miércoles, julio 23, 2008

¿Quién teme el Manifiesto?

Por Miquel Porta Perales, crítico y escritor (ABC, 22/07/08):

En España ocurren cosas sorprendentes. Sorprende que un grupo de intelectuales suscriba e impulse un Manifiesto por una lengua común en que se argumenta lo indiscutible y reivindica lo obvio. ¿Acaso es discutible que todas las lenguas oficiales en el Estado son patrimonio compartido e igualmente españolas y merecedoras de protección institucional? ¿Acaso es discutible que el castellano es la lengua común de los españoles y debe ser conocida por todos? ¿Acaso es discutible que son los ciudadanos -no los territorios ni las lenguas- quienes tienen derechos lingüísticos? ¿Acaso es discutible que en las comunidades bilingües se fomente -sin discriminación o marginación de la lengua común- el conocimiento de la lengua cooficial? Todo ello es indiscutible. ¿Por qué -entonces- el Manifiesto por una lengua común? Porque en algunas Autonomías se han instalado el esencialismo, el monolingüismo, el victimismo y el anticastellanismo lingüísticos. El esencialismo que hermana lengua e identidad y sostiene que la nación catalana, gallega o vasca se alza sobre una sola lengua denominada propia que excluye el castellano. El monolingüismo que impone la denominada lengua propia como única lengua oficial de facto de la Autonomía. El victimismo que inventa un enemigo al que atribuye cualidades como el expansionismo lingüístico. El anticastellanismo de quien desea marginar y descartar el castellano de toda manifestación pública.

El cuádruple fundamentalismo lingüístico se traduce en una triple ofensiva nacionalista periférica. En primer lugar, una ofensiva ideológica que refuerza la dicotomía entre lengua propia -catalán, gallego y vasco- e impropia -castellano- de la Autonomía, que realza la relación entre lengua propia e identidad propia identificando lealtad lingüística con lealtad nacional, que concibe el castellano como una amenaza y sostiene que las lenguas autonómicas cooficiales están relegadas y minorizadas. En segundo lugar, una ofensiva política que discrimina negativamente el castellano y positivamente las lenguas autonómicas cooficiales. En tercer lugar, una ofensiva legal que establece que la lengua autonómica cooficial «es la lengua de uso normal y preferente de las administraciones públicas y de los medios de comunicación públicos de Cataluña, y es también la lengua normalmente utilizada como vehicular y de aprendizaje en la enseñanza» (artículo 6.1 del Estatuto de Cataluña, 2006), que instituye un proceso de normalización e inmersión lingüísticas que oculta un proceso de substitución lingüística (la Ley de Normalización Lingüística de la Generalitat de Cataluña de 1983 podría endurecerse con la Ley de Educación de Cataluña, actualmente en proceso de redacción, que suprimiría la llamada «tercera hora de castellano» que el Ministerio quiere introducir en la enseñanza primaria), que implanta -a través de la eufemísticamente denominada Oficina de Garantías Lingüísticas- sanciones económicas para garantizar que «la señalización y los carteles de información general de carácter fijo y los documentos de oferta de servicios para las personas usuarias y consumidores de los establecimientos abiertos al público han de estar redactados, al menos, en catalán» (artículo 32.3 de la Ley de Política Lingüística de la Generalitat de Cataluña, 1998). Al respecto de la ofensiva legal conviene añadir que, por tercer año consecutivo, el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña ordena a la Generalitat de Cataluña que en los impresos de preinscripción escolar aparezca la casilla que otorga a los padres la opción para elegir la lengua en que quieren educar a sus hijos. Pero José Montilla -prisionero de una ERC que puede romper el tripartito- incumple esta resolución del Alto Tribunal catalán. Como incumple también otra resolución del mismo Tribunal que establece la tercera hora de castellano en Primaria. Si Montesquieu levantara la cabeza, comprobaría -horrorizado- que en Cataluña sólo se cumple la ley cuando interesa. ¿Montesquieu? Un españolista recalcitrante, asegurarían el catalanismo y el tripartito. El resultado: en Cataluña se puede matricular a los hijos en una escuela catalana, inglesa, francesa, alemana, italiana, suiza o japonesa, pero no castellana.

La deriva monolingüe y la obsesión identitaria, que se desprenden del fundamentalismo lingüístico y la ofensiva nacionalista periférica, tiene su consecuencia y su intención. La consecuencia: se reduce la libertad individual de elección de lengua, se considera como impropia una lengua castellana que es la propia de al menos la mitad de los ciudadanos catalanes, se limita el universo simbólico e intelectual del ciudadano, se problematiza el ser catalán-español de los ciudadanos catalanes que usan el castellano como vehículo habitual de comunicación, se cuestiona el carácter catalán de la cultura hecha por catalanes en lengua castellana, se obstaculiza el traslado de población y las oportunidades de trabajo interregionales. La consecuencia de la consecuencia: amparándose en el reconocimiento de la pluralidad lingüística, se impone el monolingüismo y el monoculturalismo. La intención: se niega -o relativiza en grado extremo- la lengua común castellana con la finalidad de dibujar fronteras identitarias y nacionales entre España por un lado, y Cataluña, Galicia y el País Vasco -quizá también las Islas Baleares- por otro identificando, como decíamos antes, lealtad lingüística con lealtad nacional. La intención de la intención: la reivindicación de una España plurilingüe, el dibujo de fronteras identitarias y nacionales por razón de lengua, esconde el proyecto -de momento- de un Estado plurinacional en que las partes tendrían el derecho a la soberanía.

Frente a ello, el Manifiesto por una lengua común reivindica -como decíamos al inicio- lo obvio. Es decir, que el Parlamento español -el Gobierno no está por la labor por los peajes que debe pagar- fije inequívocamente que la lengua castellana es común y oficial a todo el territorio español y como tal su comprensión puede serle supuesta a todos los ciudadanos españoles, que los ciudadanos que lo deseen tengan derecho a ser educados en castellano, que las lenguas cooficiales autonómicas tengan derecho a figurar en los planes de estudio de sus respectivas comunidades pero no como lengua vehicular exclusiva, que los ciudadanos de autonomías bilingües tengan derecho a ser atendidos institucionalmente en las dos lenguas oficiales, que en el ámbito público no oficial el uso de una u otra lengua sea discrecional, que en la rotulación de los edificios oficiales y las vías públicas, así como en las comunicaciones oficiales administrativas y la información a la ciudadanía, no deba emplearse únicamente la lengua autonómica, que los representantes políticos en sus funciones institucionales de carácter estatal usen habitualmente la lengua castellana, que en los parlamentos autonómicos bilingües se puedan emplear las dos lenguas oficiales.

¿Quién teme el Manifiesto por una lengua común? Los nacionalismos periféricos -además de tergiversar el contenido a mayor gloria de sus intereses- lo han recibido mal. La enésima maniobra del españolismo excluyente, dicen. Y el caso es que, en ningún momento, el documento -señores: no se trata de un texto patriótico, sino de una defensa de la libertad individual y el sentido común- minimiza o desdeña las lenguas cooficiales autonómicas. Y el caso es que, gracias a ese supuesto españolismo excluyente, las lenguas cooficiales autonómicas han cobrado impulso y ganado protagonismo. ¿Por qué los nacionalismos periféricos temen -porque lo temen: por eso lo descalifican con acritud y sin aceptar el reto que plantea- el Manifiesto por una lengua común? Quizá porque en sus líneas se reclama algo tan indiscutible y obvio como la libertad de elección de lengua y los derechos fundamentales.

EE.UU.: antes del último asalto

Por Walter Laqueur, director del Instituto de Estudios Estratégicos de Washington (LA VANGUARDIA, 22/07/08):

En Washington hace mucho calor y mientras la mayoría de los estadounidenses están de vacaciones (o se disponen a ellas), la larga campaña electoral ha llegado casi a un punto de estancamiento, situación que probablemente no variará antes del día del Trabajo, en la primera semana de septiembre. Entre tanto, ¿qué balance cabe extraer? Este año debería ser el año de los demócratas: los medios de comunicación apoyan a Obama y le dan más cancha que a su rival. La Administración Bush acaba en medio de un amplio descontento. Aunque la situación en Iraq ha mejorado, no es el caso de la economía. El precio de la gasolina sigue siendo muy alto y como de costumbre se responsabiliza de la situación al gobierno vigente. Barack Obama ha llevado adelante una campaña inteligente y enérgica. Sólo en el mes de junio recibió más de 50 millones de dólares de sus admiradores, alrededor del doble de su rival republicano. Es el mejor orador y sus audiencias lo reciben en todas partes con entusiasmo.

Pero, para sorpresa de la mayoría de los expertos y encuestadores, el candidato demócrata apenas supera de momento a McCain. De hecho, su ventaja, que era considerable hace un par de meses, ha menguado. Ahora es muy pequeña, casi insignificante.

¿Cuál podría ser la razón? No puede garantizarse ninguna explicación, pero pueden aportarse diversos factores. Aunque a numerosos estadounidenses les satisface oír lo que oyen de labios de Obama, no están tan seguros de su experiencia y grado de competencia. Casi un 70% prefieren a McCain como comandante en jefe en caso de una situación de riesgo, circunstancia plausible a juicio de muchos en los próximos años. Obama posee muy escasa experiencia en cuestiones de política exterior. Vivió de muchacho en Indonesia pero nunca en Europa u Oriente Medio o el Lejano Oriente. Dependerá, en consecuencia, de sus consejeros.

Pero quienes le rodean, con escasas excepciones, no son demasiado excepcionales: un puñado de generales descontentos, algunos diplomáticos que trabajaron en anteriores administraciones sin brillo especial y dos centenares de profesores ambiciosos (en conjunto, Obama tiene 300 consejeros en política extranjera y, como afirmó uno de ellos: “No sabemos si los documentos que le enviamos los ha recibido y leído”).

Existe el factor étnico: Obama prometió tender puentes entre negros y blancos, cosa que, de lograrse, sería de lo más ideal. Pero ¿puede lograrlo? Casi el 90% de los negros lo apoya, pero el panorama es muy distinto en el caso de los blancos (varones). En cuanto a los latinos, parece haber hecho algunos progresos últimamente, pero McCain aún lleva la delantera.

Indudablemente, todo ello podría cambiar notablemente en el periodo que media hasta las elecciones de noviembre. Pero a los demócratas que daban por descontada una victoria arrolladora a favor de su candidato les embarga una cierta preocupación.

Entre tanto, ambos candidatos se han desplazado hacia el centro en el curso de sus declaraciones, factor que ha contrariado a sus partidarios más acérrimos; no obstante, Obama y McCain saben que si quieren ganar, no pueden tener contentos a sus partidarios más radicales de modo permanente.

La Administración Bush está enviando ahora diplomáticos a Teherán por primera vez en muchos años, lo que significa que tanto los partidarios de la línea dura como los de la negociación, en Estados Unidos y en Europa, admiten que Irán acabará convirtiéndose en potencia nuclear. Y también significa que un gran conflicto armado en el futuro en Oriente Medio sólo puede impedirse merced a la amenaza de una “destrucción mutua asegurada” como en la guerra fría. Sin embargo, lo que funcionó entre Estados Unidos y Rusia puede revelarse ineficaz en el contexto tan distinto de Oriente Medio, donde se combinan pasiones muy intensas y cálculo racional muy inferior.

El bando de Obama cifra sus esperanzas en una ONU reformada para solucionar los próximos conflictos mundiales: una opción escasamente realista. Si la ONU no puede acordar sanciones contra Zimbabue, las posibilidades de que llegue a acuerdos para afrontar amenazas importantes para la paz mundial son exiguas. El bando de McCain propone una Liga de Países Democráticos, pero ¿quién se sumará a Estados Unidos en ella y qué grado de eficacia tendrá? ¿En qué se diferenciará de la OTAN? Por otra parte, ¿no es cierto que ninguna cadena es más sólida que su eslabón más frágil? Washington sería más juicioso si intentara llegar a acuerdos con Rusia y China en caso de emergencia. Ocurre, sin embargo, que sus intereses no son idénticos a los de Estados Unidos. A menos que beneficie a sus propósitos, ¿por qué iban a hacer causa común con Estados Unidos?

En suma, ningún bando en la campaña electoral posee una estrategia realista; en todo caso, sólo la esperanza de ir tirando. Tal vez Irán moderará su actitud o será más cauto, tal vez amainarán las tensiones en Oriente Medio. Todo es posible, pero ¿qué grado de probabilidad existe? Las perspectivas de colaboración internacional no están perdidas, pero ¿mejorarán antes de que haya sobrevenido un desastre que afecte a la mayoría de las principales potencias?

Las declaraciones de ambos candidatos no aportan respuestas a tales preguntas. En la actualidad, la política exterior no es siquiera la cuestión principal de la campaña electoral. Como de costumbre, el tema preferente es la situación económica. Pero el cuadro podría cambiar rápidamente, pues nunca habían estado tan estrechamente interrelacionadas las cuestiones externas e internas. Sólo han de observar el precio de la gasolina en el surtidor más próximo o considerar la posibilidad de que el suministro de gasolina y otros combustibles se interrumpa o racione temporalmente.

lunes, julio 21, 2008

Obama: el día después

Por Tomás Eloy Martínez, escritor y periodista argentino (EL PAÍS, 20/07/08):

El candidato presidencial Barack Obama se acerca raudo y sin evidentes obstáculos al objetivo magno que apareció en su horizonte hace apenas cuatro años, cuando desembarcó en Washington como un senador sin experiencia pero con un carisma arrebatador y una ambición de acero.

Las encuestas le dan entre siete y quince puntos de ventaja sobre su rival a la presidencia, el senador republicano John McCain del Estado de Arizona. Si no tropieza ante alguna zancadilla electoral como la que quitó la Casa Blanca a Al Gore en el 2000, el 4 de noviembre el senador demócrata de Illinois podría ser elegido el primer presidente negro de los Estados Unidos; él, que nació en 1961, en plena batalla contra la discriminación racial.

Llegar a la Casa Blanca es la parte menos áspera del camino. Apenas entre en el Despacho Oval, el 21 de enero de 2009, enfrentará las primeras ráfagas de una estructura política férrea, habituada a imponer sus intereses y renuente a los cambios. Obama lo sabe y no será el primer presidente en afrontar esa batalla en desventaja. Les sucedió a John F. Kennedy que salió del trance gracias al auxilio de asesores belicosos, el mejor de los cuales era su hermano Bob, y luego a Bill Clinton, que llegó desde la gobernación de Arkansas con un moderado adiestramiento.

Lo acechan, sin embargo, desafíos más arduos. Ha prometido poner de nuevo en pie a una nación debilitada por una política exterior con la que el presidente George W. Bush ha creado una atmósfera de miedo y sospecha.

La economía, ya postrada, sigue deteriorándose día tras día. Si el Congreso no aprueba un paquete extraordinario de medidas, la crisis de las hipotecas seguirá dejando literalmente en la calle a las familias de clase media cuyas deudas alcanzan valores superiores a los de sus casas.

La recesión es una amenaza cada vez más clara: los precios de los combustibles alcanzan alturas explosivas, el costo de los seguros médicos se lleva el 15% de los ingresos de quienes pueden pagarlo y la bonanza de la era Clinton se ha evaporado tanto que ni siquiera queda su recuerdo.

Todas las preguntas abren ventanas hacia el día siguiente a la asunción presidencial. Si Obama gana, ¿tiene el equipo, los recursos, la imaginación para lograr revertir los desatinos de un pasado que por lo menos seis meses más seguirá siendo presente?

No hay dudas de su energía, de su contagiosa certeza en que su gobierno podrá acabar con las adversidades actuales, pero también está claro que las medusas del poder en Washington, enquistadas desde hace décadas, lo enfrentarán con hábiles estratagemas no bien empiece a rozar sus intereses.

Los primeros pasos del candidato demócrata hacia la preparación de un posible gobierno hacen pensar que no lo ignora y que se dispone a negociar. Ya les ha advertido a los votantes ilusionados con cambios rápidos que quizá no les gustará ver más de lo mismo.

El programa de McCain, heredero del partido gobernante, sólo roza el de Obama en la política para los 12 millones de indocumentados que habitan los Estados Unidos: ambos quieren un camino a la legalización que implique el pago previo de una multa y la obligatoriedad de aprender inglés. En los demás puntos fundamentales las diferencias son hondas y representan, en general, la continuidad de Bush o la búsqueda de otro rumbo. Pero una cosa son las excelentes propuestas de Obama y otra la posibilidad de implementarlas.

Allí donde Obama promete comenzar a retirar las tropas de Irak apenas asuma y traer todas las unidades de combate en 16 meses, McCain se niega a hablar de fechas. El candidato demócrata cree que las acciones militares en Irak, lejos de acentuar la seguridad de los Estados Unidos, agravaron los conflictos en la zona y estimularon la adhesión a Al Qaeda; por eso sólo dejaría soldados para proteger la embajada norteamericana y su personal en Bagdad. Al contrario, McCain sostiene que “sería un grave error salir antes de que Al Qaeda sea derrotado en Irak y antes de que entre en acción una fuerza de seguridad iraquí competente, entrenada y capaz”.

El republicano cree también que las tropas norteamericanas son un componente importante de una política de firmeza ante Irán, cuyo régimen, junto con el de Siria, ha contribuido, supone McCain, a la violencia en Irak. Obama, en cambio, se propone “lanzar el esfuerzo diplomático más agresivo de la historia norteamericana reciente para alcanzar un nuevo pacto de estabilidad en Irak y Oriente Medio”. Para evitar el peligro nuclear en Irán y defender los lazos entre Israel y Estados Unidos, trataría de entablar un diálogo directo.

En la economía, que enfrenta una recesión más profunda y larga que la de comienzos de la década de los 90 y la del 2001, Obama quiere ir más allá que la devolución de impuestos con la que este año se trató de estimular el gasto de los contribuyentes. Se propone eliminar las reducciones tributarias, una iniciativa de Bush que el Congreso aprobó hasta el año 2010, a los que ganen más de 250.000 dólares por año, y trataría de imponer un alivio impositivo para quienes ganen menos de 50.000 dólares anuales, entre los cuales se hallan los hogares negros, con un promedio de 32.100 dólares. Subiría, además, el impuesto al capital, algo que eriza a los republicanos.

Un dato crucial para asegurar el futuro de la Administración de Obama es quién será finalmente su compañero de fórmula. Hasta ahora, los asesores que manejan el tema con seriedad y reserva parecen inclinarse por dos, John Edwards (aunque es improbable que acepte alguien que intentó ocupar ese lugar y perdió) y Sam Nunn, quien fuera senador durante 24 años y actualmente dirige una ONG contra la amenaza nuclear en el mundo.

A Obama le gustan las sorpresas y no sería raro que a última hora se incline por alguien que casi nadie menciona: un senador nuevo, no contaminado por la atmósfera de Washington y que, como él, encarna el cambio prometido: el senador demócrata Jim Webb, del Estado de Virginia.

Aunque le falta el carisma de Obama, a Webb le sobra historia. Combatió en Vietnam, donde obtuvo cinco condecoraciones; fue secretario de Marina durante el Gobierno de Ronald Reagan; ganó un premio Emmy como productor de un documental; escribió guiones, uno de los cuales, Whiskey River, sobre la guerra de Irak, será dirigido por Rob Reiner; fue corresponsal de guerra en el Líbano; escribió novelas y en este momento recibe reseñas por su libro Tiempo de pelea: por unos Estados Unidos equitativos y justos, un manifiesto de sus creencias políticas.

Orgulloso de sus tres tatuajes y de su origen -hijo de una familia trabajadora, descendiente de inmigrantes paupérrimos-, aporta a Obama todo lo que los académicos no podrán darle jamás: un diálogo con la clase baja.

Si los jóvenes, los afroamericanos y los liberales de clase alta lo han sostenido hasta ahora, para ganarle a McCain, Obama necesita el favor de aquellos que preferían a su contrincante por la nominación demócrata, Hillary Clinton, gente que quiere que le hablen de cosas concretas, que vive de salario en salario, que se preocupa por la seguridad nacional y que no son republicanos ni demócratas.

A Obama le costará salir adelante en una crisis múltiple cuyos actores están lejos de haber sido vencidos. Pero la presión de la opinión pública, anestesiada e indiferente desde hace tanto tiempo, se hará sentir como pocas veces. Su mensaje ha devuelto la esperanza en una vida mejor a una nación que desde hace ocho años sólo espera un futuro menos sombrío.

Hasta ahora, la buena suerte y su verbo arrollador le han permitido alcanzar un pedestal histórico, en el que nadie estuvo antes. Necesitará mucho más para no caer desde esa altura de vértigo y para cumplir con las embriagadoras promesas de su campaña.

Berlusconi contra el Estado constitucional

Por Perfecto Andrés Ibáñez, magistrado (EL PAÍS, 20/07/08):

Siendo como es un imputado -en rigor poli-imputado-, lo lógico sería titular al revés: “El Estado italiano contra Berlusconi”. Pero no, Berlusconi, en su condición de premier, ha sabido dotarse de un inusual estatus de privilegio. A golpe de mayoría puede legislar, y lo hace, sobre el derecho y el proceso penal y sobre el poder judicial, para decidir sus propias causas del modo más favorable a sus intereses. Y es que de intereses se trata.

En efecto, porque Berlusconi, heredero -también, o sobre todo, en lo económico- de la vieja política italiana, la misma que un día ocupó, masivamente y por propios méritos, el banquillo de los acusados, llegó y ha vuelto al poder de una manera muy particular. Como hombre de empresa o, más precisamente, como empresa. Es decir, del mismo modo y con idéntica lógica que un grupo económico amplía su espacio, incrementa su cuota de mercado: sin reparar en medios, sin sentido del límite y con una irrefrenable tendencia al monopolio. Ahora en lo político, que en su proyecto no es otra cosa que “un activo”. Otro más y “valorizable” en la misma clave de rendimiento puramente mercantil que los de sus innumerables sociedades.

Es verdad que Berlusconi puso de manifiesto una gran preocupación por aparecer ante la ciudadanía como exponente de lo nuevo, de otro modo de entender el poder y de gestionarlo, en una inédita clave de eficacia, que serviría para difundir socialmente, para socializar, con su prometido modelo alternativo de gestión de lo público, el propio triunfo personal: éxito y bienestar para todos. Pero lo cierto es que las raíces del berlusconismo son bien identificables y están, precisamente, en Tangentopoli. No sólo porque Il Cavaliere se benefició del padrinazgo de Craxi, otro ilustre imputado; ni porque, según ha confesado, como él sienta la tentación de “marcharse al extranjero a gozar de los dineros merecidamente acumulados”. Sino, sobre todo, y como ha escrito Ferrajoli, porque lo suyo es el perfeccionamiento del craxismo. Pues si en éste, aun bajo apariencia de lo contrario, la economía estaba comprando a la política y subordinándola a sus intereses; con Berlusconi, el poder económico se convierte él mismo en poder de gobierno, dando lugar a un Estado patrimonial de nuevo cuño, en el que la política queda definitivamente reducida a la condición de simple variable de la economía. Por eso -dice expresivamente el mismo autor-, Italia es hoy el reino de la “antipolítica”, ya que la política es, por definición, representación de intereses generales y públicos, y lo representado en este caso son intereses particulares. De ahí que la histórica y noble referencia ideal a la polis esté perdiendo todo su sentido.

Por eso, si en la perspectiva de que el peculiar macroempresario (Fininvest, Mediaset, Publitalia…) accediera al poder, la envergadura y el perfil, en gran parte mediático, de su imperio, suscitó en la opinión pública despierta y sensible la preocupación por el conflicto de intereses, lo que ésta tiene ahora ante los ojos es una definitiva confusión de intereses, que es al mismo tiempo una brutal concentración de poder. Y, es obvio, cuando éste ocupa todo el campo, no hay lugar para la legalidad, excepto el subordinado e instrumental que ésta tiene asignado en el berlusconiano proyecto. Y otro tanto sucede con la jurisdicción.

Que así es, ya resultó patente en la etapa anterior, en el uso desprejuiciado y escandaloso de la mayoría parlamentaria por parte del Signor B, con la adopción de medidas bien calificadas de regalos a la economía ilegal. Al favorecer la importación de capitales exportados ilegalmente, mediante el pago de un ridículo porcentaje. Con la atenuación de la pena o la despenalización de las falsedades contables (falso in bilancio). Con el tratamiento ultraformalista dado a las comisiones rogatorias, para neutralizar sus efectos, claramente en favor de los procesados de su mismo rango. Con el acortamiento de los plazos de prescripción de algunos delitos…

Entonces se habló de leyes ad personam, al calificar las aprobadas para dar una salida a las situaciones procesales que complicaban la vida del especialísimo imputado. Ahora, su interés personal requiere “elevar el tiro”, y por ello amplía el alcance de las medidas. Así pone a salvo de las interceptaciones telefónicas a los delincuentes de cuello blanco. Y para escapar de la causa seguida por la corrupción de un testigo (caso Mills), transforma el Parlamento en un bufete a su servicio y le hace aprobar dos leyes que suponen la suspensión de todos los procesos por delitos conminados con pena inferior a 10 años (unos 100.000) y la inmunidad para los más altos cargos.

Por todo, tiene razón Dogliani al señalar que lo que realmente está en riesgo es la forma de Estado, el contenido mismo del pacto constituyente, la constitución material.

La infancia del mundo

Por Gustavo Martín Garzo, escritor (EL PAÍS, 20/07/08):

“La verdad no se encuentra en un sueño, sino en muchos sueños”. Ésta es la cita que Pasolini elige como pórtico a su película Las mil y una noches. Pasolini culmina con ella su Trilogía de la vida. Ha realizado una película por año, pero en realidad se trata de una obra unitaria concebida en tres partes: El Decamerón, Los cuentos de Canterbury, y Las mil y una noches. Pasolini recurre a esos libros, herederos de la antigua tradición oral, para crear un arte, tal como quería Gramsci, que pudiera ser popular sin renunciar a la belleza, la inteligencia y la fuerza. Un arte que pudiese ser visto y comprendido por todos. Para hacerlo, abandona el cine ideológico de los últimos años y regresa en cierta forma a sus primeras películas: Accatone y Mamma Roma. Esas películas en las que denunció la marginalidad de la juventud proletaria de los barrios romanos.

La Trilogía supone un canto de celebración de la vida y la alegría del sexo. Un sexo atrevido, libre, fuente de afecto e ingenuidad. En realidad, como ha escrito José Luis Guarner, estas películas resumen las obsesiones de Pasolini: “La materialidad del cuerpo humano, su odio a la burguesía, la exaltación del sexo, la denuncia de la hipocresía, la fascinación de la muerte”. Suponen una protesta frente a la fealdad creciente de cuanto le rodea, y la terrible uniformización dictada por una sociedad capaz de transformar el cuerpo en mercancía, y corromper y banalizar el deseo.

Y, ciertamente, el sexo en estas películas puede ser pícaro y divertido, pero nunca es banal. Especialmente, en Las mil y una noches, en que el cuerpo humano se vuelve pura materia encantada. Eso es el sexo en ella: una celebración de la belleza del otro. Es curioso que estas películas constituyeran un escándalo cuando se estrenaron, ya que vistas hoy resultan de un candor casi infantil. Tal vez porque Pasolini se entrega en ellas al puro placer de contar. “Aquí acaban los cuentos de Canterbury, contado por el solo placer de contar”, así termina su adaptación de la obra de Chaucer. No es una frase cualquiera. El placer en Pasolini nunca es acomodaticio, es la expresión máxima de nuestra libertad frente al poder, tiene que ver con el gusto de contar. Y su película Las mil y una noches es el mejor ejemplo. Pocas veces se ha mostrado en el cine la radical heterogeneidad del corazón humano como en esta obra incomparable, cuya misteriosa y limpia belleza, 30 años después de haber sido hecha, sigue conmoviéndonos como un milagro.

Sin embargo, apenas unos meses después de terminada, Pasolini, en un texto lúcido y desgarrador, abjura públicamente de ella. “Reniego de la Trilogía, escribe, aunque no me arrepienta de haberla creado”. Pasolini no puede negar la sinceridad y la necesidad que le impulsaron a la representación de los cuerpos y de su símbolo culminante el sexo, pero se siente incomprendido por todos. La crítica le acusa de haber renunciado a su espíritu crítico y haber producido unas películas acomodaticias y sin interés, y el público apenas ve en ellas otra cosa que un mero producto de consumo y entretenimiento. Incluso tiene que asistir a la humillación de ver cómo se hacen numerosas secuelas llenas de vulgaridad y de fealdad.

Por eso abjura de su obra, y se embarca en la que habría de ser su última, Saló, o los 120 días de Sodoma. Se inspira en un texto de Sade, y toma como excusa la República de Saló, bajo el dominio de los nazis fascistas. En realidad, Saló es un ensayo, el texto de la abjuración. Puede que sea la más demoledora y fría denuncia del fascismo que se ha hecho jamás. El fascismo como poder anárquico que quiere abolir la historia y atropellar a la naturaleza. Nada hay en ella de la alegría y el gozo de los cuerpos. Los muchachos y las muchachas secuestrados apenas son otra cosa que mercancías embrutecidas. Sus desnudos nada tienen que ver con el pobre y casto esplendor de la Trilogía. El Eros que en Las mil y una noches era amor, aquí es sólo odio.

Debió de ser muy doloroso para Pasolini hacer esta película. Era el reconocimiento de que todo lo que amaba había terminado. Una sociedad egoísta, inclinada predominantemente hacia el lucro y el placer, adolescentes a los que les había sido robada la cultura, una visión del sexo alejada de la alegría; así era lo que tenía delante de los ojos. Pasolini, que había recibido como herencia del cristianismo la idea de la sacralidad de la vida, no podía resignarse a vivir en un mundo donde el cuerpo fuera una mercancía más, y lo fustigó en sus poemas, sus películas y artículos. En una de sus cartas, escribe a un amigo napolitano: “No le tengas miedo a lo sagrado y a los sentimientos, de los cuales el laicismo consumista ha privado a los hombres transformándoles en brutos y estúpidos autómatas adoradores de fetiches”.

Pero no llega a ver estrenada su película, y muere en noviembre de 1975 a manos de unos de esos muchachos de los arrabales que tanto defendió y amó. Las imágenes de su cuerpo brutalmente asesinado dan la vuelta al mundo. “En Roma se mata”, respondió Ninetto Davoli, su actor más querido, cuando le preguntaron qué pensaba. Y es verdad que nadie que le hubiera conocido podía extrañarse de su fin. Desde Acattone hasta Saló, ese cuerpo ultrajado, privado de amor, había aparecido sin descanso en su cine. Medea arroja los miembros de su hermano para que sus perseguidores se detengan a recogerlos; en Porcile, un muchacho tiembla de alegría al comer carne humana; hasta en Las mil y una noches, su película más pura y hermosa, hay muchachos que asesinan en sueños, ladrones crucificados, cadáveres abandonados entre las basuras.

Nunca ese cuerpo fue más hermoso que en el cuento de Lisabetta de El Decamerón. Los hermanos matan a su amante, y éste se le aparece en sus sueños para decirle dónde está. Ella acude en su busca y, al no poder llevarse su cuerpo completo, le corta la cabeza. Entonces la lava y la peina, y la oculta en una maceta de albahaca, que pone en su ventana. Boccaccio termina su cuento haciendo que sus hermanos la descubran y que Lisabetta muera de dolor, pero Pasolini detiene el suyo cuando ella se acerca a la ventana y tiende sus brazos para abrazar la cabeza escondida de su amante.

Es el triunfo del amor y del eros. La Trilogía de la vida expresa la nostalgia de Pasolini por un pueblo generoso y alegre, animado por esa suerte de patriotismo cósmico del que hablara Chesterton. Pero estas películas también hablan de algo que en su momento pocos entendieron: de su confianza en la cultura. Edipo, Medea, Los evangelios, Las mil y una noches, El Decamerón, La Divina Comedia…; estos son algunos de los libros que alimentan su cine. Pasolini nos dice que sólo ellos pueden devolvernos a las misteriosas redes de esos cuentos eternos que guardan la memoria de lo que fuimos alguna vez. La memoria de la infancia del mundo, de ese tiempo en que la verdad no cabía en un solo sueño y hasta los cuerpos muertos podían florecer si alguien les amaba.

Después de Irlanda

Por Antonio Fontán (ABC, 20/07/08):

El «no» de los irlandeses al tratado de Lisboa es un accidente menor en el proceso histórico de la Unión Europea. Menor, pero significativo. Invita a reflexionar a los gobiernos, parlamentos y partidos de los Estados miembros.

No hace mucho en Holanda y en Francia tuvieron lugar, con resultado también negativo, los referendos en que se votaba la Constitución Europea. Aunque el tratado de Lisboa es menos exigente y trabajoso de aplicar que la Constitución, son ya tres las naciones de diversas tradiciones culturales e históricas (latina, germánica y celta) desde las que se han escuchado toques de aviso sobre la estructura política y el funcionamiento de ese singular ente político que abarca veintisiete estados y cubre casi todo el continente desde el Atlántico hasta las repúblicas ex soviéticas de Bielorrusia, Ucrania y la Rusia propiamente dicha. Sin embargo en ninguna de las instituciones y tribunas políticas de las tres naciones del «no», ni en los otros veinticuatro países miembros, se ha planteado seriamente la existencia y la continuidad de la Unión o la pertenencia a ella de Irlanda. Este país no ha dicho que «no» a Europa, sino a un texto presentado por los actuales gestores de la Unión, y sin el cual, como sin la Constitución que rechazaron franceses y holandeses, se ha funcionado aceptablemente y se han conseguido logros de cooperación entre los diversos Estados, impensables antes.

La Unión Europea es la más extensa y ambiciosa asociación de Estados independientes de la historia de la Humanidad. Su implantación ha sido un indudable logro. Los países miembros han acertado a establecer políticas comunes de orden institucional, económico y social, y a ponerlas en práctica, manteniendo, sin embargo, cada uno de ellos su independencia y su propia soberanía. Se ceden competencias, se coordinan políticas, se comparten partidas presupuestarias y hay en el parlamento de Bruselas y Estrasburgo debates de partido y no de naciones igual que en las Cámaras de los diferentes Estados, pero todos y cada uno de los veintisiete miembros sienten, conservan, defienden y practican su independencia y su intransferible soberanía. Basta recordar los acuerdos de creación del «euro» y del Banco Central Europeo o los de Schengen que han beneficiado a todos los países, aunque no fueran de aplicación en cada uno de ellos. El «europeísmo» de vocación asociativa había nacido y empezó a desarrollarse al hilo de los desencuentros y enfrentamientos de potencias y gobiernos del continente que habían dado lugar a la «Gran Guerra» y a la exacerbación de los nacionalismos en ciertos Estados. Al fin de la contienda no pocos pensadores y políticos se preguntaban cómo había podido ocurrir que en naciones que parecían bien avenidas y para aquellos tiempos florecientes (la Europa de la belle époque) se hubiera producido un desastre semejante. La «gran Guerra» no había resuelto nada y con ella -o por su causa- se habían creado nuevos problemas y subsistían, en no pocos casos agravados, los de antes.

Después de Versalles y de la revolución de Rusia, los antiguos «imperios centrales» se arruinaron -fue el caso de Alemania-, o se dividieron en estados menores como la república austriaca, Hungría o la artificial Checoslovaquia, se restableció la antes troceada Polonia y se creó en los Balcanes la imposible Yugoslavia. Además desapareció el imperio de los zares y se impuso en ese país una dictadura comunista que, de hecho, trasladó las fronteras políticas de la Europa libre desde los Urales a los límites occidentales de Ucrania.

La situación fue mucho peor y más penosa al final de la Segunda Guerra Mundial, con la ocupación militar y política soviética de toda la Europa oriental, «el telón de acero» y las dictaduras comunistas, en un clima internacional de hostilidades políticas entre los gobiernos y odios populares. Un alivio para los países occidentales representó el amparo de los Estados Unidos, que habían sido los verdaderos vencedores militares de la gran contienda. La necesidad de unir fuerzas y recursos y la decisión de cooperar en beneficio de todos, más el restablecimiento y modernización de unos estados democráticos de orientación liberal, dio lugar a algo que no había pasado nunca en el continente europeo en los cinco siglos precedentes: el acuerdo político y económico de las dos principales potencias de la Europa Occidental, acompañadas de cuatro naciones limítrofes con ellas, que habían sufrido más que otras los males de la Segunda Guerra Mundial. El 19 de marzo de 1951, los «seis» -Alemania, Bélgica, Francia, Holanda, Italia y Luxemburgo- suscribieron el Tratado de Roma, que era un acuerdo de coordinación y cooperación de las políticas del carbón y del acero entre los que habían sido beligerantes en la Segunda Guerra Mundial, pero con el que sus promotores esperaban inaugurar una nueva época de la historia del continente: como así ha sido. Ese casi mítico documento se ha convertido en la primera piedra del actual ente supranacional que abarca veintisiete Estados, y posee en común un parlamento democráticamente elegido, un sistema judicial y una estructura de gobierno desde la que se rigen, administran y coordinan muy importantes asuntos de las diversas naciones y del conjunto de todas ellas. La Unión Europea tal como está y tal como funciona constituye un éxito político internacional para el que no existen precedentes en la milenaria historia del continente.

Europa empezaron a llamar los griegos en un poema del siglo VIII a. C. a los espacios continentales del centro de la Hélade. Después historiadores, geógrafos y magistrados romanos aplicaron esa denominación a las tierras de la ribera norte del Mediterráneo y a la isla de Britania, y extendieron el nombre de Europa y las noticias de ella a pueblos más septentrionales, aunque su dominio político se detuviera en el Rin y en el Danubio. Pero había contactos con gentes de más arriba. Por ejemplo, la ruta comercial del ámbar unía las orillas del Báltico con el imperio romano.

La Europa moderna empieza a formarse, o se constituye, a principios del siglo XVI. Es la «Europa de los Reinos», de religión cristiana, política y militarmente enfrentada con los turcos, y habitualmente dividida por guerras y rivalidades religiosas o de dominación. Sus filósofos y pensadores como Erasmo, Vives, Moro y otros muchos sabían que el destino ideal de Europa era alguna especie de unidad, que resultaría grandiosa, siempre que reyes y gobernantes fueran capaces de vivir en paz militar y tolerancia ideológica, dentro del amplio margen de la cultura común de inspiración cristiana. Quizá fue el valenciano Vives el primero que en 1526 empleó el término Europa como una realidad política, cuyas disidencias lamentaba con verdadera pesadumbre. Pero esta voz de los filósofos no fue escuchada ni en aquellos tiempos ni en los siglos que vinieron después. Hace casi quinientos años, en 1516, el primer intelectual europeo de la época, Erasmo de Roterdam, encontraba a las naciones de Europa enfrentadas en constantes guerras de unas contra otras, desatadas por ambiciones de príncipes y políticos y sostenidas y fomentadas por el odio que habían generado los que vertían «aceite en las hogueras» con daño de todos. Era una situación dramática e insoluble, en la que -escribe Erasmo- «vemos al francés que odia al inglés, sólo porque él es francés; el escocés al inglés, sólo porque él es escocés; el itálico al alemán; el suabo al suizo, y así todos los demás. Una región odia a otra y una ciudad a otra ciudad». Esto, en un continente cuyos habitantes y reinos compartían una misma fe y una misma cultura, parecía incomprensible al filósofo neerlandés. Era una «lis de verbis», porque la homogeneidad espiritual e histórica de los diferentes pueblos tenía que unirlos más de lo que los enfrentaban los rótulos de las nacionalidades. «¿Por qué -concluía- estas simplicísimas palabras nos separan más que nos une el nombre de Cristo?».

Pueden hacerse muchas lecturas de la historia moderna de Europa. Pero en casi todos los tramos de estos últimos cinco siglos siempre ha habido guerras de unas naciones, reinos o estados contra otros en los espacios del continente, «entre hermanos» decía Erasmo. Así ha sido hasta ese Tratado de Roma de 19 de marzo de 1951, Y el posterior y afortunado desarrollo de lo allí convenido en los cincuenta y siete años siguientes comprendida la votación irlandesa de fines de esta primavera. No hay que rasgarse las vestiduras como hacían los orientales antiguos. Ni pensar en fórmulas, que siempre serían antidemocráticas, para que los irlandeses vuelvan a votar y mucho menos para echarlos fuera, como si hubieran declarado una guerra a toda la Unión. Como tampoco habría tenido sentido obligar a franceses y holandeses a volver sobre sus pasos. Los soberanos son ellos, y no hay nadie que pueda estar democráticamente legitimado para condenarlos a nada. La Unión Europea es un espacio político y una tarea común de los Estados nacionales, independientes y soberanos, que forman parte de ella.

Una supuesta polarización

Por Andrea Noferini, Institut Universitari d´Estudis Europeus (LA VANGUARDIA, 20/07/08):

Mientras durante la última cumbre del G-8 en Hokkaido los líderes mundiales se hacían fotografiar plantando arbolitos, en Patagonia el glaciar Perito Moreno se derrumbaba en pleno invierno austral. Pésimo auspicio este último. La cumbre contó además con las críticas de las principales organizaciones ecologistas, que calificaron de fracaso el acuerdo de mínimo alcanzado por el Club de los Ocho en materia medioambiental. Al mismo tiempo, el secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-Mun, pedía a los líderes de gobierno menos promesas y un mayor compromiso para afrontar las tres crisis que el mundo sufre actualmente: el cambio climático, las emergencias de desarrollo y la crisis alimentaria.

Hoy no hay duda de que, en lo que se define -sin demasiada precisión- como la comunidad internacional, hay un cierto consenso sobre la necesidad, la utilidad y la urgencia de debatir a nivel global las cuestiones clave que afectan de forma universal a la vida de las personas. Además, en un mundo donde las fronteras de los estados naciones no constituyen ya un obstáculo para una infinidad de transacciones económicas y donde la información (y la contaminación) circula de forma cada vez más veloz, los gobiernos nacionales se ven obligados con mayor frecuencia a negociar soluciones en la arena internacional. Nuestro sistema de instituciones internacionales, creado hace más de cincuenta años, sufre deficiencias estructurales en el momento de perseguir los grandes objetivos de la democracia global y del desarrollo humano sostenible. En abril del 2004, por ejemplo, la declaración de Londres, que acompañaba la campaña mundial para una profunda reforma del sistema de instituciones internacionales, ya solicitaba la definición de un marco de gobernabilidad más justo y más democrático para un mundo diverso, sostenible, libre y pacífico.

Hablar de comunidad (o sistema) internacional es como hablar del ave fénix. Se han sucedido distintos tipos de sistema internacional según las épocas y según lo que en cada momento histórico se entendiera por “mundo”. Limitándonos al viejo continente, hay que reconocer que la historia reciente de las relaciones internacionales ha sido más conflictiva que cooperativa. Cuando los estados naciones se han asomado más allá de sus propios territorios ha sido básicamente para luchar con algún país vecino. La proliferación de las instituciones internacionales es un fenómeno relativamente reciente que tuvo un primer impulso entre los años 1815 y 1914 (desde el congreso de Viena hasta la creación de la Sociedad de las Naciones). De todas formas, ha sido sólo después de las barbaries de las guerras del siglo XX cuando se ha intentado con más convicción el camino del multilateralismo. En el año 1969, ya existían aproximadamente 2.000 organizaciones internacionales. Hoy la Union of International Associations contabiliza más de 50.000 entidades clasificables como organizaciones internacionales.

Cuando los miembros son estados soberanos, estas organizaciones se suelen definir como organizaciones internacionales gubernamentales, tales como las Naciones Unidas (ONU), el Fondo Monetario Internacional (FMI), la Organización Mundial del Comercio (OMC) y -según algún euroescéptico, crítico con la supranacionalidad de la Unión Europea- la UE misma. Sin entrar en muchos detalles, se trata de organizaciones que promueven la cooperación y la coordinación voluntaria entre estados soberanos, pero no disponen de autonomía de poderes ni son capaces, en última instancia, de imponer reglas y sanciones a sus miembros. Desde una perspectiva más política, muchos debaten hoy sobre una supuesta polarización internacional que colocaría en los dos extremos del espectro al sistema de la ONU con sus agencias, por un lado, y a las tres principales instituciones internacionales económicas y financieras, por otro lado: Banco Mundial, FMI y OMC. La ONU fomentaría políticas sociales volcadas al desarrollo humano, pero con una escasa capacidad de implementación.

El segundo grupo de instituciones representaría, por el contrario, el brazo operativo del credo neoliberal de las últimas décadas. Sería más efectivo y estaría dominado por los países mas avanzados. Quizás esta dicotomía sea sólo aparente. Al fin y al cabo, hay cinco países (Estados Unidos, Gran Bretaña, Japón, Francia y Alemania) que pagan de forma mayoritaria las cuentas de las principales instituciones internacionales, pertenezcan ellas a la familia de naciones unidas o al grupo de las instituciones de Bretton Woods. Estados Unidos, por ejemplo, es con diferencia el primer contribuyente y él solo paga el 22% del presupuesto de la ONU y el 17% del FMI. Por esto, es muy ingenuo sorprenderse cuando observamos que quien paga la cuenta se arroga, a veces, el derecho a actuar unilateralmente.

El Mediterráneo, ¿al día?

Por Sami Nair, catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad París VIII (EL PERIÓDICO,

Cuarenta y dos jefes de Estado y de Gobierno de toda la ribera mediterránea presentes en la cumbre de París; proclamación del nacimiento de la Unión por el Mediterráneo (UPM); propuesta de seis proyectos de cooperación concretos aprobados por unanimidad y de un acuerdo sobre el establecimiento en Oriente Próximo de “una zona exenta de armas de destrucción masiva, nucleares, químicas y biológicas” para lograr “un espacio de paz y estabilidad en el Mediterráneo” y condena del “terrorismo bajo todas sus formas y en todas sus manifestaciones”; compromiso de los presidentes de Siria y el Líbano de restablecer plenas relaciones diplomáticas, y, por fin, seguimiento de los contactos entre Israel y Siria a través de Turquía. ¡Éxito!

Lo dice sin vacilar uno de los principales comparsas del encuentro: para Hosni Mubarak, presidente democrático de Egipto y copresidente de la reunión, es un “paso de gigante” que abre “una nueva página en la cooperación euromediterránea”, y este nuevo marco llevará “más paz y más estabilidad”. Según Manuel Barroso, siempre contento, la UPM abre la vía a “una auténtica integración regional” y pone el Mediterráneo en el centro de la geopolítica europea. Nada menos. Y para el Sarkozy de siempre, cuya visión superlativa de lo que él mismo propone es legendaria y nunca desmentida, se trata de un éxito total: “Todos lo habíamos soñado. Ahora la UPM es una realidad”. Por favor.

Pero ahora que las trompetas mediáticas se han acallado, ¿qué hay más allá de esta retórica casi rococó sobre el pobre Mediterráneo? Primero, los proyectos: descontaminar el Mediterráneo; desarrollar las llamadas autopistas del mar para facilitar los intercambios comerciales e “incrementar el flujo y la libertad de circulación de las personas”; poner en marcha un programa común de protección civil en contra de las catástrofes naturales; un plan de desarrollo de la energía solar; crear una universidad euromediterránea en Portoroz (Eslovenia) y desarrollar los intercambios de estudiantes en la región (Erasmus euromediterráneo); finalmente, una iniciativa mediterránea de desarrollo de las empresas, abanderada por España e Italia, y que consiste en planes de ayuda a las pymes. Pero ¿no existe esto en los programas de la UE?

TODO ESO parece mucho, pero en la práctica es más complejo, pues los proyectos son vagos, limitados en su alcance y de poco efecto sobre los retos actuales de los países del sur del Mediterráneo. Hay una imprecisión total en cuanto a los medios de financiación. Aunque Sarkozy y Hosni Mubarak coinciden en decir que “no falta dinero” y que “el problema no es de financiación, sino de confianza y estabilidad”, la Unión Europea ha dejado claro que no financiará más que algunos de estos proyectos, iniciados hace años, como el plan solar, la lucha en contra de la contaminación y el plan de ayuda a las pymes, y solo de manera limitada.

¿Quién va a financiar estos proyectos en su conjunto? El sector privado, dice Sarkozy. Pero ¿por qué este sector no ha movido el dedo hasta la fecha y por qué va a cambiar de papel? Esperamos la repuesta, que, según los augurios, vendrá con la próxima reunión del secretariado permanente de la UPM.

En realidad, hemos asistido a una demostración diplomática en torno a un proyecto desgraciadamente confuso y vacío de contenido. La UPM evita con cautela los graves problemas que se plantean al Mediterráneo hoy en día. No contesta a los grandes retos, que son:

1) La paz en Oriente Próximo: a pesar de los compromisos retóricos, la UPM no lleva soluciones o adelantos, porque tanto los israelís como los árabes saben que todo depende de los Estados Unidos y nada se podrá hacer antes de la llegada de la nueva Administración.

2) La organización de la circulación migratoria, queja permanente del Sur y más estancada que nunca con la adopción por el Parlamento Europeo de la directiva de retorno.

3) Por fin, el desarrollo económico, social y democrático de los países de la ribera sur: todo el mundo sabe que la situación actual es muy crítica. Si las inversiones privadas, aunque ridículamente escasas, han aumentado estos últimos años es porque proceden de los países árabes del Golfo o de los países asiáticos. Además, se centran en Oriente Próximo y se relacionan con sectores poco creadores de empleo. De manera general, Europa invierte en los países del sur del Mediterráneo menos del 5% de sus inversiones directas en el extranjero (IDE) mundiales. La señora Merkel lo dijo: nada se cambiará en este marco. Y no hablemos de la situación social y política en el sur: sin democracia, no habrá desarrollo.

EN REALIDAD, esta demostración mediática aparece como el resultado forzado de una iniciativa improvisada, sin coherencia estratégica y que desemboca en una cortina de humo para esconder el fracaso de la primera versión de la iniciativa francesa, pues Sarkozy quería una UPM para arrinconar a Turquía en la esquina de la UE y, a la vez, dar a los países árabes la impresión de que Francia se ocupa de ellos en el contexto de la ampliación al este. Pero ni los alemanes, ni los españoles, ni los italianos aceptaron entrar en el juego. Es muy fácil decir que el proceso de Barcelona ha fallecido cuando los países más importantes de Europa –Francia, Alemania y el Reino Unido–, que nunca hicieron nada para que este proceso tuviera una proyección más amplia, dan finalmente el visto bueno para una ¡Unión por el Mediterráneo en el contexto de los Acuerdos de Barcelona! Y dejaron en el aire la articulación jurídica entre dicha unión y la UE. Esperemos que, sin embargo, se concrete en algo, pues lo necesita el Mediterráneo. Aun así, los escépticos pueden volver a leer la magnífica obra de teatro de Shakespeare Much ado for nothing (Mucho ruido y pocas nueces).

El renacimiento de Al Qaeda

Por Fernando Reinares, director del Programa sobre Terrorismo Global en el Real Instituto Elcano y catedrático de Ciencia Política en la Universidad Rey Juan Carlos (EL PAÍS, 19/07/09):

Mucho se está especulando sobre la naturaleza del actual terrorismo global, es decir, del terrorismo relacionado de uno u otro modo con Al Qaeda. Se trata de una polémica muy extendida en los círculos académicos y en las comunidades de inteligencia, con implicaciones para el enfoque que ha de darse a las políticas nacionales de seguridad y a la cooperación internacional en dicha materia. Una polémica en torno a cómo ha evolucionado ese fenómeno tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 y al tipo de amenaza que supone en nuestros días tanto para los países cuyas poblaciones son mayoritariamente musulmanas como para otras sociedades, incluidas por supuesto las del mundo occidental.

Como consecuencia de la reacción estadounidense a lo ocurrido aquel día en Nueva York y Washington, la estructura terrorista liderada por Osama Bin Laden perdió el santuario del cual venía disfrutando en Afganistán desde mediados los noventa y quedó seriamente menoscabada. No pocos de sus grupos afines, que de igual manera contaban con campos de entrenamiento y otras infraestructuras al amparo del régimen de los talibanes, se vieron asimismo afectados. Y las organizaciones directa o indirectamente vinculadas con Al Qaeda que tenían sus bases fuera de ese país surasiático fueron desde entonces objeto de una decidida represión por parte de los Gobiernos con autoridad sobre las diferentes jurisdicciones estatales donde se encontraban.

Estos acontecimientos son suficientemente conocidos y no parece que respecto a ellos exista demasiada controversia entre los observadores atentos del fenómeno. Sin embargo, no pocos de éstos concluyeron, a partir de aquellos hechos, que Al Qaeda había dejado de existir, transformada en una ideología o en un movimiento. Concluyeron también que el terrorismo global se había convertido en un fenómeno amorfo, carente de estructuración formal y de liderazgo. Concluyeron, finalmente, que la verdadera amenaza terrorista procede ahora de células locales constituidas de manera espontánea y compuestas por individuos radicalizados a sí mismos bajo el influjo de una serie de ideas diseminadas sobre todo a través de Internet.

A esta visión ha contribuido la obra de un influyente doctrinario del terrorismo yihadista. Un individuo de origen sirio pero nacionalizado español que responde al sobrenombre de Abu Musab al Suri, miembro fundador de la célula establecida por Al Qaeda en nuestro país una década antes del 11-M y luego incorporado al círculo inmediato de Osama Bin Laden. Fue detenido en Pakistán en 2005, no sin que antes publicase su Llamada a la resistencia islámica mundial.

Ahora bien, afirmar que aquella estructura terrorista ha desaparecido, que el terrorismo global es ahora un fenómeno amorfo y que la amenaza emana hoy de células locales surgidas espontáneamente no parece que se corresponda con la realidad. Para empezar, Al Qaeda sigue existiendo. Se ha transformado en los últimos años, mostrando gran resistencia y una sobresaliente capacidad de adaptación, pero está regenerada y los servicios de inteligencia occidentales lo saben. Su núcleo de liderazgo, reconstituido en distintas ocasiones, permanece en la zona fronteriza de Pakistán con Afganistán, donde dispondría de algunos centenares, si no unos miles, de miembros propios. Dispone además de tramas y células, así como de agentes y colaboradores, fuera de aquella zona. Eso sí, ha venido subsanando su estado previo, como remanente de la estructura terrorista que existía antes del 11-S, con una extraordinaria producción de propaganda audiovisual. Sus capacidades operativas no son las mismas que en el pasado, pero han vuelto a ser considerables.

Más aún, Al Qaeda ha conseguido establecer, aunque no siempre de la misma manera, algunas extensiones territoriales. Es el caso de la denominada Al Qaeda en la península Arábiga, que dio comienzo a su campaña terrorista en 2003. O el de la altamente burocratizada Al Qaeda para la Yihad en la Tierra de los Dos Ríos, constituida en 2004 en Irak, a partir de un grupo denominado Unicidad de Dios y Yihad, muy activo en ese país desde que fuera militarmente invadido el año anterior. A inicios de 2007, apareció la no menos estructurada Al Qaeda en el Magreb Islámico, resultante de una fusión, anunciada unos meses antes, entre la propia Al Qaeda y el Grupo Salafista para la Predicación y el Combate, de origen argelino.

Por otra parte, alrededor de 30 grupos y organizaciones activos en distintos lugares del mundo mantienen algún tipo de asociación con Al Qaeda. Difieren mucho en sus dimensiones, grado de articulación, composición y alcance operativo. Entre ellos se encuentran los talibanes afganos, los neotalibanes paquistaníes de Tehrik e Taliban (Fuerza de Talibán), Lashkar e Tayiba (Ejército de los Puros), el Movimiento Islámico del Turkestán Oriental, Harakat ul Jihad ul Islami (Movimiento de la Yihad Islámica), Abu Sayaf (Portadores de la Espada), la Yemaa Islamiya (Asamblea Islámica), Jund as Sham (Ejército del Levante), Asbat al Ansar (Liga de los Seguidores) o Harakat Shabab al Muyahidín (Movimiento de la Juventud Combatiente) o la Unión de la Yihad Islámica escindida del Movimiento Islámico de Uzbekistán.

Cierto que Al Qaeda ha inspirado la formación y el desarrollo, en numerosos países del mundo pero quizá especialmente en los occidentales, de grupúsculos o células carentes, al menos en un principio, de ligámenes con alguno de esos otros componentes del actual terrorismo global. Sin embargo, estos grupúsculos o células que se autoconstituyen influenciados por los fines y los medios propugnados desde el núcleo de Al Qaeda pueden llegar a establecer esos vínculos. En cualquier caso, estas redes y células autoconstituidas no deben confundirse, como a menudo ocurre, con las que están bajo el mando directo de Al Qaeda, situadas en la periferia de sus extensiones territoriales o integradas en grupos y organizaciones afiliados con esa estructura terrorista.

Como tampoco debe exagerarse su importancia a expensas de los otros componentes del terrorismo global. La inmensa mayoría de los atentados relacionados con Al Qaeda que se han perpetrado en los últimos seis años y medio son obra de esta misma y, sobre todo, de sus extensiones territoriales y de grupos u organizaciones afines. Y esos tres componentes del terrorismo global destacan en general por un significativo grado de articulación, con disciplina interna, especialización funcional, jerarquía y dirección reconocida. Algo que no casa con la noción de un fenómeno desorganizado que sería la suma de grupúsculos independientes y células espontáneas. Estos actores locales son parte del terrorismo global, pero no debe tomarse esa parte por el todo.

En conjunto, tanto Al Qaeda y sus extensiones territoriales, como los grupos y organizaciones relacionados con aquella estructura terrorista o los grupúsculos y células que se autoconstituyen influenciados por la misma forman un heterogéneo pero definido entramado internacional. Es una urdimbre que evoluciona, cuyos componentes están interconectados entre sí de muy diferentes maneras y pueden variar con el tiempo en número, condición e importancia relativa. Los riesgos y amenazas que el terrorismo global plantea para distintos países o regiones del planeta dependen precisamente del modo en que se combinan esos distintos componentes.

En todo caso no es el modelo de Abu Musab Al Suri el que impera, sino el diseñado por otro ideólogo del yihadismo violento, Abu Bakar Naji, en su La gestión de la ferocidad. En suma, el actual terrorismo global no es un fenómeno amorfo sino polimorfo. Que es distinto.

Mediterráneo, ‘déjà vu’

Por Eduard Soler i Lecha, coordinador del Programa Mediterráneo de la Fundación CIDOB (EL PAÍS, 19/07/09):

El empeño de Nicolas Sarkozy por revolucionar las relaciones con nuestros vecinos del sur y del este del Mediterráneo se ha convertido en uno de los temas estrella de este año. A lo largo de estos últimos meses se ha debatido mucho sobre las motivaciones del presidente francés al lanzar esta iniciativa, sobre los puntos fuertes y débiles de su propuesta, y sobre qué países acudían o se ausentaban de la cumbre celebrada en París el pasado domingo, 13 de julio.

A esa cumbre se llegó con la intención declarada de dar un nuevo aliento al Proceso de Barcelona, tan criticado al principio por el presidente francés y tan defendido por la diplomacia española y alemana. Ahora ha llegado el momento de preguntarnos si se consiguió este objetivo, en otras palabras, si la cumbre fue un éxito.

Lo fue en parte. Reunir a 43 líderes del espacio euromediterráneo constituye en sí un éxito y un claro golpe de efecto. Sin embargo, el documento aprobado en la cumbre de París no va mucho más lejos de lo que se ha venido adoptando en el marco del Proceso de Barcelona y, especialmente, de la declaración fundacional de 1995. La declaración de París no es ni más ambiciosa ni más detallada que la de Barcelona; simplemente, incorpora temas consolidados en años anteriores y añade algún aspecto nuevo en materia de flexibilidad y, sobre todo, de estructura institucional. Tal constatación no es una crítica a lo conseguido en 2008 -seguramente, era difícil avanzar más-, pero sí un elogioso reconocimiento de lo que se logró en 1995.

Los seis proyectos en ámbitos como infraestructuras, educación superior, medio ambiente, energía, inversiones o protección civil aprobados en París, tampoco suponen un salto cualitativo. Por un lado, porque algunos ya estaban en funcionamiento o se hubieran podido desarrollar en el marco tradicional del Proceso de Barcelona; por otro, porque no abordan aspectos mucho más fundamentales para el desarrollo humano como la educación primaria y secundaria, el desarrollo rural, la seguridad alimentaria o la sanidad.

Finalmente, tenemos la dimensión institucional. Ahí sí que se han producido algunos avances sustanciales, aunque pendientes de concreción en la conferencia de ministros de Asuntos Exteriores que se reunirá en Marsella el próximo noviembre. Los cambios introducidos (cumbres regulares, secretariado, co-presidencia y comité permanente de altos funcionarios) van en la dirección de alcanzar cuatro objetivos: más visibilidad, más impulso político, más igualdad entre norte y sur, y mayor agilidad en la toma de decisiones.

La puesta en marcha de estas estructuras no será sencilla -deberá vencer egoísmos nacionales y enemistades seculares-, pero supone un paso en la buena dirección. Con todo, tales innovaciones podrían haberse producido en el marco tradicional de Barcelona sin necesidad de cambiar el nombre del proyecto ni provocar el revuelo de estos meses.

Así pues, el principal fruto del encuentro parisiense del pasado domingo no son ni la declaración política, ni la renovada estructura institucional, ni los seis proyectos. El principal éxito son los encuentros que esta cumbre propició -entre los presidentes de Siria y el Líbano, entre Abbas y Olmert- y, sobre todo, las negociaciones que de manera indirecta prosiguen Tel Aviv y Damasco. Una vez más, se ha puesto de relieve que la principal contribución del diálogo euromediterráneo, también en la etapa que ahora empieza, es reunir a enemigos a priori irreconciliables. En este punto, cabe reconocer la dedicación y perseverancia de la diplomacia francesa, ayudada por el trabajo que Turquía lleva haciendo por acercar posiciones entre sirios e israelíes.

En suma, la cumbre de París tiene algo de déjà vu. Porque ni hay tantos cambios, ni los que se han realizado tendrán un impacto tan significativo. Porque se presentan como nuevos proyectos algunos que ya están en marcha. Porque hay grandes declaraciones, pero sin compromisos financieros firmes. Y, sobre todo, porque el mayor éxito de la cumbre de París es lo que el Proceso de Barcelona viene cosechando desde su creación: reunir de forma regular a Israel y a sus vecinos árabes alrededor de una misma mesa. Aunque sin duda el particular estilo de Sarkozy y la grandeur de la diplomacia francesa han conferido a esta cumbre un lustre especial.

Cabe esperar que en los próximos meses no se produzca otro déjà vu. Es decir, que tal y como sucedió en 1995, el entusiasmo inicial venga seguido de la frustración. En esta ocasión, sería especialmente grave, porque el revuelo causado por Sarkozy ha hecho que las expectativas generadas en ambas orillas del Mediterráneo sean hoy más elevadas todavía. Para romper ese círculo vicioso necesitaremos voluntad política, creatividad y generosidad.

En 2010 se celebrarán 15 años de la primera conferencia euromediterránea de Barcelona y España asumirá la presidencia de la UE. Qué mejor oportunidad para que nuestro país recupere protagonismo y capacidad de propuesta, para que se aprueben proyectos que incidan en el desarrollo humano y para que se consolide la estructura institucional que se ha adoptado en París.

De Woodstock a Rock in Río: ¿festivales o verbenas musicales?

Por Julián Ruiz, periodista y productor musical. Dirige desde hace 30 años el programa radiofónico Plásticos y decibelios (EL MUNDO, 19/07/08):

En qué se han convertido los festivales de rock o de música hortera? La respuesta es humillante, ácida y descorazonadora. Las nuevas generaciones son aplastadas por las marcas comerciales, la publicidad, el nihilismo de las multinacionales de organización de conciertos -casi dueños de los artistas- y la rendición de las grandes estrellas ante el estado del deprimido negocio discográfico. Un festival de hoy puede parecerse más a una verbena de pueblo o, lo que es peor, a un centro comercial, un supermercado o un carnaval de marcas

¿Qué queda de los festivales de Monterrey, Woodstock o Wight? Todo aquello empezó como magníficas manifestaciones contraculturales, como el equivalente cultural de una posición política. Los asistentes a aquellos festivales luchaban por una igualdad racial, los derechos de la mujer, la liberación sexual -incluida la de los homosexuales-, la recreación en las drogas, el fin de cualquier guerra… Los artistas que ejemplarizaban esa era se llamaban Bob Dylan, los Beatles, los Rolling Stones, Jimi Hendrix, los Doors, Janis Joplin, Grateful Dead. Algunos de ellos han muerto, los que siguen vivos aún son iconos otoñales de un tiempo que pasó a mejor vida. Ni rastro del pasado.

Pongamos el caso de Bob Dylan. El viejo lobo de Minessotta no estuvo en Woodstock, pero sí en la Isla de Wight. Y mucho antes en Newport, donde dinamitó la personalidad acústica del folk para convertirla en una explosión viva y eléctrica. Hoy en día, pasea por los festivales con su inmisericorde espíritu gitano, empeñado en marranear hoteles, prisionero de su never ending tour (gira sin fin), como un autista. Le da lo mismo que el festival sea por el agua, por el Papa o por la salvación de los pigmeos. Le importa un pito, siempre que cobre. Ha discernido que los festivales son excusas de mercadotecnia sin ninguna referencia cultural. El desencanto.

Los Rolling Stones pervirtieron el mundo de los festivales en Altamont, con el asesinato de un chico de color a mano de los Hell’s Angels (Angeles del Infierno). Se llamaba Free Festival, gratis para todos. Ahora pasean sus satánicos años en giras que se parecen más a los circos de los Ringling Brothers, porque es «el mayor espectáculo del mundo» a lo Cecil B. DeMille, con público de todas la edades. Los padres, los hijos y hasta los nietos van conformes al circo de los Stones. No actúan en festivales, aunque el año pasado, dadas las circunstancias económicas, aparecieron en la Isla de Wight.

En 1970, un granjero de Somerset llamado Michael Eavis creaba un festival en el que regalaba una pequeña botella de leche para los asistentes, con el desaparecido Marc Bolan como cabeza de cartel. Nacía el Festival de Glastonbury, el más famoso de los actuales. Un festival en el que la seguridad es pobre, la higiene lamentable y en el que la lluvia siempre aparece como fiel compañera. Se le llama el Festival del Barro.

Da igual. Eavis se ha hecho millonario a costa de la clase media británica, que goza con esas crudas condiciones al borde del beneficio de la aventura. En los años 70, cuando todavía quedaban retazos de la generación de la contracultura, la edad media de los asistentes que sólo querían escuchar buena música no pasaba de los 24 años. Pero era gente que ya estaba preparada para el matrimonio y para la hipoteca de su casa. Así que consideró a los festivales como una simples vacaciones. Se podía comercializar lo que Kurt Cobain llamaba «el olor del espíritu juvenil».

De hecho, el más famoso de los festivales en España, el de Benicàssim, que se celebra estos días en la localidad castellonense, es una magnífica excusa para que muchos ingleses pasen sus vacaciones en nuestro país. Aunque también lleva primordialmente el nombre de una cerveza. Los iluminados ejecutivos del marketing encontraron en estas manifestaciones de proletariado joven un maravilloso caldo de cultivo y consumo de toda clase de marcas. Una feria de marcas de bebidas, de móviles, de camisetas, todo objeto para el consumo del espíritu juvenil. Eso es el sentido genético de los festivales actuales.

Tampoco han perdido esta oportunidad las candentes sectas religiosas. Es increíble cómo proliferan los festivales cristianos en Estados Unidos. En el gran padre de todos ellos, el Creation East, puedes comprar camisetas que dicen «Actúa duro, cristiano», «Hetero-boy», o «La religión ha muerto, pero Jesús no» . Millones de personas recorren el país en busca de su Jesús a través de la música, a la que llaman Cristiana. El espíritu reaccionario se muestra en diferentes manifestaciones.

Pero, ¿y la música? Poco importa en muchos casos. Ya no hay artistas comprometidos o no comprometidos. Podemos ver en el mismo cartel a Estopa o a Alejandro Sanz con Bob Dylan o Police. Todos pertenecen a la misma o parecida multinacional de promociones de conciertos.

Un buen ejemplo es Live Nation, casi un monopolio. Promueve 40.000 eventos al año. Posee en propiedad más de 200 locales entre anfiteatros, estadios y clubes repartidos por todo el mundo. Acaba de fichar a Madonna por 100 millones de dólares. Este gesto ha sido como firmar el acta de defunción del poder de los negocios disgráficos . El dinero está en los conciertos, en los festivales que promueve.

Live Nation maneja los conciertos de los Rolling Stones, U2, Police y todas las grandes estrellas. Ha comprado las empresas de los promotores en muchos países, incluído el pequeño imperio que tenía Gay Mercader en nuestro país. Ahora aparece como «vicepresidente artístico» de Rock in Río de Madrid, o del Rock me Río, como se le conoce por algunos viejos militantes de aquellos festivales en que lo importante era la música y no un centro comercial donde también actúan los artistas.

No dejan tampoco de inventarse nuevas fórmulas. Por ejemplo, hace poco, en Castelló d’Empuries (Girona), se ha celebrado un festival llamado Doctor Loft. Impone como predicamento que el festival «empieza donde acaban otros». Es decir, desde las cinco de la mañana del domingo, a las cinco de la mañana del lunes. Además, los organizadores presumen de que no tienen a ningún patrocinador de por medio. Sólo buena música.

Pero todo esto de los festivales empezó en el verano del amor, el de 1967, cuando a John Phillips de The Mamas and The Papas se le ocurrió crear un festival en Monterrey, en la costa californiana, con la ayuda de Brian Jones, guitarrista de los Stones. Trataban de demostrar a la administración estadounidense que la guerra de Vietnam era un simple asesinato, que existía un movimiento contracultural rabioso, joven y vivo. «La magia de la gente joven», como la denominó Theodore Roszak, el creador del neologismo contracultural.

Ahora todo es un banquete de cenizas de aquellos heroicos e iconoclastas festivales. Ahogados por la publicidad, manipulados por sociedades mercantiles. Monopolios que incluso utilizan dinero público, los festivales de música viven sus pequeños sueños de noches de verano. Pero, a veces, parecen más pesadillas del largo y cálido verano.

Las orejas del lobo

Por Gregorio Morán (LA VANGUARDIA, 19/07/08):

Estamos como ese enfermo al que acaban de hacer una biopsia y nadie se atreve a decirle la terrible verdad. De un lado los médicos le advierten que sea cual sea el resultado todo tiene solución y que nunca hay nada tan definitivo que no pueda ser abordado, ya sea por la medicina pública o en nuestra consulta privada;más caro, aseguran, pero mejor atendido. Los familiares, por su parte, no hacen otra cosa que dar ánimos al enfermo, y lo hacen de esa manera tan contraproducente de las comparaciones. Por alguna razón que se me escapa todos los parientes de un ingresado siempre recurren a los ejemplos; cada cual tiene a alguien a quien le ha ocurrido esto o lo otro, de donde deducen que aplicado a su caso, y en un desbordante ejercicio de empirismo, nada puede suceder que sea peor de lo que le pasó a fulano, zutano o perengano. No obstante, lo más patético es observar el rostro del enfermo, porque no sabe a ciencia cierta si es que la cosa pinta rematadamente mal o si sencillamente le ha tocado un equipo médico incompetente y una familia impresentable. Resumiendo: lo peor que le puede ocurrir a un paciente al que acaban de hacer una biopsia es que no pueda fiarse ni de sus médicos ni de sus allegados. Entonces aparece esa angustia que se denomina verle las orejas al lobo.

Llevo años sugiriendo que la expresión ya te lo decía yo sea incorporada como agravante en los casos de divorcio y en cualquier relación humana, la amistad incluida. Ese marido o esa señora que repiten a su cónyuge, como mínimo una vez al día, el consabido ya te lo decía yo deben ser considerados agresores de género, como se diría ahora.

Y podría añadirse que también de número y de caso, según se estudiaba en la gramática anterior a la ciencia del sintagma. Y si esto es verdad en el caso de las parejas de hecho, qué no será respecto al mundo económico, donde resulta que ahora todos ya lo habían dicho pero nadie se había tomado la molestia de escribirlo, y menos aún de abordarlo políticamente, y así resulta que nos encontramos ante una de las situaciones más cómicas si no fuera por sus consecuencias dramáticas: metidos en el comienzo de una crisis brutal dentro de un mundo cuyas formas exigen que a nada se le llame según su nombre. Por ejemplo, ¿qué es una burbuja inmobiliaria?

Una burbuja inmobiliaria es una estafa con espoleta retardada, que gracias a la distancia que media entre la estafa propiamente dicha y el momento de la explosión, o pinchazo de la burbuja, hace muy difícil que sea considerada delito. Me explico. Primero se crearon las condiciones para que adquirir una vivienda fuera no sólo una ambición legítima sino una obligación para todo ser humano - o humana- español - o española- (la verdad es que escribir en lenguaje políticamente correcto nos hará a todos dignos herederos de Marx, Groucho). Luego se animaron en la concesión de créditos los bancos y cajas, empresas que desde su nacimiento se han dedicado y con gran éxito a la usura, en el sentido genuino que da a esta palabra el Diccionario de la Real Academia, por más que desde hace un par de décadas y gracias al generoso reparto de aguinaldos entre el gremio de la pluma se denominan, para descojone de la razón, entidades financieras.

Pues bien, estas entidades se dispusieron no a hacer operaciones financieras sino a prestar a particulares para que se compraran un piso y haciéndolo por cantidades superiores a la tasación, ya de por sí desproporcionada con el valor real de la vivienda. Y así se consiguió no sé si uno de los milagros económicos más notables de la historia de España, pero sí al menos una novedad sociológica que no se daba desde la llamada revolución del 600 - me refiero al diminuto coche, no al terrible siglo XVII-. Todo ciudadano español, soltero o casado, nacionalista o acojonado, pepero o socialista, creyente o ateo, todos, casi sin excepción a menos de aceptar la condición de friki,todos disfrutaban del dudoso privilegio de haber firmado una hipoteca; como mínimo una. Con la particularidad de que cuanto más despreciara la política, a los partidos, a las instituciones, cuanto más ácrata y despegado fuera, más animoso se mostraba hacia el crédito, el préstamo y la hipoteca, tal como si hubieran leído y sacado sus consecuencias de ese texto capital de la literatura y el pensamiento que es El banquero anarquista,del gran Pessoa.

Nadie quiere explicarlo por lo menudo pero ese mismo crédito holgado que permitía usarlo como si fuera la cuerda para saltar a la comba se fue cerrando, se fue cerrando, y se convirtió en un nudo corredizo sobre el cuello de una inmensa cola de pacientes de las entidades financieras.No es que seamos una sociedad que ha vivido en el milagro de la burbuja inmobiliaria, como dicen los cínicos del optimismo, somos una sociedad que sobrevive y se desvive para conseguir pagar sus hipotecas. Y parece obvio que si resulta difícil cubrir el pago contraído con las entidades financieras,menos aún podrá cubrir con éxito las hipotecas con la vida. No hace falta añadir que una sociedad hipotecada hasta las cachas, en la que la inmensa mayoría vive obsesionada con cubrir sus compromisos y que no les descubran el milagro de la supervivencia, esa sociedad, digo, es ideal para los gobernantes mediocres. Porque el más llamativo de los cambios sociológicos en España no es la democracia en sí, por la que dudo mucho que alguien hoy empeñara su vida - si alguien tose puedo recordarle el 23-F de 1981 y la flacidez de las protestas-, lo realmente nuevo es que por primera vez en nuestra historia la gente, el común, tiene propiedades que defender - empeñadas, pero suyas, o al menos eso cree-. Y eso se traduce en una fábrica de conservadores. Por primera vez en nuestra historia, España es una sociedad conservadora no por imposición dictatorial ni represiva, sino por voluntad propia. ¿Que alguien lo duda? ¿En qué está basada la campaña de los socialistas sino en explicar que una victoria del PP pondría en peligro lo conseguido? Exactamente lo mismo que la contraofensiva de Rajoy sobre el PSOE. Nosotros, asegura, consolidaremos lo que tanto trabajo costó obtener. Fíjense si será imposible cualquier política de progreso real, que la consigna del presidente Zapatero al terminar su congreso ha sido nada menos que incitarnos a consumir. Debo confesar que cuando lo escuché no daba crédito a lo que había oído, incluso llegué a pensar en una incipiente sordera. Fue necesario un vídeo, y los periódicos, para darme cuenta de que estamos ante uno de los fenómenos más surrealistas de nuestra vida política. También por primera vez en la historia del socialismo español - qué digo español, en la historia de la socialdemocracia desde Lassalle- un líder cierra el congreso del partido de la izquierda con un llamamiento a consumir. ¡A consumir! En este sentido, sí que creo que no hay precedentes a una figura como la de Zapatero, porque no sé aún si estamos ante un cínico redomado o ante un idiota con fortuna.Para las instituciones financieras y políticas la gran ventaja que tiene nuestra situación de hipoteca generalizada es que hace muy difícil cualquier revuelta, ni siquiera individual. Resulta difícil imaginarse una rebelión antihipotecaria, entre otras cosas porque todos los que firmaron lo hicieron libremente y pensaron incluso, en su candor, que conseguían engañar a las avezadas entidades de crédito. Ahora, cuando aparece de nuevo la usura en su aspecto más esplendoroso, nadie puede llamarse a andanas. O pagas o pierdes. Para ser más preciso: pagas y pierdes.

Estaba escrito. Un negocio es toda operación económica según la cual uno gana más dinero del que ha invertido. Un gran negocio es cuando se gana mucho dinero con muy poca inversión. Y una burbuja económica quizá pueda definirse como aquello que empieza siendo un negocio fabuloso hasta que te pilla la explosión y no queda más que una estafa en forma de documento, donde la única firma que se puede leer claramente es la tuya. ¿Acaso tiene usted alguna duda de que la burbuja inmobiliaria la pagaremos nosotros? A las entidades financieras las ayudará el Estado.

Generación Obama

Por Manuel Castells (LA VANGUARDIA, 19/07/08):

Barack Obama puede ser el próximo presidente de Estados Unidos. De momento, las encuestas le otorgan ocho puntos de ventaja sobre McCain. Y le saca veinte puntos a McCain en la opinión de la gente sobre la gestión de la economía, tema decisivo en esta elección, salvo atentado terrorista o fuegos artificiales con Irán. Las finanzas atraviesan ua grave crisis, los ahorradores están al borde del ataque de nervios, el empleo cae, se pierde poder adquisitivo y aumentan los impagos hipotecarios.

En una situación así, los ciudadanos suelen confiar en los demócratas, igual que recurren a los republicanos en las crisis de seguridad. Es pronto para pronosticar un triunfo de Obama, por los imponderables que rodean a su candidatura, pero entre el hastío de la gente con Bush, el apoyo a los demócratas y el carisma mediático de Obama, hoy por hoy es más probable un presidente Obama que un presidente McCain. Serían buenas noticias para Estados Unidos y para el mundo, si bien Obama no se sitúa en la izquierda, sino en la sensatez y en la decencia, una rareza en la política norteamericana de la última década.

Si Obama ha llegado al umbral de una elección histórica es fundamentalmente por los jóvenes. Los negros lo apoyan, pero sólo son un 12% de la población y aunque su voto es decisivo en algunos estados, la clave del apoyo de Obama está en la movilización de los jóvenes que han irrumpido en la vida política a partir de su candidatura. El factor explicativo de la victoria de Obama sobre Hillary Clinton fue la edad. Obama ganó entre los menores de 45 años. Entre los de más de 65 años Clinton arrasó: 59% contra 34%. Pero esto lo compensó Obama en el grupo 18-29 años, donde obtuvo el 58% del voto frente al 38% de Hillary Clinton. Incluso entre las mujeres, si bien Hillary fue más votada (52% para ella contra 43% para él), Obama ganó entre las menores de 30 años, por 56% a 43%. Más importante aún fue la movilización electoral de los jóvenes. El drama de la democracia norteamericana es que millones no están inscritos para votar, por falta de interés o por burocracia. En el 2004 sólo el 58% de los jóvenes estaban inscritos, frente al 79% de los de más de 55 años. Obama, que inició su carrera política en Chicago inscribiendo a negros para Bill Clinton, dio prioridad a la inscripción de jóvenes. En mayo, en el grupo 18-24, el 76% se había inscrito, el 64% pensaba votar en noviembre (sólo el 36% de los jóvenes lo hicieron en el 2000 cuando se eligió a Bush) y el 40% se declaraban políticamente activos (frente al 28% en las dos décadas precedentes).

Los jóvenes fueron esenciales para la utilización de internet en la campaña, lo que permitió a Obama recibir más dinero de la gente que nadie en la historia y construir una base de millones de ciudadanos en internet que luego se movilizaron en el puerta a puerta y en el teléfono. Mientras que el 59% de los jóvenes usa internet con fines políticos, tan sólo el 20% de los mayores de 65 años lo hace. Los jóvenes pro-Obama han utilizado masivamente sus redes, chats y foros en los espacios sociales de internet, como Facebook o MySpace.

En Facebook en julio del 2008 los espacios Obama contaban con un millón y pico de internautas registrados, en contraste con 159.000 de Clinton y 119.000 de McCain. La organización virtual MyBarackObama. com cuenta con 15 millones de personas registradas. Y del millón y medio de donantes de dinero a la campaña de Obama un 60% donaron por internet.

Esto permitió a Obama recabar 286 millones de dólares a fecha 1 de junio, en contraste con los 259 millones que Bush recibió en el 2004 para el conjunto de las campañas de primarias y presidencial. Un 88% de las donaciones de Obama fueron individuales y un 47% de menos de 200 dólares. Ello le ha permitido ser independiente de los grupos de presión, cuyas donaciones rechazó. Es más, la base de datos de sus donantes permite a la campaña de Obama enviar constante información, solicitar opinión y proponer actos de movilización al núcleo de apoyo, que se cuenta en millones de personas.

La movilización de los jóvenes por Obama tiene raíces en el hastío con la política tradicional, en la oposición a la guerra (que sólo Obama mantuvo siempre) y en la conexión cultural con un candidato más joven (46), usuario activo de internet, jugador de baloncesto, amante del hip-hop y sin problema, por ejemplo, para admitir su época juvenil de marihuana y cocaína. Pero no fue casualidad.

La campaña de Obama buscó el apoyo joven con ahínco. Incorporó desde el principio a gente como Chris Hughes, cofundador de Facebook, que coordina las webs pro-Obama; Hans Riemer, que lanzó hace un tiempo la campaña Rock the vote para los jóvenes, con la ayuda de músicos; o Joe Raspars, el creador de Blue State Digital, empresa de diseño web para las campañas demócratas.

Obama utilizó a fondo la cultura pop-política, con difusión de vídeos creados por estrellas del rock, del hiphop y del cine, tales como will. i. am, John Legend, George Clooney, Jennifer Aniston, Will Smith, Nick Cannon, Jessica Biel, Nas, Jay Z y otros muchos. Por ejemplo, el vídeo Yes we can, producido por su cuenta por Jesse Dylan (el hijo de Bob) y will. i. am, se colgó en febrero y en un mes tuvo 17 millones de visitas. Este vídeo ganó además un premio Emmy.

Existe pues una profunda conexión cultural, tecnológica y política entre Obama y la juventud actual de Estados Unidos. La incorporación de una juventud automarginada de la política hasta ahora a la escena pública de un país clave, aportando sus valores y su mirada fresca sobre los dramas de nuestro tiempo, puede ser, a medio plazo, más importante que la propia política de Obama.

La generación Obama, como ha escrito Robert Putnam, puede ser la nueva “gran generación” capaz de regenerar la política en Estados Unidos, con la consiguiente repercusión mundial.

Directrices para la deportación

Por Xavier González, Magistrado. Coordinador de Jutges per a la Democràcia en Catalunya (EL PERIÓDICO, 19/07/08)

Según el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia, la palabra ilegal significa “que es contra la ley”, y el término irregular, “que está fuera de regla”. Si nos referimos a la cualidad de una persona, veremos que el resultado es imposible, ya que nadie “es contra la ley” o “está fuera de regla”: lo único que puede ser tachado de ilegal o irregular es su acto o su conducta.

Un ejemplo: si alguien conduce demasiado deprisa, coge una cosa que no es suya o hace daño a otra persona, será ilegal o irregular su actuación, no él mismo. Esta reflexión se me plantea cuando leo las noticias publicadas con ocasión de la aprobación por parte del Parlamento Europeo, el pasado 18 de junio, y antes validada por los ministros del Interior de la Unión Europea, de la directiva llamada eufemísticamente “de retorno” –llanamente, de deportación–, ya que se han incorporado al acervo lingüístico colectivo expresiones como “los irregulares” o “los extranjeros ilegales”. Como ocurre con otras palabras modernas, quizá la Academia de la Lengua Española debería incorporar estas entradas en la próxima revisión de su diccionario, pero añadiendo junto a ellas una explicación: “Utilizado en ambientes xenófobos o por personas xenófobas”.

SIGAMOS CON la directiva. Les planteo el siguiente escenario: un país de África con grandes riquezas en materias primas, cuya explotación la hacen empresas europeas. En ellas trabaja personal europeo y, en un momento determinado, las autoridades de ese país deciden que sean sus propias empresas y su personal quienes gestionen esos recursos, para que, de esa forma, la riqueza generada se quede en el país. Al día siguiente, las autoridades dictan una ley que acuerda la expulsión del personal europeo residente en ese país, y, entretanto, se encarcela a los afectados durante seis meses, ampliables hasta 18. Se les hace saber su situación mediante un simple formulario, sin establecer motivos de hecho, y, además, escrito en árabe o suajili, por ejemplo, y sin garantías de asistencia jurídica gratuita, sin un plazo determinado de control judicial –aunque, eso sí, sea revisable “lo antes posible”–, sin que puedan volver al país durante un plazo de cinco años y, finalmente, sin garantías de revisión estrictamente judicial de la decisión de expulsión. ¿Qué opinaríamos? Pues nos llevaríamos las manos a la cabeza, nos rasgaríamos las vestiduras y calificaríamos a dicho país de república bananera donde los derechos humanos y las libertades públicas no se respetan. Incluso habría quien abogaría por una acción de fuerza de represalia.

Ahora invirtamos el planteamiento: nosotros tenemos riqueza y trabajo, otros vienen a trabajar en lo que nosotros no queremos hacer, y, cuando la situación económica lo requiere, se aplica lo antes dicho. Entonces, nuestros gobernantes europeos, incluidos los de este país –salvo alguna honrosa excepción–, y la derecha española y europea en pleno dicen que debemos considerar esas medidas como necesarias para “fijar normas claras, transparentes y justas para establecer una política efectiva de retorno como un elemento necesario de una política de migración bien gestionada”, y eso se hace en el momento en que una de nuestras materias primas, el trabajo, se convierte en un bien preciado que debe ser conservado, pues la situación económica así lo requiere. Raro ¿no?

Lo dicho es para los adultos, pero el trato a los menores es más vergonzoso. A saber: “Antes de decidir la expedición de una decisión de retorno relativa a un menor no acompañado, se concederá la asistencia de los servicios adecuados distintos de las autoridades que hacen cumplir el retorno”. Esto es, no se prevé nin- gún organismo tutelar, y, además, los menores pueden ser tratados igual que los adultos en materia de privación de libertad para su deportación, aunque, “en la medida de lo posible”, se les facilite “alojamiento en instituciones con personal e instalaciones que tengan en cuenta las necesidades propias de su edad”. Con ello, la conciencia queda tranquila.

LA LEGISLACIÓN española se encuentra lejos de las previsiones de la directiva, pero ello sirve para que el presidente del Gobierno, el ministro de Inmigración y los dirigentes de la derecha ya planteen modificar nuestras leyes para ajustarlas a la directiva europea, de modo que las normas que hasta ahora nos parecen demasiado permisivas con los poderes gubernativos y que en alguna ocasión vulneran los derechos humanos se convierten en una referencia de bondad legislativa. Así, el debate en torno a la discusión y aprobación de la directiva ha reactivado otra vez la carga xenófoba de la ideología de la seguridad que lleva a relacionar delincuente con ilegal o viceversa.

Debemos tomar conciencia –como lo han hecho todas las oenegés que trabajan cerca de los inmigrantes, el alto comisionado de refugiados y dirigentes de países de Latinoamérica y África, e incluso la Iglesia– de que este modelo nos aísla claramente del resto del mundo, agravando aún más la incomprensión y el recelo hacia el modo de vida occidental, basado antes en los principios del Estado de derecho y en la primacía de los derechos humanos, y ahora en la defensa de privilegios y del estatuto de primacía económica.

Cuba, un cambio sin venganza

Por Ileana de la Guardia, exiliada cubana en París (EL PAÍS, 16/07/08):

En la madrugada del 13 de julio de 1989, el general Arnaldo Ochoa, su ayudante el capitán Jorge Martínez, mi padre el coronel Antonio de la Guardia y su subordinado el mayor Amado Padrón fueron abatidos por las balas de un pelotón de fusilamiento cerca de la playa de Baracoa, al oeste de La Habana.

Por no haber denunciado o injuriado a su hermano Antonio, mi tío el general Patricio de la Guardia fue condenado a 30 años de prisión. Así concluía la parodia del conocido proceso Ochoa-De la Guardia, en el que, acusados de corrupción y tráfico de drogas, fueron llevados ante los tribunales un grupo de oficiales de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y el Ministerio del Interior. Sus “abogados defensores” fueron impuestos por el propio Estado cubano y todos eran oficiales de la Seguridad del Estado. Ninguna prueba material pudo ser mostrada contra los inculpados. En tan sólo un mes -pues mi padre fue detenido el 13 de junio del mismo año- se desarrolló la investigación, el proceso judicial y el cumplimiento de las sentencias.

Dos versiones pueden adelantarse para explicar tanta urgencia. Una: los servicios norteamericanos de lucha contra el tráfico de drogas estaban al tanto de supuestas operaciones de narcotráfico lanzadas desde La Habana, y Fidel Castro, para limpiar su imagen, utilizó a estos oficiales como chivos expiatorios. Otra, la más creíble: estos oficiales cansados de guerrear en distintas latitudes -algunos de ellos acababan de regresar de la guerra de Angola-, bajo la influencia de los aires de perestroika que soplaban desde la Unión Soviética y, sobre todo, ante la permanente crisis de la situación cubana y la ausencia de las libertades más elementales, comenzaron a criticar (esto me consta) en sus círculos más allegados a la dirección del país. Teniendo en cuenta su nivel de responsabilidad militar y temiendo que sus comentarios pudieran llegar a convertirse en una corriente de opinión en el seno de las Fuerzas Armadas, Fidel y Raúl Castro decidieron sacrificarlos.

En todo caso, espero que algún día la historia y una verdadera justicia aclaren lo sucedido. Ahora hay que decir que el proceso Ochoa-De la Guardia fue un episodio más de esta siniestra farsa en la que los cubanos somos víctimas y actores desde hace 49 largos años.

Hoy nuestra responsabilidad está en el futuro. Hoy y mañana pedir venganza sólo puede generar más violencia. Fue pidiendo venganza como comenzó el drama en 1959. ¿O es que acaso se puede olvidar, aunque yo aún no había nacido, a un pueblo fanatizado pidiendo “paredón” para los victimarios del régimen recién derrocado del dictador Batista?No, ni a esa ni a esta Cuba podemos volver ni en sus formas ni en sus métodos.

Hace cerca de un mes, la escritora cubana Zoé Valdés mostraba en su blog el testimonio del suplicio del escritor René Ariza, injustamente encarcelado en Cuba, a partir de 1971, durante ocho años y que murió en el exilio en 1994. El testimonio es conmovedor, pero lo preocupante son las conclusiones de la escritora. Valdés afirma que “todos los militares (cubanos) sin excepción deberían pedir perdón, a coro, en la plaza de la Revolución, y sus hijos deberán callarse para siempre”. Aparte de este concepto escalofriante de “justicia” maoísta que la escritora reivindica, en la que unas personas son obligadas a pedir perdón en la plaza pública, asombra el que se permita también exigirnos a los hijos de los militares que callemos para siempre. Yo, por supuesto, no pienso hacerlo.

Parece que la escritora cubana tiene una insaciable necesidad de darse un lustre de anticastrista visceral de toda la vida, luego de haber sido diplomática cubana en París durante los años 80 y alta funcionaria del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica (ICAIC). Recientemente publicó en España un ensayo titulado La ficción Fidel en el que, además de comenzar con un “yo acuso” e incluir numerosas exageraciones, falsificaciones y errores históricos, pretende enlodar la memoria de mi padre, que fue fusilado, y de mi tío, condenado a 30 años de reclusión. Por cierto, menciona a este último dos veces como si también hubiera sido ejecutado.

Zoé Valdés, que en su libro llega a caracterizar a los cubanos como “corderos”, es emblemática de un sector minoritario de la oposición cubana que, en mi opinión, compromete el futuro de mi país con este tipo de planteamientos. La mayoría de los cubanos, en efecto, simplemente quiere construir un futuro donde todos podamos hablar. Donde los que se fueron antes, los que nos fuimos después y los que se quedaron, todos juntos propongamos una Cuba mejor.

Pienso que el discurso de la venganza, de los ajustes de cuentas y de las falsedades históricas sólo sirve para alimentar a los que desde el poder en La Habana se esfuerzan en frenar la dinámica de cambio que se ha instalado en los cubanos.

Hace ya dos años que Fidel Castro abandonó el poder. Su hermano, el actual presidente Raúl Castro, anunció cambios de concepto y estructurales para enfrentar la aguda crisis económica, política y social que vive Cuba. Por el momento se han visto pocos resultados. Sin negar que la firma por Cuba del Pacto de Derechos Económicos, Sociales y Culturales y también el de Derechos Civiles y Políticos de las Naciones Unidas tiene su importancia, así como la tienen algunas de las tibias medidas que ya permiten a los cubanos entrar en los hoteles, comprar un DVD o contratar una línea de telefonía celular. Por lo demás, una necesaria valorización de los salarios también está en curso. ¿Suficiente? Por supuesto que no, pero la existencia de una dinámica de cambio es innegable. No obstante, no puede olvidarse que la liberación de más de 300 prisioneros por delito de opinión es un reclamo urgente.

Sería doloroso que, una vez más, las promesas sean incumplidas y los cubanos pierdan la esperanza. De momento, creo, todos los pasos que se den en el sentido del diálogo político, como lo acaba de hacer la Unión Europea, son positivos, pues alimentan esa dinámica de cambio. Y ojalá la próxima Administración estadounidense siga esa misma senda. Y sobre todo, que los dirigentes cubanos sean, por fin, sensibles a los deseos de su pueblo.

Desde hace 18 años vivo en el exilio y mi dolor sigue intacto, pero me esfuerzo por llevarlo con nobleza y dignidad, como tantas otras víctimas. Por eso quiero que en mi país el odio y la intolerancia sean, por fin, solo parte del pasado.