sábado, agosto 16, 2008

¿Una nueva guerra fría?

Por Manuel Castells (LA VANGUARDIA, 16/08/08):

Cuando el 7 de agosto el ejército de Georgia atacó por sorpresa la capital de Osetia del Sur, reduciéndola a escombros y matando al menos a 1.600 civiles, empezó un nuevo episodio en las relaciones entre Rusia y Estados Unidos que algunos observadores interpretan como una nueva guerra fría. La fulminante reacción de Rusia, desmantelando al ejército georgiano en tres días, era de esperar. Desde el fin de la Unión Soviética Estados Unidos ha impuesto su geopolítica a una Rusia debilitada. La guerra de los Balcanes y la secesión de Kosovo fueron una humillación para Rusia. La ascensión de Putin se apoyó en el sentimiento nacionalista ruso que, adoptando la economía de mercado y la sociedad de consumo, no aceptaba sin embargo perder su influencia como país. Aprovechando el temor ancestral de Europa del Este con respecto a Rusia, Estados Unidos y la OTAN han ido estableciendo alianzas militares que han sido percibidas por Rusia como un cerco gradual, simbolizado por el proyectado despliegue de misiles antimisiles y la candidatura de Ucrania a la OTAN. Pero lo inaceptable para Rusia fue el reforzamiento militar de Georgia por parte de Estados Unidos e Israel y el rechazo de la autodeterminación de Abjasia y Osetia del Sur mientras se reconocía el derecho de Kosovo a la independencia. Esta vez Rusia ha dicho basta. En el Cáucaso y en el mundo. La modernización (aún incompleta) del ejército ruso, la consolidación de la autoridad del Estado y la bonanza económica impulsada por los altos precios del petróleo (Rusia es el segundo mayor productor de petróleo y gas en el mundo) sitúan a Rusia de nuevo como poder mundial. Y la Administración Bush, que se inició con la desestabilización del Oriente Medio, puede terminar su triste andanza con una crisis internacional de grandes proporciones.

No está claro por qué el osado presidente Saakashvili empezó una guerra que no podía ganar él solo. Mucha gente, incluido Gorbachov, consideran impensable que lo hiciera sin el consenso de Estados Unidos. Al fin y al cabo, Estados Unidos e Israel llevan años proporcionando armamento de última generación y asistencia militar a Georgia. Estados Unidos para anclar un aliado incondicional en una región estratégica (otro Israel). Israel para proteger el oleoducto que a través de Georgia conduce el petróleo de Azerbaiyán y que representa el 20% de las importaciones de Israel. Parece, sin embargo, que Saakashvili actuó por su cuenta para crear una situación de hecho en la que Estados Unidos tuviese que acudir en su ayuda. Algo difícil, más allá de gestos simbólicos, porque Estados Unidos no está en condiciones económicas o militares de meterse en más aventuras, reservándose como se reserva para una posible confrontación con Irán. En esas condiciones, la crisis podría calmarse. Las tropas rusas podrían retirarse a sus posiciones, Osetia del Sur y Abjasia se reafirmarían en su independencia de hecho bajo protección rusa, y los georgianos, pasado el primer momento de sobresalto nacional, podrían tener dudas sobre las aventuras de su presidente. Sobre todo si se recuerda que hace un año hubo violentos disturbios en Tiflis duramente reprimidos por el Gobierno.

Pero hay quien está por echar leña al fuego. En particular Polonia y las repúblicas bálticas, cuyo nacionalismo antirruso es tanto más virulento cuanto que se sienten protegidas por la Unión Europea y la OTAN. De ahí las peticiones de expulsión de Rusia del Consejo de Europa, la creación de un frente común antirruso de los países vecinos, incluida Ucrania, alineándose con Estados Unidos, y provocaciones como el envío de tropas de Estonia a Georgia en signo de solidaridad militar. Es decir, hay una estrategia deliberada de dirigentes nacionalistas de repúblicas ex soviéticas de llegar a una confrontación con Rusia para obligar a Estados Unidos y a la Unión Europea a defenderlos con todas las consecuencias. Es una estrategia de alto riesgo. Si Georgia hubiera sido miembro de la OTAN como pretendía, con el apoyo de Estados Unidos, el artículo 5 del tratado obliga a los estados miembros a socorrer a uno de sus miembros en caso de invasión de su territorio. Y como Georgia sostiene que Osetia del Sur es su territorio (lo que Rusia, Osetia y Abjasia no reconocen) hubiéramos tenido que entrar en guerra con Rusia (si, usted y yo también como miembros de la OTAN que somos). La Unión Europea puede verse arrastrada a una nueva guerra fría por nacionalismos extremos, como el de Georgia o Estonia, si no se gestiona la situación con cuidado. Es impensable seguir tratando a un país con la fuerza militar, económica, tecnológica, cultural y política que tiene Rusia como si fuera un oso al que hay que hacer bailar al son occidental. La construcción de una relación de cooperación con Rusia es esencial para Europa. Y no puede la Unión Europea entrar en el juego de provocación doble de nacionalismos exacerbados y geopolítica del poder estadounidense. No se puede apoyar la independencia de Kosovo y Chechenia y rechazar la de Abjasia y Osetia. No se puede armar a Georgia con la última tecnología militar y luego condenar la intervención rusa. Y no se puede entrar en la estrategia israelí que utiliza a otros peones para su objetivo final: el ataque a Irán en los próximos meses en medio de una desestabilización general de la región. No, no es una nueva guerra fría. Son las primeras escaramuzas de una guerra caliente en gestación. A menos que Europa frene el proceso y dé tiempo a que Obama llegue a presidente. Si llega, porque uno de los objetivos de esta tensión es favorecer a McCain creando una crisis internacional en la que pueda hacer valer su experiencia y su pasado militar. Saakashvili es una persona inestable que se lanzó a una aventura sin llamar antes a Bush. Pero no es un loco. Así que es probable que alguien lo llamara a él. Un alguien de esa trama que se resiste a dejar de utilizar los atributos imperiales del superpoder.

Un país hemipléjico

Por Iñaki Anasagasti, senador de EAJ-PNV (EL CORREO DIGITAL, 16/08/08):

Bolivia se llama así por Simón Bolívar, el Libertador caraqueño de ascendencia vasca. Su primer presidente fue el Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, nacido en Cumaná, en el Oriente de Venezuela. Dos venezolanos pues en la historia de este país de diez millones de habitantes. Y, un tercero, Hugo Chávez, al que los prefectos bolivianos de forma mayoritaria le piden que no meta las narices en su país y deje en paz a Evo Morales.

Tres senadores hemos estado dos días en Santa Cruz de la Sierra y tres en La Paz y el Alto, como observadores del referéndum revocatorio, figura que no está en la Constitución boliviana, y que tuvo lugar el pasado domingo. Una experiencia única imposible de resumir en estas cortas líneas, con el reconocimiento al embajador de España, Francisco Montalbán, excelente profesional que nos coordinó un programa muy completo.

«Tened cuidado con el mal de altura, el soroche» -nos decían-. «A Leyre Pajín le dio el mareo y estuvo media hora sin conocimiento. Para evitarlo tomad mucha agua, aspirina, mate de coca o sorochil», insistían. Pero el mejor consejo fue el del indio: «Andar despacito, comer poquito y dormir solito».

El caso es que los 4.200 metros de El Alto y los 3.600 de La Paz no dan tanto mareo como la visión y constatación de un país hemipléjico. Bolivia son dos países. El Altiplano y la llanura, con departamentos, descritos como ‘la media luna’, que no quieren saber absolutamente nada del poder central de La Paz, y donde ante el desmoronamiento de los partidos, los prefectos (gobernadores) de cinco de estos territorios avanzan a galope tendido tratando de reafirmar unos estatutos de autonomía, sin encaje constitucional, en respuesta a un Evo Morales extraordinariamente ideologizado. Si bien es verdad que éste tiene un lenguaje populista contra la pobreza y se apoya en mucha de la demagogia chavista, ha puesto en la agenda la asignatura pendiente de un indigenismo preterido no en sus derechos ciudadanos -la prueba es que Morales, un indio aymara, es el presidente- sino en la aplicación de esos derechos. Le critican con razón que eso no se hace predicando el odio racial, sino integrando un país que no sólo tiene quechuas y aymaras sino también guaraníes, mestizos y blancos. Y ante eso, como me decía un aymara, opositor a Morales, «o actúas con inteligencia a lo Mandela o fracturas el país».

Otro de los puntos que están en la agenda política boliviana es el debate territorial. Estando en el aeropuerto, se me acercó un señor que, por viajar mucho entre Madrid y Santa Cruz, me conocía: «Yo le conozco a usted. Me apellido Arana, como Sabino. Sé lo que está pidiendo Ibarretxe. Eso aquí hoy es el chocolate del loro. No sé cómo los españoles tienen tanto pavor a los referendos. Nosotros estamos hartos de que no nos dejen prosperar. Santa Cruz, en los años cincuenta, tenía treinta mil habitantes. Hoy tiene un millón seiscientos mil. Crecemos integrando a los emigrantes y aquí de momento todos somos bolivianos, pero si siguen así, seremos sólo cruceños y que venga el ejército a ver qué hace. Evo, no se olvide usted, es un sindicalista cocalero. Tiene sólo mentalidad sindical. Reivindica lo suyo. Sólo lo suyo, pero por eso no es el presidente de todos los bolivianos. Sólo de los aymaras y de su fundamentalismo aymara. Y este país es otra cosa. Ahora pedimos autonomía, pero si no nos hacen caso, reivindicaremos la independencia». Y todo esto me lo dijo seguido. Pero fue lo que escuchamos en los dos días que pasamos en Santa Cruz de la Sierra, uno de los departamentos que le han dado al actual prefecto (gobernador) un 70% de votación. Y en Santa Cruz no hay un 70% de oligarcas, como les gusta decir en La Paz con ese lenguaje infantil de los años sesenta.

Me llamó también la atención la visión que tenían de Evo Morales. Le reconocían su trabajo en la necesidad de abordar en serio la situación de pobreza de los indígenas, la votación obtenida, el apoyo internacional, la buena coyuntura en la que llegó, que no ha sabido aprovechar al ahuyentar unas inversiones internacionales que le son vitales para sacarle provecho a la inmensa riqueza del país. Concretamente, el ex presidente Carlos Mesa, a quien visitamos en su despacho, nos dijo que le gustaría tener la mitad de la fuerza simbólica de Evo Morales, pero también es verdad que no se fían un pelo de lo que promete y no cumple; y mucho menos de su vicepresidente, Álvaro García Linera, con quien también estuvimos en su despacho. Éste es un personaje inquietante, culto y dogmático, blanco y extremista que se jacta de ser el último jacobino de la historia. «No siga pensando usted eso», nos decía el obispo de El Alto, el murciano Jesús Suárez, que ante esto le había dicho que se acordara de cómo acabaron los jacobinos en la Revolución Francesa.

De hecho, la visión del balcón del palacio presidencial, en la Plaza Murillo, en la noche del domingo echaba bastante para atrás. Ya de noche, salió el presidente Evo Morales y entonaron el himno nacional, puño izquierdo en alto y mano derecha en el corazón. Ya sabemos lo que simboliza el puño en alto como recuerdo de una ideología totalitaria que, en lugar de liberar, esclavizó al hombre en el siglo XX. Sin embargo, y sorpresivamente, estuvo conciliador. Sin dejar su retórica inflamada pidió entrevistarse con los prefectos para trabajar en la aprobación de una Constitución que incorpore los estatutos departamentales ya aprobados por referéndum.

Hizo, de alguna manera, de la necesidad virtud. Con cinco departamentos en contra que legitiman de hecho los estatutos ya aprobados, sabe que no puede gobernar un país para todos, aunque él haya subido en aceptación popular. Pero, todo hay que decirlo, sin haber tenido enfrente un candidato nacional alternativo opositor sino la petición a la ciudadanía de si tenía o no a bien que se interrumpieran su mandato y el de los prefectos. Pero el pueblo boliviano, fundamentalmente en el Altiplano, le ha dicho que continúe, como también se lo ha dicho a los prefectos opositores.

Ante este panorama, o negocia o el país va al enfrentamiento total. El problema estriba en que los prefectos no se fían de Morales. Sólo hace una semana había dicho que a él la legalidad le importa poco, porque él hace las cosas que tiene que hacer y dice a sus abogados, que para eso han estudiado, que acomoden la legalidad a lo que él dice.

Pero a pesar de todo, y, afortunadamente para el país, no ocurrió el domingo lo que más se temía: que se diera una victoria abrumadora de unos sobre otros, lo cual habría terminado seguramente por hacer crecer los ímpetus del gran vencedor para asumir posiciones más radicalizadas, a manera de exhibición de fuerza y de lucimiento del trofeo ganado. Lo deseable pues es que de una vez por todas entiendan que las urnas han hablado y les han dicho que la voluntad de la sociedad boliviana, desde la diversidad que la identifica, continúa demandando de ellos lo mismo que desde hace varios meses: diálogo auténtico para promover el entendimiento de los bolivianos y no el sometimiento de unos contra otros. Ésa es la clave de futuro de las sociedades maduras y civilizadas.

Ridículo estratégico en el Cáucaso

Por Mateo Madridejos, periodista e historiador (EL PERIÓDICO, 16/08/08):

La historia universal está plagada de aprendices de brujo que desencadenaron tempestades que no podían controlar y que, a la postre, perjudicaron con sus errores de cálculo los intereses de su país. El presidente de Georgia, Mijail Saakashvili, es el último pirómano que prende fuego al polvorín a sabiendas de que carece de los recursos imprescindibles para extinguir el incendio, fiado en el problemático apoyo de aliados lejanos o de ideas sublimes que poco tienen que ver con la cruda realidad que prevalece en el Cáucaso desde la desintegración de la URSS en 1991.

Lo que queda tras la escaramuza militar es un panorama de ruinas, un desastre geoestratégico para EEUU y la Unión Europea (UE). Una de las primeras secuelas será demorar tanto el ingreso de Georgia en la OTAN como su pretensión de recuperar las regiones de Osetia del Sur y Abjasia, subproductos del diabólico reparto territorial que presidió el nacimiento de la URSS en 1922 y su arbitraria evolución. Stalin, que era georgiano, dividió Osetia, poblada mayoritariamente por rusos, para incluir su parte meridional en Georgia, como Jruschov regaló Crimea a su nativa Ucrania en 1954.

La hegemonía norteamericana, socavada por los errores del presidente Bush, parece abocada a un final precipitado, antes de lo que cabía esperar, sustituida por un orden multipolar en gestación e imprevisible. ¿Comienza en el Cáucaso el fin de la pax americana que prevén los teóricos del ocaso de los imperios? ¿Está el coloso noqueado o simplemente fatigado, a la espera de un nuevo comandante en jefe? El puente aéreo para repatriar de Irak a 2.000 soldados georgianos confirma que Saakashvili urdió la operación tras consultar con Washington, violando el acuerdo de 1992 entre los presidentes Yeltsin y Shevardnadze.

En el umbral de la nueva era, el ascenso frenético de China, la creciente fortaleza de Rusia y las incongruencias europeas subrayan la debilidad de EEUU, cuyo Ejército está extenuado por las guerras de Afganistán e Irak y cuya decadencia estratégica queda simbolizada por la errática actitud de un presidente de menguada credibilidad, sin amigos en Asia, vituperado en Europa. El doctrinarismo conservador, que promovió una diplomacia militarista para expandir la democracia, se bate en retirada, no solo en Irak, sino también en el Cáucaso y Afganistán. Ante el inmovilismo embarazoso del Departamento de Estado, ocupado por los realistas, los neoconservadores se muestran consternados por el abandono del fiel aliado caucásico.

BUSH ASEGURÓ que la acción de Rusia “es inaceptable en el siglo XXI”, pero el primer ministro, Vladimir Putin, tras comparar a Saakashvili con Sadam Husein, fustigó sin ambages “el cinismo de nuestros socios, que presentan al agresor como si fuera la víctima”. El hombre que se identifica con la restauración del honor pisoteado, no podía tolerar un cambio estratégico en el Cáucaso, en el “extranjero próximo”, que situaría las vanguardias de la OTAN a las puertas del Kremlin. La aventura del líder georgiano, al que los rusos consideran un títere de Bush, constituye una provocación que acentúa su paranoia. Aduce Serguei Markov que “Rusia se enfrentaba a una situación extremadamente peligrosa, atrapada entre la obligación de proteger a sus ciudadanos y el riesgo de escalada hacia una nueva guerra fría”.

Para el Kremlin, resulta inaceptable y ofensivo el intento euroatlántico de expulsar a Rusia de Ucrania y el Cáucaso. Putin no aludió a Kosovo, precedente de un supuesto derecho de secesión, mas no cabe duda de que la provincia arrebatada a Serbia forma parte del memorial de agravios del paneslavismo. Los mismos que bombardearon Belgrado en 1999, sin aval de la ONU, para proteger a los albaneses de Kosovo, no pueden rasgarse las vestiduras porque Rusia defiende a sus ciudadanos. Tras la independencia armada de Kosovo, resulta incoherente proclamar en Georgia que las fronteras de Europa solo pueden alterarse por consenso.

LA CRISIS mostró con nitidez que Putin sigue al mando, con el presidente Medvédev dedicado a inaugurar los crisantemos o desenredar la madeja burocrática. Para la UE, abanderada de la persuasión frente a la fuerza, con principios morales, pero sin fuerza militar, el castigo infligido por Rusia a Georgia liquida la quimera de establecer unas relaciones constructivas con el Kremlin basadas en el respeto de los derechos humanos, el ejercicio de la democracia y el avance de la OTAN. La estabilidad solo será posible si EEUU y Europa tratan a Rusia como un socio fiable, no como un fantasma de la guerra fría al que hay que rodear para sacar el petróleo del Caspio.

Nadie está dispuesto a morir por Georgia, como nadie protegió a Checoslovaquia en 1938 o 1968. Aunque sedienta de energía, supeditada a EEUU como fuerza militar creíble, quizá no era necesario que la UE utilizara al trepidante Sarkozy para solemnizar la capitulación en el Kremlin, pese a las voces airadas que clamaban contra el apaciguamiento cuando los tanques rusos estaban a una etapa de Tiflis. Muere la ilusión de haber acabado con las guerras en Europa. La misma UE que denegó a Georgia y Ucrania el ingreso en la OTAN en la cumbre de Bucarest, en el pasado abril, como pretendía Washington, ahora se presenta en la escena del mundo con las manos vacías y el ridículo estratégico a cuestas.

Carbon credits tick all the boxes. What’s the delay?

By Poly Toynbee (THE GUARDIAN, 16/08/08):

Awful August, the weather forecasters call this unseasonably cold, wet month, as holiday-makers huddle against intermittent monsoon downpours, reminded that global warming doesn’t necessarily mean a Mediterranean Britain.

Every month, reports from climatologists deliver worse predictions of the speed and tipping points for irreversible climate change. A 4C temperature rise is the latest warning: it would bring unimaginable horror in its wake. The time to act gets shorter, but the political will to act lags ever further behind the science that tells politicians they must do so. Latest figures, including air travel, shipping and energy used in our goods manufactured abroad, show no cut in Britain but an 18% growth in emissions.

If the market is the answer, soaring energy prices should drive down emissions. Road traffic figures showed a 2% drop in car use, with demand for petrol briefly 20% down - but already it is rising again as the price falls. On household energy - responsible for 27% of emissions - it’s too early to know the effect of 30% price increases. But as one hour of an old-fashioned lightbulb still only costs 0.8p, energy prices may not be noticed by those who already consume most. Those who will make serious cuts are the poorest and debt-averse pensioners. Official fuel poverty figures are expected to rise to 5 million people this winter: more deaths are expected among the old and cold. Back in Labour’s optimistic can-do days in 2000, the Warm Homes and Energy Conservation Act created a legal obligation to eliminate fuel poverty among the vulnerable by 2010, a target missed by so many light years that Friends of the Earth is seeking a judicial review to get the act enforced. Gordon Brown’s plan to buy off the problem with £100 vouchers for the poor is no answer.

What does the public think the answer should be? The Institute for Public Policy Research has just conducted the most extensive consultation so far, with focus groups in Newcastle, Camden, Southwark, Bristol and rural Suffolk across all social groups, as well as a nationwide opinion poll and interviews with energy companies, climate change NGOs and consumer organisations. The results pointed in one clear direction.

Seventy-four per cent said they are “very concerned” or “fairly concerned” about climate change - so politicians can ignore the shrinking, unconcerned minority. Seventy-one per cent thought action was necessary to curb people’s energy use. But there was pessimism about the public changing its behaviour: only one in 10 thought people would drive less or take fewer flights. Naturally, favourite choices were the painless ones - the cheaper, environmentally friendly options. Least popular was any system that taxed energy use.

They were offered three possible government actions. First, a carbon tax could be added to all energy not generated from renewables. Second, a cap on the amount of carbon that companies could emit in selling their energy to consumers would force them to generate more from renewables: they would pass on the extra cost to consumers. But both of these were regarded as too unfair, with the impact felt least by the wealthy who burn most energy.

Personal carbon trading was the most popular option: it was the fairest and it wasn’t seen as a new tax. Here’s how it works: each year everyone gets equal carbon credits to spend on petrol, home heating or air travel. People exceeding their quota can buy more credits. People who use less can sell credits. It encourages home insulation, energy saving and less driving or flying. Since low earners use less - 20% have no car, 50% don’t fly - they can profit by selling to those with big houses, foreign holidays and gas-guzzling cars. It would be a powerful but voluntary agent for redistribution.

Failure to pursue personal carbon trading (or any other method) joined the long list of good causes killed by Labour cowardice. At Defra, David Miliband took it up with enthusiasm and commissioned a feasibility study, but after he made a strong speech advocating it, Gordon Brown at the Treasury banned any further mention. Miliband was moved away and what was called a “pre-feasibility study”, limped out with the judgment that this idea was “ahead of its time”. They guessed it would cost £2bn a year to run, threw up sundry obstacles, and the report disappeared.

Odd that a government with computers thinks it can’t introduce a simple credit system, when a Nectar or Oyster card shows how easily home and car fuel bills and airline tickets could be deducted. Historian Mark Roodhouse of York University draws comparisons with his work on wartime rationing. Back then the state provided ration books for all, covering not just fuel but coupons valuing virtually every individual item in the shops from clothes to food.

Have we become more administratively incompetent since then? Roodhouse records the wartime internal debates about whether to cut national consumption by raising prices. “They concluded rationing was the only way to achieve dramatic cuts without feeding inflation or causing social unrest,” he reports. They, too, considered making ration coupons tradable but decided equality of sacrifice was essential. But Roodhouse considers tradable carbon rations “would improve on the system, preventing black markets in unused coupons”. The trading element makes carbon rationing feel more voluntary and less oppressive.

In distribution of wealth, Britain is now back to 1937 levels of inequality, regressing backwards every year: that’s what makes any kind of carbon tax or reliance on high prices impossible, the burden falling too unfairly. Doling out ad hoc energy vouchers to the poor at the taxpayers’ expense is the wrong answer, and it only adds to the poverty trap by making the step up harder to climb. Will Brown at least pay for it with a windfall tax on profiteering energy companies? But if personal carbon trading is “ahead of its time”, that is exactly where we need to be. Cowardly political leaders dare not tell voters the plain truth that we need to cut energy use. If Miliband makes his run for the leadership, plain speaking about the climate will be one of his pitches - and bravery on personal carbon trading will be a test of candidates’ seriousness about both climate and social justice.

Versión laica del ‘non possumus’

Por Gregorio Peces-Barba Martínez, catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad Carlos III de Madrid (EL PAÍS, 15/08/08):

Con la solemne afirmación del rechazo total formulada en latín non possumus, (no podemos), la Iglesia católica ha expresado en muchas ocasiones su distancia y su rechazo de situaciones civiles radicalmente innegociables. Es el no de Clemente VII a Enrique VIII para divorciarse de Catalina de Aragón, el de Pío IX que se opuso a devolver a un niño judío a su familia en el terrible caso Mortara, o todos los non possumus del siglo XIX frente a la modernidad.

Esta tajante negativa ante situaciones sociales y humanas supone desde el punto de vista de la Iglesia la existencia de unos espacios exentos, de unas zonas inmunes, de unos cotos vedados reservados a su decisión, donde el poder soberano no puede entrar ni resolver. Para la Iglesia es el límite de la democracia que choca con su ética de la verdad. Es también intelectualmente el límite para el siglo de las luces y de su idea del hombre centro del mundo y centrado en el mundo.

La Iglesia reclama un derecho de veto frente al contrato social, a los acuerdos de las mayorías, y la idea de soberanía popular. Son los signos más evidentes del carácter antimoderno de la Iglesia católica que quisiera para sí lo que está institucionalizado en países como Irán, donde un poder religioso está por encima del poder de un presidente de la República elegido por sufragio. ¡Quién iba a decir a la Iglesia de Lepanto que envidiaría con el paso del tiempo a las estructuras jurídicas de sus enemigos ancestrales!

No sólo el Vaticano ni el Papa, también la Iglesia institucional española ha repetido en innumerables ocasiones que es depositaria de verdades que están por encima de las coyunturales mayorías y de la soberanía popular. También algún arzobispo ha recordado no hace mucho a un congreso de laicos que no son de este mundo, resucitando la vieja idea de san Agustín de las dos ciudades, la de los justos y la de los pecadores.

Desde esas coordenadas intelectuales antimodernas que desconfían del impulso social y político desde la idea un hombre un voto, se puede afirmar la difícil coexistencia y la más difícil lealtad de la Iglesia con la democracia, que no actúa desde la ética de la verdad sino desde la difícil ética que se mueve entre la dialéctica de dudar y decidir.

Por eso está justificado desde el lado de la democracia, en la cultura jurídica y política moderna, poner límites a la soberbia pretensión de la Iglesia de tener la última palabra en el ámbito público y señalar las incompatibilidades radicales de su visión premoderna del mundo y de la vida, desde un non possumus laico y secularizado frente a los abusos eclesiásticos. También frente a esa laicidad “descafeinada” que pretende la convivencia del pluralismo y de la neutralidad del Estado con privilegios y con una situación de diferencia con las demás religiones, en base a una “realidad social” mayoritaria, de su función nacional y de su influencia sobre la cohesión de España.

El principio de la Paz de Augsburgo -cuis regio euis relegius- como forma transitoria para que el poder político, en cada caso, decida sobre la religión de su pueblo, hasta la proclamación de la paz religiosa y de la tolerancia del Tratado de Westfalia se transformaría hoy para estos eclesiásticos resistentes en cuius religio ius et regio.

Frente a toda esa cultura institucional católica que niega la modernidad, es necesario ese non possumus, para señalar lo que desde la cultura democrática no se puede aceptar de las posturas de la Iglesia.

Son todos aquellos comportamientos que llevan a la conclusión de la incompatibilidad de la Iglesia con la democracia, pese a la solemne declaración de la Constitución Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II, hoy abandonada en la práctica.

No podemos olvidar las bases de nuestra convivencia, la tolerancia, la libertad, la igualdad, el respeto a la conciencia individual, el pacto social, el constitucionalismo, la separación de poderes o los derechos humanos rechazados reiteradamente por la doctrina de la Iglesia en el siglo XIX y también después, casi hasta nuestros días. La Iglesia católica se siente incómoda en un escenario que contempla desde su verdad y desde una idea del bien incompatible con cualquier punto de vista que no lo acepte.

Ante ese panorama no podemos asumir la idea de que la Iglesia es el puntal ético para fundamentar a “estas sociedades desmoralizadas y desorientadas”, ni que es poseedora de un patrimonio de verdades últimas sobre el ser humano que condicionan la democracia.

No podemos tampoco aceptar el rechazo de la laicidad que es la esencia de la democracia moderna, con igual trato a todos los ciudadanos. No podemos facilitar la presencia de símbolos religiosos que discriminen a las demás religiones, ni tampoco equiparar a las autoridades eclesiásticas con las civiles ni podemos escenificar alianzas excluyentes y discriminatorias en la necesaria cooperación con las iglesias, ni basar el orden público en la moralidad de una sola religión ni aceptar un vínculo sustancial previo de una concepción del bien que limite la soberanía del Estado.

Tampoco podemos aceptar que problemas éticos sean decididos por la Iglesia, sin perjuicio de regular en su caso la objeción de conciencia y siempre respetando su libertad de expresión, en temas como el matrimonio, las relaciones familiares, la investigación científica, sobre la forma de acabar las vidas indignas y de imposible recuperación.

No podemos aceptar límites a la libertad y al pluralismo desde una verdad que se esgrime dogmáticamente, ni acusaciones de relativismo a una realidad que tiene sólidas raíces históricas desde la recuperación de la luz por los seres humanos en la Ilustración, fuente última de la autodeterminación individual y de la democracia.

No podemos aceptar la tesis de la esencia católica de la identidad nacional ni confundir ciudadanos con creyentes. Es el rechazo de los reduccionismos simplificadores de la identidad como hecho histórico incontrovertible, de la historia de Europa con el cristianismo y del cristianismo con la Iglesia católica. No podemos tampoco aceptar su acrítica inocencia histórica con la que afronta sus errores, sus desviaciones o sus graves ataques a la dignidad humana, ni tampoco la consideración como inferiores de todos sus interlocutores en los planos moral y racional, incluyendo a las máximas autoridades civiles representantes de la soberanía popular.

Finalmente, no podemos aceptar la postura de la Iglesia respecto a la democracia ni que nunca la haya reconocido como el único régimen legítimo, ni la consideración del relativismo como un mal puesto que es expresión de la libertad de conciencia y del respeto a la autodeterminación, expresión de la dignidad humana. ¡Non possumus! No podemos si queremos ser dignos de respeto.

Una amenaza para Europa

Por Jean-Marie Colombani, periodista francés y ex director de Le Monde. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 15/08/08):

Todavía es difícil extraer conclusiones de los combates que han enfrentado a Rusia y Georgia con el pretexto oficial de la suerte de las provincias de Osetia del Sur y Abjazia, aparte de ésta: se confirman los peores temores que podíamos tener sobre la Rusia de Putin. Año tras año, suceso tras suceso, el país se reafirma en su oposición a lo que denomina Occidente y vuelve a ser una amenaza para Europa.

Desde luego, siempre es posible explicar su actitud y atribuirle razones válidas para haber querido dar una lección a Georgia y, a través de ella, a Estados Unidos. Hay que recordar que, con la desintegración de la URSS y el nacimiento de la Georgia independiente, las dos provincias en disputa hicieron público su rechazo a integrarse en esta última república y su deseo de situarse bajo la tutela rusa. Fue la Rusia de Yeltsin la que quedó encargada de “mantener la paz” en Osetia y luego en Abjazia; en la práctica, los dos territorios, bajo la protección del Ejército ruso, no aceptaron nunca formar parte de Georgia.

Por lo tanto, era no sólo arriesgado sino ilógico por parte del presidente Saakashvili querer restablecer su autoridad por la fuerza. Lo que ha conseguido ha sido permitir una demostración de fuerza a Putin y una prueba de la impotencia de Estados Unidos en la región, aunque el derecho internacional estuviera claramente de parte de Georgia.

Pero habría sido conveniente acordarse de la advertencia que hizo Rusia en el momento en el que se aceptó la independencia de Kosovo. Los rusos avisaron, en nombre de la protección que consideraban que debían otorgar a los nacionalistas serbios, que, si se aceptaba la independencia de Kosovo, ellos la considerarían como un precedente aplicable a las provincias separatistas de Georgia. Salvo España, que lo había advertido en su momento, los norteamericanos y los europeos hicieron mal en no tener en cuenta la amenaza rusa: si los occidentales violaban el Derecho Internacional en Kosovo, los rusos advertían que harían lo mismo en Georgia.

Además, con esa mezcla de cinismo absoluto e ironía hiriente que caracteriza el vocabulario de Putin, Rusia ha resaltado que ha actuado en Osetia como los estadounidenses lo hicieron en Irak. No importa que Georgia sea una democracia, sólo importa el hecho de poder dar la vuelta a la doctrina de los neoconservadores que justificó la guerra de Irak y que Rusia dice haber aplicado en Georgia, en este caso para un cambio de régimen que quizá ha sido uno de los objetivos de Rusia para la guerra. Es decir, los norteamericanos han recibido una dosis de su propia medicina.

En este contexto, Europa ha desempeñado el único papel al que podía aspirar: el de la diplomacia y el alto el fuego. Desde este punto de vista, el presidente Sarkozy ha cumplido su tarea lo mejor que ha podido, con una relativa eficacia, más meritoria todavía porque la Europa a la que representaba no era unánime. Entre la postura radical de Polonia y los países bálticos y la preocupación de Alemania, para no hablar de Berlusconi, ayer portavoz de Bush y que ahora parece haber querido serlo de Putin. Porque, más allá de este episodio, es preciso valorar el peligro que representa hoy para Europa la ambición de Putin.

Recordemos la frase clave que explica el comportamiento de Putin en el escenario internacional: la de que la caída del imperio soviético fue “la mayor catástrofe estratégica de la historia”. Un poco después, en febrero de 2007, durante la conferencia de seguridad en Múnich, agitó la amenaza de la vuelta de la guerra fría.

La obsesión de Putin, formado en la escuela del KGB, es el regreso de la potencia rusa; no una potencia que contribuya al equilibrio mundial, sino una potencia con objetivos estrictamente nacionalistas.

Representa, pues, una amenaza para países como Georgia, Ucrania y los países bálticos, a los que Moscú considera parte de su cinturón de seguridad, de las marcas del Imperio. Ya se sabe que, para Moscú, la adhesión de Ucrania y Georgia sería un casus belli. A ello hay que añadir el chantaje permanente que la condición de productor de gas y petróleo de Rusia le permite ejercer sobre los países europeos, que cometen el error de presentarse ante ella de forma dispersa. Ésa es la gran pregunta estratégica que debe hacerse la UE: cómo comportarse ante una Rusia que ya no duda en pasar de la amenaza a la ejecución.

viernes, agosto 15, 2008

La guerra acaba en limpieza étnica

Por RODRIGO FERNÁNDEZ - Moscú - (El Pais.com, 16/08/2008)

Georgia y Rusia se han acusado mutuamente de perpetrar actos de limpieza étnica y graves abusos durante la guerra que les ha enfrentado por las regiones separatistas de Osetia del Sur y Abjazia. Human Rights Watch denunció ayer que Rusia ha empleado bombas de racimo sobre Gori y otras localidades georgianas -algo que Moscú niega- y asegura que el Kremlin y sus aliados surosetios han exagerado el número de víctimas (supuestamente, 1.600 muertos) causadas por el ataque georgiano contra Tsjivali, la capital surosetia.

Lo cierto es que una semana después del inicio del conflicto, Osetia del Sur y Abjazia han quedado completamente en manos de los separatistas y en ambas se ha producido una limpieza étnica de hecho. Miles de residentes georgianos se han visto obligados a huir, abandonándolo todo. El líder surosetio, Eduard Kokoity, ha dejado claro que impedirá que la población civil georgiana regrese a sus hogares. Los surosetios acusan a los georgianos de abusos en los primeros días del conflicto, después de que las tropas de Tbilisi se apoderaran de varias aldeas en la región separatista y atacaran la capital. La situación dio un cambio radical con la llegada del Ejército ruso. Los georgianos que no pudieron huir a tiempo de sus aldeas fueron asesinados o expulsados por los ocupantes, según acusaciones de Tbilisi, que citan el caso de la localidad de Churta.

Georgia presentó una demanda ante la Corte Internacional de Justicia en la que acusa al Kremlin de realizar una limpieza étnica contra los georgianos desde principios de los 90 en Abjazia y Osetia del Sur. Este tribunal dirime asuntos entre Estados.

Preguntado sobre qué queda en lo que antes eran enclaves georgianos dentro de Osetia del Sur, Kokoity no dudó en responder al diario Kommersant: "Nada. Hemos arrasado con todo". Kokoity reconoce que ha habido pillaje, pero asegura que "son las consecuencias de toda guerra, de toda agresión" y agrega que trata de poner coto a estos desmanes. Esos poblados georgianos han sido liquidados y a la población civil no le permitirán regresar. "No estamos dispuestos a dejarlos volver", dijo. Las autoridades surosetias quieren instalar en las aldeas y en las viviendas que aún quedan en pie a los osetios que emigraron en su día desde Georgia, cuando Osetia del Sur declaró su independencia. Con ello, esa región separatista, que era como un mosaico de localidades osetias y georgianas, pasa a convertirse en un territorio monoétnico.

Lo mismo sucede en Abjazia, donde la mayoría de los georgianos que todavía había en el Kodori y en la provincia de Gali huyeron ante el avance de rusos y abjazos. La ONU evacuó ayer a 700 "civiles aterrorizados".

El Kremlin, mientras tanto, ha enviado a Osetia del Sur a un equipo de fiscales y criminólogos con la tarea de documentar "los bombardeos indiscriminados" y "las atrocidades" cometidas por los georgianos la semana pasada, que, según los rusos, han dejado 1.600 muertos. Sin embargo, Human Rights Watch y otras organizaciones han puesto en duda esa cifra dada por rusos, que estaría muy abultada.

Las muertes de civiles verificadas en Tsjivali por Human Rights Watch no superan el centenar. La experiencia de los conflictos armados indica, además, que normalmente el número de heridos supera en tres veces al de muertos. En este caso, no llegan ni a 500. A pesar de ello, el presidente ruso, Dmitri Medvédev, y los dirigentes surosetios continúan hablando del "genocidio" cometido por Georgia.

Georgia’s Recklessness

By Paul J. Saunders, executive director of the Nixon Center. He served as senior adviser to the undersecretary of state for democracy and global affairs from 2003 to 2005 (THE WASHINGTON POST, 15/08/08):

The fates of South Ossetia and Abkhazia are chief among the many issues that are still unresolved in the war between Georgia and Russia. What’s clear, however, is that Georgian President Mikheil Saakashvili ordered his country’s military to assert his authority over South Ossetia by force. American officials should reflect on the implications of Saakashvili’s behavior for U.S. policy toward Georgia, Russia and the region.

Saakashvili ordered the assault last week knowing that South Ossetia would resist, knowing that his forces would have to take on Russian peacekeepers and knowing that Moscow has been spoiling for a fight. In fact, his own government had claimed for some time that Russia was preparing to attack.

Georgia’s president clearly thought that his troops could quickly occupy South Ossetia and that Russian President Dmitry Medvedev and Prime Minister Vladimir Putin would not dare to intervene because doing so might provoke the West, especially the United States. A similar logic underlies Tbilisi’s long-term foreign policy calculations. Throughout history, weak nations with powerful neighbors have energetically sought strong allies. Serbia enlisted Russian support against the Austro-Hungarian Empire, for example, and Poland turned to Britain to deter Nazi Germany.

Saakashvili has embraced this tried-and-true strategy with gusto, sending a substantial share of the country’s small army to Iraq (from which its troops were understandably recalled in recent days) and parroting Bush administration talking points on international issues — especially on promoting democracy — more than almost any other leader worldwide.

Ultimately, however, it wouldn’t matter to Georgia’s president whether the United States was a democracy, a theocracy or ruled by Martians so long as he could use Washington to change the dynamics of Georgian-Russian relations.

Saakashvili’s recent statements demonstrate how well he has learned to push America’s buttons, probably with the help of his government’s lobbyists in Washington. In several interviews and articles, including an op-ed in yesterday’s Post, he has compared the recent Russian attack on Georgia to the Soviet invasions of Hungary, Czechoslovakia and Afghanistan. He has also invoked former president Ronald Reagan and tried to frame the war as a Russian assault on Western values. “We are attacked because we wanted to be free,” he said on CNN.

But the situation inside Georgia belies Saakashvili’s rhetorical commitment to freedom. Most glaring was his handling of opposition protests last fall. The State Department’s 2007 Human Rights Report, released just a few months ago, found “serious problems” with Georgia’s human rights record and notes “excessive use of force to disperse demonstrations”; “impunity of police officers”; and declining respect for freedom of speech, freedom of the press, freedom of assembly and political participation. Ana Dolidze, a democracy advocate and former chair of Georgia’s Young Lawyers Association, has described in detail how Saakashvili acted quickly after entering office to empower the executive branch at the expense of parliament and to strengthen the government by “stifling political expression, pressuring influential media and targeting vocal critics and opposition leaders” — including by using law enforcement agencies. Saakashvili is far from the morally pure democrat he would have the West believe he is.

Georgia’s internal realities help make clear that the fighting erupted not primarily because of what the country represents but because of its government’s actions. Tbilisi could have avoided the confrontation by deferring its ambitions to subjugate South Ossetia and pursuing them through strictly peaceful means.

Few seem to remember that the United States and Russia worked together with the Georgian opposition to ease out then-Georgian President Eduard Shevardnadze and facilitate the election that ultimately brought Saakashvili into office. Russian views of Saakashvili changed over the past five years as Moscow perceived Tbilisi to become increasingly hostile and watched Saakashvili use threats of force to topple the government of another autonomous region, Ajaria, in 2004.

None of this justifies Russia’s actions. But even if Moscow had been lying in wait for Saakashvili to provide an excuse to act, it was all the more foolish for him to do so. Regrettably, the Georgian leader has allowed Moscow to demonstrate quite clearly the limits of American interests in Russia’s immediate neighborhood. The Kremlin has much more at stake there than Washington and is willing to act decisively and with overwhelming force. Recognizing the potential global consequences of a serious break with Russia, America has not been willing to do more than provide humanitarian relief, pointedly state that U.S. forces would not protect the Georgian ports and airfields where the aid is to arrive, and dispatch Secretary of State Condoleezza Rice to the scene.

Allowing the graphic exposure of these realities is a major failure of U.S. policy that will undermine American objectives throughout the region. One hopes that in private, the Bush administration is clearly communicating to Moscow that whatever Saakashvili’s failings, the United States will not tolerate his removal by force — and telling the Georgian government that America doesn’t need reckless friends.

Russia’s Ominous New Doctrine?

By Strobe Talbott, president of the Brookings Institution and deputy secretary of state in the Clinton administration (THE WASHINGTON POST, 15/08/08):

Russia has been justifying its rampage through Georgia as a “peacekeeping” operation to end the Tbilisi government’s “genocide” and “ethnic cleansing” of South Ossetia. That terminology deliberately echoes U.S. and NATO language during their 1999 bombing campaign against Serbia, which resulted in the independence of Kosovo. Essentially, it’s payback time for a grievance that Russia has borne against the West for nine years. The Russians are relying on the conceit that Georgian President Mikheil Saakashvili is today’s equivalent of Slobodan Milosevic, and that the South Ossetians are (or were until their rescue by the latter-day Red Army last week) being victimized by Tbilisi the way the Kosovar Albanians suffered under Belgrade.

This analogy turns reality, and history, upside down. Only after exhausting every attempt at diplomacy did NATO go to war over Kosovo. It did so because the formerly “autonomous” province of Serbia was under the heel of Belgrade and the Milosevic regime was running amok there, killing ethnic Albanians and throwing them out of their homes. By contrast, South Ossetia — even though it is on Georgian territory — has long been a Russian protectorate, beyond the reach of Saakashvili’s government.

An accurate comparison between the Balkan disasters of the 1990s and the one now playing out in the Caucasus underscores what is most ominous about current Russian policy. Seventeen years ago, the Soviet Union came apart at the seams more or less peacefully. That was overwhelmingly because Boris Yeltsin insisted on converting the old inter-republic boundaries into new international ones. In doing so, he kept in check the forces of revanchism among communists and nationalists in the Russian parliament (which went by the appropriately atavistic name “the Supreme Soviet”).

Meanwhile, Yugoslavia collapsed into bloody chaos because its leaders engaged in an ethnically and religiously based land-grab. Milosevic, as the best-armed of the lot, tried to carve a “Greater Serbia” out of the flanks of Bosnia and Croatia. If Yeltsin had gone that route, seeking to create a Greater Russia that incorporated Belarus and the parts of Ukraine, northern Kazakhstan and the Baltic states populated by Russian speakers, there could have been conflict across 11 time zones with tens of thousands of nuclear weapons in the mix.

A question that looms large in the wake of the past week is whether Russian policy has changed with regard to the permanence of borders. That seemed to be what Russian Foreign Minister Sergei Lavrov was hinting yesterday when he said, “You can forget about any discussion of Georgia’s territorial integrity.” He ridiculed “the logic of forcing South Ossetia and Abkhazia to return to being part of the Georgian state.”

Lavrov is a careful and experienced diplomat, not given to shooting off his mouth. That makes his comments all the more unsettling. If he has given the world a glimpse of the Russian endgame, it’s dangerous in its own right and in the precedent it would set. South Ossetia and Abkhazia might be set up as supposedly independent countries (”just like Kosovo,” the Russians would say) — but would in fact be satrapies of Russia. While Russia might see that outcome as proof of its comeback as a major power, the Balkanization of the Caucasus may not end there: Chechnya is just one of several regions on Russian territory that are seething with resentment against the Kremlin and that might hanker after a version of independence far less to Moscow’s liking than what may be contemplated for Abkhazia and South Ossetia.

Among Secretary of State Condoleezza Rice’s important tasks in the days ahead is to get clarity on whether a Lavrov doctrine has replaced the Yeltsin one of 16 years ago. If so, big trouble looms — including for Russia. Moscow’s action and rhetoric of the past week have highlighted yet another, potentially more consequential respect in which this episode could bode ill for all concerned. For the Bush administration — and those of Bill Clinton and George H.W. Bush as well — the fundamental premise of American policy has been that Russia has put its Soviet past behind it and is committed, eventually, to integrating itself into Europe and the political, economic and ideological (as opposed to the geographical) “West.”

Prominent Russians have said as much. In one of my first meetings with Vladimir Putin, before he became president, he spoke of his country’s zapadnichestvo, its Western vocation. Yet it now appears that beyond the undisguised animosity that Putin bears toward Saakashvili, he and his government regard Georgia’s pro-Western bent and its aspiration to join two Western institutions, NATO and the European Union, as, literally, a casus belli. If that is the case, the next U.S. administration — the fourth to deal with post-Soviet Russia — will have to reexamine the underlying basis for the whole idea of partnership with that country and its continuing integration into a rule-based international community.

A Free Press? Not This Time.

By Olga Ivanova, a master’s degree candidate at Duquesne University and an intern at The Post (THE WASHINGTON POST, 15/08/08):

I wish I could fly back to Russia. I have been in the United States for a year, and I am studying and working here to get experience in American journalism, known worldwide for its independence and professionalism. But in recent days it has felt as though I am too late, that the journalism of Watergate is well behind us and that reporting is no longer fair and balanced.

For years I have respected American newspapers for being independent. But no longer. Coverage of the conflict between Russia and Georgia has been unprofessional, to say the least. I was surprised and disappointed that the world’s media immediately took the side of Georgian President Mikheil Saakashvili last week.

American newspapers have run story after story about how “evil” Russia invaded a sovereign neighboring state. Many accounts made it seem as though the conflict was started by an aggressive Russia invading the Georgian territory of South Ossetia. Some said that South Ossetia’s capital, Tskhinvali, was destroyed by the Russian army. Little attention was paid to the chronology of events, the facts underlying the conflict.

Last week, Georgia’s president invaded South Ossetia during the night, much as Adolf Hitler invaded Russia in 1941. Within hours, Georgian troops destroyed Tskhinvali, a city of 100,000, and they killed more than 2,000 civilians. Almost all of the people who died that night were Russian citizens. They chose to become citizens of Russia years ago, when Georgia refused to recognize South Ossetia as a non-Georgian territory.

The truth is that, in this case, Russian aggression actually made some sense. Russia defended its citizens.

Yet American newspapers published stories that omitted mention of the Georgian invasion. And American media as a whole have been disturbingly pro-Georgian. The lead photograph on the front page of Sunday’s Post showed two men — one dead, the other crying — amid ruins in Gori, Georgia. Many other images could have been used. Monday’s Wall Street Journal, for example, contained several stories about the conflict and even an op-ed by Saakashvili. Where was the Russian response?

I understand why the Georgian government would block access to Russian media Web sites. I understand why Russian media would present events in a light that favors Moscow’s actions. But American media are not supposed to do the equivalent.

The much-revered American principle of a free press guarantees access to an independent source of information. It is supposed to mean that nobody takes a side, that journalists give readers the facts and let them draw their own conclusions. The Georgian president quickly became a chief newsmaker for Western media outlets, yet little could be found to explain the Russian side.

It’s hard to understand how and why the terrible situation between Georgia and Russia has played out this way. Everything seemed too clear for the journalists writing about the conflict: Big, evil Russia tried to destroy small, democratic Georgia.

And the American media’s willingness to choose sides provoked Russian media outlets. Russian newspapers did not waste time reminding readers that the true evil was the United States and that Washington was ultimately responsible for the conflict in Ossetia and Georgia.

Beyond the slanted coverage, I am also concerned about the lack of information on the number of civilians killed and wounded. How should we know which accounts to trust?

Over the past week, American media have achieved one thing for sure: They have lost prestige among a generation of young Russians who believed that America is a country of true, uncorrupted, independent information. Many Russian youths come to the United States for college and then go back to Russia to help build our own democracy. Russians believe in democracy. But I don’t know whether many Russians will ever trust American media reports again.

U.S. newspapers have lost esteem among Russian journalists as well. These reporters have long looked to American newspapers as icons of quality journalism. They are supposed to stand for truth and serve the people’s interests. But whose interests did newspapers serve by publishing stories in the best traditions of the Cold War?

I think that both the Russian and Georgian governments attacked civilians. I blame the governments for this war. But I am also saddened by the unfair coverage of the conflict from Russian and American media. If this is what freedom of the press looks like, then I no longer want to believe in this freedom. I prefer to stay neutral and independent, just like a professional journalist has to do.

We may admire the Nordic way, but don’t try to import it

By Madeleine Bunting (THE GUARDIAN, 15/08/08):

One of my best friends is a Finn. She came to England at 16, but when it came to giving birth to her first baby 13 years later, there was no hesitation: she went home. When she returned, along with her stories of state of the art healthcare, she brought tangible evidence of the largesse of the Nordic welfare state: each new mother was given a box of exquisite new baby clothes and equipment. Everything was a perfect mint green and lavender. In contrast, when it was my turn several years later to give birth in the UK in an overcrowded, dirty hospital, a harassed nurse handed me a plastic bag stuffed with leaflets advertising baby products and a couple of free samples. In Finland, the state signalled its commitment to the wellbeing of each new citizen with an abundance of gifts; in the UK, it was a crash course in consumer capitalism.

Ever since those mint green baby clothes - and the tales of extraordinary maternity and paternity leave established decades before the UK grudgingly conceded anything remotely comparable - I’ve been intrigued and bewildered by how the Scandinavian model works. I’m not talking about the nuts and bolts of how programmes of health, education and welfare are organised, though successive British politicians have pilfered ideas - most recently David Cameron’s interest in Sweden’s self-governing, parent-run schools. No, what fascinates me are the cultural expectations and understandings that underpin the political consensus that those countries’ huge and expensive welfare states have enjoyed for nearly 50 years.

On successive visits to Denmark, Norway and now, just back from two weeks in Finland, I’ve kept bumping up against the same puzzling phenomenon: a kind of unquestioning assumption of how things should be, a form of social control about the way to behave and one’s responsibilities to others. The point when it became starkly apparent in Finland was at Sunday family lunch in a country barn restaurant; every table was full but all you could hear were murmured whispers and the scrape of cutlery on china - until our families arrived, anarchic, squabbling and full of chatter, despite my Finnish friend’s attempts to get us to be quiet.

“Everyone knows exactly what you have to do in every circumstance, everyone tries to do it, confident that everyone else is doing it and anyone who fails will be subjected to the justified scorn of everybody,” says Andrew Brown of the remarkable degree of mutual trust and expectation that characterises Scandinavian social relations.

Brown’s thought-provoking book on Sweden, Fishing in Utopia, explores how this powerful social fabric has been eroding over the past 25 years. He argues that a set of social relations born from Calvinist protestantism and the intense interdependence of small rural communities is unlikely to outlast the decline of both. Consumerism is a direct challenge to the ingrained self-restraint of countries whose grinding peasant poverty is only at a couple of generations’ remove. As Brown points out, credit cards were only allowed in the late 90s.

Such restriction on personal freedom was regarded as legitimate to achieve general social wellbeing. Central is the concept of jäntelagen, adds Brown, defined as the “Scandinavian code of egalitarian conformity which absolutely forbids anyone to feel superior to their neighbours”. It’s an astonishing contrast to the UK where increasingly it can seem that superiority - and the struggle to achieve it - is the dominant social currency of every type of human interaction, from the rat race of corporate bankers to the knife crime of inner cities.

It’s easy to romanticise this distinctive political culture and its postwar achievements. It’s as close as anywhere to Thomas Jefferson’s dream of a democracy built on the virtues of small farmers - independent-minded but with a commitment to the common good. Frequently one encounters its generosity, humanity and deep democratic ethos: in the Danish tradition of pedagogy and its professionalisation of the skills of nurturing human relationships and development; or in the accessibility of nature in Finland, with its tradition of retreating to the woods and lakes for the pleasures of wood-cutting, swimming and fishing. “Every man’s right” ensures that a Finn can always find a place to pitch a tent and make a fire. Unlike the UK, this is not a landscape controlled by land ownership.

But it’s not hard to see this conformity can also be stiflingly oppressive. In particular, it struggles to cope with cultural diversity, and at its worst, it can even begin to sound like racism. One Swede in Brown’s book talks about the need for 100% “social control” in which “everyone works together”: you could call it consensual authoritarianism, and it is profoundly foreign to most Britons. Despite the persistent illusions of the liberal left, it’s part of why the Scandinavian welfare state has been one of the region’s least successful exports.

Malaysia is a rare multiracial success. But its stability is being put to the test

By Martin Jacques, a visiting research fellow at the London School of Economics Asia research centre (THE GUARDIAN, 15/08/08):

A feverish atmosphere now grips Malaysia. The country is awash with rumours. Until the resignation in 2003 of the previous prime minister, Dr Mahathir Mohamad - after 22 years in office - its politics was entirely predictable. Now it is becoming highly unpredictable.

Malaysia is one of the great Asian success stories. It has enjoyed a growth rate of up to 8% for much of the past 20 years, and the fruits of prosperity are everywhere to be seen, from the magnificent twin towers in Kuala Lumpur to the expressways and traffic congestion. Without doubt Malaysia is the great economic star of the Muslim world. The architect of this economic transformation was Dr Mahathir, but since he stepped down the country has been engulfed by growing doubts about his legacy and the emergence of a new set of priorities.

The turning point was the general election last March. Ever since the country gained independence from Britain in 1957 it has been ruled by the Barisan Nasional, a coalition of three racially based parties led by the United Malays National Organisation (Umno), which has dominated Malaysian politics, leaving the opposition permanently enfeebled and embattled. In March, however, the government gained only 51% of the popular vote compared with 64% at the last election in 2004.

It was its worst performance ever, and was compounded by the fact that the BN lost its two-thirds majority in parliament, by virtue of which it had previously been able to enact constitutional change. The government still enjoys a healthy majority, but the election has undermined its self-confidence, hugely enhanced that of the opposition and transformed the mood of the nation; where once politics seemed set in stone, suddenly change is in the air.

The government has become defensive and fearful, symbolised by the prime minister Abdullah Badawi, who is a weak leader in comparison with his formidable and long-serving predecessor. The government’s defensiveness is illustrated by its latest legal assault against Anwar Ibrahim, the leader of the opposition coalition and a former deputy prime minister.

In 1998 he was charged with sodomy (engaging in a homosexual act, which is illegal in Malaysia) and imprisoned for 15 years, but released in 2004 after the appeal court overthrew his conviction. Fearful of his imminent return to full-scale politics after serving a period of disqualification, the government has once again charged him with sodomy (”carnal intercourse against the order of nature”). In a recent poll, two-thirds believed the charges were politically motivated. Indeed, a remarkably apologetic leader in the Umno-run New Straits Times last Saturday displayed a transparent lack of conviction in the charges. In a predominantly Muslim country, the sodomy charge is manifestly designed to discredit Anwar in the eyes of Malays, while the timing is a blatant attempt to prevent him from returning to parliament. In short, it is the unimaginative act of a government that is running scared.

The government, meanwhile, finds itself mired in another scandal - the murder of a young Mongolian translator in 2006, for which a close political adviser of Najib Tun Razak, the ambitious deputy prime minister and defence minister, is standing trial, together with two of his bodyguards. The fact that, subsequent to her murder, an attempt was made to remove all traces of her body by the use of special explosives, whose use can only be sanctioned by the highest authorities in the government, has encouraged widespread speculation that Najib and his wife were involved in the murder - which appears to have been related to a lucrative submarine deal with France.

The government has only itself to blame for this endemic mood of rumour. The media is closely controlled by the government and is widely disbelieved. As a result the vacuum of information and opinion has been filled by two websites - malaysiakini.com and malaysia-today.net - which have become highly influential, outspoken and merciless towards a government that no longer controls the information agenda in the way that it has previously, further serving to undermine its position.

The growing lack of confidence in the government is fuelled by systemic corruption, especially in Umno, and a widely held view that the benefits of the country’s economic growth have not been shared equitably, with poorer Malays and the Indian minority in particular losing out badly. Indeed it was a demonstration by the Indian minority-rights organisation Hindraf last year that helped to draw the nation’s attention to the plight of the Indian community and the neglect of the poor. Corruption is rife in Umno, which has become a vehicle for personal enrichment; its vice-president said last week that “it has become rampant at all levels and it is frightening if this becomes normal practice in future”.

Events could move quickly. On August 26 Anwar will stand as the opposition Pakatan Rakyat candidate in his old parliamentary constituency and will undoubtedly win by a huge margin. The government, meanwhile, will attempt to stymie his rise by the use of the sodomy case. Anwar has regularly predicted that the government will fall by September 16 when, he claims, about 30 government defections will enable the opposition to form a new government.

It is unlikely to be so simple. The old order, which has ruled Malaysia for 51 years, will mount a desperate fight to ensure its own survival. Too many people have got too much to lose; a Pakatan government would threaten their reputations, careers, wealth and, in some cases perhaps, freedom. A further problem concerns the nature of the opposition. A Pakatan government would be a combination of incongruous, incoherent and uneasy bedfellows: the Islamic PAS, DAP (a predominantly Chinese party) and Anwar’s Keadilan. As a consequence, the opposition’s credibility as an alternative government is seriously flawed.

The greatest fear must be that as the old order weakens, underlying racial tensions will be exacerbated and exploited for nefarious purposes. Malaysia is multiracial in a way true of few societies outside Africa: with Malays accounting for around 60% of the population, the Chinese for some 25% and Indians 8%, this is a country that depends on a racial consensus for its stability. That cannot be said of any European society, Britain included.

Such racially diverse societies are extremely difficult to govern, and it is to Malaysia’s enormous credit that it has combined economic growth with relative racial harmony - a feat for which it has rarely been given the credit it deserves in the west. Undoubtedly the present system of positive discrimination in favour of Malays has largely outlived its usefulness, but any reforms will be difficult and potentially fraught. Hopefully the kind of political change that Malaysia now requires can, in time, be achieved without losing its most precious achievement. But there can be no guarantees.

Georgia: Europe wins a gold medal for defeatism

By Gerard Baker (THE TIMES, 15/08/08):

To some, China’s muscular domination of the Olympic medal table is a powerful allegory of the shifting balance of global power. A far better and more literal testimony to the collapse of the West may be seen in the distinctly weak-kneed response to Russian aggression in Georgia by what is still amusingly called the transatlantic alliance.

Once again, the Europeans, and their friends in the pusillanimous wing of the US Left, have demonstrated that, when it come to those postmodern Olympian sports of synchronized self-loathing, team hand-wringing and lightweight posturing, they know how to sweep gold, silver and bronze.

There’s a routine now whenever some unspeakable act of aggression is visited upon us or our allies by murderous fanatics or authoritarian regimes. While the enemy takes a victory lap, we compete in a shameful medley relay of apologetics, defeatism and surrender.

The initial reaction is almost always self-blame and an expression of sympathetic explanation for the aggressor’s actions. In the Russian case this week, the conventional wisdom is that Moscow was provoked by the hot-headed President Saakashvili of Georgia. It was really all his fault, we are told.

What’s more, the argument goes, the US and Europe had already laid the moral framework for Russia’s invasion by our own acts of aggression in the past decade. Vladimir Putin was simply following the example of illegal intervention by the US and its allies in Kosovo and Iraq.

It ought not to be necessary to point out the differences between Saddam Hussein’s Iraq and Mr Saakashvili’s Georgia, but for those blinded by moral relativism, here goes - Georgia did not invade its neighbours or use chemical weapons on their people. Georgia did not torture and murder hundreds of thousands of its own citizens. Georgia did not defy international demands for a decade and ignore 18 UN Security Council resolutions to come clean about its weapons programmes.

And unlike Iraq under Saddam, Georgia is led by a democratically elected president who has pushed this once dank backwater of the Soviet Union, birthplace of Stalin and Beria, towards liberal democracy and international engagement.

The Kosovo analogy has a more resonant ring of plausibility to it and has been heavily exploited by the Russians in defence of their actions. But it too is specious. It is true that South Ossetia and Abkhazia, like Kosovo within Serbia, are ethnic-minority-majority regions within a state that they dislike. But that’s where the parallel ends.

Unlike Serbia, Georgia has not been conducting a campaign of “ethnic cleansing” against the people of these provinces. In the 1990s Serbia had firmly established its aggressive intentions towards its minorities with ugly genocidal wars against Croatia and Bosnia. And in any case the two Georgian enclaves have been patrolled by Russian “peacekeepers” for the past 15 years.

We need to be morally clear about what is going on in Georgia. Perhaps Mr Saakashvili was a little reckless in seeking to stamp out the separatist guerrillas. But to suggest that he somehow got what he deserved is tantamount to saying that a woman who dresses in a miniskirt and high heels and gets drunk in a bar one night is asking to be raped.

If shifting moral blame won’t relieve us of our responsibilities then surely defeatism will. Whoever is right or wrong, the critics say, we can’t do anything about it. In the past week, the familiar parade of clichés has been rolled out to explain why it is all hopeless. The Russian bear, pumped up by all that oil wealth, is reasserting power in its own backyard. The US and Europe, their energy sapped by endless wars in Iraq and Afghanistan, can only stand by and watch.

There’s something odd about listening to European governments speak about the futility of diplomacy. They are the ones who usually insist that military force alone can achieve little and who say that diplomacy must be given a chance. But now they seem to say that, since we can’t stop Russia militarily, there is nothing else we can do.

But we can make life very uncomfortable for Mr Putin. Russia is not the Soviet Union. Its recent (relative) prosperity depends on its continuing integration into the global economy. It sets great store by the recognition that it gains from a seat at the high table with the great powers in the G8. It wants to elevate that status farther by joining the World Trade Organisation and the Organisation for Economic Co-operation and Development.

Punitive measures will hurt us too, of course: Russia could cause trouble over Iran and holds an alarmingly large quantity of US official debt. It could play havoc with the West’s energy supplies.

The Europeans don’t much like the idea of any of this. So this week they demonstrated the same sort of resolve that they showed in the Balkans in the early 1990s, when they stood by as genocide unfolded on their own continent.

Nicolas Sarkozy, the French President, in his capacity as head pro tempore of the EU, came back from a trip to Moscow and Tbilisi, waving a piece of paper and acclaiming peace in our time.

But the one-sided ceasefire that he negotiated was more or less dictated to him by Mr Putin. It not only left the Russian military in place in the disputed enclaves. It allowed them free rein to continue operations inside the rest of Georgia.

That disastrous piece of European diplomacy finally seems to have stirred the US into tougher action. Goaded by John McCain, who has been brilliantly resolute in his measure of Russian intentions over the past few years, the Bush Administration at last dropped its credulous embrace of Mr Putin and upped the ante with direct military assistance to Georgia and threats of tougher diplomatic action.

But we should never forget what Mr Sarkozy and his EU officials got up to this week. There can be no clearer indication of the perils that threaten the West if the EU gets its way and wins more clout in the world.

This, remember, is the same EU that wants to take over foreign and security policy from member states, an institution that is always eager to pump itself up at the expense of democratic institutions in those member states, but which crumbles into puny submission when faced with authoritarian bullying overseas.

It was a great Frenchman, Baron Pierre de Coubertin, who founded the modern Olympic movement on the famous principle that “the important thing is not winning but taking part”.

The EU today seems to have adapted that slogan to fit its own desired global role - the important thing is taking part and not winning.

Moscou est responsable !

Par Robert Kagan, politologue et chercheur au Carnegie Endowment for International Peace. Traduit de l’anglais par Christine Vivier (LE MONDE, 15/08/08):

Qui a fait quoi pour précipiter le conflit entre la Russie et la Géorgie ? La question importe peu. Rappelons-nous les détails précis de la crise des Sudètes qui a mené à l’invasion de la Tchécoslovaquie par l’Allemagne nazie. Ce conflit moralement ambigu nous apparaît désormais à juste titre comme un épisode mineur au sein d’un drame bien plus important.

C’est une impression analogue que laisseront dans les mémoires les événements de la semaine dernière. Cette guerre n’a pas pour origine le mauvais calcul du président géorgien, Mikheïl Saakachvili. Car cela fait un certain temps que Moscou s’emploie à la provoquer.

L’homme qui a un jour qualifié l’effondrement de l’Union soviétique de “plus grande catastrophe géopolitique du (XXe) siècle” et qui a restauré un régime quasi tsariste en Russie s’efforce aujourd’hui de redonner à son pays la position dominante qui était autrefois la sienne en Eurasie ainsi que dans le reste du monde. Fort des ressources en pétrole et en gaz naturel dont il dispose, à la tête d’un quasi-monopole sur l’alimentation en énergie de l’Europe, s’appuyant sur 1 million de soldats, des milliers d’ogives nucléaires et le troisième plus gros budget militaire du monde, Vladimir Poutine considère que le temps est désormais venu pour lui d’abattre ses cartes.

Le malheur de la Géorgie aura été de se situer au point de fracture d’une nouvelle ligne de faille géopolitique, qui parcourt les frontières ouest et sud-ouest de la Russie. Des Etats baltes au nord, en passant par l’Europe centrale et les Balkans, jusqu’au Caucase et l’Asie centrale, une lutte de pouvoir géopolitique s’est fait jour entre une Russie revancharde connaissant un nouvel essor d’une part, et l’Union européenne et les Etats-Unis de l’autre.

L’agression de Vladimir Poutine contre la Géorgie ne saurait s’expliquer seulement par l’aspiration de cette dernière à rejoindre l’OTAN, ou par son sentiment de dépit face à l’indépendance du Kosovo. Il s’agit avant toute chose d’une réponse aux “révolutions de couleur” en Ukraine et en Géorgie en 2003 et 2004, quand des gouvernements pro-occidentaux se sont mis à remplacer les gouvernements prorusses. Ce que l’Occident a célébré comme une victoire de la démocratie a été ressenti par Vladimir Poutine comme un encerclement idéologique et géopolitique.

Depuis, ce dernier s’est montré déterminé à stopper et, si possible, à inverser la tendance pro-occidentale qui se manifeste sur ses frontières. Il cherche non seulement à empêcher la Géorgie et l’Ukraine de rejoindre l’OTAN, mais aussi à les replacer sous le contrôle de la Russie. En outre, il entend se tailler une zone d’influence à l’intérieur de l’Alliance atlantique, au prix de la sécurité des pays qui bordent les flancs stratégiques de la Russie. Voilà la principale motivation qui explique l’opposition de Moscou à l’installation de systèmes antimissiles américains en Pologne et en République tchèque.

L’INFLUENCE DE LA RUSSIE

L’offensive contre la Géorgie fait partie de cette grande stratégie. Vladimir Poutine ne se soucie pas plus des quelques milliers d’Ossètes du Sud que des Serbes du Kosovo. Les revendications de solidarité panslave sont des prétextes visant à aviver le puissant nationalisme russe à l’intérieur du pays et à étendre l’influence de la Russie à l’étranger. Il semble malheureusement que des tactiques de ce genre soient encore efficaces. Alors que les bombardiers russes attaquent les bases et les ports géorgiens, les Européens et les Américains, y compris de hauts fonctionnaires de l’administration Bush, reprochent à l’Occident d’exiger trop de la Russie, sur de trop nombreux points.

Il est vrai que la plupart des Russes sont sortis humiliés par la façon dont s’est achevée la guerre froide, et Vladimir Poutine en a convaincu beaucoup que Boris Eltsine et les démocrates russes étaient les responsables de la capitulation face à l’Occident. Un tel climat n’est pas sans évoquer l’Allemagne d’après la première guerre mondiale, lorsque les Allemands déploraient le “honteux diktat de Versailles” et critiquaient les politiciens corrompus qui avaient poignardé la nation dans le dos.

Aujourd’hui, comme alors, on manipule ces sentiments-là pour justifier l’autocratie à l’intérieur et pour convaincre les puissances occidentales que la conciliation - ou pour utiliser une expression autrefois respectable : l’apaisement - est la meilleure politique.

C’est donc bien la Russie qui a fait monter la pression et nullement l’Occident ni la petite Géorgie. C’est la Russie qui a fait des difficultés au Kosovo, où elle n’avait aucun intérêt tangible sinon une solidarité panslave proclamée. C’est encore la Russie qui a décidé de transformer un petit déploiement de quelques missiles en Pologne, bien incapable de contrebalancer le vaste arsenal russe, en une confrontation géopolitique. Et c’est toujours la Russie qui a précipité une guerre contre la Géorgie en encourageant les rebelles d’Ossétie du Sud à faire monter la tension avec Tbilissi en formulant des revendications inacceptables pour tout dirigeant géorgien.

Si Mikheïl Saakachvili n’était pas tombé dans le piège de Vladimir Poutine cette fois-ci, le conflit aurait été déclenché autrement. Les diplomates européens et américains estiment que M. Saakachvili a commis une erreur en envoyant des troupes en Ossétie du Sud. Peut-être. Mais sa véritable et monumentale erreur consiste plutôt à être président d’une petite nation, démocratique pour l’essentiel, et farouchement pro-occidentale tout en se trouvant à la frontière de la Russie de M. Poutine.

Les historiens en viendront à considérer le 8 août comme un tournant tout aussi capital que le 9 novembre 1989, date de l’effondrement du mur de Berlin. L’offensive de la Russie sur le territoire géorgien souverain a marqué le retour officiel de l’histoire, et même le retour à un style de rivalité entre grandes puissances inspiré du XIXe siècle, sur fond de nationalisme débridé, d’affrontement pour les ressources naturelles, de bataille pour la délimitation des sphères d’influence et les territoires, et même de recours à la force militaire à des fins géopolitiques.

La mondialisation, l’interdépendance économique, l’Union européenne et les autres efforts visant à édifier un ordre international meilleur vont bien sûr se poursuivre. Mais ces efforts se heurteront aux dures réalités internationale qui perdurent depuis des temps immémoriaux, et qui les submergeront parfois. Mieux vaut que le prochain président américain soit prêt à les affronter.

Russia’s War Is The West’s Challenge

By Mikheil Saakashvili, the president of Georgia (THE WASHINGTON POST, 14/08/08):

Russia’s invasion of Georgia strikes at the heart of Western values and our 21st-century system of security. If the international community allows Russia to crush our democratic, independent state, it will be giving carte blanche to authoritarian governments everywhere. Russia intends to destroy not just a country but an idea.

For too long, we all underestimated the ruthlessness of the regime in Moscow. Yesterday brought further evidence of its duplicity: Within 24 hours of Russia agreeing to a cease-fire, its forces were rampaging through Gori; blocking the port of Poti; sinking Georgian vessels; and — worst of all — brutally purging Georgian villages in South Ossetia, raping women and executing men.

The Russian leadership cannot be trusted — and this hard reality should guide the West’s response. Only Western peacekeepers can end the war.

Russia also seeks to destroy our economy and is bombing factories, ports and other vital sites. Accordingly, we need to establish a modern version of the Berlin Airlift; the United Nations, the United States, Canada and others are moving in this direction, for which we are deeply grateful.

As we consider what to do next, understanding Russia’s goals is critical. Moscow aims to satisfy its imperialist ambitions; to erase one of the few democratic, law-governed states in its vicinity; and, above all, to demolish the post-Cold War system of international relations in Europe. Russia is showing that it can do as it pleases.

The historical parallels are stark: Russia’s war on Georgia echoes events in Finland in 1939, Hungary in 1956 and Czechoslovakia in 1968. Perhaps this is why so many Eastern European countries, which suffered under Soviet occupation, have voiced their support for us.

Russia’s authoritarian leaders see us as a threat because Georgia is a free country whose people have elected to integrate into the Euro-Atlantic community. This offends Russia’s rulers. They do not want their nation or even its borders contaminated by democratic ideas.

Since our democratic government came to power after the 2003 Rose Revolution, Russia has used economic embargoes and closed borders to isolate us and has illegally deported thousands of Georgians in Russia. It has tried to destabilize us politically with the help of criminal oligarchs. It has tried to freeze us into submission by blowing up vital gas pipelines in midwinter.

When all that failed to shake the Georgian people’s resolve, Russia invaded.

Last week, Russia, using its separatist proxies, attacked several peaceful, Georgian-controlled villages in South Ossetia, killing innocent civilians and damaging infrastructure.

On Aug. 6, just hours after a senior Georgian official traveled to South Ossetia to attempt negotiations, a massive assault was launched on Georgian settlements. Even as we came under attack, I declared a unilateral cease-fire in hopes of avoiding escalation and announced our willingness to talk to the separatists in any format.

But the separatists and their Russian masters were deaf to our calls for peace. Our government then learned that columns of Russian tanks and troops had crossed Georgia’s sovereign borders. The thousands of troops, tanks and artillery amassed on our border are evidence of how long Russia had been planning this aggression.

Our government had no choice but to protect our country from invasion, secure our citizens and stop the bloodshed. For years, Georgia has been proposing 21st-century, European solutions for South Ossetia, including full autonomy guaranteed by the international community. Russia has responded with crude, 19th-century methods.

It is true that Russian power could overwhelm our small country — though even we did not anticipate the ferocity and scale of Moscow’s response. But we had to at least try to protect our people from the invading forces. Any democratic country would have done the same.

But facing this brutal invading army, whose violence was ripping Georgia apart, our government decided to withdraw from South Ossetia, declare a cease-fire and seek negotiations. Yet Moscow ignored our appeal for peace.

Our repeated attempts to contact senior Russian leaders were rebuffed. Russia’s foreign ministry even denied receiving our notice of cease-fire hours after it was officially — and very publicly — delivered. This was just one of many cynical ploys to deceive the world and justify further attacks.

This war threatens not only Georgia but security and liberty around the world. If the international community fails to take a resolute stand, it will have sounded the death knell for the spread of freedom and democracy everywhere.

Georgia’s only fault in this crisis is its wish to be an independent, free and democratic country. What would Western nations do if they were punished for the same aspiration?

I have staked my country’s fate on the West’s rhetoric about democracy and liberty. As Georgians come under attack, we must ask: If the West is not with us, who is it with? If the line is not drawn now, when will it be drawn? We cannot allow Georgia to become the first victim of a new world order as imagined by Moscow.

Russie-Georgie: la vraie raison de cette guerre

Par Bernard Guetta, ancien correspondant du Monde à Moscou, chroniqueur à France Inter et à Libération, membre du conseil de surveillance de Libération (LIBERATION, 14/08/08):

Mikhaïl Saakachvili n’est pas le seul coupable. Ses responsabilités sont immenses. Il s’est lancé à la reconquête de l’Ossétie sécessionniste sans penser le coup d’après, sur un coup de dés,sans être certain que l’Occident l’appuierait face à l’inéluctable réaction russe. Il a créé une crise internationale de première ampleur et mené son peuple à une défaite assurée, mais la profondeur même de cette aberration dit qu’elle ne peut pas relever de sa seule erreur.

Ces trois jours de guerre, ces destructions, ces morts inutiles sont aussi le fruit de l’incohérence de l’Europe et des Etats-Unis face à la Russie, de leur constante volonté de la contrer sans en avoir les moyens ni, surtout, de vraies raisons de le faire. Dans ce conflit, le problème de fond est que, depuis qu’elle a rebâti un Etat, repris le contrôle de ses matières premières et rompu avec l’alignement diplomatique d’Eltsine sur les Etats-Unis, la Russie inquiète Washington et l’Europe centrale.

L’Amérique craint que son ancien adversaire de la guerre froide ne redevienne un rival, fort de son immensité, de son pétrole, de son réarmement et, donc, de sa capacité à peser sur les affaires du monde. Malgré leur entrée dans l’Union européenne, les Etats baltes et les anciens satellites soviétiques vivent, eux, dans l’angoisse d’un retour de l’impérialisme russe et, surtout, d’une alliance entre la «vieille Europe» et le Kremlin dont ils se voient déjà victimes, sacrifiés sur l’autel énergétique par Paris, Rome et Berlin. Nourries par la brutalité avec laquelle Poutine a brisé la rébellion tchétchène et imposé une régression autoritaire à son pays, ces peurs ont conduit l’Alliance atlantique à vouloir s’étendre jusqu’aux frontières russes en intégrant l’Ukraine et la Géorgie.

L’Allemagne et la France ont freiné le mouvement au printemps, au sommet de l’Otan, mais ce projet reste sur la table et c’est dans ce contexte que Mikhaïl Saakachvili a cru pouvoir forcer le destin. Il voyait déjà les Occidentaux voler à son secours, en brandissant la menace d’une intervention militaire ou de représailles économiques, mais ils l’ont laissé seul face aux Russes. Les Américains n’ont pas bougé. La France s’est posée en médiateur, au nom de l’Union dont elle assure la présidence, et l’on peut maintenant tirer deux conclusions opposées de cette crise.

La première consisterait à voir dans la foudroyante efficacité avec laquelle la Russie a mis la Géorgie à genoux la preuve qu’il faut bel et bien encercler le plus grand pays du monde en élargissant l’Otan au plus vite. C’est le sentiment dominant en Europe centrale. Il s’exprime également aux Etats-Unis malgré la prudence observée par Bush mais peut-on s’étonner, et s’indigner, que l’ours sorte ses griffes lorsqu’on lui mord les mollets ? La Russie savait que si elle se retirait d’Ossétie du Sud sans réagir, elle ouvrirait immédiatement les portes de l’Otan à ses voisins ukrainien et géorgien, ce dont elle ne veut pas plus que les Etats-Unis ne voudraient d’une adhésion du Mexique et du Canada à un pacte militaire dominé par Moscou. La riposte russe a été d’autant plus immédiate que la Tchétchénie et les républiques russes du Caucase du Nord auraient vite posé des problèmes au Kremlin s’il n’avait pas montré sa force. C’est l’embrasement d’une région charnière qui menaçait non seulement la Russie, mais aussi l’Europe et le monde.

Ensuite, si cette crise a prouvé une chose, c’est que la politique russe de l’Alliance atlantique n’est ni tenable ni justifiée. Elle n’est pas tenable car les Occidentaux - on vient de le voir - ont trop besoin de la Russie pour se l’aliéner, beaucoup moins en raison de son pétrole que des défis géopolitiques posés par le monde arabo-musulman et, bientôt, la Chine. En ce début de siècle, l’Occident a besoin du soutien russe, d’un front commun sur la scène internationale qui ne sera pas facile à articuler mais auquel la Russie aspire car ses élites se sentent européennes et qu’elle est au contact direct des troubles de l’Islam et de l’affirmation chinoise.

C’est cette entente qu’il faut aujourd’hui bâtir, en commençant par réunir les quatre conditions d’un règlement de la crise actuelle : l’ouverture d’une perspective d’adhésion de l’Ukraine et de la Géorgie à l’Union européenne ; l’abandon de l’élargissement de l’Otan ; le retrait des troupes russes de tout le territoire géorgien et l’octroi à l’Abkhazie et l’Ossétie du Sud d’une pleine souveraineté dans le cadre d’une Géorgie fédérale. Le reste n’est que course à l’abîme.

La route de l’Ossétie du Sud passe par le Kosovo

Par Charles Urjewicz, professeur des universités à l’Inalco (LIBERATION, 14/08/08):

La tragédie que vivent aujourd’hui Géorgiens et Ossètes du Sud est à l’aune du drame yougoslave et des bouleversements territoriaux qu’il a entraînés.

Que s’est-il passé dans le palais présidentiel de Tbilissi le soir du 7 août, lorsque Mikhaïl Saakachvili décida d’en finir avec les «séparatistes» de Tskhinvali ? Le président géorgien s’est-il lancé à corps perdu dans une aventure dont il n’envisageait pas les conséquences ? Avait-il pris la mesure des terribles dégâts collatéraux que des bombardements nocturnes provoqueraient au sein de la population civile, élargissant encore le fossé entre Ossètes et Géorgiens ? Serait-il tombé, comme le laissent entendre certains, dans un piège délibérément tendu par Moscou : on lui aurait laissé entendre que la Russie était excédée par l’extrémisme des dirigeants de Tsinkhvali qui multipliaient les affrontements avec les forces géorgiennes de sécurité ?

Beaucoup d’observateurs notent la «naïveté» de dirigeants géorgiens, enfermés dans l’illusion d’un ferme soutien des Etats-Unis, qui n’ont pas évalué les changements de la donne politique : guerre d’Irak, nucléaire iranien, une présidence américaine déconsidérée et en fin de course. Reste que si, comme le dit l’adage, gouverner c’est prévoir, les responsables géorgiens ont commis une terrible erreur d’appréciation en réveillant la bête d’un nationalisme russe qui guette avec gourmandise chacun des faux pas d’un voisin «arrogant».

Alors que Pékin déployait ses fastes en présence de Vladimir Poutine et de George Bush, Tbilissi pensait avoir trouvé le moment opportun de faire sauter le verrou ossète. En décembre, l’Otan doit à nouveau examiner la candidature de la Géorgie… Mikhaïl Saakachvili veut forcer la porte de l’Otan tant que l’administration Bush est aux affaires. Que fera le nouveau président des Etats-Unis élu en novembre ? Ceux qui, au sein de l’Organisation, s’étaient déjà opposés à cette candidature font valoir qu’il est dangereux d’intégrer un pays confronté à des conflits avec des territoires sécessionnistes. Pour les Géorgiens, à défaut de pouvoir s’emparer immédiatement de l’Abkhazie qui partage le littoral de la mer Noire avec la Russie, la petite et fragile Ossétie du Sud, séparée de la Fédération de Russie par une haute barrière montagneuse, semblait une proie plus accessible.

Par ailleurs, alors que le pays est confronté à une situation économique difficile, singulièrement aggravée par la hausse des matières premières, le retour de Shida Kartli (nom géorgien de l’Ossétie du Sud) au sein de la nation aurait permis au président Saakachvili, que ses opposants accusent de dérive autoritaire, de redorer un blason singulièrement terni depuis la brutale répression des manifestations de l’automne 2007. Retour d’autant plus important que le président géorgien a promis solennellement à son peuple de lui rendre les territoires perdus dans les plus brefs délais ; il en va d’une part non négligeable de sa légitimité.

L’impatience géorgienne avait d’autres causes. La présence à ses frontières d’une Russie de plus en plus riche et puissance, et dont le pouvoir d’attraction est d’autant plus grand qu’elle avait complaisamment octroyé la citoyenneté aux habitants des territoires sécessionnistes, Abkhazie et Ossétie du Sud, inquiète fortement la république de Géorgie. On y craint une intégration rapide de ces territoires dans la Fédération de Russie, accusée de menées annexionnistes. De fait, la perspective des Jeux olympiques de Sotchi, en 2014, pourrait accélérer l’absorption des républiques séparatistes dans le tissu économique russe, rendant leur retour dans l’Etat géorgien difficile, voire impossible.

Pour la Russie de Poutine - en allait-il différemment lors de la présidence de Boris Eltsine ?-, marquer son statut de grande puissance dans le Caucase russe est essentiel, d’autant plus qu’elle déclare aujourd’hui avoir «stabilisé» la Tchétchénie. Au Caucase du Sud, depuis déjà plusieurs années, les relations russo-géorgiennes étaient exécrables, la Géorgie était en butte à un blocus qui empêchait l’entrée de ses exportations traditionnelles en Russie. A l’automne 2006, l’arrestation d’officiers russes accusés d’espionnage, que les autorités géorgiennes avaient exhibés aux médias, avait alors provoqué la fureur d’un Vladimir Poutine qui cachait mal son humiliation. Le Kremlin avait bandé les muscles, tandis que les médias officiels lançaient, l’espace de quelques jours, une campagne de dénigrement dont le million de Géorgiens qui résident en Russie était la cible.

En février, la proclamation de l’indépendance du Kosovo, avait plongé la Géorgie dans l’inquiétude face à ses deux provinces sécessionnistes. Moscou, de son côté, dénonçait un précédent dangereux qui ouvrait la boîte de Pandore, en particulier au Sud-Caucase. Aujourd’hui, Moscou prend enfin sa revanche sur l’année 1999, lorsque Belgrade était bombardée par l’aviation américaine au grand dam de Russes qui se sentaient directement atteints. L’indépendance du Kosovo, proclamée le 17 février, a marqué une rupture ouvrant une voie royale à la Russie. Le Kremlin s’inscrit désormais dans une logique «humanitaire» : il est venu à la rescousse du peuple ossète victime d’un «génocide» de la part de Tbilissi, à la mesure de celui qu’ont subi les Bosniaques à Srebrenica. Son instigateur, Mikhaïl Saakachvili, devrait, selon le Kremlin, à l’instar de Radovan Karadzic dont on découvre incidemment à Moscou la culpabilité, rendre des comptes devant un tribunal international. Terrible retour de l’histoire que le peuple géorgien, et que dire des Ossètes du Sud, ne méritait certainement pas.

La démocratie occidentale

Par Harald Welzer, sociologue, professeur de psychologie sociale au Centre de recherche sur la mémoire (Essen, Allemagne). Traduit de l’allemand par Pierre Deshusses (LE MONDE, 14/08/08):

La démocratie semble avoir de moins en moins le vent en poupe, autant sur le plan national qu’international. En tout cas rien n’indique que les pays émergents qui s’adonnent à l’ivresse de la modernisation à outrance veuillent en même temps suivre le modèle social démocratique de l’Ouest, où de plus en plus de gens commencent à se demander s’ils vivent bien dans le meilleur des mondes politiques possibles.

C’est ainsi qu’une étude de la Fondation Friedrich-Ebert a révélé il y a quelques semaines que près d’un Allemand sur trois pense que la démocratie fonctionne mal ; la proportion passe même à 60 % parmi les anciens Allemands de l’Est ; et un quart des personnes interrogées ne veut plus rien savoir de “la démocratie telle qu’elle est chez nous”. Comme le montre la participation toujours plus faible aux élections ou la baisse du nombre d’adhérents à des partis, ce sont là des jalons qui marquent une tendance de fond : entre le milieu des années 1970 et 1990, l’adhésion formelle à la démocratie en Allemagne s’est toujours située autour de 75 %. On a assisté ensuite à un processus d’érosion que les sondages ne sont pas les seuls à enregistrer. En un quart de siècle, les grands partis politiques ont perdu la moitié de leurs membres, alors que la réunification a ramené une palette complète de Länder. Une vraie prouesse !

La perte de confiance dans la démocratie ne se révèle donc pas seulement par l’accroissement de tendances autoritaires ; elle se reflète dans le désarroi des élites politiques incapables de prendre la mesure des problèmes posés par l’avenir. Voilà pourquoi le candidat Barack Obama apparaît comme un sauveur, même quand on n’est pas américain.

Le renoncement à la démocratie n’est pas forcément un handicap au développement, il fait même souvent office d’accélérateur dans le processus de modernisation. Quand on voit la subtilité déployée par le gouvernement chinois pour maintenir la confiance dans le système en maniant la carotte et le bâton, il est impossible de penser que ce système puisse capoter au seul critère qu’il n’est pas démocratique. Il pourrait même devenir pour d’autres sociétés un modèle plus attractif que celui de l’Ouest qui, avec son arrogance, donne maintenant l’impression d’être dépassé. Même les fragiles Etats du tiers-monde qui périclitent ou ont déjà périclité ne se portent pas candidats pour reprendre le modèle occidental. Soit ils sont tenus à l’écart de la mondialisation, soit ils en sont les victimes passives.

En perdant sa valeur de modèle, la démocratie occidentale est ainsi soumise à une pression venue de l’extérieur ; il existe d’autres voies vers une modernité que nous ne connaissons pas, et il y a toutes les raisons de penser qu’elles resteront valables aussi longtemps que les problèmes écologiques ne viendront pas mettre aussi à mal ce turbo capitalisme d’un nouveau type. Les perdants de la mondialisation dans les pays occidentaux sont en effet les premiers à sentir qu’il est illusoire de continuer à faire confiance à un Etat national promettant le bien-être pour tous. La dégringolade sociale qui, dans le pays du miracle économique, n’était autrefois le lot que de quelques laissés-pour-compte devient une possibilité que tout le monde peut redouter.

ABANDONNÉS PAR L’ETAT

Il est aisé de comprendre pourquoi, dans une telle situation, les gens se sentent abandonnés par l’Etat et donc aussi par la démocratie, surtout quand cet Etat ne cesse de prétendre qu’il va veiller au bien-être de tous, alors qu’en réalité il est incapable de faire quelque chose. Raison pour laquelle les personnes à faibles revenus qui réclament des compensations pour la hausse dramatique des prix de l’énergie ne peuvent que se sentir déçues et flouées : aucune démocratie au monde ne peut répondre du fait que les ressources deviennent plus rares et donc plus chères ; si elle veut maintenir la confiance, elle est paradoxalement obligée de dire qu’elle ne peut le faire. Quels seront les effets dévastateurs sur la démocratie si la hausse des prix de l’énergie fait aussi baisser le niveau de vie des classes moyennes ?

Que va-t-il se passer si les petits salaires ne peuvent plus payer leur chauffage ? Et qu’espérer si même la fiction de solidarité sociale ne peut être maintenue parce qu’il est désormais clair que la génération sortante et celle qui a précédé ont vécu sans le moindre scrupule aux frais de celle qui va encore à l’école aujourd’hui ?

Les structures sociales, tout le monde le sait à titre privé, ne sont jamais stables. Elles peuvent très vite se trouver confrontées à des problèmes d’existence et de légitimité ; elles peuvent aussi très bien s’effondrer quand la pression sociale devient trop forte. Il n’en va guère autrement avec les structures sociales de la taille d’un Etat, même si les institutions jouent ici un rôle stabilisateur.

Mais qu’en est-il lorsque les institutions comme les partis, les syndicats, les Eglises, la santé et la Sécurité sociale ont du mal à assurer cette fonction stabilisatrice parce qu’elles sont déjà prises dans un scénario de transformation qu’elles ont du mal à saisir elles-mêmes ? L’histoire du XXe siècle avec ses dictatures folles et ses systèmes totalitaires, avec ses révolutions et ses effondrements, montre qu’on ne peut miser sur la stabilité des rapports sociaux : les choses peuvent bouger assez vite et se soustraire aussi vite à tout contrôle. L’histoire montre aussi que, dans une situation de menace et de pression, les individus peuvent se laisser aller à des comportements et des décisions qu’ils n’auraient pas imaginés, quelque temps auparavant.

Voilà pourquoi il serait bon d’utiliser les inquiétants résultats de l’étude de la Fondation Friedrich-Ebert comme une incitation à réfléchir à la modernisation de notre démocratie. L’intégration c’est la participation et non l’assistance, et elle doit être renforcée par des formes innovantes de démocratie directe, qui englobent aussi des médias comme Internet. Les directives abstraites de l’Union européenne ne peuvent avoir aucun effet identificateur parce que personne ne comprend à quoi elles servent.

C’est en effet le seul moyen pour les individus de s’identifier à un ensemble dont ils sont eux-mêmes partie prenante. En revanche, si l’Etat ne laisse transparaître qu’une volonté d’intégration par un recours à l’assistance qu’il ne peut même pas assurer, il sape les fondements de la démocratie. Et il renonce du même coup au pouvoir d’engagement de ceux qui sont abandonnés en cours de route. Devenant le grand perdant de la mondialisation, l’Etat entraîne aussi la démocratie dans sa perte.