domingo, julio 29, 2007

La unión de Asia

Por Fidel Ramos, ex presidente de Filipinas. © Project Syndicate, 2007. Traducción: Carlos Manzano

Parecen haber remitido las ambiciones nucleares de Corea del Norte, al menos de momento. Las conversaciones a seis bandas han dado por fin resultados, gracias, al parecer, a la sólida oposición de China a la nuclearización de Asia nordoriental. Bajo la égida del sexteto, EE.UU. y Corea del Norte han celebrado incluso las conversaciones bilaterales que el presidente de este último país, Kim Jong Il, anhelaba desde hacía mucho. De modo que Asia está temporalmente más tranquila y menos inestable que en los dos últimos decenios. Aun así, sigue siendo un foco para un posible estallido repentino.

Durante ese periodo de tensión, una Corea del Sur cada vez más segura de sí misma empezó a seguir un rumbo independiente de su protector americano. En noviembre del 2005, el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) acusó al Gobierno de Corea del Sur de haber enriquecido una pequeña cantidad de uranio… hasta casi el nivel en que se podría utilizar en una bomba atómica. El Gobierno lo negó y afirmó que unos investigadores académicos habían hecho los experimentos, sin su conocimiento, “por su interés científico”.

La evolución de la política exterior de Corea del Sur puede entrañar un acercamiento a China, al unirse los nacionalistas coreanos a los chinos en su propósito de resistirse a las aspiraciones rivales de Japón a posibles depósitos de hidrocarburos en el mar de la China Oriental y el mar de Japón. Las nuevas generaciones de surcoreanos, que no tienen recuerdos personales de la guerra de Corea, que tal vez sólo les inspire un interés superficial, parecen molestos por lo que consideran el socavamiento por parte de Estados Unidos de la política de claridad de Corea del Sur para con Corea del Norte.

Para Japón, la capacidad de Corea del Norte en materia de cohetes es la preocupación mayor. En el examen panorámico de su situación en materia de defensa que ha hecho Japón recientemente, ha confirmado que seguirá oponiéndose a la posesión de armas nucleares por sus vecinos inmediatos. Naturalmente, el propio Japón cuenta ya con tecnología nuclear, pero el núcleo de la estrategia de defensa de Japón sigue siendo los intensos vínculos con Estados Unidos, no la independencia militar.

En resumen, la situación más tranquila en Asia nordoriental podría parecer una base frágil para crear una paz y una prosperidad a largo plazo en la región, pero la gran enseñanza que se desprende de Europa occidental es que la única solución duradera para un conflicto es la de insertar a los países vecinos en una densa red de relaciones económicas, políticas y de seguridad y en instituciones regionales que estén al servicio de sus intereses mutuos. Lo que llegó a ser la Unión Europea comenzó de forma discreta. Hasta que progresó la integración económica no se adoptaron medidas serias encaminadas a la integración política.

También en Asia oriental el mercado está fomentando la integración. Ahora que los diez estados de Asia sudoriental se han agrupado en la Asean y van a promulgar una Carta de la Asean, está avanzando firmemente la idea de una agrupación económica de Asia oriental de la que formarían parte la Asean, China, Japón y una Corea - es de suponer- unificada y desnuclearizada.

La fase inicial de esa gran ambición, una zona de libre comercio entre la Asean y China, se inició en el 2004 y debe concluir en el 2010. Simultáneamente, se está negociando una zona de libre comercio que comprenderá la Asean, Japón y también Corea del Sur. Desde el 2005, también India ha expresado interés en ese acuerdo con la Asean 10.

Pero Asia nordoriental es la única región asiática que no tiene organizaciones regionales. Ésa es la razón por la que necesita un acuerdo entre las potencias para sostener su frágil estabilidad. Corea del Norte y Corea del Sur deben comenzar la labor de reconciliación y creación de un espíritu comunitario por iniciativa propia. La economía debe superar una vez más a la política, con una intensificación del comercio, la inversión, el turismo y la transferencia de tecnología a lo largo del paralelo 38.

Entre tanto, ya existen los instrumentos para la creación de una mayor comunidad económica Asia-Pacífico, comenzando con el foro de cooperación económica Asia-Pacífico, y su objetivo es el de cumplir el imperativo de una paz y una seguridad duraderas. A lo largo del próximo decenio, nuestros estadistas deben sustituir la pax americana,que ha impuesto la estabilidad en la región de Asia-Pacífico, por una pax asiático-pacífica,en la que los más importantes países y bloques subregionales contribuyan al mantenimiento de la seguridad de Asia-Pacífico y la compartan frente a nuestras amenazas geopolíticas comunes, algunas de las cuales son el terrorismo internacional, la proliferación nuclear, la inestabilidad debida al conflicto árabe-israelí y la guerra de Iraq y la debilidad de la ONU.

Como vecinos y socios regionales, debemos aprovechar la convergencia de intereses que comparten EE. UU., Japón, China, India, Rusia, Asean, Canadá, una Corea unificada y desnuclearizada, Pakistán, Australia-Nueva Zelanda y otros, del mismo modo que la Europa occidental aprovechó el punto muerto de la guerra fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética para consolidar y ampliar la UE.

La prueba irrefutable de la necesidad de una profunda reestructuración de la seguridad de Asia-Pacífico es que el ejército de Estados Unidos no da más de sí, pero la paz en la región transpacífica no debe basarse en un equilibrio de poder, sino de beneficio mutuo. Evidentemente, entrañará un reparto de las responsabilidades entre todas las naciones de la región de Asia-Pacífico y un entendimiento cooperativo entre los países más ricos y poderosos de nuestra parte del mundo: Estados Unidos, Japón, China y Corea del Sur.

Ciudadanía: el verdadero ‘mal’

Por Perfecto Andrés Ibáñez, magistrado (EL PAÍS, 26/07/07):

Un obispo ha denunciado la aceptación de la asignatura Educación para la Ciudadanía como forma de directa colaboración con “el mal”; y sostenido que su establecimiento es más constrictivo de lo que lo fueron las clases de religión del franquismo. Como suena. Además, menudean las incitaciones de esa procedencia a una suerte de “guerra santa” o revuelta incivil contra la implantación de tal materia escolar, lo que permite pensar que el doble exabrupto traduce una posición institucional reflexivamente adoptada.

La primera sensación es de estupor, dada la enormidad de las afirmaciones. Pero si se piensa en la peripecia histórica del vigente status de ciudadanía, la impresión será distinta. Porque éste, en su versión actual, como atributo de hombres libres con derecho a autodeterminarse en lo que atañe a su conciencia, se abrió camino en lucha tenaz con las fuerzas dominantes de la sociedad estamental, incluida la Iglesia.

Es una obviedad de necesario recuerdo que la milenaria institución tiene un nutrido y poco brillante palmarés de oposiciones radicales, con frecuencia cruentas, al reconocimiento de, prácticamente, todos los derechos que forman el actual patrimonio constitucional. Y se sabe bien que el Estado liberal, como incipiente marco del ciudadano y espacio de ciudadanía, se formó trabajosamente ganando parcelas de autonomía frente a diversos tipos de intervenciones invasivas en la esfera del sujeto. Una de ellas, de singular peso, la eclesiástica, regularmente al amparo del “poder temporal”. De ahí que la primera piedra del orden jurídico-político del Estado de derecho fuera la separación de éste de la moral; que no hace falta decir con qué clase de obstáculos tuvo que medirse. En un suma y sigue, al que como es de ver, todavía podrían faltarle muchos renglones…

Así las cosas -aunque no guste a quienes permanecen anclados en una perspectiva político-cultural ancien régime y aspiran a una forma de gobierno confesional de la polis- en sociedades como la nuestra y en contextos como el europeo de hoy, la esfera pública sólo puede ser laica. Lo que significa tanto libertad de religión como inmunidad frente a cualquier imposición que guarde relación con ella. Es decir, derecho humano fundamental a decidir libremente en la materia; y deber del Estado de prestar las bases, la cultural incluida, para la autonomía de esa decisión.

Es el planteamiento que late en las recomendaciones de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa, que en nombre de la “tolerancia en una sociedad democrática” aconseja elaborar programas escolares en los que el hecho religioso reciba un tratamiento acorde con la posición del Estado constitucional en la materia: “cursos sobre las religiones y sobre la moral laica con una presentación diferenciada y cuidadosa” de las primeras.

No se descubre nada diciendo que las sociedades democráticas, esencial y afortunadamente plurales, descansan sobre una red de valores básicos compartidos que es lo que permite con-vivir a personas con adscripciones y actitudes diversas, muy especialmente en materia de religión (antigua acreditada fuente de guerras y conflictos). Por otra parte, es asimismo claro que estos marcos de convivencia han debido construirse con alto coste; despejando el terreno de imposiciones despóticas, con la consecuente pérdida de poder para los gestores de tal clase de situaciones opresivas. Cuesta, pero cabría entender que el recuerdo de éstas sea motivo de añoranza para quienes fueron sus beneficiarios. Ahora bien, lo que no puede admitirse es el subrepticio recurso a semejante tipo de oscuros precedentes como fuente de supuestos derechos adquiridos. Algo así es lo que hay tras la estrategia que se comenta, abiertamente dirigida a replantear las relaciones Estado-Iglesia conforme a un retroparadigma que debió quedar enterrado con los inolvidables “cuarenta años” y que no tiene nada que ver con la Constitución.

Vale, por más que preocupe, que alguien tenga dificultades personales para aceptar en conciencia los principios, laicos por definición, que están en la base del “contrato social” en acto. Pero la experiencia histórica y actual demuestra que su vigencia efectiva es la única garantía acreditada de la pacífica convivencia de sujetos diversos y el mejor antídoto contra fundamentalismos. Así las cosas, ¿con qué razón democrática podría cuestionarse la legitimidad del Estado constitucional para velar por el conocimiento y difusión de aquéllos?

La Iglesia puede ver pecado en el divorcio, en la no consideración del feto como persona, en alguna moral sexual, en la investigación con células-madre y en tantas cosas como ella decida. Pero no imponer esa óptica, ni obstaculizar el cumplimiento por el Estado de su deber constitucional de difundir en la ciudadanía la cultura de los valores que permiten vivir en paz con la diferencia. Por otra parte, educar a los escolares en la serena aceptación de esas y otras opciones como legítimas en el plano de la vida civil; sin prejuzgar ni excluir su valoración religiosa, ni poner obstáculos a que ésta se produzca y opere en el terreno que le corresponde ¿no es acaso dotarles del bagaje necesario para mantener una relación respetuosa y enriquecedora consigo mismos y con los demás? ¿No es contribuir a que vivan y dejen vivir con dignidad?

Cuando, como en el caso del obispo aludido, la respuesta a estas preguntas es agresivamente negativa, mal asunto. Porque entonces se impone otra: ¿es la Educación para la Ciudadanía lo intolerable o, más bien, la condición de ciudadano igual con plenitud de derechos, como modelo político-jurídico de subjetividad, lo que no se soporta? Alguien tendría que decirlo de una vez, sin subterfugios.

Hannah Arendt, una referencia inevitable

Por Juan José Solozabal, catedrático de Derecho Constitucional (EL CORREO DIGITAL, 26/07/07):

En el Evangelio se dice qué hay que hacer para ser discípulo, a saber, seguir al maestro, imitarle, pero ¿qué hay que hacer para llegar a ser maestro?, entendiendo por tal alguien cuyo pensamiento se reconoce de modo incuestionable y que es tenido como una referencia moral. A mi juicio Hannah Arendt, el centenario de cuyo nacimiento acabamos de traspasar, es un prototipo de esta figura tan difícil, especialmente en los tiempos de oscuridad que vivimos. Fijaría su atractivo en tres o cuatro rasgos de su biografía personal e intelectual.

En primer lugar, su coraje para vivir de acuerdo con sus ideas como intelectual y militante política esforzada incansablemente en la defensa de valores universales y racionales frente al totalitarismo y la injusticia. No es muy difícil imaginarse el atractivo de esta profesora alemana comprometida en la lucha contra el nazismo, con una actividad arriesgada y constante a favor de los refugiados, internada ella misma en un campo al efecto en Francia, manteniéndose en la supervivencia en Estados Unidos que no obstante no ceja en su labor intelectual comenzada con sus maestros Heidegger y Jaspers. Ciertamente es inevitable comparar su dura biografía con la de algún otro intelectual del mismo origen judío, pero que, sin negarle a la vez su valía y su valor, no puede dejar de mostrar un aspecto de instalado (me refiero a Berlin) frente a la condición de ‘paria’ de Arendt. En esta clave de firmeza debe sin duda entenderse su fidelidad intelectual y sentimental a Heidegger, y que desde la perspectiva de la coherencia no es una debilidad de Arendt, sino una prueba de la solidez de sus afectos y lealtades.

Tampoco es de desdeñar la simpatía que en el lector despierta la independencia de nuestra autora, de la que no era infrecuente que ella misma alardease. «La izquierda piensa que soy conservadora y los conservadores a veces me consideran de izquierdas, disidente o Dios sabe qué No pertenezco a ningún grupo. Como saben, el único grupo al que he pertenecido es el sionismo. Y naturalmente, se debió a Hitler. Duró de 1933 al 1943, luego rompí con él». Desde luego hay diferentes factores que permitirían inscribir en una línea de izquierdas a Arendt, así su alto aprecio de Marx o el reconocimiento de algunos logros institucionales de las revoluciones socialistas, como los soviets o los consejos, que ofrecerían en la práctica -según creo, equivocadamente- mayores oportunidades de participación que los tradicionales órganos representativos. Pero la izquierda de su tiempo no le perdonaría con facilidad la equiparación del totalitarismo de Hitler y el de Stalin.

Arendt, en segundo lugar, es una pensadora cuyas reflexiones interesan, pues no aspira a la construcción de un gran sistema, sino a facilitarnos la comprensión de nuestro mundo y nuestros problemas. El conocimiento político tiene por objeto siempre la experiencia política, bien es cierto que dentro de un esquema o marco conceptual determinado, ya se trate de un tema concreto de nuestro tiempo o se plantee un objeto de mayor entidad. «¿Cuál es el objeto de nuestro pensar? ¿La experiencia! Y si perdemos el suelo de la experiencia entonces nos encontramos con todo tipo de teorías. Cuando el teórico de la política empieza a construir sus sistemas, normalmente también se enfrenta a abstracciones». Ceñirse a la experiencia lleva a proposiciones de prudencia, a un conocimiento ponderativo, alejado del dogmatismo o la petulancia.

Este propósito de utilidad de la reflexión que le hizo escribir páginas memorables sobre el totalitarismo, la revolución o la responsabilidad ante el nazismo, condujo a Arendt a comprender perfectamente el papel del Estado para asegurar una vida activa plena, que sólo se nos alcanza como ciudadanos. Cuando repaso la idea de Arendt sobre el Estado, como tercer punto de mi reflexión arendtiana, no puedo menos de recordar una lección magnífica de teoría y ciudadanía democrática que Joseba Arregi nos ofreció un día y que sorprendió profundamente a quienes no tenían la suerte de conocerle como yo. Se trataba de una reunión en Sevilla acerca del Estado autonómico, que había convocado una conocida fundación, en cuya dirección participa un bilbaíno ilustre, Juanma Eguiagaray. Tras una ronda de intervenciones en las que se celebraba el adelgazamiento del Estado (quizás alguien, alguno de los progres-viejos como los llama Francesc de Carreras, allá presentes, estuviera todavía pensando en la desaparición o ‘aufhebung’ de la organización política de que hablase Marx y sobre todo Engels), Arregi hizo una defensa encendida del Estado constitucional español como verdadero valedor de los derechos de los vascos, comenzando por el de la propia vida. Una idea muy próxima a la de Arendt.

Arendt ofrece, en efecto, dos justificaciones del Estado. Primeramente es la participación en sus instituciones lo que permite la verdadera actividad política, como ocasión de convencer a los demás y decidir sobre lo que conviene a la comunidad. No hay, entonces, vida política al margen de las instituciones, diríamos, sin el Estado. La libertad en que está pensando Arendt es la libertad de los antiguos, la libertad que no reclama un espacio de autodeterminación, en la que se mueve la persona sin injerencias públicas, sino la libertad de participación, para intervenir en la actuación concreta de los poderes públicos, cuya organización, primero, y funcionamiento después, es imposible sin la presencia de los ciudadanos.

Pero el Estado no sólo ofrece el ámbito de nuestra actividad política, sino la misma posibilidad de nuestros derechos. Arendt fue durante parte de su vida una refugiada y no le fue desconocida la suerte de los apátridas, esto es, respectivamente, alguien cuyos derechos no fueron ni jurídicamente ni efectivamente respaldados por ningún Estado. Aunque Hannah Arendt no era jurista sabía perfectamente que los derechos fundamentales sin un Estado que los reconozca o declare, y los proteja en su ordenamiento, no son más que simples nombres o vagos postulados filosóficos. Lo que le queda a uno cuando no tiene un Estado que se los reconozca o que garantice su observancia internacional son esas cláusulas generalistas de las declaraciones, que se han limitado a trasponer tales postulados desde el cielo de los valores, sin utilidad alguna. La experiencia nazi y la idea anglosajona de los derechos, le habían enseñado a Arendt que unos derechos no reclamables, sin protección judicial, esto es, sin Estado, no son nada.

Hiperpresidente Sarkozy

Por Mateo Madridejos, periodista e historiador (EL PERIÓDICO, 26/07/07):

El presidente de la República que tomó posesión al galope, Nicolas Sarkozy, ha multiplicado las empresas y ha creado tantas expectativas, a veces en medio de fuertes controversias, que no se sabe muy bien si es el estadista hiperactivo que supuestamente necesita Francia para exorcizar sus demonios, engrasando la maquinaria productiva, o el político ambicioso, temperamental y un poco extravagante que parece tener el don de la ubicuidad. Un omnipotente compulsivo, el jefe, como le vitupera Régis Debray, corre el riesgo de sembrar la confusión entre sus seguidores luego de haber irritado a los adversarios, a los que pretende soliviantar o seducir con el señuelo de la prebenda.

Sarkozy está persuadido de que los franceses le han otorgado un mandato imperativo para el cambio, tarea a la que se entrega con una entusiasmo encomiable que dinamita algunas tradiciones arraigadas de la pompa y circunstancia del Elíseo o expande el evangelio del esfuerzo, el trabajo y la autoridad. El aspecto más positivo de su trepidante desempeño es el prurito de cumplir aceleradamente el programa electoral, ya se trate de la histórica rebaja impositiva, de la movilidad del paquidermo universitario o de la reforma de la Justicia encomendada a una valerosa mujer de origen magrebí que concita el arqueo de cejas de una magistratura presuntuosa.
Las dificultades se perfilan en el horizonte cuando el ministro de Trabajo demora hasta final de año las reformas que se reputan imposibles porque cercenan los privilegios e incluyen los servicios mínimos en caso de huelga, y la supresión de los regímenes especiales de jubilación. Esta pausa para la reflexión y la concertación –que no codecisión– permite a los cronistas lucubrar sobre el destino de este remedo de Napoleón (el pequeño, el tercero), retratado a caballo por el semanario británico The Economist, al que los más cáusticos vaticinan otra Comuna en forma de revuelta de los privilegiados como la que dio al traste con el reformismo del primer ministro Alain Juppé en 1995.

Desde fuera de Francia, la farsa histórica del neogaullismo no puede encubrir algunas decepciones y engaños. Los anglosajones esperaban un apóstol del librecambio, capaz de sacudir el anquilosado mercado de trabajo, y tropiezan con un intervencionista descarado, un emulador del general De Gaulle, pero sin la grandeur, atrapado en la tela de araña de las subvenciones agrícolas o la quimera de los campeones nacionales en el sector energético. El general Sarkozy, tituló Le Monde un editorial en el que le concedía todos los beneficios de la duda y lo absolvía de la tentación autoritaria.

SU ÚLTIMA propuesta sugiere un endurecimiento europeo de la política comercial hacia China. Los que auguraban una resurrección del espíritu de Margaret Thatcher, capaz de estimular la globalización, no ocultan su desencanto. Los euró-
cratas de Bruselas están decepcionados o desconcertados, pese al bello gesto de celebrar el día de la Bastilla bajo la bandera estrellada de Europa, al comprobar cómo Sarkozy arremete contra las instituciones comunitarias, se cree dueño del Fondo Monetario Internacional (FMI), se niega a equilibrar el presupuesto y frenar la expansión incontrolada del sector público, critica al Banco Central Europeo, firme guardián del euro, y reitera que la competitividad comunitaria debe ser entendida en beneficio de Francia. Todo un apolillado decálogo nacionalista.

Las instituciones son las más afectadas por esta encarnación de la soberanía nacional en un presidente que corre sin descanso, se instala en la informalidad e inspecciona todos los asuntos, incluidos los de la intendencia. Lo más chocante es la americanización frenética de la función presidencial, en el sendero azaroso del artista invitado de la sociedad del espectáculo, y la conversión del primer ministro, el reformista por antonomasia, François Fillon, en un mero subalterno, sin que existan en Francia los contrapesos parlamentarios, judiciales y de grupos de presión que moderan la actividad del titular de la Casa Blanca.

EN CONTRASTE con Estados Unidos, la gran paradoja francesa es que solo el primer ministro responde ante la Asamblea al ejecutar el programa, de manera que el jefe del Estado resulta ser un irresponsable político aunque sea el inspirador del proyecto rechazado por los electores o los parlamentarios. De Gaulle dimitió, pero Mitterrand y Chirac aceptaron, tras la derrota, la cohabitación. Y como subraya Nicolas Baverez al estudiar la reforma institucional, “no existe una democracia de autoridad sin responsabilidad”.

Gran escaparate de la apertura, la creación de un comité de reflexión, integrado por personalidades diversas y presidido por Édouard Balladur, para modernizar la República, se interpreta por el Partido Socialista como una maniobra de seducción que afecta a dos de sus prestigiosas figuras, Jack Lang y Olivier Duhamel. Fortalecido por las encuestas, que le atribuyen una aprobación de casi el 70%, el presidente prefiere impulsar la reforma institucional, de nuevo en el estilo gaullista, sin el consenso del PS. No obstante, el informe de los notables será relevante para Francia y otros países que pretenden mejorar el sistema democrático liberal, concebido como una poliarquía selectiva y meritocrática (Giovanni Sartori), y fortalecerlo ante los desafíos del siglo.

Bush y la debilidad de su fuerza

Por Pascal Boniface, director del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas de París. Traducción: Juan Gabriel López Guix (LA VANGUARDIA, 26/07/07):

Los principales asesores en la lucha antiterrorista de George W. Bush acaban de enviarle un informe. Las conclusiones son inapelables. Estados Unidos está perdiendo terreno en la lucha contra Al Qaeda. Por terribles que sean, esas conclusiones no resultan sorprendentes.

Desde el 11-S del 2001, los atentados de Madrid de marzo del 2004 y los de Londres de julio del 2005, el terrorismo forma parte de nuestro horizonte cotidiano. Se lo presenta como la principal amenaza que pesa sobre la seguridad mundial.

Estas afirmaciones son discutibles e ineludibles al mismo tiempo. Discutibles porque el terrorismo apareció mucho antes del 11-S. Si utilizamos como criterio el número de víctimas anuales, la falta de acceso al agua potable o las armas de pequeños calibres, por tomar sólo dos ejemplos, causan muchos más daños. En cuanto al grado de amenaza global para el futuro de la humanidad, no cabe duda de que el calentamiento climático parece portador de peligros muchos más serios.

No obstante, la temática del terrorismo se ha convertido en ineludible. El terrorismo ha pasado a ser la prioridad estratégica de Estados Unidos, el país más poderoso del planeta. Y lo mismo ocurre con un buen número de sus aliados. Se trata de una preocupación principal de las opiniones públicas de numerosos países desarrollados que, de modo recurrente en los sondeos, colocan el terrorismo a la cabeza de las amenazas que pueden afectarlos. En resumen, debemos vivir con el terrorismo, que se ha inscrito de modo duradero en nuestro paisaje estratégico. Y no parece que vaya a abandonarlo pronto. La condena del terrorismo suscita unanimidad o casi unanimidad. Su definición resulta más discutida. Los terroristas de unos son a veces los resistentes de otros. Podríamos ponernos fácilmente de acuerdo sobre una definición común: el terrorismo es una acción violenta llevada a cabo con fines políticos y que golpea de modo indiscriminado poblaciones civiles. Así que no sólo es condenable en términos morales, sino contraproducente en términos políticos. Queda por saber si limitamos la definición del terrorismo a los grupos infraestatales o si dicha definición se aplica también a la acción de los estados. ¿Podemos hablar de terrorismo de Estado? Aquí, de nuevo, la batalla ideológica es enconada.

Desde que George W. Bush convirtió la lucha contra el terrorismo en el eje rector de su política internacional, tenemos a veces la impresión de asistir con impotencia al desarrollo de un mal guión.

Porque, si bien existe un gran acuerdo sobre el objetivo, las opciones para llegar a él son de lo más discutibles. George W. Bush recuerda a veces el chiste del borracho que pierde las llaves y las busca, no donde se supone que las ha perdido, sino donde hay luz porque es más práctico. Hay en George W. Bush una negativa a abordar las raíces políticas del terrorismo, una negativa incluso a nombrarlas y una determinación respecto a los medios militares y de seguridad. Sin duda considera que eso supone menos esfuerzos a Estados Unidos, que resulta más fácil aumentar los gastos militares que atacar las raíces del terrorismo. Sin embargo, al proceder de semejante modo, tiene tan pocas posibilidades de triunfar sobre el terrorismo como nuestro borracho de encontrar sus llaves.

¿Quién puede aún pretender de modo serio que la guerra de Iraq fue una respuesta apropiada a los atentados del 11-S? ¿Quién puede aún negar que, lejos de combatir el terrorismo, esta guerra ha venido a estimularlo? ¿Quién duda aún de los peligros que comportaba querer modificar el mapa político-estratégico de Oriente Medio sin enfrentarse antes a una verdadera resolución del conflicto palestino-israelí? No es la única ceguera reprensible de George W. Bush. No contento con haber estimulado mediante su proceder el mal que pretendía combatir, ha venido a dar argumentos suplementarios a sus adversarios. Porque si según él los terroristas odian la democracia, ¿no es maltratar sus principios darles parcialmente la razón?

Desde las restricciones sobre las libertades públicas hasta los escándalos absolutos que representan Abu Graib y Guantánamo, George W. Bush ha añadido al fracaso estratégico un desastre moral. Ahora bien, este desastre moral contribuye al fracaso estratégico.

Más que un crimen, es una torpeza. La defensa del derecho internacional se ha convertido hoy en una cuestión de seguridad, un asunto geopolítico. ¿No deberíamos admitir que, si hay una divisoria entre las democracias y los regímenes no democráticos, no es otra que la línea que separa los regímenes democráticos que respetan sus propios principios y los que no lo hacen? Es falso que no se pueda combatir el terrorismo estando atado por el derecho. Al contrario, con el apoyo de éste, no MESEGUER burlándose de los principios que uno mismo afirma querer aplicar, se podrá combatir de modo más eficaz el terrorismo.

Encarcelamientos abusivos, represiones excesivas, torturas, humillaciones, constituyen otros tantos resortes susceptibles de transformar a un ser antes pacífico en alguien sediento de venganza. Los aliados de Estados Unidos deben sostener el objetivo de la lucha contra el terrorismo porque su seguridad también está en juego. Pero, justamente, para hacerlo de modo eficaz, también deben colocar los principios políticos y sobre todo los principios democráticos en el corazón de ese combate y no dudar en expresar su desacuerdo, si consideran que la política estadounidense no va por la buena dirección. Las democracias deben ser ejemplares. Esa característica, lejos de constituir una debilidad, constituye una fuerza. Esa fuerza ejemplar es el modo en que la democracia progresa, se arraiga y se extiende.

Al aire libre

Por Rafael Argullol, escritor (EL PAÍS, 26/07/07):

Uno de los documentos más conmovedores, a la par que lúcidos, sobre la creación artística son las cartas enviadas durante años por Vincent van Gogh a su hermano Theo. En una época como la nuestra tan poco proclive a las cartas puede sorprender la riqueza y la complejidad de unos escritos íntimos dirigidos a un hermano. En algunas ocasiones, las misivas a Theo por parte de Vincent son pequeñas obras maestras de la confesión literaria, y, en otras, reflexiones bien precisas sobre la tarea del pintor, un ámbito que en Occidente es particularmente fecundo a partir de artistas como Piero della Francesca y Leonardo da Vinci.

En las cartas a Theo no faltan referencias a la misión moral del arte o a la relación de la pintura con otras esferas artísticas, singularmente con la música, destino final, en opinión de Vincent van Gogh, de todo arte. Con todo, quizá el apartado en el que Van Gogh insiste más es en el que hace hincapié en las condiciones concretas, físicas, que acompañan a la realización de una obra. Pocos artistas han sido tan minuciosos a la hora de describir las circunstancias cotidianas que se proyectan en la ejecución de una pintura.

Vincent le explica a su hermano con todo detalle la materia prima de la vida que quiere captar en sus cuadros. Desea ser un “pintor de campesinos” o un “pintor de mineros”, no en el sentido de pintar representaciones de unos u otros, sino en el de registrar la existencia interna de las cosas. A Van Gogh le interesa la genealogía del agotamiento en un grupo de mineros o la prehistoria de las arrugas en la cara de un leñador del mismo modo en que le interesa la luz de las horas o los motivos del color. Con más contundencia: el color o la luz no son importantes si no en función de mostrar aquellas arrugas o aquel agotamiento.

De ahí que no sea arbitraria la percepción que tiene alguien como Heidegger del cuadro Un par de zapatos, pintado por Van Gogh en 1886 en París: “En la ruda pesadez del zapato está representada la tenacidad de la lenta marcha a través de los lagos y montañas surcos de la tierra labrada. (…) En el cuero está todo lo que tiene de húmedo y graso el suelo. Bajo las suelas se desliza la soledad del camino”. En un par de zapatos, Van Gogh ha pintado una entera historia moral que implica una lucha, un dolor, un esfuerzo, acaso una redención.

Van Gogh detestaba el estoicismo, y tal vez por esto no se sintió cómodo en ninguno de los movimientos artísticos de su época. Sin una radical perspectiva espiritual, el arte no tenía sentido alguno. Pero la perspectiva, lejos de cualquier tentación teológica, era consecuencia, exclusivamente, de la lucidez y del trabajo. Van Gogh se pelea sensorialmente con la pintura de un modo muy semejante a como Miguel Ángel lo hace con la escultura. En ambos, la búsqueda del espíritu entraña una auténtica batalla corporal de los sentidos.

En las cartas a Theo, Vincent prescinde de las digresiones esteticistas para circunscribirse a la violenta pelea que es la pintura. Para describir su cuadro El café de noche, pintado en Arlés con dos versiones distintas, Van Gogh escribe: “He intentado expresar con el rojo sangre y amarillo sordo, un billar verde en medio, cuatro lámparas amarillo limón con irradiación naranja y verde. Hay por todas partes un combate y una antítesis de los verdes y los rojos más diferentes”. Lucha, combate: son las palabras más empleadas por Vincent cuando trata de explicarle a su hermano en qué consiste su pintura, tanto cuando está en Holanda o en París como cuando, al final de su vida, se traslada a Provenza.

En las cartas también queda claro que a Van Gogh no le interesa el paisaje tal como normalmente hablamos de este término en pintura. Lo que le interesa es el trasfondo moral del paisaje, sea el paisaje “con figuras”, sea algo más excepcional y que marcará su talento como artista: el paisaje “sin figuras” que en sí mismo se convierte en expresión de la condición humana. Pocos pintores han logrado trasladar con tal fuerza las emociones a la naturaleza proponiendo una síntesis de cosmología y psicología. Para Van Gogh, un paisaje es un retrato y, a menudo, un autorretrato.

En la muy recomendable exposición que tiene lugar en la Fundación Thyssen de Madrid sobre los últimos paisajes de Van Gogh es posible observar la maestría alcanzada por el pintor holandés en aquella dirección. No es descabellado contemplar estos cuadros como retratos y particularmente como autorretratos. De hecho, hay un estricto paralelismo entre los colores otorgados al entorno y al propio rostro en la frenética etapa de Provenza. Si El café de noche, con sus rojos, verdes y amarillos, habla de las “terribles pasiones humanas”, los paisajes de Van Gogh, y singularmente los últimos, ni hablan ni quieren hablar de otra cosa. En Provenza parece que por fin Van Gogh haya conseguido que se cumpla aquel viejo ideal suyo de que el arte sea el hombre añadido a la naturaleza.

No obstante, también este ideal debe ser comprendido casi en términos de pugilismo. Acostumbrados a imaginarnos al artista encerrado en su estudio, los términos impuestos por Van Gogh son provocativos por su violencia sensitiva. Al igual que Miguel Ángel le confiesa a su fiel corresponsal Vittoria Colonna que no puede concebir la escultura sin la presencia del polvo del mármol que está cortando en Carrara, Vincent le reitera a su hermano Theo que su pintura es, por encima de todo, su propio desnudamiento de la naturaleza.

Hay una carta de junio de 1888 que tiene el valor de una poética y de una declaración de principios. Vincent le escribe a Theo a raíz de un cuadro pintado al aire libre: “Volver allí no es posible. ¿Por qué iba a destruirla? He salido fuera, en pleno mistral, para hacer lo que he hecho. ¿No es acaso la intensidad del pensamiento, más que la tranquilidad de la pincelada, lo que buscamos? ¿Es posible la pincelada tranquila y ordenada en el trabajo espontáneo en plena naturaleza? No más que en un asalto de esgrima”.

En las últimas cartas que escribe a su hermano Van Gogh acepta por completo la mediación activa de la naturaleza en la ejecución pictórica. El mistral es una fuerza inquietante y liberadora; el sol, el sol del Sur, es deslumbrador y benéfico. Para el postrer Vincent van Gogh, la “tela siempre tiembla”: el arte es una pelea abierta al aire libre.

Del mismo modo en que Nietzsche sugiere no dar crédito a ningún pensamiento que no haya nacido al aire libre, Van Gogh exige a la pintura respirar a pleno pulmón. Toda una lección para la que reivindican un arte recluido en los sótanos de la vida.

Sarko, el argelino

Por Jean Daniel, director de Nouvel Observateur. Traducción de José Luis Sánchez-Silva (EL PAÍS, 26/07/07):

En el avión que le lleva a Argel, el martes 10 de este mes, Nicolas Sarkozy evoca la celebración del 14 de julio. Normal. Sólo que no se trata de la que está a punto de presidir, cuatro días después, y que va a incluir un homenaje a la Unión Europea fervoroso y sin precedentes. El presidente francés está pensando en el 14 de julio… ¡de 2008! Casi nada. Y ante esta idea el rostro se le ilumina con una excitación infantil. Imagínense, esa celebración podría ser y, de hecho, será “formidable”, pues reunirá a los países de ambas orillas del Mediterráneo: Europa y África. Ni más ni menos. “Por encima de todo, creo en la fuerza de los símbolos. Después de la Unión Europea vendrá la Unión Mediterránea”.

Esa es la gran idea que pretende “vender” a los argelinos al escoger su capital como destino para su primer viaje oficial fuera de Europa. El primer socio de Francia debería ser el presidente Abdelaziz Bouteflika, con el que Sarkozy tomó la iniciativa, hace mucho tiempo y a espaldas de todos, de establecer lazos de simpatía. Tenía sus planes. El presidente argelino fue el primero en felicitar al francés, a las 20.10 horas de la noche de su elección.

¿La Unión Mediterránea en un año? ¿No es soñar con un imposible cuando el Líbano está en llamas, Israel es inestable y hay dos Palestinas, dos Sáharas y dos Chipres? ¿Soñar con un imposible? El presidente dice que él no hace otra cosa. Sus dos enemigos han sido siempre la duda y la resignación. Lo imposible es lo único que vale la pena intentar. Pero, en este caso, ¿cree realmente en lo que dice? Respuesta: para actuar hay que creer o hacer como que se cree. ¿Dar tiempo al tiempo? Eso es para los que quieren durar, no para los que quieren reformar. Una evidente complacencia le empuja a extraer una ley global de cada uno de sus comportamientos, a teorizar, y de manera sentenciosa, todos sus impulsos. ¿Que no ha tenido tiempo para reflexionar? Pero si durante cinco años, observa, no ha hecho otra cosa. ¿Que se extralimita? Los demás no hicieron lo bastante.

Si intuye que la fórmula no da en el blanco, recurre a esa sonrisa que se supone capaz de granjear la indulgencia para con las inevitables servidumbres de su oficio. Pero también tiene una astuta manera de replicar. Cuando el presidente tunecino, Zine El Abidine Ben Ali, se queja amargamente del trato que le reserva la prensa francesa, Nicolas Sarkozy le responde que eso no es nada, pero nada de nada, comparado con lo que él mismo ha tenido que soportar. Al tunecino no le queda más remedio que pasar de las quejas a la conmiseración.

El jueves siguiente, 12 de julio, tiene que pronunciar en Épinal, como antaño De Gaulle -de nuevo la fuerza de los símbolos-, su gran discurso sobre las instituciones. “Voy a sorprender a la oposición y a la mayoría con los poderes que quiero conceder al Parlamento. El presidente tiene que gobernar, pero, por una parte, debe rendir cuentas continuamente y, por otra, someterse a un control constante”.

Este tipo de aseveraciones me lleva a evocar el recuerdo de Mendès France. Pero con Mendès France uno no tenía que preguntarse constantemente si su estrategia de persuasión lo exponía al riesgo de parecer un malabarista y un mercachifle, si su simplicidad estaba hecha de demagogia y si era popular sólo porque era populista. En realidad, Sarkozy tiene más de Bonaparte; se ha convertido en el jefe de una derecha realmente bonapartista.

¿Qué hago yo en este avión? He votado a Ségolène y no me arrepiento. Me horroriza el júbilo masoquista de las jerarquías del Partido Socialista ante el fracaso de su candidata. Después de todo, el socialismo no ha quedado deshonrado frente a la derecha. Con Mauroy, con Jospin, con Rocard, ocurrió todo lo contrario. En cuanto al mismo Nicolas Sarkozy, yo critiqué severamente un viaje que hizo a Estados Unidos para cuestionar la política de su propio país cuando era el número dos del Gobierno, y a riesgo de desacreditar el cargo al que aspiraba. Y si nunca me he permitido decir que el ex ministro del Interior de Jacques Chirac fuese ni remotamente racista, xenófobo o filofascista, en cambio, la orientación de su política exterior siempre me ha inspirado serias dudas.

Pero en este avión no oigo nada que no hubiera podido decir Hubert Védrine. Ni una nota discordante entre Nicolas Sarkozy, Bernard Kouchner, Jean-DavidLevitte, Henri Guaino y Rama Yade. ¿Qué dicen de Oriente Próximo, por ejemplo? ¿Y de la seguridad de Israel? Una prioridad. Pero ahora depende sobre todo de la ayuda más o menos masiva que los israelíes proporcionen a la Autoridad Palestina. Además, de todas formas, la paz sólo se hace con los enemigos. Y desde el momento en que Estados Unidos se ha arrogado el derecho a hablar con los iraníes, poco puede decir del hecho de que otros se planteen hablar con Hamás, Hezbolá o incluso los sirios. “¿Habría usted enviado tropas a Irak junto a los norteamericanos, si hubiera estado en Exteriores?”, le pregunto a Sarkozy. Él se esperaba la pregunta y responde sin dilación: “¡De ninguna manera! Ni se me hubiera ocurrido, conociendo el final de todas las ocupaciones. En cambio, hubiera estado mil veces más cerca de Estados Unidos que antes”.

Habrá pues cierta continuidad en la política exterior. Y, como tengo a mis espaldas una larga vida de familiaridad con el Magreb y el Mediterráneo, me han invitado a presenciar cómo reciben allí los ambiciosos proyectos del nuevo presidente.

Si con Sarkozy comienza una nueva era, es sobre todo gracias a la ruptura que está marcando con el estilo, los métodos, el lenguaje y los gestos de sus predecesores. Todos aquellos que se hacen una idea reverencial de la presidencia de la República Francesa deberían revisar sus puntos de vista. Si usted piensa que el presidente no debe renunciar a cierta soberbia, que su autoridad debe estar rodeada de secreto, que sus declaraciones deben revelar una conciencia un poco suficiente del rango que su país ocupa en el concierto de las naciones, en resumen, si tiene usted en mente a De Gaulle, a Giscard d’Estaing o a Mitterrand, debería ir preparándose (es lo que he hecho yo) para quedarse de piedra más de una vez y acabar saliendo de su error.
Tengo que decir que los interlocutores argelinos y tunecinos de Nicolas Sarkozy no han sido los menos sorprendidos, ni a los que menos ha divertido, e incluso seducido, el espectáculo de un presidente de la República Francesa que expresa, con las palabras de todo el mundo y una cordialidad igual de natural, la defensa no de la grandeur, sino de los intereses de su país. En su diálogo con el presidente Bouteflika, Sarkozy se ha presentado como un joven jefe de Estado que no participó en ninguna de las tragedias que separaron a Francia y a Argelia, que de todos aquellos sufrimientos sólo tiene un conocimiento indirecto y nada más piensa, aunque de manera obsesiva, en el futuro. Este nuevo presidente francés se ha propuesto dejar atrás la “cursilería” del arrepentimiento y los buenos sentimientos con la firma de un “pacto de amistad”. No se anda por las ramas. “Estoy por el reconocimiento de los hechos, no por el arrepentimiento, que es una noción religiosa y no tiene cabida en las relaciones de Estado a Estado”.

¿Cuáles son los hechos? Argelia es el primer interlocutor económico de Francia en el continente africano. Los franceses son los primeros inversores, hidrocarburos al margen, y los segundos, hidrocarburos incluidos, detrás de Estados Unidos. Ahora bien, el pasado 10 de junio, Estados Unidos y Argelia firmaron un protocolo para un acuerdo en el terreno de la energía nuclear para uso civil. La firma de ese protocolo llevó a Sarkozy a trazar inmediatamente una estrategia ofensiva que preconiza, además del acercamiento entre GDF -Gas de Francia- y Suez con la compañía argelina de hidrocarburos Sonatrach, la aportación francesa de los equipamientos indispensables para la edificación de una infraestructura nuclear para uso civil en Argelia.

Éstas son las variables que rigen el futuro de las relaciones francoargelinas, francomagrebíes y euromediterráneas. Nicolas Sarkozy declara con tranquilidad que pretende establecer con los magrebíes una asociación tan privilegiada y excepcional, beneficiosa para las dos partes por igual, que disuadirá a las otras grandes potencias de sus ambiciones competitivas.

Dicho esto, los argelinos tienen serias dificultades de gobernabilidad. La audaz política de “reconciliación nacional” aún no ha agotado definitivamente las fuentes del terrorismo islámico. Los generales están lejos de haber perdido toda su influencia. La autoridad del presidente Bouteflika extrae una parte de su fuerza del hecho de que no existe ningún otro recurso político en el país. Sin embargo, la vitalidad de los jóvenes argelinos y su capacidad de adaptación al mundo moderno no dejan de impresionar a los extranjeros. En un futuro próximo, ellos serán seguramente los verdaderos interlocutores de Sarkozy. A buen seguro que, como me han confiado varios responsables argelinos, si el presidente francés mantiene su promesa de implicarse personalmente en una cooperación magrebí y mediterránea cuyo eje sería de algún modo París-Argel, y esto -¡he aquí un verdadero reto!- sin menoscabar el orgullo nacional ni los intereses de Marruecos y Túnez, el viaje de Estado que Sarkozy tiene previsto para diciembre podría desembocar en un acuerdo histórico.

«Moro»

Por Serafín Fanjul, catedrático de la UAM (ABC, 26/07/07):

Desde que la corrección política, inventada y exportada por las universidades americanas, se adueñó de la izquierda europea, ésta ha encontrado en la sustitución de términos el bálsamo salvador de su carencia de contenidos y conceptos. El poder y los grupos políticos, religiosos o ideológicos siempre han intentado manipular el lenguaje. Sin embargo, para nuestros progresistas esa maniobra se volvió imperativo categórico cuando los pufos urbanísticos, la ética de quita y pon o la adopción de la política económica y social de la derecha, incluso llevándola mucho más lejos, se han convertido en puntales de la supervivencia de partidos cuyo izquierdismo real brilla por su ausencia. Bien es cierto que el eufemismo (v.g. «empleadas de hogar» por criadas, o «productores» por obreros) no es una creación de ahora, pero en la actualidad la sociedad entera acepta mansamente el enmascaramiento de ciertas ideas con tal de que las cebaderas sigan llenas. Es más vistoso decir subsahariano que negro (¿cómo llamarán a los de las Antillas?); y aunque para «señorita» -de quince años, por ejemplo- no haya un recambio, las feministas se erizan como puercoespines (o puercaespinas) cada vez que oyen tan inocente vocablo. Se amalgaman en el intento designios de edulcorar, engañar, distraer, pero también la pedantería de grupo o la búsqueda de una jerga enrevesada que preste respetabilidad a quienes no la tienen de suyo. Así, un fallecimiento en accidente se describe como «heridas incompatibles con la vida»; el derrumbamiento de una casa es la «anulación de la ley de gravedad»; el despido se convierte en «extinción de la relación laboral», la locura en «desorden neurológico grave», los coches usados en «seminuevos», los barrenderos en «agentes de superficie», el recreo escolar en «segmento de ocio» y los impuestos -ésta es de Rodríguez- en «aportación a los ingresos del Estado». Hay muchas más que no podemos ni debemos reseñar aquí. Baste dejar sentada la intención de falsear la realidad, al tiempo que se impone una disciplina ideológica que nadie osa contravenir por el riesgo de ser marginado y aislado en la sociedad, por lo mucho que sufre la imagen del infractor.

Leo en ABC (30-05-07) que un concejal de El Vendrell ha sido condenado a pagar una multa de 400 euros por llamar moro a un moro. La descalificación del condenado viene alfombrada con su descripción como «ultraderechista y xenófobo», lo cual, por sí solo, ya le convierte en culpable de antemano. Sin entrar en la ideología política del perjudicado -que desconocemos- sí vale la pena recordar que descalificaciones similares («fascista» es la más común) se aplican a cualquiera que incordie o reclame contra el buenismo avasallador. Por añadidura, es obvio que todos tenemos derecho a las garantías y amparo de la ley -«Juzgarnos por lo que hacemos, no por quién somos», me aclaró un viejo conocido encumbrado a magistrado progre-, no sólo los asesinos etarras, los punkis, okupas y demás familia. Todos. Imagino que el condenado recurrirá una sentencia tan absurda, pero no es su caso particular lo llamativo, sino la extensión del conflicto por esta palabra.

Busco en el DRAE: «Moro: Natural del África Septentrional frontera a España./ 2. Perteneciente o relativo a esta parte de África o a sus naturales./ 3. Por extensión, que profesa la religión islámica./ 4. Dícese del musulmán que habitó en España desde el siglo VIII hasta el XV./ 5. Perteneciente o relativo a la España musulmana de aquel tiempo. / 6. Dícese del musulmán de Mindanao y de otras islas de Malasia… etc.». Es decir, pronunciar la voz «moro» no es insultar a nadie sino, simplemente, hablar en castellano, con lo cual podríamos entrar en atrevidas exégesis sobre si el veredicto es, o no, un ñoño subproducto más de lo políticamente correcto conducente al pensamiento único, agarrándose a leyes interpretables, de las cuales en España tenemos una porción. Ya se sabe: al enemigo se le aplica la ley y al amigo se le interpreta. Y para qué aludir a casos recientes.

Diciéndolo por derecho: la sentencia es pura sinrazón, un contradiós a pelo, una prueba más de cómo la gazmoñería puede convertirse en arma represiva, porque sí y punto, so color de defender la autoestima de éste o aquél. ¿Debemos expurgar y purificar toda la literatura española, incluida la jurídica y administrativa, anterior al siglo XX, limpiándola de un término tan ofensivo? Pues no vamos a parar. Sólo un botón de muestra: cuando la expedición de Magallanes-Elcano alcanza la isla de Palawán (Paragua), entre Mindoro y Joló, Antonio Pigafetta (a propósito, vean la excelente versión de Leoncio Cabrero) refiere agresivamente «Aquel rey es moro y por nombre Siripada». ¡Que empuren a Pigafetta! Pero es que hay más delito: cuanto Santiago Matamoros sea habido en iglesias, catedrales y hasta sacristías y columbarios, transmútese en Santiago Matamagrebíes o, mejor aún, barrénese y trocéese la estatua hasta convertirla en picadillo de carcoma, como hizo Hitler nada más entrar en París con la efigie del general Mangin invasor del Ruhr en 1923. Y las malhadadas fiestas levantinas, andaluzas y manchegas (y hasta de Zacatecas, México) por mal nombre conocidas como de «Moros y Cristianos» recíclense -dirá el progre- en «Fiestas de Magrebíes y Cristianos». Ya lo saben en Alcoy. Aunque, bien mirado, sería preferible abolir tan crudo insulto para el islam como es andar mostrando Vírgenes y San Jorges con tal hostilidad, obedeciendo así al justo deseo -ya expreso- de los moros aquí afincados ayer por la tarde, o de los españoles conversos de anteayer que, sin duda, ofrecerán alternativas más lúdicas, solidarias, multiculturales y, sobre todo, divertidas que estas antiguallas arcaicas, xenófobas, de derechas. Y cuantos topónimos se apelliden Matamoros, deberán, púdicamente, denominarse Matamagrebíes o Matamusulmanes, para que quede constancia de nuestra crueldad y proclividad a sevicias y crímenes, aunque aprovecho la ocasión para dar un disgusto a los gurús de nuestra cultura presente -que van mundo adelante repitiendo que en esos lugares se mataban moros- informándoles de que Matamoros sólo es «Mata de los Moros», ¿o es que en Matallana mataban llanas y en Matagorda gordas? Y el muy musulmán -y terrorista- Frente Moro de Filipinas, afine el título y hágase otra fiestecita de Subú´ para cambiarse la marca y adoptar el mucho más apropiado nombre de Frente Magrebí de Liberación y etcétera.

Pasaremos por alto los miles de injurias, insultos y maldiciones contra los cristianos y el cristianismo que hermosean la literatura árabe de viajes, las crónicas históricas o los compendios jurídicos, pero, si desean divertirse, no más asómense a la prodigiosa y preciosista casuística de los musulmanes, por ejemplo para distinguir entre las maldiciones que deben dirigirse a los cristianos según caigamos en la primera o la segunda mitad de Ramadán (véase la obra de Abu Bakr de Tortosa «Libro de las innovaciones y las novedades», versión de M. I. Fierro, pg. 239). Verán qué tolerancia. Por desgracia, el pequeño suceso de El Vendrell no es un hecho aislado sino que se enmarca en una presión psicológica permanente, también a través de la lengua: no contentos con ocupar progresivamente el espacio público, pretenden imponernos una determinada forma de hablar que recorta los flecos del pasado en un solo sentido -como en todo-, bien que con el concurso de una tropa auxiliar de buenistas hispanos, poco lectores pero muy habladores, porque el lance de «moro» va inserto en toda una línea que, en los medios de comunicación, exhibe cual divisa de torneo para listos, Girona, Lleida, A Coruña… No veo nunca al-Qáhira por El Cairo, München por Munich o Moskba por Moscú: ¿será por tratarse de lugares de importancia menor que Hondarribia y compañía? No se puede pedir a los periodistas, ni a nadie, que conozcan todos los idiomas. Bástenos, pues, para entendernos en nuestro país, con el castellano y el sentido común, que no es poco.

El palabro «musulmán» es una composición de francés y persa (con el sufijo -an de plural en esta última lengua) que entró en español a través de la literatura romántica francesa para designar al que hasta entonces se llamaba con llana y sana naturalidad «moro», y yo lo prefiero, como la mayoría del pueblo español, que sabe muy bien lo que quiere decir con el término, sin necesidad de caer en la cursilada de «magrebí». Y meta -o entienda- el matiz peyorativo quien guste, no yo. Subjetividad pura al servicio oportunista del poder del momento.

Pakistán: ¿por qué la Mezquita Roja?

Por Eva Borreguero, directora de Programas Educativos de Casa Asia (EL PAÍS, 25/07/07):

Este año se conmemora el sesenta aniversario de la independencia de Pakistán. La recién creada nación surgió del drama de una partición que costó la vida de un millón de personas y produjo el desplazamiento de doce millones de hindúes, shijs y musulmanes. Pero junto con el dolor y el trauma coexistía la esperanza de un futuro prometedor. Pakistán, primer Estado moderno creado por criterio de religión, contaba a su favor con una ubicación geopolítica que hacía de él un eje en torno a cuyas fronteras giraría la futura posición del mundo asiático. Al menos así lo creía su fundador, el quaid-i-azam el “gran líder”, Mohammad Alí Jinnah.

Jinnah tenía en la mente un Pakistán demócrata, cuyas fuerzas armadas se limitasen a defender la territorialidad del Estado secular, y donde coexistiesen pacíficamente distintos grupos religiosos. Si Jinnah levantase hoy la cabeza y viera la situación actual en que se encuentra el país, se preguntaría, como sus escasos seguidores supervivientes, cuál ha sido el fallo que arruinó esa hermosa utopía. Tal vez, si alguien planteara esta pregunta al actual presidente de Pakistán, Pervez Musharraf, el general señalaría con el dedo a una clase política corrupta y sin escrúpulos que ha sacrificado los intereses de la nación con la finalidad de fortalecer sus feudos personales de poder. Y en muchos aspectos de su acusación no erraría. Sin por ello menospreciar la incidencia del islamismo militante encabezado por uno de los grandes propagandistas del fundamentalismo en el pasado siglo, el Maulana Maududi, sobre cuya incidencia en los tiempos del general-dictador Zia ul-Haqq nos informaba magistralmente la película El silencio del agua. Algo que Jinnah no pudo siquiera sospechar.

Ahora bien, en este laberinto de difícil salida que se ha convertido la vida política pakistaní, el ejército tiene asimismo su responsabilidad en la medida que durante décadas ha mantenido una relación simbiótica con las formaciones islamistas para poder deslegitimar y debilitar a los partidos políticos de corte secular. El precio a pagar ha sido el de la creciente expansión y desarrollo de las formaciones islamistas, cuya presencia y visibilidad en el dominio público es mayor ahora que hace ocho años, hasta el punto de desafiar a las propias fuerzas del Estado en la capital del país.

El episodio de la Mezquita Roja de Islamabad es un síntoma más de la creciente polarización de dos sectores importantes de la sociedad pakistaní: el de los islamistas activistas comprometidos con una visión integrista del islam, y el de una clase media-alta, modernizante y atraída por Occidente en sus gustos y formas de vivir. No me resisto a introducir una experiencia personal: la visita a la madraza femenina de la Mezquita Roja, Jamia Hafsa. Allí me entrevisté con su directora, Uma Hassan, esposa del fallecido Rasheed Ghazi, muerto en el curso del asalto a la mezquita.

Jamia Hafsa era una especie de convento de clausura en el que toda comunicación física estaba mediada por tornos, cortinas, ventanas con barrotes, y grandes cerrojos externos que cerraban las habitaciones de las niñas. Al hablar con las profesoras me expresaron su deseo de hacer extensivo este espacio cerrado de cara a la esfera de lo público, de modo que tanto en los aviones, como en los hospitales, o en cualquier otro espacio compartido, se recrease una gran clausura reservada para las mujeres.

En la madraza estudiaban cerca de tres mil niñas con edades que comprendían de los seis años en adelante. Allí aprendían desde conocimientos religiosos básicos hasta el equivalente a un doctorado femenino en ley sagrada, que otorgaba a su poseedora el título de muftiyya. La educación de estas niñas tenía como única finalidad la transmisión de la ortodoxia en el seno de la familia por medio de los vínculos de la mujer con su marido e hijos. Educación e implantación de la sharía iban de la mano.

Uma Hassan era una mujer de carácter afable y de lo más cordial, si bien firme en sus planteamientos. El islam, me explicaba Uma, era una cadena de amor y obediencia, donde el amor se expresaba en forma de acatamiento. El primer eslabón de esa cadena estaba forjado por el sometimiento del niño a los padres, y el último por el de la sociedad a la ley sagrada, a la sharía. En este proceso de concatenación de afectos y lealtades, la familia tradicional jugaba un papel crucial, pues a partir de ella se construía todo el orden social. Dentro de la familia, la mujer a su vez era central como articuladora de la trama social desde sus funciones de madre y esposa. De ahí que fuese un error sacarla fuera del espacio del hogar y atribuirle cometidos propiamente masculinos, “El principal choque con Occidente -me señaló Uma- proviene de la libertad de las mujeres”. La identidad del grupo cuajaba en torno al concepto de umma o comunidad de creyentes. Y es aquí donde la yihad adquiría sentido. “La comunidad de creyentes es como un cuerpo, cuando te duele una muela, sufre todo el cuerpo. No hay separación en el sentimiento y la vitalidad. Si padecen en Irak, las niñas de nuestra medersa también sufren, ellas lloran por los bosnios, y por todos los musulmanes del mundo que padecen a manos de los no musulmanes”.

El elemento más vital del colegio eran las niñas, vestidas con hiyabs de color pastel -lila, rosa, verde y azul-, colores que indicaban el curso que estudiaban. Ellas, con sus juegos y sus voces hacían de la madraza un lugar vivo, pero la institución en sí, y el pensamiento que la sustentaba, era oscuro como la vestimenta de las profesoras y muftiyyas.

Claro que frente a la minoría que representa Jamia Hafsa, se alza otra, no menos numerosa pero sí bastante más desorganizada, la de mujeres y hombres pakistaníes que representan la vanguardia aperturista y modernizante del país. Ésta es la minoría que no ha podido, o no ha querido, sumarse a la diáspora de ciudadanos de clase media-alta que eligieron irse a vivir a los Estados Unidos y Canadá. Una minoría maniatada por el régimen militar, pero a veces también cómoda con él.

El único terreno de encuentro entre islamistas y partidarios de la modernidad ha de ser el que proporcione una sociedad políticamente libre, en la cual se haga valer la voluntad de la gran mayoría que aspira a vivir en consonancia con los valores predominantes de nuestros tiempos, y no con los supuestos y mitificados de hace siglos. Ahora bien sería ingenuo ver en la democracia la panacea al problema de los islamistas radicales. Pakistán tiene su cuota fija de voto religioso, y los islamistas no solamente son una fuerza bisagra beneficiaria de distintas coyunturas, sino que además a la hora de movilizarse son los más activos, y están mucho más motivados por la fuerza de sus creencias que el resto de la población. En estas condiciones, existe el riesgo añadido de que el régimen militar, lejos de proporcionar orden deseado se convierta en un agente de inestabilidad social.

Laboristas y conservadores en la era de Gordon Brown

Por Anthony Giddens es sociólogo británico. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 25/07/07):

El largo adiós ya ha terminado, y Gran Bretaña cuenta con un nuevo primer ministro. Tony Blair se ha ido. ¿Desaparecerá con él la filosofía política que le caracterizó, la Tercera Vía?

La Tercera Vía es una etiqueta que designa la necesidad de poner al día el pensamiento de centro izquierda dadas las grandes transformaciones que está experimentando el mundo y, sobre todo, la influencia de la globalización, la interdependencia creciente de la economía mundial.

La Primera Vía es la izquierda socialdemócrata tradicional, que dominó las ideas y las prácticas políticas en el primer periodo de posguerra. Sus bases son la economía keynesiana y la noción de que el Estado debe sustituir al mercado en áreas fundamentales de la vida económica. Esta perspectiva fracasó a medida que la economía se globalizó y empezó a reconocerse que el Estado, muchas veces, es ineficaz, torpe y burocrático. La Segunda Vía es el thatcherismo o fundamentalismo del mercado; la convicción de que es preciso extender al máximo el ámbito del mercado, porque éste es quien distribuye los recursos de forma más racional y eficiente.

El thatcherismo produjo algunas innovaciones importantes y fue importante a la hora de restablecer la competitividad británica. Pero murió de muerte natural, cuando se hicieron visibles sus limitaciones. Durante los años de Thatcher, la pobreza y las desigualdades aumentaron más en el Reino Unido que en prácticamente cualquier otro país desarrollado. Y las inversiones en servicios públicos se fueron a pique. Era, pues, absolutamente necesario buscar una tercera alternativa, una estrategia política que tratase de conciliar la competitividad económica con la protección social y la lucha contra la pobreza.

Algunos han considerado que la Tercera Vía era un nombre para los titulares, un truco de relaciones públicas sin más, un punto de vista político vacío de contenido sustancial. Esta opinión está muy equivocada. El laborismo ha ganado tres elecciones sucesivas por primera vez en su historia, y muy bien podría ganar la cuarta, precisamente porque la Tercera Vía está llena de contenido. Seguramente, Gordon Brown no utilizará el término, y yo mismo he dejado de usarlo por todo lo que se ha malinterpretado. Pero Brown no va a volver al viejo laborismo, y no cabe duda de que utilizará -y seguirá desarrollando- la estructura fundamental del pensamiento político de la Tercera Vía.

Dicha estructura se basa en una serie de principios estratégicos clave, bien diferenciados del pensamiento de izquierdas tradicional. El primero es: apoderarse del centro político. Ningún partido socialdemócrata puede triunfar hoy si pretende atraer a una clase determinada. Lo importante es tratar de mover el centro de gravedad político hacia la izquierda. En los diez últimos años, el laborismo ha sabido hacerlo.

El segundo principio es: asegurar la fortaleza de la economía. Garantizar más justicia social significa contar con una economía más sólida, no al revés. Como es natural, éste ha sido uno de los puntos fuertes de Gordon Brown. Los gobiernos laboristas anteriores, casi sin excepción, acabaron en crisis económica a los pocos años de tener el poder.

El tercer principio es el de hacer grandes inversiones en los servicios públicos pero insistir en que vayan acompañadas de reformas destinadas a hacer que dichos servicios sean más eficientes y transparentes y tengan más capacidad de reacción. Para ello son esenciales la posibilidad de elección y la competencia.

El cuarto principio es crear un nuevo contrato entre el Estado y los ciudadanos, que incluya tanto derechos como responsabilidades. El gobierno debe proporcionar los recursos necesarios para ayudar a la gente a construir su propia vida; pero la gente debe cumplir con su parte del pacto. Por ejemplo, hasta ahora, las prestaciones de desempleo eran un derecho incondicional. Ahora bien, esa situación invita a no asumir ninguna responsabilidad personal y tiene el efecto de impedir el acceso de los trabajadores a determinados puestos de trabajo. Las personas que pierden su empleo deben responsabilizarse de buscar trabajo y, al mismo tiempo, deben tener la posibilidad de actualizar su formación cuando lo necesiten. Es una estrategia que ha demostrado su eficacia. Gran Bretaña posee uno de los índices de empleo más elevados del mundo, y por encima de un salario mínimo en alza.

Por último, el principio más controvertido -aunque crucial para el éxito del laborismo-: no permitir que la derecha política monopolice ninguna cuestión, una posición en la que Brown también se mantendrá. La derecha suele dominar siempre en áreas como el orden público, la inmigración y el terrorismo; tenemos que buscar soluciones de centro izquierda a estos problemas. Dadas las repercusiones que tiene el hecho de vivir en un mundo más globalizado, es preciso que encontremos un nuevo equilibrio entre las libertades civiles y la seguridad.

Gordon Brown seguirá recurriendo a la Tercera Vía, igual que, en la práctica, lo hacen hoy todos los líderes de centro izquierda del mundo entero a los que les va bien. Eso no significa que no vaya a buscar nuevas estrategias y hacer cambios. No tiene más remedio. Como dijo él mismo, “se han cometido errores”; no sólo uno catastrófico en política exterior, sino también muchos en los asuntos nacionales. Por ejemplo, el laborismo no ha actuado suficientemente contra las desigualdades, y Brown tiene que volver a estudiar la cuestión de las libertades civiles. Pero no abandonará las ideas centrales que han transformado el rostro político del país.

Así que el pesimismo que era tan visible en las filas laboristas hace unos meses se ha evaporado. De pronto, con un nuevo líder y primer ministro, todo vuelve a parecer posible. Mientras tanto, los conservadores, que, hace poco, parecían acumular una ventaja amplia y sostenida en los sondeos, parecen vulnerables y sin rumbo. ¿Por qué?

Una explicación podría ser el previsible efecto Brown, un cambio meramente temporal de opinión debido a toda la atención que ha suscitado el traspaso de poderes en el gobierno del Reino Unido. Quizá Gordon Brown no aguante bien la transición al cargo de primer ministro. En otros países ha habido casos (el más conocido es el de Paul Martin en Canadá) de políticos que habían tenido éxito como ministros de Hacienda y, sin embargo, fracasaron al hacerse cargo del mando supremo. Ahora bien, David Cameron haría mal en fiarse de esa posibilidad. Brown es un político excepcional. En encanto y atractivo personal no es Blair, pero, a estas alturas, es posible que los electores prefieran otro estilo de liderazgo, y Brown podría ser la persona adecuada para proporcionarlo.

Lo que tienen que hacer los conservadores es revisar seriamente su estrategia. Cameron ha sido una inyección de aire fresco en el partido. Muchos de los cambios que ha hecho eran necesarios. El thatcherismo está muerto; Blair ha vencido nada menos que a cuatro rivales conservadores que se empeñaron en seguir siendo thatcheristas.

Pero Cameron parece haber creído que el nuevo laborismo triunfó porque supo manipular la opinión pública, que todo su fundamento eran las relaciones públicas y las frases para titulares. Es una idea muy extendida, pero está muy equivocada. Desde el principio, la base del nuevo laborismo fue una agenda política detallada y sólida, que se basaba en un análisis serio y minucioso del mundo en transformación.

No veo un análisis similar en los discursos de David Cameron. Cualquier gran transformación en política tiene unas bases intelectuales. Por ejemplo, el thatcherismo se construyó a partir de importantes revisiones de la teoría económica. Se desecharon las ideas keynesianas y se dijo que el Estado de bienestar estaba creando unos ciudadanos pasivos y dependientes. Cameron necesita una contribución intelectual más seria y constante a sus ideas.

Por último, es fácil ver todos los defectos que tiene un concepto de los conservadores, la responsabilidad social, a la que David Cameron da tanta importancia. Pretende que este concepto sea la línea de separación entre conservadores y laboristas. Brown, afirma Cameron, cree en el gobierno desde arriba y en el gran Estado, mientras que los conservadores quieren transferir el poder a la gente de la calle, en particular a través de grupos no gubernamentales como las asociaciones de voluntariado.

En primer lugar, es muy posible que Brown eche por tierra las expectativas y se dedique, él mismo, a promover una transferencia radical de poderes. Ya ha dado señales de ello al aceptar -aunque con retraso- las academias municipales, y va a hacer lo mismo con los hospitales controlados por fundaciones. Pero más importante aún es el hecho de que no se han estudiado debidamente las repercusiones de la responsabilidad social en la estrategia política.

Hace poco di una charla en un think-tank conservador de Londres. Hablé sobre la importancia que tiene el cambio de estilo de vida como concepto en la política actual, en áreas que van desde el cambio climático hasta la salud. La reacción de un importante político que se encontraba entre el público fue decir que estamos de nuevo ante el Estado niñera y que la gente debe poder tomar sus decisiones sin que el gobierno interfiera con su propaganda. Dijo que no deberían existir prohibiciones de fumar, que los conductores sólo deberían llevar el cinturón si les apetece y que no deberían hacerse campañas sobre los hábitos alimenticios. Cuando le pregunté cómo era compatible eso con la responsabilidad social que él mismo había ensalzado unos minutos antes, no supo responderme. Es evidente que conseguir que la gente asuma más responsabilidad social por sus acciones significa cambiar su comportamiento. En aquella discusión, bastante exhaustiva, no oí ninguna sugerencia sobre cómo lograrlo.

Turquía tras las elecciones

Por Eduard Soler i Lecha, coordinador del programa Mediterráneo de la Fundación Cidob (LA VANGUARDIA, 25/07/07):

Las elecciones legislativas turcas del 22 de julio se han celebrado en una coyuntura de crispación y polarización política y social. El principal detonante fue el truncado proceso de elección presidencial del mes de mayo, salpicado por numerosas manifestaciones y por el intervencionismo de las fuerzas armadas, que rechazaban la supuesta deriva islamista del Gobierno del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP).

En los últimos años Turquía ha experimentado cambios políticos y económicos espectaculares recompensados con el inicio de las negociaciones de adhesión con la UE en octubre del 2005. La pregunta clave es cuál será el impacto de los resultados electorales del pasado domingo sobre la evolución política y económica de Turquía y su vocación europea.

Para responderla debe entenderse el mensaje expresado por la ciudadanía turca este domingo. Sobresalen seis aspectos. El primero, la altísima participación, de más del 80%, que muestra el compromiso popular con la esencia del sistema democrático.

El segundo, que los ciudadanos han respaldado la acción de Gobierno del AKP, frente a las críticas del estamento militar y de algunos sectores laicistas.

El AKP podrá gobernar el país en solitario aunque, eso sí, deberá llegar a pactos con otras fuerzas políticas para modificar la Constitución y, lo más importante, para elegir al presidente de la República.

El tercero es que estos comicios evidencian una anomalía del sistema de partidos turco: la ausencia de una alternativa de izquierdas democrática. La principal fuerza de la oposición, el Partido Republicano del Pueblo (CHP), es investigada por la Internacional Socialdemócrata, crítica con el nacionalismo y el militarismo de este partido.

El cuarto es la poco halagüeña entrada del ultraderechista Partido de la Acción Nacional (MHP), en el Parlamento. Este partido, obsesionado con las teorías de la conspiración y con el riesgo de división del país, ha conseguido excelentes resultados atacando a la UE y al nacionalismo kurdo. Su presencia en el Parlamento reforzará, probablemente, los temas nacionalistas en la agenda política, a nivel nacional e internacional.

El quinto es que el islamismo político radical, representado por el Partido de la Felicidad (SP) de antiguo primer ministro Necmettin Erbakan, no ha alcanzado ni el 3% de los votos. Ello demuestra cuán exagerados son los temores de algunos círculos laicistas sobre el riesgo de islamización del país, puesto que quienes realmente defienden esos planteamientos no son los cuadros del AKP sino los del partido de Erbakan.

El sexto y último es que estas elecciones serán recordadas por la irrupción de los candidatos independientes, la mayoría cercanos al nacionalismo kurdo. El sistema electoral hacía virtualmente imposible que los partidos nacionalistas kurdos consiguieran representación parlamentaria. Sin embargo, su flexibilidad con los candidatos independientes ha sido una válvula de escape para que, por primera vez desde 1994, una parte importante de los ciudadanos de Turquía puedan ver expresadas sus preocupaciones en el Parlamento.

Con estos seis elementos en mente, podemos intuir que el próximo Gobierno proseguirá la línea política mantenida a lo largo de los últimos cinco años, sin necesidad de llegar a pactos regulares con otras fuerzas políticas, sin estar pendiente del asentimiento de las fuerzas armadas y presentado especial atención a la cuestión kurda. ¿Cómo se traducirá esto en el proceso de adhesión de Turquía a la UE?

El Gobierno del AKP, más que ningún ejecutivo anterior, se ha caracterizado por haber dado grandes pasos para conseguir el principal objetivo de la política exterior turca: la plena integración en la UE. Su valentía y su diligencia a la hora de aprobar reformas políticas para cumplir los criterios exigidos por la UE fueron apreciadas tanto dentro como fuera del país.

Así pues, el mantenimiento de esta línea, debilitada últimamente por imperativos electorales, es una buena noticia para los sectores europeístas en Turquía. Sin embargo, es una noticia insuficiente. Lo es por dos motivos: porque no ha desaparecido el riesgo de crisis política y porque las resistencias de algunos países europeos están motivadas por cuestiones ajenas al perfeccionamiento de la democracia turca y su vitalidad económica.

No ha desaparecido el riesgo de crisis porque aún está pendiente la elección presidencial. Sin embargo, el hecho de que el AKP no haya logrado la mayoría suficiente para imponer su candidato le obligará a llegar a acuerdos con las demás fuerzas políticas. Si de ello emerge un candidato o candidata de consenso se cerrará por fin este periodo de crispación. Esta opción, la más deseable, estará sujeta a la siempre volátil vida política turca y a la voluntad de un Erdogan reforzado tras la abrumadora victoria del pasado domingo.

Incluso si se superara con éxito este reto, Turquía no tendrá garantizada la aceleración del proceso de adhesión a la UE. Han desaparecido muchos de los aliados de antaño como Blair, Berlusconi o Schröder. En cambio, líderes como Sarkozy o Merkel expresan públicamente sus dudas acerca de la conveniencia de integrar Turquía en la UE. A corto plazo, el principal objetivo será rebajar la polémica en las relaciones UE-Turquía, avanzar tanto como sea posible a nivel técnico y esperar a que haya un contexto más propicio en la UE para dar el impulso que estas relaciones requieren.

A War the Pentagon Can’t Win

Por Daniel Benjamin, senior fellow en el Brookings Institution, y Steven Simon, senior fellow en el Council on Foreign Relations. Ambos fueron miembros del National Security Council staff de 1994 a 1999 (THE NEW YORK TIMES, 24/07/07):

As the National Intelligence Estimate issued last week confirms, a terrorist haven has emerged in Pakistan’s tribal belt. And as recent revelations about an aborted 2005 operation in the region demonstrate, our Defense Department is chronically unable to conduct the sort of missions that would disrupt terrorist activity there and in similarly ungoverned places.

These are perhaps the most important kind of counterterrorism missions. Because the Pentagon has shown that it cannot carry them out, the Central Intelligence Agency should be given the chance to perform them.

The story of the scrubbed 2005 operation illustrates why the Pentagon is incapable of doing what needs to be done. The preparations for the mission to capture or kill Al Qaeda’s No. 2 leader, Ayman al-Zawahri, appear to have unfolded like others before it. Intelligence was received about a high-level Qaeda meeting. A small snatch or kill operation was to be carried out by Special Operations. But military brass added large numbers of troops to conduct additional intelligence, force protection, communications and extraction work.

At that point, as one senior intelligence official told this newspaper, “The whole thing turned into the invasion of Pakistan,” and Secretary of Defense Donald Rumsfeld pulled the plug.

To those of us who worked in counterterrorism in the 1990s, this sequence of events feels like the movie “Groundhog Day.” Similar decision-making led to the failure to mount critical operations on at least three occasions during the Clinton administration. The most notable was the effort to get the Pentagon to conduct a ground operation against the Qaeda leadership in Afghanistan beginning in late 1998.

The Clinton White House repeatedly requested options involving ground forces that could hunt and destroy terrorists in Afghanistan. Repeatedly, senior military officials declared such a mission “would be Desert One,” referring to the disastrous 1980 effort to free American hostages in Iran. When the Pentagon finally delivered a plan, the deployment envisioned would have been sufficient to take and hold Kabul but not to surprise and pin down a handful of terrorists.

But the Zawahri stand-down is even more telling. It occurred four years into the global war on terrorism, when the basic questions about the nature of the Qaeda threat had been settled and the nation, in the oft-intoned phrase of the Bush administration, was said to be always “on the offensive.” Moreover, it happened on the watch of Donald Rumsfeld, the most dominating secretary of defense in memory, who overruled military planners routinely as he micromanaged the deployment to Iraq. Perhaps his attention was focused on the growing mess in that country, but even Mr. Rumsfeld, who viewed special forces as the keystone of a transformed 21st-century American military, could not keep on track a mission that would have stunned Al Qaeda.

Highly mobile, highly lethal counterterrorism operations are clearly possible. Israel scored victories with raids in Entebbe, Uganda; Tunis; and Beirut, Lebanon, in the 1970s and 1980s. Other countries, like Germany, have carried out similar operations, like the Mogadishu raid of 1977 that freed passengers on a Lufthansa plane hijacked to Somalia by the Baader-Meinhof gang. An operation in Pakistan’s tribal areas — setting aside the issue of whether this could politically upend President Pervez Musharraf — would be extremely difficult. But it is hard to believe it is impossible.

Since the Desert One debacle, the United States has poured vast resources into its special forces. The Special Operations Command budget has nearly doubled since 2001, and it is expected to grow 150 percent over five years. The command includes more than 50,000 troops, the equivalent of three or four infantry divisions. The best of them — Delta Force and the Navy Seals — have developed into highly skilled unconventional forces.

Yet fear of failure and casualties has meant they are seldom, if ever, deployed for such counterterrorism operations. In theory, the best place in the government for small-scale missions to be planned and executed is the Pentagon, because snatch or kill teams should be plugged into a larger military support team. The reality, unfortunately, is that they can’t be plugged in without being bogged down.

Senior officers, trained to understand the American way of war to mean overwhelming force and superior firepower, view special ops outside a war zone as something to be avoided at all cost. This has been true even in lower-risk efforts to capture war criminals in the Balkans. The record demonstrates that our military is simply incapable of adapting its culture to embrace such operations. The Pentagon should just stop planning for missions it won’t launch.

While the C.I.A. doesn’t have an unblemished record, its counterterrorism operations have shown more promise than the Pentagon’s. The agency has already had some successes operating in ungoverned spaces. In the first reported attack in such a region, a C.I.A.-operated Predator drone launched a missile that killed a Qaeda lieutenant in Yemen in 2002. Since then the Predator has been used to strike Al Qaeda at least eight times, although with limited success. At least initially, the trigger in these attacks was pulled by C.I.A. operatives, not soldiers.

The record of a small, vulnerable C.I.A. paramilitary force in Afghanistan in 2001 was more impressive. The group’s audacious reconnaissance work and direction of local warlords in action against the Taliban provided the most significant battlefield success of the post-9/11 period. Without this risky, cold-start intervention, the American troops that followed the agency into Afghanistan would have gone in blind and worried more about their flanks than about Al Qaeda.

The agency’s history of ill-conceived covert political operations from the 1950s through the 1970s may cause some to worry. That agency, however, no longer exists. Congressional hearings and legislation, as well as fear of casualties, have given the clandestine service its own case of risk aversion, though it seems less severe than the Pentagon’s.

We have failed in Pakistan, and are failing in Iraq, to achieve a primary aim of our counterterrorism policy: preventing Al Qaeda from acquiring safe havens. Our military has shown itself to be a poor instrument for fighting terrorism, and there are now thousands of jihadists who weren’t in Iraq at the time of the 2003 invasion. When the inevitable American drawdown occurs, we will need a way to keep the terrorists off balance in Iraq and to disrupt the conveyor belt that is already moving fighters to places like Lebanon, North Africa and Europe.

With new leadership at both the C.I.A. and the Defense Department, the Bush administration has a chance to fix this problem. The missing ingredient for success with the most important kind of counterterrorism missions is not courage or technical capacity — our uniformed personnel are unsurpassed — but organizational culture. With a small fraction of the resources that Pentagon has for special operations, the C.I.A. could develop the paramilitary capacity we profoundly need.

Colombia, otro reto a la esperanza

Por Luis Alejandre (EL PERIÓDICO, 24/07/07):

Escribí recientemente (domingo, 3 de junio) que ciertos rayos de esperanza se vislumbraban en el incierto horizonte colombiano cuando se daba por hecho un intercambio humanitario entre rehenes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y miembros del grupo guerrillero encarcelados en prisiones del Estado. Se trataba de buscar una solución satisfactoria para 56 rehenes, colombianos, norteamericanos y, entre ellos, la candidata a la presidencia Ingrid Betancourt, de ascendencia francesa, que propició la intervención de Nicolas Sarkozy, y su declaración en el G-8 en apoyo del intercambio y, en el fondo, para respaldar a Álvaro Uribe.

Creía realmente en la posibilidad de que con la liberación de Rodrigo Granda, considerado el canciller de las FARC, buscaba Uribe abrir una puerta a la negociación, a la vez que lavaba las condiciones poco ortodoxas con las que había sido secuestrado aquel en Caracas en el 2004.

La lógica de Sarkozy, de las embajadas de España, Suiza y Francia, que llevan el mayor esfuerzo en las negociaciones, de los asesores de Uribe, saltó por los aires el pasado 28 de junio, cuando se conoció que 11 de los secuestrados, todos diputados provinciales de la Asamblea del Valle del Cauca, habían muerto violentamente. Llevaban en poder de las FARC desde abril del 2002.

EL COMUNICADO tenía fecha del 23 y relataba unos hechos acaecidos el 18 de junio, 11 días después de que Uribe iniciase la liberación de prisioneros del grupo insurgente. Su comandancia, que había transmitido a sus frentes la cruel orden de matar a los rehenes ante cualquier indicio de rescate militar, acusa ahora al Gobierno de desarrollar “una demencial intransigencia apoyada en la estrategia de rescate militar”.

El Gobierno les ha llamado simplemente asesinos, y reclama los cuerpos de los diputados para que una comisión internacional dictamine si murieron a consecuencia de “tiros cruzados” en un combate o si recibieron un tiro de gracia.

Lo aberrante está en la orden de la dirección de las FARC de eliminar a los prisioneros ante cualquier amenaza, orden que viola todas las leyes de la guerra y todos los convenios derivados de ellas.

NO ES descartable que, ante la sensibilización del momento, agravada por la reciente fuga de secuestrados, en cualquier rincón del Cauca o de Nariño se hubiesen producido refriegas en lo que se considera un importante corredor estratégico del Putumayo al Pacífico, salida natural de la coca. Incluso hay quien afirma que la presencia de cazarrecompensas puede haber provocado la masacre. No debe despreciarse esta hipótesis teniendo en cuenta que hablamos de cantidades que van desde los dos millones y medio de dólares para cada uno de los ocho miembros que constituyen el secretariado de las FARC, hasta los 100.000 dólares por un mando de tercer nivel de la organización.

Porque es significativo que las FARC no acusasen directamente al Ejército, como es habitual en sus comunicados, sino a “un grupo militar sin identificar hasta el momento”. Alguien pudo pensar que era un rescate militar en regla y ejecutó órdenes. Más complicado resulta pensar que la comandancia de las FARC, con plena responsabilidad, retase al presidente Uribe, respondiendo a la liberación de Granda con 11 asesinatos selectivos. Sería sencillamente utilizar a personas como escudos de una política terca y deshumanizada. Rompería toda la lógica, incluso del maquiavelismo mas frío y cruel.

A VECES PIENSO que los gabinetes presidenciales, los secretarios generales de Naciones Unidas o de la OTAN deberían tener en plantilla, una célula –llamémosla B– formada por asesinos convictos, psicópatas irrecuperables, deprimidos crónicos e inconformistas fanatizados, y pasarles previamente algunas decisiones. Los asesores normales responden con estudios de opinión, con análisis sociológicos, incluso con ecuaciones económicas, utilizando la lógica política que da prioridad a lo posible sobre lo deseable, que busca –soy bien pensado– el bien general. El gabinete B respondería con instinto, con odio, pero sería –quizá– más certero y próximo a la lógica de ciertos grupos que llevan décadas regando de sangre y dolor a sus sociedades.

AYUDARÍAN a prever lo imprevisible, a imaginar lo inimaginable, llámese Torres Gemelas, llámese Atocha, llámese metro de Londres, llámese T-4. Quiero imaginar, y lo deseo de todo corazón, que en Colombia no impere esta lógica después de conocer la cruel e innecesaria muerte de 11 representantes del pueblo del valle del Cauca.

La extranjera

Por Esther Bendahan, escritora marroquí. Su última novela es La cara de Marte (Algaida). Es jefa de programación cultural de Casa Sefarad (EL PAÍS, 24/07/07):

Hay milagros, aunque nos resulta difícil creer en ellos. Sí, también para los incrédulos hay ocasiones en las que milagro es la única palabra que puede explicar un acontecimiento o suceso. Así lo sienten las miles de personas que recientemente se acercaron a zorear (como se llama en la tradición judía al peregrinaje a las tumbas de los santos) a La Extranjera, La Ghriba.

El milagro del respeto y la convivencia sucede cada año, al principio del verano, en la isla tunecina de Djerba, un oasis situado en el golfo de Gabes. Allí peregrinan mujeres judías y musulmanas, allí se juntan, unas con pañuelos y otras sin él, todas con el rostro enrojecido por la emoción y muchas con el pelo encrespado por la brisa del Mediterráneo. Caminan juntas estas mujeres y hablan el idioma de lo cotidiano, las jóvenes con sus hijos en los brazos, las más ancianas apoyándose en brazos generosos.

La Ghriba es una sinagoga de la isla de Djerba donde se sitúa la tumba muchas veces centenaria de una santa judía a la que veneran judíos y musulmanes, en lo que también es una manifestación del culto ancestral de lo femenino entre los pueblos Hara Kebira y Hara Seguira. Que la santa sea mujer, judía y que la recuerden entre otros muchos musulmanes y judíos es lo que singulariza la celebración.

¿Quién era La Ghriba? Es importante señalar que en el judaísmo la palabra santo -tzadik- viene de la palabra justicia, así que más que a quien ejecuta un fenómeno inexplicable según las leyes de lo real, se refiere a la idea de persona justa y cuya elevación a la santidad surge de la conciencia popular. No estamos, pues, ante lo que sucede en el catolicismo, que en este asunto es mucho más formal y donde puede llegarse a solicitarse santidad a personajes como la reina Isabel La Católica -una santidad cuestionable según el concepto de justicia-.

De La Ghriba se dice que llegó a la isla de Djerba en la época de la segunda destrucción del Templo de Jerusalén. Desembarcó con una piedra de las ruinas del Templo con la que edificó la sinagoga. Ésta terminó incendiándose y la mujer pereció en las llamas, aunque su cuerpo permaneció intacto. Por esto, en Djerba, a pesar de que no haya confirmación ni jerarquía religiosa que pueda otorgarla, se decidió espontáneamente que La Ghriba era una santa, la extranjera judía que llegó del mar lejano según la leyenda.

La presencia judía en esta isla tunecina ha sido muy importante. Existe desde la antigüedad una comunidad formada por los descendientes de un grupo de exiliados judíos que llegaron a la isla después de la destrucción del primer Templo de Jerusalén en el 584 antes de Cristo. Aunque también se dice que en Túnez había judíos desde el tiempo del rey Salomón.

No es extraño que Túnez,uno de los países musulmanes que más ha desarrollado los derechos de la mujer, tenga en su historia una judía considerada como reina, La Kahina. También, aunque no hay pruebas ni documentos que lo certifiquen, se dice que a la isla llegaron sobre todo los Cohen (nombre de la familia sacerdotal), con una puerta del Templo que permanecería escondida para siempre.

La capital de esta isla es Hount Souk, donde se encuentra el Museo Arqueológico, situado en un fuerte del siglo XV, y en La Ghriba hay una Torah de las más antiguas del mundo. Pero éste no es un caso único: son muchos los santos compartidos por judíos y musulmanes en otros países magrebíes como Marruecos, y mucha la historia de los judíos en los países árabes y musulmanes, una historia que no conviene que ni unos ni otros olviden.

En la memoria judía, que no en la iraní, se menciona también un milagro ocurrido en tierras persas, hoy Irán. Es la historia bíblica de la reina Esther, soberana que es el cauce del milagro de la salvación del pueblo judío, gracias a una cadena de acontecimientos entrelazados que parecen azar, un azar que explica lo inexplicable, al modo del mundo del escritor Paul Auster, y ordena unos hechos que permiten finalmente la salvación del pueblo judío, condenado por un ministro autoritario y tirano, enfermo de odio. Esther consigue que el rey condene a su ministro y, ya que no puede anular el decreto de aniquilación firmado por él mismo, permite defenderse al pueblo judío, que celebra desde entonces la fiesta de Purim, la suerte. Pero en Irán no se recuerda este hecho -ay, el valor de la memoria- aunque, sin embargo, parece que permanece ese mismo e inexplicable impulso destructor.

La reciente peregrinación de este año a La Ghriba coincidió con el congreso organizado en Túnez bajo el lema “Razón y Fe: por un mundo solidario”. Participaron en él más de setenta representantes de las tres religiones monoteístas, al igual que otros pensadores, provenientes de más de veinte países. Esta coincidencia no es casual, parecen decirnos: “Confiemos en los milagros”.

La lección del encuentro de Túnez es que no hay un conflicto de creencias enfrentadas. Participamos de identidades sin fronteras definidas, identidades líquidas y permeables. Sólo los que temen los lugares y pensamientos complejos, o sea, los totalitarismos, generan ese odio vano y amenazante.

Quien amenaza a un pueblo amenaza a toda la humanidad. Túnez, en este sentido, es el ejemplo de cómo un país árabe puede preparar el camino de contención de la barbarie y no es extraño que sea en Djerba el umbral donde se guarda esa puerta del templo.

Sobre el catolicismo

Por Gustavo Martín Garzo, escritor (EL PAÍS, 24/07/07):

“Sólo la gente buena”, escribió Mary McCarthy en Memorias de una joven católica, “puede permitirse el lujo de ser religiosa. Para la demás gente es una tentación demasiado fuerte, una tentación a los pecados mortales del orgullo, la ira y la pereza”. No hay más que ver la actitud de una buena parte de los católicos de nuestro país para concederle la razón a la gran escritora norteamericana. Claman ruidosamente contra esa aspiración irrenunciable en un Estado moderno de separar religión y sociedad civil, forman rebaños airados que toman ruidosamente las calles, se empeñan en decirnos cómo debemos vivir y educar a nuestros hijos. Es el problema de los que tienen una fe, que tienden a expresarse con la violencia e impunidad de los que se creen portadores de la verdad. Al escucharlos, no puedo dejar de imaginarme lo distinto que habría podido ser este país si hubiera optado por el ateísmo y el agnosticismo. Un país de plácidos y comprensivos ateos, ¿puede haber un sueño mejor para la convivencia?

Y es que pocas cosas han tenido una influencia más nefasta sobre nuestra historia que este catolicismo militante. Muchas veces me he preguntado qué podía haber en el pensamiento de aquellos religiosos a cuyos colegios todos los de mi generación acudimos durante años. Recuerdo la perversidad de sus sermones, el silencio amenazante de sus iglesias y nuestra angustia al escucharles. Unos adultos aterrorizando a unos niños, ¿nos hemos parado lo suficiente a considerar todo esto? El país en que vivíamos no era distinto a esos colegios oscuros. ¿Acaso los obispos actuales lo han olvidado? No, no lo han podido olvidar, y la pregunta es por qué entonces no se han vuelto más prudentes. ¿Tal vez porque en el fondo de sí mismos siguen añorando esos tiempos y el poder que tenían en ellos? Pero nosotros no podemos añorar tiempos así y por nada del mundo quisiéramos regresar a ellos.

Queridos obispos, os recordamos rigiendo la vida entera de este país. Diciéndonos cómo debíamos comportarnos, las películas y libros que podíamos ver y leer, hasta dónde podían llegar nuestras caricias. Recordamos vuestras lúgubres Semanas Santas, vuestros colegios clasistas, vuestra feroz persecución del deseo, vuestras terribles amenazas, vuestra malsana obsesión por los asuntos de alcoba. Os recordamos introduciendo a Franco bajo palio en las catedrales y, sin embargo, hemos guardado un respetuoso silencio para no disgustaros. Pero eso lejos de bastaros os ha servido para envaneceros y volver a clamar contra todo aquello que no se pliegue a vuestros preceptos. Creo que va siendo hora de que os calléis. Hora, por ejemplo, de poner fin a los insensatos privilegios económicos que seguís reclamando, y de volver a la idea de una educación laica, ajena a cualquier creencia religiosa. Se habla de los derechos de los padres a decidir la educación de sus hijos, pero por encima de estos derechos están los de los propios niños, sobre todo, el derecho a ser educados en los valores universales de la razón y la tolerancia.

Y sin embargo, yo, que no soy creyente, estoy agradecido al catolicismo, porque escuché sus historias de labios de mi madre. Claro que mi madre nunca nos imponía nada y se limitaba a transmitirnos su fe a través del amor, que no busca atemorizar sino la complicidad y el consentimiento. Sí, eso era el catolicismo para ella: una religión de la vida y de la belleza. Pues si un dios había sido capaz de morir por nosotros ¿cómo era posible que nuestra vida pudiera no tener sentido? Ese catolicismo dio a mi infancia exaltados momentos de altruismo, ritos raros y carentes de utilidad práctica, el sentido del misterio y la maravilla. Me enseñó a respetar a la mujer, a amar a los animales, a permanecer vigilante ante el mal y a creer, mientras fui niño, en la resurrección de la carne, que puede que sea una de las historias más disparatadas y hermosas que el hombre haya concebido jamás.

Pero ¿qué tiene que ver todo esto con las consignas de las autoridades eclesiásticas? Nada. Siempre he pensado que estas autoridades, y su corte de vociferantes ejércitos de moralidad, son como esos maestros sin vocación que teniendo hermosos cuentos no los saben contar a los niños. O no se molestan en hacerlo, tal vez porque son los primeros en no creer en ellos. Sin embargo, son cuentos traspasados de romanticismo que hablan de cosas tan esenciales como la responsabilidad individual, la igualdad entre los hombres y la posibilidad del milagro. Que critican el poder y el afán de riqueza, que nos dicen que los niños son sagrados y que el encuentro entre un hombre y una mujer puede ser lo que fue en el edén. Pero también, como todos los verdaderos cuentos, que reclaman el silencio para cumplirse. Es eso lo que percibimos al entrar en los bellos templos católicos, que allí se entra no para vociferar o hacer proclamas sino para estar en silencio. No hay más que contemplar las imágenes que nos reciben. Ángeles aturdidos, santas que se derriten de amor, obispos absortos en la lectura de misteriosos libros, cuerpos que, aun llenos de heridas, gimen de gozo, madres que lloran. Todos guardan silencio, ninguno sabe decir lo que quiere o lo que le pasa. La Biblia está llena de historias así. La historia de la burra de Balaán, que vio un ángel, la de Agar y su pequeño Ismael, la del discreto Noé, preparando su arca, la del obstinado Job, la de Raquel y sus ovejas, y por encima de todas la de la silenciosa María. Una muchacha que en un pueblo perdido recibe la visita de un ser alado que le anuncia que será la madre de un rey. ¿No es el comienzo de un cuento de hadas? Gran parte de la religión católica se centra en este ser adorable, que representa el misterio de la bondad, y cuya contemplación ha dado lugar a alguno de los más hermosos cuadros que se han pintado nunca.

Pero ni siquiera a ella la dejan tranquila. ¿Podemos imaginarnos a Hamlet regentando un negocio de pompas fúnebres, al capitán Achab con un puesto de pescados congelados, o a la Celestina dando cursos para reforzar la autoestima? Pues es lo que hacen esos supuestos devotos de María, llenan su boca de palabras que nunca pudo pronunciar, transformándola en poco más que en una antecesora de Rappel. No les basta que se aparezca a unos pobres pastores, sino que quieren que les hable de la conversión de Rusia, que profetice el atentado de Juan Pablo II o nos advierta de los peligrosos abismos a que nos encaminamos. Pero María es pura y hermosa y ficción, ¿por qué habría de venir al mundo para ocuparse de lo real? El camino debe ser el inverso: es lo real lo que debe mirarse en el espejo de lo verdadero. De haber entregado algo a aquellos pastores de Fátima habría sido esa página en blanco a que se refirió Isak Dinesen, pues la verdad necesita el silencio, un mundo de encinas, niños pobres y animales somnolientos para manifestarse. No los palacios arzobispales. No sus procesiones, sus cónclaves, su obsesión en decirnos lo que tenemos que hacer y pensar.

Sí, es cierto lo que dice Mary McCarthy, la religión sólo debería estar permitida a las gentes apacibles y bondadosas, a esas gentes que no desean imponer sus ideas a los demás y se limitan a detenerse ante las imágenes de su devoción buscando sólo belleza y consuelo. Pero una religión así ¿por qué habría de estar en contra del matrimonio de los homosexuales, del uso de los preservativos, de que las parejas se separen cuando huye de ellas el caprichoso amor, o del encuentro libre y gozoso de los cuerpos? No entiendo la obsesión de todos estos guardianes de la moralidad por el sexo, como no entiendo su complacencia con los poderosos. Deberían hacer como Francesco de Asís: construir iglesias diminutas, hablar con los pájaros y los lobos, bailar bajo la lluvia, llamar hermanos al dolor y a la muerte. Sólo así estarían a la altura de las historias que dicen guardar. Por ejemplo, de la historia del encuentro entre santa Clara y Francesco. Santa Clara era una muchacha noble que llevada por la devoción al santo de Asís lo abandonó todo, incluso se cortó su melena dorada, para seguirle. Y muy pronto otras muchachas se unieron a ella y formaron una comunidad atenta a las enseñanzas del pequeño santo. Y cuentan que santa Clara sólo vivía para imitarle y añorar su compañía, pero que, Francesco, siempre tan ocupado, apenas la iba a visitar. Y que una de las veces que lo hizo quedaron en una casa situada en una colina. Nadie supo qué hicieron ni de lo que hablaron esa noche, pero todos los que andaban por los alrededores vieron un resplandor y, al acercarse, supieron que lo que ardía era la casa en que Francesco y santa Clara estaban juntos.

Eso debería ser la religión, un mundo de delicadezas, desatinos y misterios. Contemplar esa casa incendiada en la noche,