hasta casi caerse, con sus larguiruchas piernas colgando. Lo que al final deduje de los insistentes esfuerzos del señor Mugabe por justificar sus acciones delante de mí fue que se siente más vulnerable de lo que dan a entender sus extravagantes poses en público.

No cabe duda de que el señor Mugabe no es en modo alguno un político solitario y débil. Lo hemos visto hacer campaña con explosiones repentinas de energía en concentraciones políticas perfectamente escenificadas ante multitudes, traídas en autobuses, de seguidores del partido en el poder, el Zimbabwe African National Union-Patriotic Front (Unión Nacional Africana de Zimbabue-Frente Patriótico, Zanu-PF por sus siglas en inglés); sin embargo, casi nunca concede entrevistas a periodistas. Conseguir la que me dio a mí exigió dos años de solicitudes, la mediación insistente del director espiritual del señor Mugabe y cinco semanas de espera en Harare.

Al principio di por hecho que era un hombre demasiado ocupado para dedicarme su tiempo. Sólo después caí en la cuenta de que quizá tuviera miedo de enfrentarse a la prensa independiente.

Es un miedo comprensible. La en otros tiempos boyante situación económica de Zimbabue no puede marchar peor. La inflación se ha disparado a niveles fantásticos, el desempleo es prácticamente universal, el hambre cunde por doquier. En cuanto al señor Mugabe, a pesar de todo lo que despotrica contra los malvados occidentales y a pesar de todos los comentarios serviles de los aduladores que le rodean, debe ser consciente de que él es el culpable.

Entonces, ¿a qué viene hablar de su abuela salvaje? Yo quería captar al Robert Mugabe que había quedado oculto tras el caos y el desgobierno, al hombre descrito por sus compañeros de clase como tímido y estudioso, al solitario estrechamente unido a su madre y resentido contra su padre ausente, al hombre que al principio, y de forma admirable, dejó vivir en paz a los terratenientes blancos cuando llegó al poder en 1980. El señor Mugabe, por ejemplo, permitió que su predecesor, Ian Smith, que había sido el jefe del Gobierno de la minoría blanca que había mandado en Rhodesia, como se conocía entonces a Zimbabue, viviera tranquilamente en Harare sin ser molestado, aun cuando el señor Smith participó en una campaña contra él.

Sin embargo, estaba claro que dentro de él había crecido la amargura. La primera vez que nos conocimos, en aquella cena de 1975, me había dado la impresión de ser un hombre atento, que me preguntaba por la salud de mi niño pequeño incluso cuando huyó al exilio, a un país vecino, muy poco después de aquel encuentro. A finales del 2007, cuando nos volvimos a sentar el uno con el otro, después de 28 años de gobierno suyo en Zimbabue, él daba la sensación de ser un hombre desorientado y amargado.

¿Por qué? Parte de la respuesta se me reveló en la entrevista, cuando el señor Mugabe me confesó, casi con lágrimas en los ojos, que lamentaba muchísimo la imposibilidad que tenía de relacionarse con la reina de Inglaterra. Este hombre tiene la sensación de que Occidente, y Gran Bretaña en particular, no han sido capaz de reconocerle «su sufrimiento y su sacrificio». Para alguien como él que, en su opinión personal, es parcialmente británico, este rechazo ha adquirido la intensidad de una pelea de familia.

Buena parte de esa pelea se centra en el controvertido asunto de la redistribución de la tierra. Como parte del pacto que dio paso a la independencia de Zimbabue, Gran Bretaña prometió ayuda financiera para ayudar a que el joven país acometiera una redistribución de tierras de los hacendados blancos entre los negros.

Cuando ese dinero empezó a malversarse, el Gobierno británico de la entonces primera ministra Margaret Thatcher dejó de enviar más. El sucesor de la señora Thatcher, John Major, llegó al acuerdo de restablecer los envíos. Sin embargo, antes de que pudiera llevar el acuerdo a la práctica, su sucesor, Tony Blair, echó marcha atrás y suspendió toda clase de ayuda, situación que ha continuado hasta ahora. He ahí en lo que consiste su queja contra Gran Bretaña, que le ha defraudado en la cuestión de la redistribución de las tierras, para lo que el señor Mugabe reclama comprensión.

Abandoné el despacho del señor Mugabe con una sensación incómoda de lo inútil que han sido las sanciones diplomáticas que occidente ha aplicado a este hombre. Tuve la sensación de que no se iba a detener ante nada hasta demostrar que le han tratado injustamente. De hecho, me aseguró que estaba dispuesto incluso a sacrificar el bienestar de su país con tal de demostrar sus acusaciones contra Gran Bretaña.

Que un individuo que no se encuentra perfectamente en sus cabales, como el señor Mugabe, esté al frente de un país y dispuesto a destruirlo para apuntarse tantos frente a un enemigo es una tragedia en sí misma. Que este hombre tenga una reclamación que puede considerarse justificada contra una de las principales potencias de occidente, concretamente el rechazo a su compromiso de reforma agraria, constituye sin duda un motivo de vergüenza para occidente. Ahora bien, que Gran Bretaña y otros países hayan optado por no querer saber nada del señor Mugabe en lugar de intentar resolver estas diferencias no deja de ser una imprudencia manifiesta.

Es preciso que Occidente modifique su actitud hacia el señor Mugabe. Años de aislamiento y de sanciones ineficaces, con las que él no ha hecho sino alimentar su campaña propagandística, no han conseguido más que empujar al señor Mugabe cuesta abajo. Más de lo mismo hará que el tiro salga por la culata. Una estrategia de compromiso es la única alternativa viable, tanto si el señor Mugabe obtiene su reelección y se mantiene en el cargo como si consigue sus fines por medios fraudulentos y hay que convencerlo para que abandone el poder.

La creencia de que la situación en Zimbabue ya no podía ir a peor ha demostrado ser una estrategia inadecuada para acabar con la grave situación del país bajo la férula del señor Mugabe. Más importante aún es que la inactividad de Occidente en estos momentos podría por sí misma poner Zimbabue en peligro, puesto que la situación va de mal en peor y puesto que el presidente de Zimbabue está poniéndose cada vez muchísimo más desagradable. No debería regatearse ningún esfuerzo a escala internacional para entablar conversaciones con el dictador.

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While Zimbabwe’s opposition party is claiming victory in its effort to unseat President Robert G. Mugabe, it would be a mistake to count him out. And if Mr. Mugabe prevails, it would be a mistake to continue to isolate him, as Western governments have done for the last decade.

Mr. Mugabe is bad, but he could get worse.



“My granny was a heathen,” Mr. Mugabe muttered from behind his big wooden desk at his office in Harare, the capital. It was not the sort of comment I had expected to hear from the 84-year-old dictator, but during our 2 ½-hour interview late last year, some of my assumptions about the most enigmatic figure in modern Africa were crumbling.

As soon as I entered the room I realized that the awkward man wearing a finely stitched white shirt and an elegant dark suit was apprehensive of me, just as I was of him. Mr. Mugabe stared hard, and then cleared his throat nervously. I had expected to meet someone exuding power — an older version of the steely freedom fighter I encountered over a secret dinner at my home 30 years ago.

Instead I saw a mild and diminished figure, his rumbling but faint voice often barely audible, his head at times lolling forward self-consciously as if he wanted to hide away. As the interview progressed, he slumped and then slid down like a gangly teenager in his threadbare swivel chair, his long limbs dangling. What I eventually realized from Mr. Mugabe’s earnest efforts to justify his actions to me was that he is more vulnerable than his outlandish public posturing suggests.

Certainly, Mr. Mugabe is no feeble recluse — we have seen him campaigning with sudden bursts of vigor at staged rallies before busloads of supporters of the ruling party, the Zimbabwe African National Union-Patriotic Front — yet he almost never grants interviews to journalists. To obtain mine took two years of requests, the persistent intervention of Mr. Mugabe’s priest and then a five-week wait in Harare.

Early on I had assumed that he was too busy to spare the time. Only later did it dawn on me that he might be fearful of the independent press.

That fear is understandable. Zimbabwe’s once booming economy is in tatters. Inflation has soared to fantastical levels, unemployment is near universal, starvation looms. And Mr. Mugabe, for all his protestations about the wicked West and for all the sycophantic comments from the yes-men who surround him, must know that he is to blame.

So why talk about his heathen grandmother? I wanted to understand the Robert Mugabe who had been obscured amid the chaos and misrule. The one described by his classmates as shy, bookish, a loner deeply attached to his mother and resentful of his absent father. The one who was at first remarkably forgiving of white landowners when he came to power in 1980. (For instance, Mr. Mugabe allowed his predecessor, Ian Smith, who led the white minority government that ran Rhodesia, as Zimbabwe was known, to live on in Harare without harassment, even when Mr. Smith embarked on a campaign against him.)

But bitterness had clearly welled up within him. When I first met him at that dinner in 1975, he seemed to be a considerate man, asking after the health of my toddler son even as he fled into exile to a neighboring country shortly afterward. By the end of 2007, as we sat together again after 28 years of his rule, he exuded the air of a lost and angry man.

Why? Part of the answer came to me in our interview, as Mr. Mugabe expressed almost tearful regret at his inability to socialize with the queen of England. He feels that the West — and Britain in particular — has failed to recognize his “suffering and sacrifice.” As someone who by his own estimation is part British, this rejection has taken on the intensity of a family quarrel.

Much of the quarrel centers on the vexed issue of land redistribution. As part of the pact that created Zimbabwe’s independence, Britain promised financial aid to help the young country redistribute land from white farmers to blacks.

When this money was misused, the British government under Prime Minister Margaret Thatcher began to withhold it. Mrs. Thatcher’s successor, John Major, agreed to restore the money. But before he could do so, his successor, Tony Blair, reversed course, taking the aid off the table, where it remains today. It is this grievance against Britain for short-changing him on the land redistribution issue that Mr. Mugabe craves understanding.



I left Mr. Mugabe’s office with an uneasy sense of the futility of the West’s punitive diplomacy toward him. It was my feeling that he was going to stop at nothing to prove that he had been wronged. Indeed, he told me that he was prepared to sacrifice the welfare of his country to prove his case against Britain.

That a precariously balanced individual like Mr. Mugabe is in charge of a country and willing to destroy it to score points against an enemy is a tragedy in itself. That he has an arguably justifiable complaint against a major Western power — namely the repudiation of the land reform pledge — is doubtless an embarrassment in the West. But that Britain and others choose to shun Mr. Mugabe rather than attempt to settle these differences is quite frankly reckless.

The West needs to change its approach to Mr. Mugabe. Years of isolation and ineffective sanctions, with which he has fueled his propaganda campaign, have only driven Mr. Mugabe downward. More of the same will backfire. A strategy of engagement — whether Mr. Mugabe wins re-election and stays in office or whether he achieves his ends through fraudulent means and needs to be talked out of power — is the only viable option.

The belief that the situation in Zimbabwe cannot get worse has proved an inadequate strategy for ending the country’s plight under Mr. Mugabe. More important, the current Western standoff might in itself imperil Zimbabwe as things go from bad to worse and as Zimbabwe’s president becomes a great deal nastier. Every effort should be made internationally to set up a conversation with the dictator.

Aprender a vivir, aprender a morir

Por José Antonio Martín Pallín, Magistrado emérito del Tribunal Supremo (EL PERIÓDICO, 03/04/08):

El ser humano, cuando termina el ciclo de la gestación, siente un impulso vital irresistible para salir al mundo exterior. Está comprobado científicamente que cuando tiene dificultades sufre y se angustia poniendo en riesgo su vida futura. La salida del claustro materno le convierte en persona con plena expectativa de derechos aunque la mayoría los alcanzará cuando las leyes se los vayan otorgando.

Desde sus primeros días le saldrán al paso propuestas diversas para que su vida transcurra por cauces marcados desde hace tiempo. Las decisiones se toman por las personas más directamente, encargadas de su guarda y custodia. Siempre habrá otros que querrán decidir por él y señalarle los objetivos que más le convienen, según la especial visión de sus paternalistas custodios.

SEGÚN Gerald Dworkin, paternalismo es la acción y efecto de inmiscuirse en la libertad de acción de una persona justificándolos por razones que conciernen exclusivamente al bienestar, la felicidad, las necesidades, los intereses o los valores de la persona sujeta a coerción. La lucha por la capacidad de autodeterminarse, al margen de fuerzas extrañas, es difícil y no siempre se consigue en su plenitud. La vida en sociedad deja poco espacio para la individualidad, la autonomía y la libertad. A pesar de todo la capacidad de autocontrol y de escoger los espacios para el libre desarrollo de la personalidad permiten que el aprendizaje pueda alcanzar cotas notables de dignidad, sensibilidad, solidaridad y libertad.

De todas formas, a muchos nos resulta difícil y perturbador comenzar prematuramente el aprendizaje de la muerte. Pensamos evasivamente que mejor hacerlo cuando llegue el día del último viaje, como diría Machado.

La tradición cristiana, magnificadora del martirologio, desde el circo romano hasta nuestros días, considera como un pecado de soberbia o rebelión luciferina contra los designios de Dios cualquier acto de disposición de la vida que no sea la entrega voluntaria a los verdugos o los leones para que realicen su trabajo y materialicen un suicidio fácilmente evitable.

A los seres humanos nadie nos ha pedido permiso para ingresar en el mundo, ¿es mucho pedir que podamos decidir cuando nos vamos?. La Iglesia católica nunca tuvo comprensión para los suicidas y les negó el enterramiento en sagrado como muestra de condena irremisible, aunque en el último segundo pudiera haber tenido un acto de comunicación con Dios. En muchos casos, miran hacia otro lado e incluso celebran funerales aun sabiendo que, según sus dogmas, está irremisiblemente condenado al fuego eterno. La más jocosa rebelión contra esta hipocresía la vi en un cementerio portugués en el que alguien había puesto en la lápida murió porque quiso.

Muchos han tenido el valor de tomar la ultima decisión sin necesidad de involucrar a otros, aunque también querrían sentir en esos momentos, la cercanía a sus seres queridos.

El arzobispo Fernando Sebastián acaba de decir en el sermón de las siete palabras de Valladolid que Jesús no tuvo cuidados paliativos pero su muerte fue absolutamente digna. Se olvidó de recordar a los oyentes que, según el Evangelio, en medio del sufrimiento exclamó: “Si es posible aparta de mí este cáliz”. Ese Jesús hubiera comprendido a todos los que sufren en el trance de la muerte y quieren pasar el tránsito sin perder la dignidad, su propia identidad y su trayectoria vital.

LA MAYORÍA de la sociedad siente desasosiego al reflexionar sobre estas situaciones cotidianas salvo cuando el caso adquiere unas dimensiones mediáticas, visualmente tan insoportables como la deformación que se apoderó del rostro de Chantal Sébire. Los legisladores de Holanda, Bélgica, Suiza, Uruguay y algunos otros se enfrentaron a la tarea de despejar los obstáculos legales procedentes de una moral heredada y de un temor ancestral a la muerte, articulando fórmulas legales que permiten al paciente y a la sociedad asumir, como un valor inherente al ser humano el de elegir y pedir una muerte digna, es decir, humana y racional.

Los franceses, después de un debate de alto contenido moral, cultural y cívico, redactaron una ley con un título de inmensa belleza: ley de acompañamiento hasta el fin de la vida. Hoy nadie discute, salvo residuos de la hipocresía imperante, la moralidad y la legalidad de la muerte asistida con paliativos como la sedación relajante y adormecedora que acompaña y acelera la llegada del final de la vida. Se lo ofrecieron a Chantal Sébire como salida ante su incomoda petición de eutanasia activa pero no accedió y su decisión de suicidarse, sola o ayudada, ha reavivado el debate.

COMPRENDO que la regulación legal en España puede resultar conflictiva pero si sabemos afrontarla, al final nos daremos cuenta que merece la pena ensanchar las alamedas de la libertad por las que nunca caminaremos solos. Los políticos deben afrontarlo sin descalificaciones ni tremendismos. El cálculo electoral o la existencia de otras prioridades como las económicas, son perfectamente compatibles con una decisión que nos hará a todos un poco más libres y dignos.

Es duro comenzar a vivir pero lo es más el fracaso final de la última hora.

A la Iglesia católica le pedimos piedad, sentido de la razón y amor al prójimo. No es mucho pedir.

miércoles, abril 02, 2008

Fortalecer la acción exterior

Por Nicolás Sartorius, vicepresidente de la Fundación Alternativas y director del Observatorio de Política Exterior Española (EL PAÍS, 02/04/08):

Empieza a ser un lugar común afirmar que el mundo está cambiando con rapidez y que España también lo está haciendo a similar velocidad. A las profundas transformaciones en la ciencia, la técnica, las comunicaciones o el conocimiento lo hemos denominado globalización, quizá con la intención de resaltar la creciente y veloz interrelación de los diferentes procesos en curso a nivel planetario. Esta nueva mundialización -como la llaman algunos- afecta de lleno a nuestro país y nos plantea a todos algunos retos estratégicos que conviene analizar.

El primero se refiere a cómo abordar la gobernanza de esta nueva situación con el fin de que aquello que se “globaliza” sea la paz y no la guerra; el bienestar y no la pobreza; la democracia y no la tiranía, más o menos encubierta; la sostenibilidad y no la destrucción del planeta tierra. Porque, por lo menos de momento, no está nada claro que vaya a prosperar lo uno o lo otro.

El segundo reto, más nuestro pero no menos importante, es cómo debe de situarse España -sus ciudadanos, su Estado- en el nuevo reparto del conocimiento, del poder y de la riqueza al que estamos asistiendo, es decir, ante las nuevas oportunidades y los nuevos y viejos retos que esta globalización comporta. Quizá fuese conveniente reflexionar algo más sobre estas cuestiones. Ha sido verdaderamente singular que en los debates, en la reciente campaña electoral, hayan brillado por su ausencia los temas de la política internacional y europea. ¡Pero, en qué estamos pensando!

Al mismo tiempo España ha logrado, en estos 30 últimos años de democracia, los avances más importantes de su historia. De un país atrasado, dictatorial y aislado se ha convertido en una nación democrática moderna, octava economía del mundo, integrada en Europa y con intereses globales económicos, políticos y culturales. En otro sentido, el Estado español ha pasado de ser un Estado centralista a transformarse en uno de los más descentralizados de Europa, de naturaleza cuasi federal. De esta suerte, la mayoría de las políticas públicas como la enseñanza, la sanidad y otras están transferidas a las Comunidades Autónomas, con su correspondiente financiación, lo que no es óbice para que se sigan produciendo tensiones territoriales ante la insistencia de algunos partidos de que este proceso no es suficiente. Por lo tanto, somos un país que tiene que cuidar con especial atención todo lo referente a la cohesión territorial.

Ahora bien, la globalización ha originado algunos cambios en el planteamiento de la acción exterior de los Estados ante los que conviene no distraerse, por cuanto los grandes problemas del país ya no tienen solución sólo en el ámbito del Estado-nación e incluso, en algunos casos, ni tan siquiera en el espacio europeo. Cuestiones como el cambio climático, el terrorismo internacional, el abastecimiento energético, las migraciones, la seguridad, el crecimiento económico, son problemas que desbordan el ámbito de cada país y que requieren una enérgica, sostenida y coordinada acción exterior del Estado. Ello conduce a que la conocida visión de los ejes histórico-geográficos prioritarios de la política exterior de España debe de ser complementada con una visión más compleja e integral de la acción exterior que comprenda las cuestiones transversales antes mencionadas, que tienen naturaleza global y que pueden tener su origen problemático o conflictivo en cualquier lugar del mundo. Además, en este rápido proceso de cambio no sólo han surgido nuevos actores globales (China, India, Rusia, Brasil) que están modificando las relaciones de poder económico y político -sólo hay que pensar que en 1960 los países de la OCDE sumaban el 75% del PIB mundial y hoy alcanzan apenas el 55%-, sino que también han aparecido nuevos actores no estatales -multinacionales, grupos y movimientos sociales, culturales o religiosos- que influyen en la acción exterior y que es necesario tener en cuenta. España, por último, es un país imbricado en el corazón de la Unión Europea, cuyo interés nacional coincide, en mi opinión, con el fortalecimiento de Europa y cuyo liderazgo como país, en una serie de temas, debe situarse a partir de ese espacio europeo y como políticas europeas.

En el año 2010 España presidirá la Unión Europea. Una inmejorable ocasión para relanzar nuestra política europea, necesitada de nuevos impulsos que sitúen a nuestro país en el coliderazgo de la Unión y a Europa en la atención de los españoles y de sus políticos. Una presidencia distinta a las anteriores, pues existirá un Presidente “fijo” del Consejo -España debería apostar por una persona firmemente europeísta-, con el Tratado de Lisboa en vigor, salvo sorpresa, con un nuevo Presidente de los Estados Unidos y, sobre todo, con la necesidad de que la Unión juegue, con autonomía, un papel global. De aquí a entonces deberíamos seguir muy de cerca la presidencia francesa y las “grandes maniobras” en curso -una fase ha sido la reciente cumbre anglo-francesa- de las que España no debería estar ausente. En este empeño convendría apostar por una agenda política con visión europea que propicie consensos y facilite liderazgos, pues éste se sustenta en la capacidad de propuesta. Cuestiones como la Europa de la ciudadanía social, de la energía, de la lucha contra el cambio climático, de la ordenación de las migraciones, de la ciencia y la técnica, de la seguridad y la defensa son algunas de las grandes cuestiones a las que tiene que hacer frente Europa, desde sus valores e intereses.

A partir de las anteriores consideraciones, los españoles deberíamos sacar las oportunas conclusiones. El actual gobierno ha apostado por un proyecto de país que se esfuerza por la paz, por la extensión de los derechos civiles y medioambientales, por las artes y las ciencias, por la cohesión social y territorial, por la pluralidad y la laicidad, por el europeísmo y la tolerancia, por la cooperación al desarrollo. Estas podrían formar parte de nuestras señas de identidad para el siglo XXI.

No obstante, para contribuir y participar, desde esta perspectiva, en un liderazgo inteligente compartido con otras naciones europeas, España tiene que fortalecer, en los próximos años, su acción exterior. De entrada, porque un país como el nuestro con la proyección y los intereses globales que tiene en lo económico, político o cultural debe contar, urgentemente, con los medios materiales y humanos, con los instrumentos, sistemas y niveles de decisión acorde con su posición, intereses y ambiciones. El actual gobierno ha aumentado de manera considerable el presupuesto dedicado a la política exterior y a la cooperación. Pero esto no es suficiente. Es todo el sistema de la acción exterior el que debería ser reformado: medios, coordinación, métodos, visibilidad y conexión con la sociedad civil e incluso, el propio nivel gubernamental del propio responsable de la acción exterior.

En un país con el nivel de descentralización política como el nuestro es imprescindible una potente acción exterior integral como factor, también, de cohesión territorial. Es importante, en esta dirección, el que todas las Comunidades Autónomas sientan que el Estado -del que forman parte-, en lo que son sus competencias exclusivas como la acción exterior, la seguridad y la defensa, desarrolla una acción potente y eficaz en la defensa de los intereses y valores compartidos, tanto en su posición en la UE como a nivel global. De lo contrario, surgirán tendencias a buscarse la vida cada uno por su lado. La demostración de la bondad de mantenerse unidos radica, en buena medida, en la capacidad de España para proyectar y defender, en la globalización, los intereses de todos, con muchos mejores resultados que cada uno por su cuenta. Por todas estas razones y bastantes más, estoy convencido de que el próximo gobierno debería situar en el centro de su actividad y agenda política las cuestiones relativas a la acción exterior en todas sus facetas y muy especialmente en la europea. Creo que así se contribuiría a mejorar la situación concreta de los ciudadanos y a cohesionar a España como país.

Estados Unidos pasa la página

Por Barbara Probst Solomon, periodista y escritora estadounidense. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 02/04/08):

El momento transformador inspirado por Barack Obama me recuerda a la noche en la que Felipe González marchó con su partido por las calles del barrio madrileño de Vallecas hasta el estadio del Rayo Vallecano, en vísperas de la primera victoria socialista. De pronto empezó a llegar gente y más gente, asustada pero llena de admiración. Mientras observaba todo desde la puerta de prensa con Juan Cruz, vi a un guardia de tráfico confuso. ¿Sería que había que estar con los socialistas? Entonces hizo un tímido gesto de victoria con los dedos. En un solo instante lleno de electricidad, los traumas del pasado y las esperanzas de futuro se fundieron. España había alcanzado casi el paraíso: había pasado la página.

Un torrente de emoción histórica semejante estalló con la primera victoria de Obama en las primarias de un Estado del Medio Oeste con un 95% de población blanca. La Guerra de Secesión acabó con la esclavitud absoluta, pero, cien años después, John F. Kennedy, Martin Luther King y Bobby Kennedy seguían combatiendo el racismo. En 1961, dos años antes de que asesinaran a Kennedy, mi marido, un joven profesor de Derecho de Yale, fue destinado a la Facultad de Derecho de la Universidad de Tejas, entonces en pleno proceso de modificar sus programas, basados en el anticuado derecho local tejano, y adecuarlos a las leyes federales de Estados Unidos, que, entre otras cosas, preveían que las tropas estatales pudieran intervenir para facilitar la tarea de acabar con la segregación. Durante aquella época brutal, Willie Morris y Ronnie Dugger, redactores de The Texas Observer, corrían peligro cada vez que iban al este del Estado, en el límite con Misisipi, para informar sobre los linchamientos y asesinatos de activistas de los derechos civiles, tanto negros como blancos. El insulto de Hillary a Martin Luther King y todo el movimiento de los derechos civiles, cuando dijo (con intención de humillar a Obama) que tuvo que ser un político de Washington, el presidente Lyndon Johnson, quien hiciera realidad la Ley Electoral de Derechos Civiles de 1964, y no un líder negro como King, marcó el comienzo de la furia desatada de los Clinton, que no soportan que Obama haya cautivado la imaginación de los estadounidenses.

Dispuesta a atacar y a prescindir de la historia, Hillary aseguró haber colaborado con Johnson (es verdad que le conoció en Washington), en un intento de demostrar que su relación con el movimiento de los derechos civiles es más sólida que la de Obama. Pero lo cierto es que, en 1964, hizo campaña contra Johnson y a favor del derechista republicano Barry Goldwater, que se opuso enérgicamente a la Ley Electoral de Derechos Civiles y votó dos veces contra ella.

No está de más subrayar que, aunque las dos campañas de los aspirantes pretenden resaltar sus lazos con la clase obrera, estas prolongadas primarias demócratas son, en realidad, un enfrentamiento entre las facultades de Derecho de Harvard y de Yale, dos centros de élite que han tenido siempre enorme influencia en la creación de líderes en Estados Unidos (los Clinton estudiaron en Yale y los Obama estudiaron en Harvard, como también lo hizo el padre de Obama, de origen keniano). No existen tantas diferencias sustanciales entre los dos candidatos, aparte del hecho de que Obama se opuso desde el primer momento a la guerra de Irak y predijo que acabaría en desastre.

Los Clinton llevan tanto tiempo viviendo en una burbuja artificial de celebridad que han perdido la capacidad de ver que Estados Unidos ha pasado la página. Como dice el brillante intelectual negro Stanley Crouch en su columna del Daily News: “Obama asombró al país y a los expertos cuando empezó a ganar en Estados como Iowa y Idaho y pareció desembarazarse de la soga de la raza que Bill Clinton había tratado de ponerle al cuello en Carolina del Sur. Clinton habló como el viejo boxeador que está convencido de que va a vencer sin problemas al recién llegado pero empieza a recurrir a los golpes bajos (los comentarios racistas de Bill Clinton escandalizaron a los progresistas) cuando se da cuenta de que le espera una pelea dura”.

El compinche de Bill Clinton James Carville hizo la tontería de llamar “Judas” al experimentado gobernador Bill Richardson, la máxima figura hispana en la política de Estados Unidos, por ofrecer su respaldo como delegado a Obama después de haber escuchado su histórico discurso sobre las relaciones raciales. Mientras tanto, Hillary amenaza con arrastrar su campaña hasta la convención, con lo que facilitaría una victoria de McCain. Veinte de los principales donantes de Clinton han enviado una carta a la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, en la que amenazan con retirar su dinero a futuras campañas políticas demócratas si Pelosi mantiene su postura de que los superdelegados deben votar en función del voto de los delegados, los Estados ganados y la voluntad de la gente, en vez de recurrir a la extraña fórmula de Clinton de votar por “el candidato mejor preparado para gobernar”. En otras palabras, gano yo porque lo digo yo. En cualquier caso, la absurda amenaza se ha vuelto inmediatamente en su contra.

Si Hillary gana limpiamente, cosa que parece difícil según las matemáticas, bien ganado estará. Pero, si se da cuenta de que eso es cada vez más imposible, debería revisar sus opciones sin que influya su marido. La llegada de Hillary a la presidencia es la única manera que tiene Bill de volver a la Casa Blanca, pero no es la única vía política que le queda a ella. Es una excelente senadora y tendría muy fácil llegar a ser líder de la mayoría en el Senado, un puesto de gran poder. Necesita separarse políticamente de él y sus temeridades, porque si sus acciones provocan la ruina del Partido Demócrata en las presidenciales de noviembre, sus correligionarios nunca se lo perdonarán.

Hillary es prudente, es a Bill al que le gusta correr riesgos. El largo informe publicado hace poco por The New York Times sobre las finanzas de la Fundación Clinton, acerca de las cuales ambos se han mostrado reacios a hablar, detalla el viaje de Bill Clinton a Kazajistán con el empresario canadiense Frank Giustra, durante el que tuvieron un famoso banquete con el presidente kazako Nazarbayev, uno de los peores dictadores del mundo. Clinton dio al dictador un espaldarazo que recibió enorme publicidad (Estados Unidos se opone enérgicamente al dictador). Resultado: Giustra firmó su contrato multimillonario de uranio y la Fundación Clinton obtuvo una propina de 130 millones de dólares. El portavoz de Clinton negó que sus representados hubieran recibido en su casa al dictador, pero éste hizo pública una foto en la que aparecían el ex presidente y él en la casa que los Clinton tienen en Chappaqua.

Teniendo en cuenta el problema de credibilidad que padecen, los Clinton no necesitan precisamente fotos que desmientan sus afirmaciones, ni en Chappaqua, ni en Bosnia, donde resulta que Hillary no tuvo que esquivar el fuego de los francotiradores como una Hemingway cualquiera. Bill Clinton, metamorfoseado últimamente en un chico sureño de los de siempre, está proponiendo una campaña que sería como una pelea a puñetazos. Obama ofrece una visión. Yo prefiero la visión.

Un precedente contagioso

Por Boban Minic, periodista bosnio afincado en L’Escala (EL PERIÓDICO, 02/04/08):

Eslovenia es el primer país miembro de la extinta Yugoslavia que ha reconocido la independencia de Kosovo. La decisión tiene su peso porque Eslovenia actualmente preside la Unión Europea. Pero ni en el propio país la decisión ha tenido un respaldo unánime. Los líderes del Partido Radical consideran que Eslovenia, con este acto, ha apuñalado a Serbia por la espalda, lo que, a la larga, puede ser incluso “el principio de la tercera guerra mundial”. Sus palabras, aunque exageradas (por algo se llaman radicales), reflejan muy bien la inquietud que la crisis de Kosovo provoca en la región. Las primeras víctimas colaterales podrían ser Bosnia, Macedonia y Montenegro, pero nadie está a salvo.

Un reciente estudio de la ONU ya situaba a Bosnia-Herzegovina en la vigesimoprimera posición de los países en peligro de desaparición. Por delante están solo estados como Sierra Leona, Costa de Marfil, Chad o, por supuesto, Irak. La veracidad de la encuesta la confirmó, en una de sus cada vez más frecuentes declaraciones antibosnias, un líder serbobosnio: “Si pudo desaparecer Yugoslavia –afirmó–, ¿qué hace pensar a algunos que Bosnia es eterna?”. Los demás nos preguntamos: ¿cómo es posible que, 12 años después del Tratado de Dayton y del mismo tiempo de protectorado de la comunidad internacional, con poderes ilimitados de su alto representante, un país europeo que durante los siglos fue ejemplo de convivencia cotice tan alto en una lista tan negra?

La República Srpska (entidad política serbia en el interior de Bosnia), por ejemplo, se opone a cualquier medida que pueda reforzar la unidad de Bosnia. Los políticos croatas de Bosnia siguen su ejemplo. Así, todas las partes han rechazado la reforma de la policía propuesta por el alto representante como condición sine qua non para la futura, aunque muy lejana e hipotética, integración de Bosnia en la UE. En un ambiente de total desconfianza, todos quieren mantener las fuerzas de seguridad bajo su control político-nacional. Para no perder el tiempo, la República Srpska y Serbia ya han unificado sus redes energéticas y los programas escolares y educativos. Hace tiempo que tienen el mismo espacio cultural, utilizan la misma variante de la lengua serbocroata, están conectados informáticamente, etcétera. La comunidad internacional les está frenando, pero después de haber apoyado a Pristina en la independencia, ha perdido buena parte de sus argumentos.

ÚLTIMAS NOTICIAS de Bruselas dicen que, el año que viene, Croacia podría entrar en el club europeo. Como zanahoria, lo mismo se ofrece a Serbia. Parece que dos países que en su tiempo intentaron dividir Bosnia cometiendo barbaridades y crímenes sin precedente (los familiares de 12.000 desaparecidos aún esperan encontrar sus tumbas) serán premiados, y la víctima, de nuevo, castigada. Con sarcasmo, en Belgrado se explica que los países europeos se dividen en tres grupos: los miembros de la UE, los países candidatos a entrar y… Bosnia-Herzegovina. Después del lío de Kosovo, Bosnia está aún más lejos de Europa, su única salvación.

Así, al final de este artículo, como al final de todos los análisis de la historia reciente de los Balcanes, volvamos a Kosovo, bomba de relojería de la región que ya ha llegado al final de su cuenta atrás. Serbia, con ayuda de Rusia, rechaza la independencia y amenaza con graves consecuencias. Ya ha caído el Gobierno y se han convocado las elecciones anticipadas. Los serbobosnios han anunciado que si el Gobierno bosnio reconoce a Kosovo, harán un referendo de independencia y se unirán a Serbia. Los bosniocroatas en seguida harían lo mismo, y Bosnia desaparecía del mapa político.

La siguiente víctima colateral sería Macedonia, que tiene una minoría de más del 30% de albaneses, eufóricos con el éxito de sus compatriotas de Kosovo, para ellos, un ejemplo a seguir. Si Macedonia no entra en la OTAN en la próxima reunión de la organización, en pocos años desaparecerá como Estado. Pero aquí no acaba el suspense. Antes del referendo en el que se aprobó su independencia, en mayo del 2006, los montenegrinos independentistas empataban con los proserbios, y solo por los votos de la minoría albanesa Montenegro es hoy un país soberano. Por eso, el Gobierno montenegrino tiene la obligación moral de reconocer a Kosovo, pero la mitad proserbia amenaza con la guerra civil si lo hace. Sin embargo, si no lo hace, los decepcionados albaneses de Montenegro emprenderán el mismo camino de la separación.

TODO UN rompecabezas, un trozo de un puzzle más grande que, en definitiva, coincide con las fronteras de Europa y va más allá. Pero tampoco debemos irnos demasiado lejos. En febrero de este año, solo poco después de que se atizara el fantasma de la balcanización de España, rechazado con indignación y contundencia en Catalunya, un político catalán declaró que, cada vez más, España se parece a Serbia. Podemos suponer que la continuación de la frase sería que Catalunya o el País Vasco se parecen cada vez más a Kosovo, algo que no es cierto y que, además, sería tema para otro análisis.

En cualquier caso, el precedente que sienta la UE al reconocer la independencia de Kosovo es altamente contagioso. Nos esperan tiempos interesantes.