martes, julio 05, 2011

La transformación del FMI

Por Sonsoles Castillo y Santiago Fernández de Lis, BBVA Research (REAL INSTITUTO ELCANO, 05/07/11):

Tema: El FMI ha experimentado una importante transformación desde el estallido de la crisis financiera internacional para mejor abordar los retos a los que se enfrentará en el siglo XXI.[1]

Resumen: En este ARI se abordan las transformaciones recientes del FMI en su adaptación a la crisis financiera internacional: (1) la reforma en la financiación del FMI; (2) el cambio en el enfoque del fondo en materia de política fiscal; (3) los cambios en la posición sobre controles de capitales; y (4) los cambios en la gobernanza de la institución. La principal conclusión es que el FMI, en respuesta a la que ha sido una de las crisis más complejas y profundas de las últimas décadas, se ha dotado de un marco más flexible y un enfoque más pragmático en la formulación de recomendaciones de política económica y condicionalidad de los programas; sin embargo, es necesario profundizar esta transformación, especialmente en el ámbito de la gobernanza de la institución –para acomodar la mayor influencia de los países emergentes y en desarrollo–, aspecto donde los avances han sido mucho más lentos.

Análisis: A mediados dre la década pasada, el FMI era una institución decadente que parecía condenada a la irrelevancia. En un mundo caracterizado por el crecimiento sostenido, la estabilidad macroeconómica y la aparente ausencia de crisis, el Fondo parecía haberse quedado sin funciones y sin recursos para sufragar sus costes de funcionamiento. Las economías emergentes, hasta entonces sus principales clientes, habían ido distanciándose de la institución como resultado de las discrepancias en torno a la crisis asiática de 1997-1998 y la traumática experiencia de la crisis argentina de 2001. El establecimiento de límites más estrictos a la financiación en caso de crisis (condición puesta por los países desarrollados para limitar el riesgo moral) y la estricta condicionalidad de esta ayuda (sobre todo a través de políticas fiscales restrictivas, independientemente de las circunstancias del país) habían inducido prácticas de “autoaseguramiento” de los países emergentes y en desarrollo, mediante procesos de acumulación de reservas que, además, ayudaban a mantener artificialmente bajo el valor de sus divisas. Los países con programa, como Argentina, amortizaron anticipadamente estas ayudas a la primera oportunidad para escapar de su condicionalidad.

En estas circunstancias, el Fondo, cuyos ingresos dependían de los pocos programas de ayuda entonces vivos (Turquía especialmente), redujo su personal en cerca de un 20%, comenzó un programa de ventas de oro, decidió rentabilizar de manera más activa su cartera de inversiones y se planteó incluso cobrar por su labor de asesoramiento y asistencia técnica a los países (véase Crockett Report, 2007).

Unos pocos años después, la situación ha cambiado radicalmente como consecuencia de la crisis financiera internacional. El Fondo está desempeñando un papel crucial en la resolución de la crisis, bajo la dirección política del G20: los fondos a disposición de la institución han aumentado exponencialmente, así como los países con programa, y las modalidades de ayuda también se han multiplicado, con nuevas facilidades y un enfoque más pragmático y flexible que en el pasado. A diferencia de crisis anteriores, en esta ocasión muchos de los programas de ayuda han tenido como objetivo a países desarrollados, en tanto que los emergentes y en desarrollo apenas han necesitado ayudas.

La reforma en la financiación del FMI

Uno de los objetivos últimos que perseguía el lanzamiento del FMI hace ya más de 65 años era apoyar financieramente, de forma transitoria y con garantías, a los Estados miembros que se enfrentaban a desequilibrios externos. Teóricamente el FMI aspiraba a cumplir tres grandes objetivos: (1) evitar que los países con problemas experimentaran un colapso; (2) actuar como catalizador de otras fuentes de financiación (capital privado); y (3) ayudar a prevenir crisis. Para cumplir este mandato el FMI fue dotado con unos recursos y líneas de financiación (en una doble modalidad, concesional y no concesional). En la práctica, el acceso al FMI ha sido bastante desigual, los motivos que han desencadenado la petición de ayuda han ido variando en el tiempo y el grado de cumplimiento de estos objetivos ha sido también muy variable. La actuación de FMI, en la mayoría de los casos, ha sido más reactiva que preventiva, lo que pone de manifiesto una debilidad fundamental en su funcionamiento.

A lo largo de su historia, el volumen y la naturaleza de la financiación otorgada por el FMI han experimentado continuos cambios, en paralelo con la evolución de la economía global. Con todo, se pueden identificar tres denominadores comunes. Por un lado, salvo en sus comienzos, en los que la financiación fluyó mayoritariamente a países desarrollados, la financiación del FMI ha tenido en los países emergentes sus principales destinatarios (en la década de los 70 y 80 para amortiguar el efecto de las crisis del petróleo y las crisis de deuda, y en los 90 acompañando al proceso de transición de los países de Europa del Este). Tras la reciente crisis, varios países desarrollados, fundamentalmente europeos, han vuelto su mirada al FMI y la actividad prestamista del fondo ha recuperado niveles de la década pasada, tras varios años de casi inactividad. Por otro lado, la condicionalidad de los préstamos ha sido estricta, en el entendimiento de que los países que acceden a un crédito del FMI han de poner en marcha medidas para fortalecer sus economías y, al tiempo, garantizar la devolución de los préstamos. Por último, la modalidad de préstamo con la que se han articulado la gran mayoría de las ayudas no concesionales ha sido el tradicional SBA (Stand-By-Arrangement), a pesar de la proliferación de instrumentos articulados por el FMI, pero que a la larga se han revelado como poco operativos o incluso redundantes.

Tras todos estos años, y con el telón de fondo de la reciente crisis financiera, se ha reabierto un debate de fondo sobre el papel del FMI en su calidad de prestamista. En concreto, se han plateado varias cuestiones: ¿hasta qué punto la caída en picado de la actividad prestamista del FMI en los años centrales de la década pasada fue el resultado de un entorno global muy favorable o más bien reflejo unas modalidades de financiación inadecuadas?; y ¿ha sido el estigma asociado a la petición de ayuda un factor inhibidor al papel que puede jugar el FMI en la prevención de crisis?

En el seno del FMI, en el verano de 2008 se plantearon este tipo de debates, que culminaron con una amplia reforma de su marco de financiación en marzo de 2009 (véase IMF, 2008 y 2009). El objetivo era la modernización de este marco y el realineamiento con los fuertes cambios que se estaban produciendo a su vez en el sistema financiero internacional. En definitiva, fortalecer la capacidad del FMI para prevenir y resolver crisis.

Las reformas han abarcado un amplio número de temas, pero se han centrado en dos grandes ejes: (1) mejorar las modalidades de financiación por adelantado tales como el acceso a ayudas con carácter preventivo, la simplificación del conjunto de herramientas disponibles hasta la fecha o la flexibilización de la condicionalidad; y (2) aumentar el monto susceptible de ser prestado a los países miembros.

Hay varios aspectos de la reforma que merecen ser valorados positivamente, pero hay dos, que están íntimamente ligados entre sí, y que merecen una consideración especial. Primero, la creación de dos nuevas líneas de liquidez preventivas, Línea de Crédito Flexible, FCL, y Línea de Crédito preventivo, PCL, disponible en el primer caso sin condiciones para países con muy sólidos fundamentales y buen manejo de las políticas económicas, o en el segundo caso con algún tipo de condicionalidad para países que a pesar del buen comportamiento macroeconómico presentan algunos elementos de vulnerabilidad.

Igualmente positiva es la revisión del marco de condicionalidad, que a partir de ahora puede aplicarse ex ante, en lugar de ex post como se venía haciendo hasta la fecha. Lo realmente positivo y novedoso es que estas nuevas fórmulas preventivas de financiación sí están funcionando (México, Polonia y Colombia las han solicitado e incluso extendido) dándose así un paso para salvar el tan temido efecto estigma del mercado. Este es un resultado largamente deseado por el FMI, pues una intervención preventiva puede evitar una crisis, y por los propios destinatarios de las mismas que reciben un espaldarazo al buen desempeño macroeconómico y de políticas económicas.

Dicho todo esto, quedan todavía importantes desafíos que exigen pasos adicionales en el diseño e implementación de los programas de financiación. Teniendo en cuenta dos de los aspectos que marcan el nuevo entorno global –la creciente importancia de los desequilibrios financieros, junto a los puramente macroeconómicos y el papel crítico que juegan los canales de contagio–, se están explorando nuevas alternativas como la extensión del FCL y la creación de una línea de liquidez que pueda ponerse en marcha de forma contingente ante la aparición de riesgos sistémicos. Otro reto importante sigue siendo hacer un diagnóstico acertado del origen de los problemas en algunos países, distinguiendo los problemas de liquidez de los problemas de solvencia. Por último, la crisis ha puesto de manifiesto que una acción coordinada es una condición necesaria para resolver algunos problemas, de ahí que sea deseable que se refuerce la acción conjunta del FMI con otros prestamistas de última instancia como otros organismos multilaterales y bancos centrales.

El FMI y las recomendaciones en materia fiscal

Hay al menos dos elementos que sitúan al FMI como una voz autorizada en el debate sobre el diseño, manejo y eficacia de los instrumentos de política macroeconómica, y especialmente de la política fiscal. Desde un punto de vista puramente práctico hay que reconocer al FMI una larga experiencia en esta materia, ya que al diseño de cualquiera de los programas de rescate del FMI se ha venido incorporando de forma casi inexorable un programa fiscal (austeridad fiscal). Desde un punto de vista teórico, el FMI ha liderado durante varias décadas el análisis económico en materia fiscal en diferentes dimensiones, desde la pura recopilación de estadísticas, pasando por el análisis de sostenibilidad de la deuda, hasta la elaboración de ejercicios de sensibilidad de las cuentas públicas a distintos parámetros. Tras el estallido de la crisis financiera, el FMI ha adoptado iniciativas adicionales en estas líneas, como la publicación de un informe regular sobre la situación fiscal (Fiscal Monitor) y la elaboración de indicadores de vulnerabilidad fiscal, para un amplio número de países.

Pero más allá de profundizar en el análisis, la crisis también parece haber propiciado cierto cambio en la sensibilidad del FMI en lo relativo a las recomendaciones de política económica. En esencia, la premisa básica de austeridad fiscal y la contención de los ratios de deuda pública sigue siendo válida, pero se puede decir que se ha avanzado a posiciones algo más pragmáticas. Así, hay un reconocimiento explícito de la política fiscal como instrumento para mitigar los impactos de una crisis como la actual, rompiendo algunos de los estándares de pensamiento más arraigados y trayendo a la política fiscal al centro del debate. Estas son algunas de las reflexiones que han emergido en relación a la política fiscal tras la crisis (véase Blanchard, Dell’Áriccia y Mauro, 2010). La política fiscal discrecional es una herramienta más, junto con la política monetaria, para estabilizar la economía en el corto plazo. La política fiscal puede ser efectiva bajo determinadas circunstancias, si bien hay una gran incertidumbre sobre el valor de los multiplicadores. Estas ideas se plasmaron en el estímulo fiscal puesto en marcha por las mayores economías mundiales desde principios de 2009 para evitar que la profunda recesión derivase en una espiral deflacionista, una idea que desde las organizaciones multilaterales fue impulsada principalmente por el FMI. Por otro lado, el FMI sigue reconociendo que la existencia de contar con un margen en materia fiscal es clave, esto eso, un impulso fiscal agresivo que permite acotar el impacto de la crisis sólo es posible si se ha construido un colchón en los años de bonanza. Y, por último y no menos importante, las medidas fiscales contracíclicas de corto plazo deben acompañarse simultáneamente por medidas que garanticen la consolidación fiscal a largo plazo. La coyuntura por la que están pasando ya algunos países desarrollados es un claro exponente de que esto es algo imperativo de ahora en adelante. De ahí que la receta del FMI sigue siendo la de vigilar los ratios de deuda, avanzar en el proceso de consolidación fiscal y comprometerse con reglas fiscales o techos de deuda para conseguir que los altos niveles de endeudamiento converjan a niveles incluso inferiores a los previos a la crisis. El otro gran reto más allá de esto es avanzar en el diseño de estabilizadores automáticos.

Los controles de capitales

El FMI es una institución tradicionalmente defensora de la libre circulación de capitales, posición en cierto modo natural, ya que el Fondo tiene entre sus objetivos fundacionales fomentar una mayor integración financiera internacional. Aunque el Fondo ha reconocido tradicionalmente que los controles de capitales pueden ser necesarios en los estadios iníciales de desarrollo, su paulatina eliminación, a medida que los países alcanzan un grado de desarrollo suficiente, ha sido parte esencial de la doctrina del Fondo.

Las últimas crisis, sin embargo, han puesto de manifiesto que las burbujas del precio de los activos tienen su origen con frecuencia en procesos de entradas de capitales que el país receptor no tiene capacidad de absorber sin incurrir en desequilibrios graves. La secuencia es bien conocida: un país en proceso de convergencia, cuyas políticas son razonables y sus fundamentos correctos, importa capitales por la mayor rentabilidad de la inversión frente a economías más maduras. Estas entradas de capitales plantean a las autoridades un dilema entre aceptar una apreciación del tipo de cambio o acumular reservas de divisas. En el primer caso se produce una pérdida de competitividad, déficit por cuenta corriente y aumento del endeudamiento exterior que, cuando las entradas de capitales se dan la vuelta (sudden stop) conducen a una crisis de balanza de pagos. En el segundo caso se produce un aumento de la cantidad de dinero y de la inflación que erosiona igualmente la competitividad y conduce a una crisis.

Estos procesos son bien conocidos, pero en esta última crisis concurren dos circunstancias que hacen que puedan ser especialmente peligrosos: (1) los desequilibrios macroeconómicos globales, tras un breve paréntesis en 2008-2009, han continuado aumentando, lo que genera necesidades de reciclaje de capitales cuantiosas y crecientes; y (2) en la medida en que la crisis se ha concentrado en los países desarrollados, se han tendido a reorientar los flujos de capitales hacia los países emergentes, cuya capacidad de absorción de estos flujos es limitada, como mayor es su vulnerabilidad ante desequilibrios como los descritos.

La experiencia de los países del este de Europa en los primeros compases de la crisis, así como la de la periferia del euro en la fase más reciente, ilustra los peligros de las burbujas del precio de los activos en países en proceso de convergencia. Todo esto ha encendido las alarmas de las autoridades nacionales y los organismos internacionales, que han buscado maneras de evitar, en concreto, burbujas inmobiliarias como las experimentadas en los últimos años, que producen graves crisis bancarias y soberanas.

Los controles de capitales tradicionales se han mezclado en muchos casos con las nuevas políticas macroprudenciales, que utilizan los instrumentos de las políticas prudenciales (del solvencia de entidades financieras) para alcanzar objetivos “macro” de estabilidad financiera o de prevención del riesgo sistémico. Algunos ejemplos de este último tipo de políticas son los límites a los ratios de préstamo sobre valor (Loan to Value, LTV) en los préstamos hipotecarios, la utilización de los coeficientes de reservas bancarias para desalentar determinadas operaciones (por ejemplo, la captación de depósitos en moneda extranjera), provisiones dinámicas o anticíclicas que permitan construir un colchón en los tiempos buenos que se pueda utilizar en los tiempos malos y, tal como se propone en el marco de la nueva regulación bancaria (Basilea III), un recargo de capital más elevado si el crecimiento del crédito en el sistema supera un determinado umbral.

Algunas de estas medidas pueden presentar analogías con controles de capitales tradicionales, cuando inciden sobre la moneda de denominación de las operaciones financieras o tratan de manera distinta a los residentes y no residentes. El Fondo, en definitiva, se ha mostrado mucho más flexible y dispuesto a aceptar controles de capitales como medida preventiva que evite males mayores: recalentamiento de la economía, burbuja del precio de los activos y desequilibrios que, tarde o temprano, generan crisis (véase IMF, 2010).

La reforma de la gobernanza del Fondo

El poder de voto en el Directorio del Fondo se basa en un esquema complejo que depende de las cuotas de los países miembros, quienes a su vez se agrupan en “sillas”. La ventaja inicial de los miembros fundadores, unida a un sistema con fuertes componentes de inercia y a una fórmula que descansa en variables que priman a las economías europeas (como la apertura) ha hecho que las cuotas hayan tenido un sesgo claramente en favor de Europa y en contra de los países emergentes.

Antes de la reforma de Singapur en 2006 este sesgo condujo a que los votos de los Países Bajos y Bélgica (2,3% y 2,1% del total, respectivamente) fueran superiores a los de la India y Brasil (1,9% y 1,4%) (véase Fernández de Lis, 2006). Esta situación era insostenible, y más en un mundo donde los países emergentes son la locomotora de la economía mundial. Tras la reforma de Singapur, y al hilo de la crisis internacional, se ha propuesto una reforma más ambiciosa que supondrá, entre otras cosas, situar a China como el tercer país por tamaño de su cuota, reducir los votos del conjunto de los países desarrollados del 45,1% (pre-Singapur) al 41,2% y aumentar paralelamente los de los países emergentes y en desarrollo del 39,4% al 44,7%. La UE perderá tres puntos en poder de voto, aunque algunos pocos países tradicionalmente infrarrepresentados aumentarán su participación, de manera destacada España, que pasará del 1,4% previo a Singapur al 1,9% después de la reforma en curso. Esta reforma requiere la aprobación del 85% del poder de voto del Fondo.

Aunque estos avances hacia un reparto del poder de voto en el Fondo más acorde con el peso de las economías en el mundo son muy importantes, conviene señalar que, desde el punto de vista de la gobernanza de la institución, es más importante la composición del Directorio, donde los avances han sido mucho menores. De los 24 directores ejecutivos, 8 ó 9 son europeos (dependiendo de las rotaciones en las sillas) y 12 ó 13 de países desarrollados. África sólo cuenta con dos sillas y países tan importantes como México no disponen de una representación permanente. En la reunión del FMI de Seúl en 2010 se acordó que Europa cederá dos sillas a los emergentes para 2012 como parte de la reforma en curso, acuerdo que es un paso en la dirección correcta, pero que está pendiente de concretar.

Esta composición del poder de voto se refleja en la elección del director de la institución, por tradición europeo, como se ha puesto de manifiesto en la reciente elección de la candidata francesa Christine Lagarde frente al candidato mexicano Agustín Carstens. Independientemente de los indudables méritos de la candidata francesa, la tradición de un europeo al frente del Fondo y un americano en el Banco Mundial responde a un reparto de poder que excluye a los países emergentes y en desarrollo, y que es insostenible a medio y largo plazo. El hecho de que una parte significativa del préstamo del Fondo se concentre ahora en países de la UE es un argumento adicional para cambiar estas prácticas, ya que no conviene que instituciones dedicadas al préstamo estén gobernadas por los deudores.

Conclusión: Como se ha visto, el FMI ha experimentado una importante transformación desde el estallido de la crisis financiera internacional que lo coloca en una mejor posición para abordar los retos a los que se enfrentará en el siglo XXI. Sin embargo, una de sus asignaturas pendientes sigue siendo adaptar su estructura de gobernanza interna a la multipolaridad de la economía mundial. Los países desarrollados y, más en concreto, EEUU y la UE no deberían atrincherarse en la amplia mayoría que les otorga la suma de sus votos para perpetuar sus ventajosas posiciones de partida. El avance de la representación de los países emergentes en este y otros foros financieros internacionales no sólo es deseable, sino inevitable.

Sonsoles Castillo y Santiago Fernández de Lis

BBVA Research

Referencias

Blanchard, Olivier, Giovanni Dell’Áriccia y Paolo Mauro (2010), “Rethinking Macroeconomic Policy”, IMF Staff Position Note, SPN/10/03, 12/II/2010, http://www.imf.org/external/pubs/ft/spn/2010/spn1003.pdf.

Crockett Report (2007), Report of the Committee to Study Sustainable Long-term Financing of the IMF, 31/I/2007, http://www.imf.org/external/np/oth/2007/013107.pdf.

Fernández de Lis, Santiago (2006), “IMF Quota Reform: The Singapore Agreements”, ARI nº 111/2006, Real Instituto Elcano, 1/XII/2006, http://www.realinstitutoelcano.org/wps/wcm/connect/909f0f804f01866eba9efe3170baead1/1079_Fernandez_+de_Lis_IMF.pdf?MOD=AJPERES&CACHEID=909f0f804f01866eba9efe3170baead1.

IMF (2008), “Review of the Fund’s Financing Role in Member Countries”, 28/VIII/2008, http://www.imf.org/external/np/pp/eng/2008/082808.pdf.

IMF (2009), “IMF Overhauls Nonconcessional Lending Facilities and Conditionality”, Public Information Notice (PIN) nº 09/40, 3/IV/2009, http://www.imf.org/external/np/sec/pn/2009/pn0940.htm.

IMF (2010), “Capital Inflows: The Role of Controls”, IMF Staff Position Paper, SPN/10/04, 19/II/2010, http://www.imf.org/external/pubs/ft/spn/2010/spn1004.pdf.

NOTA
[1] Este ARI refleja las opiniones de los autores y no necesariamente la del BBVA.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Stabilité de l’euro : la nécessité d’une véritable réforme des activités financières

Par Emmanuel Sales, ancien élève de l’Ecole normale supérieure de la rue d’Ulm, agrégé de philosophie et directeur général de la Financière de la cité (LE MONDE, 05/07/11):

Avant d’être une zone monétaire, l’euro est un système moral. C’est sa force et aussi sa faiblesse. En imposant des plans rigoureux de retour à l’équilibre, les autorités ont accompli leur devoir. Mais les efforts demandés risquent de rester lettre morte s’ils ne sont pas accompagnés d’une véritable révolution dans l’organisation et le contrôle des activités financières. Pour assurer la véracité de la monnaie à long terme, il ne suffit pas de brandir des critères macro-économiques de solvabilité. Il faut conforter les traditions d’enrichissement par le travail et par l’épargne et restaurer la confiance dans le système financier. Cela implique une volonté commune de la France et de l’Allemagne pour imposer un mode de régulation conforme aux habitudes et aux modes de vie des sociétés européennes.

Si les étoiles n’apparaissaient qu’une fois tous les cent ans, dit Emerson, les hommes en chériraient longtemps le souvenir. Accoutumés à l’utilisation de la monnaie unique, nous en avons négligé le trésor. L’évidence de l’euro nous a distraits de nos devoirs. Comme un propriétaire oublieux nous avons laissé la défense de nos droits à ceux qui étaient chargés d’en assurer la simple gérance. La crise financière nous a rappelés à nos obligations.

Durant les trente dernières années, la crédibilité des banques centrales et l’efficience des marchés de la dette souveraine ont entretenu une illusion de maîtrise des cycles économiques. La hausse du prix des actifs a masqué le creusement des déséquilibres. La crise financière globale a mis au jour le gouffre entre la valeur réelle des choses et ce qu’en avait fait l’imagination des hommes.

Depuis, la situation ne s’est pas améliorée. Les Etats-Unis sont durablement engagés dans des politiques visant à déprécier la valeur du dollar au risque de créer des tensions sur les prix, le secteur financier s’est placé sous la tutelle des Etats, sans rien changer à ses pratiques. Les hommes ordinaires, scrupuleux, subissent indirectement tout le poids de l’ajustement économique par l’alourdissement des charges pesant sur les budgets nationaux.

Dans ces circonstances historiques, les autorités européennes ont fait preuve de sagesse financière et de courage politique. En assurant le sauvetage des pays en difficulté, elles ont ouvert la voie à une intégration des politiques budgétaires. En évitant de se lancer dans une politique d’injection de liquidités à tout-va, elles ont protégé la valeur de la monnaie. Mais cela ne suffit pas.

Avant d’être une union monétaire, l’euro est un système moral. Il repose sur la confiance et l’instruction de ceux qui ont à le manier. Pour que l’euro soit durablement établi, il faut que chacun soit assuré que personne ne peut, par des politiques unilatérales ou un privilège quelconque, obtenir plus de richesses qu’il n’en peut obtenir. Dans cette logique, le retour à l’équilibre des comptes publics ne peut faire l’économie d’une réforme en profondeur des activités financières.

L’EURO EST UN SYSTÈME MORAL AVANT D’ÊTRE UNE UNITÉ MONÉTAIRE

L’analyse de la zone euro à l’aune de critères purement comptables et financiers est unilatérale, en ce qu’elle manque l’essentiel du processus historique. Il y a en effet entre les peuples de la zone euro une communauté de destin qui a toutes les caractéristiques de ce Wittgenstein appelait “une forme de vie”, un rapport au droit et à l’histoire qui détermine des façons de parler et d’agir.

L’euro est le legs de la “grande guerre” civile européenne. A la différence des Anglais et des Américains, les membres de la zone euro sont à bien des égards, des peuples résilients. Ils portent sur leur sol et dans leurs villes la marque des plus grands conflits mondiaux ; ils ont subi la dictature, le totalitarisme, la glaciation soviétique. Il leur en est resté une certaine méfiance vis-à-vis des politiques de grandeur, une vision multilatérale du monde et un goût pour l’équilibre des pouvoirs, que reflète le processus même de construction européenne, fait d’arbitrages et de compromis.

L’euro est une création artificielle nous disent les beaux esprits. Ce qui est plutôt surprenant, c’est que nous ayons eu si longtemps le franc, le mark, la lire, etc. La corruption des monnaies à partir de la “grande guerre” a été le grand facteur de désagrégation sociale et politique des sociétés européennes. De 1914 jusqu’à l’avènement de l’euro monétaire, en 1999, la valeur du franc a été divisée par vingt ; le mark s’est effondré deux fois; la lire, la peseta ont perdu à peu près toute valeur. Chaque fois, les politiques monétaires unilatérales qui ont suivi le retour à la paix ont entraîné le déficit, le repli sur soi, le rationnement de la demande, l’appauvrissement du plus grand nombre.

L’euro a mis fin à cette longue histoire. Avec l’euro, chacun est, en théorie, assuré d’être, suivant la vieille expression juridique reprise par Rueff, “rempli de ses droits”. L’euro repose sur l’idée simple et de bon sens que chaque Européen ne peut puiser des richesses sur le marché “qu’à concurrence de celles qu’il y versera”. La valeur de la monnaie unique découle de l’engagement des Etats membres à suivre les règles communes qu’ils se sont prescrites et non d’un quelconque privilège seigneurial permettant d’obtenir sans payer. C’est ce qui fait sa faiblesse, mais aussi sa force : les droits des créanciers de l’Etat grec sont certainement décotés, mais ce sont de vrais droits. En est-il de même des droits des créanciers du Trésor américain ?

L’épargne est le fondement de la stabilité monétaire. L’épargne des ménages constitue l’autre clé de la stabilité monétaire. Si la zone euro a été moins touchée que d’autres par la crise financière, elle le doit moins à la clairvoyance de ses élites qu’au niveau d’éducation de ses ressortissants. L’ancien économiste en chef du Fonds monétaire international, Raghuram Rajan, l’a bien noté : l’origine lointaine de la crise réside dans l’échec du système d’enseignement aux Etats-Unis. Au lieu d’encourager les gens à constituer des réserves propres, les autorités américaines ont incité des ménages impécunieux à devenir propriétaires de leur logement.

La situation de l’Europe est bien différente. D’après l’OCDE, le taux d’épargne brut des ménages de la zone euro représente près de 16 % de leur revenu disponible, contre à peine 4 % aux Etats-Unis. L’essor du crédit à la consommation ou des emprunts hypothécaires est un phénomène récent et très localisé, qui concerne essentiellement certains pays d’Europe du Sud. De façon générale, les mécanismes de “financiarisation” des actifs illiquides et notamment immobiliers, que certains appelaient encore de leurs vœux il y a quelques années, n’ont jamais pris racine sur le continent.

En Europe, come le remarquait Bastiat, la réalisation du loisir, le perfectionnement des arts, le développement intellectuel et moral ont toujours été associés avec l’accumulation patiente des capitaux. Faiblement endettés, les ressortissants de la zone euro disposent de ressources propres leur permettant d’absorber une grande partie du choc macro-économique. C’est pourquoi le processus de contraction sera moins long et moins douloureux en zone euro qu’ailleurs.

Dans ces conditions, il convient de relativiser la crise de la dette souveraine. Les difficultés financières auxquelles font face certains pays membres depuis la fin de l’année 2009, sont liées à la mauvaise gouvernance de leur secteur financier (comme en Irlande), aux politiques d’incitation à l’endettement privé et de déréglementation du crédit (comme au Portugal ou en Espagne) et à une mauvaise gestion de l’Etat (comme en Grèce). En revanche, les traditions d’enrichissement par le travail et par l’épargne sont fortement ancrées dans les sociétés civiles.

Ainsi, contrairement à ce qu’écrivent à longueur de journée les éditorialistes du Financial Times, l’euro n’est donc pas un “schéma de Ponzi”. La crise globale ouverte en 2007 doit plutôt être mise à profit pour renforcer les fondements de l’euro que sont la confiance, qui nous oblige à vivre et à nous mouvoir dans un espace commun et l’éducation, qui nous a appris à ne pas dispenser précocement les fruits de la croissance future. Dans cette perspective, plusieurs chantiers s’ouvrent à nous, qu’une coopération étroite entre la France et à l’Allemagne permettrait de faire aboutir.

L’EUROPE DOIT IMPOSER SON PROPRE MODÈLE DE RÉGULATION FINANCIÈRE

Encourageons la constitution de réserves à long terme. Plutôt que de soutenir artificiellement la consommation en satisfaisant des clientèles diverses, il faut au contraire encourager l’orientation de l’épargne vers des emplois à long terme. Seuls ceux qui disposent de ressources longues, du fait de la taille de leurs fonds propres ou du caractère non exigible de leurs passifs peuvent supporter le péril du long terme, sans risque d’aléa moral. Les enjeux du long terme, liés en particulier à l’allongement de la vie humaine (retraite, dépendance) et au préfinancement des risques industriels lourds (comme le démantèlement des centrales nucléaires obsolètes) doivent être portés par ceux qui sont à même de les soutenir.

A cet égard, les nouvelles normes de solvabilité applicables au secteur de l’assurance (dites “solvabilité II”) constituent, à nos yeux, une erreur historique. Fondées sur une approche purement statistique des risques financiers à court terme, elles handicapent gravement la capacité des assureurs à porter les risques de long terme. L’économiste Christian Gollier, qui a contribué directement à la révision des taux d’actualisation pour les investissements publics en France et à l’étranger, en faisait récemment la remarque: il est surprenant que l’on adopte une réforme qui favorise de façon si criante le court terme, alors que les enjeux de long terme, liés notamment à l’allongement de la vie humaine, pèsent aussi fortement sur notre destin collectif et la dette des Etats.

Dans cet esprit, on ne peut qu’appeler à une prise de conscience des autorités européennes. Parmi les acteurs du système financier, les assureurs ont pour vocation naturelle de permettre la mutualisation et le transfert des risques dans le temps. A la différence des banques, ils jouent un rôle clé de gestion des risques à long terme. Plutôt que de favoriser le transfert des aléas financiers vers les particuliers, il faut au contraire encourager les mécanismes de solidarité collective, qui permettraient d’orienter l’épargne vers le financement des infrastructures ou de besoins à long terme, aujourd’hui supportés par la dette publique.

Réduisons la taille des banques. Les régulateurs européens doivent effectuer une véritable révolution copernicienne. La raison d’être de la régulation financière est de protéger la petite épargne et de lutter contre les fraudes, non d’éviter la faillite des établissements, avec les risques d’aléa moral et de mauvaise utilisation de l’argent public que cela comprend. C’est en amont qu’il faut prévenir le risque de contagion à l’ensemble de l’économie, en évitant que les établissements prennent des risques trop corrélés ou adoptent des structures de bilan déséquilibrées.

A cet égard, la taille des établissements financiers et leur niveau d’imbrication avec la sphère publique sont devenus un problème. L’accès aux fonds des Etats permet aux établissements financiers de contracter avec des intermédiaires qui les exposent de manière opaque à la banqueroute. En outre, le poids des institutions financières permet à un nombre limité d’acteurs de peser sur l’orientation des normes.

Les exigences de stabilité financière rejoignent ici l’intérêt public. La réduction de la taille des établissements doit s’accompagner d’une clarification du rôle des organismes de tutelle, qui ne peuvent à la fois exercer une mission de surveillance et de promotion des places financières. En la matière, beaucoup de chemin reste à faire, compte tenu de l’orientation donnée à la réglementation depuis plusieurs années. Toutefois, l’Allemagne et la France disposent en Europe de l’influence et du poids suffisant pour orienter la réglementation dans un sens plus conforme à l’intérêt des épargnants. C’est simplement une question de volonté politique.

Assurons une stricte séparation des activités financières Dans cet ordre d’idées, les autorités pourraient également imposer un véritable “Glass Steagle Act” à l’européenne (du nom de la loi qui imposait une stricte séparation entre les activités de banque d’affaires et de banque de dépôt aux Etats-Unis), pour garantir l’alignement des intérêts entre les banques et leurs clients.

Comment une même maison peut-elle à la fois collecter les dépôts, faire du conseil aux entreprises, émettre des titres, gérer en toute indépendance l’épargne qui lui est confiée ? Au-delà des conflits d’intérêt qu’elle suscite, la pratique consistant pour les banques à orienter les flux financiers en fonction de leurs contraintes de bilan entraîne une mauvaise allocation de l’épargne à long terme. Le bon sens, autant que la théorie économique, suggère de séparer les métiers, la banque et l’assurance, la banque de dépôt et la banque d’affaires, la gestion pour compte de tiers et pour compte propre.

Là encore, beaucoup de choses restent à faire. La culture administrative privilégie l’émergence de grands établissements, qui présentent toutes les garanties apparentes en termes de contrôle des risques et offrent des solutions attractives aux problèmes de carrière des hauts fonctionnaires. Sous l’impulsion de Paul Volcker, ancien Président du bureau de la Réserve fédérale américaine, les Etats-Unis ont commencé à instaurer des règles visant à prémunir les conflits d’intérêts. La France et l’Allemagne pourraient aller beaucoup plus loin en imposant une véritable séparation des activités financières.

Adoptons des normes contra-cycliques. La crise financière a fait apparaître les effets négatifs de la pro-cyclicité des normes prudentielles. Pendant les périodes de stress, la dégradation instantanée des indicateurs incite à vendre les actifs à l’encan et conduit à adopter des comportements de thésaurisation des liquidités, au moment même où la baisse des taux d’intérêt permettrait d’augmenter la prise de risque.

Malheureusement, en cette matière, toutes les leçons de la crise n’ont pas été tirées : les agences de notation ont été confortées, des paramètres de risque à court terme, étendus à l’ensemble du secteur financier. Il faut à l’évidence proposer de nouveaux outils de mesure de l’équilibre financier, allant dans le sens d’une démarche contra-cyclique. Une réflexion sur les implications macro-économiques de la comptabilisation en valeur de marché d’actifs visant à couvrir des engagements de long terme s’impose. De même, les démarches du Comité de Bâle visant à constituer un capital “tampon” anti-cyclique pour les banques durant les périodes d’expansion, doivent être encouragées.

CONCLUSION

La crise financière globale que nous traversons depuis 2007 constitue une opportunité historique. A la différence des Etats-Unis, l’Europe s’est engagée dans la voie de la stabilité monétaire. Elle a fait le pari que la dynamique de socialisation l’emportait sur les tendances centrifuges qui ont mené au paupérisme et à la dépendance. C’est un choix exigeant, mais raisonnable. Mais les efforts demandés risquent de rester lettre morte s’ils ne sont pas accompagnés d’une véritable révolution dans l’organisation et le contrôle des activités financières. Que m’importent les codes de bonne conduite, les procédures de contrôle de risque, si les puissants échappent à la possibilité de faillir ? Si l’on veut que la véracité de la monnaie soit durablement établie, il faut rétablir la solvabilité de l’économie et du système financier sur des bases saines.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

La Primera Internacional

George Novack

La Primera Internacional
(1864-76)


1.

Formación de la Primera Internacional.

La Primera Internacional nació en Inglaterra. Esto no fue accidental. Inglaterra, la cuna del capitalismo industrial, era el país económicamente más avanzado del siglo XIX. Los antagonismos de clase modernos surgieron primero y se desarrollaron más poderosamente en Inglaterra y fue allí donde primero se manifestaron las formas esenciales de la lucha proletaria contra la clase capitalista. En el gran Movimiento Cartista de 1840, Inglaterra presenció la primera movilización política del proletariado como clase. Fue en Inglaterra donde por primera vez la clase obrera se organizó en sindicatos. Los más intrépidos y visionarios líderes de la clase obrera inglesa fueron los primeros en llegar a una clara comprensión de la lucha de clases como factor histórico y principio táctico. Fue allí donde el proletariado adquirió antes el profundo sentido de la solidaridad internacional y la necesidad imperativa de concertar la acción en la lucha contra la sociedad capitalista basada en esta solidaridad.
La Primera Internacional no bajó del cielo completamente desarrollada ni fue la creación exclusiva de la grandiosa mente de Marx. Fue un producto genuino del movimiento de la clase obrera y de la iniciativa de su vanguardia. Creció sobre un terreno ya roturado con la lucha de clases y regado por las semillas del internacionalismo. Su aparición fue preparada por un grupo de precursores que había difundido las ideas y sentimientos de la solidaridad proletaria, ideas que penetraron en pequeños círculos de trabajadores concientes, aun bajo las condiciones más adversas y decepcionantes.
Desde 1845 hasta 1864, hubo una serie de intentos de organización de la clase obrera que culminaron en la fundación de la Primera Internacional. Aquí señalaremos las tres organizaciones más importantes. La primera de ellas fue la Sociedad de Demócratas Fraternales, organizada en 1845 por Julian Harney en Londres, donde se aglutinaron los refugiados políticos de toda Europa. Esta fue la primera organización internacional de la clase obrera. La segunda fue la Liga Comunista que, basada en el trabajo de Marx y Engels, el Manifiesto comunista, dio al movimiento obrero internacional su primer programa científico y las bases teóricas correctas. La tercera fue el Comité Internacional organizado por Ernest Jones en Londres que, por medio de sus mitines masivos y manifiestos, mantuvo vivas las tradiciones del internacionalismo durante los reaccionarios años de 1850.
Cuando las condiciones para su fundación maduraron, la Primera Internacional fue construida sobre las bases del trabajo realizado por estos pioneros. Después de la derrota de las revoluciones de 1848 y durante el auge posterior del capitalismo en la década de 1850, el movimiento obrero estuvo terriblemente deprimido. A muchos parecía que nunca recobraría la intensidad revolucionaria que había desplegado en los momentos más candentes de los levantamientos de 1848. A pesar de que la idea del internacionalismo decayó, nunca estuvo totalmente extinguida. Se mantuvo viva en pequeños grupos aislados muy débiles, pero fieles líderes de la clase obrera. Aquellos que han pasado por períodos comparables de reacción y repliegue durante el siglo XX pueden comprender el carácter de la época.
Más tarde, a finales de la década de 1850, ocurrieron una serie de hechos que cambiaron la situación internacional y contribuyeron a revivir el movimiento obrero y por consiguiente al espíritu internacionalista. Los más importantes fueron la crisis económica de 1857, la más catastrófica y extendida del siglo XIX, la guerra de independencia italiana en 1859 y el estallido de la Guerra Civil en Estados Unidos en 1860 - 1861.
Estos grandes eventos históricos tuvieron consecuencias económicas y políticas extremadamente significativas en Francia e Inglaterra, los países más industrializados de Europa. Debilitaron la dictadura de Napoleón III y lo obligaron a extender las concesiones económicas y políticas a los, hasta ahora, atomizados obreros franceses. Paso a paso avanzaron los trabajadores. Se les dio la oportunidad de votar en las elecciones y se rechazaron las leyes que prohibían las organizaciones sindicales para mejorar las condiciones de vida.
Sin embargo, los desarrollos decisivos tuvieron lugar en Inglaterra. Aunque en 1825 los trabajadores ingleses conquistaron el derecho a sindicalizarse, las masas no tenían derecho a votar. Mientras tanto, el desarrollo continental del capitalismo había creado una competencia peligrosa para los trabajadores ingleses en la forma de trabajo sobreexplotado. Cuando intentaban asegurar salarios más altos, o menos horas de trabajo, los capitalistas ingleses amenazaban con importar fuerza de trabajo barata de Francia, Bélgica, Alemania y otros países. El estallido de la Guerra Civil norteamericana y el embargo de las exportaciones de algodón produjo una crisis algodonera que causó gran miseria entre los obreros textiles ingleses.
Estas condiciones impactaron a los sindicatos británicos y precipitaron el desarrollo de lo que llegó a conocerse como el "Nuevo Sindicalismo" dirigido por un grupo de líderes experimentados de los mecánicos, carpinteros, ebanistas, constructores, zapateros y otros sindicatos.
Estos hombres reconocieron la necesidad de una lucha política a favor de los sindicatos y comenzaron a tomar un profundo interés en los asuntos nacionales y extranjeros. Realizaron enormes mitines de masas exigiendo la extensión del derecho al voto de los obreros, protestando por la conspiración del primer ministro Palmerston para intervenir en la Guerra Civil norteamericana contra el Norte, y dándole una recepción de bienvenida a Mazzini, luchador por la libertad italiana, quien visitó Londres en 1864.
Este despertar político de la clase obrera inglesa y francesa también revivió la idea del internacionalismo. La visita de delegados obreros franceses a la Exposición Mundial de Londres en 1862, aunada la conspiración conjunta de Francia, Inglaterra y Rusia para aplastar la insurrección polaca por la independencia en 1863, condujo a un intercambio de correspondencia sobre sus calamidades comunes y finalmente a un mitin conjunto de representantes obreros franceses e ingleses en el St. Martin's Hall en Londres, en setiembre 28 de 1864. Allí se decidió crear un comité que delineara los estatutos para una organización internacional obrera que deberían ser aprobados en un congreso internacional, citado al año siguiente en Bélgica. Las reseñas periodísticas sobre el comité, que estaba compuesto por numerosos sindicalistas y representantes obreros extranjeros, mencionaban en último lugar a Karl Marx, quien estaba destinado a ser una de las figuras más destacadas de la organización.

2.

El papel de Marx.

Después de las derrotas de 1848, que precipitaron la disolución de la Liga Comunista, y durante los años siguientes de reacción, los exiliados Marx y Engels, a pesar de que siguieron de cerca los acontecimientos políticos, se dedicaron a su trabajo científico. Reconociendo que "hay un tiempo para cada cosa" esperaron un vuelco de la situación para desarrollar su actividad práctica de organización del movimiento obrero en condiciones más propicias. En el momento en que el movimiento obrero y revolucionario comenzó a revivir, los combatientes se pusieron su armadura y se sumergieron en la pelea con todas las armas a su alcance. El 13 de febrero de 1863, Marx escribió a Engels: "La era de la revolución se abre de nuevo claramente en Europa." (Marx - Engels, Selected Correspondence [Correspondencia escogida]) Cuando se conformó el Comité Internacional de Trabajadores, le escribió a sus amigos norteamericanos: "A pesar de que durante años, me he negado sistemáticamente a pertenecer a cualquier "organización", esta vez acepté porque aquí existe la posibilidad de hacer algo realmente bueno."
Inmediatamente Marx se convirtió en el líder intelectual de este comité de cincuenta miembros, la mitad de los cuales eran obreros ingleses. Después que otros vacilaron, asumió la tarea de esbozar el programa y los estatutos de la Primera Internacional. El comité entusiasta y unánimemente aprobó el Discurso inaugural y las Reglas provisionales, pidiendo solamente la adición de unas pocas frases abstractas acerca del "derecho y el deber, la verdad, la moralidad y la justicia" que, como Marx dijo a Engels, fueron incluidas por él de tal forma que no desfiguraron el contenido.
El Discurso inaugural de la Asociación Internacional de Trabajadores pronunciado en el mitin del St. Martin's Hall de Londres, el 28 de setiembre de 1864, es, junto con el Manifiesto comunista, una fuerte denuncia al capitalismo y una exposición de las metas de la clase obrera. Comenzó recordando el impresionante hecho de que durante los años de 1848 a 1864, a pesar de ser un período de incomparable desarrollo industrial y comercial, la miseria de la clase obrera no había disminuido.
Para probar este punto comparó las aterradoras estadísticas publicadas en los Blue Books oficiales sobre la miseria del proletariado inglés con las cifras utilizadas por el ministro de hacienda, Gladstone, en sus discursos ministeriales. Estas mostraban que "el intoxicante aumento de la riqueza y el poder" que se dio en el mismo período había sido en exclusivo beneficio de las clases poseedoras. Quizá la única excepción era la de una pequeña capa aristocrática de trabajadores, que recibían salarios más altos; pero este incremento desaparecía ante el alza general en los precios. "Por todas partes las grandes masas de las clases trabajadoras se hunden cada vez más profundamente, y al mismo ritmo de quienes por encima de ellas ascienden en la escala social... Cada nuevo desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo tiende a agudizar los contrastes sociales y a evidenciar los antagonismos de la sociedad... Esta época está marcada en los anales de la historia por el rápido retorno, el gran alcance y los efectos mortales de esa peste social llamada crisis comercial e industrial." (Obras escogidas)
El discurso señalaba que, incluso en los años reaccionarios de 1850, los trabajadores consiguieron dos conquistas significativas. Una de ellas fue la promulgación legal de la jornada de diez horas de trabajo, forzada por la lucha del proletariado inglés. "La ley de las diez horas" no fue sólo una gran conquista práctica, sino la victoria de un principio; era la primera vez que, a la luz del día, la economía política de la clase media sucumbía ante la economía política de la clase obrera." (Obras escogidas) Otro logro significativo fue el del establecimiento del movimiento cooperativo y de las fábricas cooperativas, que probaron en la práctica que los trabajadores pueden organizar la producción y sus intercambios sin necesidad de los explotadores.
Y aun más: "los señores de la tierra y del capital continuarán utilizando sus privilegios sistemáticamente para la defensa y perpetuación de su monopolio [de los medios de producción]." Por lo tanto, la gran tarea de la clase obrera es la de tomarse el poder político. Los trabajadores se están dando cuenta de esta necesidad, tal como lo demostraron con el resurgimiento de los movimientos obreros en Inglaterra, Francia, Alemania e Italia y con los esfuerzos por organizar políticamente a los trabajadores. Los obreros "poseen un elemento para el éxito, su número. Pero el número pesa en la balanza sólo cuando está unido en una organización y dirigido hacia un fin consciente". La experiencia ha demostrado que ignorar la solidaridad que debe existir entre los trabajadores de todos los países y dejar de impulsarlos a estar presentes hombro a hombro en todas las luchas por su emancipación, revierte siempre en un fracaso general de todos sus esfuerzos. Esta consideración, junto con las señaladas anteriormente sobre la política exterior, condujo al mitin del St. Martin's Hall a fundar la Asociación Internacional de los Trabajadores. (Mehring)
El discurso concluyó con el inmortal grito de batalla del Manifiesto comunista: "¡Proletarios de todos los países, uníos!".
En las Reglas provisionales se incluyen muchas de las máximas clásicas del marxismo. La emancipación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos. La lucha por la emancipación de la clase obrera no es la lucha por el establecimiento de nuevos privilegios de clase, sino por la total abolición del régimen de clases. El sometimiento económico del trabajador ante aquellos que se han apropiado de los instrumentos de trabajo, esto es, de las fuentes de la vida, conduce a todo tipo de servidumbre: miseria social, atrofia intelectual y dependencia política. La emancipación económica de la clase obrera es, por lo tanto, la gran meta para la cual deben utilizarse todos los movimientos políticos. La emancipación de los trabajadores no es una tarea local, ni nacional. Abarca a todos los países en los que existe la sociedad moderna y sólo puede lograrse por medio de una cooperación sistemática entre todos estos países. Las reglas trazaron y definieron las tareas del Consejo General compuesto por trabajadores de varios países representados en la asociación.
El Discurso inaugural se diferencia del Manifiesto comunista en la forma. Marx escribió a Engels, "hace falta tiempo, antes de que el movimiento revivido nos permita utilizar el viejo lenguaje audaz. La necesidad del momento es: osadía en el contenido, pero moderación en la forma". Este documento se diferenciaba del Manifiesto porque pretendía agrupar en una sola estructura a trabajadores con diferente grado de desarrollo político. Pero, contenía implícitamente las ideas fundamentales del comunismo. Marx confiaba en que posteriormente la conciencia de clase de los trabajadores se desarrollaría y se elevaría como resultado de su acción unificada para garantizar la victoria final del socialismo científico al interior de la Internacional, y a través de ésta, sobre la clase capitalista.

3.

Logros de la Primera Internacional

La Primera Internacional vivió durante catorce años, desde 1864 hasta 1878. Como es imposible relatar toda su actuación y los documentos de sus congresos, se mencionarán solamente los logros y las actividades organizativas más destacadas.
La Internacional se anotó su primer éxito significativo en la lucha que dirigieron sus miembros por la reforma de los derechos políticos en Inglaterra. Al escribir a Engels el 7 de julio de 1886, Marx decía: "Las demostraciones de los obreros de Londres, maravillosas, si las comparamos con cualquier otra que hayamos visto en Londres desde 1849, son fruto del trabajo de la Internacional. Por ejemplo, Lucraft, el líder de la demostración en Trafalgar Square, es miembro de nuestro consejo. En un mitin de 20.000 personas en Trafalgar Square, Lucraft propuso una demostración en Whitehall Gardens, "donde una vez hicimos picadillo la cabeza de un rey", y poco después, una demostración de 60.000 personas en Hyde Park, casi se convierte en insurrección."
Los actuales dirigentes del Partido Laborista, quienes lo han convertido en un instrumento para preservar el capitalismo y mofarse del marxismo extranjero e impracticable, realmente le deben sus puestos y su poder a la lucha por la extensión de los derechos políticos llevada a cabo bajo la dirección intelectual de Marx.
Los miembros de la Internacional dirigieron una vigorosa campaña por una legislación laboral progresiva. Exigieron una jornada de trabajo más corta y condenaron el trabajo nocturno y todas las formas de trabajo perjudiciales para las mujeres y los niños. En 1886, el Congreso de la Internacional de Ginebra declaró: "Exigiendo la adopción de estas leyes, la clase obrera no consolidará los poderes dominantes, sino que por el contrario, convertirá en su propio instrumento a esos poderes que ahora son utilizados contra ella."
La Internacional estimuló la organización sindical en muchos países. Así mismo, buscó elevar el nivel político del movimiento sindical y lograr que sus miembros fuesen concientes de su misión histórica. "Conduciendo incesantemente una guerra de guerrillas en la lucha diaria entre el capital y el trabajo, los sindicatos llegarán a ser aun más importantes como palanca para la abolición organizada del trabajo asalariado. En el pasado, los sindicatos han concentrado sus actividades demasiado exclusivamente en la lucha inmediata contra el capital, pero en el futuro no se pueden mantener por fuera de la política general y del movimiento social de su clase. Su influencia será cada vez más fuerte y las grandes masas de trabajadores se darán cuenta de que su meta no es estrecha ni egoísta, sino que se propone lograr la emancipación de millones de oprimidos."
De acuerdo a esta línea, la Internacional apoyó las huelgas que se extendieron de un país a otro después de la crisis económica de 1866. En cualquier sitio donde estallaran estas luchas la Internacional llamó a los trabajadores a apoyar, en su propio interés, a sus camaradas extranjeros. Los capitalistas trataron de atribuir estas huelgas a las maquinaciones de la Primera Internacional, así como hoy se las atribuyen a las actividades de los "agitadores extranjeros", "rojos" y "trotskistas". Algunos capitalistas suizos llegaron a enviar un emisario a Londres para averiguar las fuentes financieras de la Internacional, que eran realmente escasas. "si estos buenos cristianos ortodoxos hubiesen vivido durante los primeros días de la cristiandad, habrían investigado la cuenta bancaria de Pablo en Roma", dijo Marx burlonamente.
La Internacional expresó su solidaridad activa siempre que las luchas de los pueblos llegaron al extremo de una guerra civil o nacional. De 1864 a 1869 la Internacional le envió cuatro mensajes al pueblo norteamericano. El primero fue al presidente Lincoln, apoyando la resistencia de su gobierno al poder esclavista; el segundo al presidente Johnson sobre el asesinato de Lincoln; el tercero al pueblo, por su triunfo sobre los esclavistas; y el cuarto a William Sylvis, presidente del National Labor Union, en 1869, en protesta contra los intentos de las clases dominantes europeas de arrastrar a Estados Unidos a la guerra.
La Internacional desató sobre su cabeza la ira de toda la burguesía y de los filisteos cuando, en dos mensajes escritos por Marx, exhortó a los trabajadores franceses que se sublevaron al final de la guerra francoprusiana en 1871 a tomarse el poder y crear la Comuna de París. Con un ejército invasor a sus puertas, estos "titanes de tormentas" de la clase obrera. Fueron sangrientamente masacrados por las fuerzas de la burguesía francesa, ayudadas por el ejército de Bismarck, así como en 1943 - 1945 el general Badoglio logró desviar y aplastar la revolución italiana con la ayuda de las fuerzas anglonorteamericanas y stalinistas.
El mayor logro de la Internacional fue dar la prueba viviente de que la unidad internacional de los trabajadores era posible y fructífera.
A pesar de su inevitablemente primitiva organización interna, aportó un modelo para todas las organizaciones proletarias internacionales posteriores. El término "internacionalismo" está en el diccionario y el himno "La internacional" fue escrito gracias a la existencia de la Primera Internacional.

4.

La lucha por el marxismo.

Junto con estas demostraciones prácticas de la solidaridad de la clase obrera, la Primera Internacional sirvió de instrumento y de terreno para la popularización de las ideas marxistas. A pesar de que Marx fue reconocido como su inspirador y dirigente teórico, sus doctrinas tuvieron que luchar para lograr el predominio dentro de la organización y entre los obreros con conciencia de clase. Desde un principio, Marx tuvo que luchar contra la ideología liberal burguesa y evitar las presiones de los líderes sindicales británicos en el Consejo General.
Pero, los competidores más serios de las ideas del socialismo científico entre los obreros avanzados fueron las diferentes variedades del socialismo pequeñoburgués, anarquismo y actitudes sectarias y oportunistas en relación a los problemas que afrontaba el movimiento obrero. La historia de la Primera Internacional, escribió Marx en una carta a Bolte el 23 de noviembre de 1871, fue "una lucha continua del Consejo General contra las sectas y los experimentos de aficionados, que intentaban mantenerse dentro de la Internacional contra el movimiento real de la clase obrera. Esta lucha se llevaba a cabo en los congresos, pero mucho más en las negociaciones privadas del Consejo General con las secciones individuales". (Selected Correspondence)
Marx tuvo que pelear con las ideas proudhonianas, que hoy han desaparecido totalmente, pero que en esa época eran la corriente más popular del socialismo pequeñoburgués. Los dos futuros yernos de Marx, Paul Lafargue y Charles Longuet, fueron apóstoles de Proudhon antes de volverse marxistas.
A diferencia de los socialistas científicos, los proudhonianos querían conservar la propiedad privada, reorganizando el intercambio de productos apropiados privadamente. Sus planes prácticos para reformar la sociedad burguesa consistían en formar sociedades cooperativas y en remendar el sistema monetario. Estos socialistas pequeñoburgueses eran enemigos de las principales formas y métodos de lucha proletaria. Proudhon se oponía a los sindicatos, deploraba las huelgas y repudiaba la participación directa en política. Sus discípulos sostenían que las naciones deberían disolverse en pequeñas comunidades que luego formarían algún tipo de asociación voluntaria en sustitución del estado.
Marx y sus seguidores tuvieron que luchar continuamente contra esta tendencia, muy poderosa entre los trabajadores franceses y suizos, que no eran obreros de fábrica sino artesanos que todavía se inclinaban hacia las modas y el pensamiento pequeñoburgués.
Sin embargo, la lucha teórica y organizativa más importante de Marx fue contra las ideas anarquistas, representadas por Mijail Bakunin, heroico revolucionario ruso y padre del movimiento político anarquista que hoy está en sus últimos días. Las principales diferencias entre Marx y Bakunin pueden ser brevemente indicadas. El marxismo se basa sobre el proletariado industrial como la fuerza social decisiva de la sociedad moderna. Bakunin buscó la base social para su movimiento revolucionario en los campesinos, el lumpen-proletariado y en los elementos pequeñoburgueses desposeídos y desesperados.
El marxismo lucha contra todos los gobiernos reaccionarios y busca establecer el poder estatal de la clase obrera, como transición necesaria para abolir toda autoridad del estado y las formas de coerción. El anarquismo está contra toda autoridad y todo tipo de estado, independientemente de su carácter reaccionario o progresivo y de su naturaleza de clase. Los anarquistas, por lo tanto, se oponen a la participación en política, mientras los marxistas enseñan que los trabajadores deben participar activamente en política y conquistar el poder del estado "por los medios que sean necesarios".
Estas diferencias principistas le dieron base a Bakunin para formar dentro de la Internacional una organización secreta que buscó tomarse la dirección por medio de tácticas conspirativas. Las luchas internas entre las dos tendencias irreconciliables dividieron y debilitaron considerablemente a la Internacional.
Los marxistas también tuvieron que pelear contra Lasalle, y sus seguidores en el movimiento obrero alemán, alrededor de dos problemas fundamentales. Uno, era su táctica oportunista sobre con qué fuerzas aliarse en la lucha. Lasalle apoyó, por ejemplo, las políticas de Bismarck a favor de los terratenientes - junkers - en contra de los partido burgueses, en vez de defender una política independiente del proletariado. Al mismo tiempo, estos "socialistas bismarckianos" tenían una actitud sectaria hacia los sindicatos y se negaban a entrar en un sindicato si este no tenía su programa y su dirección. No entendían las diferencias entre un sindicato, como organización de masas en el terreno económico que abarca a obreros de todos los grados de desarrollo político y el partido del proletariado que es una selección de obreros revolucionarios con conciencia socialista.
Los fundadores de la Internacional tuvieron que combatir así contra una multitud de enemigos externos y de opositores internos. Estas fuerzas destructivas llegaron a ser arrolladoras bajo condiciones históricas adversas, después del fracaso de la Comuna de París. Esto condujo a la decadencia, desintegración y finalmente a la disolución formal de la Primera Internacional en 1878, después de que su sede fue trasladada a Nueva York.
A pesar de que la Primera Internacional murió, su obra sigue vigente. En 1878 Marx, atacando el argumento de que la Internacional había fracasado, escribió: "En realidad, los partidos obreros socialdemócratas en Alemania, Suiza, Dinamarca, Portugal, Italia, Bélgica, Holanda y Norteamérica, organizados más o menos dentro de fronteras nacionales, ya no son secciones aisladas dispersamente repartidas en varios países y dirigidas por un Consejo General desde la periferia, sino que representan a la clase obrera misma en constante, activa y directa relación, que se mantiene unida por el intercambio de ideas, la asistencia mutua y la igualdad de fines... Así, lejos de haber muerto, la Internacional se ha desarrollado de un nivel a otro más alto, en el cual muchas de sus tentativas originales ya han sido realizadas. Durante el curso de este constante desarrollo experimentará muchos cambios antes de que el último capítulo de su historia pueda ser escrito". Se verá cómo esta visión profética de Marx acerca de las vicisitudes de la Internacional se ha verificado en la realidad.

domingo, julio 03, 2011

Secretos para burlar la censura china

Por JOSE REINOSO - Pekín - (El Pais.com, 03/07/2011)

Los microblogs están transformando la forma de generar y consumir información. Pero quizás en ningún lugar del mundo sea más patente el potencial de estos servicios de mensajes cortos en Internet popularizados por Twitter que en China, debido al tamaño de su población y el estricto control que ejerce el Gobierno sobre los medios de comunicación. El país asiático tenía 457 millones de internautas a finales de 2010, un 19% más que un año antes; entre ellos, 230 millones de blogueros. Más de 300 millones navegan con el teléfono móvil.

Gran parte de los internautas chinos desconfían de la televisión y los periódicos. De ahí que se informen -y desinformen, debido a los rumores- en la red, especialmente en los microblogs (weibo, en chino). El servicio de la compañía Sina -el más popular e influyente del país- fue lanzado en agosto de 2009, y en mayo pasado alcanzó 140 millones de usuarios. Otros como los de Sohu, Netease y Tescent le siguen la pista.

Aunque la mayoría de los internautas los utilizan para hablar de sus intereses personales, seguir a las estrellas de la música y el cine o para el trabajo, los microblogs se han convertido también en una potente herramienta para los críticos con el Gobierno y activistas, que los emplean para difundir sus opiniones, intercambiar noticias y denunciar abusos, que de otra forma nunca llegarían a la opinión pública. Para ello, se ven obligados a jugar continuamente al ratón y el gato con los gestores de las páginas, que bloquean usuarios y borran mensajes. En los foros, miles de colaboradores pagados por las autoridades colocan comentarios favorables hacia las políticas oficiales, con objeto de modelar la opinión pública.

Cuando estallaron las revueltas árabes a principios de año, Pekín vetó las búsquedas de las palabras Egipto y Mubarak (el entonces presidente) en los microblogs, temeroso de que se produjera en China un efecto contagio. Los internautas reaccionaron utilizando la abreviatura Muba o sustituyendo algunos de los caracteres de su nombre por otros que suenan parecido. Y cuando el 3 de abril el artista y disidente Ai Weiwei fue detenido por la policía, sus seguidores circularon miles de mensajes pidiendo su liberación a pesar de que su nombre estaba bloqueado. Emplearon como alternativa ai weilai, que significa amar el futuro y que posteriormente también fue prohibido.

Los censores han vetado los nombres de decenas de disidentes como el premio Nobel de la Paz encarcelado Liu Xiaobo, Hu Jia o el propio Ai Weiwei, y trabajan duro para borrar los mensajes que les hacen referencia. Cuando son tecleados en el servicio de Sina (weibo.com), aparece el mensaje "De acuerdo con las leyes, regulaciones y políticas relevantes, los resultados de la búsqueda no pueden ser mostrados". Los internautas utilizan ahora para mencionar a Ai términos cariñosos como Ai Pangzi (Ai Gordito) o Lao Ai (Viejo Ai). "¿Será posible votar un día a Ai Pangzi de presidente? Probablemente no", dice un mensaje que ha escapado a la censura. Ai Weiwei, que está acusado de evadir impuestos, fue liberado bajo fianza el 22 de junio. Su familia asegura que fue detenido por su activismo.

Para confundir a los censores, los blogueros emplean también fotos de texto -más difíciles de detectar-, escriben en vertical o colocan imágenes que recuerdan al artista en la foto de usuario.

El control de la información es una prioridad absoluta para el Partido Comunista Chino. Pero la velocidad a la que llegan a las webs los mensajes o los vídeos en caso de protestas como las ocurridas en la provincia sureña de Guangdong el mes pasado hacen difícil impedir totalmente su difusión. Cuando los censores reaccionan, ya han sido reenviados y vistos por miles de usuarios.

Lo que los activistas no logran publicar en los microblogs chinos encuentra su vía en servicios extranjeros como Twitter, a pesar de su bloqueo. Para saltar el llamado Gran Cortafuegos y acceder a esta y otras páginas prohibidas, como la de vídeos de Youtube, los internautas emplean programas informáticos como Tor o Ultrasurf y servidores proxy.

Zeng Jinyan, esposa de Hu Jia -que salió de prisión el 25 de junio tras cumplir una condena de tres años y medio por "subversión de poder el Estado"-, es una activa usuaria de Twitter. Ahí ha relatado el acoso policial que sufre su familia desde hace años, la salida de la cárcel de su marido y cómo siguen vigilados. "He visto un coche y varias personas bajo un árbol frente a la ventana del cuarto de baño. Se me ha puesto la carne de gallina", dice en un mensaje escrito el jueves. Una condición impuesta para liberar a Ai Weiwei ha sido la prohibición de utilizar Twitter, medida irónica en un país en el que está bloqueado. El artista envió su último comentario a principios de abril. Su cuenta marca 90.475 seguidores.

Freedom First or Business First?

By Mauricio Claver-Carone, a director of the U.S.-Cuba Democracy PAC in Washington and formerly served as an attorney with the U.S. Department of the Treasury (THE NEW YORK TIMES, 02/07/11):

Current U.S. policy toward Cuba conditions economic engagement with the Castro regime on its respect for basic human rights and enactment of genuine political and economic reform.

This policy can be described as “freedom first.” It is often labeled a failure by American foreign-policy elites and some in the media because the Castro regime, a brutal and bankrupt totalitarian dictatorship led by a handful of octogenarians, refuses to acknowledge human rights or to accommodate political or economic reforms.

Yet few in the Western Hemisphere — even left-leaning governments — seek to emulate Cuba’s political or economic model. Venezuela’s Hugo Chávez is, perhaps, an exception, but even he is hamstrung by the Venezuelan people’s absolute rejection of Cuba’s totalitarianism.

Conversely, the United States’ “business first” policy of economic engagement toward China’s dictatorship has helped turn what was, in the 1970s and 1980s, a fragile, disoriented and struggling regime desperately seeking a way out of its failed communal agrarian economy, into one of history’s most repressive but lucrative dictatorships.

China is now the pièce de résistance in the eyes of the world’s tyrants. For the Chinese people, however, things could have turned out better.

Following Mao Zedong’s death in 1976, a wave of mostly political — not economic — reform movements spread across China. The Democracy Wall Movement, which began with people spontaneously posting signs demanding political reform and democracy on a Beijing wall, spread quickly. Hundreds of thousands of students and activists took up the cause and courageously pushed the limits of official tolerance with demands for free expression, democratic processes and open criticisms of the Communist Party, a movement that culminated on June 4, 1989, in the Tiananmen Square massacre.

The tepid response from the international community then allowed aspirations for democratic reform to be supplanted by the economic aspirations and priorities of multinational corporations and their “official” Chinese business partners.

Today, the lure of China’s $6 trillion economy overshadows that country’s dismal human-rights record and has served to consolidate the ironclad, one-party rule.

Now, when the United States wants to effectively defend the basic human rights of the Chinese people, it must first and foremost calculate and consider the potential impact on interest rates in the United States, lest China’s tyrants feel slighted and start selling off U.S. Treasury notes.

As it economically holds the United States hostage, the Chinese regime, thus, seems to have it all: a monopoly on power, subservient economic elites, overflowing bank accounts and sovereign funds, and an unchecked right of repression.

None of this could have happened without the complicity of the United States, which generously opened its markets to China’s near slave-like labor, helping create a manufacturing powerhouse. The United States is now competing economically with a monster it created and facing blowback when dealing with its national security and foreign policy priorities from Pakistan to Iran.

Worse, the new and growing wealth of China’s ruling class has spurred neither democratic reform nor greater respect for human rights. Over the last month, China’s regime has undertaken one of the most brutal and widespread crackdowns on dissent since Tiananmen Square. The crackdown has even led the Economist magazine to begrudgingly conclude: “In the short term at least, these troubling developments undermine the comforting idea that economic openness necessarily leads to the political sort.”

“Comforting idea”? Comforting to whom? The idea that economic engagement leads to political reform is often and simply proffered to assuage public concerns and the sometimes guilty consciences of those who know they’ll profit from transacting business with brutal tyrants. It’s not been comforting for the countless Chinese democracy advocates imprisoned and tortured, or to the families of those executed over the years.

So which of the two repressed nations — Cuba or China — is the most likely to emerge a democracy? Or become the first to demonstrate respect for basic human rights?

Will it be the economically powerful Chinese regime, with its dissident movement now desperately struggling to overcome the gargantuan charm of its repressor’s wealth thanks to the United States’ focus on “business first”? Or will it be the bankrupt, octogenarian Cuban regime of the Castro brothers, with its growing dissident movement led by youthful figures who have managed to garner and hold the world’s attention — thanks to the leverage provided by the United States’ focus on “freedom first”?

Time will identify the real policy failure. In the meantime, two wrongs won’t make things right for any of those oppressed by dictators around the world.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

How the Syrian regime is ensuring its demise

By Peter Harling, based in Damascus as the International Crisis Group’s project director for Iraq, Syria and Lebanon and Robert Malley, program director of the group’s Middle East and North Africa program (THE WASHINGTON POST, 02/07/11):

Desperate to survive at all costs, Bashar al-Assad’s regime instead appears intent on digging its own grave. It didn’t have to be this way. The protest movement is strong and getting stronger but has yet to reach critical mass. Many Syrians dread the prospect of chaos and their nation’s fragmentation. But the regime is behaving like its own worst enemy, cutting itself off from key pillars of support: its social base among the poor, Syria’s silent majority and possibly even its security forces.

Syrian authorities allege that they are fighting criminal gangs, an Islamist insurgency and a global conspiracy. There is some truth to these claims. Criminal groups abound, and the uprising has an Islamist undercurrent. But, far more than the creation of regime enemies, these are products of decades of socioeconomic mismanagement. Most deadly clashes have occurred in border areas where trafficking net works have prospered with the knowledge — and complicity — of corrupt security forces. Meanwhile, the rise of religious fundamentalism reflects the state’s gradual dereliction of its duties in areas that historically had embraced the Baath Party.

For the most part, the regime has been waging war against its original social constituency. When Hafez al-Assad, Bashar’s father, came to power, his regime, dominated by members of the Alawite branch of Islam, embodied the neglected countryside, its peasants and exploited underclass. Today’s ruling elite has forgotten its roots. Its members inherited power rather than fought for it, grew up in Damascus, mimicked the ways of the urban upper class with which they mingled, and led a process of economic liberalization at the provinces’ expense.

Some protesters display thuggish, sectarian and violent behavior. But given the Alawite security services’ own thuggishness and violence — sweeping arrests, torture and instances of collective punishment have been repeatedly reported since the uprising began this spring — what’s striking is the restraint of the popular reaction. Young protesters highlight this by circulating footage in which they pose as terrorists armed with eggplants and with makeshift rocket-propelled grenade launchers firing cucumbers.

The regime hopes to rely on Syria’s “silent majority”: minorities, notably Alawites and Christians, alarmed about a possible takeover by Islamists; the middle class (typically state employees); and the business community, whose wealth stems from proximity to the regime. None would gain from the rise of a provincial underclass, and they can see in neighboring Iraq and Lebanon the price of civil war in a confessionally divided society.

Yet the longer unrest endures, the less the regime will represent the promise of order. Its claim to guarantee stability is belied daily by its actions — a confusing mix of promises of reform, appeals for dialogue and extreme, erratic repression. As instability spreads, the economy is being weakened, alienating the business classes.

The regime’s core asset, many observers believe, is its security services — not the regular army, which is distrusted, hollowed out and long demoralized, but praetorian units such as the Republican Guard and strands of the secret police known as the mukhabarat. All are disproportionately composed of Alawites. The regime seems to believe this, too, and it is relying on them to contain the crisis.

This could be self-defeating. The violence has not stemmed the rising tide of protests and, even to those who commit it, it has had neither a defensible purpose nor visible effect. Crackdowns on armed Islamist groups are a task security forces could carry out possibly forever. But being asked to treat fellow citizens as foreign enemies is altogether different and far more difficult to justify.

The Assad regime is counting on a sectarian survival instinct, confident that Alawite troops — however underpaid and overworked — will fight to the bitter end. The majority will find it hard to do so. After enough mindless violence, the instincts on which the regime has banked could push its forces the other way. Having endured centuries of discrimination and persecution from the Sunni majority, Alawites see their villages, within relatively inaccessible mountainous areas, as the only genuine sanctuary. That is where security officers already have sent their families. They are unlikely to believe that they will be safe in the capital (where they feel like transient guests), protected by the Assad regime (which they view as a historical anomaly) or state institutions (which they do not trust). When they feel the end is near, Alawites won’t fight to the last man in the capital. They will go home.

The regime still has support from citizens frightened of an uncertain future and security services dreading the system’s collapse. But the breathing space this provides risks persuading a smug leadership that more of the same — half-hearted reforms and merciless efforts to break the protest movement — will suffice. In fact, that will only bring the breaking point closer.

It is, even now, hard to assess whether a clear majority of Syrians wish to topple the regime. What is clear, however, is that a majority within the regime is working overtime to accelerate its demise.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Europe in Afghanistan

By Jean d’Amécourt, France’s ambassador to Afghanistan from 2008 to 2011 and before that under secretary of defense for policy (THE NEW YORK TIMES, 02/07/11):

President Obama has announced his decision to withdraw 10,000 troops from Afghanistan this year and 23,000 in 2012. For the U.S. president, the elimination of Osama bin Laden and two-thirds of Al Qaeda’s leaders, the untenable cost of the conflict ($118 billion this year alone), and the relative success of recent operations mark a turning point in the war that began in the aftermath of Sept. 11, 2001.

Motivated mainly by considerations of domestic politics, the decision seems to have little connection to the logic of the counterinsurgency strategy prevailing since 2009. This strategy, coupled with a marked increase in Special Forces operations and drone strikes in Pakistan as well as Afghanistan, has undoubtedly contributed to a weakening of the insurgents.

The Taliban have been forced to reduce their hold on the south. The reconstruction effort — notably of the Afghan security forces, along with the justice system and local governance — has improved, albeit insufficiently. Moreover, the Americans have recognized the need for making preliminary contacts with the Taliban that may lead to peace negotiations.

The insurgents have not thrown in the towel, but they’ve adapted their tactics — counterattacking in the eastern border region of Pakistan and intensifying urban suicide operations, which generate major media coverage.

The United States and its allies cannot relax their efforts. Progress remains fragile and must be consolidated while the Americans accelerate the political process needed to bring about a resolution.

What can France do to help? First, we must ensure a strict adherence to our commitments. We intervened early on in Afghanistan, in support of the United States. We acted to defend our security interests, which were threatened by a state that had become a haven for international terrorism, and also to promote the humanistic values at the heart of our foreign policy.

Now, as France begins a phased pullback of the 4,000 soldiers it has contributed to the allied effort, the nature of our intervention should evolve. Military action, under U.S. command, should give way to the training of Afghan security forces. The reconstruction effort should continue in areas where we have a presence — education, health, agriculture, justice and rule of law.

This will certainly necessitate the maintenance of a reduced civil and military contingent. Too rapid a departure would be out of the question, given that our presence in the eyes of our allies, especially the Americans and the British, demonstrates our renewed commitment to the Atlantic alliance and our status as a pillar of a European defense system still under development. Had it not been for this, military cooperation agreements would never have been signed with Britain in November 2010.

What contribution can France and the Europeans make to a political settlement in Afghanistan?

Even at this early stage, peace negotiations cannot stay solely in the hands of the United States and Pakistan, in cooperation with Saudi Arabia and Turkey. The Europeans should be as closely associated to the peace as they have been to the war. France should take the initiative in conjunction with the British and the Germans, tying in the European Union. This arrangement, honed in negotiations with Iran, would give us the flexibility to pursue our interests and views. Europeans — France and Germany in particular — are viewed as disinterested actors in Afghanistan and the region, detached from any imperialist ambitions.

Similarly, we cannot be entirely detached from the regional dimension. Any lasting stabilization of Afghanistan requires a solution to the crisis in Pakistan. The long relationship between Pakistan and the United States is of central importance, but it has been polluted by a history of reciprocal mistrust and misunderstanding. The United States is obviously the key, but an emotionally charged, exclusive dialogue between Washington and Islamabad would not lead to a satisfactory outcome.

Only a broadening of the dialogue, bringing together neighboring countries, regional actors and the major powers to deal with all the issues — including regional security, cross-border cooperation, trade, technological cooperation, economic development, and energy issues, including civil nuclear power — can lead to a successful conclusion.

Pakistan’s military officials should be involved in these negotiations. This is a prerequisite for its success. Talks should also include countries that play an active role in Afghan politics (Iran, India and Pakistan) and in Pakistan (China, Saudi Arabia, the United Arab Emirates and Turkey).

France and Europe must take the lead, but without harboring any illusions concerning the difficulties involved and the time required in undertaking such a project. After all, the effort is not dissimilar to the Helsinki process of the early 1970s, which eventually led to the thawing of East-West relations.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona