sábado, enero 03, 2009

La guerra del gas entre Rusia y Ucrania estrangula el suministro a los Balcanes

Por RODRIGO FERNÁNDEZ - Moscú - (El País.com, 04/01/2009)

La guerra del gas entre Rusia y Ucrania ya está afectando a los países balcánicos. Bulgaria denunció ayer que había detectado una disminución del combustible proveniente de Rusia entre el 10% y el 15% y el monopolio estatal Bulgargaz señaló que la caída de los suministros también se ha visto reflejada en el gas que transita hacia Grecia y Macedonia. Antenoche Hungría, Polonia y Rumania ya habían informado estar sufriendo una disminución del combustible que reciben; Bucarest era la más afectada, con una caída de cerca del 30%. Moscú cortó el grifo de las tuberías que llevan combustible a Ucrania el 1 de enero, alegando para ello la negativa de Kiev de cancelar toda la deuda -incluidos cerca de 400 millones de euros en multas e intereses incurridos debido al atraso en los pagos- y de firmar un nuevo contrato para este año.

Los rusos acusan a los ucranios de estar quedándose ilegalmente con parte del gas destinado a otros países, lo que explicaría la disminución de los suministros recibidos que han denunciado una serie de países comunitarios. Y aunque Kiev había reconocido el viernes estar desviando 21 millones de metros cúbicos con el supuesto fin de mantener la necesaria presión para que el gas siga fluyendo, ayer negó estar sustrayendo el combustible ruso.

La compañía ucrania Naftogaz afirmó en un comunicado que para el mediodía del viernes, en 24 horas, había recibido en la frontera rusa 305.500 millones de metros cúbicos de gas y transportado a su frontera occidental 319.300 millones, es decir, 13,8 millones más de lo entregado por Gazprom.

Esto deja en claro que "las denuncias de los dirigentes de Gazprom de que Ucrania sustrae ilegalmente el gas de tránsito ruso son infundadas". Ellas "suponen una provocación y forman parte de una campaña informativa intencionada para desacreditar a Naftogaz como socio fiable y a Ucrania en general", sostiene el documento. Pero el vicepresidente de Gazprom y responsable de las exportaciones, Alexandr Medvédev, declaró ayer que no se puede reanudar las conversaciones porque Naftogaz no muestra interés en ello y de hecho las sabotea. Medvédev, que se encontraba ayer en Praga para explicar a la Unión Europea la posición rusa, aconsejó a los países afectados por la baja de los suministros llevar a Kiev a los tribunales utilizando los instrumentos jurídicos que les otorga la Carta Energética, firmada y ratificada por Ucrania. El nuevo contrato para este año no se ha podido firmar porque Ucrania se niega a aceptar la subida del precio del gas que pide Rusia: de unos 127 euros vigentes el año pasado a unos 177 ahora.

Recortes

- Rumania. Reducción de la importación de gas de Rusia del 30%. Pero este país tiene más reservas (produce el 65% del gas que consume).

- Bulgaria. Caída cercana al 15%. Este país, que recibe de Rusia el 92% del gas, sólo tiene reservas para un mes.

- Hungría. El gas ruso se ha reducido casi un cuarto.

- Polonia. Descenso del 6%.

Encadenadas a sus maridos

Por NAIARA GALARRAGA (El País.com, 03/01/2009)

Un puñado de israelíes no pueden casarse con quien quieran. Son los mamzerin, los bastardos. Los tribunales rabínicos llevan un registro -una especie de lista negra- que en 2004 contenía un centenar de nombres, según la prensa local. Durante 10 generaciones, estas personas sólo pueden casarse con otro mamzer o con un judío converso. En Israel, el matrimonio, como el divorcio o los entierros, se rige por la ley religiosa judía, dictada por sabios ancestrales y aplicada casi siempre por ultraortodoxos. Las bodas civiles no existen.

Menos impactante, pero mucho más extendido, es el problema de las mujeres a las que sus maridos niegan el divorcio.

Hombres como Meir Briksman, un tipo rubio, de 1,90 de estatura, residente en Jerusalén, judío askenazi (descendiente de los judíos que se asentaron en Centroeuropa en el siglo X). El tribunal rabínico de Jerusalén ha difundido carteles en los que exige a quien se tope con él que le haga el vacío. Que le "impida unirse a una sinagoga, le dé alojamiento o cualquier ayuda" hasta que conceda "incondicional e inmediatamente el divorcio a su esposa", que espera desde hace un lustro.

El proceso de divorcio frente a un marido recalcitrante se torna a veces en auténtico chantaje. A menudo, ellas renuncian a los hijos, a la pensión, a la casa, a todo, a cambio del divorcio. Lo que sea por romper el vínculo conyugal y tener más descendencia, si se tercia. Porque, si una mujer todavía casada tiene hijos con otro hombre, éstos serán considerados bastardos. Una situación que rabinos y mujeres intentan evitar a toda costa. En cambio, si la recalcitrante es ella, la halajá (la ley religiosa) ofrece una salida: el marido puede volver a casarse con todas las de la ley, religiosa, con el permiso de 100 rabinos.

Los jueces rabínicos han decidido dar a Meir Briksman, el jerosolimitano en búsqueda y captura, su propia medicina: él tampoco podrá casarse de nuevo "ni con el consentimiento de 100 rabinos". Es una medida extraordinaria. Rarísima vez los rabinos se ponen así de duros. Sólo el esposo puede romper un matrimonio judío.

La mujer de Briksman espera el divorcio desde hace un lustro. Pero hay casos como el de una israelí nacida latinoamericana que pide que se la identifique sólo con el nombre de Sara, que aguardó durante 19 largos años.

Sara, de 55 años, se casó en Israel como Dios manda a los judíos. Bajo una jupá, una tela sujeta por cuatro pilares, ante un rabino y dos hombres observantes de testigos. Y, por supuesto, el novio estrelló una copa de vino contra el suelo para recordar la destrucción del templo de Salomón hace 2.000 años. "En cuanto me puse bajo la jupá, me coloqué las esposas", recuerda esta profesora de educación física. No es literal, pero casi. Años después, la relación fracasó... y huyó con sus tres hijos y con lo puesto, pero sin el get (el documento que acredita el divorcio).

Sara y sus hijos llamaron a muchas puertas hasta dar con una comunidad que los acogiera. "Ninguno me aceptaba por no estar debidamente divorciada; nadie quería líos". "De casualidad, en 1993, por una prima uruguaya que conocía a un rabino en EE UU, llegué hasta Yad Leissa ['Una mano para la mujer']", que es una ONG israelí que asesora a mujeres en la batalla legal para divorciarse. "Una abogada religiosa me ayudó gratis a partir de entonces", explica. El marido le ofrecía el divorcio a cambio de que ella asumiera sus inmensas deudas con la Seguridad Social. Ella nunca cedió. La pasada primavera, cuando ya nadie daba un duro por su caso, él le concedió la libertad. Aún no se explica por qué le ha dado el sí ahora, tras 19 años de noes. Pletórica, muestra su nuevo carné de identidad: "Mire, pone divorciada".

Los grupos de mujeres recalcan que la ley religiosa judía, desde hace siglos, y la ley israelí, desde 1995, contemplan sanciones para que el marido cambie de opinión. Tales castigos van desde negarle un entierro judío a retirarle el carné de conducir, la licencia profesional e incluso mandarle a prisión. El drama es que los tribunales rara vez las aplican. Sólo en 38 de los 8.000 procesos de divorcio existentes en 2005 hubo sanciones, según datos de Ruth Halperin-Kaddari, presidenta del Centro para el Avance del Status de las Mujeres de la Universidad de Bar-Ilan. "El motivo es que casi todos los jueces rabínicos son ultraortodoxos nada sensibles con la trágica situación de estas mujeres", explica la profesora.

Imposible saber con exactitud cuántas israelíes renuncian a sus derechos para obtener el divorcio. Una encuesta reveló que 100.000 mujeres israelíes se han visto o temen verse en semejante situación. "Mucha gente cree todavía que este asunto no va con ellos, pero puede afectar a cualquier judía casada por lo religioso", advierte Halperin-Kaddari.

En Israel, un divorcio supone bastante más que la batalla entre un hombre y una mujer. "Aquí es además una batalla entre los tribunales rabínicos y los civiles", según Halperin-Kaddari. Ambos conviven en equilibrio frágil desde la fundación del Estado judío, en 1948. Susan Weiss, del Centro para la Justicia con las Mujeres, coincide con la profesora en que la solución global está en una aplicación más moderna, más abierta, de la ley judía.

La halajá bastó para resolver el problema de las agunot (mujeres cuyo marido está en paradero desconocido) creadas por el Holocausto, recuerda Judith Garsón-Djemal, gibraltareña, colaboradora de la ONG Mavoi Satum (Callejón sin Salida). Los cadáveres de sus maridos jamás fueron hallados. Sin esa prueba, en principio, seguirían casadas. Lo mismo ocurrió tras el 11-S. En ambos casos, jueces rabínicos las liberaron para comenzar una nueva vida. Y para poder tener hijos. Las agunot son hoy pocas, pero existen. Tami Arad lo es desde hace 22 años, desde que su marido, Ron, aviador israelí, desapareció en combate en Líbano.

Sara, que no era, ni es, religiosa, tiene hoy una nueva pareja. A veces ambos bromean sobre una boda. Y, pese a las desventuras de estas dos décadas, ella señala que sería una ceremonia religiosa, bajo la jupá.

'Encadenadas a sus maridos' es un reportaje del suplemento 'Domingo' del 4 de enero de 2009

Llamamiento para una tregua en Gaza / Fight Fire With a Cease-Fire

Por David Grossman, escritor israelí. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS/THE WASHINGTON POST/THE GUARDIAN, 03/01/09):

Ahora, tras el duro golpe infligido por Israel en la Franja de Gaza, nos convendría detenernos y dirigirnos a los jefes de Hamás para decirles: “Hasta el sábado, Israel se ha contenido ante el lanzamiento de miles de cohetes Kassam desde la Franja de Gaza. Ahora sabéis lo dura que puede ser nuestra reacción. Para no añadir más duelo y destrucción, tenemos intención de proclamar un alto el fuego unilateral y total durante las próximas 48 horas. Aunque sigáis disparando contra Israel, no reaccionaremos, no reanudaremos las hostilidades”.

“Apretaremos los dientes, como hicimos durante la última época, y no nos dejaremos arrastrar a una reacción de fuerza. Además, invitamos a todos los países interesados, próximos y lejanos, a que medien entre nosotros con el fin de establecer de nuevo la calma. Si vosotros también detenéis el fuego, nosotros no lo reanudaremos. Si seguís disparando mientras nos autoimponemos la moderación, cuando pasen las 48 horas habrá una respuesta, pero todavía dejaremos abierta la puerta a las negociaciones para recobrar la calma e incluso para un acuerdo general más amplio”.

En este momento, eso es lo que debería hacer Israel. ¿Es posible, o somos ya prisioneros del famoso y familiar ritual de guerra?

Hasta el sábado, Israel -bajo la dirección militar de Ehud Barak- se había comportado con una sangre fría extraordinaria. No debemos permitir que esa sangre fría se pierda ahora, en el torbellino de la batalla. No debemos olvidar ni por un momento que los habitantes de la Franja de Gaza seguirán siendo nuestros vecinos más próximos y que, tarde o temprano, querremos tener buenas relaciones de vecindad con ellos.

Debemos abstenernos de atacarlos con tanta violencia, pese a que Hamás lleve años haciendo sufrir de modo insoportable a los habitantes del sur del país y por mucho que sus jefes hayan rechazado todos los intentos israelíes y egipcios de llegar a un compromiso, con el deseo de evitar el incendio. Es preciso seguir manteniendo la moderación y el deber de defender la vida de los habitantes inocentes de Gaza, precisamente porque el poder de Israel, comparado con el de ellos, es prácticamente ilimitado. Israel tiene la obligación de vigilar sin descanso si la fuerza que está aplicando no sobrepasa el límite de una reacción útil y legítima cuyo fin sea la disuasión y el restablecimiento de la calma, y a partir de qué momento nos encontramos una vez más inmersos en la habitual espiral de violencia.

Los líderes israelíes saben perfectamente que, en la situación reinante en la Franja de Gaza, es muy difícil lograr una solución militar absoluta e ine-quívoca. Una posible consecuencia de esa solución frustrada sería quizá una situación indefinida y permanente como en la que nos encontramos: Israel ataca a Hamás, golpea y sufre, sufre y golpea, y continúa metiéndose, a su pesar, en todas las trampas asociadas a una situación así, sin poder alcanzar sus verdaderos objetivos fundamentales. Podría descubrir muy pronto que se ha dejado arrastrar -por una fuerza militar grande y, aun así, incapaz de desembarazarse de las complicaciones- a una oleada irresistible de violencia y destrucción.

Así, pues, detengámonos. Contengámonos. Por una vez, tratemos de actuar en contra del reflejo condicionado habitual. En contra de la lógica letal de la agresividad. Siempre tendremos ocasión de abrir fuego de nuevo. La guerra -como dijo Ehud Barak hace dos semanas- no va a irse a ninguna parte. Y el apoyo internacional a Israel no disminuirá, sino todo lo contrario, si mostramos esa moderación calculada e invitamos a la comunidad internacional y a la comunidad árabe a hacer de intermediarias.

Es cierto que, de este modo, Hamás dispondrá de un intervalo en el que podrá reorganizarse, pero ya ha tenido muchos años para hacerlo, de todas formas, y otros dos días más no van a cambiar su situación. Al contrario, una tregua calculada como ésta podría alterar las reacciones de Hamás ante la nueva situación. Podría incluso ofrecerle una manera honorable de salir de la trampa en la que ellos mismos se han metido.

Y una reflexión más, que es inevitable: si hubiéramos adoptado esta estrategia en julio de 2006, tras el secuestro de los soldados por parte de Hezbolá, si nos hubiéramos detenido entonces, tras el golpe de nuestra reacción inicial, y hubiéramos declarado el alto el fuego durante un día o dos, con el fin de permitir la mediación y el regreso a la calma, es muy probable que la realidad actual fuera completamente distinta.

Ésta es otra lección que le conviene extraer al Gobierno israelí de aquella guerra. Es más, tal vez sea la lección más importante que debe aprender.

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Now, after the heavy blow that Israel has dealt to the Gaza Strip, we would do best to halt, turn to the leaders of Hamas and tell them: Until last Saturday, we restrained ourselves in responding to the thousands of Qassam rockets fired at us. Now you know how severe the retaliation can be. So as not to add to the death and destruction that has already taken place, we intend, unilaterally and absolutely, to hold our fire for the next 48 hours.

Even if you continue to fire on Israel, we will not respond by resuming combat. We will grit our teeth, just as we did in the days and months before our attack. We will not be drawn into using force.

Furthermore, we hereby invite all concerned countries, nearby and distant, to mediate between us and you, in order to reinstate the cease-fire that ended earlier this month. If you also cease hostilities, we will not renew them. If you continue to shoot while we hold ourselves back, we will respond accordingly when the 48 hours end. But even then we will leave the door open to negotiations to re-establish the truce, and even seek a broader agreement.

This should be Israel’s next move. Is it possible, or are we already captives of the all-too-familiar ritual of war?

Until last Saturday, Israel — under the military leadership of Defense Minister Ehud Barak — acted with impressive level-headedness. We must not lose our perspective now, in the heat of battle. We must not forget, even for a moment, that the inhabitants of Gaza will continue to live on our borders and that sooner or later we will need to achieve neighborly relations with them.

We must not under any circumstances strike with such violence, even though Hamas has for years made life excruciating for the Israelis who live on Gaza’s perimeter, even though Hamas’s leaders have rebuffed every Israeli and Egyptian endeavor to achieve a compromise and prevent a conflagration. Restraint, and our duty to protect the lives of Gaza’s innocent inhabitants, must remain our commitment today, precisely because Israel’s power is almost limitless compared to that of Hamas.

Israel’s leaders know that, given the state of the Gaza Strip, it will be difficult to achieve a total, unambiguous military victory. Instead, we are more likely to return to the state of ambiguity we know so well from Lebanon. Israel will strike at Hamas and get struck, strike and get struck, get caught in tit-for-tat snares without achieving any real or vital aims. Despite our military strength, we will be unable to extricate ourselves, and will find that we have been carried away by a tide of destruction.

So let us stop. Hold our fire. Let us attempt to act against our usual reflexes. Against the deadly logic of military power and the dynamic of escalation. We can always start shooting again. The war will not run away, as Mr. Barak himself said two weeks ago. If we demonstrate that we can do this, we will not lose international support. We will gain even more if we invite the international and Arab communities to intervene and mediate. (In this regard, it is encouraging that on Tuesday Mr. Barak expressed interest in a French proposal for a cease-fire.)

True, Hamas will then enjoy a moratorium in which it can reorganize, but it has had long years to do that anyway, so another two days will not make much difference. In contrast, such a calculated cease-fire could lead Hamas to change its mode of response. It could offer the group an honorable way of extricating itself from its own trap.

And one more inevitable thought. Had we taken this approach in July of 2006, after Hezbollah kidnapped two of our soldiers — had we held our fire then, after our initial retaliatory strike in Lebanon and declared that we were waiting for a day or two to calm the situation and give mediation a chance — we would likely be in a better position today. That, too, is a lesson that Israel’s government should have learned from that war. In fact, it is the most important lesson we must learn.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

El año del nuevo mundo

Por Mariano Aguirre, director del Norwegian Peacebuilding Centre (Noref), Oslo (LA VANGUARDIA, 03/01/09):

A medida que se agrava la crisis financiera hay una confluencia entre economistas y analistas de la política internacional: los primeros dicen que el mundo neoliberal llega a su fin y que es necesario regresar a la regulación estatal, acuerdos globales y controles. Los segundos indican que hay cambios profundos y nos adentramos en un sistema multipolar. Dos factores serán relevantes en este escenario: el papel de Estados Unidos y las consecuencias de la crisis en los 50 países más frágiles.

La intersección entre el mundo que se derrumba y el que emerge es la llegada a la Casa Blanca de Barack Obama. Hecho político que paradójicamente anida esperanza en el cambio, realismo ante el hecho de que su gobierno no podrá hacer todo e incertidumbre ante la recesión y el impacto sobre productividad, empleo, vivienda y servicios.

El año 2009 será el primero del reconocimiento sobre el nuevo papel de Estados Unidos en el mundo.

Incluso Obama, con su retórica del liderazgo positivo luego de la desastrosa era Bush, reconoce los límites. Los indicadores de producción, comercio, inversiones, demografía y peso geopolítico muestran que Estados Unidos deja de ser la única superpotencia global. China, la Unión Europea, India, Brasil y Rusia son ya potencias regionales y algunos de ellas con alcances progresivamente mundiales. Estados Unidos será uno entre varios. Fareed Zakaria, autor de The post American world,escribe que es un nuevo mundo y que “no volveremos a un sistema dominado por un puñado de países noratlánticos”.

Pese a su poderío militar, Washington tendrá serias dificultades para enfrentar solo situaciones como la guerra en Afganistán, la crisis violenta en Pakistán o el conflicto palestino-israelí. El Gobierno de George W. Bush fue un intento desesperado y coercitivo de limitar el cambio social y las libertades en Estados Unidos al tiempo que buscaba dinamitar el sistema multilateral. Liderazgo mediante la fuerza que estuvo simbolizado por la guerra de Iraq, Guantánamo, Abu Graib y el rechazo al acuerdo de Kioto.

En el verano del 2008 Moscú mostró en Georgia y Osetia del Sur los límites de Washington y de los aliados de la OTAN. En el 2009 veremos que Estados Unidos no puede gestionar sin ayuda la salida de Iraq, las tensiones regionales en Asia sudoriental, más las relaciones con Rusia, negociar con Irán y armonizar la lucha contra el cambio climático con el modelo energético actual. Tampoco Washington tendrá la última palabra sobre la dictadura de Mugabe en Zimbabue o el envío de fuerzas internacionales a la República Democrática de Congo y a Darfur que solicita el secretario general de la ONU. En estos casos Washington será un actor más en negociaciones entre los actores locales, potencias y organismos regionales, la ONU y otros países con peso geopolítico o diplomático. En Europa muchos añoran que Estados Unidos vuelva a mandar para no tener que asumir responsabilidades, pero eso es cosa del pasado.

Mientras los jugadores de bolsa globales pierden los fondos de otros y se marchan a sus casas con fortunas blindadas, se pierde de vista el impacto terrible que tiene la crisis en países del Sur: aumento del precio de los alimentos, la caída de los envíos de remesas de los emigrantes desde el Norte hacia el Sur (debido a que hay menos empleo), menos fondos para ayuda al desarrollo, disminución de los precios de sus materias primas y destrucción de empleo tanto formal como precario.

La falta de ideas y decisiones por parte de los países más ricos en la Asamblea General de la ONU y en la reunión del G-20 (el G-8 más potencias emergentes y algunos de la OCDE) en septiembre y en noviembre mostraron la carencia de una visión estratégica por parte del Norte, mientras que Brasil, India y otros tratan de ganar espacio para defender sus intereses, no totalmente coincidentes con la última periferia del Sur.

En este momento de transición es importante que Estados Unidos, Europa y otros países industrializados recuerden que cuanta más pobreza y desigualdad haya en la periferia más graves serán los problemas para todos. El dilema económico no debería centrarse sólo en cómo salvar las empresas y bancos del Norte, sino también en cómo lograr que los nuevos y viejos actores del poder multipolar asuman un plan común contra el impacto de la crisis en los más pobres. Un plan que requiere replantearse los modelos de crecimiento y comercio hasta ahora vigentes.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

jueves, enero 01, 2009

Ya nadie sueña en Praga

Por Daniel Esparza Ruiz, doctor europeo en Ciencias Políticas y profesor en la Universidad Palacký de Olomouc, República Checa (EL PAÍS, 31/12/08):

La República Checa asumirá el próximo 1 de enero la presidencia de la Unión Europea bajo el lema “Europa sin barreras”. Y lo hace cuando en Praga ya no hay quien lidere un sueño nacional que entusiasme dentro y fuera de la República Checa, al contrario de otros tiempos, como cuando vivía el primer presidente checoslovaco Masaryk (1918- 1935), o durante la Primavera de Praga de 1968, o incluso en aquellos años en que Václav Havel llegó a la presidencia tras la Revolución de Terciopelo que destronó al régimen comunista checoslovaco. Hoy en Praga se vive bajo el imperio del discurso “eurorrealista”, por no decir “eurocínico”, que lidera el presidente de la República Checa, Václav Klaus, que en vez de despertar interés y movilización por los asuntos europeos, genera, al contrario, la mayor desmoralización en medio del sentimiento de que nada puede cambiar y todo es lo mismo de siempre.

El proyecto Evropa bez bariér que la República Checa presenta para su presidencia de la Unión está bien elaborado en la línea ideológica liberal del ODS, principal partido de la coalición de gobierno. Es cierto que el lema sonaría mejor si lo de las “barreras” no encerrara un mensaje de grave cinismo y doble filo, que lleva la impronta indirecta del propio Klaus, fundador del ODS. El lema, que no el programa en sí, encarna el espíritu derrotista de quien critica a la Unión Europea pero reconoce que no hay otra alternativa. Y cuando digo que critica a la UE no quiero decir que la UE no sea criticable, sino que Klaus ataca la estructura misma de la organización, presentándola como si no fuera otra cosa que un superestado que amenaza las libertades fundamentales de los ciudadanos (imponiendo barreras). El presidente checo es alguien que disfruta yendo “contra todo” (proti všem), como reconoce en su autobiografía, y desde hace años, allá donde se encuentre, no cesa de resaltar de forma casi obsesiva el “déficit democrático” de la Unión Europea, hasta el extremo de llegar a comparar a Bruselas con el Moscú de la era soviética, afirmando que la amenaza de hoy no es el comunismo sino el europeísmo.

Klaus, un viejo lobo de la política que considera el Tratado de Lisboa un “error trágico”, ejerce una gran influencia en la opinión pública de su país. Y recientemente afirmó en una entrevista en el canal de la televisión checa Prima, que la presidencia europea era como “jugar a la democracia”, dando a entender irónicamente con ello que la República Checa, como el resto de países pequeños o medianos de la UE, haría el paripé como quien cree de verdad en ese juego, pese a que sea evidente que la Unión siempre ha estado dirigida por Alemania, Francia, Reino Unido e Italia. Esta desmoralización, teñida de complejo de inferioridad, es la que pretende infundir a sus conciudadanos; es un sentimiento que sobrevuela al propio gobierno checo ante sus inminentes responsabilidades europeas. Pero: ¿es que ya nadie sueña en Praga?

Sí, todavía unos pocos lo hacen, pero para sí y consigo mismos. Desde la marcha de Havel ya nadie sueña en una Praga para los demás. Es cierto que el anterior presidente decepcionó a muchos al firmar la carta de los Ocho en favor de la invasión de Irak en 2003, y que una parte de la izquierda europea lo considera todavía un lacayo de Estados Unidos; pero lo que apenas se puede negar es que hoy nadie enarbola una idea renovadora que ilusione dentro y fuera de la República Checa, como sí ocurría en tiempo de Havel. Y al final, lo que nos ha demostrado el discurso “eurorrealista”, o mejor, eurocínico, con Klaus a la cabeza, es que no ha conseguido ni ilusionar, ni movilizar a nadie; tan solo generar una extendida sensación de impotencia entre muchos ciudadanos ante la sola idea de cambio.

Ese discurso es, por añadidura, trágico porque está marcado por el miedo a ser “traicionado” de nuevo por un aliado, como ocurrió en el pasado con Francia y el Reino Unido, que entregaron al país al nazismo en Múnich en 1938; o con Moscú en 1968, con el aplastamiento de la Primavera de Praga. Hoy, ese mismo trauma de traición se proyecta patológica e imaginariamente sobre la Unión Europea.

Por eso, este miedo arcaico es la principal “barrera” que debe superar la República Checa si quiere volver a ser baluarte -por muy pequeño que se diga que es el país- del sueño europeo en el corazón de Europa, como muchos soñaron anteriormente desde Praga. Y creer firmemente, al contrario que Klaus, que el impulso reformador que espera la Unión Europea puede venir de un país pequeño, o de varios de ellos, si fueran capaces de abanderar una propuesta valiente y entusiasta más allá del típico enroque en la llamada defensa de los intereses nacionales. Suena bien y también, claro, suena idealista. Para empezar el Oeste duda del Este. Pero, ya se sabe, el miedo puede acabar por convertirnos en lo que más tememos, y la imaginada destrucción de la Unión Europea con la que “sueña” Klaus conllevaría precisamente eso: el fin de la independencia y la libertad nacional de la República Checa.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

La soledad de Gaza

Por Luz Gómez García, profesora de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad Autónoma de Madrid (EL PAÍS, 31/12/08):

Cuando para acceder a Gaza por el paso de Erez, el visitante autorizado se ve obligado a introducirse en las diabólicas máquinas israelíes inquisidoras del cuerpo humano, unas máquinas no vistas antes en ningún otro sitio, que le zarandean y escudriñan sus entrañas, comprende que se dispone a entrar en uno de los lugares más solitarios del planeta. Atravesados puertas y corredores, un inquietante kilómetro, largo, a pie, de tierra de nadie, de cascotes y escombros, hace que el extranjero mude la impresión de la artificiosa frontera física en la certeza psicológica de hallarse ante un nuevo capítulo, uno de los más insólitos, de las aberraciones de la historia reciente.

Un muro de hormigón armado, de nueve metros de alto, separa la franja de Gaza de Israel. Es un muro hermano del de Cisjordania, aunque primogénito, pero que no ha tenido la misma repercusión jurídica y mediática. Un muro que encierra la mayor densidad de población por kilómetro cuadrado del mundo. Gaza, que ha sido descrita en ocasiones como una gran prisión al aire libre, está condenada a la soledad de todas las prisiones.

Esta dramática realidad responde a una deliberada y planificada política israelí. Nada es casual en Gaza. Detrás de lo que ven los ojos hay una firme voluntad israelí de acoso militar, institucional y jurídico. ¿Qué fue antes: Hamás o la gallina? La gallina. Veamos por qué.

En octubre de 2004, el Parlamento de Israel aprobó “el plan de desconexión de Gaza”, que en agosto del año siguiente llevó a cabo unilateralmente. Pretendía poner fin a un problema demográfico insoslayable para la empresa israelí de colonización del territorio: la imposibilidad militar y económica de sostener a una población de 9.000 colonos en un enclave con un millón y medio de palestinos. Faltaban todavía varios meses para el triunfo de Hamás en las elecciones legislativas palestinas de enero de 2006, pero el pronóstico era meridiano y allanaba el camino a la estigmatización colectiva. Cuando en junio de 2007 los islamistas dieron un golpe de mano en Gaza y truncaron el Gobierno de ficticia unidad nacional de la Autoridad Nacional Palestina, la comunidad internacional se aprestó a endurecer su actitud hacia Hamás como organización terrorista. Poco importa que su triunfo en las urnas hubiera contado con la escrupulosa supervisión de observadores internacionales, incluidos algunos diputados españoles. La condena hallaba refrendo y con ella se consumaba la desconexión. Gaza quedaba aislada del mundo: del Israel ocupante, de la madre Palestina y del socorro y la benevolencia internacionales.

El paso siguiente por parte de Israel fue la declaración de Gaza como “entidad hostil” el 19 de septiembre de 2007, que le ha servido para desentenderse interna-cionalmente de las obligaciones que, como potencia ocupante, tiene. La población sufre con ello la paradoja jurídica de estar a la vez bajo ocupación y bajo bloqueo. Las operaciones militares israelíes, que el Gobierno de Israel tan pronto llama de castigo como ofensivas, se han sucedido desde entonces, trufadas de treguas que en absoluto han aliviado el imparable deterioro de la situación de la población. El bloqueo al tránsito de personas y bienes de primera necesidad por tierra, mar y aire, castiga en primera instancia al 62% de la población, que depende directamente del reparto de alimentos y de los servicios básicos a cargo de la UNRWA, la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados palestinos. La Organización Internacional del Trabajo, en su memoria de 2007, habla de una “economía de estado de sitio”, y en la de 2008 constata que el aislamiento casi total de Gaza la ha llevado al borde de la crisis humanitaria. El resultado es lo que Issam Younis, de Al Mezan Center for Human Rights, denomina la “subdesarrollización de Gaza”: descalabro de los índices de empleo y del PIB, descomposición del sector público, desaparición de la economía productiva, regresión en los derechos de los trabajadores, debilitamiento institucional y deterioro del tejido social. La mera supervivencia se impone a otras prioridades individuales y colectivas a costa de logros históricos de la sociedad palestina, como el pluralismo, la participación de las mujeres en la vida pública, la vitalidad de la cultura de base o los elevados índices de educación universitaria.

A Hamás le dieron su triunfo electoral la parálisis política y el derrumbe económico que culminaron en la Segunda Intifada (2000-2005). Pero sus réditos en Gaza los alimenta a diario la política israelí, con la aquiescencia de Estados Unidos y la estolidez de la Unión Europea, involucrada en inmensas inversiones económicas en los Territorios Ocupados pero sin compromiso político equiparable. Este múltiple concurso ha convertido a Hamás en el protagonista de la historia actual de Palestina. Y lo ha hecho hasta el punto de que la principal crítica de algunos líderes históricos de la OLP a su triunfo haya sido su afán por reescribir la historia de la resistencia palestina, como si ésta hubiera empezado en 1987, cuando coincidiendo con la Primera Intifada se fundó Hamás. Porque los partidos y actores no islamistas minimizan la importancia de la religiosización del espacio público, mientras crece su temor a que, una vez más, los hechos consumados adquieran naturaleza jurídica y Gaza se vea amputada del devenir de los Territorios Ocupados, que en el discurso israelí han quedado reducidos a la demediada Cisjordania.

La interiorización del aislamiento y la rutinización del bloqueo no hacen sino asentar la frustración entre los gazauíes. El clientelismo, conocido popularmente en Palestina como “cultura de la jaima”, se alimenta de este ambiente falto de expectativas y experiencias nuevas. Las iniciativas ciudadanas peligran (son modélicos los Comités de Salud Mental, pioneros en el tratamiento de la violencia de género y que han desarrollado una categoría propia de empoderamiento civil) y flaquea la actuación de las ONGs y las agencias de ayuda humanitaria, que se sienten impelidas a tomar partido entre los actores políticos, con el consiguiente deterioro de su actividad y de la imagen general de la cooperación.

Pese a todo, la sociedad de Gaza ha desarrollado fórmulas de relación con el exterior, procederes abiertos y descentralizados que se sirven de las redes de intercambio que propicia la globalización tecnológica. Sorprende en Gaza la vitalista actividad de organizaciones independientes en materia de derechos humanos, salud o cultura, con modélicos sistemas de toma de decisiones colegiada, elaboración de un discurso crítico y autocrítico, financiación y sustentos locales y colaboración en red con otros centros palestinos e internacionales. Estos gazauíes, una mayoría, insisten en la importancia simbólica y psicológica de romper el aislamiento, en el valor de los gestos e intercambios que desde Europa abren una grieta en el cerco. Son iniciativas que no deben morir, porque garantizan, entre otras cosas, un futuro lejos de Hamás, si es esto lo que Europa desea.

Gaza materializa el proyecto israelí para Palestina: dividir y fragmentar el territorio, dividir y fragmentar a su población, y crear nuevos guetos identitarios que propicien la disolución de la unidad histórica, social, cultural y política de Palestina. La estrategia es vieja y conocida, pues proviene de la Nakba misma. Según el historiador israelí Amnon Raz-Krakotzkin, dos son sus armas principales: negar toda responsabilidad histórica e inculpar a las víctimas de su suerte.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Los problemas a los que se enfrentará Obama en 2009

Por Felipe Sahagún, profesor de Relaciones Internaciones en la Universidad Complutense y miembro del Consejo Editorial e EL MUNDO (EL MUNDO, 31/12/08):

Quienes llevan años soñando con un periodo de calma tras ocho años de turbulencia y guerras se sentirán decepcionados. Desde John F. Kennedy ningún presidente estadounidense había despertado tanta esperanza, pero con una recesión galopante, un billón de déficit presupuestario y 11 billones de deuda, las grandes reformas prometidas -sanidad universal, independencia energética, energías renovables y educación para todos- tendrán que esperar.

Evitar que la recesión internacional se convierta en depresión y que el comercio global, por primera vez por debajo de cero desde los años 30 del siglo XX, provoque una estampida hacia la renacionalización o, lo que es peor, guerras generalizadas como hace un siglo, deberá ser la prioridad absoluta de todo líder responsable, empezando por Barack Obama.

Restablecer el prestigio perdido por los EEUU en los dos mandatos de George Bush será su segunda prioridad, pero el terrible legado que recibe limita mucho su margen de maniobra. La mayoría absoluta demócrata en el Capitolio es una ventaja, pero en las relaciones con los aliados se convertirá en un obstáculo en cuanto toque hablar de dinero y de comercio. Los sindicatos estadounidenses, que le apoyaron masivamente, le pedirán más proteccionismo desde el primer día.

«Mi objetivo es recuperar la política exterior de la Administración Truman [de los Marshall, Acheson y Kennan] y, en gran medida, también del presidente George Bush [el padre del presidente saliente], de Scowcroft, Powell y Baker», afirmó Obama en la principal entrevista sobre política exterior que concedió durante la campaña, el pasado 7 de julio, para la CNN a Fareed Zakaria, de Newsweek.

Se estrena en la Presidencia, según sus propias palabras, habiendo vivido en propia carne el islam moderado indonesio de los años 70 y el subdesarrollo del tercer mundo al que su madre dedicó media vida, convencido de que los principales retos del siglo XXI (globalización, terrorismo, proliferación nuclear, potencias emergentes, guerras regionales y locales, subdesarrollo, criminalidad internacional, genocidios, etcétera) sólo tienen solución con una política exterior bipartidista, mucha diplomacia y cooperación, y una fusión inteligente, como pide Joseph Nye, del poder duro y blando.

Por ello ha mantenido a Robert Gates al frente del Pentágono y ha nombrado a Hillary Clinton secretaria de Estado y al general James Jones jefe de Seguridad Nacional.

«Afganistán, en muchos aspectos, es un desafío a largo plazo aún más complejo y difícil que Irak», escribe Gates en un artículo enviado a Foreign Affairs para la edición de enero. «Irak ha transformado el ejército estadounidense en una fuerza contrainsurgente con un coste humano, financiero y político terrible (…), y Afganistán exigirá un compromiso militar y económico prolongado».

Con los acuerdos alcanzados en noviembre por la Administración Bush con el actual Gobierno iraquí, la retirada gradual de Irak ya está en marcha. En junio de 2009 las fuerzas estadounidenses deberán estar fuera de todas las ciudades, pero hasta 2011, la fecha fijada para completar el proceso, habrá muchas sorpresas. «Tendremos avances y retrocesos, no me ato las manos y tan sólo rechazo de lleno bases permanentes», declaró Obama a Zakaria. «He tenido sumo cuidado en no poner números a la fuerza residual que permanezca en Irak», añadió.

Con el aumento de fuerzas en Afganistán, también en marcha, no mejorarán las cosas si no se gana el apoyo de las tribus principales y ese apoyo, sin estabilizar la frontera afgano-pakistaní, ha sido imposible en la Historia. Sin controlar esa frontera, santuario desde 2002 de Osama Bin Laden y de la dirección talibán, no hay victoria posible contra Al Qaeda.

Los recientes atentados en Bombay complican el proceso, pues sin la colaboración de la India, Pakistán e Irán, los tres vecinos principales, la guerra de Afganistán -que en 2008 ha costado la vida de 300 soldados extranjeros, de 1.300 soldados y policías afganos, y de más de 2.000 civiles- seguirá siendo el primer conflicto internacional. Aunque Obama y los aliados europeos añadan otros 20.000 o 30.000 soldados a los 70.000 ya desplegados, como ha solicitado el general McKiernan, si no se avanza en el ámbito político servirán de poco.

Las elecciones previstas para 2009 en Afganistán e Irak son un problema añadido. En ninguno de los dos países se dan las condiciones para unas elecciones seguras y limpias, pero ¿qué dirigente occidental acepta hoy el precio de desconvocarlas?

Las elecciones del próximo 10 de febrero en Israel y las que deberían celebrarse en las próximas semanas en los territorios palestinos son dos de las causas que han llevado al primer ministro en funciones israelí, Ehud Olmert, a ordenar los ataques a Gaza a finales de 2008. Cualquier muestra de debilidad -piensan en Kadima y en el partido laborista-, aliados principales de la coalición actual, provocaría -temen- una victoria aplastante del Likud de Benjamín Netanyahu. Recuerdan el 96 y no quieren que se repita.

Que Barack se apellide Hussein no hará más fácil un acuerdo entre palestinos e israelíes y el diálogo que abrirá, seguro, con Irán y Cuba tardará en dar frutos. Con la ofensiva contra Gaza, Israel ha limitado el margen de maniobra de Obama en un conflicto en el que pretendía involucrarse desde el primer día.

Anunciando, como ya ha hecho, el cierre de Guantánamo, Obama ha enviado un mensaje positivo al mundo, pero se necesitan reformas legales para saber qué hacer con los detenidos de Al Qaeda a partir de ahora. La reforma de Kioto llevará más tiempo -hay demasiado dinero en juego- y la entrada de los EEUU en el Tribunal Penal Internacional no está en el programa.

La Administración elegida, empezando por Hillary Clinton, es una garantía de centrismo, excelencia, inteligencia y prudencia, pero su éxito o fracaso dependerá de que logre trabajar en equipo y establezca una relación estratégica nueva con Rusia, la UE, China y Latinoamérica.

¿Actuará Hillary Clinton, a las órdenes del hijo de un keniata en la Presidencia de los EEUU, con más responsabilidad y eficacia en conflictos tan destructivos como los actuales de Darfur, la República Democrática del Congo (RDC) y Somalia que Bill Clinton en los años 90? A 31 de diciembre, la ONU reconoce que sólo se ha desplegado a la mitad de los 26.000 cascos azules previstos para la misión de Darfur (Minuad), donde desde 2003 han muerto al menos 300.000 personas y han perdido sus hogares más de dos millones.

La crisis económica y financiera en los países más ricos está provocando recortes drásticos en la ayuda internacional cuando más necesaria es para afrontar los principales desafíos internacionales recogidos hace ocho años en los objetivos del milenio. La ONU está teniendo graves dificultades para mantener la fuerza de 17.000 cascos azules en la RDC, imprescindibles si queremos evitar otra guerra continental.

La UE, que debería llevar la iniciativa, al lado de Obama, en el liderazgo necesario para afrontar los nuevos retos, está atrofiada por la parálisis institucional y la crisis financiera. La Presidencia hasta junio de la República Checa, el único país de los Veintisiete -con Irlanda- que todavía no ha ratificado el Tratado de Lisboa y fuera del euro, no invita al optimismo. Si todo va bien, el referéndum irlandés para salvar el nuevo tratado se celebrará en septiembre u octubre, de modo que las elecciones europeas del 7 de junio seguirán las normas de Niza, y España presidirá la UE en el primer semestre de 2010.

Como señala John Micklethwait en el anuario The World in 2009 del Economist, «cuando termine sus dos mandatos en 2017, si es reelegido, la Presidencia Obama se juzgará probablemente por el nuevo orden que haya logrado construir con las grandes potencias emergentes: China, India y Brasil. Hoy ninguna está en el G-8 y sólo China tiene un lugar en el Consejo de Seguridad». Si no encuentran su sitio en el nuevo orden, montarán sus propios clubes y todos viviremos un siglo XXI mucho más inestable y conflictivo que el siglo XX.

Ocurra lo que ocurra, los EEUU de Obama serán menos poderosos que los EEUU de Bush, pero seguirán siendo la potencia indispensable.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Gasto militar, liderazgo, seguridad

Por Ferran Requejo, catedrático de Ciencia Política de la UPF (LA VANGUARDIA, 31/12/08):

El panorama mundial de los conflictos armados a finales del 2008 muestra continuidad con la situación internacional a partir del año 2001. Sin embargo, se han producido hechos que a buen seguro modularán el futuro inmediato. Veamos algunos datos.

El conflicto entre Rusia y Georgia del pasado mes de agosto rompió la ausencia, desde el año 2004, de nuevos conflictos entre estados. Los que perduran se iniciaron antes (Iraq, 2003). De hecho, la mayoría de los más de 30 conflictos armados de la última década se han producido en el interior de los estados. Algunos de los más importantes han sido: Afganistán, Birmania, Sri Lanka, Turquía (Kurdistán), Sudán, Somalia, Filipinas, Burundi y Congo.

¿Han supuesto estos conflictos un incremento global del gasto militar? Sí, y de modo importante en términos de cifras absolutas.

Se calcula que el gasto militar mundial durante el año 2007 fue de 1,4 billones de dólares (a precios constantes del 2005). Ello representa un incremento del 45% desde el año 1998 (International Peace Research Institute, SIPRI Yearbook 2008). Por países, EE. UU. encabeza de forma aplastante el porcentaje mundial de gasto militar (45%), seguido del Reino Unido, China, Francia y Japón - que gastan cada uno alrededor de un 4% del total-,y de Alemania, Rusia, Arabia Saudí e Italia - un 3% cada uno-.España ocupa el lugar 15. º , con alrededor del 1% del gasto militar mundial (datos del año 2007).

En conjunto, el gasto militar global representa un 2,5% del PIB mundial. Sin embargo, el porcentaje que dicho gasto supone respecto al producto interior bruto de los distintos países es muy variado. Por ejemplo, a pesar de que el gasto militar de EE. UU. ha aumentado más de un 60% desde el año 2001 debido a su fuerte crecimiento económico, ello supone menos del 5% de su PIB global (2007), un porcentaje casi siempre inferior al del periodo 1950-1990. Por su parte, países como China y Rusia han aumentado también de forma importante su presupuesto militar en los últimos años. China lo ha triplicado desde 1998, pero en términos relativos su gasto militar no llega al 2,1% del PIB.

Todo esto tiene diversas lecturas. El crecimiento económico de los países en vías de desarrollo es un objetivo deseable en términos del bienestar medio de su población, pero a su vez facilita escaladas del gasto militar sin que ello suponga a menudo un esfuerzo económico desorbitado para dichos países. Parecería que un mundo con mayor desarrollo medio sería un mundo más seguro, pero los arsenales militares son cada vez más imponentes en un mundo sin instituciones internacionales de peso. De ahí la necesidad de liderazgos eficientes por parte de las principales potencias. Un liderazgo que ya sólo puede ser de carácter multilateral. Pero multilateralismo no equivale siempre a consenso, sino a establecer “equilibrios estables” en el mapa geoestratégico mundial. Y de ahí también la importancia de las decisiones que la nueva administración de EE. UU. impulse a partir del 2009. Se trata de la única superpotencia mundial. Las administraciones estadounidenses del siglo XX han cometido graves errores, principalmente en Asia y Latinoamérica. Sería un desastre pretender un liderazgo unilateral a partir de sus intereses inmediatos. El mundo ni es así, ni va serlo en el futuro.

Un nuevo escenario en el que la seguridad internacional puede jugarse cosas importantes es el Cáucaso. Puesto de nuevo bajo el foco de la atención pública desde la guerra de agosto del 2008, constituye una región fácilmente amenazada de inestabilidad. En el trasfondo aparecen cuestiones energéticas y económicas, pero la situación no se acaba ahí. De hecho, ahí sólo comienza. Un factor decisivo es el de la hegemonía estrictamente política que Rusia parece dispuesta a recuperar y que no puede sino condicionar la posición de laOTANyde laUEen la región. El Cáucaso reúne a un conjunto de 17 territorios a ambos lados de la frontera entre Rusia con Georgia y Azerbaiyán. La parte norte, situada toda ella en el interior de Rusia, incluye a Osetia del Norte, Ingushetia - con conflictos entre sí-y Chechenia, cuya guerra, aún por finalizar, ha supuesto alrededor de un cuarto de millón de víctimas. Todos ellos son territorios estratégicos en términos de energía y con situaciones económicas fuertemente degradadas. En la parte sur, la política prooccidental un tanto irreflexiva de los líderes de Georgia mantiene tensiones en los territorios prorrusos de Osetia del Sur y Abjasia, formalmente internos pero con una independencia práctica. Azerbaiyán, el otro Estado fronterizo con Rusia, supone un aliado para esta última, pero enfrenta también el conflicto interno de Alto Karabaj, en la práctica bajo la órbita de Armenia. Y Turquía e Irán, a su vez fronterizos con estos dos últimos países, tienen sus propios intereses en la zona (véase La Vanguardia Dossier,número 30). Toda una agenda para las administraciones estadounidense y europea en los próximos años en un contexto en el que el gasto militar seguirá en aumento.

El horizonte del año 2020 será previsiblemente bastante diferente, con China, Rusia, India y Brasil situados en posiciones de liderazgo regional. La Unión Europea debe replantear su posición si no quiere quedarse en una posición marginal del mapa político. De hecho, las cosas apuntan a que dicho mapa ya no tendrá su centro de gravedad en el Atlántico, sino en el Pacífico. O ya está situado ahí.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Claves para utilizar el dinero de todos

Por Joan Majó, ingeniero y ex ministro de Industria de España (EL PERIÓDICO, 31/12/08):

La crisis financiera ha provocado dos graves problemas a las empresas. Primero fue la falta de liquidez, por el descalabro del sistema bancario. Y ahora, de forma más profunda y con mayor duración, la disminución del consumo. La primera ha sido urgentemente atacada por los gobiernos, ante el miedo de un hundimiento, inyectando dinero a los bancos. Parece que el flujo se ha detenido de repente, pese a que ha servido más para ayudar a los bancos que a las empresas, ya que les está llegando solo una parte del dinero. Había que hacerlo. Ahora es necesario que el dinero no se quede a medio camino. Esperémoslo.

Pero el gran problema es el otro. La retracción del consumo disminuye los pedidos, hace reducir la producción y provoca un incremento del paro. Esto hace bajar más el consumo e inicia un peligroso círculo vicioso. Deben intervenir también los gobiernos, inyectando dinero para estimularlo. Dinero de todos, no lo olvidemos.

Hay dos preguntas clave. ¿Algunos de los recursos que se destinan a los bancos podrían tener mejor efecto si fueran directamente a la economía real? ¿Cuál es el modo más eficaz de reactivar con fondos públicos, y por tanto hacia dónde deben dirigirse? Quiero concentrarme en la segunda, la que ahora más me preocupa. De entrada cabe decir que no creo nada en la eficacia de la fórmula de unos meses atrás —repartir 400 euros—, porque pienso que pocos habrán cambiado su ritmo de consumo para ahorrarse, por una sola vez, esta cantidad.

Ahora se plantean medidas más serias. Para aquellos que han redescubierto a Keynes —algunos no lo habíamos olvidado nunca—, de lo que se trata ahora es de invertir en obras públicas para apuntalar empresas constructoras, evitar despidos y mantener el consumo de los que trabajan en ellas. Esto es lo que busca gran parte de los fondos previstos en los presupuestos del Estado —más de 30.000 millones de euros—, de la Generalitat, y los anunciados 10.000 millones que se darán a los ayuntamientos. No me parece mal, pero quiero hacer algunas matizaciones.

EN LA POLÍTICA reactivadora no podemos olvidar de dónde venimos y hacia dónde vamos. Venimos de una situación viciada por un crecimiento basado sobre todo en sectores de poca productividad, entre ellos la construcción, que ha generado una sobreoferta de viviendas, origen en gran parte de lo que ha ocurrido. Y queremos ir hacia una economía con competitividad basada mucho más en la calidad y la innovación, y en la que otros sectores industriales tomen el relevo de los que disminuirán su peso en el PIB. Por esto debemos tener cuidado no solo con las infrastructuras físicas —necesarias—, sino también con las tecnológicas —imprescindibles para las empresas del futuro—, y tenemos que poner las bases para elevar el nivel medio de conocimientos del país, base de la competitividad.

Creo que, como en las épocas keynesianas, los gobiernos tienen que desempeñar ahora el papel de motor del crecimiento con políticas anticíclicas, pero a diferencia del siglo pasado, este papel de motor keynesiano no puede ser solo motor de reactivación, sino que debe ser también motor de cambio. Si el dinero de todos sirve para reactivar la economía volviendo a poner en marcha el sistema, pero sin modificarlo, quizá resolveremos el problema inmediato, pero seguiremos estando en una situación que garantizará la repetición de las crisis, cada vez más gravemente. Si estamos de acuerdo en que la burbuja ha generado un sector de la construcción hipertrofiado, mientras salimos de la crisis debe producirse un ajuste. Si ahora nos pusiéramos a construir viviendas con dinero público, cuando tenemos muchos centenares de miles sin comprador, nos equivocaríamos. Deberíamos hallar soluciones más imaginativas para reequilibrar tanto la oferta como la demanda. Y para utilizar mejor el dinero, intentando compatibilizar las finalidades de presente y de futuro.

ESTOY, DE algún modo, pidiendo un neokeynesianismo para el siglo XXI, que los economistas tendrán que definir, pero que yo intuyo como la utilización de dinero público no solo para reactivar el consumo (pagando un sueldo a los parados por llevar piedras de un lugar a otro, según la famosa imagen de Keynes), sino utilizando su esfuerzo para construir infraestructuras tecnológicas de futuro, empezando por las propias infraestructuras humanas. Es decir, pagando un sueldo a personas sin trabajo, en parte para trabajar y en parte para adquirir conocimientos y aumentar así el nivel de formación y de habilidades de la población. Es bueno que los ayuntamientos construyan nuevas pistas de deportes o nuevos centros cívicos, ya que esto reactiva el consumo, pero ¿y las escuelas de formación profesional, los centros de transferencia de tecnología o las redes de telecomunicación? Habría que ver, incluso, si no sería mejor que una parte de estos recursos —y algunos de los ya existentes— se destinaran, por ejemplo, a potentes acciones locales de mejora de la calificación profesional, procurando que personas, con o sin trabajo, ayuden a elevar el nivel de conocimientos de personas, sin trabajo, que lo necesiten, y haciendo que enseñar y aprender sea, durante un periodo, una labor remunerada para unos y otros. Y no olvidemos que muchas de las tareas derivadas de la aplicación de la ley de dependencia se podrían enfocar con mucho más contenido profesional y de valor añadido, resolviendo problemas sociales y creando en el futuro más ocupación, pero también más riqueza.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Afganistán, ¿hasta cuándo?

Por Jesús López-Medel, abogado del Estado (EL PERIÓDICO, 31/12/08):

Una buena amante del cine como Carme Chacón, ministra de Defensa, recomendaría dos excelentes películas de este año 2008 y que tienen por centro Afganistán. Son Cometas en el cielo (de gran hondura humana y estupendo guión) y La guerra de Charlie Wilson (con calado político y unos espléndidos Tom Hanks y Julia Roberts).

Este lugar del planeta sigue siendo epicentro de una tragedia que revela el fracaso de las respuestas militares al abordar desde el exterior unas soluciones que chocan con unos parámetros muy diferentes a los occidentales.

Afganistán formó parte del Imperio británico hasta que se independizó, en 1919. A partir de entonces, se sucedieron los asesinatos de gobernantes, los avatares internos y los vaivenes en sus alianzas. En los años 50, Afganistán abandonó su neutralidad y se entregó a los dirigentes soviéticos de la época (Jruschov). Con gran inestabilidad y tras una incipiente apertura interna, el caos se convirtió, ya entonces, en la característica de Kabul y de todo un país singularizado por una agreste orografía montañosa.

LA PUJANZA de los rebeldes y la ineficacia del Gobierno comunista para controlar la situación motivaron la petición de apoyo a la URSS. El 24 de diciembre de 1979, la Unión Soviética invadió militarmente un país que se estaba despedazando a sí mismo. Eran tiempos de guerra fría con los norteamericanos, y el mismo año en que acontecieron dos hechos históricos revelantes: la revolución iraní y la guerra Irak-Irán.

La insurrección de grupos fundamentalistas diversos hizo que el Kremlin enviara a sus tropas, que tomaron militarmente el país. Eso supuso que, al año siguiente, más de 60 países, entre ellos EEUU, boicotearan los Juegos Olímpicos de Moscú. Del rechazo verbal a la ocupación soviética se pasó al apoyo a las fuerzas opositoras, cuyo fundamentalismo no era inconveniente, entonces, para Washington. Con apoyo de material militar obsoleto, primero, pero con gran despliegue de poderosos misiles y morteros, después –suministrados a través de Pakistán–, los EEUU de la época Reagan se involucraron activamente en una guerra lejana. Alimentaban, así, a las fuerzas islamistas más radicales. Se estaba escribiendo el futuro.
Nueve años después, en enero de 1989, una URSS muy debilitada internamente, con la apertura de la perestroika de Gorbachov y la caída del comunismo en países satélites, procedió al repliegue y retirada de sus tropas de Afganistán. Sería una humillación que dejaría atrás a 13.000 soldados soviéticos fallecidos en una guerra, como todas, inútil. Ello sería celebrado por los grupos insurgentes. Estos, conocidos como talibanes (de la palabra talib, estudiante) y seguidores de una visión radical del Corán, procederían a imponer su dura ley represora.

Años después, los talibanes volverían a ser centro de la actualidad. El brutal ataque del 2001 a las Torres Gemelas de Nueva York, reivindicado por Osama bin Laden, haría que se reclamase a Afganistán la entrega de este terrorista, que se movía, con apoyo talibán, entre los múltiples recovecos de las montañas de ese país. La negativa afgana provocó en EEUU una sed de justicia, mezclada con venganza, que le llevó a invadir el país asiático en la denominada operación Libertad Duradera, con el apoyo político y bélico de todo el mundo occidental. Incluso Rusia respaldó (no militarmente) la acción, y los estados de Asia Central facilitaron sus bases y espacio aéreo.

Pero Bin Laden no fue encontrado y mantuvo desafiantes a sus diversas células. La impotencia norteamericana, unida a burdos intereses, desplazó el centro de su actuación a Irak, donde, basándose en falsedades, se perpetró una de las más graves violaciones del derecho internacional en nombre de la democracia. La invasión, la guerra y la posguerra allí son de los mayores disparates cometidos por países autocalificados como civilizados.

SIENDO CASI unánime esta valoración e iniciada la retirada de tropas de suelo iraquí, queda Afganistán. Allí siguen contingentes diversos, cuya única opción es solo sobrevivir y autodefenderse. No podrán derrotar a unas guerrillas que, con amplio apoyo, campan por esos territorios llenos de trampas y opio. Los señores de la guerra proliferan y los ejércitos de diversos países no han podido llevar allí ni la paz ni la cultura democrática. El régimen talibán fue derrocado, pero la gran fragilidad de un Gobierno sustentado solo por fuerzas invasoras no augura estabilidad. En este 2008, los ataques de los grupos armados han aumentado un 50% sobre el año anterior. Es la cifra más alta desde la invasión, y son más de mil los civiles muertos. Desgraciadamente, la paz está más lejos en Afganistán. La violencia ha empeorado y es extrema: se ha incrementado un 543% en los últimos cinco años.

Mientras, muchos gobiernos siguen, por sus alianzas con EEUU, llevando tropas al país. Tal vez EEUU desplace allí el doble de contingentes tras la inminente marcha de Irak, para intentar evitar un segundo fracaso. 86 soldados españoles han muerto en esa guerra. Las consignas oficiales de que es- tán allí para defendernos a todos no son sólidas. Los atentados terroristas se suceden en todo el planeta, mientras los países occidentales gastan en Afganistán unas energías inútiles. ¿Hasta cuándo?

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona