jueves, julio 26, 2007

Puentes fracturados

Por María-Àngels Roque, antropóloga, Institut Europeu del Mediterrani (LA VANGUARDIA, 18/07/07):

El periodista de Al Yazira Khaled Hroub explicaba hace un año en un encuentro intercultural en Granada que una de las cosas que más le fascinaron de El Cairo fue la importancia de los códigos corporales para poder cruzar las calles sin semáforos. Esta visión le acompañó los diez días que estuvo en Egipto entrevistando a todo tipo de personas: conductores, bailarinas del vientre, intelectuales, tenderos, políticos, académicos, artistas, estrellas del pop, gente politizada de izquierdas, islamistas moderados y fanáticos. El objetivo era saber “por qué los árabes odian a Occidente”. La primera respuesta que recibía Hroub era una vehemente negación.

“Todos los que entrevisté respondieron de forma casi idéntica: ‘Nosotros no odiamos a Occidente ni a los occidentales; odiamos la política occidental’ “. Este periodista que vive en Cambridge cree que si uno no conoce el código no cruza la calle en El Cairo, o bien arriesga su vida y la de otras personas. Metáfora que hace extensiva a la manera de imponer la democracia occidental en Oriente Medio que está costando tantas vidas.

¿Dónde encontrar códigos? En un mundo globalizado son los medios de comunicación, especialmente las cadenas televisivas por cable, los que están jugando la batalla para crear nuevos imaginarios y, si bien este medio puede ser muy positivo para la intercomunicación, también puede ser muy peligroso. Nunca hemos estado tan comunicados ni hemos conocido tantos acontecimientos de todo el planeta, ¿pero ello ayuda a tener una mayor empatía o, por el contrario, contribuye de forma masiva a sublimar los estereotipos? Michelangelo Conoscenti en su libro sobre los medios de comunicación en el Mediterráneo llega a diferentes conclusiones. Por un lado, reconoce que muchos lenguajes audiovisuales, en diferentes naciones, presentan elementos comunes debido a la práctica de copiar.De hecho, cuando una persona o una institución imita a otra, algo se transfiere entre las dos hasta el punto de adquirir una identidad propia. La difusión de elementos y estereotipos estilísticos, positivos o negativos, no sólo depende de la televisión, sino también de otros medios y de otras experiencias que forman parte de nuestra vida. Pero la producción de imágenes no es neutral, es la consecuencia de un proceso culturalmente marcado. Es el resultado de las alternativas elegidas por el creador entre la cantidad de opciones combinadas ofrecidas por el código de medios de comunicación. En consecuencia, también son significativas las exclusiones que implica el proceso. La CNN norteamericana y la cadena qatarí Al Yazira hicieron saltar en pedazos el mito de la superioridad incuestionable de la imagen al ofrecer dos relatos gráficos simultáneos pero radicalmente diferentes de la guerra de Iraq.

Obviando la censura de la mayoría de las cadenas públicas de los países árabes, se ha de convenir que éstas conservan especificidades nacionales, mientras que las grandes cadenas privadas como Al Yazira o Al Arabia buscan, como manifiesta Noha Mellor, el mercado panárabe sea nacional o de la diáspora, por lo que estos medios tienden a centrarse en la política regional antes que en temáticas locales de las distintas sociedades árabes. Así, pese a los diferentes aspectos étnicos, religiosos, de clase y de género de los países, los medios informativos regionales y los canales de noticias por satélite tratan de dirigirse a una audiencia lo más amplia posible, concebida como una comunidad imaginaria.

De ese modo el panarabismo ha renovado su peso ideológico entre los periodistas árabes, una estrategia de marketing que aspira a beneficiarse de la creciente cuota de mercado. Los periodistas no tratan las noticias de carácter local ni aquellas que cubren aspectos sociales ya que consideran que no les conducirán a la fama, por lo que priman las noticias políticas o con personajes políticos que no necesitan una investigación. Para ser justos, manifiesta Mellor, tampoco los medios occidentales (europeos o norteamericanos), que han constituido el espacio formativo de muchos periodistas árabes de los nuevos canales, dan mejor ejemplo. En los medios occidentales hay una brecha entre la cobertura de las noticias nacionales y la de las noticias extranjeras. Así, mientras las noticias nacionales se centran en los problemas inmediatos y cotidianos de los ciudadanos normales y corrientes, las noticias extranjeras presentan a otros países sólo a través de un cristal puramente político, centrándose en los gobiernos, de modo que los ciudadanos normales y corrientes de Oriente Medio y otras regiones aparecen sólo de relleno. Los medios occidentales no explican que estos ciudadanos tienen, al igual que los del norte, sus sueños, su cultura, sus luchas cotidianas, y que en ello no son muy diferentes.

Sin duda, los puentes virtuales representados por los medios de comunicación de masas - radio, canales de televisión (tanto satélite como otros) e internet- pueden superar las fronteras y generar un espacio intermedio, es decir, un espacio que se conciba y utilice, hablando en términos antropológicos, como un momento de intercambio con el otro y, al mismo tiempo, como un lugar para experimentar lenguajes comunes. En la actualidad, todos los vecinos que dan al Mediterráneo necesitan entender que la coexistencia es posible, aunque haya una diversidad de lenguas, religiones y costumbres. Desde este punto de vista, sin duda los medios representan una oportunidad, ya que la generación más joven está mucho más inclinada a absorber contenidos e ideas a través de los códigos audiovisuales. No obstante, la afloración de las producciones televisivas, especialmente cuando no está precedida por una educación adecuada sobre la parcialidad de los lenguajes audiovisuales, representa tanto riesgo como atravesar una calle sin semáforos.

miércoles, julio 25, 2007

Ciudades ’subprime’

Por Niall Ferguson, titular de la cátedra Laurence A. Tisch de Historia en la Universidad Harvard. © Niall Ferguson, 2007. Traducción: Juan Gabriel López Guix (LA VANGUARDIA, 18/07/07):

La idea de que todo el mundo debe ser propietario tiene muchos méritos. Hay en el mundo anglohablante una larga y distinguida tradición que percibe de forma entrelazada la libertad individual y la propiedad. En sus Dos tratados sobe el gobierno civil, John Locke observó que “el gran fin principal de la unión de los hombres en comunidades es la conservación de su propiedad”. Tanto en el Reino Unido como en Estados Unidos, la propiedad estuvo en la base original del derecho de voto.

En el siglo XIX, la democratización significó la concesión del derecho de voto a las personas sin propiedad. No fue hasta el siglo XX cuando se empezó a soñar con una sociedad en que cada elector fuera también el propietario de su vivienda. En Estados Unidos, desde la actuación de la Administración Federal de Vivienda en la década de 1930, se ha producido un esfuerzo sostenido para alentar a las personas a que se conviertan en propietarias, con incentivos que han ido desde las hipotecas garantizadas por el Estado hasta la deducción fiscal del pago de los intereses hipotecarios.

La intención era implícitamente conservadora, razón por la cual los defensores más convincentes de la democracia propietaria han sido Margaret Thatcher y Ronald Reagan. La teoría era que, cuando los votantes de clase trabajadora compraran una vivienda, se alejarían del socialismo. Y en muchos aspectos ha funcionado.

En todo el mundo anglohablante, la posesión de la vivienda es hoy la regla. Antes de la década de 1930, no llegaban a los dos quintos los hogares estadounidenses ocupados por propietarios. Hoy la proporción es del 68 por ciento. En el Reino Unido, la proporción de los poseedores de vivienda subió de apenas un tercio en 1953 a un pico del 75 por ciento en 1981.

En la actualidad, el porcentaje ha bajado al 70 por ciento porque la inflación en los precios inmobiliarios dificulta que quienes compran por primera vez asciendan por la escala de la propiedad. Pero aquí viene la ayuda. La semana pasada, el primer ministro británico, Gordon Brown, prometió “poner viviendas asequibles al alcance de muchos, no sólo de unos pocos” mediante la construcción de “un total de tres millones de nuevas viviendas hasta el 2020″ e introduciendo “un nuevo régimen para bonos garantizados que ayude a los prestamistas hipotecarios a financiar hipotecas más asequibles con interés fijo a 20-25 años”.

Gordon Brown, célebre por vender el oro del Banco de Inglaterra en lo más bajo del mercado de ese metal, entra en la promoción inmobiliaria ahora que los precios suben. Qué sentido de la oportunidad, Gordon. Sin embargo, hasta lo bueno puede llegar a hartar. Y cuanto más analizo los actuales problemas de la propiedad inmobiliaria en el Reino Unido y Estados Unidos, más me pregunto si no habremos llegado al punto de los rendimientos decrecientes. Quizá - sólo quizá- no todo el mundo tiene madera de propietario. Quizá - sólo quizá- no deberíamos sobornar y engatusar a las personas con una situación más marginal para que contraten hipotecas y compren casas. Y quizá - sólo quizá- se esté acercando un día del juicio en que los costes de esta política acabarán soportados no sólo por una minoría de hogares agobiados por el pago de las letras, sino por todos.

He visitado recientemente dos ciudades estadounidenses que están en la primera línea de la llamada crisis de las hipotecas subprime: Detroit y Memphis. Gracias a ello, he entendido lo que quiere decir subprime. Oficialmente, se refiere a los prestatarios que en otro tiempo no habrían sido considerados con la suficiente solvencia para ser merecedores de la concesión de una hipoteca. Extraoficialmente, subprime es un eufemismo de pobre.

Y, en consecuencia, en Detroit y Memphis, es un eufemismo de afroamericano, que a su vez es un eufemismo de negro.

La última década más o menos ha visto una estampida de bancos y otras instituciones financieras para prestar dinero a afroamericanos pobres. Sin embargo, no han sido hipotecas como las concedidas a los estadounidenses blancos de la clase media en las décadas de 1930 y 1940, que solían ser por veinte o treinta años con intereses bajos y fijos. Por lo general, estas hipotecas subprime se han contratado por sólo unos pocos años, con tasas de interés variable, flotante o ajustable. En el momento de la venta, los pagos mensuales eran sorprendentemente bajos y a menudo aún lo eran más gracias a las llamadas “tasas promocionales”. Sin embargo, esas tasas promocionales estaban programadas para expirar al cabo de dos años, tras los cuales el prestatario quedaba expuesto al tipo completo del mercado, más una prima. Dado que los tipos para préstamos hipotecarios han aumento en un cuarto desde junio del 2003 (desde el 5,34 hasta el 6,66 por ciento), el resultado ha sido una onda expansiva que ha recorrido todos los Estados Unidos subprime.

Cada vez más prestatarios se han retrasado en los pagos. Muchos han buscado refugio en el sistema de quiebras estadounidense, que es relativamente indulgente. Muchos más han acabado tanto en el Reino Unido como en Estados Unidos expulsados de sus hogares por las ejecuciones de las hipotecas.

De pronto, la vivienda ya no es una apuesta unidireccional. Por todo Estados Unidos, según el índice S& P/ Case-Shiller, los precios de las viviendas están bajando por primera vez desde 1991. En Detroit, que se encuentra entre las ciudades más afectadas, han descendido en un 11 por ciento. En Memphis, el periódico local publica veinte apretadas páginas de anuncios de ejecuciones de hipotecas. Es posible ver cómo se subastan las casas en cuestión, en grupos de treinta, en las escaleras del principal tribunal de la ciudad.

También en el Reino Unido los tipos de interés han estado subiendo con similares consecuencias. Según Morgan Stanley, los pagos del interés y la amortización se acercan hoy al trece por ciento de la renta familiar disponible. La última vez que alcanzaron ese nivel fue durante la recesión de principios de los noventa. También sobre el Reino Unido se cierne una crisis subprime.

Los precios de las viviendas están subiendo un nueve por ciento anual sólo debido a la gran escasez de nuevos hogares.

A lo cual quizá sientan la tentación de replicar: Caveat emptor (que tenga cuidado el comprador). Si las personas no pueden pagar los intereses, son ellas las únicas culpables. Ahora bien, hay dos razones por la que ésta no es la respuesta correcta. La primera son las abundantes pruebas de préstamos cínicos y rapaces dirigidos a barrios subprime.

Algunas de esas hipotecas estaban deliberadamente diseñadas para convertirse en prohibitivas al segundo año; siempre acabarían ejecutándose. Unos préstamos típicos eran los llamados NINJA: Ni Ingreso, Ni Jornal o Activo. La segunda razón es que no siempre pueden tener cuidado los compradores cuando poseen, en gran medida, unos conocimientos mínimos en economía básica.

En el 2006, la Autoridad de Servicios Financieros británica llevó a cabo una encuesta sobre alfabetismo financiero. Según ese trabajo, uno de cada cinco entrevistados no sabía qué efecto tendrían sobre el poder adquisitivo de sus ahorros una tasa de inflación del cinco por ciento y un tipo de interés del tres por ciento. Uno de cada diez no supo qué descuento era mejor en el caso de una televisión con un precio original de 250 libras: 30 libras o un diez por ciento.

De todos modos, los problemas del mercado hipotecario subprime no se limitan a los prestatarios. La actual explosión de incumplimientos y ejecuciones amenaza, por el contrario, con desencadenar una reacción en cadena que podría recorrer todo el sistema financiero mundial. No se trata sólo de que los grandes bancos hayan permitido a sus subsidiarias conceder malos préstamos, por más que se vean algunos grandes nombres (entre ellos, el Deutsche Bank) en los anuncios de incumplimientos de pagos hipotecarios subprime. Mucho más serio es el modo en que estas faltas de pago en hipotecas subprime pueden incidir sobre unos mercados financieros que a primera vista no parecen tener relación alguna.

La clave es el modo en que se han empleado los bonos respaldados por hipotecas subprime como garantía subsidiaria subyacente para unos sofisticados instrumentos llamados obligaciones de deuda colateralizada, que están divididos en partes o tramos en función de diferentes cualidades crediticias. Se trata de alquimia financiera: usar hipotecas subprime para producir un tramo superior de valores AAA es el equivalente de convertir plomo en oro. Pero ¿es oro o es pirita? El mes pasado dos fondos de alto riesgo propiedad del banco de inversiones neoyorquino Bear Sterns fueron borrados del mapa por sus carteras de obligaciones de deuda colateralizada. Otros informan también de grandes pérdidas. En la actualidad, los organismos de clasificación están rebajando la calificación de los valores respaldados por hipotecas. La semana pasada vimos cómo se extendía contagiosamente el dolor a los mercados crediticios y de divisas. Y para abajo se fue el dólar. Nada de todo esto tiene como objeto lamentar los antiguos complejos estadounidenses de viviendas donde los pobres existían como inquilinos que pagaban los alquileres subsidiados de unos alojamientos para cuyo mantenimiento, no hablemos ya de mejoras, no tenían incentivo alguno. El objeto es poner en cuestión la cordura de intentar convertir a todo el mundo en propietario de una vivienda utilizando sólo las fuerzas del mercado.

En ausencia de un alfabetismo económico universal, la democracia de propietarios corre el riesgo de perder doblemente su crédito y acabar insolvente y desacreditada.

La desconstitucionalización de la Unión Europea

Por Andoni Pérez Ayala, profesor de Derecho Constitucional Comparado en la Universidad del País Vasco (EL CORREO DIGITAL, 18/07/07):

Una de las cosas que más llaman la atención en el texto acordado el pasado 23 de junio en el Consejo Europeo en Bruselas, en que se fijan las bases y el marco para la elaboración del futuro Tratado de reforma de la UE, es el énfasis que se pone en negar cualquier referencia constitucional en él. Hasta cuatro veces se alude en el apartado inicial -’Observaciones generales’- a la Constitución para proclamar, de forma reiterativa, que «se ha abandonado el concepto constitucional» (sic), que el texto que se apruebe en ningún caso será «un texto único denominado Constitución», que «el Tratado de la UE y el Tratado sobre el funcionamiento de la UE no tendrán carácter constitucional» y que «no se utilizará el término Constitución». No puede dejar de llamar la atención, como decimos, esta preocupación, expresada además de forma tan innecesariamente repetitiva, por negar cualquier atisbo de constitucionalidad en el futuro Tratado de reforma de los actualmente vigentes TUE y TCE.

Desde su nacimiento, hace ya algo más de medio siglo -esta primavera hemos conmemorado el cincuenta aniversario de la firma del Tratado de Roma (1957) que creaba la Comunidad Económica Europea-, la CEE, primero, y la UE, después, han venido experimentando un progresivo proceso de constitucionalización cuya última manifestación ha sido el frustrado proyecto de Tratado constitucional de la UE. Se trata de un proceso de constitucionalización zigzagueante y complejo, no exento de aspectos contradictorios, y que no debe ser asimilado, como a veces se hace de forma simplista, con los procesos constitucionales que se dan en el seno de un Estado. Pero, en cualquier caso, se puede convenir, de acuerdo con la práctica totalidad de los tratadistas que se han ocupado del tema, que la Unión Europea ha venido asumiendo progresivamente elementos de constitucionalidad en su configuración institucional.

Así lo ha apreciado de forma continuada y reiterada el Tribunal de Justicia (TJ) comunitario, órgano encargado de la interpretación de los Tratados constitutivos de la Europa comunitaria, que ya desde el principio empezó a desvelar los elementos de constitucionalidad existentes en ellos y avanzó el carácter constitucional de algunas de sus disposiciones. De acuerdo con la posición mantenida por el TJ, la integración europea no podía reducirse a un espacio económico común regulado por unos tratados internacionales; o, por decirlo con sus propias y expresivas palabras: «El Tratado CEE, aunque haya sido realizado bajo la forma de un acuerdo internacional, no por ello deja de ser la carta constitucional de una comunidad de derecho» (Dictamen 1/91 sobre el Espacio económico europeo).

Asimismo, la propia evolución institucional de las Comunidades europeas, primero, y de la UE, después, ha ido introduciendo progresivamente elementos de carácter y de naturaleza cada vez más definidamente constitucionales: elecciones a un órgano representativo común, el Parlamento europeo, a partir de 1979; referencia a la cooperación política europea, en el Acta Única (1986); introducción de la noción ciudadanía europea en el Tratado de Maastricht (1992); ampliación y mayor integración en el ámbito de la cooperación en materia de Interior y Justicia (Amsterdam 1997); incorporación de la Carta de derechos propios de los ciudadanos europeos (Niza, 2001). Elementos que en conjunto van a ir configurando progresivamente a la UE con rasgos de carácter constitucional; o, al menos, con una clara orientación de este signo.

En sintonía con esta orientación de signo tendencialmente constitucionalizador, no es de extrañar que desde los propios órganos comunitarios, en particular desde el Parlamento europeo, empezasen a surgir propuestas para articular la futura Unión de acuerdo con criterios constitucionales. El primero de ellos, el proyecto de Tratado de la Unión impulsado por el eurodiputado italiano (elegido en las listas del PCI) A. Spinelli, respaldado por el Parlamento europeo en 1984. Una década más tarde, esta primera iniciativa tuvo continuidad en un nuevo proyecto constitucional, también respaldado por el pronunciamiento favorable del Parlamento europeo en 1994. Siguiendo esta trayectoria, el frustrado proyecto de Tratado constitucional de la Unión Europea (Roma, 2004) elaborado por la Convención creada para tal fin, no era sino la última manifestación de lo que podríamos considerar, utilizando la propia terminología comunitaria, el acervo constitucional que han venido forjando a lo largo de su compleja evolución las Comunidades europeas y la Unión Europea hasta la actualidad.

La frustración de esta última tentativa de constitucionalizaión de la UE, tras los referendos francés y holandés de 2005, ha abierto un confuso ‘impasse’, aún no cerrado, sobre el futuro de la UE. Es preciso puntualizar, no obstante, que ni el frustrado proyecto de Tratado constitucional era realmente una Constitución -la mayor parte de su prolijo y farragoso articulado no tenía naturaleza constitucional- ni su falta de apoyo referendario en los dos países mencionados, que, en todo caso, debería ser complementada con la ratificación en otros dieciocho países miembros de la Unión, puede ser interpretada como un rechazo al proyecto constitucional europeo. Lo cierto es que sí ha servido para que quienes siempre han mantenido, abierta o encubiertamente, una posición hostil a cualquier forma de integración política y social europea, capitalicen este hecho en clave anticonstitucional.

La resolución aprobada en el Consejo Europeo de Bruselas el pasado 23 de junio, fijando las bases y el marco para la elaboración por la Conferencia Intergubernamental (CIG) del futuro Tratado de Reforma de la UE, no es sino la fiel plasmación de esta nueva orientación de signo desconstitucionalizador de la UE. No se trata de entrar en una polémica nominalista sobre si éste debe adjetivarse, al igual que su frustrado antecesor, como constitucional o no; pero mucho menos puede resultar admisible la negación explícita e innecesariamente reiterativa de cualquier atisbo de constitucionalidad en el Tratado de la Unión Europea, como se hace en la reciente resolución del Consejo europeo que comentamos. Lo que, además, no sólo no concuerda con la trayectoria y la praxis institucional seguida por la UE, sino que entra en abierta contradicción con la reiterada posición del Tribunal de Justicia sobre el carácter constitucional de los Tratados de la CE y de la UE.

A la vista del texto aprobado por el Consejo europeo y a la espera de la redacción definitiva por la Conferencia Intergubernamental, en los próximos meses, del futuro Tratado de reforma de la UE, todos los indicios apuntan hacia una importante inflexión de carácter desconstitucionalizador de la UE. No es sólo una cuestión académica o doctrinal (que también lo es; y muy importante); además, y sobre todo, es una cuestión que tiene consecuencias prácticas determinantes para la continuidad del proceso de integración europea ya que éste sólo podrá desarrollarse y llevarse a cabo en el plano político y social, y también en el estrictamente económico, en un marco y sobre unas bases de carácter constitucional.

De todas formas, y a pesar de la deriva desconstitucionalizadora del reciente Consejo de Bruselas, no va a ser nada fácil detener la dinámica constitucional que se ha venido desarrollando durante el último medio siglo en el seno de las Comunidades europeas primero y en la Unión últimamente. No sólo no es descartable, sino que es lo más previsible que ésta vuelva a reaparecer, tras el ‘impasse’ actual, bajo diversas formas que probablemente no coincidan con las ya experimentadas. Lo triste es que la dinámica constitucional europea, sean cuales sean las formas y modalidades que revista, tenga que abrirse paso al margen, e incluso en contra, de quienes debían haber sido sus principales impulsores.

Política judicial y nombramientos de jueces

Por Fernando Ledesma Bartret, magistrado del Tribunal Supremo (EL PAÍS, 17/07/07):

¿Qué criterios deben regir en el nombramiento de los jueces y magistrados para las Salas del Tribunal Supremo, las Presidencias de los Tribunales Superiores de Justicia y las Audiencias Provinciales y, en general, respecto de todos aquellos puestos cuya promoción no esté sujeta a principios reglados, como por ejemplo el de mayor antigüedad? Una práctica y una reiterada jurisprudencia han venido configurando hasta fechas recientes tales puestos como cargos de confianza para los que el Consejo General del Poder Judicial, en ejercicio de una discrecionalidad no susceptible de control jurisdiccional, podía designar a las personas de su mayor confianza, sin motivar las razones del nombramiento y sin justificar la prioridad de unos peticionarios sobre otros. Esa praxis y tan equivocada jurisprudencia han podido trasmitir a los miembros de la carrera judicial la sensación de que no era la valía personal, el mérito y la capacidad acreditados, la dedicación y el esfuerzo, la entrega al trabajo, la profesionalidad puesta de manifiesto a lo largo de toda una trayectoria vital, las razones determinantes de la promoción, al depender ésta de justificaciones no hechas explícitas directamente, presumiblemente conectadas con presupuestos distintos del mérito personal. Afortunadamente, eso ya no va a poder continuar siendo así en lo sucesivo.

Recientemente, la Sala Tercera del Tribunal Supremo ha modificado la jurisprudencia, haciendo una nueva interpretación de la Constitución y de la Ley Orgánica del Poder Judicial que prima ante todo el mérito y la capacidad y que obliga, primero a la Comisión de Calificación del Consejo General del Poder Judicial (a la que, ex art. 135 de dicha Ley, corresponde informar en todo caso, sobre los nombramientos de la competencia del Pleno) y después a dicho Pleno, a motivar siempre los acuerdos de nombramiento (art. 137.5 de dicha Ley). Es una jurisprudencia en la que subyace una reflexión que ya fue desarrollada a comienzos del siglo pasado por Max Weber, quien, en su célebre conferencia “La política como profesión”, dictada a mediados de 1919, afirmaba: “los funcionarios políticos pueden caracterizarse externamente por el hecho de que pueden ser trasladados o destinados a voluntad en cualquier momento, en contraste con la independencia y estabilidad de los funcionarios judiciales”.

He aquí pues la profunda diferencia existente entre los nombramientos para cargos políticos que desarrollan sus funciones en el ámbito de los poderes ejecutivos y los nombramientos para puestos judiciales por medio de los cuales se cubren las vacantes que se producen en determinados órganos jurisdiccionales y a cuyos titulares les corresponde el ejercicio de la función jurisdiccional. A aquellos -a los cargos políticos- se les nombra y destituye con libertad y sólo en función de la confianza que en ellos mantiene quien los nombra. A los jueces y magistrados por el contrario se les confía la aplicación de la Ley y en defensa de su independencia se les asegura un estatus de inamovilidad que priva a quien los nombra del poder de remoción. Aplicar a los nombramientos judiciales idénticos criterios que a los políticos constituyó un profundo y grave error al que, como antes anticipaba, ha puesto fin una nueva jurisprudencia recogida en las sentencias del Tribunal Supremo de 29 de mayo de 2006, 21 de septiembre de 2006 y 27 de noviembre de 2006.

En la segunda sentencia citada, desestimatoria del recurso entablado contra el Real Decreto que dispone el pase a la reserva de determinado teniente general del Cuerpo General del Ejército del Aire, se reconoce que “se trata de una potestad discrecional conferida al Gobierno que en principio no tiene más límite sustantivo que el supuesto por la interdicción de la arbitrariedad de los poderes públicos establecido en el art. 9.3 de la C.E.”, “amplía discrecionalidad que es natural con la función de dirección política y administrativa que corresponde al Gobierno”. A la nueva jurisprudencia referente a los nombramientos de cargos judiciales corresponden estas distintas y trascendentales afirmaciones :

- “No se pueden aceptar como jurídicamente correctos aquellos nombramientos que reflejen exclusivamente el “favorecimiento de algunos jueces”, entendido el término en el sentido de hacerlo gratuitamente, sin conexión con la finalidad de un correcto entendimiento de la independencia de todos y cada uno de los titulares del Poder Judicial del Estado y prescindiendo de sus específicas aptitudes, méritos y capacidades en el desempeño de la función jurisdiccional”.

- “No podemos acoger las alegaciones del Abogado del Estado, cuando señala que provisiones como la aquí concernida se caracterizan por un elemento de confianza. Hemos de superar, en este sentido, las consideraciones expuestas en la STS de 30 de noviembre de 1999, donde se apuntaba a la validez y suficiencia de criterios de confianza para la provisión de la plaza de Presidente de una Audiencia Provincial. Esa confianza no puede entenderse basada en apreciaciones de oportunidad política, afinidad personal o adscripción ideológica, sino en razones exclusivas de aptitud profesional para el desempeño del puesto concernido, que podrán tener en cuenta, por supuesto, no sólo la formación y experiencia técnico-jurídica, sino también la aptitud personal para la labor de dirección y gestión inherente a la Presidencia de un órgano jurisdiccional colegiado, pero que en todo caso deberán ser explicables y asequibles desde la perspectiva de los principios constitucionales de mérito y capacidad”.

Esta nueva jurisprudencia (que se completa con el auto de 27 de noviembre de 2006 del Pleno de la Sala Tercera del Tribunal Supremo) marca un antes y un después en los criterios que regirán para la promoción por el Consejo General del Poder Judicial de los puestos de la carrera judicial de nombramiento discrecional. A partir de ella se ha incrementado la independencia de todos los jueces de España, así como la seguridad jurídica de los ciudadanos, con el consiguiente fortalecimiento del Estado social y democrático de Derecho.

Una larga carrera hacia la Casa Blanca

Por Rafael Navarro-Valls, catedrático de la Universidad Complutense. En su libro Del poder y de la gloria analiza distintos aspectos del poder presidencial en EEUU (EL MUNDO, 17/07/07):

La carrera en marcha hacia la Casa Blanca oscila entre la confusión, el sobresalto y el tedio. Lleva camino de arrastrarse por esas tortuosas y arcaicas veredas que pasan por las elecciones primarias, las convenciones y las encuestas, con el trasfondo de confusos discursos que se fijan más en los golpes de efecto que en el tratamiento de los problemas. Parece como si tuviese razón Kissinger cuando decía que «el proceso de nominación presidencial confiere el premio a un candidato experto en organización que pueda dar expresión política a la necesidad del momento, a un maestro de la ambigüedad y el consenso, capaz de subordinar programas a las exigencias de hacerse de una amplia coalición». Un proceso, en fin, que favorece más las necesidades de los informativos televisivos que las de un Gobierno de alcance planetario.

Los 18 precandidatos en liza (10 demócratas, ocho republicanos) están quedándose sin fuelle después de cinco debates ante las cámaras (dos entre demócratas, tres entre republicanos). ¡Y todavía quedan 16 meses para las elecciones presidenciales! Los electores se mueven inquietos en sus asientos viendo, una y otra vez, las mismas caras. El cansancio puede llevar a la aparición de nuevos candidatos, en uno y otro bando.

Por parte de los republicanos, el candidato sorpresa puede ser el ex senador por Tennessee Fred Thompson, que en cualquier momento puede anunciar su candidatura oficial a la Presidencia. Un actor con cara de presidente, que goza de una amplia visibilidad por haber encarnado al fiscal de distrito Arthur Branch en la serie televisiva Ley y orden, además de haber intervenido en películas como El cabo del miedo o La caza del Octubre Rojo. De hecho, cuando los directores de Hollywood necesitan a un actor que encarne el poder suelen llamarlo a él o a Martin Sheen. Con unas cifras muy buenas en las encuestas, su llegada pondrá nervioso a todo el mundo. Su problema es alcanzar en fondos a unos rivales que llevan meses con recaudaciones millonarias.

En el bando demócrata, el oscarizado ecologista Al Gore puede ser el tapado del partido. En las encuestas, aun sin haber dado el paso hacia delante, aparece situado entre el tercer y el cuarto puesto.

No se olvide que las campañas para la Presidencia estadounidense tienden a ser ejercicios de degeneración progresiva. Los candidatos, conforme pasa el tiempo, suelen hacerse muy vulnerables a la presión. Oscilan del optimismo al catastrofismo con excesiva rapidez. El protagonista de Colores primarios ( una novela que describe a ritmo trepidante una campaña presidencial), en medio del estrés de la carrera electoral llega a decir: «Tanto camino recorrido para no llegar a ninguna parte. Siempre acabábamos en el mismo aeropuerto, a la misma hora, para ser recibidos por la misma caravana que esperaba para llevarnos a los mismos sitios, en los que ya habíamos estado muchas veces». Esta especie de locura hace que, a veces, la campaña acabe estallándole en las narices al aspirante. Para evitarlo, la regla básica de los jefes de campaña es mantenerlos en perpetuo movimiento y en un ambiente de continuo optimismo. De otro modo, como decía uno de ellos, «se te mueren en las manos: así de grandes y frágiles son sus egos».

Pudiera ocurrir que esto le pasara a las parejas mejor situadas -la de los demócratas Hillary Clinton-Barack Obama y la de los republicanos Rudy Giuliani-John McCain-. También pudiera suceder que acaben destrozándose entre sí en esta larga campaña. A la espera de esa eventualidad -aparte de los candidatos sorpresa- otean el horizonte el demócrata John Edwards y el republicano Mitt Romney. Los dos son el sueño hecho realidad de un director de campaña, con pinta de galanes de Hollywood, serenos, multimillonarios y que conectan bien con sus bases.

Romney, por ejemplo, ha recaudado tantos millones de dólares como Hillary Clinton. Casado con una mujer maravillosa (a la que le fue diagnosticada una esclerosis múltiple), padre de cinco hijos y con 10 nietos, su estilo y talante recuerdan la figura de Ronald Reagan. Se le ha proclamado vencedor en dos de los tres debates televisivos realizados por los aspirantes republicanos. En las primarias de Iowa y New Hampshire, las encuestas le dan ya como ganador.

Algunos analistas opinan que su mayor problema es su religión mormona. No lo creo. Estas evaluaciones suelen partir de bases inexactas. Entre ellas, la de creer que los mormones aún son polígamos. La realidad es que desde 1908 la poligamia fue abolida en la iglesia mormona, sancionándose con la expulsión a quien la practique. Desde la década de 1930, como ha demostrado Huntington, la disposición de los estadounidenses a votar candidatos a la Presidencia procedentes de minorías ha aumentado espectacularmente: más del 90% de los encuestados en 1999 afirmaba que votaría a un negro, a un judío o a una mujer. Sólo un 49%, sin embargo, estaba dispuesto a votar a un candidato presidencial ateo. Es, pues, la falta de religión lo que retrae a los votantes más que el tipo de religión que profesen los aspirantes. Repárese en que cuestiones como el diseño inteligente y la evolución, el papel de la fe en las crisis familiares o el puesto de Dios en la propia escala de valores han sido algunos de los temas que, con toda naturalidad, los candidatos demócratas y republicanos han aludido en los debates electorales. Eliminado el prejuicio católico con Kennedy y Kerry -de hecho, lo son tres de los candidatos demócratas en estos primeros compases de la campaña (Joe Biden,Chris Dodd y Bill Richardson) y otros tres republicanos (Sam Brownback, Giuliani y Tommy Thompson )-, no parece que vaya a ser sustituido ahora por el prejuicio mormón.

John Edwards, por su parte, se define como un «verdadero demócrata». No un «nuevo demócrata» al estilo de Bill Clinton o de su mujer Hillary. Parece querer conectar con la tradicional atención de la izquierda demócrata por el sistema sanitario y por los programas contra la pobreza. Sus llamadas a la presión fiscal para los ricos sensibilizan a las bases más clásicas del partido. Su propia tragedia familiar -un hijo murió en accidente y su mujer tiene un cáncer incurable- acrecientan las simpatías del electorado. De hecho, cuando formó ticket como aspirante a la Vicepresidencia con John Kerry, gran parte del electorado lo veía con más condiciones para el Despacho Oval que el propio aspirante a la Presidencia.

Desde luego, ambos tienen también esqueletos en el armario. Mitt Romney ha cambiado demasiado bruscamente de posición en materias polémicas como el aborto y las uniones gays. En 1994, cuando se presentó al Senado por Massachusetts, y en 2002, cuando optó al cargo de gobernador de este Estado, mantenía posiciones favorables a esas dos cuestiones. Ahora es antiabortista y contrario a los grupos de presión homosexuales. Los expertos inquieren: ¿se puede contar con su palabra? ¿se puede confiar en él? He ahí un problema que deberá aclarar en la larga campaña. Por su parte, a John Edwards se le achaca demasiado fervor por la firmeza de los gobiernos de la Guerra Fría de Truman, Eisenhower y Kennedy. Olvida -como observa Paul Street- que esas posiciones incubaron una carrera de armas nucleares que casi se volvió fatal en octubre de 1962.

En todo caso, hoy por hoy, todavía encabezan las encuestas Hillary/Obama por los demócratas y Giuliani/ McCain por los republicanos, aunque este último está perdiendo fuelle. ¿Qué tienen a su favor y en su contra? La pareja demócrata nada en la dirección de una corriente de opinión pública que pide un cambio después del fiasco del Gobierno republicano de Bush, con la popularidad por los suelos. La pareja republicana se sostiene por el horizonte de una seguridad interior y exterior amenazada por el terrorismo. El electorado americano aún no ha olvidado los 3.000 muertos de la tragedia del 11-S.Centrémonos en los dos cabezas de lista: Hillary y Giuliani. La erosión de la antigua primera dama puede venir de una subterránea corriente de opinión que desconfía de ella. Los dos libros que acaban de aparecer en EEUU (uno de Carl Bernstein, héroe del Watergate) demoliendo el mito son un ejemplo de lo que digo. La encuentran demasiado manipuladora y ambiciosa. Demasiado acomodaticia. Más pendiente de las encuestas de opinión que de los valores o las creencias. Sus críticos le achacan que ha aprendido demasiado deprisa las tres lecciones que llevaron a su marido a la Casa Blanca: manifestarse de centro-izquierda, pero no dejar de flirtear con la derecha; conseguir cuanto más dinero mejor para la campaña, sin que importe demasiado su procedencia; y «hacerse turco con los turcos», con tal de llegar al poder. Se le podría aplicar también a ella lo que se decía de Roosevelt: «Si se convenciera de que apoyar el canibalismo le daría los votos que necesita, mañana mismo comenzaría a engordar un misionero en el patio de atrás de la Casa Blanca».

Pudiera ocurrir -no es seguro- que, como vaticinan algunos analistas, la Historia termine recordando que, pese a que Hillary ha sido la primera opción demócrata desde su primer año en el Senado, nunca un precandidato demócrata ha ganado la nominación habiendo sido el favorito durante tanto tiempo. La única excepción, hasta ahora, ha sido la de Walter Mondale, en 1984. Que finalmente también perdió.

Esta desconfianza de parte del electorado -no me fijo ahora en sus virtudes políticas, que en estas mismas páginas analicé hace poco- tal vez explique el flujo y reflujo de las encuestas, que unas veces la ponen en cabeza y otras la sitúan por detrás del afroamericano Obama.¿Y qué pasa con Rudy Giuliani? Éste no siente tan cercano a su nuca el aliento del senador McCain -el segundo en el ranking republicano-, pero ya he dicho que puede comenzar a tambalearse con la aparición del actor Fred Thompson y el progresivo afianzamiento de Romney. Los tiros ya han comenzado desde varios flancos. Por un lado, las bases clásicas del partido le acusan de mantener posiciones favorables sobre el aborto y las uniones entre homosexuales. Y se muestran inquietos por su inestabilidad conyugal. De hecho, entre él y su actual esposa, Judith Nathan, suman un total de seis matrimonios. Por otro lado, en los últimos debates tuvo que justificar algunas dudas surgidas en su manejo de los fondos del Ayuntamiento de Nueva York durante sus mandatos como alcalde. Si a esto se une el cáncer de próstata que le hizo desistir de presentarse a la plaza de senador por Nueva York , que acabó ocupando Hillary Clinton, se entienden las dudas sobre su idoneidad como candidato republicano por las bases duras del partido. La verdad es, sin embargo, que ningún otro candidato republicano podría ganar en Estados tradicionalmente liberales, como Nueva York, Connecticut y Nueva Jersey.

En fin, tanto en las convenciones para elegir candidato como en la elección presidencial de noviembre de 2008 los aspirantes han de tener presente estas tres reglas básicas: 1) Los electores votan más por sus antipatías que por sus simpatías, votan contra alguien no a favor de alguien. 2) Tal como están hoy las cosas, ganarán los candidatos que, dentro de su partido, logren colocarse in the middle of the road, en ese moderado centro que hoy atrae al elector americano. 3 ) Como observan los expertos, Kissinger entre ellos, el poder se vuelca en Estados Unidos cada vez más hacia los poseídos por un deseo obsesivo de ganarlo.

Quien no se vuelque monomaníacamente durante el proceso de la nominación, quien lo tema o lo desprecie, siempre estará persiguiendo un espejismo, por más notables que sean sus demás condiciones para el cargo.

El camino a la recuperación de posguerra

Por Edmund S. Phelps, premio Nobel de Economía en 2006, profesor de Economía en la Universidad de Columbia y director de su Centro sobre Capitalismo y Sociedad, y Graciana del Castillo, directora del Centennial Group, profesora en la Universidad de Columbia y autora de un libro de inminente publicación titulado Post-Conflict Economic Reconstruction: Lessons, Best Practices, and Policy Guideline. Traducción de Claudia Martínez (EL PAÍS, 17/07/07):

Para los países avanzados del mundo, un desafío clave consiste en ampliar la inclusión económica y social sin disminuir el dinamismo económico que ya tienen. Los problemas de los países devastados por la guerra son mucho más agudos y sus opciones, mucho más limitadas. De hecho, enfrentan un doble desafío: crear economías dinámicas y promover, al mismo tiempo, la inclusión económica y social. Sin estos dos elementos, la reconciliación nacional probablemente resulte imposible.

La exclusión social en los países industrializados impone a toda la sociedad costos que los estrategas políticos deben abordar con medidas efectivas y focalizadas. La falta de empleos, por ejemplo, suele alejar a la gente del trabajo, especialmente a los jóvenes, y la hace caer en la dependencia de las drogas y el delito. La sociedad, entonces, necesita pagar el costo de las políticas de prevención del delito y de la administración de justicia.

Un mercado laboral flexible, como muchos sugieren, no promoverá por sí mismo la inclusión. Los programas de asistencia social en los países devastados por la guerra suelen agravar el desempleo al reducir los incentivos laborales y crear una cultura de la dependencia. Las leyes de salarios mínimos y los acuerdos laborales por lo general consiguen que los empleadores que cumplen con la ley no puedan acceder a los trabajadores menos productivos. De manera que lo que estos países necesitan son más oportunidades de empleo y mayores salarios en el sector privado para estos trabajadores.

Específicamente, un programa de subsidios salariales que redujera el costo de contratación de trabajadores no cualificados de tiempo completo quizás haría que a las empresas les resultara más atractivo contratarlos. Al mismo tiempo, la capacitación en el empleo tornaría el programa atractivo para los trabajadores y la sociedad en su conjunto. Los gobiernos podrían hacerse cargo del costo de los subsidios ya que la reducción del desempleo, no sólo achicaría los costos de la seguridad pública, sino también la necesidad de programas de asistencia social.

En los países que salen de la guerra o de otros conflictos, los esfuerzos de inclusión son inútiles en economías estancadas. Sin dinamismo e inclusión, el camino a la paz será escurridizo, tal como lo demuestran las experiencias recientes en Kosovo, Timor Oriental, Afganistán, Irak y muchos países de África.

En consecuencia, las transiciones de posguerra requieren de políticas que permitan que el dinamismo y la inclusión vayan de la mano. Es necesario que la recuperación económica comience cuanto antes, no sólo porque esto es esencial para mantener la estabilidad política y social, sino también porque los donantes no están dispuestos a respaldar la reconstrucción económica a menos que los países hagan su parte, creando un contexto que permita asegurar su sustentabilidad. En medio de las vulnerabilidades políticas, sociales e institucionales, a lo que se suma el daño devastador de la infraestructura humana y física que causan los conflictos, ésta resulta una tarea monumental.

La estrategia política en estas economías desgarradas por la guerra es única e incomparable. La mayoría de los países en situaciones de post-conflicto padecen de posiciones fiscales débiles, lo que hace que el suministro de subsidios financiados internamente resulte poco práctico en la mayoría de los casos.

Es más, la asistencia extranjera, si bien es estable en países en “desarrollo normal”, suele exhibir picos intensos en países en la transición de la guerra a la paz. En muchos casos, la ayuda post-conflicto puede alcanzar niveles extraordinariamente altos después de que termina el conflicto, tanto en términos per cápita como relativos al tamaño de las economías receptoras. Pero este tipo de ayuda suele decaer muy rápidamente.

Los países de bajos ingresos en el proceso normal de desarrollo, por ejemplo, reciben influjos estables de asistencia extranjera oficial de aproximadamente el 3% de su producto interior bruto. En cambio, la ayuda alcanzó el 95% del producto interior bruto en Rwanda poco después de terminado el conflicto, pero cayó al 20% en el lapso de cinco años.

La consolidación de la paz tras un conflicto violento tiene pocas probabilidades de éxito a menos que se creen empleos y la economía se estabilice rápidamente e ingrese en un sendero de inversión y crecimiento con baja inflación. Las Naciones Unidas reconocen que si la reconstrucción económica falla a la hora de promover el dinamismo y la inclusión, los países en transición a la paz tienen un 50% de probabilidad de volver a caer en la guerra.

Dejando de lado el costo en términos de vidas humanas, los costos económicos de mantener la paz son sólo una fracción de lo que se requeriría para asistencia humanitaria, intervención militar y operaciones de mantenimiento de la paz si el país volviera a caer en un conflicto. Por lo tanto, el financiamiento efectivo para los tiempos de paz es una buena inversión de los recursos de los donantes y un factor importante en la prevención del conflicto.

Sin embargo, los donantes necesitan evitar algunos errores comunes. En muchos casos, la reconstrucción económica en parte ha fallado porque los donantes exigieron que se utilizara a sus propios ciudadanos o empresas. Esta política muchas veces ha derivado en programas que los países no quieren y en la contratación de expertos extranjeros para tareas que los nativos podían y debían haber realizado. Si les ofrecieran a empresas locales subsidios salariales para contratar a trabajadores no cualificados, los donantes aumentarían la efectividad y la justicia de su asistencia en respaldo del liderazgo nacional en la reconstrucción y en la prevención de conflictos.

Si contaran con costos laborales más reducidos, los empresarios locales podrían decidir invertir en las condiciones de inseguridad y alto riesgo que caracterizan a las situaciones de post-conflicto. Serían muchas las ventajas en términos de creación de empleo, reinserción de ex combatientes en actividades productivas, ahorro en programas de redes de seguridad y mejor seguridad pública. Este tipo de ayuda también ofrecería apoyo político a las autoridades de una población agradecida por políticas que promueven la creación de empleo.

Al mismo tiempo, esta política no tendría ni el costo fiscal asociado a los subsidios financiados por el gobierno, ni las distorsiones causadas por la dificultad de recortar los subsidios una vez que el gobierno los ha ofrecido. Los subsidios respaldados por donaciones seguirían vigentes por un período determinado y los donantes gradualmente los eliminarían por etapas a medida que expiren los programas de ayuda. Es más, este tipo de subsidios ayudaría a reactivar al sector privado, que es esencial, ya que la ayuda post-conflicto de gran escala languidece a los niveles bajos que son comunes en condiciones de desarrollo normal.

lunes, julio 16, 2007

Reinventando los Balcanes

Por Daniel Reboredo (EL CORREO DIGITAL, 14/07/07):

Después de las dos guerras mundiales del siglo XX, la democracia parecía haberse asentado en Europa y garantizado su supervivencia en el continente que la vio nacer. De las ruinas de los conflictos bélicos también surgió el comunismo y la guerra fría. Seis décadas después, los regímenes comunistas han desaparecido de Europa (caída del Muro de Berlín en 1989), la democracia es la doctrina política más importante en el continente y estamos en camino de conseguir, por fin, la tan ansiada y costosa ‘comunión’ de los países europeos en la realidad de la Unión Europea. La caída de los regímenes comunistas se manifestó con separaciones pacíficas, como en Checoeslovaquia, y catástrofes como la que asoló Yugoslavia en esos mismos años. Entre 1991 y 1999 cientos de miles de albaneses, bosnios, croatas y serbios fueron torturados, violados y asesinados por sus antiguos conciudadanos y millones de personas tuvieron que abandonar sus posesiones y exiliarse. El país que a los ojos de Occidente más cercano estaba a sus premisas, el modelo de sociedad socialista para los progresistas del mundo entero, explotó en una sinfonía de colores dominada por el rojo de la sangre, el azul de la tristeza y el negro de la miseria humana.

Para explicar tamaña demencia colectiva se barajaron muchas razones, argumentos y explicaciones, entre las que destacaron dos. La primera, muy socorrida para los gobiernos europeos y estadounidense pero de una demagógica falsedad, aludía a los odios ancestrales, enemistades homicidas, antiquísimos conflictos, venganzas misteriosas y, en definitiva, lo que podemos denominar el ‘caso perdido’ de los Balcanes, según lo cual Yugoslavia estaba condenada desde el momento de su nacimiento como país. La segunda, mucho más factible, razonable e histórica, explica el fenómeno disgregador yugoslavo desde la perspectiva de la intervención extranjera y colonial cuya amalgama más compleja se manifestó ya bajo el Imperio Austro-Húngaro y en la que a lo largo de la Historia han participado el Imperio Otomano, Alemania, Francia, Italia, Reino Unido y Rusia. Las afrentas de sangre entre los pueblos de la región se explican por la irresponsable injerencia de las potencias extranjeras; la última la de la Alemania del ministro de Asuntos Exteriores Hans-Dietrich Genscher, cuando en 1991 reconoció prematura e irresponsablemente la independencia de Eslovenia y Croacia. Y no olvidemos la intervención del Vaticano y la de los países europeos que obligó a Bosnia, cuyos deseos independentistas no existían, a seguir el camino de Eslovenia y Croacia sabiendo que tenía todas las de perder. Los políticos de Belgrado, ayudados de injerencias ajenas y precipitadas actuaciones de éstas, son en última instancia los responsables de la tragedia yugoslava, ya que las líneas de fractura étnicas y lingüísticas nunca estuvieron bien definidas.

Si preguntáramos a cualquier occidental por el responsable de la desintegración yugoslava, todos darían el nombre de Slobodan Milosevic (presidente de la República desde 1989). Elegido, cuando ya Yugoslavia había sufrido su desmembramiento, y después de soslayar la Constitución republicana, presidente federal el 15 de julio de 1997, mañana hará diez años, suscitó y manipuló los sentimientos nacionales serbios, lo que no era inusual entre los líderes comunistas de esos años, tal y como se pudo ver en la RDA aludiendo a las glorias de la Prusia del siglo XVIII y el ‘comunismo nacional’ de Bulgaria y Rumania. El patriotismo ofrecía una forma alternativa de garantizar el control del poder. Pero mientras que en el resto de los países comunistas el recurso nacionalista sólo preocupaba a los extranjeros, en Yugoslavia lo sufrieron y lo pagaron los propios yugoslavos. ¿Por qué llegaron las cosas a este extremo a finales de 1989?

En otros países, la vía de salida del comunismo fue la democracia y de ahí que en cuestión de meses todos pasaran al pluralismo político. La transición funcionó en éstos porque no había importantes divisiones étnicas, pero Yugoslavia era distinta porque sus diversas poblaciones estaban totalmente mezcladas y de ahí que demagogos populistas como Milosevic o Tudjman encontrasen el caldo de cultivo adecuado para sus iniciativas. Cinco guerras dieron al traste con la república balcánica. Eslovenia (unas semanas de 1991), Croacia y su minoría serbia respaldada por el Ejército yugoslavo (1991-1995), Bosnia y la República Srpska (1992-1995), guerra civil entre croatas y musulmanes de Bosnia (1993) y, finalmente, Kosovo (1998-1999). La ocupación por las tropas occidentales de Kosovo supuso el final de un ciclo bélico que se propagó durante una década por Yugoslavia y también marcó el principio del fin de Milosevic y el de su sueño de la ‘Gran Serbia’ (Memorando redactado en septiembre de 1986 por la Academia de Arte y Ciencia de Serbia).

¿Quién tuvo la culpa de la tragedia yugoslava? La responsabilidad es común y repartida. La ONU, que en principio se despreocupó del conflicto y que luego impidió sucesiva e insistentemente cualquier acción militar contra los criminales de guerra; el comportamiento europeo tampoco fue mejor, Francia se resistió a atribuir culpas a Serbia, Gran Bretaña se pasó los primeros años cruciales del conflicto obstaculizando calladamente cualquier implicación directa de la Comunidad Europea o de la OTAN, Alemania ya ha sido reflejada en estas líneas; EE UU, cuya participación fue crucial para resolver la situación, tardó bastante en implicarse, etcétera. Finalmente, la responsabilidad de los propios yugoslavos es manifiesta y ninguno sale bien parado aunque la principal fuera de los serbios liderados por Milosevic.

Hoy nos encontramos en una situación similar que avivará el fuego balcánico y que tiene como espacio Kosovo. La precipitación interesada favoreció en su momento la guerra en este enclave (1999), cuando algunos Estados europeos y EE UU se negaron a continuar las negociaciones con Belgrado, decidieron eludir el debate en el seno del Consejo de Seguridad, y, sin mandato de la ONU, utilizaron a la OTAN para bombardear Serbia durante varios meses y obligar a los serbios a abandonar Kosovo. Todos los argumentos que pretendieron justificar la intervención fueron falsos. Ni la guerra fue humanitaria (petróleo, control de una economía que se resistía a las multinacionales occidentales y al FMI), ni se pretendió por todos los medios encontrar una solución negociada (Rambouillet fue una farsa ya que la guerra estaba decidida), ni fue una guerra limpia (civiles yugoslavos muertos, incontables fábricas e infraestructuras destruidas, uso de armas prohibidas), ni existió un genocidio en Kosovo (sí muchas barbaridades) demostrándose la falsedad de un supuesto documento ‘Herradura’ que lo justificaba.

El plan propuesto por el mediador internacional y expresidente finlandés, Martti Ahtisaari, y la casi segura independencia unilateral de Kosovo es una barbaridad que ahora justifican los mismos que hace unos años defendían la necesidad de que no se rompieran los Estados de los Balcanes y que abogaban por la no ruptura del orden internacional. En fin, una nueva traición al espíritu de la paz, a las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU, a la Serbia que retiró su ejército de Kosovo con la condición de que el territorio siguiera incluido bajo su soberanía y al compromiso de conseguir una región multiétnica, democrática y plural. Kosovo no es nada de esto ya que el nacionalismo xenófobo y racista albanés del Ejército de Liberación de Kosovo (UCK) se ha encargado de expulsar a miles de serbios, croatas y otras minorías con el consentimiento y la abulia de la OTAN y la UE. Yugoslavia no se derrumbó, la empujaron. No se dividió, la partieron. No murió, fue asesinada.

La República Federal de Yugoslavia se transformó en el Estado de Serbia y Montenegro (4 de febrero de 2003); el Estado de Serbia y Montenegro dejó de existir en 2006 con las proclamaciones de independencia de las repúblicas de Montenegro (3 de junio) y de Serbia (5 de junio). Los inconfesables intereses de una errónea política internacional pueden modificar aún Serbia y dar lugar a la creación de la ‘Gran Albania’ (Albania, Kosovo y territorios de Macedonia, Montenegro, Grecia y Serbia), proyecto reprimido por las dictaduras comunistas de Tito y Hoxha, lo que generaría inmediatamente las reclamaciones croatas y serbias en Bosnia y otras muchas zonas, entre las que no podemos olvidar las situadas en los diferentes países europeos. ‘Gran Albania’ que implica expansionismo territorial y limpieza étnica, no olvidemos que Kosovo es ya casi ‘étnicamente puro’. ¿Cómo van a renunciar a su proyecto en unos momentos en los que la tutela benévola de la OTAN les permite atravesar fronteras y organizar a sus partidarios, a la par que realizan acciones terroristas? Kosovo será independiente, si la razón y el sentido común no lo remedian, y el ciclo de muerte e injusticia que parecía cerrado en la antigua Yugoslavia volverá a abrirse gracias a la irresponsabilidad de unos incapaces que no padecerán el dolor y el sufrimiento que asolará una vez más esta parte de Europa.

En busca del equilibrio personal

Por Enrique Rojas, catedrático de Psiquiatría en Madrid y ha publicado recientemente el libro Adiós Depresión (EL MUNDO, 14/07/07):

Personalidad y persona son dos conceptos muy próximos. La personalidad es la forma de ser de un sujeto, la suma de las pautas de conducta, que tiene tres raíces: la herencia, el ambiente y la propia experiencia de la vida. Es el sello particular de cada uno. Una gran orquesta donde hay distintos instrumentos de viento, de cuerda, trompas y, por supuesto, un piano, como se da en los cinco grandes conciertos para piano y orquesta de Beethoven. La persona es el director de esa agrupación orquestal, que es capaz de mezclar, reunir y ensamblar esa diversidad de elementos para dar lugar a una sinfonía espléndida.

Llegar a ser una persona equilibrada es una tarea de artesanía psicológica. Alcanzar el ser cada vez mas libre (con minúscula), independiente y con una buena armonía es una aspiración importante. Es más, diría que el puente levadizo que conduce al castillo de la felicidad tiene una puerta central de entrada, que se llama equilibrio personal.

La palabra equilibrio significa armonía, estabilidad, madurez; en una palabra, ir consiguiendo un cierto estado de plenitud, de buena conjunción entre los distintos ingredientes que se hospedan dentro de nuestra forma de ser. Todo equilibrio humano es siempre algo inestable. Se va accediendo a él a través de un crecimiento paulatino, secuencial, sucesivo. Hay grados de equilibrio. Y, además, debo subrayar que es un concepto dinámico: no es algo a lo que uno llega y se instala allí y ya de por vida reside en ese espacio psicológico. No se trata de algo estático, sino que está en movimiento. Dicho de otro modo, los avatares de la vida, las mil y una cosas que nos pueden suceder en tan distintos planos, nos cambian, modifican, alteran y nos sacan de la pista.

Voy a intentar resumir, en un decálogo, cómo puede una persona acceder al equilibrio, con el fin de que los lectores puedan seguir mis ideas, para analizarlas, escrutarlas y, por supuesto, situarse a favor o en contra de mi teoría.

l. Conocerse uno a sí mismo. En el templo de Apolo en Grecia había una inscripción en el frontispicio, que decía: Conócete a ti mismo. Quiere esto decir saber cómo uno es, qué características tiene, en pocas palabras, asumir las aptitudes y las limitaciones que uno tiene. Esto es un avance que evita embarcarse en empresas que uno sabe que no van a salir de forma adecuada. No me refiero aquí a un estudio exhaustivo y documentado, sino a tener conciencia de las claves de uno mismo.

2. Tener un buen equilibrio entre corazón y cabeza, entre sentimientos y razones. Podríamos decir que la afectividad y la inteligencia son las dos notas mas características de nuestra persona. El siglo XVIII, el de la Ilustración, entronizó la razón, que culmina con el enciclopedismo y con la Revolución Francesa en 1789. Por el contrario, el siglo XIX es el del Romanticismo, que significó un giro copernicano, la exaltación de los sentimientos y las pasiones. Durante todo el siglo XX, ambas posturas han estado a la gresca, sin haber podido encontrar la fórmula filosofal que los encuadre de forma sana.

En nuestro caso, esto se traduciría de la siguiente manera: no ser ni demasiado sensible psicológicamente ni de una frialdad cerebral gélida. Ser capaz de manejar simultáneamente la afectividad y la razón, en una buena proporción. Está claro que, al ser la vida tan rica y compleja, existirán momentos en los que necesitemos ser especialmente cartesianos -la lógica y los argumentos-, y otros en los que el énfasis deba ponerse en lo emotivo (en ocasiones lo efectivo es lo afectivo, jugando con las palabras).

3. Ser capaces de superar y digerir las heridas del pasado. La ecuación biográfica sana podría quedar dibujada en la siguiente fórmula: una persona equilibrada es aquella que vive instalada en el presente, tiene asumido el pasado con todo lo que eso significa, y vive esencialmente abierta hacia el porvenir. La felicidad consiste en tener buena salud y mala memoria. Pasar las páginas negativas de nuestra vida es un ejercicio de salud mental. De lo contrario, corremos el riesgo de convertirnos en personas agrias, amargadas, resentidas, dolidas, echadas a perder… atrapadas en la tupida red del rencor. Resentimiento significa sentirse dolido y no olvidar, vericuetos por los que uno se convierte en neurótico. Habría mucho que hablar aquí, pero el tiempo y el espacio de este artículo no dan más de sí.

4. Una persona equilibrada es aquella que tiene un proyecto de vida coherente y realista, con tres grandes notas hospedándose en su seno: amor, trabajo y cultura. No es posible vivir sin un programa de vida. La improvisación y el ir tirando son malos consejeros. Cada uno de estos tres grandes temas se abre en abanico y se cuela por los entresijos de nuestro paisaje interior, poblando la ciudadela que cada uno somos, en un espacio habitable donde amor y trabajo conjugan el verbo ser feliz. No hay felicidad sin amor y no hay amor sin renuncias. Y en cuanto a la cultura, ésta es la estética de la inteligencia, un saber de cinco estrellas que nos lleva a poseernos, a ser dueños y señores de nuestra parcela exterior e interior. El que no sabe lo que quiere no puede ser feliz. El que no ha sabido diseñar un esquema de futuro vive al día, amenazado por los vientos del momento, que le traen y le llevan de acá para allá.

5. Uno de los síntomas mas nítidos de equilibrio es tener una voluntad sólida, firme, recia, compacta, consistente. Voluntad es ponerse uno metas y retos concretos, e ir a por ellos. Voluntad es determinación, apuntar a los objetivos sin detenernos ante nada, sabiendo que una persona con voluntad llega en la vida mas lejos que una persona inteligente. Habitan en su interior varias notas claves, que forman parte de esta territorialidad y que son: el orden, la constancia, la motivación y la disciplina. Las llamo las joyas de la corona. La voluntad se educa desde edad temprana, mediante la costumbre de vencerse en lo pequeño. No hay que despreciar las pequeñas peleas de la vida ordinaria; ése es un gran campo de entrenamiento, que nos lleva a valorar las pequeñas escaramuzas en donde uno se vence y se crece ante las dificultades.

6. El gobierno más importante es el gobierno de uno mismo. Equilibrio es saber lo que uno quiere, hacia dónde se dirige, saber dominarse y no perder los estribos a pesar de las dificultades, roces, provocaciones y fracasos. Muy entroncado con esta idea está el aprender a darle a las cosas que a uno le pasan la importancia que realmente tienen: es decir, justeza de juicio para valorar los hechos que nos suceden de modo ecuánime, templado, buscando una cierta objetividad. Éste es el subsuelo psicológico que nos hace dueños y señores de nuestra persona. El juicio sereno hace de intermediario entre la pasión y la razón. Esto, como casi todo, también se aprende.

Aprender a desdramatizar y no convertir un problema en un drama. Ser capaces de verse uno a sí mismo desde el patio de butacas, intentar deslizarse uno por los pasadizos nuestro castillo interior, viendo lo que hay, lo que se ve y lo que se camufla por los rincones de sus estancias más diversas.

7. Otro indicador es haber ido creciendo con modelos de identidad positivos, atrayentes, fuertes, con coherencia interior, que nos arrastren a imitarlos. Estamos en una sociedad técnicamente muy avanzada, con unos logros imponentes; pero tengo que decir que, en lo humano, estamos en una sociedad psicológicamente enferma: neurótica, permisiva, que fomenta conductas hedonistas -que más tarde condena-, muy perdida en lo fundamental. En ese clima en el que hoy nos movemos, están de moda los modelos rotos: la televisión se encarga de presentarnos a los famosos -que no a los de prestigio- con su vida partida, troceada… Muchos ciudadanos consumen muchas horas a la semana enganchados y narcotizados con estas historias huecas de personajes vacíos. Historias y personajes que van siendo copiados por muchos, que después se mueven sin brújula. Es la seducción por el sensacionalismo negativo.

El modelo positivo es alguien atrayente, que provoca admiración y que nos conduce a conocerlo más, e incluso a imitarlo. Yo recuerdo en mis años juveniles que tuve dos modelos cercanos: el de mis padres y el de mi hermano Luis. Mi padre fue unos de los primeros psiquiatras de España. Estudió en Alemania y constituyó el quinteto de los primeros catedráticos de Psiquiatría de nuestro país. Mi madre, sin tener carrera universitaria -eran otros tiempos-, hablaba francés y alemán, y era una fuera de serie. Mi hermano me enseñó a estudiar y a ser ordenado, y su ejemplo fue decisivo para mí.

8. Buena capacidad para la convivencia. No conozco nada más complicado que convivir. Es un arte que necesita tanto de la pasión como de la paciencia. Saber pasar por alto los roces y dificultades es algo que necesita tiempo y capacidad de observación, y evitar una sensibilidad psicológica demasiado fina. La convivencia es tolerancia y respeto del espacio del otro. Y no llevar cuentas de fallos, errores, atranques, dificultades y cosas similares.

9. Una persona equilibrada ha ido elaborando sentido de la vida. La palabra sentido cobija en su senos tres significados: 1) Sentido es dirección: saber hacia donde me dirijo. 2)Sentido es contenido: tener fuertes los argumentos por los que vivir, que la cabeza se pueble de lo mejor; amor y trabajo conjugan la felicidad. 3) Sentido es coherencia de vida, luchar porque exista dentro de nosotros el menor número de contradicciones posibles.

10. Tener una salud física básicamente positiva. Este punto daría para mucho. El que tiene una enfermedad física importante -desde un padecimiento crónico, a una enfermedad incapacitante, desde una diabetes difícil de controlar a un lupus eritematoso o una depresión bipolar, etcétera- puede perder el equilibrio o desdibujarse éste por exigencias de ese estado somático.

Laicismo y democracia en la crisis turca

Por Jerónimo Páez López, abogado y director de la Fundación El Legado Andalusí (EL PAÍS, 14/07/07):

La incorporación de Turquía a la Unión Europea despierta todo tipo de opiniones en los ciudadanos y los gobiernos de los países occidentales, que oscilan desde el rechazo total hasta el apoyo casi sin condiciones. Numerosas son las ventajas e inconvenientes que se pueden esgrimir a favor o en contra.

Turquía es un país asiático y no puede considerarse europeo, ha repetido una y otra vez durante su campaña electoral, el recién elegido presidente de la República Francesa, Nicolas Sarkozy. El profesor Serafín Fanjul, en el virulento artículo Mas acá de Lepanto, nos recuerda el durísimo enfrentamiento durante centurias en el Mediterráneo, con España, Venecia y el Papado, los asaltos a Viena y la islamización forzada de albaneses, bosnios, búlgaros, y augura todas las plagas del infierno si se nos ocurre incorporarla.

Están, a su vez, quienes defienden la integración a todo trance, por considerar que parte del territorio turco se encuentra en Europa, que en Bruselas, hace años, se le dio carta de europeización a este país, sin olvidar que es un miembro estratégico de la OTAN, y, sobre todo, porque rechazar su incorporación puede contribuir a radicalizar el islamismo turco.

No resulta fácil posicionarse. Turquía es un país extenso, con unos 70 millones de habitantes, por lo que se convertiría casi en el más poblado de la Unión Europea y con la mayor parte de su territorio en Asia. En él se dan, además, enormes contrastes, desde la capital política, Ankara, y la zona Este mediterránea, rica y dinámica al igual que Estambul, impresionante, atractiva y libertina ciudad, hasta las pobres regiones de Anatolia, donde muchos de sus habitantes mantienen actitudes propias de la Edad Media, como la discriminación de las minorías étnicas o religiosas o las de las mujeres, e incluso los llamados honor killings, en los que algunas son asesinadas cuando consideran que han puesto en entredicho el honor familiar, por haber mantenido relaciones pre o extramatrimoniales.

Pero en el fondo, lo que realmente condiciona su incorporación es el hecho de que la gran mayoría de los turcos son musulmanes, y que hoy día gobierna Turquía un partido moderado pero islamista. Es éste el punto neurálgico del debate y no es cuestión baladí. Desafortunadamente, ante la pujanza del islamismo y la presión de la multiculturalidad no hemos sido capaces en Occidente de formular nuestra posición con el rigor debido, y son numerosas nuestras contradicciones.

Un sistema verdaderamente democrático y tolerante -de esto también se trata- exige que se respeten las libertades de todos los ciudadanos y no se imponga un modelo específico de sociedad. En definitiva, que se respete el laicismo, más allá de disquisiciones semánticas y de que haya quienes entiendan que los verdaderos fundamentalistas son los laicos, que no los islamistas (¡cosas veredes!). En Turquía se da la paradoja de que el Ejército es el guardián constitucional del laicismo y ha tenido que recordárselo al Gobierno islamista, ante una posible deriva que ponga en peligro el modelo existente.

La Unión Europea, a través de sus portavoces, ha pedido a los militares turcos “que se mantengan al margen de la política”. La posición de la Administración norteamericana es todavía más contundente. Europa debe decir yes a Turquía, afirmaba en portada la influyente revista The Economist siguiendo la línea oficial de Estados Unidos. La posibilidad de que la integración de Turquía pueda suponer compaginar islamismo y democracia, es la obsesión última del Gobierno de Bush ante el caos existente en el mundo musulmán, del que en gran medida él es responsable como consecuencia de la invasión de Irak y de su apoyo incondicional y sin reservas al Gobierno de Israel. El profesor Josep S. Nye decía en este mismo periódico “que los políticos turcos tendrán menos incentivos para realizar las reformas necesarias si se rechaza su incorporación”. Curiosa afirmación: puede que sean democráticos y tolerantes si consiguen integrarse, pero quizás dejen de serlo en caso contrario.

No parece que el Gobiernode Erdogan haya supuesto una grave amenaza a las libertades públicas y, sin duda, su Gobierno islamista ha aportado estabilidad y crecimiento económico al país. Pero no ha mantenido una actitud neutral ni tan moderna como algunos nos quieren hacer creer. Su partido, AKP, ha propuesto algunas reformas constitucionales preocupantes y ha intentado -aunque luego retirado- aprobar una ley que castiga el adulterio y, según la oposición, está introduciendo una serie de reformas educativas y hábitos cotidianos para reforzar la islamización de la sociedad.

La democracia es compatible con el islam, pero no está claro que lo sea con el islamismo político, que considera que el islam no es sólo espiritualidad individual, sino un proyecto global para la sociedad. La cuestión fundamental es saber si puede llegar a aceptar que religión y Estado son ámbitos distintos y entender que la legitimidad política y las leyes tienen su razón de ser en la voluntad del pueblo, y no en la divina, o por el contrario considera que religión y Estado son inseparables, en cuyo caso no hay solución.

No conocemos declaración alguna de los islamistas moderados en la que definan con claridad su posición ante las cuestiones fundamentales, más allá de vagas proclamas sobre diálogo de civilizaciones y religiones. En la mayoría de los países musulmanes no existen las libertades de expresión, religiosas o de costumbres que serían de desear, y ello se debe, en gran parte, a la presión de los partidos o grupos islamistas.

Europa y Estados Unidos deberían precisar, cuando reprenden al Ejército turco, de qué democracia estamos hablando. Si es una democracia puramente formal, puede que el islamismo tenga cabida; si es una democracia que pretende defender los derechos y la libertad de todos los ciudadanos, cualquiera que sean sus creencias, tendrían que exigir una clara posición al respecto. En relación con Turquía estamos apostando por apoyar la democracia a costa del laicismo, a diferencia de Palestina, donde hemos negado el pan y la sal al Gobierno islamista, democráticamente elegido. Sin duda, que este hecho ha tenido que ver con la radicalización de Hamás, que ha sumido a Gaza y Cisjordania en un abismo sin fondo. Puede que esa gran apuesta que lanzó el Gobierno de la Alianza de Civilizaciones esté haciendo aguas, precisamente porque si bien avanza en los países occidentales el respeto a otras culturas y credos, no sucede lo mismo en los países musulmanes, que se han adherido a esta propuesta. Sin ese espacio de convergencia, no hay posibilidad de que prospere.

En definitiva, la cuestión parece clara: los militares turcos deben abstenerse de intervenir en el sistema democrático, pero a su vez el partido islamista turco debe manifestar claramente que está dispuesto en todo momento a respetar las libertades públicas y a quienes no compartan sus creencias. Si ello es así, Turquía habrá dado un gran paso para incorporarse a la Unión Europea, y puede que entonces sea el momento de recordarle al señor Sarkozy que en pleno enfrentamiento entre el Imperio Otomano y la Cristiandad, el único rey que no dudó en aliarse con “el enemigo” -el poderoso sultán Solimán el Magnífico- fue Francisco I de Francia en su obsesión por debilitar al Imperio Español y a su odiado enemigo Carlos I de España y V de Alemania, que había derrotado y hecho prisionero al francés en la Batalla de Pavía el año 1525.

Darfur, una herida abierta

Por Josep Borrell, presidente de la Comisión de Desarrollo del Parlamento Europeo (EL PERIÓDICO, 15/07/07):

Darfur es una gran herida abierta en el corazón de África. En esa meseta desértica, tan grande como España, en la que convivían seis millones de habitantes de distintas tribus árabo-africanas, se está produciendo una de las mayores tragedias de nuestro tiempo. La guerra, iniciada a principios del 2003, ha afectado a 4,5 millones de personas, ha producido 3 millones de refugiados y entre 250.000 y 400.000 víctimas, sin que nadie pueda saber precisamente cuántas son.

Las Naciones Unidas están desplegando en Darfur la mayor operación de ayuda humanitaria de su historia. En los campos de refugiados situados a ambos lados de la frontera entre Sudán y el Chad, todos los días, con la colaboración de unos 12.000 trabajadores de las oenegés, se distribuyen alimentos para mantener vivas, en condiciones muy precarias, a casi 3 millones de personas.

EL GRAN depósito de alimentos del campo de refugiados de El Geneina distribuye 10.000 toneladas mensuales de alimentos básicos: lentejas, aceite, maíz y sorgo. Los Transalls del Ejército francés completan, a través del aeropuerto de Adeche, las reservas necesarias para la época de lluvias que ahora empieza. Pero si las condiciones de seguridad no mejoran será imposible distribuirlas en zonas en las que el acceso es ya muy difícil. En efecto, pese a los acuerdos de paz firmados en Abuja hace un año, las condiciones de seguridad han empeorado, las milicias árabes jenjawis no han sido desarmadas, los ataques a los civiles continúan, con 170.000 desplazados más en el 2007, y la capacidad de las organizaciones humanitarias para ayudar a la población afectada se sitúa en el nivel más bajo de los últimos tres años.

El centro de coordinación de la ONU en Al-Fashir estima que no pueden alcanzar a ayudar a una de cada cuatro personas afectadas por una guerra que es ya de todos contra todos, sin frentes ni líneas claras de división entre combatientes. Los grupos rebeldes que no firmaron los acuerdos de paz se han dividido en grupúsculos enfrentados, las milicias árabes siguen activas y menos controladas que nunca por el Gobierno sudanés, y el bandidismo puro y simple se instala en un país desértico descompuesto por la violencia y la pobreza, y se extiende a los países vecinos.

En el campo de refugiados de Koloma, en el Chad, se han reagrupado 140.000 chadianos desplazados por los ataques a sus aldeas. Los jefes de las tribus atacadas no saben identificar a sus agresores, genéricamente milicianos árabes procedentes de Sudán, pese a los acuerdos de paz entre los dos países, rebeldes chadianos o simples bandidos sin ninguna referencia política. No volverán a sus tierras sin protección, y cuando se les pregunta sobre la capacidad de la policía o del Ejército para dársela, su risa suena macabra en el desierto.

Las fuerzas de la misión de la Unión Africana en Sudán (Amis), unos 7.000 hombres, poco pueden hacer para proteger a la población civil. El coronel nigeriano al mando de un destacamento expresa su frustración diciéndonos que más que un soldado es un predicador, porque a las bandas armadas solo puede amenazarlas con informar de su actitud. En efecto, muy pocos para un país tan grande, sin equipamiento suficiente, con un mandato que no les permite utilizar las armas para hacer respetar el alto el fuego y sufriendo numerosas bajas, bastante tienen con protegerse a sí mismos y no gozan de demasiada confianza de la población civil.

LA UNIÓN Europea financia la práctica totalidad del despliegue de Amis, unos 400 millones de euros, casi tanto como la ayuda humanitaria propiamente dicha. Pero, para colmo, los soldados y oficiales de Amis se quejaron de que hacía meses que no recibían su sueldo, pese a que el presupuesto comunitario ha pagado religiosamente sus compromisos…

El gran riesgo es que la inseguridad aumente hasta hacer imposible la labor de las organizaciones humanitarias. Hoy la situación en los campos está relativamente estabilizada, aunque su seguridad no está garantizada por nadie, pero el sistema es frágil y vulnerable. Si se rompiese la cadena de ayuda se produciría una tragedia de enormes consecuencias, porque esa gente no tienen otro recurso ni perspectiva que la alimentación básica que recibe de la FAO (el programa alimentario mundial) y la relativa protección de los campos.

UNA MAYOR seguridad solo puede provenir de una fuerza exterior, más numerosa, dotada de más medios y con un mandato claro que le permita intervenir para proteger a la población civil. Hasta ahora, el Gobierno de Sudán se había opuesto al despliegue de una fuerza de la ONU de estas características, argumentando que la amplificación mediática del drama de Darfur no era sino una excusa de los occidentales para intervenir militarmente al viejo estilo colonial. Pero la novedad es que ahora no solo no se opone, sino que la pide, quizá porque la situación es tan compleja que ya no puede controlarla, o porque cree que a la hora de la verdad no seremos capaces de desplegarla efectivamente.

Y quizá tenga razón y, después de tanto exigirla y tanto reprochar a China que impidiese acuerdos en el Consejo de Seguridad, el mundo demuestre su impotencia para resolver el drama de Darfur y dar contenido a esa “obligación de proteger” que tantas veces hemos proclamado. La pelota está ahora en nuestro tejado. En los próximos meses veremos qué hacemos con Darfur, pero nadie podrá decir,como en Ruanda, que no sabíamos lo que podía ocurrir.

Las fronteras del liberalismo

Por Alan Wolfe, profesor de Ciencias Políticas en el Boston College. Copyright: Project Syndicate, IWM, 2007. Traducción: David Meléndez Tormen (LA VANGUARDIA, 15/07/07):

Cuando se trata de saber si hay que regular la economía y cómo debe hacerse, las sociedades occidentales encuentran siempre una historia de teoría liberal en la que basarse. Pero cuando se trata de inmigración, no hay mucha teoría a la que recurrir. Como resultado, tanto en Europa como en Estados Unidos gran parte del debate está dominado por voces no liberales, y la más insistente proviene de políticos que prometen proteger la integridad cultural de la patria contra la supuesta degeneración del extranjero.

La xenofobia es una respuesta no liberal por parte de la derecha hacia la inmigración, pero el multiculturalismo representa prácticamente lo mismo por parte de la izquierda. Muchos teóricos multiculturales, aunque comprometidos con la apertura hacia los inmigrantes, no lo están con la apertura de los inmigrantes hacia su nuevo hogar. Para ellos, los recién llegados, que viven en un clima hostil a su estilo de vida, necesitan conservar las prácticas culturales que traen consigo, incluso si algunas de ellas - por ejemplo, matrimonios arreglados, segregación por sexo, adoctrinamiento religioso- entran en conflicto con los principios liberales. La supervivencia del grupo cuenta más que los derechos individuales.

Una manera de salir de este esquema es reconocer que el cosmopolitismo es un camino de dos vías. Immanuel Kant nos enseña que las circunstancias en las que nos encontramos siempre se deben juzgar en relación con las circunstancias en las que, si no hubiera sido por la fuerza del azar, nos podríamos haber encontrado. Desde esta perspectiva, es injusto que alguien a quien le tocó nacer en EE. UU. probablemente viva más que alguien nacido en Kenia. Pero eso significa que un neoyorquino debe reconocer que las ventajas que pueda tener sobre un nacido en Nairobi se deben a la suerte más que a su mérito. Desde la perspectiva del cosmopolitismo kantiano, lo menos que puede hacer un estadounidense es abrirse a un cierto nivel de inmigración desde África.

Sin embargo, abrazar el cosmopolitismo también significa que, una vez que una sociedad admite nuevos miembros, éstos están obligados a abrirse a su nueva sociedad. Los multiculturalistas son reticentes a apoyar esta parte del trato cosmopolita, pero los liberales deben hacerlo. Uno puede entender por qué, viviendo en un país extranjero que perciben como hostil, los inmigrantes optan por cerrarse, y algunos países receptores - Francia, por ejemplo- pueden apresurarse demasiado en exigir a que acepten nuevos estilos de vida. Sin embargo, intentar vivir una vida cerrada en una sociedad abierta es una actitud condenada al fracaso y que no debería estimularse.

Un ejemplo aleccionador del trato del cosmopolitismo ocurrió en el 2006, cuando el ex ministro de Exteriores de Gran Bretaña, Jack Straw, planteó su inquietud acerca del niqab, el velo que oculta completamente la cabeza usado por algunas mujeres musulmanas. Straw defendió el derecho de las mujeres de usar prendas para la cabeza que sean menos invasivas; no obstante, también argumentó que algo anda verdaderamente mal cuando, al conversar con otra persona, uno no puede tener una interacción cara a cara.

Straw estaba diciendo que la persona que usa el niqab decide cerrarse a todos quienes la rodean. No estaba planteando un argumento xenófobo de que los musulmanes no pertenecen a Gran Bretaña, o un argumento multiculturalista de que a los musulmanes se les debería permitir usar las prenda que crean que expresa mejor sus sensibilidades culturales y religiosas. Tampoco estaba pidiendo la completa asimilación de los inmigrantes a las costumbres británicas. En lugar de ello, con un ejemplo escogido cuidadosamente, Straw ilustró lo que significa estar abiertos a los demás esperando que ellos también se abran.

Algunos argumentaron que Straw estaba interfiriendo en la libertad religiosa. De hecho, los valores liberales a veces se contradicen entre sí. Por ejemplo, históricamente el islam ha permitido ciertas formas de poligamia, pero ninguna sociedad liberal está obligada a extender la libertad religiosa de modo que socaven su compromiso con la igualdad de sexos. Afortunadamente, el ejemplo de Straw no plantea un dilema así de difícil.

Como lo hizo notar, el uso del niqab no es un mandato del Corán y representa una opción cultural, no un deber religioso. En tanto haya a disposición de las mujeres musulmanas otras maneras de cubrir sus cabezas, aceptar no usar el niqab es una manera de señalar la propia pertenencia a una sociedad liberal, con un mínimo coste en términos de los compromisos religiosos personales.

Para los liberales, la pregunta nunca es si las fronteras deben estar completamente abiertas o cerradas; una sociedad abierta a todos no tendría valores que valiera la pena proteger, mientras que una sociedad cerrada a todos no tendría valores que mereciera la pena imitar. Si se busca un principio abstracto para seguir con respecto a la inmigración, el liberalismo no puede proporcionarlo. Sin embargo, una sociedad liberal permitirá entrar a las personas y hará excepciones acerca de las condiciones bajo las que se les impedirá la entrada, en lugar de mantener a las personas afuera y hacer excepciones sobre cuándo se les permite entrar. Además, una sociedad liberal verá el mundo como un lugar lleno de potencial que, no importa lo amenazante que pueda ser para los estilos de vida que se dan por sentados, obliga a las personas a adaptarse a nuevos retos en lugar de internar protegerse de lo extranjero y desconocido.

Finalmente, una sociedad liberal no se centra en lo que puede ofrecer a los inmigrantes, sino en lo que ellos pueden ofrecernos. La apertura como objetivo - implícita en la inmigración- es algo que vale la pena preservar, en especial, si se ponen en la práctica tanto sus exigencias como sus aspectos más promisorios.

La misa en latín. Y algo sobre el latín y el griego

Por Francisco Rodríguez Adrados, de las Reales Academias Española y de la Historia (ABC, 16/07/07):

Ha sido como una brisa refrescante la noticia de que Benedicto XVI da permiso para que puedan decirse misas en latín, al modo tradicional. Creo yo, creen muchos, que la resolución del Concilio Vaticano II fue un error: un intento vano de, con concesiones, domesticar presiones que buscan sustituir la unidad por el fraccionalismo, la tradición por los nuevos mitos.
La misa y la religión eran, en nuestras sociedades, algo aparte. Unido a la vida de cada día en cada lugar, pero también a un pasado que venía de Palestina, de los griegos y de los latinos. Y llegaba hasta ayer mismo.

Benedicto XVI, al dar este paso, se ha revelado como un hombre no sólo sabio, también valeroso. Porque el latín expresa que el Cristianismo une a muchos pueblos del presente y a estos con el pasado.

No es que nuestras lenguas no puedan expresar lo sagrado, tener niveles significativos diversos. Pero el latín los contenía, los contiene a todos.

Mucha gente se extraña. Pero el nivel religioso no sólo en Europa, en el mundo todo, busca expresiones propias: en la indumentaria, en la vida toda, en la lengua. El sánscrito lo hablan hoy en la India pocas docenas de personas, pero es la lengua religiosa y culta por excelencia. Y el árabe clásico igual en los países musulmanes, incluidos aquellos, como Persia y Turquía, cuya lengua no es semítica. La tragedia y una parte de la lírica se expresaban, en la Grecia antigua, en lenguas sacras tradicionales. Y en la Grecia de hoy la lengua litúrgica es el griego del Evangelio.

En Occidente, hasta hace muy poco, era el latín la lengua sacra. Y era la lengua de los doctos y de la Ciencia. En latín escribían, todavía, Leibnitz y Newton.

El latín era una especie de superlengua, por encima de todas. A los nobles mexicanos y peruanos se les enseñaba el latín. Hay que recordar que el Cristianismo creció en el ámbito de la diáspora judía en países en que dominaba el griego. De ahí que el griego se convirtiera en la lengua sagrada del Cristianismo: mil palabras griegas, religiosas o simplemente cultas, perviven hoy. Y que luego el latín fuera la siguiente lengua sagrada y culta. Nuestras lenguas son, con las innovaciones que se quiera, el griego y el latín de nuestros días.

Ha habido modas arrasadoras contra el griego y el latín en el ámbito religioso, en el ámbito cultural y en todos los ámbitos. Tanto hablar de Europa y del mundo occidental -y Europa y el mundo occidental se fragmentan y profanizan cada día. La lengua en general -con la excepción de los lenguajes científicos y los cultos en general, que son griegos y latinos por esencia- se hace cada día más vulgar, desciende cada día más al nivel de la calle.

La presencia de este Papa es la de un profesor alemán lleno de sabiduría y ornado de un manto de esencialismo, de valores perennes, de huida de un relativismo vano. Este pequeño toque de la misa lo define. Es una llamada de atención, de vuelta a lo básico, a valores que nos unen o nos unían a través de los mares y de las edades. De ellos han salido toda nuestra cultura y hasta nuestro afán de novedad y de relativismo. Y de libertad. Pero no todo es libre, existen hechos básicos, perennes, como son Dios y el Hombre.

Un respeto a las raíces debería mantenerse. Y el latín y con él el griego están en las raíces de nuestro ser, como pueden estarlo, en el caso de otras sociedades, el sánscrito y el árabe. Sociedades que, se quiera o no se quiera, están cada vez más influidas por la nuestra.

Es triste lo que ocurre en Europa. Europa ha sido, desde los griegos para acá, una unidad cultural, no una unidad política. Veremos si llega a serlo y en qué medida ello va a unirnos y a favorecernos.

Esta nueva Europa comenzó con modelos romanos (el tratado de Roma, los premios Carlomagno), griegos (Sócrates), humanistas (Erasmo). Pero cuando, siendo yo presidente de la Sociedad Española de Estudios Clásicos, logré que conmigo 26 Sociedades de Estudios Clásicos europeas firmaran un escrito pidiendo a los sucesivos presidentes de la Comisión Europea que a su vez pidieran a los Gobiernos atención a la enseñanza de los clásicos, no más, me respondieron que no tenían competencias. ¿Las tienen o no? La declaración de Bolonia ofrece un modelo de Universidad que parece que en España se acepta y que representa, simplemente, decadencia.

¿En qué quedamos? Pocos años hace que leí un memorándum de un Comité de Sabios amparado bajo el nombre de Roma sobre la cultura previsible para el siglo XXI. ¡Dios nos ampare! Por no hablar de lo que vemos en torno. Me dicen que en la Universidad Libre de Berlín hay más alumnos de azteca que de griego. Y en Alemania y otros países las Universidades suprimen cátedras de las materias que antes eran su gloria.

Algo grave, sin duda, está pasando. Dentro de este panorama el gesto, aunque se quede sobre todo en eso, en gesto, del Papa es verdaderamente simbólico, abre una esperanza. Porque el hombre merece que, a la larga (no tanto a la corta) se crea en él. Ha recuperado destrucciones horribles, yo ví a Europa tras la guerra. Y a España, qué decir. En épocas oscuras pequeños grupos o reductos han salvado la antigua sabiduría.

Ha resucitado una y otra vez, añadiendo, añadiendo, progresando.

Puede que sea igual ahora, no todo va a ser tecnología. Las almas necesitan algo más.

El hipotético lector de estas líneas sin duda recuerda la lucha de los clásicos en España desde después de nuestra guerra. Mucho he escrito dentro de ella, también aquí, en este periódico, mucho otros más. Logramos crear generaciones de profesores y estudiosos, un influjo en la Sociedad. Pero, tras breves momentos de respiro cada ciclo político nos traía más desánimo: no para los clásicos solo, en realidad para la enseñanza toda. Crecimiento numérico, disminución cualitativa: ese era el gran desafío, combinar el crecimiento numérico con el de la calidad.

Pues se ha perdido. Aunque algo queda de nuestro esfuerzo, no debemos perder la esperanza.

Este momento es el peor de todos, tras la derogación de la Ley de Calidad de la Enseñanza. ¡Derogar la calidad! Cierto es que esa Ley debería haberse hecho más deprisa y mejor. Pero hoy no existen propuestas claras para volver a la calidad. Todos callan, con leves excepciones. Y ciertas propuestas y silencios del Boletín Oficial nos horrorizan -también, por ejemplo, sobre la Historia de España, de ello escribí aquí mismo.

Y parece como si nuestras defensas se bajaran. Los profesores se desmoralizan. Y eso que, cuando yo propuse en la Sociedad Española de Estudios Clásicos -y sólo era ya presidente de Honor, no más- publicar un escrito en defensa del Humanismo, más de dos mil firmas, de las mejores de España, nos acompañaron. Habría que haber insistido en estas campañas. Y haber recordado que la Democracia, la Libertad y el Socialismo son también hijos, cómo no, del antiguo Humanismo.

Humanismo y Cristianismo han vivido juntos, en unidad a veces discorde. El Griego, el Latín, la Ilustración, simbolizaban esto. Y simbolizaban que hay un límite religioso y humano en la vida del hombre. No vale todo, hay que respetar lo respetable.

Por largos vericuetos he venido a lo mismo. A recordar algo que nodebería necesitarlo. A colocar la decisión de Benedicto XVI en su contexto lógico e histórico.

México y España

Por Felipe Calderón Hinojosa, presidente de los Estados Unidos Mexicanos, y José Luis Rodríguez Zapatero, presidente del Gobierno de España (EL PAÍS, 16/07/07):

Hoy se vive el mejor momento en la historia de las relaciones entre México y España. Con ningún otro país europeo México tiene una relación tan dinámica e intensa como la que existe con España y, de manera similar, México se ha convertido en interlocutor privilegiado y principal socio comercial de España entre las naciones de América Latina.

Nuestros países reconocen que su historia compartida, afinidad cultural, valores y lengua comunes, su convergencia de intereses en asuntos internacionales, la confianza y el diálogo desarrollados durante las últimas tres décadas, constituyen los cimientos en los que descansa una relación privilegiada y estratégica, que nos llena de satisfacción y que aporta importantes beneficios a ambas naciones.

Hoy, los Presidentes de México y España nos reunimos en la Ciudad de México en el marco del 30º aniversario del restablecimiento de relaciones diplomáticas entre nuestros países, que se conmemoró el pasado 28 de marzo y que fijó el rencuentro de dos naciones hermanas que en realidad nunca estuvieron separadas. Este acontecimiento conmemorativo nos permite renovar nuestra voluntad para fortalecer los vínculos de amistad que nos unen y establecer nuevas líneas de cooperación bilateral, regional y multilateral proyectadas hacia el futuro.

Nuestros Gobiernos han creado un vasto marco jurídico y mecanismos de diálogo y cooperación al más alto nivel, que nos han permitido diversificar nuestra relación bilateral en ámbitos políticos, económicos, comerciales, culturales, educativos, científicos y tecnológicos, así como de cooperación. Entre las instituciones más importantes que dan consistencia a nuestras relaciones debemos destacar el establecimiento de la Comisión Binacional en 1990, que se ha convertido en el principal mecanismo de diálogo y concertación bilateral. También debemos mencionar la adopción del “Documento Estratégico México-España” en octubre de 2001, el cual permitió encauzar las principales líneas de cooperación entre ambos Gobiernos y que ha guiado en los últimos años nuestros esfuerzos concertados.

Otro momento importante para nuestra relación fue el apoyo firme y decidido del Gobierno Español en el acercamiento de México con Europa y que se tradujo en la adopción del Acuerdo de Asociación Económica, Concertación Política y Cooperación y del Tratado de Libre Comercio entre México y la Unión Europea en el año 2000. Al mismo tiempo, México ha demostrado su firme disposición para coadyuvar al acercamiento de España con América Latina, particularmente en ámbitos como la cooperación y el diálogo político.

Nuestros contactos económicos son un pilar y un factor determinante de la evolución de la relación estratégica. Hoy en día, España es el segundo socio comercial e inversor en México, que a su vez ha logrado constituirse en el primer socio comercial e inversor en España entre los países latinoamericanos. Otro aspecto relevante es el hecho de que México es uno de los principales destinos de los españoles para la cultura y el recreo y que son cada vez más los turistas mexicanos que recorren lugares de toda España.

Si bien es importante el hecho de que se hayan incrementado sustancialmente las relaciones económicas y de negocios desde la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio México-UE hace siete años, debemos ser conscientes de que el volumen de comercio e inversión no corresponde al potencial de dos economías que se precian de estar entre las principales del mundo. Por ello, trabajaremos de manera conjunta para identificar las oportunidades que nos brinda la naturaleza complementaria de nuestras economías y proponer formas creativas para incrementar nuestros lazos en este campo.

No debemos omitir que quizás la vertiente más dinámica de la relación bilateral y que ha promovido de manera más eficaz el acercamiento entre nuestras sociedades y Gobiernos es la cooperación, particularmente en el ámbito educativo y cultural. España es el país europeo con el que México tradicionalmente ha tenido el mayor intercambio académico; igualmente, cada vez más ciudadanos españoles buscan realizar estudios, prácticas profesionales o estancias en México, reconociendo la riqueza cultural y la competitividad de las instituciones educativas mexicanas. Además, ambos países concedemos un alto valor a la difusión de la lengua española como patrimonio común y símbolo de identidad compartida.

En cuanto a política exterior, nuestras prioridades convergen en dos regiones estratégicas para nuestros países: América Latina y el Caribe y la Unión Europea. Nuestro interés común en promover la cooperación y el desarrollo en América Latina nos ha llevado a trabajar conjuntamente con objeto de impulsar una identidad iberoamericana y hacer de las Cumbres un foro privilegiado de diálogo y cooperación sustentado entre sus miembros, por lo que estamos decididos a fortalecerlas, institucionalizarlas, y darles una sólida proyección internacional.

En el ámbito regional, la Unión Europea se ha consolidado como un interlocutor primordial de América Latina y el Caribe. En este contexto, estamos convencidos de que ambos países debemos actuar como puentes de comunicación entre nuestras dos regiones.

México y España, como activos protagonistas en la construcción de una arquitectura mundial basada en la justicia, la equidad y el respeto a los principios y normas de derecho que regulan la convivencia entre las naciones, tienen como compromiso la promoción de la paz y la seguridad internacionales, el desarrollo, los derechos humanos y el cuidado del medio ambiente. Por ello, también reafirmamos nuestra convicción de que el multilateralismo es el medio más justo y eficaz para hacer frente a los desafíos que nos presenta el complejo escenario global de nuestros días.

A la luz de lo anterior, teniendo en mente nuestra convergencia de intereses y nuestra posición en el mundo, renovamos nuestro compromiso de fortalecer nuestra relación privilegiada y estratégica. En ese contexto, suscribiremos una “Declaración para Profundizar la Asociación Estratégica entre México-España”, que establece un Plan de Acción, que nos comprometemos a cumplir en los próximos años, abarcando todos los ámbitos de diálogo y cooperación, en sus dimensiones bilateral, regional y global.

En dicha Declaración anunciamos una nueva etapa de cooperación, en la que perseguiremos una amplia gama de objetivos, que van desde propiciar un mayor conocimiento mutuo entre nuestros pueblos, hasta trabajar conjuntamente para encontrar una solución a graves problemas de alcance global, como el cambio climático, la delincuencia transnacional organizada y el terrorismo internacional.

Así, México y España, satisfechos por el camino recorrido, renovamos el compromiso de seguir trabajando por el bienestar y la prosperidad de nuestros pueblos y nuestras naciones, y contribuir a la construcción de un orden internacional más solidario, justo y equitativo.