jueves, noviembre 06, 2008

Bienvenidos al desierto de lo hiperreal

Por Gérard Imbert es catedrático de Comunicación audiovisual de la Universidad Carlos III de Madrid, y acaba de publicar El transformismo televisivo (EL PAÍS, 01/11/08):

Dentro del proceso de espectacularización que padece la cultura mediática, la televisión, hoy, ha dejado de ser “ventana al mundo”, fiel reproducción de la realidad objetiva, para convertirse en espacio de proyección, espejo del sujeto. Se privilegia lo inmediato, la relación afectiva, proyectada en relatos, lúdicos unos, ficticios otros. Éstos se desenvuelven a la vez en lo verbal (importancia de la oralidad, de la confesión en este nuevo dispositivo) y al mismo tiempo en lo no-verbal, el mundo de lo emotivo en el que el sentido es secundario en relación con el sentir, privilegiando un régimen conversacional (Bettetini).

Con la postelevisión, como la he llamado, la que emerge en la década de los 90, se da un paso más. Vinculada a la aparición de la telerrealidad, se plasma en la creación de “mundos posibles”, pero ya no regidos por la imaginación como en la ficción, sino por la invención de universos imaginarios engendrados por y desde el medio, que ya no escenifican contenidos narrativos estructurados sino, simplemente (y eso constituye una nueva forma de narratividad), la relación misma, el contacto entre protagonistas de estos nuevos juegos televisivos. Han nacido los reality shows.

Después de la espectacularización del mundo, viene la espectacularización del individuo, de lo vivencial en sus aspectos positivos y negativos. Los realities de segunda generación, tipo Gran Hermano, instauran lo relacional como nueva categoría referencial: lo que interesa no es lo que pasa -en términos de acción narrativa- sino las relaciones internas que establecen los concursantes, sus constantes estrategias de interacción y negociación, la permanente construcción / deconstrucción de su identidad.

La neo-televisión se recreaba en un juego con la realidad: la creación de una realidad sui generis, ni auténticamente documental ni del todo ficticia, pero simulando, mediante el directo, la realidad vivencial. Se sacralizaba así una nueva forma de cotidianidad (al margen de las comunidades existentes) donde el principal envite era revelar su identidad “verdadera”, realizarse como sujeto, en este caso sujeto televisivo, y desvelar su intimidad.

Representarse a sí mismo, “jugar a ser sí mismo” -es decir, en términos semióticos, construirse un personaje-, jugar a estar juntos, tal podría ser la finalidad de estos programas, dentro de una total redundancia identitaria. Este proceso no es ajeno a la carencia comunicativa de la sociedad moderna, a la ausencia o difuminación del otro, a los propios déficit de identidad del sujeto.

Hoy, la televisión ha dado un paso más; con la renovación de los juegos-concursos y programas de entretenimiento se acentúa el cariz lúdico de la comunicación televisiva: después de latelerrealidad viene la tele-identidad, del juego con la realidad al juego con la identidad. Es patente en programas como Black / White, un programa de Estados Unidos de 2006, en el que los participantes negros se “disfrazan” de blancos y viceversa, para ver qué pasa; Le château de mes rêves, en Francia, donde jóvenes de las barriadas conflictivas se inician a los buenos modales aristocráticos; Préstame tu vida, con su intercambio de papeles (un gay vive la vida de un bombero, y viceversa; una soltera se hace con el mando de una familia numerosa, etcétera) o Cambio radical, donde la cirugía plástica permite cambiar de personalidad, amén de diversos programas de coaching (asesoría) que cambian la vida de los participantes.

Con esto la televisión cumple cada vez menos una función referencial y crea mundos virtuales (en los juegos, en los realities, en las series), deviene cámara de eco del imaginario colectivo. Esta evolución no es baladí, entronca con las mutaciones que se están operando en los imaginarios y en la relación con la realidad, la tendencia a jugar con la realidad y con la identidad, la maleabilidad mayor del concepto mismo de realidad, erosionado por los avances de la ciencia y el desgaste del discurso público y de las prácticas políticas.

Parece como si en la postelevisión ya no interese tanto la realidad. Al “cambiemos el mundo” del 68 sucede el “juguemos con su representación” de la posmodernidad.

La televisión de hoy fomenta todas las transformaciones posibles. Por eso he calificado la postelevisión, jugando con las palabras, de transformista. Transformista en el sentido cabaretero del término: el gusto por el disfraz, la parodia, los dobles, el juego con el rol (incluso el sexual). Transformista, también, por esa capacidad que tiene el medio de deformar la realidad hasta llegar a lo grotesco y llevarla hacia los límites de lo fantástico.

¿Es ésta una nueva versión de “lo real maravilloso”, una visión que, partiendo de la realidad, la amplifica, manipula, transforma en su doble? Con ello se diluyen las fronteras entre lo informativo y lo ficcional. Más que nunca, la televisión está dividida entre la necesidad de informar y el deseo de espectáculo fomentado por la cultura de masas.

Si todo es posible, nada es real. Todo es posible en televisión -en cuanto construcción de la realidad- porque, en el fondo, nada es real, porque lo que ahí se representa no deja huella, no tiene pregnancia. El imperialismo del directo funda una realidad que se legitima por su propia enunciación.

Sin huella no hay ética de la responsabilidad, porque si la acción no trae consecuencia, invalida cualquier idea de compromiso de cara al futuro. Lo que hago en televisión es del orden de la exhibición: sólo vale en el marco del medio, se sitúa al margen del mercado social del valor. Entonces ya no operan los valores sociales. No compromete, me exime de responsabilidad y me saca de toda lógica de la acción. No imperan los valores al uso y ya no choca el escándalo (lo que es de cariz accidental): ya no hay ni valores estéticos (bello versus feo, desbancados por lo freak) ni éticos (bueno versus malo, suplantados por lo performativo, la capacidad de crearse una imagen por los medios que sea), ni siquiera morales (dignidad, recato, honor, integridad se borran y dejan paso a códigos de sustitución: la competencia práctica, el valor de uso del medio, la capacidad de desenvolverse en él), ni tampoco valores simbólicos (en cuanto al estatus de veracidad de la realidad), lo que rompe con el pacto de verosimilitud que une espectador y realidad representada.

El simulacro impera y también lo que podríamos llamar lo increíble. ¿La televisión como nueva expresión de lo virtual? La televisión, en todo caso, como huida hacia adelante, que a menudo deja la realidad atrás…

La televisión ha llegado a ser un mundo de relaciones “líquidas” (Bauman) donde se diluyen las categorías, en particular las que fundan la representación moderna -realidad versus ficción- con inquietantes derivas hacia lo grotesco. De ahí la moda de lofriki como estética de la deformación, atracción hacia lo cutre, lo estrafalario, fascinación por lo monstruoso (freak en inglés).

¿Habrá que concluir que se ha salido de la realidad? Y que, frente a la carencia de lo real, a su dilución, fabrica su propio antídoto, una realidad ex profeso, que se complace en lo especular y lo hiperrreal y procede mediante una licuefacción de las identidades.

“Bienvenido al desierto de lo real”, decía Morfeo en Matrix, frase premonitoria que podríamos adaptar así a la postelevisión:Bienvenido al desierto de lo hiperreal…

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona 

Otra vez el cambio

Por Francisco Rodríguez Adrados, de las Reales Academias Española y de la Historia (ABC, 01/11/08):

Hace años yo escribía del cambio como programa o, al menos, eslogan político. Ya sabemos que los políticos, para lograr apoyos populares, no pueden detenerse apenas en complejos problemas que exigen conocimiento y estudio, se refugian en su propia imagen personal, en antagonismos y en esperanzas. La esperanza se sintetiza en el cambio -y en el progreso-, un cambio a mejor que los que buscan los votos propiciarán mejor que nadie, dicen, y funciona sólo si no es obstaculizado.

En realidad, la idea del cambio está en la de la naturaleza humana, que se cansa de posiciones fijas, busca algo nuevo, algo que nos aproxime a la felicidad. Cuando fatiga una posición en la cama, decía yo, uno se vuelve al otro lado (pero a veces retorna al primero). Sin esperanza no hay vida y el cambio abre la esperanza. Aunque sea confuso, una vaga idea. Nadie se atreve a enfrentársele. Los conservadores apenas hablan de conservar, lo disimulan lo que pueden. Y cuando los hechos, la realidad, se oponen a ciertos cambios y los progresistas tienen que seguir, de hecho, políticas conservadoras (como ahora los socialistas en ciertos puntos), los oficialmente progresistas lo disimulan como pueden.

La naturaleza humana oscila entre el cambio (Heráclito) y el Ser Inmóvil, perfecto si pudiera (Parménides). Cuando yo escribía, había correteado por Grecia, donde Papandreu propugnaba la allagí, el cambio. Ganó. Igual aquí Felipe González. Luego Aznar contra González. Y yo recordaba que ya Ciro y Asoka y Augusto y tantos otros decían que ellos habían traído el cambio. Igual mil políticos modernos. Excuso el detalle.

Si ahora traigo esto a colación es porque Obama, que aspira a la Presidencia de los EEUU, ha elegido el cambio como lema. No es muy claro en qué consistirá, no fue muy bueno el que traía Carter. Sus competidores también propugnan reformas, claro, pero quizá escamados por lo que de vago y peligroso tiene el cambio, lo mencionan menos.

El cambio tiene un límite, no es posible cambiarlo todo, la naturaleza humana aspira también a una estabilidad, una paz, unos valores fijos. Claro que hoy nadie se atreve a aspirar a que no se cambien las leyes, como proponía Esquilo en Euménides. Y ningún político propone, como hacía el viejo Adenauer cuando yo correteaba, también, por Alemania, aquello de «keine Experimente», «nada de experimentos». Aunque, la verdad, algunos experimentos hizo, impulsó el «milagro» alemán.

Pero no vengo aquí a dar programas, sólo a presentar unas reflexiones más bien escépticas, sobre los distintos aspectos de la naturaleza humana, que aspira a mejorar su situación siempre precaria, cuando no angustiada, y al tiempo a la estabilidad, la seguridad. El programa del puro cambio radical, como propugnan grupos que van a por todas y a los que a veces tienen que unirse, por falta de votos, los socialistas, es al final un fracaso. Ellos tienen luego que dar marcha atrás, a veces demasiado tarde. Y es que la idea socialista, en gran parte, se ha socializado, es ya de todos, y no basta para conseguir mayorías. Por supuesto, los políticos, los candidatos, no van a explicar los límites de la realidad ni los de la esperanza. Pero los que no somos ni lo uno ni lo otro no podemos dejar de hacer, como decía, algunas reflexiones.
Por ejemplo: que la idea del progreso indefinido, automático o impulsado por un grupo, o incluso por todos, tiene sus límites. Siempre han chocado con ellos los buscadores de paraísos en la tierra: así los cristianos desde San Agustín, los marxistas, tantos otros más. Esto no quiere decir que no haya habido progreso. Por supuesto que sí: en nivel de vida, en economía, en educación elemental y en la especializada, en tolerancia pese a todo, en el fin de las guerras entre las grandes potencias, en mil cosas más. Es obvio.

Pero, ¿por qué no se digiere que existen esos límites puestos al individuo y a los grupos humanos por su propio ser y el propio progreso? ¿Por qué se empeñan en atribuirlo todo a tal grupo o partido, a tal individuo? Por ejemplo la crisis económica, que demuestra que se trata de hechos globales, consecuencia de nuestro sistema difícilmente sanables. En suma: gastamos más de lo que tenemos, nosotros (o los que nos suministran) vivimos de préstamos e hipotecas, al final los que nos prestan a todos no pueden sostener tantas deudas, los deudores no pueden pagarlas. Y si el erario público, o sea, nosotros, les aliviamos un momento inyectándoles dinero, al final vuelve lo mismo. Mientras no se modifiquen los hábitos, el sistema, y esto es bien difícil, iremos de crisis en crisis, es algo cíclico. Es el mecanismo del autocontrol, el sistema pone límites a su desarrollo supuestamente ilimitado.

¿Cómo arreglar esto? Unas palabritas como la del cambio al final no arreglan nada.

Tampoco arreglan tantísimos problemas de la sociedad de masas: la sociedad del dinero, de la supuesta libertad, del supuesto lograrlo todo.

Los niveles educativos, salvo los elementales y los del especialismo, están bajando dramáticamente en todo el mundo: es un secreto a voces. Tanta libertad personal (a veces no tanta), tanta diversión, tantos modelos deleznables, tanto todo vale, casan mal con el estudio y el simple pensamiento libre.

Y luego, los centros de enseñanza, las carreteras, las playas, todo está sometido a mil presiones, todo tiende hacia abajo. Unas pocas reformas, un poco de dinero, algo hacen, pero al final son insuficientes. Son parches. ¿Quién ha logrado aunar el crecimiento de los niveles sociales y económicos con el remedio de esos problemas y mil más? Nadie hasta ahora, sería un buen programa. Decir «cambio» es decir algo obvio, pero indefinido, insuficiente. Cambio, pero ¿cómo?

El vacío dejado por las viejas creencias y normas de conducta, los viejos patrones culturales, no ha sido llenado. Crecen la inseguridad íntima, el miedo al futuro, el agotamiento, el hastío ante tantas «campañas» y presiones, el escepticismo ante todos los que quieren vendernos algo. ¡Y si no venden no viven y, entonces, tampoco vivimos nosotros! Esta es la sociedad en la que estamos, nos defendemos como podemos, a veces olvidamos, a veces recibimos un rayo de esperanza, recobramos fuerzas, seguimos adelante. Otras, simplemente, callamos.

Pensamos que la naturaleza humana buscará curaciones en sí misma, como decía Hipócrates. Y a veces es verdad, en los más complejos entramados de fuerzas diversas a veces hay aberturas hacia la solución o la mejora. Decía un ministro que yo conocí que asuntos problemáticos, si se dejan en el cajón, se arreglan solos. A veces es verdad. Y la Humanidad ha salvado toda clase de crisis terribles. Pero, ¡a qué precio algunas veces!

Uno piensa si no sería un alivio restaurar, en la parte que se pueda, viejos patrones de conducta humana y social, incluso religiosa para algunos. No aspirar a todo, todos, tan rápido. Decían Buda y Sócrates y los estoicos y los cristianos, y otros más, que el deseo trae dolor. Claro que hay que obrar, actuar: en eso los griegos se separaron de Buda. Después de esto, si alguien me tacha de conservador, me da lo mismo. Los amantes del viejo humanismo somos, en la medida que sea, conservadores. Pero aquellos viejos humanistas y los griegos que les precedieron inventaron también la libertad.

Entonces, no se puede prohibir a nadie hablar del cambio, que viene de la vieja esperanza. Aquella que a los hombres quedó cuando los males se escaparon del tonel de Pandora, cuenta Hesíodo. Aquella a la que los cristianos hicieron virtud teologal.

Solo que «cambio» es una palabra tan vaga… No se sabe muy bien qué anuncia ni si llegará ni cómo llegará. En fin, no nos frustremos, sigamos con nuestra esperanza.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona 

Lección de historia con lobos

Por Gregorio Morán (LA VANGUARDIA, 01/11/08):

Hay que saber mucho cine para poder hacer un documental como El abogado del terror. Hay que saber mucha historia para tener el talento de contarla sin perderse. Hay que tener una cultura inagotable para ser capaz de mezclar en una sala de montaje un material que le deje al espectador literalmente traspuesto, y sin que se utilice en ningún momento voz en off, el habitual comentario rotundo que convierte la inmensa mayoría de los documentales en sucedáneos del National Geographic. Hay que poseer el bagaje cinematográfico de Barbet Schroeder para construir una auténtica obra maestra del cine sobre lobos. Lobos de dos patas, criminales de la Revolución y del Estado, indisolublemente unidos por algo tan evidente como el modo de hacer, el modo de vivir, el modo de matar, el modo de justificar el crimen.

Llevo dos semanas dándole vueltas a este documental espeluznante y esclarecedor, que no sólo recomiendo sino que debería convertirse en un tema de debate para varias generaciones - empezando por la mía- que vivieron la dialéctica salvaje de salvar la humanidad y esclavizarla. Esa argamasa que ha constituido el tejido de nuestros sueños más ambiciosos y más crueles, porque con esa pasta que embadurnábamos nuestros deseos figuraba el amor - para qué negarlo- pero también la brutalidad, esa antesala del crimen.

Estamos hablando de las buenas intenciones de un asesinato, o de dos, o de una clase social, o de varias, hasta llegar al ridículo de no saber si defendimos la transformación de la sociedad o fuimos esos cándidos personajes, tan implacables como secundarios, que aparecen en las obras de Shakespeare, casi para hacer reír en los momentos en que la tensión teatral resulta insoportable.

El filme El abogado del terror, de Barbet Schroeder, que se acaba de estrenar en España y que volará pronto de las carteleras - un cine y una sesión en Barcelona, un cine y dos sesiones en Madrid- porque las gentes que dicen saber de esto y viven de ello consideran que ese es cine para gente muy especial, que apenas da un duro para que les hagan la corte publicitaria. En la historia del cine, más aún que en la historia de la literatura, lo mejor lo saca el tiempo y lo redime del fracaso ante críticos y espectadores. Fíjense que si digo “se estrena en España”, debo preguntar luego: ¿dónde se estrenan las películas en España? ¿En Madrid y Barcelona? Me consta que la inmensa mayoría de las ciudades españolas ya no tiene cines, fuera de esos galpones para ganado familiar de fin de semana, junto a los abrevaderos del consumo de masas. El cine convierte en casi imposible la artesanía y la empresa familiar. Pero de vez en cuando aparece algo así y hay que precipitarse en el elogio y el entusiasmo porque no se trata de esos ejercicios de fin de carrera - esa abrumadora pesadez de los jóvenes cinéfilos- y estamos ante algo grande y realizado con los limitados medios de un género tan manido y difícil como el documental.

El protagonista principal del filme de Schroeder es un gran abogado parisino - Jacques Vergès- que en España no sonará mucho porque nunca, que yo sepa, tuvo relación alguna con nadie de aquí y hasta me temo que no debió pisar este país nunca, como no fuera alguna sala de aeropuerto. Sin embargo se le publicó apenas muerto Franco, cuando salían del armario los radicales irredentos; aún conservo la edición de Anagrama del año 76 de La estrategia judicial de los procesos políticos,donde se puede leer la sentencia que abre el libro: “El aparato estatal formado por el ejército, la policía y la justicia es el instrumento mediante el cual una clase oprime a otra”. Firmado, Mao Tse Tung. El mundo de Vergès no era precisamente el nuestro. Hijo de un francés de la isla Reunión y de una vietnamita, discreto sólo de estatura, ojillos vivos enmarcados en aquellas gafas redondas que pretendían definir una concepción del mundo. Osado y soberbio hasta la fatuidad, siempre se sintió un producto exquisito y colonial que debía mostrar al país más autocomplaciente del mundo - Francia inventó el “chovinismo”- que eran tan viles, desalmados, explotadores e imperialistas como cualquier otra sociedad occidental con intereses coloniales.

La trayectoria de este letrado imaginativo e implacable empieza con el terrorismo independentista argelino, al que defenderá en un juicio que se habría de convertir en leyenda de ese mundo tan cargado de mitos y escaso de futuros. Incluso acabará casándose con una leyenda del mundo árabe, la terrorista Djamila Bouried, condenada a muerte por el Estado francés, a la que Vergès, en su condición de abogado y gran manejador de los medios, conseguirá salvar la vida. Djamila Bouried y su odisea, no más sangrienta y criminal que la de Menahem Begin, en el otro lado de la barricada, que llegaría a primer ministro del Estado de Israel e incluso a premio Nobel de la Paz. Se podría decir que en casi todos los vericuetos terroristas de los movimientos palestinos de los años sesenta y setenta, tienen como letrado, intermediario y cómplice a Jacques Vergès. Y luego con Mao Tse Tung en China y Pol Pot en Camboya, y la colección de tiranos árabes supuestamente socialistas. Allí donde había un combate contra el sionismo estaba Vergès, que se llegó a convertir al islam y dejó de comer cerdo y otras golosinas, pero por poco tiempo. Luego siguió con los restos internacionales de la Baader Meinhof, y con ese espécimen singularísimo del género lobo, Ilich Ramírez Sánchez, venezolano, más conocido como Carlos;su relato, sus descripciones, su atropellada manera de hablar un francés utilitario como una “9 Largo”, en conversación telefónica desde la prisión donde cumple la perpetua, dejan al espectador en un estado de perplejidad absoluto, como si de pronto uno escuchara la voz de un Conde Drácula real, arrogante, locuaz y deslenguado. No es la banalidad del mal, de la que hablaba Hanna Arendt, sino la presunción del killer.Probablemente esa sería la manera de enfocar el asesinato político de aquel Netchaev, hoy tan olvidado y sin embargo tan presente; fue el primero que construyó una ética del terrorista como lobo sanguinario y filantrópico.

Ninguna actriz sería capaz de hacer tan naturalmente el papel que interpreta la antigua terrorista alemana Magdalena Kopp, contando su propia vida y su experiencia amorosa y frustrada con Jacques Vergès. Es un momento cenital, en el que realidad y representación convergen y dan un resultado inhumano de puro sencillo. Cualquiera al oírla podría pensar que estamos ante una historia de gentes comunes, asaeteadas por la vida, cuando de lo que se trata es de genéricos de la especie lobo, dispuestos a matar por una idea, la primera que les viene a la cabeza; después de tantos años pensando que sólo eran capaces de morir por ella. Una diferencia notable, la de ser capaz de morir, a considerar que es imprescindible matar. Cualitativa, que decían los dialécticos. Y siempre ahí está Vergès con su puro habano a medio fumar, como si moviera la batuta de un jefe de orquesta corrigiendo las deficiencias de los músicos del foso.

Y como traca final, el gran sarcasmo. Defender a un criminal en su grado superlativo. Klaus Barbie, la hiena de Lyon, el hombre que torturó y asesinó a hombres, mujeres y niños en la Francia ocupada. Como en una exhibición del túnel de los horrores van apareciendo unos tipos amables, hasta simpáticos, buenos narradores de sus propias mentiras, que cuentan con la mayor normalidad cómo hicieron o mandaron hacer tal o cual cosa, sin perder el ritmo ni alterarse. Como buenos representantes del género lobo. Y nos están contando una historia con la sencillez de una lección de alta política, como aquellos profesionales de la antropología que son capaces de desvelar todos los secretos de una mansión a partir de una detallada relación de lo que va en la bolsa de la basura. No cabe la simplificación. No es un trepador social, tampoco un revolucionario, ni un vulgar cómplice del terror. Es mucho más, es un abogado que demuestra que la ley es un trampa construida por los poderosos, que en ocasiones se les enreda en las patas del lobo y les hace temblar. No de vergüenza, como podría ser el caso, sino de miedo, quizá de complicidad.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

martes, noviembre 04, 2008

Presidente Obama

Por Manuel Castells (LA VANGUARDIA, 01/11/08):

Con los datos en la mano es casi seguro que el 4 de noviembre Barack Obama será elegido presidente de Estados Unidos. A menos que suceda una tragedia, nunca descartable en el país de John y Robert Kennedy, como recordó Hillary Clinton hacia el final de su campaña. Incluso es probable que su victoria sea por amplio margen y conduzca a un hundimiento republicano en el Congreso. A cuatro días de la elección, el promedio de los sondeos por estado sitúa a Obama con 291 votos electorales frente a 163 de McCain, con 84 indecisos. Como la presidencia se alcanza con 270, quiere decir que aunque McCain ganara en los estados donde Obama le lleva menos de cinco puntos de ventaja, como Florida, Ohio, Carolina del Norte, Misuri e Indiana, aún triunfaría Obama. El racismo encubierto puede rebajar dos o tres puntos y las triquiñuelas habituales pueden restar algo más.

Pero la ventaja de Obama es tan amplia que sólo su extrema precaución frena la euforia: no se pueden confiar sus electores, porque todavía hay que votar. Aunque cerca de un tercio del electorado ha votado ya y las primeras estimaciones son de una gran mayoría de votantes demócratas. Si se confirma la histórica elección de Obama, la deberá al amplio movimiento social que ha despertado su candidatura. Cierto es que el contexto de crisis económica y de guerras impopulares, así como la desastrosa presidencia de Bush, favorecen decisivamente un triunfo demócrata. Pero el que el demócrata sea Obama y no un miembro del establishment político, como Hillary Clinton, se debe a la movilización de base en busca de alguien nuevo, fiable y capaz de inspirar esperanza a un país hundido. De ahí la irrupción de los jóvenes en la política a niveles nunca vistos, el aumento del registro electoral de nuevos votantes y una tasa de participación electoral que se proyecta cercana al 70%, un récord.

El protagonismo ciudadano se ha plasmado en los tres millones de donantes que a 200 dólares de media proporcionaron a Obama una financiación sin precedentes, aun rechazando a los lobbies. Y en decenas de miles de voluntarios que fueron puerta a puerta y llamada a llamada por todo el país. Eso tal vez sea lo más importante de esta elección. Estados Unidos ya no será lo mismo, sea cual sea la política de Obama una vez confinado en la Casa Blanca y enfrentado a la dureza de un mundo en crisis. Obama sabe que su fuerza es esa confianza popular que le da un margen por un tiempo. Y ese fue el tema clave del anuncio electoral de 30 minutos con el que cerró su mensaje tras 21 meses de campaña.

¿Pero qué puede hacer Obama? El nuevo presidente es moderadamente progresista, pero sobre todo pragmático dentro de una ética, realista y desconfiado de ideologías. Su programa tiene una línea maestra: reparar una economía y una sociedad en grave crisis. Empezando por estabilizar la economía, mediante una consolidación de la ayuda al sistema financiero pero bajo supervisión estrecha que incremente la regulación y recupere el dinero de los contribuyentes. Siguiendo por un aumento de la inversión pública en programas que a la vez creen empleo y desarrollen nuevas industrias, en particular en energías renovables.

Y para disponer de los recursos necesarios sin aumentar la enorme deuda que hereda de Bush, acelerar lo más posible una retirada ordenada de Iraq, ahorrando así los 10.000 millones de dólares mensuales que cuesta esa guerra que, en conjunto, ha representado más dinero que el paquete de rescate financiero. También aumentará los impuestos a las grandes empresas y al 5% de la población con mayores ingresos.

Y centrará la acción del gobierno en tres áreas prioritarias: acabar con el escándalo de un sistema de salud que cuesta tres veces más que el europeo y mantiene a 50 millones sin seguro; invertir en educación, mediante becas a estudiantes y ayudas a las escuelas, y desarrollar una política de medio ambiente que inicie la transición a un nuevo sistema productivo, combinando innovación, conservación y apertura de nuevos mercados para tecnologías verdes.

En política internacional, trasladará algunas tropas de Iraq a Afganistán para forzar a los talibanes a una negociación que los integre en un gobierno de unión y se concentrará en la caza y captura de Bin Laden sin aceptar las cortapisas de los sectores pakistaníes que lo protegen. Y con su gusto por lo metódico intentará desactivar los focos de conflicto mediante la negociación y la implicación de otros países, empezando por Europa, en una estrategia multilateral: Irán, Cuba, Venezuela, Palestina y Rusia están ya en su agenda. En parte por convicción, pero sobre todo porque sabe que Estados Unidos tiene que abandonar la presencia militar que no sea indispensable para liberar dinero y energía hacia la reparación en profundidad de un país al borde de la catástrofe económica y con enormes problemas sociales.

En cierto modo, es el fin del imperio estadounidense si por imperio entendemos la dominación unilateral apoyada en la supremacía militar. En cambio, Obama quiere volver a ganar el respeto del mundo defendiendo los valores morales y democráticos sobre los que se construyó Estados Unidos y que las políticas de Bush han transformado en burla macabra para justificar guerras ilegales, tortura y nepotismo. La presidencia Obama es el fin de la ideología neoconservadora y de su política implícita de dominación del mundo. Será una presidencia conciliadora, hacia dentro y hacia fuera, porque sabe que necesita de un país unido y de un mundo unido para abordar los enormes problemas con los que se enfrenta. Si suena demasiado bonito, al menos eso es lo que dice, y por eso millones de personas se han entusiasmado con él. Todo puede pasar en política, pero si tan sólo una parte de esa energía positiva se traduce en la práctica tal vez esta elección represente a la vez el fin del imperio y el renacer de Estados Unidos, con lo que esto significa para todos.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona 

La guerra o la paz balcánicas

Por Boban Minic, periodista (EL PERIÓDICO, 01/11/08):

Habrá otra guerra en los Balcanes? ¿Se dividirá Bosnia? ¿Empezará la guerra civil en Montenegro y Macedonia? ¿Estallará Kosovo? Son las preguntas que últimamente suenan en los medios de comunicación, en las calles e incluso en las instituciones políticas, científicas y religiosas balcánicas e internacionales. Se calienta la olla que, ya hace casi 20 años, preocupa a los chefs en todos los ámbitos. Últimamente, se han pronunciado algunos de ellos. Mate Granic, exprimer ministro de Croacia y firmante del Tratado de Dayton, dijo: “En Bosnia se está cocinando algo gordo y Croacia debería estar preparada”. En un texto firmado por el exalto representante en Sarajevo, Paddy Ashdown, y el artífice del acuerdo de Dayton, Richard Holbrooke, se asegura que Bosnia está al borde del colapso.

El embajador de EEUU en Sarajevo, Charles English, responde que su país no permitirá la división y desaparición de Bosnia. Por su parte, el actual alto representante en Bosnia, Miroslav Lajcak, afirma que ha vivido dos veces una situación parecida a la de la Bosnia actual: en los últimos días de Checoslovaquia y en los días previos al referendo en Montenegro para la separación de Serbia. Recientemente, en Podgorica, la capital de Montenegro, en un mitin accidentado, acompañado de graves disturbios, contra el reconocimiento de la independencia de Kosovo decidido por las autoridades montenegrinas, el metropolitano (arzobispo) de Montenegro, Amfilohije Radovic, un guerrero con hábito (el mismo que durante la agresión contra Bosnia repartía las armas en las iglesias y bendecía a los guerrilleros que iban a la conquista), declaró que, después de lo ocurrido en Kosovo, una nueva guerra en los Balcanes es inevitable.

Consciente de que, por varias razones, la guerra en Kosovo no es posible, su objetivo –y no solo suyo– ahora es Bosnia, el eslabón más débil del mapa balcánico. Sabiendo que el beligerante clérigo era el guía espiritual de Radovan Karadzic y que es un destacado partidario de la división de Bosnia, es obvio que sus declaraciones tienen como fin calentar los ánimos y preparar a los serbios, en particular a los serbobosnios, para una nueva aventura.

El Estado de Bosnia no funciona. La entidad serbia paraliza su funcionamiento, y con obstáculos, vetos y desobediencia civil e institucional intenta agotar la paciencia de la comunidad internacional e independizarse. Apoyados por los rusos, los serbios piden el fin de la presencia de la comunidad internacional en Bosnia. Paralelamente, preparan un referendo (por supuesto, inconstitucional) para sondear la opinión pública sobre la independencia. El resultado es más que previsible. La entidad es étnicamente limpia y los escasos bosniomusulmanes y croatas que se atreven a volver a los pueblos de su martirio son ciudadanos de segunda.

POR OTRO LADO, los insensibles políticos bosnios y croatas no hacen lo más mínimo para despertar la confianza perdida. Los musulmanes, apoyándose en la sentencia del Tribunal de La Haya, reabren la cuestión del origen genocida y criminal de la entidad serbia, lo que estos últimos interpretan como el intento de anularla, de establecer un Estado centralizado con la dominación de los musulmanes donde ellos –los serbios– serían ciudadanos de segunda categoría. El caos se agrava si se añaden las últimas elecciones locales por la victoria de los partidos nacionalistas –los mismos que empezaron la guerra en 1992– y un entorno nada favorable: Montenegro está hirviendo, Macedonia es un país desesperado, Serbia está frustrada, Croacia y parte de los croatas de Bosnia todavía sueñan con su unificación, Kosovo sigue siendo un barril de pólvora, Albania no encuentra su identidad sin la unificación con Kosovo (lo que no está en la hoja de ruta de la política internacional), etcétera.

La guinda es la crisis económica mundial, que traerá un importante, casi mortal, cese de los créditos que actualmente dan vida a la mayoría de los países de la región. Contemplando el caos económico y político, no es de extrañar que los políticos de toda la región sean corruptos o que piensen más en los símbolos y señas de identidad de su nación que en los estados que representan. El Foro Económico Mundial revela en un informe que, entre 134 estados, solo los ciudadanos de Zimbabue, Venezuela y Paraguay tienen menos confianza en los políticos que los bosnios.

A LOS EUROPEOS no les gustará, pero la mayoría de bosnios piensan que la salvación solo puede llegar de nuevo de EEUU. El embajador estadounidense dice lo que los bosnios quieren oír: con independencia de los resultados de las elecciones del 4 de noviembre, Bosnia continuará siendo un asunto de interés nacional de la política norteamericana.

Por último, ¿cómo tiene que interpretarse la declaración de Olli Rehn, el comisario europeo para la Ampliación, de que el año 2009 será el de los Balcanes? Puede ser que lo aclare la sesión del comité para la aplicación de los acuerdos de paz en la reunión que tendrá lugar al final de este mes, el mismo en que se elegirá al nuevo patriarca de la muy influyente iglesia ortodoxa serbia. El candidato con más posibilidades es el mismo amigo del alma de Karadzic: el metropolitano Amfilohije Radovic.
¿Quiénes ganarán la cruzada que se avecina: los viejos o los nuevos cruzados?
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona 

La crisis, la tele y el pintalabios

Por Francesc Escribano, periodista (EL PERIÓDICO, 01/11/08):

Una de las secuencias más impresionantes de la película Blade Runner es cuando el replicante Roy Batty, un androide Nexus 6 de última generación, agota sus últimos instantes de vida recordando los fenómenos extraordinarios que ha visto después de haber llegado a los lugares más recónditos de la galaxia. “He visto cosas que vosotros no creeríais –dice Roy Batty, mientras una lluvia fina y constante moja su pelo rubio platino–. He visto naves en llamas más allá de Orión y rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhaüser”.

Es una secuencia magnífica. Resulta impactante la magnificencia y la gravedad con la que Rutger Hauer da vida al androide moribundo y, especialmente, la cara de perpleja alucinación con la que le escucha Harrison Ford en la piel del desconcertado y desconcertante Deckard.

SI ME PERMITEN un juego, imagínense por un momento que yo soy el androide y ustedes son Deckard. No estamos en lo alto de una azotea, no llueve, ni hemos estado zurrándonos de lo lindo, pero con la misma incomprensible solemnidad les digo que he visto cosas que ustedes no creerían. He visto un puñado de hombres perdidos en la selva africana aprendiendo a vivir y a comportarse como gorilas, parejas de novios compitiendo para ganar una boda de un millón de dólares, solteros de sangre azul buscando pareja para ofrecerle amor, castillo y título nobiliario, famosos que, en lugar de bailar, aprendían a dirigir orquestas… He visto también a un grupo de adolescentes problemáticos pasando 10 días internos en una cárcel de máxima seguridad conviviendo con presidiarios de larga condena. He visto concursos en los que no gana el más sabio, ni el más inteligente, ni el más rápido, ni el más fuerte, sino que está pensado para premiar a la persona que sea más normal y más vulgar. He visto gente que quería dejar la adicción a la droga pasando el mono ante las cámaras. He visto, por último, gente que quería pasar miedo, mucho miedo y que para lograrlo se apuntaba al último reality lleno de gritos y de sustos, ideado por una mente privilegiada explorando los límites más perversos y sádicos de la imaginación.

Todas estas maravillas no las he descubierto viajando por el espacio ni en ninguna galaxia lejana, lo vi en Cannes hace pocos días. En el Mipcom, en el mercado de televisión más importante que se celebra en el mundo. Es la televisión que nos espera. Este año, a pesar de la crisis, más de 13.000 profesionales de más de 100 países corrían arriba y abajo por el palacio del Festival como buscadores de setas descubriendo las últimas tendencias, buscando desesperadamente alguna novedad y compitiendo para adquirir el formato más atrevido y más gamberro.

La crisis, que todo lo amenaza y que nos lleva a vivir con el corazón encongido, también afecta y mucho al mercado televisivo. Por un lado, dicen –no es preciso ser demasiado profeta para ello– que la gente saldrá menos y pasará más tiempo en casa. Por tanto, verá más horas la televisión. Buena noticia. Pero, en cambio, el descenso del consumo impactará directamente en la capacidad de inversión publicitaria. Por tanto, habrá menos dinero para quemar en la parrilla de las cadenas. Mala noticia. Tendremos que prepararnos para más televisión, pero, probablemente, más barata.

El negocio de la televisión mueve cifras millonarias en todo el mundo. Ello es así porque este medio sigue siendo la principal ventana para comunicar mensajes y para dar a conocer ideas, hechos, historias y personas a un público amplio. Solo en España, el año pasado, en ingresos publicitarios, el mercado televisivo movió 3.400 millones de euros. La progresión de este mercado en los últimos cinco años había sido tan espectacular, que las dos principales cadenas comerciales, Tele 5 y Antena 3, eran consideradas como las más rentables del mundo y el Gobierno español otorgó dos nuevas licencias en abierto, Cuatro y La Sexta, que reclamaban su legítima y suculenta porción del pastel.

Ahora, cuando las cosas no pintan tan bien, les toca un ejercicio de responsabilidad para afrontar una nueva situación en la que no pueden renunciar a asumir el papel de servicio público que es intrínseco en el negocio de la televisión en abierto.

EL DESCENSO de los ingresos publicitarios será todo un reto para las cadenas y las va a obligar a redefinir objetivos e, incluso, a redefinir el público al que se dirigen. Dicen los expertos que la caída de inversión no será igual para todos los productos anunciables. La gente pasará más tiempo en casa y, por tanto, algunos productos, como los destinados al consumo en el hogar o los productos de belleza e higiene se prevé que incluso puedan tener incrementos de contratación. Es curioso, dicen, que cada vez que se produce una crisis suben las ventas de pintalabios. Un toque de carmín y un poco de imaginación dan para mucho, además el pintalabios no es caro y aumenta la autoestima. Este es precisamente el papel que debería tener también la televisión: hacernos sentir mejor.

Volviendo a Blade Runner, el androide decía antes de morir: “Todos estos recuerdos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia”. Visto lo visto en Cannes, no creo que sea demasiado grave que se pierdan los recuerdos de la televisión futura. Son imágenes que navegarán de forma eterna por el internet infinito y podremos consultarlo en horas perdidas en el Youtube. Y, si no, cerramos la tele, desconectamos de internet y nos abandonamos, llenos de esperanza, al universo que nos abre un pintalabios.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona 

El comercio y las elecciones presidenciales norteamericanas

Por Daniel Griswold, director del Center of Trade Policy Studies en el Cato Institute en Washington, DC (REAL INSTITUTO ELCANO, 31/10/08):

Tema:[1] Los candidatos a las elecciones presidenciales norteamericanas Barack Obama y John McCain han adoptado posiciones totalmente distintas en la importante cuestión del comercio internacional.

Resumen: Durante la campaña electoral y en su historial de votaciones en el Senado, los candidatos a la presidencia de EEUU, Barack Obama y John McCain, han adoptado posiciones muy distintas en la importante cuestión del comercio internacional. McCain, senador republicano por Arizona en cuatro legislaturas, se ha descrito a sí mismo sin ambages como un defensor del libre comercio. Obama, senador en su primera legislatura del Partido Demócrata por Illinois, es mucho más cauteloso a la hora de valorar la importancia del comercio, reconociendo sus beneficios de forma abstracta pero oponiéndose a la mayoría de los acuerdos comerciales en la práctica. Este ARI examina sus respectivas posiciones sobre la liberalización del comercio, y considera las implicaciones para las próximas elecciones presidenciales y del liderazgo de EEUU de la economía global.


Análisis

Posición de John McCain con respecto al comercio
John McCain ha hecho gala de su apoyo al libre comercio durante su campaña electoral, y su trayectoria en el Senado lo demuestra. Según el sitio web del Cato Institute, www.freetrade.org, McCain ha votado a favor de reducir las barreras comerciales en el 88% de los 40 proyectos de ley principales que se han presentado ante el Senado en los últimos 15 años. Antes de dejar EEUU en un viaje a Latinoamérica en julio, McCain dijo, “Renunciar a mi defensa del libre comercio sería traicionar la confianza. Yo creo que el activo más valioso que tengo con el pueblo norteamericano es que confían en mí”.

McCain votó a favor y sigue apoyando el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN, o NAFTA en inglés) con Canadá y México. Votó a favor del TLC, el acuerdo de libre comercio que EEUU firmó en 2005 con cinco países de Centroamérica y con la República Dominicana. Votó a favor de normalizar las relaciones comerciales con China al tiempo que se oponía a los aranceles punitivos contra China por motivo de su moneda. Votó en contra de la enmienda Byrd, que reparte impuestos anti dumping a las empresas norteamericas solicitantes y que ha sido denunciado con éxito por la UE ante la OMC. Se opuso a los proyectos de ley proteccionistas y cargados de subvenciones de 2002 y 2008, y está en contra asimismo de los subvenciones al etanol que distorsionan el comercio. Apoya además los acuerdos de libre comercio propuestos con Colombia y Corea del Sur.

Aunque reconoce que el comercio perjudica a algunos trabajadores norteamericanos, McCain sostiene que el libre comercio impulsa el crecimiento y la innovación para beneficio de una mayoría de norteamericanos. Es uno de los pocos políticos que defienden las ventajas para el consumidor de la competencia en la importación, así como los evidentes beneficios que obtienen los productores al aumentar sus exportaciones.

En un artículo publicado en el Wall Street Journal justo antes de las primarias del Super Martes en febrero, el asesor jefe de economía de McCain, y ex director de presupuestos del Congreso, Douglas Holtz-Eakin, resumió así la postura del candidato respecto al comercio:

“El señor McCain afianzará el liderazgo de EEUU en el comercio global. Es esencial que los trabajadores norteamericanos tengan acceso al 95% de los clientes del mundo que se encuentran fuera de nuestras fronteras. EEUU debería comprometerse en esfuerzos multilaterales, regionales y bilaterales para reducir las barreras al comercio, nivelar el campo de juego mundial y conseguir una aplicación efectiva de las normativas comerciales mundiales. Abrir nuevos mercados para el comercio de bienes y servicios es un aspecto indispensable de la libertad económica, para empresarios y trabajadores, y un camino probado para alcanzar una mayor prosperidad.

“Como estudiante de historia, el señor McCain está en contra de quienes predican la falsa virtud del aislacionismo económico –aquellos que instan a EEUU a esconder la cabeza bajo la arena–. El mundo cometió el grave error de levantar muros contra el comercio hace 75 años, lo cual contribuyó a la Gran Depresión. Desde entonces, EEUU ha liderado la lucha para reducir las barreras comerciales. Ha cosechado los beneficios de un crecimiento sostenido en los niveles de vida, un formidable despliegue en innovación y avances técnicos, una explosión en la variedad, la calidad y en la reducción de los precios de los bienes de consumo, un incremento de la propiedad de la vivienda, y el ascenso a la posición de la mayor economía del mundo”.

La única cuestión comercial a la que McCain se opone es a reducir las barreras con Cuba. Al igual que el presidente Bush y la mayoría de los republicanos, apoya el prolongado embargo comercial de EEUU frente a la isla caribeña de gobierno comunista. McCain ha votado sistemáticamente a favor de mantener el embargo y de la prohibición de viajar a la isla.


Posición de Barack Obama con respecto al comercio
Barack Obama ha mantenido un punto de vista mucho más escéptico respecto al comercio. Desde su acceso al senado en 2005, Obama ha votado a favor del libre comercio solo en cuatro de 11 votaciones importantes relacionadas con las barreras comerciales, es decir el 36% de las ocasiones. A diferencia de McCain, votó en contra del TLC y a favor de un escaneo total de los contenedores importados antes de 2012, la enmienda Byrd para distribuir los ingresos procedentes de los impuestos anti dumping, y la enmienda Schumer-Graham que hubiera impuesto aranceles del 27,5% sobre los artículos chinos a menos que China revaluara su moneda, el renminbi. Votó a favor del proyecto de ley sobre el medio rural 2008 y está en contra de los acuerdos con Colombia y Corea del Sur.

Obama ha sido un crítico implacable del TLCAN con Canadá y México, el mismo acuerdo al que el presidente Bill Clinton diera carácter de ley 1993. En un debate con la senadora por Nueva Cork, Hillary Clinton, antes de las primarias de Ohio en marzo, Obama dijo que, de alcanzar la presidencia, exigiría a Canadá y México que revisaran el tratado para incluir normas mínimas en materia laboral y medioambiental. Si los dos vecinos más próximos a EEUU se negaran a satisfacer esta exigencia, Obama se comprometía a utilizar “la amenaza de una cláusula de excepción” para persuadirles.

Esta amenaza plantea todo tipo de problemas con respecto a la credibilidad de EEUU. Perpetúa además un engaño cruel según el cual unos pequeños ajustes en un acuerdo de hace 15 años pueden llevar al renacimiento económico de ciudades industriales en declive como Youngstown, en Ohio. Al parecer, un asesor de Obama aseguró al Gobierno canadiense que la declaración de Obama “reflejaba más una maniobra política que un proyecto político”, así que está por ver hasta qué punto forzará Obama la renegociación del tratado en caso de convertirse en presidente.

La trayectoria y la retórica de Obama no han estado siempre en contra de la liberalización comercial. Junto a McCain, apoyó los de libre comercio con Omán y Perú, y a diferencia de su oponente que está más en la línea dura, Obama desea en realidad suavizar el fracasado embargo comercial y de viajes a Cuba en vigor desde hace 48 años.

En su libro The Audacity of Hope, que fue éxito de ventas en 2006, Obama reconoce que la expansión comercial puede beneficiar a la nación en su conjunto:

“No hay duda de que la globalización ha aportado importantes beneficios a los consumidores norteamericanos. Ha bajado los precios de artículos antes considerados de lujo, como televisiones de gran pantalla y melocotones en invierno, y ha aumentado el poder adquisitivo de los norteamericanos de rentas bajas. Ha ayudado a mantener la inflación bajo control, incrementado los rendimientos de millones de norteamericanos que invierten hoy en día en bolsa, suministrado nuevos mercados para los bienes y servicios estadounidenses, y ha permitido a países como China y la India reducir la pobreza de forma espectacular, lo cual a largo plazo contribuye a conseguir un mundo más estable”.

Sobre el TLC con Centroamérica y la República Dominicana, Obama reconoce que, “visto de forma aislada, el acuerdo plantea una pequeña amenaza para los trabajadores norteamericanos… Hubo algunos problemas con el acuerdo pero, en general, el TLC fue probablemente positivo de forma global para la economía de EEUU”. Y sin embargo, justificó su voto en contra de ese acuerdo como “la única forma de hacer constar una protesta contra lo que considero falta de atención de la Casa Blanca hacia los perdedores del comercio”.

La única votación importante en la que Obama no coincidió con Hillary Clinton fue la enmienda de 2005 que hubiese impedido a los negociadores estadounidenses en la OMC acordar algún tipo de restricción a las actuales leyes anti dumping norteamericanas. Clinton votó a favor de esta enmienda, Obama en contra. Podría ser un rayo de esperanza sobre hasta donde está dispuesto a llegar el senador Obama para aplacar a las circunscripciones más tradicionales de su partido en materia de comercio.


El impacto del comercio en las elecciones estadounidenses

A primera vista, las políticas comerciales pueden parecer favorables a Obama. La mayor parte de los norteamericanos dicen a los encuestadores que están preocupados por el impacto del comercio en los puestos de trabajo y en la industria. Gran parte del enojo en las regiones industriales en declive se dirige contra los acuerdos comerciales como el TLCAN, a pesar de que el empleo en general, la producción industrial y las rentas familiares medias se han incrementado significativamente desde la aprobación del tratado.

Las reservas sobre el comercio, aunque muy generalizadas, no han sido decisivas en las elecciones presidenciales. Los norteamericanos esperan que sus presidentes sean más hombres de Estado que típicos miembros del Congreso con miras más estrechas. El presidente debe buscar el bien de la nación en su conjunto, lo cual incluye establecer relaciones en el extranjero mediante la expansión comercial y de las inversiones. La retórica proteccionista que puede suscitar aplausos ante una multitud partidaria, a menudo no tiene ningún eco en la campaña electoral general.

Las campañas presidenciales del pasado están llenas de ejemplos de candidatos que intentaron utilizar la carta del comercio sin éxito: en 2004, John Kerry señaló con el dedo a “ejecutivos traidores” que estaban externalizando puestos de trabajo para mandarlos al extranjero. En 1992, H. Ross Perot advirtió sobre un “alarmante sonido de fuga” de los trabajos e inversiones que huirían en estampida a México si el TCLAN se convertía en ley. En 1988, Michael Dukakis criticó a los inversores extranjeros que estaban haciéndose con el poder de la economía del país, y en 1984, Walter Mondale predijo que los jóvenes norteamericanos pronto se dedicarían a barrer alrededor de ordenadores japoneses y a vender hamburguesas el resto de sus vidas. Que yo sepa, ninguno de ellos llegó a ser presidente.

Incluso en la temporada política de 2008, las voces más populistas de ambos partidos no consiguieron adhesiones. En el bando republicano, el mensaje de los que querían cerrar la puerta a la inmigración no cuajó. Y en el bando demócrata, el candidato más opuesto al libre comercio, el ex senador por Carolina del Norte y ex-candidato a la vicepresidencia John Edwards, no llegó a tener importancia y abandonó la campaña en sus inicios.


El impacto de las elecciones norteamericanas en el comercio
Sea quien sea el ganador en noviembre, el liderazgo norteamericano en la economía global probablemente disminuya. Incluso si gana el senador McCain, se enfrentará posiblemente a un Congreso de mayoría demócrata que no estará muy dispuesto a aprobar medidas radicales para la liberalización del comercio. No hay buenos presagios para quienes apoyamos la reducción de barreras al comercio y a la inversión. El Congreso acaba de aprobar un proyecto de ley bastante proteccionista en materia agrícola, rechazando el veto del presidente Bush. Este proyecto de ley pone en ridículo nuestros llamamientos para que otros países, incluidos los de la UE, reduzcan sus propias barreras comerciales y subvenciones a la agricultura. Proporciona miles de millones de dólares al año en subsidios y protección comercial para un pequeño número de granjeros cuyos ingresos medios y patrimonio está bastante por encima de los de una familia normal no rural.

A principios de esta primavera, el mismo Congreso reescribió las reglas que rigen la competencia para promocionar el comercio, a fin de aparcar por el momento el Acuerdo de Libre Comercio EEUU-Colombia. Fue una bofetada en todo el rostro de uno de nuestros mejores amigos en Latinoamérica, un gobierno que está plantando cara a su bravucón vecino, Hugo Chávez. Cediendo a la presión de los sindicatos, los líderes del Congreso impidieron incluso que el acuerdo fuese sometido a votación. Era la primera vez desde los años 70 que el Congreso cambiaba las reglas básicas del llamado fast track authority, concepto bajo el cual el congreso vota sí o no a un acuerdo de libre comercio negociado por el ejecutivo, pero no puede proponer enmiendas. Desde el momento en que el Congreso aprobó esta competencia por primera vez en 1974, los presidentes tanto demócratas como republicanos la han utilizado para aprobar las rondas de negociaciones GATT de Tokio y Uruguay, así como acuerdos comerciales con 14 países, incluidos Israel, Canadá, México, Jordania, Australia, la República Dominicana y cinco países de Centroamérica.

Conclusiones: El resultado más probable de las elecciones será un impasse legislativo sobre el comercio. Lograremos, por defecto, el “tiempo muerto” que proponía Hillary Clinton. Sin nuevos acuerdos, el “cumplimiento” de los mismos se convertirá en el objetivo prioritario de la política comercial de EEUU. Aumentará la presión para que “endurezcamos” nuestra posición con los socios comerciales denunciando más casos ante la OMC, más acciones de salvaguarda y más casos especiales contra China. El proyecto de ley agrícola de 2008 probablemente ya haya socavado cualquier iniciativa nueva que pueda presentar EEUU en la Ronda de Doha. Un compromiso fuerte del Congreso de defender cada punto de las leyes anti dumping norteamericanas complicará los esfuerzos para alcanzar un acuerdo final.

El consuelo que nos queda a los defensores de la liberalización comercial es que es poco probable que veamos una vuelta drástica al proteccionismo. El sistema federal norteamericano se diseñó para evitar cambios políticos radicales. Los sistemas de control y de contrapeso que incorpora nuestro sistema atajarán probablemente el peor tipo de legislación comercial. En primer lugar, cualquier proyecto de ley comercial deberá pasar por el Senado, históricamente más inclinado a favor del libre comercio, donde tendrá que lograr el apoyo de 60 votos sobre 100 para cerrar el debate.

En segundo lugar, los presidentes tienden a aprender una vez que toman posesión del cargo que la protección comercial conlleva un alto precio para la nación en su conjunto. En 1992, Bill Clinton se presentó a las elecciones con un programa generalmente pro comercio, pero también amenazó con ponerse duro con los “carniceros de Pekín” prometiendo condicionar las relaciones comerciales normales a la cuestión de los derechos humanos. Pero una vez en el cargo, tuvo que considerar el posible daño económico y para la política exterior que se ocasionaría al país en su conjunto si se impusieran aranceles punitivos a los artículos chinos. Clinton abandonó de forma rápida y sabia esta condición previa.

Pese a ese sistema de controles norteamericano, el resultado de las elecciones presidenciales de este otoño tendrá un impacto apreciable e incluso radical en la dirección de la política comercial de EEUU. Basándonos en sus trayectorias respectivas, un presidente McCain seguramente apueste más por nuevas iniciativas para liberalizar el comercio que un presidente Obama. Y si se diera el caso de que una legislación destinada a crear barreras comerciales llegase a la mesa del próximo presidente, es prácticamente seguro que un presidente McCain lo vetaría, mientras que sería mucho más probable que un presidente Obama convirtiera en ley este proyecto legislativo.

[1] Este trabajo se basa en comentarios de McCain realizados durante un simposio celebrado en Barcelona el 5 de junio de 2008 y patrocinado por la Cámara de Comercio de Estados Unidos en España.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

La mujer del navajo contra la tribu pueblo

Por Amy Gutmann, filósofa, rectora de la Universidad de Pensilvania y autora, entre otros títulos, de La identidad en democracia(Katz). Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 31/10/08):

El interés que siempre he tenido por la justicia procede de mi padre, que huyó de la Alemania nazi cuando era un estudiante universitario judío en 1934 y llevó a toda su familia -sus padres y cuatro hermanos mayores- a vivir con él en India. No habrían sobrevivido si no hubiera sido porque mi padre tomó la iniciativa, y porque le permitieron establecerse, primero en India y, luego, en Estados Unidos. Durante muchos años, cuando era niña en una pequeña ciudad estadounidense, fui la única judía de mi clase. Todo el mundo sabía a qué religión pertenecía cada uno. Había tiempo para que los alumnos católicos asistieran a la catequesis, y yo iba a la escuela hebrea una vez a la semana. Pero, aparte de ser conscientes de nuestras distintas identidades religiosas, no comprendíamos su significado. Cuando llegó a mi colegio el primer chico judío, un compañero exclamó con vehemencia que “los judíos fueron los que mataron a Cristo”. Mi historia personal hizo que, desde muy pronto, empezara a pensar en el papel que tiene la identidad de grupo en las vidas de las personas y las sociedades democráticas.

Es difícil comprender el papel tan importante que el recurso a la identidad de grupo -ahora llamado, en general, “política de la identidad”- desempeña dentro de las sociedades democráticas contemporáneas en relación con una gran variedad de fenómenos, desde la movilización política rutinaria en unas elecciones hasta el malestar civil en épocas de crisis.

Los detractores de la política de la identidad hacen hincapié en sus inconvenientes. Los grupos exigen a sus miembros una lealtad que puede chocar con sus obligaciones respecto a la sociedad, los seres humanos y el bien público. Las identidades de grupo -cristianos, musulmanes, judíos, hombres, mujeres, hispanos, negros, blancos, por no mencionar más que unas cuantas- asignan casi siempre estereotipos a los individuos (”asesinos de Cristo” o antisemitas, tolerantes o intolerantes, perezosos o trabajadores, fuertes o débiles, ambiciosos o protectores). Los estereotipos, por naturaleza, encasillan a las personas y limitan su libertad para definirse a sí mismas. Además, suelen engendrar hostilidad, en vez de las alianzas en torno a los valores comunes que constituyen la base unificadora de las democracias. Las divisiones que provoca la política de identidad de grupo desembocan en desconfianza, odio e incluso violencia; no precisamente una receta para la buena salud de las democracias ni la defensa de causas justas.

Los defensores de la política de la identidad presentan un panorama muy distinto. Señalan que los seres humanos no sólo siempre se han identificado con grupos, sino que siempre lo harán. Los seres humanos, dicen, son animales sociales. Además, los individuos se identifican de manera natural con quienes son “como nosotros”; ser como nosotros incluye identidades de grupo voluntarias e involuntarias tan distintas como las de humanos, hombres o mujeres, jóvenes o viejos, cristianos, musulmanes, judíos, heterosexuales, homosexuales o transexuales, y así sucesivamente. Negar la importancia de la identidad de grupo es no sólo negar un elemento fundamental de la identidad de cualquier persona, sino también pasar por alto las funciones positivas que desempeña en muchas vidas: muchos grupos -sobre todo, grupos minoritarios que a lo largo de la historia han sufrido la discriminación de las mayorías- ofrecen seguridad personal y sentido de pertenencia social, orgullo y mutuo apoyo, en situaciones en las que las mayorías todavía no han dejado de discriminar del todo.

Incluso cuando no hay discriminación, los defensores de la identidad de grupo nos recuerdan que, en la política democrática, los números cuentan. La clave del éxito en la política democrática es atraer, organizar y movilizar grupos, sean grupos de interés o grupos de identidad.

¿Existe alguna forma de superar esta enconada división entre los críticos y los defensores de la política de la identidad?

En la política democrática, la mayoría de la gente tiene más influencia en grupo, y los grupos de identidad son la expresión de una libertad de asociación fundamental. Si se les deja, los individuos se identifican con grupos. Pero una política de identidad que no esté también imbuida de un sentido de la justicia divide a la democracia en lugar de unirla. La clave es utilizar el sentido que cada uno tenga de la justicia democrática para inspirar y valorar la política de identidad. Hay muchas formas de que una política que dependa de grupos de identidad, y que esté influida por un sentido de la justicia, pueda ayudar a garantizar mejor las libertades, las oportunidades y la igualdad para todos los individuos, no sólo para los miembros más poderosos de grupos favorecidos o desfavorecidos.

Pensemos en un caso muy significativo de justicia denegada a causa de la política de la identidad: Julia Martinez vivió en la reserva de Santa Clara de los indios pueblo, en el suroeste de Estados Unidos, toda su vida. Se casó con un navajo y tuvieron ocho hijos a los que educaron en la reserva, donde aprendieron a hablar la lengua tradicional de los pueblos, tewa, y a respetar sus costumbres y tradiciones. Como Martinez se había casado con alguien que no era de la tribu, ni ella ni sus hijos podían tener la ciudadanía ni los derechos sociales de los pueblo. Si Martinez hubiera sido hombre y se hubiera casado con alguien de fuera, entonces sí habrían conservado todos los derechos correspondientes. Martinez presentó una demanda contra las autoridades tribales en la que invocaba la Ley de Derechos Civiles de los Indios de 1968: “Ninguna tribu india, en el ejercicio de sus poderes de autogobierno, negará a ninguna persona dentro de su jurisdicción la igualdad de protección ante la ley”. Martinez perdió la demanda porque, en el Tribunal Supremo de Estados Unidos, dividido, la mayoría decidió que “derogar las decisiones tribales, por buenos que sean los motivos, es destruir la identidad cultural bajo la apariencia de proporcionarla”.

Con la excusa de proteger la soberanía pueblo, la mayoría del tribunal negó a las mujeres indias y a sus hijos el derecho de ciudadanía, al no reconocer que casi todas (si no todas) las personas tienen múltiples identidades de grupo: en el caso de Martinez, una mujer pueblo, casada con un navajo, y también ciudadana de Estados Unidos, que aspiraba a disfrutar de los mismos derechos que habría tenido un hombre en esas circunstancias. Negarle la igualdad con los hombres, como exigía la Ley de Derechos Civiles de los Indios de 1968, fue negarle justicia.

El caso de Martinez ilustra lo que tiene de malo la idea de conceder soberanía absoluta a cualquier grupo. Martinez perdió su demanda de igualdad de trato no por su identidad de grupo, sino porque la mayoría de los miembros del Tribunal Supremo de Estados Unidos decidió ceder la soberanía absoluta a las autoridades pueblo -todas ellas, varones-, pese a que eso suponía derogar la igualdad cívica, la libertad y la igualdad de oportunidades para las mujeres pueblo. No existe ninguna prueba que indicase que la identidad pueblo habría quedado “destruida” por conceder esos derechos a las mujeres. Las identidades de grupo son múltiples, no singulares. Es de suponer que la identidad de Martinez como mujer pueblo formaba parte de la identidad pueblo en su conjunto.

Y, como las identidades de grupo son múltiples, no singulares, y la política democrática necesita tener en cuenta a la justicia para prosperar, la relación entre identidad de grupo y democracia es compleja. Los grupos de identidad, en general, no son ni amigos ni enemigos de la justicia democrática. Plantean unos retos muy claros que quienes se preocupan por la democracia deben abordar. Los grupos de identidad ofrecen la ventaja de la organización con arreglo a la identidad común en la política democrática. Pero también plantean problemas a los subgrupos que hay dentro de ellos y a los que no pertenecen a ninguno. Una visión democrática de la política de la identidad debe identificar los aspectos positivos y problemáticos que tiene la identidad de grupo en la política democrática. En este sentido, la noción de identidad en democracia indica cómo podemos reconocer lo bueno, lo malo y lo feo que hay en la política de la identidad, para ser capaces de fomentar lo bueno y disminuir (aunque no podamos eliminar por completo) lo malo y lo feo.

Fuente: Bitácora Almedrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona