viernes, febrero 04, 2011

Cuando las empresas eligen a los déspotas antes que la democracia

Por Amy Goodman (Democracynow!, 3 de febrero de 3011)

Escuche (en español)

"La gente llevaba un cartel que decía 'Para: Estados Unidos. De: El pueblo egipcio. Dejen de apoyar a Mubarak. ¡Se terminó!'" decía el tweeter de mi valiente colega y productor en jefe de Democracy Now! Sharif Abdel Kouddous, desde las calles de El Cairo.

Más de dos millones de personas se manifestaron el martes en todo Egipto; la mayoría de ellas inundaron la plaza Tahrir de El Cairo. Tahrir, que significa “liberación” en árabe, se convirtió en el epicentro de lo que parece ser una revolución en gran medida pacífica, espontánea y sin líderes en el país más poblado de Medio Oriente. Este increíble levantamiento que desafió el toque de queda militar, fue conducido por los jóvenes, que constituyen la mayor parte de los 80 millones de habitantes del país. Twitter y Facebook y los mensajes de texto de teléfonos celulares ayudaron a esta nueva generación a vincularse y organizarse, a pesar de vivir desde hace tres décadas en una dictadura apoyada por Estados Unidos. En respuesta, el régimen de Mubarak, con la ayuda de empresas estadounidenses y europeas, cortó el acceso a Internet y restringió el servicio de telefonía celular, dejando a Egipto en la oscuridad digital. A pesar de los cortes, como me dijo el activista mediático y profesor de comunicaciones C.W. Anderson con respecto a si lo que estaba ocurriendo en Medio Oriente era una especie de revolución de Twitter: “no es la tecnología, sino la gente la que hace la revolución”.

La gente en las calles exige democracia y autodeterminación. Sharif viajó a Egipto el viernes por la noche, a un terreno incierto. Las odiadas fuerzas de seguridad del Ministerio del Interior y la policía de camisas negras leales al Presidente Hosni Mubarak estaban reprimiendo y matando gente, arrestando periodistas y rompiendo y confiscando cámaras.

El sábado por la mañana, Sharif se dirigió a la plaza Tahrir. A pesar del bloqueo a Internet y los mensajes de texto, Sharif, talentoso periodista y genio de la tecnología, pronto halló la manera de publicar mensajes en Tweeter desde Tahrir: “Qué escena asombrosa: están pasando tres tanques cargados de gente que grita '¡Fuera Hosni Mubarak!'”.

Egipto ha sido el segundo gran receptor de ayuda externa de Estados Unidos durante décadas, después de Israel (sin contar los fondos gastados en las guerras y ocupaciones de Irak y Afganistán). El régimen de Mubarak ha recibido alrededor de 2 mil millones de dólares al año desde que asumió el poder, en su inmensa mayoría para las fuerzas armadas.

¿A dónde fue a parar ese dinero? En general a empresas estadounidenses. Le pedí a William Hartung de la fundación New America Foundation, que explicara esto:

"Es una forma de bienestar empresarial para empresas como Lockheed Martin y General Dynamics, porque el dinero va a Egipto y luego vuelve para aviones F-16, para tanques M-1, para motores de aeronaves, para todo tipo de misiles, para pistolas, latas de gases lacrimógenos de una empresa llamada Combined Systems International, cuyo nombre figura al costado de las latas halladas en las calles de Egipto".

Hartung acaba de publicar un libro, Los profetas de la guerra: Lockheed Martin y la creación del complejo militar industrial. Continuó diciendo: “Lockheed Martin ha encabezado acuerdos de 3.800 millones de dólares en estos últimos diez años; General Dynamics de 2.500 millones para tanques; Boeing de 1.700 millones para misiles y helicópteros y Raytheon para todo tipo de misiles para las fuerzas armadas. Entonces, básicamente este es un elemento fundamental destinado a mantener el régimen, pero gran parte del dinero se recicla. Los contribuyentes podrían simplemente darle el dinero directamente a Lockheed Martin o General Dynamics”.

De manera similar, la “llave general” para bloquear Internet y los teléfonos celulares en Egipto fue activada con la colaboración de las empresas. La empresa Vodafone (el gigante mundial en telefonía celular propietaria del 45 por ciento de las acciones de Verizon Wireless en Estados Unidos) con sede en el Reino Unido, intentó justificarse en un comunicado de prensa: “Nos quedó claro que Vodafone no tenía opciones legales ni prácticas, sino que debía satisfacer las exigencias de las autoridades”.

Narus, una subsidiaria de Boeing Corp., vendió equipamiento a Egipto para permitir “una inspección profunda de paquete” (DPI, por sus siglas en inglés), según Tim Karr del grupo de política de medios Free Press. Karr dijo que la tecnología de Narus “permite a las empresas egipcias de telecomunicaciones ver los mensajes de texto de los teléfonos celulares e identificar el tipo de voces disidentes que existen. También brinda herramientas tecnológicas para ubicar dichas voces geográficamente y rastrearlas”.

Mubarak prometió no presentarse como candidato a la reelección en septiembre. Pero el pueblo de Egipto le exige que se vaya ahora. ¿Cómo duró 30 años? Quizá eso se pueda explicar mejor en relación con una advertencia de un general del ejército de Estados Unidos hace 50 años, el Presidente Dwight D. Eisenhower que dijo “Debemos tratar de evitar que el complejo militar-industrial adquiera influencia injustificada, ya sea buscada o no”.

Ese complejo mortal no solo es un peligro para la democracia a nivel nacional, sino también cuando apoya a déspotas en el extranjero.

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Denis Moynihan colaboró en la producción periodística de esta columna.

© 2011 Amy Goodman

Texto en inglés traducido por Mercedes Camps, editado por Gabriela Díaz Cortez y Democracy Now! en español, spanish@democracynow.org

Amy Goodman es la conductora de Democracy Now!, un noticiero internacional que se emite diariamente en más de 650 emisoras de radio y televisión en inglés y en más de 250 en español. Es co-autora del libro "Los que luchan contra el sistema: Héroes ordinarios en tiempos extraordinarios en Estados Unidos", editado por Le Monde Diplomatique Cono Sur.

Les Belges ont appris à se gouverner seuls

Par Frank De Bondt, journaliste et écrivain belge (LE MONDE, 03/02/11):

La crise belge semble intéresser davantage les Français que leurs voisins eux-mêmes. C’est du moins le sentiment que l’on a lorsque des amis parisiens nous apostrophent, désorientés par une situation qui paraît inconcevable dans la République. Certes, la Belgique n’a plus de gouvernement depuis bientôt neuf mois. Mais elle dispose d’une roue de secours, qui a déjà pas mal servi : un gouvernement de large coalition – comme tous les gouvernements du pays depuis des décennies – chargé d’expédier les affaires courantes. Qu’y-a-t-il de plus important, de plus urgent que des affaires courantes ? Rien. Au moins un tel exécutif ne risque-t-il pas d’importuner les citoyens. Il leur fiche la paix. Interdit le minimum, tolère le maximum et se garde de toute initiative susceptible d’enquiquiner des gens soucieux avant tout de vivre en paix.

L’étranger qui a visité le royaume, si peu royal du reste, le confirmera : le Belge sait vivre. Entendez par là qu’il vit bien, oublie de se prendre au sérieux et aussi de se prendre la tête. Il apprécie quiconque ne trouble ni son confort ni sa bonne humeur, face visible d’un humour irréductible. Il ne rêve ni de révolution ni de changer le monde, n’envisage pour son pays aucune fusion avec l’un de ses arrogants voisins français, allemand ou hollandais dont il garde un mauvais souvenir des “visites” passées. Il demande simplement qu’on lui reconnaisse le droit de se méfier des ingérences de la puissance publique. Un Etat faible, un pouvoir décentralisé et un gouvernement absent : quoi de plus séduisant ? A l’inverse de la France, construction ultra-centralisée, dirigée par un monarque névrosé, la Belgique est un Etat fédéral, et même quasiment confédéral, au sein duquel la plupart des décisions intéressant les personnes sont prises à l’échelon régional et communautaire.

L’éducation, la culture, les transports, l’emploi, l’essentiel de ce qui touche à la vie quotidienne (et demain sans doute la sécurité sociale) sont des domaines qui relèvent exclusivement des gouvernements régionaux (Flandre, Wallonie, Bruxelles) ou communautaires (flamands, francophones, germanophones) qui, eux, sont en place et fonctionnent de manière autonome. Le gouvernement fédéral voit son champ d’action très réduit, dès lors que la défense, c’est l’Otan, la monnaie, l’euro, la politique étrangère, une plaisanterie, et que la justice est indépendante. Au lieu de compatir aux malheurs de cette pauvre Belgique, ne serait-il pas plus judicieux de la donner en exemple à tous ceux qui en ont soupé des discours souverainistes, nationalistes et autoritaires ? Ou qui ne cessent de dénoncer la multiplication de lois liberticides ou de lois inapplicables et inappliquées qui ne servent qu’à embêter le monde et à mener les citoyens comme du bétail.

LA PUISSANCE DE L’ETAT-NATION FAIT LE MALHEUR DU PEUPLE

En dépit de son instabilité gouvernementale chronique, la Belgique est le troisième fournisseur de la France, derrière l’Allemagne et à quasi égalité avec la Chine. Elle enregistre un excédent commercial qui, rapporté au nombre d’habitants, n’a rien à envier à celui de l’Allemagne. Parce que ses forces vives s’investissent ailleurs que dans la politique. Ses comédiens, écrivains, chorégraphes, chanteurs, couturiers, designers ont envahi le marché français, au point que Paris n’hésite pas à les repeindre parfois en bleu, blanc, rouge pour se rassurer sur le niveau de son génie.

La leçon donnée par la Belgique, s’il y en a une, est celle d’un pays capable de se conduire seul, où les citoyens ont appris à se gouverner comme des adultes responsables. N’est-ce pas l’objectif que devrait poursuivre toute démocratie ? Délestés de leur pouvoir par la mondialisation économique et la révolution Internet, les gouvernements nationaux n’ont-ils pas révélé, derrière de pitoyables gesticulations, leur inefficacité et leur inanité face à la crise financière ?

La sagesse commanderait d’en revenir à de modestes gouvernements de la cité. Les finances publiques s’en trouveraient d’ailleurs mieux. Que chacun s’occupe donc de soi et que des élus, porteurs de mandats limités dans le temps, se consacrent à l’organisation de la solidarité indispensable à la vie collective. Méfions-nous des dirigeants qui nous offrent leur protection, alors qu’ils ne servent que leurs propres intérêts. Et rappelons-nous que la puissance de l’Etat-nation – surtout si elle est illusoire – fait le malheur du peuple.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

L’Europe doit reconnaître le génocide tzigane

Par Catherine Grèze, députée au Parlement européen et Tony Gatlif, réalisateur (LE MONDE, 03/02/11):

Chacun a pu le constater ces derniers mois : il ne fait pas bon être tzigane aujourd’hui. Tzigane. Ce terme désigne les populations originaires d’Inde et apparues en Europe au XIVe siècle. Il regroupe aussi bien les Roms, les gens du voyage, les Sinti, les Ashkali ou encore les Gitans. Avec près de 10 millions d’individus dans presque tous les pays de l’Union, la plus grande “minorité” européenne est aussi l’une des plus stigmatisées. Si la France s’est illustrée récemment dans sa politique agressive et non respectueuse du droit communautaire à l’égard de ces populations, elle n’est hélas pas la seule. Elles sont souvent sans Etat pour les protéger, et la construction européenne est leur seul bouclier contre des pays qui lient leur (mauvais) sort à des ambitions électorales à peine voilées. Atteintes à la liberté de circulation, discrimination et même ségrégation scolaire, le quotidien tzigane est loin d’être des plus paisibles.

Il ne fait donc pas bon être tzigane aujourd’hui. Réduits en esclavage pendant des siècles, déportés, on oublie parfois qu’il ne faisait pas bon être tzigane hier non plus. Durant la seconde guerre mondiale, leur situation a varié d’un pays à l’autre. Mais, toujours, un sort tragique leur a été réservé.

Méconnaissance de l’autre

En Allemagne, par exemple. L’arrivée au pouvoir des nazis leur réservera un sort qui rappelle beaucoup celui des juifs : “stérilisation eugénique”, interdiction des mariages mixtes, travail forcé, expérimentations médicales. Et extermination. Février 1940, les nazis testent le Zyklon B à Buchenwald sur 250 enfants tziganes. Décembre 1942, Himmler signe le décret de déportation des Tziganes d’Allemagne vers Auschwitz, au “camp des familles gitanes”. Selon les historiens, entre 500 000 et 700 000 Tziganes ont été assassinés sous Hitler. Cela porte un nom : c’est un génocide.

Autre exemple, celui de la France. Notre pays doit faire un véritable travail de mémoire. Recensés, puis fichés sous Clemenceau, les “nomades, bohémiens, vagabonds” ont été soumis au port du carnet anthropométrique d’identité. Y figuraient leur photo d’identité et leurs empreintes digitales, mais aussi tous les déplacements qu’ils avaient pu effectuer. Durant l’Occupation, des milliers de Tziganes sont internés dans des camps, où beaucoup meurent en raison de la faim, du froid ou des conditions d’hygiène.

A la fin de la guerre, les Tziganes sont absents du procès de Nuremberg. Pourtant, ce génocide sera reconnu en Allemagne en 1982. En Hongrie, un musée consacré à ce génocide est construit en 1998. Ce pays commémore chaque année, depuis 2001, le souvenir des Tziganes victimes de ce génocide auxquels il consacre un cours d’histoire dispensé à tous les adolescents.

En France, malgré la présidence du premier sommet européen sur l’inclusion des Roms, le génocide tzigane n’est toujours pas reconnu. De même, si le carnet anthropométrique a disparu, c’est pour être remplacé par un carnet de circulation ne constituant ni une pièce d’identité ni un justificatif de nationalité, encore moins un passeport.

La méfiance et l’exclusion viennent souvent de la méconnaissance de l’autre. Faire connaître et reconnaître l’histoire de ce peuple permettra de mieux le comprendre et pourra briser la spirale de la persécution dont il est prisonnier. Quel Etat, ou gouvernement, aujourd’hui se permettrait de traiter les juifs de la sorte ? Cette reconnaissance officielle permettra aussi à ces populations de prendre conscience de leur histoire commune et de reprendre confiance dans les institutions. Il est plus que temps de briser ce silence. Pas seulement pour celles et ceux qui ont souffert hier, mais pour celles et ceux qui continuent de souffrir aujourd’hui. Maintenant, c’est au Parlement européen de reconnaître ce génocide.

Nous avons reconnu la Shoah. Reconnaissons le génocide tzigane.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Le peuple, ça n’existe pas, la démocratie, oui

Par Jan Marejko, écrivain, philosophe (LE TEMPS, 03/02/11):

Pour reprendre une formule marxiste classique, rien ne nous répugne plus que l’oppression de l’homme par l’homme. D’où l’enthousiasme que soulève en nous la révolte d’un peuple contre ses oppresseurs, comme cela se produit en ce moment en Afrique du Nord. Mais il y a un hic et de taille. Il n’y a pas de peuple.

Dire qu’il n’y a pas de peuple, ça choque. Ce n’en est pas moins vrai. Un peuple ce n’est pas du singulier mais du pluriel. Un peuple, surtout aujourd’hui, ce sont de multiples associations, de multiples partis, de multiples religions, de multiples tendances. On peut allonger la liste à l’infini. On dira qu’en Tunisie, en Egypte, en Algérie, il n’y a pas tellement de pluralisme. Peut-être, mais il y en a. Dès lors, lorsqu’un peuple se soulève, ce n’est pas lui qui se soulève, mais les divers éléments dont il se compose. On conviendra, avec Jean-Paul Sartre, qu’il y a, dans un mouvement révolutionnaire, comme une fusion de tous ces éléments. Mais même en l’admettant, il est évident que cette fusion est très brève. Une fois l’enthousiasme retombé, des tribuns se profilent qui prétendent parler au nom du peuple. Comme ces tribuns apparaissent avant toute élection, ils se sont nécessairement autoproclamés ou poussés en avant par des foules enthousiastes. Leur légitimité ne tient pas à des votes déposés dans une urne mais à leur charisme, parfois à leur habileté dans le recrutement de groupes armés.

Même Trotski, pourtant pas un enfant de chœur, ne voulait pas que Lénine prît le pouvoir. Ce dernier le prit tout de même et l’on connaît la suite. La révolution du peuple russe conduisit à un régime dont le degré d’oppression a dépassé de loin celui du tsarisme. On pourrait dire la même chose de la Révolution française. Les révoltés parisiens ne voulaient certainement pas, à l’origine, couper des têtes. Il n’en reste pas moins qu’environ trois ans après la prise de la Bastille, trois mille têtes furent coupées sur la guillotine dans la seule ville de Paris. Cela donne à réfléchir.

On aurait donc voulu entendre, de la part des médias occidentaux, quelque retenue dans la manière de présenter les soulèvements de rue à Tunis ou au Caire. Non pas du tout pour les condamner, mais pour signaler que nous, en Occident, de tels soulèvements, nous en avons connu. Et que le résultat a souvent été très loin des espérances! Qu’il convient donc d’être prudent dans nos jugements ou appréciations. Car outre les Révolutions française ou russe, il y a aussi eu la Commune de Paris dont la répression a été si sanglante qu’elle fait encore froid dans le dos. Bref, un soulèvement populaire est toujours légitime mais il peut conduire à une oppression encore pire que celle dont il a voulu se débarrasser. Nous, Occidentaux, ne pouvons plus rendre de grands services au reste du monde. Mais ce rappel-là, nous pourrions encore le faire.

On ne l’a pas assez fait. Plus précisément, on ne l’a fait qu’en référence à la menace islamiste. Les soulèvements populaires auxquels nous assistons pourraient être dangereux, nous a-t-on expliqué, parce que des mollahs pourraient les utiliser à leur profit. Nous oublions ainsi plus de deux siècles de sanglants soulèvements révolutionnaires en Occident pour nous concentrer uniquement sur le danger d’une mise au pas des peuples par les appels des muezzins. Par conséquent, nous continuons à proclamer bonnes toutes les révolutions et ne les voyons menacées que par l’islam. En matière de logique binaire, on pourrait difficilement faire mieux.

Le plus étrange est qu’on s’est abondamment moqué, il y a quelques années, de la thèse de Francis Fukuyama qui annonçait la fin de l’histoire. Or si nous jugeons tous les événements politiques qui se produisent sous nos yeux comme autant d’étapes sur le chemin d’une démocratisation universelle de la planète, nous sommes effectivement en train d’assister à la fin de l’histoire. Tout convergerait vers le meilleur régime imaginable. Il n’y aurait que la démocratie. Ce serait elle ou le chaos.

Si l’on voulait favoriser un islamisme radical, on ne pourrait mieux faire que donner dans cet simplissime alternative. Les peuples détestent l’oppression, mais ils n’apprécient pas non plus qu’on leur dise quelle est la direction qu’ils doivent suivre pour être de bons élèves. A leur répéter sur tous les tons qu’il n’y a qu’une seule direction et qu’elle consiste en une démocratisation de leurs régimes politiques et seulement en cela, ils pourraient se mettre à loucher dans une autre direction, à savoir un régime peut-être pas radicalement islamiste, mais plus ou moins théocratique et en tout cas hostile à la laïcité qui caractérise les démocraties occidentales.

C’est à ce point-là que «communauté internationale» pourrait, pour une fois, faire preuve de doigté. Elle pourrait rappeler deux choses: d’abord qu’un rousseauisme simpliste évoquant une unanime élection par le peuple enthousiaste est une imposture. Elle pourrait ensuite rappeler qu’aucun peuple ne peut s’élire lui-même. Cela encouragerait, pour le moins, un minimum de pluralisme. Enfin, cette même communauté pourrait aussi rappeler qu’il y a diverses formes de démocraties mais que toutes reposent au moins sur deux éléments fondamentaux: l’élection des gouvernants à intervalles réguliers d’une part – la séparation des pouvoirs d’autre part. Si ces deux éléments sont garantis, tout le reste est secondaire.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Un acuerdo sobre el crecimiento mundial

Por Gordon Brown. Fue Primer Ministro (2007-2010) y ministro de Hacienda (1997-2007) del Reino Unido. Es autor de Beyond the Crash: Overcoming the First Crisis of Globalisation (“Más allá del desplome. La superación de la primera crisis de la mundialización”). Traducido del inglés por Carlos Manzano (Project Syndicate, 03/02/11):

El Presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, cautivó la imaginación del mundo cuando habló recientemente de un nuevo “momento sputnik”. Trazó un plan audaz para mejorar la educación, las infraestructuras y la tecnología y comparó, gráficamente, la determinación necesaria para enviar a un hombre a la Luna con la necesaria para restablecer el crecimiento de la economía de los EE.UU.

Obama tiene razón al decir que Occidente afronta no sólo grandes amenazas, sino también grandes oportunidades. En el último decenio, la economía mundial quedó transformada con la incorporación de mil millones de trabajadores asiáticos a las filas de los productores industriales. En 2011, por primera vez en dos siglos, Europa y los Estados Unidos corren el riesgo de ser superados en producción, exportaciones e inversiones por China y el resto del mundo.

Sin embargo, el crecimiento de Asia infunde también a Occidente una esperanza económica sin precedentes. En este decenio, el mundo quedará transformado una vez más por el aumento de los consumidores asiáticos. En 2020, el tamaño de los mercados internos de Asia será el doble del de los Estados Unidos. La clase media del mundo habrá pasado de mil millones de consumidores a tres mil millones.

Las oportunidades para el crecimiento de Europa y de los EE.UU. que ofrecerá esa demanda mundial suplementaria serán enormes. Los países y las empresas que prosperarán en los nuevos mercados de Asia serán los que ofrezcan los bienes y servicios –hechos por encargo, facilitados por la tecnología y con gran valor añadido– necesarios para atender la demanda de dos mil millones de consumidores de Asia.

Pero ni Europa ni los EE.UU. se encuentran en una situación suficientemente fuerte para aprovechar al máximo esos nuevos mercados. Para poder aprovechar las oportunidades que ofrece Asia, Occidente debe empezar de nuevo a superar en invención, innovación y aptitudes al resto del mundo. De hecho, a no ser que Occidente aumente en gran medida sus inversiones de capital en los sectores de la ingeniería, la ciencia y las nuevas tecnologías, se verá marginado por países cuyos gobiernos respaldan a sus innovadores con dinero contante y sonante.

Con el plan de inversiones de Obama se pondría la primera piedra para un acuerdo mundial oficial que brinde altos niveles de crecimiento a todos los confines del mundo y cree millones de nuevos puestos de trabajo. Conforme a dicho acuerdo, Europa se uniría a los EE.UU. para aumentar los niveles de inversión, complementando la iniciativa del “lanzamiento de un cohete lunar” por parte de los Estados Unidos con un programa de reforma estructural encaminado a crear una economía digital, verde, energéticamente eficiente y competitiva, mientras que China desempeñaría su papel aumentando su consumo. Creo que semejante acuerdo podría incrementar la economía mundial en un 3 por ciento, aproximadamente, de aquí a 2014… y sacar a cien millones de personas de la pobreza.

Presenté ese plan cuando presidí el G-20 en Londres en 2009. Quería que Oriente y Occidente se comprometieran con una estrategia oficial para rendir resultados más duraderos que los prometidos por los planes de rescate que estábamos aplicando en aquel momento. Habíamos centrado la atención en impedir que la recesión se convirtiera en una depresión. Yo sostuve que era también el momento de innovar con la creación de un marco de crecimiento más duradero.

Al final, no se pudo lograr un objetivo compartido de crecimiento y hasta ahora no ha habido suficiente voluntad política para actuar coordinadamente a fin de lograrlo. Desde entonces, Europa y los Estados Unidos han crecido muy por debajo de su capacidad (pese a la existencia de una demanda no atendida en todo el mundo) y el desempleo ha llegado a ser el 10 por ciento, aproximadamente, en los dos continentes (con un desempleo juvenil que ha alcanzado el alarmante nivel del 20 por ciento).

El acuerdo sobre el crecimiento mundial que nos eludió en 2009 sigue siendo la labor inacabada del G-20. La inversión pública concentrada al principio del período podría financiarse con cargo a un Banco Europeo de Inversiones de mayores dimensiones. China ha puesto ya los cimientos para desempeñar su papel: su política de xiaokang (reducir la pobreza y aumentar la clase media) ha de crear un mercado de miles de millones de dólares de bienes y servicios occidentales.

Occidente debe proponer que, si el consumo de China aumenta en entre dos y cuatro puntos porcentuales de su PIB durante los tres próximos años (cosa enteramente posible, al ampliar su red de seguridad social, reducir los impuestos y poner al alcance de sus ciudadanos de a pie la propiedad de una vivienda), los Estados Unidos y Europa incrementarán su inversión pública en cantidades similares. Si otros países asiáticos hacen lo propio y acuerdan crear un campo de juego igual para todos los exportadores, podríamos crear unos 50 millones de puestos de trabajo suplementarios.

Naturalmente, en Occidente un plan de inversión se expone a las críticas de quienes prefieren que no hagamos otra cosa que hablar de estrategias de crecimiento. De hecho, los críticos sostienen que el aumento de la inversión pública entra en conflicto con el impulso necesario para reducir los déficits públicos y avisan sobre el aumento de los tipos de interés que entraña un mayor gasto.

Pero los críticos se equivocan sobre los efectos de las inversiones específicas en el déficit. Un estudio reciente del Fondo Monetario Internacional aportó pruebas inequívocas de que podemos mantener en realidad los planes de reducción de los déficits, sin por ello dejar de beneficiarnos de las inversiones de capital suplementarias que las economías de los EE.UU. y de Europa necesitan.

Mí extrapolación del modelo del FMI muestra que los países occidentales pueden incrementar en gran medida su crecimiento del PIB a largo plazo aumentando sus niveles de inversiones de capital a lo largo de un período de tres años. Un estímulo anual equivalente a tan sólo el 0,3 por ciento del PIB rendiría un beneficio en los EE.UU. de 0,8 por ciento en crecimiento económico en su punto máximo en 2013 y de 0,4 en Europa.

Ese planteamiento, que garantiza el crecimiento y reduce el desempleo sin aumentar el déficit, es necesario para activar el sector privado y movilizar parte del capital que se ha acumulado en los balances de las empresas en los últimos años. También subraya la importancia del G-20 y del FMI para intentar conseguir el consenso mundial ahora.

Occidente está en condiciones de desempeñar su papel en la renovación mundial. Sus extraordinarias fuerzas laborales producen bienes y servicios de primera categoría, pero no se debe condenar a la fuerza laboral occidental con políticas que produzcan tozudamente un decenio de crecimiento lento y empleo escaso. Sería una tragedia humana y no sólo un desastre económico.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

La inútil búsqueda de dinero más barato de Europa

Por Daniel Gros, director del Centro de Estudios de Política Europea. Traducción de Kena Nequiz (Project Syndicate, 03/02/11):

Recientemente se han propuesto varias formas de “bonos europeos” comunes, eurobonos para ser más exactos, como salida a la actual crisis del euro, y sus proponentes hacen hincapié en las perspectivas de disminución de los costos del crédito. Pero esto parecen ser más bien deseos.

Para entender por qué, sólo hay que pensar en los beneficios a largo plazo que pueden esperarse de esos bonos. ¿Ofrecerían los bonos europeos tasas de interés inferiores a las del promedio de los bonos nacionales?

Los proponentes de los bonos europeos aducen que crearían un mercado mucho mayor y más líquido que los de los bonos nacionales. Pero es probable que esta ventaja sea limitada, un ahorro potencial de algunas décimas de punto porcentual, dado que las tasas de interés de bonos similares de alta calidad –como los que emiten Alemania y Austria–difieren únicamente por ese margen.

Otra supuesta ventaja de los bonos europeos es que se compartiría el riesgo: si los riesgos de los miembros individuales de la eurozona que tienen dificultades para pagar no fueran muy distintos – y no estuvieran demasiado relacionados– la emisión conjunta de bonos debería, en principio, reducir el riesgo crediticio de los bonos europeos en comparación con el riesgo promedio de los bonos nacionales.

Pero ese argumento no se puede utilizar ahora que los riesgos en la eurozona son tan asimétricos (cero en el centro y considerables en la periferia) y están tan relacionados entre los países de la periferia (son vulnerables a las mismas sacudida, por ejemplo, tasas de interés elevadas o crecimiento lento).

Así pues, es probable que los beneficios de los bonos europeos a nivel de la eurozona sean insignificantes. Vale la pena repetir el punto clave de esta sombría ciencia: nada es gratis. Las pérdidas para los países acreedores en términos del aumento de los costos del crédito y de la disminución de los ingresos generados por los intereses contrarrestarían los beneficios para los países deudores en términos de un menor costo del financiamiento.

Pero países como Grecia, Irlanda, Portugal y España se enfrentan a un verdadero problema: ahora que han terminado sus auges del consumo y la construcción, parece inevitable un largo período de crecimiento lento. Al mismo tiempo, tienen que pagar tasas de interés mucho más elevadas, lo que hace que su deuda aumente, al tiempo que su capacidad de pago se estanca. Por lo tanto, las tasas de interés bajas son vitales para estos países.

Pero es poco probable que los bonos europeos puedan alcanzar siquiera este objetivo limitado. Ha habido muchas propuestas, pero todas comparten dos características. En primer lugar, permitirían a los países de la eurozona emitir bonos que estarían garantizados “de manera conjunta y separada” por todos los miembros hasta cierto nivel –por ejemplo, el 40% del PIB, como en la propuesta más reciente del Primer Ministro de Luxemburgo, Jean-Claude Juncker, y el Ministro de Finanzas de Italia, Giulio Tremonti. En segundo lugar, los bonos europeos tendrían prioridad sobre las reclamaciones privadas. Este segundo componente es crucial porque haría que todas las demás deudas públicas fueran subordinadas.

En la práctica, eso significaría que si, por ejemplo, Grecia tuviera que reestructurar su deuda una vez que se hubieran emitido bonos hasta el límite permitido, presumiblemente pagaría la totalidad de esos bonos (que esencialmente representan deuda multilateral oficial) y los acreedores privados absorberían todas las pérdidas. El valor de las reclamaciones privadas caería en consecuencia.

La emisión de bonos europeos no reduciría la deuda global de un país, únicamente cambiaría su composición. Sabemos que las empresas no pueden cambiar su valor de mercado total al cambiar la composición de sus pasivos (dar prioridad a algunas reclamaciones sobre otras). Lo mismo se aplica en el caso de los países: dar prioridad a algunas reclamaciones sobre otras no conducirá a la reducción de los costos de crédito promedio debido al costo más elevado del financiamiento privado después de que se le reduzca a deuda subordinada.

La sustitución parcial de deuda nacional con bonos europeos podría reducir el costo del servicio de deuda marginal para los países en dificultades mientras se emitan. Sin embargo, en última instancia, su costo promedio no sería inferior porque, otra vez, si los acreedores oficiales tienen prioridad sobre los privados, el financiamiento oficial a gran escala –que se usa principalmente para rembolsar vencimientos de deuda – impediría el acceso de los gobiernos a los mercados privados de crédito.

Además, mientras más bonos europeos se emitan, más se acentuará este problema porque el sobreendeudamiento existente en el mercado privado se hace cada vez más riesgoso. Dado que los costos del crédito tienden a subir proporcionalmente más que el aumento del riesgo, un país con un gran volumen de bonos europeos pendientes de hecho podría encarar mayores costos de crédito. La experiencia también muestra que el mercado a menudo excluye los riesgos graves, lo que implica que un país con una carga alta de deuda y muchos bonos europeos pendientes podría no ser capaz de emitir deuda privada en absoluto.

Por supuesto, si los países miembros estuvieran dispuestos a compartir todos sus créditos podrían obtener, en promedio, una pequeña reducción de los costos del servicio de deuda. Sin embargo, ello exigiría una europeización de la política económica global, incluidas, por ejemplo, las normas sobre pensiones y las tasas fiscales. Dado que los miembros de la eurozona rechazaron incluso la idea de sanciones automáticas para los países con déficits excesivos, no es probable que aprueben una pérdida de soberanía tan amplia.

¿Significa esto que los bonos europeos son en general una mala idea? No. Si todos los países miembros tuvieran poca deuda pública, emitir bonos europeos hasta del 40% o 60% del PIB cubriría todas sus necesidades de financiamiento, y podrían ganar una prima de liquidez modesta. Los mercados no les permitirían emitir demasiada deuda adicional y no habría riesgo de impago. Entonces, una condición esencial para considerar la emisión de bonos europeos es reducir primero la deuda pública a un nivel sostenible. Sin embargo, esto no está en la agenda oficial, al menos por el momento.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Caos bajo los cielos: qué magnífica situación

Por Slavoj Zizek, filósofo esloveno. Traducción de Jesús Cuéllar Menezo (EL PAÍS, 03/02/11):

En las revueltas de Túnez y Egipto hay algo que no puede por menos de llamarnos poderosamente la atención, y es la patente ausencia del fundamentalismo islámico: siguiendo la más pura tradición democrática laica, la gente se ha limitado a levantarse contra un régimen opresivo y corrupto, y contra su propia pobreza, para exigir libertad y esperanza económica. El cínico postulado liberal de cuño occidental, según el cual en los países árabes las concepciones realmente democráticas únicamente están presentes en las élites más abiertas, mientras que a la gran mayoría de la población solo la puede movilizar el fundamentalismo religioso o el nacionalismo, ha quedado desmentido. Evidentemente, la gran pregunta es: ¿qué ocurrirá el día después? ¿Quién se alzará con el triunfo político?

En Túnez, cuando se constituyó un nuevo Gobierno provisional, de él quedaron excluidos los islamistas y la izquierda más radical. Los demócratas petulantes reaccionaron diciendo: “bueno, son fundamentalmente lo mismo, dos extremos totalitarios”, pero ¿son las cosas tan simples? ¿Acaso a lo largo del tiempo quienes se han venido enfrentando no han sido precisamente los islamistas y la izquierda? Aunque unos y otros estén momentáneamente unidos contra el régimen, cuando se acerquen a la victoria su unidad se resquebrajará y se embarcarán en un combate a muerte, con frecuencia más cruel que el librado contra su enemigo común.

¿Acaso no asistimos precisamente a esa pugna después de las últimas elecciones iraníes? Lo que cientos de miles de partidarios de Musavi defendían era el sueño popular que alentó la revolución jomeinista, es decir, libertad y justicia. Aunque ese sueño fuera una utopía, entre los estudiantes y la gente corriente supuso una imponente explosión de creatividad política y social, de experimentos y debates organizativos. Esa auténtica apertura que desató inusitadas fuerzas de transformación social, un momento en el que “todo parecía posible”, fue después poco a poco sofocado cuando las fuerzas vivas islamistas se hicieron con el control político.

Aun ante movimientos abiertamente fundamentalistas, hay que tener cuidado de no perder de vista el componente social. A los talibanes se los suele presentar como un grupo fundamentalista islámico que se impone mediante el terror; sin embargo, cuando en la primavera de 2009 ocuparon el valle paquistaní del Swat, The New York Times informó de que habían fraguado “una revolución de clase que explota las profundas fisuras existentes entre un pequeño grupo de terratenientes acaudalados y sus desposeídos arrendatarios”. Si al “aprovecharse” de los sufrimientos de los campesinos lostalibanes estaban “dando la voz de alarma sobre los riesgos que pesan sobre Pakistán, que sigue siendo mayormente feudal”, ¿qué es lo que impedía a los demócratas partidarios de ese país, así como de EE UU, “aprovecharse” igualmente de esos sufrimientos, tratando de ayudar a los campesinos sin tierra? ¿Acaso las fuerzas feudales paquistaníes son el “aliado natural” de la democracia liberal?

Es inevitable llegar a la conclusión de que el auge del radicalismo islámico fue siempre el reverso de la desaparición de la izquierda laica en los países musulmanes. Cuando Afganistán aparece retratado como el ejemplo más extremo de país fundamentalista musulmán, hay que preguntarse si todavía alguien se acuerda de que hace 40 años era un país con una sólida tradición laica en el que un poderoso partido comunista se hizo con el poder sin contar con la Unión Soviética. ¿Adónde fue a parar esa tradición laica?

Resulta esencial situar en ese contexto los acontecimientos que están teniendo lugar en Túnez y Egipto (y en Yemen y… ojalá hasta en Arabia Saudí). Si la situación se “estabiliza”, de manera que los antiguos regímenes sobrevivan con ciertas operaciones cosméticas de carácter democrático, se generará una insuperable oleada fundamentalista. Para que sobrevivan los elementos clave del legado democrático, sus partidarios precisan de la ayuda fraterna de la izquierda radical.

Si nos ubicamos de nuevo en Egipto, veremos que la reacción más vergonzosa y peligrosamente oportunista fue la de Tony Blair, tal como la recogió la CNN: el cambio es necesario, pero debería ser un cambio estable. Hoy en día, un “cambio estable” en Egipto solo puede significar un compromiso con las fuerzas de Mubarak por medio de una ligera ampliación del círculo de poder. Por eso hablar ahora de transición pacífica es una obscenidad: al aplastar a la oposición, el propio Mubarak la hizo imposible. Una vez que lanzó al Ejército contra los manifestantes, la opción estuvo clara: o bien una transformación cosmética en la que algo cambie para que todo siga igual o bien una auténtica ruptura.

Aquí está por tanto el quid de la cuestión: no se puede decir, como en el caso de Argelia hace una década, que permitir unas elecciones auténticamente libres equivalga a entregar el poder a los fundamentalistas islámicos. Israel se quitó la máscara de la hipocresía democrática y apoyó abiertamente a Mubarak, y, al apoyar al tirano objeto de la revuelta, ¡dio nuevas alas al antisemitismo popular!

Otra de las preocupaciones de los demócratas es que no haya un poder político organizado que llene el vacío cuando Mubarak se vaya: por supuesto que no lo hay; ya se ocupó él de que así fuera, reduciendo cualquier posible oposición a la condición de ornamento marginal. De manera que el resultado será como el del título de la famosa novela de Agatha Christie, Y entonces no quedó ninguno. Según el razonamiento de Mubarak, o él o el caos; pero es un razonamiento que va en su contra.

La hipocresía de los demócratas occidentales es asombrosa: antes apoyaban públicamente la democracia, pero ahora, cuando el pueblo se alza contra los tiranos para defender, no la religión, sino una libertad y una justicia laicas, se muestran “profundamente preocupados”… ¿Por qué esa preocupación? ¿Por qué no alegrarse de que la libertad tenga una oportunidad? Hoy día, el lema de Mao Zedong resulta más pertinente que nunca: “bajo los cielos hay caos: qué magnífica situación”.

Entonces, ¿adónde debería ir Mubarak? La respuesta a esta pregunta también está clara: a La Haya. Si hay alguien que merece sentarse allí, es él.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

La nueva legitimidad árabe

Por José Maria Ridao (EL PAÍS, 03/02/11):

Las revueltas populares que comenzaron con el gesto desesperado de Mohamed Buazizi, el humilde vendedor de fruta tunecino que se inmoló en protesta por la brutalidad de la policía, han logrado en breves semanas lo que las bombas y los atentados de los yihadistas no consiguieron en largos años de barbarie: un cambio radical en el panorama político árabe, con el dictador de Túnez derribado, el de Egipto convertido en un cadáver político y unas apresuradas reformas democráticas emprendidas por Gobiernos que, hasta la víspera, se declaraban cínicamente comprometidos en transiciones que, sin embargo, no avanzaban jamás en el reconocimiento de las libertades.

Esta formidable sacudida política llevada a cabo sin un solo disparo por parte de los manifestantes, sin una sola acción que pudiera empañar su causa, exige corregir la diplomacia hacia la región de las principales potencias mundiales, incluido Israel. Como también exige mandar al lugar que merece esa infame literatura de expertos y seudoexpertos que, tras los atentados del 11 de septiembre, colocaron bajo sospecha a millones de personas con el razonamiento, a la vez siniestro y estúpido, de que, por ser árabes, tenían que ser musulmanes; y de que, por ser musulmanes, tenían que ser islamistas; y de que, por ser islamistas, tenían que ser, cómo no, terroristas. ¡Tanta perspicacia intelectual para descubrir enemigos emboscados de Occidente entre hombres y mujeres que solo aspiraban a lo mismo que aspiran los hombres y mujeres de cualquier parte del mundo, al pan y a la libertad, y tanta ceguera para no ver que, en realidad, se trataba de víctimas de unos dictadores con los que Occidente había concluido el negocio de sostenerlos a cambio de protección contra un enemigo que esa literatura agigantaba!

Cuando, tras la huida del tunecino Ben Ali y de la defenestración de Mubarak, que caerá o no como caen de la higuera los higos secos, se vuelve a agitar el fantasma de los islamistas y de su posible ganancia en el río de la revuelta, lo único que se está haciendo es salvar la cara de aquel repulsivo negocio, cuando no prorrogar por miedo o por interés la vigencia de su cláusula principal. Pero no solo porque si, llegado el caso, los islamistas triunfasen en unas elecciones democráticas no se podría cuestionar su triunfo sin cuestionar al mismo tiempo la democracia, sino porque la hipótesis misma de la victoria de los islamistas es, sin duda, prematura, y, tal vez, equivocada. Si los islamistas hubieran tenido capacidad para sacar tantos hombres y mujeres a las calles como las protestas de Túnez y Egipto -que podrían repetirse contra otras dictaduras de la región-, no habrían esperado a la inmolación del humilde vendedor de fruta Mohamed Bouazizi para convocarlas. Como tampoco los yihadistas hubieran construido el núcleo de su estrategia en torno a las bombas y los asesinatos; si lo han hecho es porque saben que forman una exigua minoría fanática, y que ni en sus más aventurados sueños serían capaces de movilizar a las multitudes que han derrocado a Ben Ali, y que amenazan con hacerlo con Mubarak, al grito de libertad y elecciones libres.

El bochornoso titubeo de la Unión Europea ante las revueltas, así como la impúdica posición de Israel, que no ha dudado en considerar sinónimos la estabilidad y la seguridad de la región con el mantenimiento de sus feroces dictaduras, demuestran que, ni en un caso ni en otro, han comprendido la auténtica dimensión de lo que está sucediendo. Sí la han comprendido, en cambio, las dictaduras vecinas de Túnez y Egipto que se sienten amenazadas, y que por eso se aferran al mantenimiento del statu quo, que por eso invocan el repulsivo negocio que concluyeron con Occidente, llegando así, por el camino opuesto, a la misma conclusión que Israel y a las mismas razones por las que la Unión Europea ha titubeado. Porque lo que está sucediendo es que las revueltas están colocando, por fin, en manos de los ciudadanos árabes la soberanía que les usurparon las élites del anticolonialismo, después de haberlo hecho las del colonialismo. Aquellas se limitaron a copiar los métodos de gobierno que estas aplicaban en los territorios sometidos, y que nada tenían que ver con los vigentes en las metrópolis. Con la independencia, las poblaciones que ahora se han levantado cambiaron de tiranos pero no se libraron de la tiranía, con el agravante de que la guerra fría, primero, y la guerra contra el terror, a continuación, establecieron el juego maniqueo en el que ha fraguado, hasta esclerotizarse, la situación política que está saltando por los aires.

Una nueva legitimidad está surgiendo en la región, una legitimidad que solo cabe calificar de revolucionaria. El momento crítico de traducirla en medidas políticas ha sonado en Túnez y Egipto, y puede que siga sonado en la región a lo largo de los próximos días y semanas. En estos dos países se ha empezado a abrir paso, poco a poco, un proceso constituyente que las principales potencias mundiales, incluido Israel, no pueden ignorar, y menos entorpecer, sin arruinar la primera gran esperanza que ha ofrecido el siglo XXI, iniciado bajo el signo de funestos presagios.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

¿Simples beneficios o grandes palabras?

Por José Luis Pardo, filósofo (EL PAÍS, 03/02/11):

Uno. Tengo por principio una prevención ya casi instintiva hacia los argumentos que se encarnizan con especial vehemencia y delectación en lanzar su cólera contra todo lo que es gratuito o se alcanza sin especial esfuerzo, porque en ellos se detecta a menudo la subrepticia mendacidad que consiste en suponer que el mero sufrimiento santifica a las cosas obtenidas por medio de él y a las personas que lo padecen, confiriendo valor a lo que de por sí no lo tiene y virtud a quien carece de ella. Hay muchas cosas buenas que, por desgracia, no pueden obtenerse sin esfuerzo, pero no es el esfuerzo lo que las hace buenas, del mismo modo que quien ha sufrido muchísimo preparando un examen de piano no merece por ello una nota más alta que quien lo ha preparado igualmente pero disfrutando de lo lindo. Así pues, a pesar del mezquino axioma de Gracián (“lo que no cuesta, no vale”), el que algo -por ejemplo, la descarga de un archivo en Internet- sea gratuito (en el caso de que en verdad lo sea) no hace de ello un hecho intrínsecamente malo ni de quien lo practica un monstruo moral. Así que, aunque sea gratis, les recomiendo que vean en Internet el cortometraje de Jordi Pereiras La máquina de copiar jamones, para eliminar algunos prejuicios innecesarios.

Dos. Obviamente, tampoco es cierto que porque algo sea tecnológicamente viable haya de convertirse de inmediato en moralmente recomendable, legalmente aceptable, culturalmente valioso o políticamente progresista. En este punto, los poderes públicos de nuestro país (independientemente de su sesgo ideológico) se encuentran presos en una paradoja. Durante años, han aceptado y difundido entusiásticamente el evangelio de que las nuevas tecnologías de la comunicación por sí mismas nos harían más libres, más sabios, más democráticos y más creativos, ya fuera porque de buena fe creían en semejante papanatismo (aunque solo hay que pensar un poco para comprender que la tecnología no es más que un instrumento, y que por sí sola no le basta a nadie para aprender física de partículas, hacer buenas películas o ejercer una opinión pública cualificada), porque querían buscar simpatías electorales en la franja social de los internautas o porque querían impulsar el desarrollo de las empresas informáticas.

El caso es que, no solo de palabra, sino de obra y de inversión de dineros públicos, se identificó la extensión del ADSL con el progreso del conocimiento y de la libertad, sin preguntarse para nada por el uso efectivo que los consumidores hacían de tal instrumento, que por supuesto es perfectamente compatible con la maldad, la estupidez, la trivialidad y la procacidad. Y aún quedan huellas de este discurso en un reciente artículo de la actual ministra de Cultura (El adversario es otro, EL PAÍS, 18 de enero de 2011) donde afirma que la Red “es un espacio autónomo de creación, libertad y democracia”. Pero es la propia González Sinde la que, en el mismo artículo, se ve obligada a reconocer y a enunciar con una valentía hasta ahora desusada que Internet -tanto por el régimen jurídico de las empresas que dominan su espectro como por la utilización que de ella hacen los usuarios- pertenece esencialmente al ámbito de lo privado, hasta el punto de que alguna de esas empresas dominantes se ha excusado del cumplimiento de sentencias condenatorias amparándose en la “imposibilidad técnica” de acatarlas (una bonita justificación que hasta ahora no estaba al alcance de los ciudadanos privados de a pie), o de que el Estado se ha mostrado hasta hoy incapaz de extender la protección jurídica de las comunicaciones postales o telefónicas al conjunto de la Red.

Y si bien hay que celebrar que, aunque sea con retraso, los poderes públicos reconozcan ahora la falsedad de aquel evangelio que antes jalearon (y cuyo jaleo forma parte del bullicio que ahora tanto lamentan porque entorpece sus iniciativas parlamentarias), su legitimidad para intervenir en el terreno de lo privado depende de que todos tengamos claro que lo hacen en defensa del interés público. Y es en este último punto en el que se acusa una evidente falta de legitimación de las estrategias políticas hasta ahora desplegadas o, dicho de otra manera, en donde se ha extendido la sospecha de que se trata de defender ciertos intereses privados, sospecha que de no disiparse no dejará de ensombrecer esas iniciativas.

Tres. En aras de esta claridad convendría despejar el carácter al menos parcialmente demagógico de los discursos que justifican la restricción de las descargas en Internet apelando al interés superior del Arte, de la Cultura o de la Inteligencia. Pues el mismo papanatismo afecta a quienes esperan que la tecnología en cuanto tal nos haga ricos que a quienes temen que nos haga pobres. Puede que Cervantes escribiera la segunda parte del Quijote para combatir la piratería literaria, pero el beneficio cultural que ello trajo a nuestras letras no depende de esa intención, sino del contenido de la obra, y hasta ahora ni los defensores ni los detractores de las dichosas descargas han dado prueba de que aquello que defienden nos haya traído una tercera parte del Quijote que suponga un incremento culturalmente sensible. Porque no fueron las descargas en la Red sino una vez más los poderes públicos -y una vez más en obscena connivencia con los privados- quienes, precisamente cuando triunfaba el neoconservadurismo que reclamaba el adelgazamiento del Estado (y ante todo la supresión de los Ministerios de Cultura), se complacieron en modificar cualitativamente el estatuto de los bienes culturales (cuyo valor se consideraba hasta ese momento relativamente exento de la lógica mercantil), tendiendo a considerar la cultura como un área de negocios exactamente igual que cualquier otra, exaltando por ejemplo el “valor económico del español” como lengua instrumental (con el consiguiente detrimento académico y social de la literatura), y propiciando la reducción del sector editorial a las técnicas de gestión empresarial y de marketing.

Y esta progresiva reducción del ámbito de la cultura al de los negocios, que ha hurtado a los productores de cultura y de conocimiento los medios para evaluar autónomamente sus producciones al margen del mercado, es la que ha terminado por reducir la polémica -ahora exacerbada por el tema de las descargas- a la sola cuestión del negocio (editorial, cinematográfico o discográfico), que es la única que se discute hoy en este campo, en donde bajo las grandes palabras como el Libro, el Cine o la Cultura, de lo que se trata básicamente es de los márgenes de beneficio. Pero no hacía falta ningún cibergurú de las finanzas para decirnos que la cultura no es un buen negocio (o, más exactamente, que no puede ser únicamente un negocio, que su lógica no se reduce a la de la producción de mercancías o a las cotizaciones bursátiles, y que no por ello equivale al despilfarro), pues esa fue precisamente la razón por la cual se crearon los Ministerios de Cultura.

Cuatro. Claro que, allí donde la cultura cambia de estatuto para convertirse en negocio, no es extraño que también los ministerios del ramo tiendan a trastocar su función por la de garantes de esa conversión y, en definitiva, por la de garantes del negocio, que vienen hoy -precisamente cuando las arcas del Estado no están para invertir en cultura porque tienen otras prioridades- a declarar abiertamente que la cultura que no sea negocio no podrá sobrevivir. Es seguro que quienes así nos exhortan tienen toda la razón, como la tienen quienes nos aseguran que hemos de sacrificar las pensiones, los servicios públicos o las universidades para evitar la quiebra. Pero no pueden esperar que, manteniendo ese discurso, puedan conservar la legitimidad suficiente para hablar, actuar y legislar en el nombre de la cultura, del conocimiento o de la libertad, ni mucho menos convencernos de que las descargas en Internet son la causa de que tales cosas estén amenazadas. Mucho me temo que tendrán que ir acostumbrándose a este ruido, que emana de un malestar del cual sus políticas (o su falta de ellas) son una de las principales causas.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Los peligros de la estrategia palestina

Por Shlomo Ben Ami, ex ministro israelí de Asuntos Exteriores y en la actualidad vicepresidente del Centro Internacional Toledo por la Paz. Es autor de Scars of War, Wounds of Peace: The Israeli-Arab Tragedy (Cicatrices de guerra, heridas de paz: la tragedia árabe-israelí.) Traducido del inglés por David Meléndez Tormen (Project Syndicate, 02/02/11):

A estas alturas, todos deberían dar por entendido que las conversaciones entre el presidente palestino Mahmoud Abbas y el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu no pueden producir un acuerdo de paz. Sin embargo, sería erróneo insistir demasiado en las debilidades de los actuales dirigentes, ya que hacerlo supone que con líderes diferentes se podría alcanzar un acuerdo entre israelíes y palestinos a través de negociaciones bilaterales.

Por desgracia, como una reciente filtración de documentos oficiales palestinos demuestra, este no es el caso. La situación es típica de los disonantes ritmos históricos de Oriente Medio. En el pasado, las ofertas de Israel fueron rechazadas por los palestinos; ahora parece que Israel rechazó posiciones palestinas particularmente flexibles. Por supuesto, las personalidades son importantes en la historia, pero el proceso de paz entre israelíes y palestinos ha sido un rehén por décadas de las impersonales fuerzas de la historia.

En efecto, el que no se llegara a un acuerdo en el pasado no fue resultado de la mala fe o una inadecuada capacidad de negociación. Por el contrario, derivó de la incapacidad inherente de cada una de partes de reconciliarse con los requisitos fundamentales que la otra tenía para arribar a una solución. Dejados a nuestra propia suerte, nos hemos mostrado trágicamente incapaces de romper el código genético de nuestra disputa.

Abbas, pues, tiene derecho a optar por un nuevo paradigma de paz, pero su plan de declaración unilateral de independencia palestina podría ser la opción equivocada. Espera que una declaración unilateral, aunque reconocida por la comunidad internacional, de un Estado palestino a lo largo de las fronteras de 1967 supondría una presión insoportable sobre un Israel acosado por el fantasma de la deslegitimación en todo el mundo.

No se pueden negar los efectos devastadores de la nueva estrategia palestina sobre la reputación internacional de Israel. La actual ola de reconocimiento internacional de un Estado palestino es, de hecho, un gran golpe a las relaciones exteriores de Israel. Resultas especialmente doloroso el que los principales países de América Latina, donde antes Israel disfrutaba de un estatus casi mitológico, se hayan unido a ella.

Abbas parte del supuesto que, desde el momento en que su estado sea reconocido por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas , Israel se convertirá en el ocupante ilegal de un estado soberano (y miembro de pleno derecho de la ONU). En ese momento, sería objeto de sanciones internacionales que destruirían su economía y socavarían aún más su imagen, condenando al país a la condición de paria internacional.

Pero, a pesar de los daños que la estrategia palestina está infligiendo a la cada vez más frágil posición internacional de Israel, Abbas podría embarcarse en lo que podría llegar a ser un ejercicio de auto-derrota diplomática. Sintiendo ya el calor de una debacle diplomática importante, pronto Israel podría adelantarse a la ofensiva diplomática palestina con un “plan de paz” por su cuenta. Inevitablemente inadecuado -una idea que se ha considerado es el reconocimiento de un Estado palestino con fronteras provisionales que podrían abarcar cerca del 50% de Cisjordania – atraería sin embargo la atención de la comunidad internacional y quizás hasta haría fracasar la nueva estrategia palestina.

Por otra parte, en caso de que Abbas no logre reunir el apoyo de los Estados Unidos y Europa, Netanyahu podría sentirse libre de cancelar los acuerdos existentes y adoptar medidas unilaterales por su cuenta. Tampoco el apoyo de EE.UU. y Europa produciría necesariamente los resultados que Abbas espera. Si se lo presionara demasiado, Israel podría tratar de librarse de una situación insostenible a nivel internacional, retirándose de manera unilateral de Cisjordania hasta su “valla de seguridad”.

Entonces emergería automáticamente un estado palestino hostil del otro lado de ese enorme muro: un estado que no necesariamente estaría gobernado por la OLP. La retirada violenta de Israel y, por lo tanto, el final de la cooperación entre israelíes y palestinos en materia de seguridad, podría desatar tal inestabilidad que Hamás surgiría como un serio contendor por el poder en Cisjordania. Esto, a su vez, podría arrastrar a Jordania a los asuntos de esa área, al igual que Egipto lo está siendo, contra su voluntad, en los de Gaza.

Otro riesgo que implica una campaña unilateral palestina para lograr la condición de estado nacional es que puede hacer que el conflicto con Israel termine por reducirse a una banal disputa fronteriza entre estados soberanos. Cualquier gobierno que reconozca el Estado palestino inevitablemente vería ese hecho como el final del proceso de paz, y ni Europa ni los EE.UU. incluirían el reconocimiento del derecho de los palestinos de regresar a las zonas perdidas ante Israel en 1948. En efecto, al declarar unilateralmente un Estado palestino a lo largo de la línea de alto el fuego de 1967, Abbas pondría en práctica la visión de Israel de “dos estados para dos pueblos”.

De hecho, algunos en el lado israelí sostienen que, en lugar de luchar contra una declaración de un estado palestino, Israel debe aprovechar la oportunidad para convertir el conflicto en una disputa territorial manejable entre estados. A continuación, podría negociar con los EE.UU. la redacción del texto de la resolución de la ONU de forma que acabara creando un estado palestino dentro de las fronteras de 1967, con ajustes territoriales de común acuerdo. Dicha resolución neutralizaría problemas de “narrativa” difíciles, como el derecho de retorno, que han destrozado todo intento de acuerdo.

De cualquier manera, nos encontramos en el final del proceso de paz como lo hemos conocido hasta la fecha. Este nudo gordiano no se puede desatar: debe ser cortado por la sólida mediación de terceros. Sin embargo, un plan de paz de EE.UU. que apunte a cerrar las brechas entre las partes tendrá posibilidades solo si se basa en una fuerte alianza internacional para una paz entre israelíes y palestinos. Incluso entonces, dicho plan requeriría de una ingeniería diplomática especialmente laboriosa y compleja.

No importa lo enamorados de la “comunidad internacional” que se encuentren los palestinos: no estarán satisfechos con un plan que provenga de una alianza internacional liderada por Estados Unidos. Un plan que con casi total certidumbre tendría que satisfacer las inquietudes de seguridad de Israel y se inclinaría a reconocer su judaísmo – de un modo que podría neutralizar por completo el espíritu de retorno de los palestinos- podría resultarles especialmente indigerible.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Mitigar el calentamiento global también disminuye la obesidad

Por Ian Roberts, profesor de Epidemiología y Salud Pública en la London School of Hygiene & Tropical Medicine, y autor de The Energy Glut: the Politics of Fatness in an Overheating World. Traducción de Kena Nequiz (Project Syndicate, 02/02/11):

Mitigar el cambio climático ofrece oportunidades incomparables para mejorar la salud y el bienestar del ser humano. En efecto, las políticas de reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero pueden traer consigo una disminución significativa de las enfermedades cardiacas y respiratorias, el cáncer, la obesidad, la diabetes, la depresión y las muertes y lesiones por accidentes automovilísticos.

Estos beneficios para la salud surgen porque la política ambiental afecta necesariamente a dos de los principales determinantes de la salud humana: la nutrición y el movimiento. Aunque los profesionales de la salud reconocen cada vez más los beneficios de las políticas que abordan el cambio climático, los encargados del diseño de políticas no los valoran tan ampliamente. La existencia de estos beneficios para la salud supone una reducción radical de los costos netos de emprender acciones firmes para mitigar el cambio climático –lo que significa que el no comprender su importancia podría tener graves consecuencias ambientales.

Los múltiples beneficios para la salud derivados de la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero han quedado documentados en investigaciones recientes. Para cumplir las metas de reducción de emisiones en el sector de los transportes se necesitaría, además de reducir el uso del automóvil, aumentar ligeramente las caminatas y el uso de la bicicleta. Sobre la base de evidencias epidemiológicas que vinculan la actividad física con la salud, el aumento resultante de esa actividad reduciría en gran medida las tasas de enfermedad crónica: entre el 10% y el 20% en el caso de las enfermedades cardiacas y los derrames cerebrales, entre el 12% y el 18% en el del cáncer de mama y el 8% en el de la demencia senil.

El transporte sostenible también mejoraría nuestra salud mental, pues se calcula que habría un 6% menos de casos de depresión. Habría beneficios adicionales para la salud mental con más espacios verdes, menos contaminación de ruido y una mejor condición física.

La reducción de la producción de ganado a fin de reducir las emisiones de metano procedentes de los animales y la deforestación –factores que contribuyen significativamente al cambio climático—también mejoraría la salud. Menos ganado significaría menos productos animales en nuestra dieta, lo que reduciría nuestro consumo de grasas saturadas nocivas y conduciría a una reducción del 30% en las enfermedades cardiacas. Reducir el consumo de carne también debería reducir las tasas de cáncer colorrectal –el segundo tipo de cáncer más común entre los hombres después del cáncer de pulmón.

Al mejorar la dieta y elevar los niveles de actividad física, las políticas orientadas a mitigar el cambio climático conducirían a grandes reducciones de las tasas de enfermedades que producen muertes prematuras e incapacidad en cientos de millones de personas en todo el mundo. También reducirían la gordura de la población. Más de mil millones de adultos tienen sobrepeso y 300 millones son obesos, incluyendo a una tercera parte de la población estadounidense. Además, científicos del gobierno británico predicen que el Reino Unido “será una sociedad predominantemente obesa” para 2050.

De hecho, si se mantienen las tendencias actuales, para 2050 nueve de cada diez adultos en el mundo desarrollado tendrán sobrepeso o serán obesos. En los países de ingresos medios, el índice de masa corporal está aumentando de manera constante. Esto tendrá un impacto grave en la salud y el bienestar y aumentará el riesgo de diabetes, enfermedades cardiacas, derrames cerebrales y cáncer.

Pero los países en desarrollo también están en peligro. A México sólo lo superan los Estados Unidos en términos de prevalencia de la obesidad. El aumento de la diabetes como consecuencia de una población que engorda está provocando una epidemia de enfermedades renales en un país en el que sólo una de cada cuatro personas puede recibir tratamiento.

La experiencia de Cuba en los años noventa confirma los efectos sobre la salud de reducir el consumo de combustibles fósiles. Durante la crisis de energía cubana que siguió a la interrupción de los insumos soviéticos subsidiados, la proporción de adultos que hacían actividades físicas aumentó en más del doble. El índice de masa corporal promedio de la población disminuyó 1.5 unidades, con lo que la prevalencia de la obesidad cayó a la mitad, del 14% al 7%. Las muertes por diabetes se redujeron 51%, por enfermedades cardiacas 35% y por derrames cerebrales 20%.

Además, en un mundo en el que se recurra menos al carbono habría menos hambre. En abril de 2008, Evo Morales, el presidente de la pobre y cada vez más hambrienta Bolivia, hizo un llamado por “la vida primero, los autos segundos” y exhortó al mundo rico a que dejara de quemar alimentos cada vez que manejaban sus autos –una referencia a las políticas de los gobiernos occidentales sobre los biocombustibles.

Sin embargo, el uso del automóvil y los precios de los alimentos ya estaban vinculados mucho antes de las políticas sobre los biocombustibles. El uso del automóvil hace que aumenten los precios de los alimentos, porque el petróleo es un insumo clave para la agricultura. Reducir el uso del petróleo en el sector de los transportes es esencial para evitar la hambruna en los países pobres. Hasta que la agricultura se libere de la dependencia del petróleo, habrá una competencia para llenar los tanques de gasolina en los países ricos y los estómagos en los pobres. Comer menos productos animales también reduciría los precios de los alimentos, porque el ganado se alimenta a base de cereales.

Otras políticas orientadas a mitigar el cambio climático también tienen efectos positivos sobre la salud. Aislar los hogares en los países de altos ingresos para conservar energía prevendría las muertes relacionadas con el frío. Igualmente, el uso de cocinas más eficientes en el consumo de combustible en los países pobres reduciría el número de muertes de niños –que actualmente es de un millón al año—por infecciones respiratorias provocadas o agravadas por el uso de combustibles sólidos.

Un programa de reducción del uso del carbono en todas las principales áreas del uso de energía, junto con una reducción del consumo de productos animales, generaría beneficios sustanciales para la salud y el bienestar del ser humano. En sus debates sobre el costo de la mitigación del cambio climático, los negociadores y encargados del diseño de políticas no pueden pasar por alto el enorme valor de estos beneficios.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Goodbye to “Globalization”

By Harold James, professor of History and International Affairs at Princeton University, and Matteo Albanese, researcher in history at the European University Institute (Project Syndicate, 02/02/11):

The term “globalization” first swept the world in the 1990’s and reached its highpoint of popularity in 2000 and 2001. In 2001, for instance, Le Monde contained more than 3,500 references to mondialisation. But then the figure steadily fell – more than 80% by 2006. Since the outbreak of the financial crisis in 2007, the word’s usage in major newspapers such as the New York Times and the Financial Times has fallen still further. Globalization is on its way out.

A brief history of the concept, and a comparison with another term that also became discredited by overuse, helps to explain what happened.

The twentieth century’s two most important conceptual innovations, “totalitarianism” and “globalization,” were originally Italian. The first term defined the tumultuous middle of the twentieth century, the latter its benign ending. “Totalitarianism” finally disintegrated in 1989, and globalization prevailed.

Both terms originated as criticisms that were supposed to undermine and subvert the political tendencies they described. But both ended up being just as frequently and enthusiastically used by the respective tendencies’ proponents.

“Totalitarianism” began its conceptual life in 1923 as a criticism or parody by the liberal writer Giovanni Amendola of the megalomaniacal pretensions of Benito Mussolini’s new regime. In the course of a few years, it had become the proud self-definition of Italian fascism, endorsed by Mussolini’s education minister, Giovanni Gentile, who became the official philosopher of fascism, and then incorporated in a ghost-written article by Mussolini himself in the Encyclopedia of Fascism.

In both the hostile and the celebratory use of the word, totalitarianism was intended to describe a movement that embraced all aspects of life in what purported to be a coherent philosophy of politics, economics, and society. Fascists liked to think of themselves as imbued with total knowledge and total power.

Today, few know where the term “globalization” originated. The Oxford English Dictionary gives as the earliest reference to its current usage an academic article from 1972. The word had been used earlier, but in a rather different sense. It was a diplomatic term conveying the linkage between disparate policy areas (for example, in negotiating simultaneously on financial and security matters).

The OED etymology ignores the non-English origins of the term, which can be found in the inventive linguistic terminology of continental European student radicalism. In 1970, the radical left-wing Italian underground periodical Sinistra Proletaria carried an article entitled “The Process of Globalization of Capitalist Society,” which was a description of IBM, an “organization which presents itself as a totality and controls all its activities towards the goal of profit and ‘globalizes’ all activity in the productive process.” Because IBM, according to the article, produced in 14 countries and sold in 109, it “contains in itself the globalization (mondializzazione) of capitalist imperialism.” This obscure left-wing publication is the first known reference to globalization in its contemporary sense.

Since then, the term has had ups and downs. It became increasingly faddish in the 1990’s, but mostly as a term of abuse. In the late 1990’s and early 2000’s, anti-globalization demonstrations targeted the World Trade Organization, the International Monetary Fund, the World Economic Forum, and McDonald’s. Globalization was seen at this time – as in the vision of the 1960’s Italian leftists – as the exploitation of the world’s poor by a plutocratic and technocratic elite.

But in the 2000’s, the meaning of globalization shifted and began to take on a semi-positive note, in large part because it increasingly looked as if the major winners of globalization included many rapidly growing emerging markets. Indeed, countries that had previously been described as “under-developed” or “Third World” were becoming incipient global hegemons. Moreover, many former critics began to recognize global connectedness as a way of solving global problems such as climate change, economic crisis, and poverty.

Historians have started to project globalization backwards. It is no longer seen only as a story of the capital-market-driven integration of the last two decades of the twentieth century, or even of an “early wave of globalization” in the nineteenth century, when the gold standard and the Atlantic telegram seemed to unite the world. Instead, the wider and deeper historical vision is of a globalization that encompasses the Roman empire and the Song dynasty, and goes back to the globalization of the human species from a common African origin.

The terms that we use to describe complex political and social phenomena and processes have odd ambiguities. Some concepts that are designed as criticisms are quickly inverted to become celebratory.

By 2011, anti-globalization rhetoric had largely faded, and globalization is thought of as not something to be neither fought nor cheered, but as a fundamental characteristic of the human story, in which disparate geographies and diverse themes are inextricably intertwined. In short, globalization has lost its polemical bite, and with that loss, its attractions as a concept have faded.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

La realidad del poder virtual

Por Joseph S. Nye, ex subsecratario de Defensa de Estados Unidos, profesor de Harvard y autor de The Future of Power (Project Syndicate, 02/02/11):

Mientras los regímenes árabes lidian con manifestaciones alimentadas por Twitter y Al Jazeera, y los diplomáticos norteamericanos intentan entender el impacto de WikiLeaks, resulta evidente que esta era de la información global requerirá una comprensión más sofisticada de cómo funciona el poder en la política mundial.

Este es el argumento de mi nuevo libro, The Future of Power (El futuro del poder). Dos tipos de cambios de poder se están produciendo en este siglo –la transición del poder y la difusión del poder-. La transición del poder de un estado dominante a otro es un patrón histórico familiar, pero la difusión del poder es un proceso más novedoso. El problema para todos los estados hoy es que cada vez suceden más cosas fuera del control de hasta los estados más poderosos.

En cuanto a la transición del poder, hoy en día se derrocha mucha atención en una supuesta decadencia norteamericana, muchas veces con analogías históricas simplistas con Gran Bretaña y Roma. Pero Roma siguió siendo dominante durante más de tres siglos después del apogeo de su poder y, aún entonces, no sucumbió ante el ascenso de otro estado, sino que sufrió una muerte a causa de miles de cortes infligidos por varias tribus bárbaras

De hecho, a pesar de todas las predicciones de moda de que China, India o Brasil superarán a Estados Unidos en las próximas décadas, las mayores amenazas pueden provenir de bárbaros modernos y actores que no son estados. En un mundo de ciber-inseguridad basado en la información, la difusión del poder puede ser una amenaza mayor que la transición del poder.

¿Qué significará ejercer el poder en la era de la información global del siglo XXI? ¿Qué recursos producirán poder?

Cada era genera sus propias respuestas. En el siglo XVI, el control de las colonias y el lingote de oro le dieron a España una posición de ventaja; la Holanda del siglo XVII se benefició del comercio y de las finanzas; la Francia del siglo XVIII fue superior gracias a su población y sus ejércitos más grandes; y el poder británico del siglo XIX residía en la primacía industrial y naval.

La opinión generalmente aceptada siempre sostuvo que prevalece el estado con el ejército más grande. En una era de la información, sin embargo, el que gana puede ser el estado (o no estado) con la mejor historia. Hoy, no está para nada claro cómo medir un equilibrio de poder, mucho menos cómo desarrollar estrategias de supervivencia exitosas para este nuevo mundo.

La mayoría de las proyecciones actuales de un cambio en el equilibrio global del poder se basan principalmente en un factor: las proyecciones del crecimiento del PBI de los países. Por ende, ignoran las otras dimensiones del poder, entre ellas el poder militar duro y el poder blando de la narrativa, para no mencionar las dificultades en materia de políticas que implica combinarlas en estrategias exitosas.

Los estados seguirán siendo el actor dominante en el escenario mundial, pero encontrarán que el escenario está mucho más poblado y es más difícil de controlar. Una parte mucho mayor que nunca de sus poblaciones tiene acceso al poder que proviene de la información.

A los gobiernos siempre les preocupó el flujo y control de la información, y el período actual no es el primero en verse marcadamente afectado por cambios drásticos en la tecnología de la información. Lo que es nuevo –y lo que vemos que se manifiesta hoy en Oriente Medio- es la velocidad de la comunicación y el acceso al poder tecnológico de una franja mayor de actores.

La era de la información actual, a veces llamada la “tercera revolución industrial”, se basa en avances tecnológicos rápidos en computadoras, comunicaciones y software, lo que a su vez condujo a una caída dramática del costo de crear, procesar, transmitir y buscar información de todo tipo. Y esto implica que la política mundial ya no puede ser competencia única de los gobiernos.

A medida que se reduce el costo de las computadoras y la comunicación, caen las barreras de ingreso. Los individuos y las organizaciones privadas, que van desde corporaciones y ONGs hasta terroristas, en consecuencia tienen el poder para desempeñar un papel directo en la política mundial.

La difusión de la información implica que el poder se distribuirá más ampliamente, y las redes informales minarán el monopolio de la burocracia tradicional. La velocidad del tiempo de Internet significa que todos los gobiernos tendrán menos control sobre sus agendas. Los líderes políticos gozarán de menores grados de libertad antes de que deban responder a los acontecimientos, y luego tendrán que competir con una cantidad y una variedad cada vez mayor de actores para ser oídos.

Somos testigos de esta realidad mientras los estrategas políticos norteamericanos luchan por lidiar con los disturbios de Oriente Medio de hoy. La caída del régimen de Túnez tenía profundas raíces domésticas, pero el momento en que se produjo tomó a los foráneos, entre ellos el gobierno de Estados Unidos, por sorpresa. Algunos observadores atribuyen la aceleración de la revolución a Twitter y WikiLeaks.

Mientras la administración Obama formula una política para con Egipto y Yemen, enfrenta un dilema. En Yemen, el régimen de Ali Abudullah Saleh ofreció una asistencia importante a la hora de enfrentar la amenaza del terrorismo asociado a Al Qaeda. En Egipto, el gobierno de Hosni Mubarak ayudó a moderar el conflicto palestino-israelí y equilibró el poder iraní en la región. La promoción simplista de la democracia por parte de la administración de George W. Bush costó cara tanto en Irak como en Gaza, donde las elecciones permitieron el ascenso de un gobierno hostil liderado por Hamas.

En una era de la información, la política inteligente combina el poder duro y el poder blando. Dado lo que representa Estados Unidos, la administración Obama no puede permitirse ignorar la narrativa de poder blando de democracia, libertad y apertura.

Por consiguiente, Obama y la secretaria de Estado Hillary Clinton realizaron pedidos públicos y privados de reforma y cambio en Egipto y el mundo árabe más amplio, mientras que, al mismo tiempo, le reclamaron a todas las partes poner un límite a la violencia. Es más, se alinearon con la libertad de información frente a los esfuerzos por parte del régimen egipcio de bloquear el acceso a Internet.

Cómo se desarrollarán los acontecimientos en Oriente Medio es una incógnita, pero en la era de la información de hoy, defender la libertad de acceso a esa información será un componente importante del poder inteligente.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Revueltas árabes

Por Javier Rupérez, embajador de España (ABC, 02/02/11):

Fue en 1991. Argelia celebró la primera vuelta de unas elecciones razonablemente democráticas. No habían conocido los argelinos nada parecido desde los tiempos de la independencia, en 1962, cuando el Frente de Liberación Nacional se hizo con el poder tras la sangrienta rebelión contra Francia. Pero en las urnas se impusieron los islamistas y la segunda vuelta electoral nunca llegó a celebrarse. El ejército, y toda su cohorte de ineficacia y de corrupción, controló violentamente las secuelas de la frustrada experiencia electoral, desencadenándose una brutal contienda civil en la que militares e islamistas rivalizaron en barbarie. La guerra, de la que quedan no pocas secuelas, había dejado a principios del siglo XXI cerca de 200.000 muertos. Pero Argelia se había mantenido fiel al laicismo fundacional de la República, sus gobiernos garantizaron la estabilidad de los suministros energéticos a occidente y la comunidad internacional optó por mirar a otro lado.

Con acentos diversos, ese mismo dilema viene condicionando las opciones políticas de las democracias occidentales en sus tratos con los países árabes, tanto en el norte de África como en el Oriente Medio: sistemas autoritarios laicos o confesionales de vocación «moderada» que, enfrentados con el radicalismo islámico, garantizan una relativa estabilidad en las relaciones políticas y económicas con el mundo exterior. Entre el autócrata pro occidental o al menos neutro y la marea islamista las capitales del mundo desarrollado han optado por el primero, representación del mal menor, aun conociendo lo precario de la preferencia y lo incierto de su futuro.

Nadie desconocía la fragilidad interior de unos regímenes que nunca dudaron en usar la represión para acallar la disidencia mientras se mostraban incapaces de solucionar los problemas económicos y sociales de unas poblaciones abultadas en número y desprovistas de oportunidades. Bien por temor a irritar al tirano de turno, bien para no poner en peligro los sustanciosos réditos económicos de las relaciones comerciales, bien para garantizar la continuidad de los imprescindibles suministros energéticos, bien por el honesto convencimiento de que no había otra alternativa al peligro islamista, la timidez, cuando no abiertamente la complicidad, ha sido la nota dominante en el tratamiento de una situación potencialmente explosiva. En momentos puntuales, y habitualmente con delicada sordina, los americanos han utilizado foros públicos y privados para poner de relieve la peligrosidad de la situación. Recuérdese el discurso de Condoleeza Rice en la Universidad de El Cairo en 2005 reclamando democracia y reformas en los países árabes, en sintonía con las demandas democratizadoras que Bush había convertido en línea maestra de su aproximación a los países árabes. Hace todavía pocas semanas, antes del estallido en Túnez, otra Secretaria de Estado americana, Hillary Clinton, retomaba el mismo tema, en tonos que vistas las circunstancias aparecen como premonitorios. Las filtraciones de Wikileaks —para algo habían de servir— confirman que en privado los representantes americanos iban más lejos que en público con sus interlocutores árabes.

La lista de los potenciales focos de conflicto es larga y se extiende desde el Mediterráneo occidental hasta el oriental, pasando al Oriente Medio —y proyectando una sombra alargada hasta los países islamizados, bien que no árabes, del Asia Central—, y así, en un primer y apresurado recuento, nos encontramos con Marruecos, Argelia, Túnez, Libia, Egipto, Jordania, Líbano, los Emiratos, Kuwait, Arabia Saudita y Yemen. No tardará Siria en sufrir los mismos dolores de parto. El estallido tunecino ya ha encontrado eco en Egipto y Yemen. Las apuestas sobre la generalización del contagio se multiplican en número y en pesimismo. La preocupación recorre las cancillerías occidentales con una lenta y pesada letanía: no hay opciones de recambio.

Es verdad, no hay opciones de recambio en plazo imaginable. Resulta comprensible que la caída o la fragilidad del déspota, por ilustrado que resultara, sea motivo siempre de regocijo y celebración y nadie va a poner peros a esos sentimientos. Habría resultado más congruente que los que hoy celebran la salida de Ben Alí o piden la retirada de Mubarak hubieran exteriorizado las mismas alegrías cuando Saddam Hussein fue derrocado, pero, en fin para qué traer a colación ambiguas memorias del pasado: el tunecino se ha ido —le han echado, para qué andarse con rodeos—, el egipcio lo está pasando mal, al yemení no le sonríe el futuro, los jordanos ya están levantiscamente en la calle, los argelinos se lo deben estar pensando, Gadafi ha puesto sus barbas ralas a remojar después de lo que le ha ocurrido al vecino Ben Alí y el sultán marroquí oteando el complicado horizonte.

Si bien se mira, de ese arco islámico de crisis solo se salva Turquía, el único país que en la zona parece haber consolidado un sistema en el que convive una fuerte impronta coránica con una democracia de inspiración laica. Y como bien se puede comprender, no es para mañana la adopción del modelo turco en Arabia Saudita.

«Al Jazeera», la pinturera televisión catarí, amiga de los amigos de Bin Laden y enemiga de los regímenes árabes llamados moderados —es decir, amigos de los americanos— se ha cobrado una pieza importante al poner a los Ben Alí y Mubarak de este mundo en la picota y, como hiciera Marco Antonio en la oración fúnebre de Julio César, cabe utilizar la sorna para mantener que Brutus/ Jazeera son gentes «honorables». Pero y ahora ¿qué? ¿Va a conseguir El Baradei encabezar la revolución pacifica de la inexistente clase media egipcia? ¿Serán los laicos tunecinos capaces de encontrar la estabilidad democrática conjurando la presencia de los durmientes islamistas? ¿Desaprovechará Al Qaida la oportunidad de la revuelta en Yemen para hacerse definitivamente con el poder en el desértico y estratégico país? ¿Qué futuro le espera a la siempre frágil Jordania? ¿No estará acaso Irán esperando la ocasión para profundizar en la desestabilización de la zona a través de Hamas y Hezbollah? ¿Qué opciones políticas y estratégicas quedan para un Israel sometido a presión y a cerco? ¿Cuáles son las barajas residuales en manos de los americanos y sus aliados occidentales para promover estabilidad, prosperidad y democracia en la zona?

Que nadie derrame una lágrima por el sátrapa caído. Que nadie ahorre un grito a favor de la libertad. Que nadie pretenda traficar estabilidad con injusticia. Pero que nadie se llame a engaño: repentinamente abierta la caja de Pandora tardarán los vientos en volver a su redil. Quieran los hados que sus remolinos no nos cojan desprevenidos. Son muy traicioneros. Y soplan desde muy cerca.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona