miércoles, octubre 29, 2008

Raza y emociones en las elecciones de EEUU

Por Enrique Laraña, catedrático de Sociología en la Universidad Complutense. Actualmente trabaja como profesor visitante en la Universidad de California, Berkeley (EL MUNDO, 29/10/08):

La campaña electoral por la Presidencia de Estados Unidos es una de las más emocionales e interesantes de su historia reciente, por dos razones que pueden determinar su resultado. La primera es la importancia de la cuestión racial y la forma en que afecta a las posibilidades de Obama, el candidato que encabeza los sondeos; la segunda, la crisis económica que empezó a manifestarse hace dos años en este país, y que hoy atenaza al mundo. Ambas cuestiones están cargadas de emociones, como las armas de fuego que se venden al público están cargadas de balas. Su pólvora se compone de miedo y desconfianza, lo cual hace menos previsible el resultado de la campaña. Sin embargo, en ella se han producido hechos que nos sugieren cuál puede ser dicho resultado.

Para muchos ciudadanos, el miedo a perder su trabajo constituye una razón poderosa para votar al candidato que parece más capacitado para afrontar la crisis económica, que suele ser el que da una mayor sensación de seguridad, de saber lo que hace. Las encuestas que se realizaron al terminar el último debate presidencial indican que Barack Obama es el que ofrece más seguridad en este terreno. Por otra parte, la desconfianza que para muchos todavía suscitan las personas negras proviene de prejuicios vinculados a tradiciones culturales que están en el origen de esta nación, con las que se enfrenta Obama. Son la base de sentimientos de desconfianza y miedo hacia el que es diferente, lo cual puede potenciarse cuando la diferencia radica en el color de su piel.

En el proceso de colonización del país, el miedo y la desconfianza hacia lo que es diferente se dirigía hacia el forastero, hacia aquél que no pertenecía a la ciudad, ni compartía la cultura del trabajo propia de los buenos ciudadanos, como reflejan las películas del Oeste magistralmente. Esos filmes describen tradiciones culturales muy arraigadas en la Historia de este país, especialmente en las pequeñas ciudades del oeste y el centro, en un tiempo en que los ciudadanos iban armados en defensa propia. El forastero representaba una incógnita, alguien cuya conducta no podía preverse y podía quebrantar la ley o romper las normas de convivencia.

Sin embargo, esas tradiciones de las pequeñas ciudades entraron en declive en la primera mitad del siglo XX, como consecuencia de la modernización demográfica y cultural de Estados Unidos y su conversión en primera potencia mundial de producción y consumo. Pero las transformaciones sociales no son uniformes y la cuestión sigue radicando en saber cómo puede influir lo que los sociólogos llaman el miedo al otro en estas elecciones, ya que las zonas donde todavía persisten esas tradiciones históricamente votan a los candidatos republicanos.

En un conocido discurso sobre la cuestión racial en Estados Unidos, Obama destacó que su abuela, que tanto le ayudó para realizar sus estudios y por cuya enfermedad ha interrumpido su campaña electoral, reconoció que sentía miedo cuando se cruzaba con un negro por la calle.

La manifestación más intensa de estas emociones es el miedo y su denominación técnica en psicología y medicina es ansiedad, es decir: preocupación e impaciencia por algo que ha de ocurrir, o que se piensa que puede ocurrir. A ellas apela McCain cada vez que cuestiona la personalidad de su rival, y le presenta como alguien que no es de fiar. En los dos últimos debates repitió que Obama subirá los impuestos y abandonará a su suerte a los países en los que se perpetran asesinatos en masa y políticas de limpieza étnica. La insistencia de McCain en la relación de su rival con uno de los fundadores de la organización terrorista Weathermen, también destacada por la temible candidata republicana a la vicepresidencia, es congruente con ese intento de promover desconfianza y miedo hacia Obama y generar dudas sobre lo que puede hacer en la lucha contra el terrorismo si llega a presidente, a pesar de que éste ha explicado que su contacto con esa persona se produjo en un comité sobre educación en el que había varios políticos republicanos.

Sin embargo, esta cuestión tiene una importancia secundaria ante la gravedad de la crisis económica. El intento de presentar a Obama como una persona que no es digna de confianza tampoco parece prosperar en las encuestas electorales. Al terminar el último debate, una amplia mayoría le consideraba más capacitado para afrontar la crisis en un sondeo de la CNN. La actuación del candidato demócrata fue impecable en este terreno, ya que mostró una calma y capacidad de autocontrol que contrastaba con el nervioso parpadeo y el sarcasmo de su oponente.

Junto con una notable capacidad para hablar en público y comunicar con su audiencia, la serenidad en situaciones críticas y el autocontrol son rasgos de la personalidad de Obama que están impulsando su candidatura a la Presidencia. La sensación de seguridad que transmite se basa en la que tiene en sí mismo. Esos rasgos forman parte de su personalidad, una noción mucho más fundada que la de talante, que se refiere a rasgos persistentes e integrados en la estructura del carácter. Un influyente periódico los ha asociado con su biografía, con el hecho de haber crecido con un padre ausente y haber tenido que enfrentarse a situaciones difíciles desde pequeño, lo cual le ha permitido desarrollar una capacidad de liderazgo poco corriente. Durante la campaña, en ningún momento parece dejarse influir por el torbellino mediático y la presión en que está inmerso. Ese temperamento no se atribuye a la voluntad de poder o a la simple disciplina personal, sino a una conciencia organizada (David Brooks: Thinking about Obama, The New York Times, 17-10-2008).

En las campañas electorales suele ser más convincente lo que transmites con tus gestos y tu comportamiento, que lo que dices en un acto público o en tu programa electoral. Ese supuesto no sólo es aplicable a la política sino a la mayoría de los encuentros entre personas que se producen cara a cara, como argumentó Goffman, un sociólogo afincado en Estados Unidos que comparó la interacción social con una representación teatral. Esa conocida teoría resulta especialmente aplicable a los debates electorales que son presenciados por millones de espectadores e influyen mucho en sus votos. En el último, Obama ganó porque supo transmitir la sensación de seguridad que necesitan los ciudadanos, y la imagen de una persona fría en el sentido positivo que aquí tiene esa palabra (cool), que equivale a tranquilidad y valentía. Y lo mismo sucedió en el debate anterior, en el que ambos estaban de pie y la juventud del candidato demócrata contrastaba con la dificultad de movimientos del republicano, su fluidez y buena entonación con la lenta y trabajosa dicción de su oponente. Para los ciudadanos, la persona capaz de controlar así sus emociones puede ser la más indicada para afrontar situaciones difíciles como las que vivimos.

Hasta hace tres semanas, mis amigos de la Universidad no pensaban que Obama fuese a ganar las elecciones, debido a la importancia de la cuestión racial en la cultura norteamericana. No sólo aquí, sino también en países europeos en los que aumentará su intensidad conforme lo hace la inmigración. Hace poco, The New York Times informaba sobre el asesinato de un joven negro en Milán a manos de los propietarios de un bar por la simple sospecha de que había robado dinero. El titular afirmaba que «los ataques a los inmigrantes potencian el debate sobre el racismo» . En contraste, el último negro muerto por violencia racial en EEUU se produjo en 1981.

Lo que parece suceder hoy es que el orden emocional del ciudadano medio parece haberse invertido en la campaña debido a la difusión de noticias sobre la gravedad de la crisis económica. La primera razón para votar ya no sería la raza del candidato, sino su edad y preparación para estar al mando y manejar el timón de esta gigantesca nave en plena tormenta, con una mar arbolada cuyas olas no sólo provienen de la situación económica sino también de la política exterior de EEUU, la Guerra de Irak, la base de Guantánamo, la política contra el terrorismo. Esa política está siendo duramente criticada por Obama, que ha destacado sus consecuencias económicas y defendido la necesidad de cambiarla, sin renunciar a los ideales que impulsaron otras intervenciones militares recientes. Lo dijo claramente en el segundo debate: «Cuando el genocidio y la limpieza étnica están teniendo lugar, eso disminuye nuestro papel en el mundo», para a continuación afirmar que la crueldad humana a veces no tiene limites y los norteamericanos «no podemos con todo y debemos contar con aliados». Una propuesta desde el pragmatismo que tiene profundas raíces en la cultura de EEUU.

Cuando la importancia del programa económico pasa a primer plano de la vida pública, el resultado de la campaña se vincula cada día más la imagen de seguridad que brinda cada candidato. Por eso, Obama, que no cesa de hablar de economía, va por delante en las encuestas a pesar de su raza.

Con independencia del resultado, ese hecho tiene enorme importancia en sí mismo, porque muestra la naturaleza de un sistema político en el que hace 40 años los negros no ejercían su derecho al voto en los estados del Sur. El miedo a la violencia de organizaciones como el Ku Klux Klan se lo impedía. El contraste entre aquella situación y la actual habla por sí solo. Desde el discurso que pronunció Obama en apoyo al anterior candidato demócrata en las elecciones de 2004, se sabía que había surgido un nuevo líder, que ahora puede llegar a la cumbre del poder en el mundo. Si es así, lo habrá ganado a pulso.

El capitalismo sobrevive y se va apañando

Por Fernando González Urbaneja (ABC, 29/10/08):

Algunos apresurados quieren colocar la tapa de cierre al capitalismo y decretan su fin, consumido ¡por sus propias contradicciones, excesos e incapacidades! No es la primera vez que alguien propone esa conclusión, ni será la última. Pero no es probable que acierten. La actual crisis financiera es seria y severa, tal y como advierten a cada rato los dirigentes políticos del momento, dispuestos a refundar el dichoso capitalismo y encantados de disponer de un culpable de los males del presente.

Pero el capitalismo, con sus distintas variantes, no tiene alternativa. Quienes rechazan el modelo no esgrimen otro con resultados parecidos, más allá de ensoñaciones o promesas sin verificar. Y ahora, a pesar de que el sistema financiero que sustenta el capitalismo está en cuestión, traumatizado y en vilo, las economías capitalistas siguen proporcionando más que razonables resultados: el paro en los países de la OCDE se sitúa en torno al 7 por ciento y el empleo alcanza las cotas absolutas más altas de la historia; los precios al consumo no crecen más del 4 por ciento al año y el PIB crece menos que antes, pero más que la media anual de los dos siglos anteriores. Los flujos comerciales son elevados, los avances tecnológicos palpables y los índices de pobreza siguen a la baja, aunque sea a menor ritmo del deseable. Datos económicos fundamentales que no reflejan el fin de una era, más bien ajustes y rectificaciones.
A principios de los años cuarenta, uno de los más lúcidos economistas del siglo pasado, Joseph A. Schumpeter, publicó «Capitalismo, socialismo y democracia» y en sus primeras páginas anotó: «¿Puede sobrevivir el capitalismo? No, no creo que pueda. Pero esta opinión mía, lo mismo que la de todo otro economista que se haya pronunciado sobre la cuestión, carece por sí sola de todo interés… las realizaciones presentes y futuras del sistema capitalista son de tal naturaleza que rechazan la idea de su derrumbamiento bajo el peso de la quiebra económica; aunque el mismo éxito del capitalismo mina las instituciones sociales que le protegen y crea inevitablemente las condiciones en las que no le será posible vivir y que señalan claramente al socialismo como su heredero legítimo… No obstante el orden capitalista puede recuperar la fuerza y estabilizarse a medida que transcurre el tiempo, por lo que es quimérico esperar su derrumbamiento».

La prognosis de Schumpeter parece titubeante, propia de quien aprecia variables imprevisibles, pero la historia ha acreditado la capacidad de adaptación y renovación de ese capitalismo que el economista austríaco analizó en profundidad. Sobre el capitalismo han caído estos días facturas que cortan la respiración, varias crisis con características conocidas que nunca concurrieron simultáneamente: crisis de liquidez, ruptura de los umbrales de riesgo, esa codicia desaforada que forma parte de la naturaleza humana, y amenaza de colapso sistémico del sistema de crédito y de pagos.

Para esos problemas hay experiencia y recetario conocidos y puestos a prueba en otras ocasiones. Se sabe lo que no se debe hacer y lo que ha funcionado, aunque asusta la velocidad y la intensidad del problema, la incertidumbre sobre su profundidad y la inseguridad acerca de la eficacia del tratamiento. Y además la ansiedad en los medios por contar lo que viene con el maltusianismo habitual en estos casos, y el pavor en los dirigentes políticos ante riesgos imprevistos, que les lleva a pintar el cuadro más dramático, para inmediatamente aparentar control.

El secretario del Tesoro, Hank Paulsen, luego desbordado por los acontecimientos, reclamó: «hay que hacer limpieza y hacerla rápido y a fondo». Esa limpieza era tan urgente como imprescindible, a más retraso más coste, aplazarla conduce a acumular más basura y contagiar lo sano con lo podrido. Los malos activos, los «tóxicos», conforme a la nueva terminología, contaminan y devalúan todo lo demás. Para esa limpieza se han diseñado paquetes de rescate con dinero público y procedimientos diseñados por los gobiernos, con guión del experimentado primer ministro británico. Además de limpiar hay que estabilizar los mercados financieros, reconstruir la trama de confianza, para luego empezar el desescombro y la recuperación, con otro sistema de supervisión reforzado y con nuevos manuales de procedimientos y de respeto al riesgo.

La apreciación emocional e intensa con la que los medios siguen la crisis coloca el foco de las noticias en las bolsas, en la peripecia de Wall Street y sus hermanos menores, en la evolución de los precios de las acciones. El escenario es correcto pero el foco de atención no tanto. Lo que se dirime ahora no es el precio de las acciones sino el funcionamiento de los mercados de crédito. El foco debe estar en los flujos crediticios, mucho más que en el precio de las acciones. Importan más las transacciones que los precios, el intercambio efectivo que el valor del mismo.

La fiebre se mide en los mercados de valores, en el derrumbe o sostenimiento de las acciones, pero la infección viene de los mercados de crédito y del desprecio al riesgo. El cierre de la financiación interbancaria, la desconfianza entre los intermediarios de crédito, constituyen el centro del problema, y transfieren a los agentes económicos señales decisivas sobre la gravedad y la magnitud de la crisis.

Si los mercados de crédito no funcionan, la inversión y el consumo se encogen y el conjunto de las economías se paraliza; las familias y las empresas no compran y se instalan en la desconfianza. Los planes de rescate mediante la compra de activos sin valor de mercado actual, los avales públicos, la compra de activos buenos poco líquidos, e incluso la recapitalización de las entidades financiera desde el Tesoro, tratan de estabilizar el sistema financiero y contener la pérdida de confianza.

El debate sobre el carácter público del rescate es diletante, ¿no salen los recursos públicos de impuestos sobre la actividad privada, de los beneficios de las empresas y las rentas de las personas? ¿No están interesados los Estados, que son los primeros acreedores y deudores, en la estabilidad de los mercados financieros, en el cumplimiento de los contratos y el buen funcionamiento del crédito? ¿De dónde saldrán los impuestos sino de una economía eficaz?

Esta crisis financiera no es para perder el tiempo dirimiendo el futuro del capitalismo, es momento para parar y conducir la riada de desconfianzas, y para analizar causas y consecuencias para que cuando vuelva a ocurrir (que lo hará) el diagnóstico sea más certero y el tratamiento más rápido y eficaz.

El capitalismo no se acaba, no fracasa, sólo se transforma, se adapta, entre otras razones porque carece de alternativa que resista comparación. No es un sistema perfecto, incluso puede que sea perverso, pero comparado con las alternativas sale bien librado. Ahora toca limpiar a fondo, analizar las causas, pasar factura a quien corresponda y poner los medios para prevenir. No morirá el sistema capitalista, la convicción de que los precios y el mercado son señales e instrumentos eficaces para crear y distribuir prosperidad. Ni se va a refundar, simplemente evolucionará como viene ocurriendo desde hace unos 250 años.

El profeta Nouriel Roubini, que defiende que el sistema camina a la debacle, que propone cerrar los mercados unos días para que descansen y se calmen, anuncia una recesión larga y profunda. Pudiera ocurrir, las previsiones de Malthus a principios del XIX tenían fundamento, pero no ocurrió, la destrucción creativa abrió ventanas donde se cerraban puertas. Seguramente ya estamos en recesión, no será la primera. De peores hemos salido, con el odiado capitalismo reformado y reforzado.

La víctima es el oso

Por Pilar Rahola (LA VANGUARDIA, 29/10/08):

Según parece Hvala significa “gracias” en esloveno. Aunque dudo mucho que la osa que estos días es perseguida, con profusión de medios, por el Pirineo catalán, tenga demasiados motivos para dar las gracias a los seres humanos. En realidad, ¿puede darlas algún animal? El ser humano se ha convertido en una especie de virus brutalmente agresivo y violento, que destruye todo a su paso, entorno, vida, ecosistema… Nuestra capacidad de destrucción de la biodiversidad va pareja a nuestra falta absoluta de conciencia de lo que ello significa, y así vamos caminando por el planeta, dilapidando el patrimonio biológico que no nos pertenece.

Lo que está ocurriendo estos días en el Pirineo catalán con la osa Hvala es un triste ejemplo de esta jauría humana en la que nos hemos convertido, y donde cualquier otra vida que no sea la de nuestra especie, es despreciada hasta la muerte. Resulta más que evidente que, en este caso, las víctimas de la violencia permanente han sido los osos, cuya persecución por parte de los cazadores, desde que fueron reimplantados, no ha cejado ni un momento. A pesar del vocerío con que claman algunos responsables políticos de Val d’Aran, como el propio síndic Francesc Boya – el populismo siempre ha dado réditos a la política –, lo cierto es que el balance, según el detallado informe de Depana, es una auténtica vergüenza para el Pirineo catalán. ¿Hacemos el repaso? En 1997 la osa Melba fue abatida por un cazador, mientras estaba con sus tres cachorros. Uno de ellos también murió.

En el 2004, Papillón, el último representante de los osos autóctonos, fue también tiroteado y murió. Ese mismo año, la osa Canelle fue abatida cuando defendía a uno de sus osos del ataque de los perros de los cazadores. En el 2007, Franska murió atropellada, y en la autopsia se descubrió que estaba llena de perdigones. Y no hace más de un mes, el oso Balou fue tiroteado en otra batida, y desde entonces sobrevive herido. Finalmente, nadie sabe qué pasó exactamente con el encuentro entre la osa Hvala –probablemente embarazada – y el cazador de Les, pero se sabe que se produjo después de una cacería de jabalíes, y que la información dada a la prensa es, en el mejor de los casos, muy sesgada. Como dijo Depana en su comunicado, “la reciente agresión responde a una reacción propia de miedo del oso, y en ningún momento a un ataque gratuito, porque, si fuera el caso, el oso no habría provocado heridas leves al cazador”. Ciertamente, como muestran todos los informes de seguimiento, los osos del Pirineo no han representado ningún problema para el ser humano, y su contacto, incluso visual, ha sido prácticamente nulo.

Muy al contrario, el oso percibe la presencia humana mucho antes que nosotros, y siempre huye del contacto. En Cantabria, donde hay alrededor de 130 osos, no existe ningún problema. Está claro, pues, que todo el jaleo mediático que han montado desde el Pirineo, convirtiendo al pobre ósbru en una especie de peligro para la humanidad, responde exclusivamente a los intereses de los lobbies de cazadores, auténticos enemigos de su presencia en la zona. Desde que el oso volvió a los Pirineos, después de haber sido cazado sistemáticamente durante siglos, fue el objetivo de estos grupos de presión cuya actividad cinegética intenta patrimonializar toda la zona. No se trata de que el oso sea un problema, que no lo es. Se trata de que perciben los Pirineos como un coto cerrado de caza. A partir de ahí, la excitación se dispara. Hablan de la pérdida de actividad ganadera, como si el oso tuviera algo que ver en el hecho de que muchos ganaderos han dejado de ordeñar vacas, para ordeñar al turismo, mucho más suculento en estos tiempos. Aseguran que no es compatible su presencia con la del ser humano, y venden una película que sólo se puede comprar en el mercado de la demagogia. Nada de ello es cierto. Porque, como se ha demostrado en todos los países donde el oso convive con el hombre, desde Cantabria hasta Eslovenia, desde Francia hasta Italia, desde Bulgaria hasta Alemania, etcétera, este no ocasiona ningún tipo de problema. Al contrario, enriquece la biodiversidad de las zonas donde convive y, por ende, enriquece su patrimonio natural.

Sin embargo, en la Catalunya pirenaica algunos parecen haber enloquecido. Gritando todos a una, cual Manelic de la tierra alta, “que viene el oso”, han conseguido que se inicie una persecución contra la pobre Hvala, que, además de no ser legal – como demuestran las denuncias en los tribunales, por parte de Depana y Avalón–, es paradigmática - el alma salvaje que aún llevamos dentro. ¿O alguien duda de que el ser salvaje es el ser humano? Lo peor no es la histeria desatada, lo peor es que la Generalitat haga suya esa histeria. Y además, aprovechando el Pisuerga, los voceros del miedo aseguran que es el momento de sacar al oso del Pirineo. ¿Por qué no piden que también desaparezcan los excursionistas, especie que tiende a ponerse altamente nerviosa cuando topa con una jauría de cazadores? Porque hay algo que no podemos olvidar y es que el Pirineo es patrimonio de todos, y no sólo de los que se divierten matando animales. También lo es de los que amamos la vida.

El sueño del concilio Vaticano II

Por Jesús López-Medel, abogado del Estado (EL PERIÓDICO, 29/10/08):

Hay personajes que perviven en la memoria de millones de personas. Algunos, sobre todo si han tenido una muerte prematura o violenta, se traducen en iconos. En otros casos, sin esa dimensión tan mítica, se convierten en símbolos que perduran en el tiempo. No hace falta haber sido un personaje importante o poderoso. Es más, a muchos de estos el paso del tiempo los condena pronto al olvido, pues no dejaron huella especial en los sentimientos de una sociedad tan dinámica.

Donde más ha cambiado la sociedad, sobre todo la española, es en el proceso de secularización y laicidad. La dimensión religiosa ya no impregna ni condiciona todo como antes acontecía. El valor de la dimensión espiritual ha evolucionado hacia el ámbito de lo privado y quienes siguen el mensaje evangélico lo hacen más desde la opción personal y no tanto por el ambiente imperante.

Uno de los personajes del siglo XX más relevantes y recordados (aunque a los más jóvenes les resulte poco conocido) es Juan XXIII. Fue papa por un periodo muy corto (aunque no tanto como el breve Juan Pablo I, que en 1978 murió solo un mes después de haber asumido las sandalias del Pescador). Pero dejaría una estela imborrable para amplísimos y muy diversos sectores y sensibilidades.

SE CUMPLIÓ ayer, 28 de octubre, el 50° aniversario de su elección en ese procedimiento tan singular y algo misterioso (por la opacidad total) conocido como cónclave. Después de un largo mandato de su antecesor, Pío XII, los cardenales electores, encerrados bajo llave, eligieron a quien, por su edad, parecía ser un papa de transición. Tenía 76 años (entonces una edad ya de ancianidad) cuando ese obispo de Venecia pasó a ser sucesor de san Pedro.

Se seguía la inercia de muchos siglos de que el papa debía ser un italiano (después llegarían el polaco Wojtyla y el alemán Ratzinger, y ojalá pronto alguien procedente de otro continente). Pero la continuidad de papas netamente conservadores de las esencias se rompería con él. Aunque la televisión apenas existía y la influencia de los medios audiovisuales no era nada comparable con la actual, ganó el corazón de gentes muy diversas y plurales de ideologías y sentimientos. Muy pronto todos le conocerían como el Papa bueno. El sentido de humanidad y bondad que transmitía llegó a muchas personas, incluso no creyentes.

Fueron muchos los gestos que calaron, como la elección por vez primera de cardenales africanos e indígenas o la dedicación que, como obispo de Roma (cargo anejo al papal), mostró al hacer visitas pastorales a las parroquias de su diócesis. Eso era impensable hasta entonces, con unos papas encerrados en la organización que dirigía –con gran poder– la curia vaticana, más dedicados a conservar inmutable no solo la doctrina, sino también todas las adherencias culturales e ideológicas que habían dando forma a una sola manera de sentirse católico, distante del sentido originario evangélico.

Juan XXIII rompió estereotipos, y fue el primer papa que, cuatro siglos después de la ruptura de la Iglesia de Inglaterra por conocidas razones político-matrimoniales, se reunió con el máximo dirigente anglicano. Sobre todo, transpiraba humanidad y cercanía, algo que no había caracterizado a muchos de sus antecesores. Pero el hecho más relevante fue el sorprendente anuncio, apenas tres meses después de su elección, de convocar un concilio ecuménico de apertura de la Iglesia al mundo. Igual que la palabra perestroika, empleada por Gorbachov para intentar cambiar una URSS en total decadencia, otro vocablo como aggiornamiento quedará siempre incorporado a nuestro léxico. Con él, el Papa bueno manifestó su deseo de impulsar una renovación de la Iglesia en su modo de aproximarse a las diversas realidades modernas. También de un mayor diálogo con todos los sectores, incluso de las personas sin fe, buscando más lo que une a los seres humanos que lo que les separa. El centro lo situaba en la dignidad de las personas.

Su apertura también se manifestaría en textos que mantienen, tras medio siglo, gran frescura, como la Pacem in terris, con una carga social muy avanzada entonces y ahora. Asimismo, impulsaría una modernización de la liturgia y de unos ritos que, hasta entonces, en las celebraciones se hacían de espaldas al pueblo y en una lengua, el latín, ajena a la inmensa mayoría de los creyentes.

CINCO AÑOS después, en pleno concilio, falleció. Pero la senda había quedado marcada y la Iglesia católica vivió uno de sus momentos de mayor apertura y consideración en cuanto a situar la acción apostólica en las personas. Estas eran valoradas más que los ritos, los dogmas y las formalidades.

Años después, ese espíritu de apertura ha quedado aparcado. Esto es patente tanto en Roma como, aún más, en España. La distancia entre la jerarquía eclesiástica y amplios sectores sociales es desalentadora. Atribuyen el alejamiento de la sociedad a un supuesto “propósito descristianizador” de fuerzas del mal. Su identificación exclusiva con posiciones religioso-políticas muy conservadoras espanta a muchos y entristece a otros que queremos, desde diversas sensibilidades, mantener viva nuestra frágil fe.

El recuerdo de Juan XXIII y su espíritu es ahora no solo de justicia sino muy necesario en un mundo que sigue buscando la verdad.

martes, octubre 28, 2008

Juan XXIII, primavera en la Iglesia

Por Juan José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Ignacio Ellacuría de la Universidad Carlos III de Madrid, y autor del Nuevo diccionario de teología. (EL PAÍS, 28/10/08):

El 28 de octubre de 1958, hoy hace medio siglo, era elegido Papa el anciano patriarca de Venecia Angello Giuseppe Roncalli, que tomaba el nombre de Juan XXIII, tras casi 20 años de pontificado de Pío XII, muy criticado por su insensibilidad ante la persecución de los judíos por el nazismo.

Nada hacía pensar en la biografía del nuevo Papa que pudiera llevar a cabo cambios importantes en la marcha de la Iglesia católica, anclada en la Cristiandad medieval. De joven se había formado en un seminario de la Contrarreforma. Ya sacerdote, fue secretario particular del obispo de Bérgamo, su diócesis natal, y profesor de Historia de la Iglesia. Su siguiente destino fue la dirección nacional de Propaganda Fide en Roma. Después, ejerció, durante diez años, la función de visitador apostólico en Bulgaria, país con sólo 62.000 católicos, sin mucho entusiasmo. “Bulgaria es mi cruz”, escribió entonces con resignación.

De Bulgaria pasó a la nunciatura de la Turquía laica de Atatürk en plena política secularizadora, que rechazaba el islam y cualquier forma religiosa considerada integrista, incluido el catolicismo. Su posterior misión fue la nunciatura de Francia, donde llegó en 1944 cuando estaba a punto de ser liberada del nazismo, en un momento de fuerte división entre los católicos -sacerdotes y obispos incluidos- por profundas divergencias políticas e ideológicas. Allí le tocó vivir la experiencia de los sacerdotes obreros y las sanciones de Pío XII a algunos de los más cualificados representantes de la nouvelle théologie. Con 71 años fue nombrado arzobispo de Venecia. Una vida, por tanto, entre el trabajo burocrático de la curia romana y la diplomacia, con un breve tiempo de actividad pastoral.

Sin embargo, en menos de cinco años, la duración de su pontificado, logró poner en marcha una de las mayores transformaciones de la Iglesia católica, que pasó del autoritarismo piano al conciliarismo, del integrismo al compromiso con la historia, de la Contrarreforma a la reforma, de la Cristiandad a la Modernidad, de la alianza con el poder a la Iglesia de los pobres y del anatema al diálogo. Ponía fin a cuatro siglos de Contrarreforma, haciendo suya, sin citarla, la propuesta de Lutero (”La Iglesia debe estar en permanente reforma”), que luego asumió el concilio Vaticano II.

Con el pontificado de Juan XXIII se inicia una era de cambios compulsivos en la historia de la humanidad, que continuaron a lo largo de la década de los sesenta del siglo pasado. Fue, por utilizar la expresión de Karl Jaspers aplicada a otra época histórica, el tiempo-eje de las utopías en el que se sucedieron importantes transformaciones de toda índole: la revolución cubana, la independencia de los países sometidos a las potencias europeas, la lucha por los derechos civiles, los movimientos de liberación en América Latina, la revolución estudiantil, la primavera de Praga, el diálogo cristiano-marxista, etc. Transformaciones todas ellas alentadas por una filosofía de la esperanza que tuvo su traducción religiosa en las teologías de la secularización, revolución, de la esperanza y de la liberación. ¡Era la utopía en acción!

Juan XXIII llevó a cabo una revolución copernicana dentro de la Iglesia católica. Con la convocatoria del Vaticano II recuperaba la tradición democrática de los concilios medievales de Basilea y de Constanza, que defendieron el concilio como forma colegiada de dirección de la Iglesia. En el discurso de apertura del Vaticano II mostró su distanciamiento de los “profetas de calamidades que siempre están anunciando infaustos sucesos como si fuese inminente el fin de los tiempos”. Criticó las alianzas que el cristianismo había hecho, desde Constantino, entre el trono y el altar, denunciando las “ilícitas injerencias de las autoridades civiles” en el desarrollo de los Concilios ecuménicos y las acciones supuestamente protectoras de los “príncipes de este mundo” que respondían a motivaciones políticas y al propio interés, y que tantos daños generaron. Entonaba, así, elréquiem por la muerte de la Iglesia de la Cristiandad, considerada hasta entonces la única forma de realización del cristianismo, e iniciaba el diálogo con la Modernidad, a la que sus predecesores habían condenado como el Anticristo y la gran enemiga de la Iglesia .

Hizo suya la cultura de los derechos humanos, anatematizada sistemáticamente por los papas desde la Revolución Francesa, y la incorporó a la doctrina social de la Iglesia en su memorable encíclica Pacem in terris, dirigida “a todos los hombres de buena voluntad” y publicada el 11 de abril de 1963, apenas dos meses antes de su fallecimiento. Quince años después de la aprobación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en la ONU y tras no pocas resistencias de la Iglesia católica hacia ella, Juan XXIII la asumía en su integridad.

Gracias a Juan XXIII volvió a haber primavera en la Iglesia católica, tras siglos de invernada, y empezamos a acariciar la esperanza de Otra Iglesia Posible. Pero fue una primavera corta, que apenas duró diez años. Luego vino, de nuevo, la larga invernada, que ya dura cuarenta años. ¿Hasta cuándo?

¿Qué Europa?

Por Joan Ramón Resina, jefe del departamento de Literatura Española y Portuguesa de la Universidad de Stanford (LA VANGUARDIA, 28/10/08):

Cada vez más, los ideales democráticos de la Unión Europea están siendo puestos a prueba. Sin entrar en el lado social de las turbulencias financieras, cuyas consecuencias políticas aún tardarán en emerger, puede decirse que abundan los síntomas de desencaje entre la representación del proceso de convergencia europea y la conducta real de ciudadanos e instituciones de los estados miembros. Aunque la lista de desafecciones sería larga, solamente este año se han registrado el rechazo de Irlanda al proyecto de Constitución europea, el creciente unilateralismo de los gobiernos y la involución corporativista (y en el fondo nacionalista) de sus aparatos de Estado. Pero el síntoma más grave del deterioro de los valores democráticos es el aumento de las acciones contra los derechos de las minorías nacionales. El menosprecio de tales derechos, que llega incluso a intentar derogarlos, es un síntoma de que la concepción clásica de democracia agoniza en un nuevo clima político que bien podría ser también la despedida del interregno liberal iniciado con la distensión de la guerra fría en los años sesenta del pasado siglo.

El pasado mes de junio la Academia Francesa exigió la retirada de una cláusula que reformaba el artículo primero de la Constitución francesa a fin de reconocer los “idiomas regionales” que aún se hablan en aquel país. En opinión del ilustre cuerpo, reconocer tales idiomas como parte del patrimonio nacional ponía en peligro la identidad francesa.

Rigiéndose por la opinión de los savants,el Senado francés revocó la modificación del artículo por 216 votos contra 103, con una fuerte representación de la UMP de Sarkozy, de los comunistas, los radicales de Le Pen y el centroderecha entre el voto mayoritario. Reaccionando a esta explosión de patriotismo, la prestigiosa revista internacional Nature publicó una respuesta el 26 de junio titulada “Comédie Française”.Para el autor del artículo la reacción de la Académie “desafía a la lógica”. Según él, en un época en que la globalización amenaza con extirpar la mitad de las 6.000 o 7.000 lenguas del planeta, una corporación científica debería trabajar a favor de la conservación, no de la extinción. El conocimiento y la cultura, asegura Nature,están estrechamente imbricados con los idiomas dentro de los cuales han evolucionado. Por ello, la desaparición de un idioma no es sólo una pérdida para la comunidad que lo hablaba, es también la pérdida de esa comunidad para el género humano. El siglo XXI ha de superar la indiferencia ante la destrucción de la diversidad lingüística, incorporándola al derecho internacional en concepto de crimen contra la humanidad.

El pronunciamiento de la Académie se ramificó instantáneamente y al día siguiente dieciocho sabios españoles exigieron a su gobierno no ya el rechazo del artículo pertinente a derechos lingüísticos en el impugnado Estatut d´Autonomia de Catalunya, sino toda una reforma de la Constitución para retirar a los idiomas regionales la mascarilla de oxígeno con la que alientan desde la transición. Una vez más, España marcha al compás de Europa, pero ¿de qué Europa? Si esta liquida el espíritu liberal que condujo a la reconciliación francoalemana con el encuentro de Konrad Adenauer y Charles De Gaulle en la catedral de Reims el 8 de julio de 1963, lejano preludio del tratado de Maastricht, Europa involucionará a un chovinismo de consecuencias imprevisibles. Y en este proceso, cualquier señal de intolerancia que parta de Europa encontrará en España terreno fertilizado por décadas de agitación mediática.

En la propia Alemania, dos semanas antes del episodio de la Academia Francesa, Joachim Hunold, presidente de Air Berlin, dedicó a la lengua catalana un artículo editorial en la revista de la aerolínea en términos difíciles de imaginar hace pocos años. En este artículo, el señor Hunold deja patente su ignorancia, o su desfachatez, como le espeta el doctor Johannes Kabatek, catedrático de lingüística románica de la Universidad de Tubinga y presidente de la Deutsch-Katalanisches Gesellschaft, en una carta que hasta la fecha es la única respuesta emitida desde la abultada corporación de romanistas alemanes. Pero si el artículo del señor Hunold carece de interés filológico, interesa, y mucho, por lo que dice sobre la Europa que las grandes empresas están construyendo con el apoyo de los estados miembros.

Sólo por la voluntad de racionalizar el espacio europeo reduciendo al mínimo su diversidad lingüística - una gigantesca recalificación del territorio- puede explicarse su altivo ataque a la lengua catalana y su - a oídos españoles- lisonjera caracterización del castellano como el idioma de comunicación preferido por las personas inteligentes, como ya ocurría, según él, en tiempos del “emperador alemán Carlos V”. Falto de tal currículum, el catalán no merece consideración, porque, como asegura el señor Hunold con toda propiedad, “no recuerda precisamente el idioma de un imperio mundial”. Razones tan profundas suscitan preguntas urgentes. Por ejemplo, ¿es imprescindible que un pueblo conquiste otros a fin de mantener su idioma en la nueva Europa? La pregunta es retórica y la respuesta inquietante, porque el señor Hunold demuestra, en calidad de triunfador, que nada es tan cacófono como el rumor de los conquistados. Por ello rechaza con vehemencia topónimos como Eivissa y prefiere la eufonía de playa al autóctono pero malsonante platja.

¿Qué pudo impulsar al señor Hunold a descender de las alturas de su aerolínea a lanzar sobre las cabezas catalanohablantes sus documentadas opiniones en torno a la relación entre eufonía y poder? Muy sencillo: el gobierno autónomo de las islas Baleares elevó a su despacho presidencial una petición para que la aerolínea se mostrara sensible a los viajeros catalanohablantes en los vuelos con destino a las Baleares. Pretensión tan desmesurada puso a prueba la paciencia del señor Hunold, a quien le importa tan poco como a las aerolíneas españolas que la Constitución de este país reconozca la oficialidad del catalán en las Baleares, o que el Parlamento Europeo aprobara en 1992 una Carta para las Lenguas Regionales o Minoritarias que tiene rango de ley internacional y que ratificaron tanto España como Alemania. ¿Qué culpa tiene el señor Hunold de que unos provincianos depositaran sus esperanzas en resoluciones internacionales desprovistas de fuerza coercitiva sobre los estados? Tras la proeza de dotar los vuelos interiores en España con “por lo menos una azafata capaz de hablar en castellano”, ¿puede exigirse a una empresa europea que además incorpore la atención en catalán a los vuelos destinados a Mallorca?

La contrariedad del señor Hunold es comprensible. Con la intensificación de la movilidad, la miscelánea cultural que siempre fue Europa se ha convertido en una molestia para todos excepto las poblaciones locales, que los nuevos europeos ven cada vez más como manchas en el paisaje. Y así como Filemón y Baucis, aferrados a su pequeña parcela, impedían a Fausto construir una atalaya para “escrutar el infinito”, las culturas residuales, arrumbadas en el desván de las economías nacionales, son obstáculos que despejar. Pero una vez puesto en marcha el proceso, no se sabe dónde acabará. ¿Qué idiomas seguirán a las lenguas regionales a la guillotina a medida que se agudice la racionalización?¿Cómo será el paisaje cultural que verán los ojos europeos dentro de un siglo? Son preguntas que merece la pena plantearse cuando aún queda tiempo, pues, como sabía el general Stumm en El hombre sin atributos,la exigencia de ordnung y más ordnung conduce a un paisaje lunar.

Al señor Hunold no le bastó ofender a los catalanohablantes en su idioma; pretendió además avasallarlos con el argumento de que deben su desarrollo a otros europeos que graciosamente les remiten fondos de cohesión. Pero ¿es cierto que el aeropuerto de Son Sant Joan, tan útil a los viajeros alemanes en general y a Air Berlin en particular, no existiría sin la ayuda comunitaria? El señor Hunold pasa por alto el minúsculo detalle de que Catalunya y Baleares son contribuyentes netos a la Unión Europea, y que el nivel de solidaridad de estas comunidades con España excede con mucho el de Baden-Württemberg con el más pobre land de Alemania. El directivo de la aerolínea no parece saber que de haber actuado sola en lo que concierne a la inversión de sus recursos, Catalunya estaría hoy mucho más desarrollada y mejor conectada a Europa y al mundo.

La pregunta verdaderamente apremiante que suscitan conductas como la del señor Hunold y los miembros de la Academia Francesa es: ¿cuál será la Europa que se formará en el próximo medio siglo? ¿Será una que promueva la rica y diversa herencia cultural del continente, o una que discrimine entre culturas según criterios darwinistas? ¿Una que venere las tradiciones imperiales, o una que reconozca el vínculo entre democracia y autodeterminación en el seno de las estructuras comunitarias? A fin de cuentas, esta es la prueba decisiva para una democracia potente y unificadora. Porque el respeto de uno mismo se basa en el respeto a los demás; condición que las clases populares berlinesas entienden mucho mejor que los ejecutivos de sus grandes compañías. Cuando menos esto es lo que se desprendía de los carteles pegados por el Hertha BSC Berlin hace algunos años en lugares de la capital de la Alemania recientemente reunificada. Bajo las líneas que anunciaban el partido del Hertha contra el Barça, podía leerse: “Viene el Barcelona. Sé respetuoso. ¡Aprende catalán!”. El Futbol Club Barcelona respondió a la falta de respeto de Air Berlin hacia su idioma oficial cancelando las reservas del equipo para el primer tramo del viaje a Estados Unidos. Por dignidad, justamente.

Las desventajas de McCain

Por Edward N. Luttwak, experto del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) de Washington. Traducción: Juan Gabriel López Guix (LA VANGUARDIA, 28/10/09):

En este año electoral, cualquier candidato republicano habría iniciado su campaña con la desventaja de ocho años republicanos en la Casa Blanca, un fenómeno que suscita por sí solo deseos de un presidente demócrata.

Sucede además que el actual presidente republicano es muy impopular - en este momento, todos los logros de Bush están ya olvidados o descontados, incluidas la derrota del yihadismo desde Marruecos hasta Indonesia y la desnuclearización de Iraq, Libia y Corea del Norte- y que se le culpa de todo cuanto ha ido mal. No cabe duda de que su política fiscal ha producido unos déficits excesivos, pero fue bajo Clinton que las entidades hipotecarias se vieron obligadas a conceder créditos a clientes subprime.

Cuando en el verano logró erigirse en candidato republicano, McCain tuvo que hacer frente a una tercera gran desventaja: una ralentización de la economía, unos precios de las viviendas en caída rápida y la inevitable repercusión sobre los instrumentos hipotecarios y sus derivados, que perjudicaban a los bancos de inversión y sus aseguradores.

Para McCain se ha tratado de una desventaja doble, porque la culpa se ha atribuido a los republicanos, pasando por alto las responsabilidades de los demócratas en el Congreso, y porque se ha visto en gran medida devaluada su ventaja comparativa en tanto que candidato de la seguridad que sabe cómo ganar guerras. Paradójicamente, la gran mejora de la situación política en Iraq ha hecho disminuir la importancia política de ese país.

Y entonces llegó el quinto golpe para McCain: la crisis económica de octubre, que ha sepultado todo el sistema financiero, ha reducido los valores bursátiles a un 65% de los niveles anteriores al derrumbe y ha hundido aún más la economía real, que de todos modos ya empezaba a enlentecerse.

De nuevo, el daño para John McCain ha sido desproporcionado debido a la presuposición de la responsabilidad republicana - en realidad, la acumulación del exceso de liquidez causante de todos los otros problemas a medida que el dinero buscaba mayores rendimientos empezó en el 2001- y a la nula experiencia financiera del candidato.

Tampoco Obama tiene esa experiencia, desde luego; y en realidad, a pesar de todos sus partidarios en Wall Street - que superan con creces a los de McCain-, no ha logrado ofrecer un plan propio convincente y se ha sumado a McCain en el apoyo a las medidas de Bush, a pesar de ser polémicas.

El caso es que las deficiencias de Obama ya no importan, porque nada de lo que ha hecho hasta ahora McCain ha logrado superar sus cinco desventajas.

Y a ellas se suma en estos momentos una sexta que puede convertirse en letal: dado que Obama rechazó los fondos federales y sus límites - tras prometer aceptarlos-, ha logrado recaudar para su campaña una cantidad muy superior a los 84 millones de dólares concedidos a McCain.

Por ello, en estados especialmente reñidos como Virginia, está gastando tres o cuatro veces más en propaganda emitida por televisión y oscurece el mensaje de McCain con vídeos ininterrumpidos en todas las cadenas importantes. La campaña de McCain tiene tan poco dinero que ni siquiera puede responder a las acusaciones asesinas de Obama de que el republicano quiere reducir las pensiones y la asistencia sanitaria a los mayores de 65 años.

Las encuestas nacionales indican que Obama está por delante, pero no significan nada, porque no se trata de unas elecciones nacionales, sino más bien unas elecciones simultáneas en 50 estados separados y el distrito de Columbia, que en total dan lugar a un colegio electoral compuesto por 538 votos. Los comicios reflejan el número de votantes de cada estado, pero no de forma proporcional, porque incluso los menos poblados disponen de al menos tres votos. Además, los votos electorales se adjudican de forma más o menos proporcional en sólo dos estados (Maine y Nebraska). En todos los demás, una mayoría simple de la mitad más uno se lleva todos los votos del Estado, sin que cuenten grandes mayorías en los lugares donde domina un partido.

Así que lo que cuenta es la ventaja de Obama en la estimación de los votos electorales: de 538, en estos momentos se cree que obtendrá 313 frente a los 174 de Mc-Cain, con sólo 51 aún por decidir. A menos que muchos votantes blancos e hispanos estén mintiendo a los encuestadores y no acaben votando a un candidato negro, o que Obama cometa un descomunal e improbable error que ofenda de modo irreparable a un sector importante del electorado, su victoria parece hoy asegurada.

Este hecho podría tener grandes repercusiones sobre el futuro inmediato de Estados Unidos, o quizá no. Obama es percibido como un candidato negro; y por eso cuenta con el vehemente apoyo de los blancos progresistas que creen que su presidencia barrerá todos los pecados blancos cometidos desde los tiempos de la esclavitud en adelante. Sin embargo, Obama no es descendiente de esclavos y, en términos culturales, no tiene gran cosa en común con los negros estadounidenses. Es hijo de una madre ultraprogresista que rechazó su identidad blanca y los propios Estados Unidos (prefirió Indonesia); y sus opiniones se vieron moldeadas por la política urbana izquierdista de Chicago. En otras palabras, Obama es en realidad un candidato rojo, partidario de la mayor redistribución posible de la riqueza (habla de “extender la riqueza”). En Europa, eso lo convertiría en un socialdemócrata. En el más conservador contexto estadounidense, eso lo convierte en un radical, pero lo cierto es que ha conseguido ocultarlo con éxito. Por ejemplo, siempre que se le pregunta quién es su asesor económico, da el nombre de Paul Volker, de 81 años y antiguo presidente de la Reserva Federal bajo Reagan, quien propugna una estricta austeridad fiscal, no nuevos gastos sociales.

La gran paradoja es que, a causa de la crisis financiera y el frenazo de la economía, ese camuflaje electoral de conservadurismo fiscal se hará realidad de todos modos. Sea quien sea, el nuevo presidente tendrá que recortar el presupuesto federal, no incrementarlo. En cuanto a la redistribución mediante la subida de impuestos a los ricos, se trata en buena parte de una fantasía. Cuando aumentan los tipos impositivos marginales, también lo hace el uso perfectamente legal de esquivar los impuestos por medio de créditos impositivos para la energía alternativa, las ayudas medioambientales, las viviendas subvencionadas y demás. Ahora bien, la paradoja última es que, de los dos candidatos, sólo McCain podría efectuar grandes recortes en los gastos de defensa (considera que deben retrasarse los principales programas de armas nuevas, porque Rusia y China llevan un gran retraso tecnológico). Aunque esté lleno de demócratas, el Congreso estadounidense nunca permitirá que Obama reduzca tanto el presupuesto del Pentágono, y el Congreso siempre tiene la última palabra.

A crisis global, respuesta global

Por Josep Borrell, presidente de la Comisión de Desarrollo del Parlamento Europeo (EL PERIÓDICO, 28/10/08):

La crisis financiera habrá servido para constatar que en la economía globalizada todos los países son interdependientes. Como dijo el presidente Nicolas Sarkozy en el Parlamento Europeo, esta es una crisis global y la respuesta solo puede ser global.

Empezando por Europa, que ha dado una respuesta coordinada al salvamento del sistema financiero, poniendo primero de acuerdo a los países del euro y al Reino Unido, y superando los primeros intentos de sálvese quien pueda que no hicieron sino echar leña al fuego. Gracias sean dadas al euro, porque los países con fuertes déficits comerciales, como España, lo hubiesen pasado muy mal en medio de este temporal. Y nos hemos ahorrado, casi sin darnos cuenta, las devaluaciones competitivas con las que en otras crisis nos hicimos la guerra económica los unos a los otros.

HASTA AHORA se ha evitado el colapso del sistema financiero mundial ante un ataque al corazón que empezó el 15 de septiembre, cuando EEUU no evitó la quiebra del banco Lehman Brothers. Pero el enfermo está muy débil y la restricción del crédito, después de los excesos pasados, será inevitable. Como muestra, un dato: la relación de la deuda financiera norteamericana con su PIB ha pasado del 21% en 1980 al 116%. El problema del endeudamiento excesivo e insostenible no era el de los pobres de las subprimes: es todo el sistema el que tiene que desapalancarse financieramente. Y, frente a esta realidad, hay que utilizar todos los instrumentos macroeconómicos, monetarios y fiscales para evitar que la recesión se convierta en una depresión global.

Las políticas para hacer frente a la recesión económica, que ya esta ahí –no hace falta preverla– deberían también ser coordinadas y globales. Empezando de nuevo por Europa y por la zona euro, que necesita otras políticas comunes además de la monetaria. El euro puede tropezar hasta caer si solo se apoya sobre su pata monetaria; necesita apoyarse simultáneamente en lo económico y lo monetario, tal como los tratados lo preveían al hablar de Unión Económica y Monetaria.

Y para ello hacen falta instituciones que desarrollen una voluntad política hasta ahora débil. Quizá al ver cuán grandes tiene las orejas el lobo se ponga en marcha eso que se ha llamado gobierno económico de Europa, y que hasta ahora ha sido poca cosa más que una policía de los déficits públicos. No es atentar contra la independencia del BCE pedir que tenga como interlocutor a un gobierno económico claramente identificado, como ocurre en EEUU. El actual Eurogrupo, que reúne informalmente a los ministros de Economía, no tiene este papel ni en la previsión ni en la solución de la crisis. También se ha visto cuán necesaria es una presidencia estable del Consejo Europeo que aporte liderazgo y continuidad. ¿Qué habría pasado durante la crisis de Georgia si la presidencia del Consejo hubiese recaído en un pequeño país del Este? ¿Cuál habría sido su capacidad de interlocución con Moscú?

Al invocar la necesidad de coordinar las políticas económicas en Europa, Sarkozy dio en Estrasburgo dos pistas para hacer frente a potenciales problemas. Primero, el riesgo de que, dado que los valores bursátiles están por los suelos, los fondos soberanos de los países con grandes reservas de divisas producidas por sus excedentes comerciales, como China, o por su petróleo, como los emiratos árabes, compren a precio de saldo las empresas europeas. De este riesgo ya advertía Michel Rocard cuando hace unos años Mittal compró Arcelor.

Para algunos, no pasa nada porque el mercado es el mercado y qué más da de quién sean las empresas siempre que sean eficientes. No creo que se pueda mantener esta tesis aplicada a sectores estratégicos a escala europea, pero la respuesta que ha tenido la propuesta francesa de crear fondos soberanos europeos para entrar en el capital de las empresas, antes de que otros lo hagan, muestra de nuevo las discrepancias entre europeos sobre cuestiones fundamentales.

LO MISMO PUEDE decirse de la política industrial, esa que fue considerada innecesaria porque el mercado era sabio. Pero, mientras que EEUU concede a sus tres principales constructores de coches, tocados por la crisis, 25.000 millones de dólares de préstamos casi gratuitos, los europeos pedimos a los fabricantes un esfuerzo en reducción de emisiones que no se hará sin costes, así que deberíamos ayudarles de forma coordinada si no queremos quedarnos sin industria.

La batalla ideológica está servida porque algunos temen que esta sea la ocasión para que el Estado vuelva a tener un papel en la economía que perdió durante los años de la revolución conservadora de Reagan y Thatcher. Bienvenido sea este debate porque en el fondo se trata del papel estratégico y regulador del sector público.
La historia no se acaba. Cuando se hundió el Muro de Berlín era difícil imaginar que 20 años después el Reino Unido y EEUU estarían nacionalizando sus bancos. Pero la historia se repite, porque lo que en 1929 decía Roosevelt se puede aplicar palabra por palabra a lo de ahora. Para que esto no vuelva a ocurrir, hay que atacar el mal de raíz y diseñar una nueva regulación del sistema financiero mundial contando con los nuevos actores de nuestro tiempo. Y evitando que las consecuencias de la crisis financiera sean mucho más graves para los países pobres que para los que la han causado.

lunes, octubre 27, 2008

Entender la crisis y no morir en el empeño

La primera versión nos muestra, en clave de humor, el origen y los motivos de la crisis que sacude medio mundo. Y es que el humor siempre tiene un componente pedagógico insuperable (subtitulos en español):



La segunda no tiene nada de divertida pero explica de forma clara y sencilla cómo hemos llegado a esta situación: La crisis ninja.

El papel de las Fuerzas Armadas en misiones humanitarias de respuesta a catástrofes en el exterior

Por Borja Lasheras, abogado especializado en Derecho internacional. Actualmente trabaja en el Observatorio de Política Exterior Española (Opex) de la Fundación Alternativas como coordinador del Panel de Seguridad y Defensa, e imparte clases en la George Washington University de Madrid (FUNDACIÓN ALTERNATIVAS, 27/10/08):

En los últimos tiempos es habitual la coincidencia en el terreno de agencias civiles y fuerzas militares en operaciones humanitarias, especialmente tras desastres naturales graves como el tsunami que arrasó las costas del Océano Índico en 2004. Una coincidencia que plantea cuestiones de coordinación, de uso efectivo de medios militares, de respeto a los principios humanitarios, etc. Las Fuerzas Armadas (FAS) españolas han participado de esta tendencia, al igual que las de los países de nuestro entorno. Este informe examina los marcos (nacionales e internacionales) relevantes para la participación militar en la asistencia ante desastres naturales graves, así como las lecciones y conclusiones de casos como el mencionado tsunami o el terremoto de Pakistán de 2005. Incluye, además, una serie de propuestas específicas para el sistema español de ayuda humanitaria de emergencia destinadas, por un lado, a incorporar en la toma de decisiones las directrices internacionales y las lecciones aprendidas y, por otro, a mejorar la coordinación con las FAS en España y en el terreno de operaciones.

Leer artículo completo (PDF).

Afganistán, cómo evitar el fracaso

Por Francesc Vendrell, ex representante de la Unión Europea en Afganistán. Traducción de Jesús Cuéllar Menezo (EL PAÍS, 27/10/08):

Afganistán se encuentra en su periodo más difícil desde la expulsión de los talibanes. Partiendo de las cuatro provincias más meridionales, la insurgencia se ha extendido hacia el este, hasta las provincias que rodean Kabul, así como a otras zonas del norte y del oeste, entre ellas Baghdis, donde está desplegado el Equipo Provincial de Reconstrucción (PRT, en sus siglas inglesas) español. Por otra parte, grupos islamistas radicales, alentados durante mucho tiempo por los sucesivos gobiernos militares paquistaníes para convertirlos en antídoto contra los grupos civiles laicos y para tener más expectativas de instaurar un régimen subsidiario en Afganistán, se han vuelto contra su creador, haciéndose prácticamente con el control de las Áreas Tribales Administradas Federalmente (FATA) que jalonan la frontera afgano-paquistaní, y extendiendo sus actividades terroristas, tanto a más zonas de la Provincia Fronteriza del Noroeste como a otros lugares.

Aunque la mayoría de los afganos no desea retornar al régimen medieval de los talibanes, están desencantados con el liderazgo del presidente Karzai, al que culpan del mal gobierno, de la ausencia de un Estado de derecho, de la corrupción generalizada y de una cultura de impunidad. Dado que el Gobierno depende de la asistencia occidental, la mayoría de los afganos simplemente no comprende nuestra aparente incapacidad para inducirlo a que se encamine en la dirección adecuada, y nos consideran corresponsables de los males de su país. Además, hechos como las continuas bajas civiles, sobre todo durante operaciones de apoyo aéreas, las detenciones arbitrarias que practican las fuerzas estadounidenses y el extendido desprecio por las normas culturales afganas están provocando una creciente oposición a los contingentes militares internacionales, que nada tiene que ver con la generalizada bienvenida que se les dispensó entre 2001-2002.

¿Qué se ha hecho mal desde el 11 de septiembre de 2001? Un error inicial fue que la Conferencia de Bonn se celebrara después y no antes de la derrota de los talibanes, lo cual posibilitó que la Alianza del Norte, en su mayoría no pastún, se hiciera con el control de extensas zonas del país, presentando la conferencia como un “hecho consumado” y logrando la parte del león de la administración transitoria.

Esto suponía entregar el sistema político afgano a muchos de los antiguos dirigentes muyahidines, que durante su estancia en el poder a mediados de la década de 1990 habían causado destrucción y pillaje, y cuyo caótico desgobierno había facilitado el advenimiento de los talibanes. Menos importancia podría haber tenido ese hecho si las Naciones Unidas no hubieran optado por dejar una “huella ligera”, que las privaba de los medios para desempeñar un papel más profundo y determinante, en un momento en el que la mayoría de los afganos así lo deseaban, o si Estados Unidos no hubiera mostrado desdén por la “construcción nacional” o si no hubiera limitado durante los primeros dos años la presencia de la ISAF a Kabul.

Después vendrían otros errores. En primer lugar, EE UU y la ONU, haciendo caso omiso de la popularidad que tenía el antiguo rey, se opusieron durante la loya yirga de emergencia a que fuera elegido jefe del Estado, algo que podría haber contrarrestado la sensación que tenían los pastunes de ser las víctimas de Bonn, y también habría tenido los efectos positivos de ayudar a fortalecer a Karzai, recuperar las estructuras tribales debilitadas por 23 años de conflicto y garantizar que los afganos del campo escucharan al monarca y no a los ulemas.

En segundo lugar, los caudillos y comandantes militares fueron encumbrados por Estados Unidos y por otros actores; no se hizo ningún esfuerzo por garantizar que fuera el Gobierno el que tuviera el monopolio de los medios para ejercer la violencia, y el proceso de desarme fue ineficaz. Hasta el momento, la persistente falta de voluntad que han mostrado tanto la coalición liderada por EE UU como la ISAF a la hora de prestar un apoyo efectivo a la disolución de los grupos armados ilegales ha debilitado a Karzai, favoreciendo la llegada al Parlamento de varios hombres fuertes locales de dudosa reputación, que de este modo han seguido influyendo en los nombramientos de cargos provinciales y de distrito, con el consiguiente desarrollo de una cultura de corrupción e impunidad. Todo ello mientras que poca atención se prestaba a la sociedad civil o a fomentar la creación de grupos pluralistas y reformistas.

Y esto no es todo. La invasión de Irak desvió la atención internacional de Afganistán, mientras que Estados Unidos y Europa, en un despliegue de ingenuidad o de deliberada ceguera, se fiaron de Musharraf cuando les garantizaba que Pakistán, después de 20 años, había cambiado su política de apoyo a los grupos islamistas más extremistas de Afganistán. Esa ofuscación posibilitó que en 2006 los talibanes surgieran de sus santuarios en Beluchistán y la Provincia Fronteriza del Noroeste convertidos en una importante fuerza de combate.

Con todo, esta lúgubre evaluación no debería llevarnos a la conclusión de que en Afganistán estamos condenados al fracaso. Preguntemos a los afganos, que, después de quejarse de los defectos del Gobierno y de la complacencia de la comunidad internacional, dirán que nuestra presencia, tanto civil como militar, es esencial para evitar el regreso de los viejos y malos tiempos de los talibanes y los muyahidines, y una nueva guerra civil. Lo que se necesita es desandar el camino y revisar a fondo la estrategia que venimos aplicando. La llegada de una nueva Administración a Washington, sobre todo si la encabeza Obama, será una oportunidad para hacerlo.

¿Cómo debería ser la nueva política? En primer lugar, no tendría que centrarse únicamente en Afganistán, sino también en Pakistán, ya que los problemas de radicalismo y terrorismo islamistas de ambos países están profundamente interconectados. Debería incorporar a Irán, reconociendo que, como vecino y como potencia regional, sus intereses en Afganistán son legítimos. Tendría que esclarecer el contenido de una posible “solución política”, es decir, hasta dónde podrían llegar las concesiones a los talibanes en un diálogo conducente a la “reconciliación” y sus consecuencias para las aspiraciones de reforma y de democracia de los afganos. Esto significaría apoyarse menos en personalidades y más en instituciones, impulsando un régimen parlamentario descentralizado, más acorde que el actual régimen presidencialista con una sociedad multiétnica y bilingüe.

La nueva política necesitaría también prestar una mayor atención a la reforma de la función pública, la policía y el sistema judicial, así como mejorar las instituciones provinciales y locales. Aun siendo importante, centrarse sólo en el desarrollo del Ejército Nacional conlleva el peligro de sentar las bases de una futura dictadura militar. Tendríamos que reconocer el fracaso de nuestra política antidroga y de su insistencia en la erradicación, un método caro y proclive a generar corrupción, y más bien dar prioridad a los mecanismos policiales, las subvenciones a los agricultores que cultivan productos legales y el hincapié en que los funcionarios que se cree están implicados en el tráfico de drogas sean expulsados de sus cargos. Hay, por último, un elemento no menos importante: como tantos afganos nos están demandando, necesitamos vincular nuestra ayuda a la actuación del Gobierno.

Por diversas razones, dentro de los europeos, los españoles parecen especialmente reacios a implicarse en Afganistán, un país remoto que, si tiene alguna relevancia para nuestras vidas, es poca. Esa actitud demuestra que no hemos aprendido nada, no sólo del 11-S sino del 11-M. El hecho de que los extremistas islámicos puedan contar con santuarios en cualquier país, ya sea Afganistán o Pakistán, sigue siendo la amenaza más grave para nuestra seguridad y bienestar. Los que, con las mejores intenciones, se oponen a nuestra participación militar en la ISAF o desean mantenerla en su mínimo actual, establecen comparaciones erróneas con Irak, y no comprenden que la ISAF está en Afganistán a petición de las Naciones Unidas y que su retirada arrojaría a 30 millones de afganos a una situación de nuevo caracterizada por los combates y la opresión, en la que las mujeres se convertirían en ciudadanos de segunda clase, viéndose privadas una vez más del acceso a la educación y el empleo.

Calumnia, que algo queda

Por Juan Goytisolo, escritor (EL PAÍS, 27/10/08):

Hace un par de semanas leí, primero con estupor y luego con indignación, las acusaciones divulgadas en la revista checaRespekt por Adam Hradilek y Petr Tresnak, y reproducidas al punto por la prensa internacional. Según estos investigadores de las cloacas del régimen estalinista de la ex Checoslovaquia, esto es, los archivos de la Stasi, Milan Kundera habría delatado a un desertor, Miroslav Dvorácek, al ser informado por su amigo, hoy fallecido, Miroslav Dlast, de su presencia clandestina en Praga, huésped de la compañera universitaria de ambos, Iva Matlika, con quien posteriormente Dlast se casó.

La manera de presentar los hechos por el corresponsal en París de este periódico -desde el título de su segunda crónica, El insoportable pasado de Kundera, hasta párrafos como “la mayoría de las veces el pasado acaba por atraparnos. Es lo que probablemente le sucedió al escritor Milan Kundera…”, y la frase de que no se sabía hasta hoy “que hubiese actuado como comisario político”- ignoran la presunción de inocencia de quien es víctima de tales calumnias. El espacio concedido al rotundo desmentido de Kundera no ocupa ni una décima parte del texto en el que se detallan las supuestas revelaciones de los colaboradores de la revista checa.

Conociéndose bien las posibilidades de una manipulación mafiosa de los archivos policiales -la fabricación de informes y documentos destinados a desacreditar a los opositores e intelectuales rebeldes es una práctica común a todos los regímenes totalitarios del mundo-, sorprenden dos cosas. Primera: la aceptación inmediata y acrítica por los medios informativos de las acusaciones vertidas contra un escritor molesto tanto para el régimen estalinista que reinó en Praga de 1948 a 1989 como para los sectores nacionalistas y reaccionarios, más pro-Bush que el propio Aznar, que marchan viento en popa en la actual República Checa.

Segunda: la tardanza en sacarlos a la luz, siendo así que los espulgadores de pasados poco limpios están al pie del cañón para apuntar a los culpables de leso patriotismo y que, para colmo, cambiaron de nacionalidad (en realidad Kundera fue despojado de ella en 1980), y más grave aún, de lengua (recuerdo lo de “el ahora francés Julio Cortázar” firmado por un puñado de mediocres, celosos de su talento).

El morbo y sensacionalismo de la noticia avasallan en el mundo de hoy al profesionalismo de la información. Cualquier personaje público -y, pese a su encomiable deseo de ser simplemente una persona, Kundera lo es-, puede convertirse en blanco de todo tipo de acusaciones respecto a su vida profesional y privada, sus preferencias sexuales, sus remotas afinidades políticas con estalinistas o nazis, y un largo etcétera. Basta que un bloguero de mala uva o el oscuro titular de una página weblancen el infundio para que éste se divulgue en tiempo real por nuestro infeliz planeta. Como dice Yasmina Reza en un artículo de opinión publicado en Le Monde del pasado 16 de octubre, “la impotencia absoluta de una persona ante tal marejada” obliga a reflexionar sobre el código ético y la deontología profesional, pues “las palabras forman parte de nuestra percepción de lo real y pronunciadas o escritas toman caminos imprevisibles que pueden ser destructores”.

Los sembradores de sospecha que, a partir de documentos fácilmente manipulables, de admisiones tardías de hechos reales que se remontan a la adolescencia del atacado o de simples cotilleos de aficionados a la chismografía, intentan desmontar de sus inventadas estatuas a quienes admiramos por su valor artístico e independencia de todos los poderes fácticos, se frotan las manos desde su presunta altura moral: ¡vean ustedes, son como los demás! (ellos no, dada su insignificancia, nadie les pedirá cuentas y alcanzarán al revés con sus patrañas una fama ilusoria y efímera).

La carta del historiador literario checo Zdenek Pesat del 15 de octubre -y el excelente artículo de Monika Zgustova que leo mientras corrijo estas líneas- ponen las cosas en su lugar. Estudiante de Filosofía y cuadro del partido comunista en la universidad praguense, Pesat recibió la visita, dice, de Miroslav Dlak, en la que éste le informó de que su amiga y luego esposa Iva albergaba en su domicilio a un ex compañero de estudios desertor y supuesto espía y que, a fin de protegerla, había denunciado a Dvorácek a la Stasi.

Los amigos y admiradores de Kundera queremos expresar nuestra protesta contra tal linchamiento mediático y reivindicar su ejemplaridad de artista y de intelectual ajeno a todo compadrazgo político, aun a sabiendas de que corría el riesgo de sufrir por ello los ataques y golpes bajos de una cáfila de enemigos amparados en el anonimato y la ubicuidad del universo virtual en el que actualmente vivimos.

Una crisis muy posmoderna

Por André Glucksmann, filósofo francés. Traducción de José Luis Sánchez Silva (EL PAÍS, 27/10/08):

Tras encabezar una delegación en favor de la boat people vietnamita, que se ahogaba en el mar de China para escapar de la dictadura comunista (1978), Sartre y Aron salieron del palacio del Elíseo decepcionados: “¿Es que estos no saben que la historia es trágica, o lo han olvidado?”. ¿Estos? ¿Quiénes? ¿El equipo presidencial de entonces y su benévola incomprensión? Más que eso: como muy pronto constaté, se trataba del espíritu de una época cuyos perfiles ya eran “posmodernos”. La economía occidental acababa de remontar la primera crisis petrolera absorbiendo los petrodólares. Pronto celebraría la caída del sovietismo como “fin de la historia”.

Ahora, cuando J. C. Trichet imputa la crisis actual a la subestimación sistemática del riesgo, cuando P. Krugman, reciente premio Nobel, responsabiliza al “mecanismo panglosiano” de un capitalismo que cree que todo le está permitido porque habita el “mejor de los mundos posibles”, ambos tienen razón. Son síntomas de la euforia devastadora de una existencia posmoderna, más allá del bien y del mal, al margen de lo verdadero y lo falso.

Basta de explicaciones simplonas y miopes: tanto los pros como los anticapitalistas se conforman con exorcizar la “locura” -ya sea la de un sistema vampírico (recuerdo marxista de los posmarxistas), o la fiebre del beneficio de los traders-especuladores(anatema religioso de una sociedad agnóstica)-. Una vez dicho esto, queda explicar por qué estas seudocausas eternas han hecho explotar, precisamente ahora, unas burbujas específicas y datadas. Las grandes quiebras económicas no acaecen no importa dónde ni cuándo, vienen cargadas de historia. Son crisis del ethos capitalista. Cuando Max Weber señalaba el calvinismo como origen de nuestra modernidad, se equivocaba al focalizarse exclusivamente en la ética protestante, pero acertaba al descubrir detrás de los “mecanismos del mercado” la energía de un esfuerzo colectivo cuyos reveses resultan terribles.

La “mano invisible” que, siguiendo a Adam Smith, regulaba y garantizaba la economía mercantil en los siglos XVIII y XIX, era una manifestación de la ética de una burguesía convencida de su derecho: “Todas las clases sociales están al mismo nivel en lo que al bienestar del cuerpo y a la serenidad del alma se refiere, y el mendigo que se calienta al sol al borde de un camino generalmente posee esa paz y esa tranquilidad que los reyes siempre persiguen” (Teoría de los sentimientos morales). Buena conciencia de la que Balzac, Flaubert y Dostoievski, entre otros, harían un blanco recurrente.

Final de partida: 1914-1918. Al burgués providencial le sucede el burgués angustiado. La crisis de las mentalidades precede en una década a la gran depresión de 1929: “La guerra ha revelado a todos la posibilidad del consumo y a muchos la inutilidad de la abstinencia. Las clases trabajadoras pueden no querer seguir conformándose con tan amplia renuncia. La clase capitalista, perdida la confianza en el porvenir, puede pretendergozar más plenamente de sus facilidades para consumir mientras éstas duren”, escribe J. M. Keynes en 1920 (Las consecuencias económicas de la paz).

El advenimiento de los totalitarismos de derecha e izquierdos provoca la emergencia de una burguesía consciente de su finitud; la economía social de mercado, como el New Deal, acepta el reto de una posible extinción de las libertades fundamentales a manos de Hitler y Stalin. Los comentarios de Michel Foucault -abatido por el analfabetismo del antiliberalismo de la izquierda francesa- merecen una relectura. La “gobernanza” liberal a la europea implica, dice, que “la regulación de los precios por el mercado sea de por sí tan frágil que debe ser apoyada, acondicionada, ordenada mediante una política interna y vigilante de intervención social” (Nacimiento de la Biopolítica).

Cuarta metamorfosis, ya en nuestros días: tras el burgués providencial, tras el burgués agobiado y luego consciente de su finitud, llega el burgués ejecutivo, para el que decir es hacer. El Muro de Berlín ha caído, ¡viva el mundo reconciliado! El ethosejecutivo “mejora” desde entonces sin miedos ni reproches y apela al credo posmoderno, que proclama la muerte de Dios y predica con más insistencia la de los diablos.

Desde siempre, la economía mercantil relativiza los bienes señalando su intercambiabilidad y el Bien, tolerando su multiplicidad. En cambio, sólo nuestro tiempo proclama que puede reducir el riesgo a cero repartiéndolo y mutualizándolo. Es el reino risueño del “pensamiento positivo”, cuyos estragos denuncia Barbara Ehrenreich, la ensayista del New York Times: “Todo el mundo sabe que no se puede obtener un empleo con un sueldo de más de 15 dólares a la hora si uno no es positivo, ni llegar a director gerente alertando sobre posibles catástrofes”.

Una euforia semejante produce burbujas económicas y también políticas. Tanto a izquierda como a derecha, tanto en Europa como al otro lado del Atlántico, se especula sobre la ineluctable adhesión del planeta a la democracia, se apuesta por la paz y la armonía prometidas por un nuevo orden mundial multipolar. En 2008, los tanques de nuestro amigo Putin se lanzaron sobre Tbilisi. Nicolas Sarkozy tuvo que pergeñar a la carrera una tregua in extremis. Y, dos meses más tarde, los Estados intentan taponar la hemorragia financiera también in extremis. Antes de lamentarnos de la crisis de confianza, constatemos que todos estamos sufriendo las consecuencias de un exceso de confianza. La ausencia de Casandra mata.

De nada sirve atribuir a los bancos norteamericanos el abuso de confianza desplegado en los mercados, los políticos y la opinión pública demostraron la misma sensibilidad hacia las sirenas posmodernas que los financieros. Ni tampoco hay que abandonarse al catastrofismo dadaísta de los años 20 del siglo pasado perdiendo la cabeza en un agujero de la capa de ozono o golpeándosela contra el horizonte confusamente radiante de otra sociedad. En efecto, la historia es trágica, como ya adelantaron Esquilo y Sófocles. En efecto, también es estúpida, como ironizaron Aristófanes y Eurípides. Hay algo podrido en los estados mayores de los bancos, lo mismo que en “el reino de Dinamarca”. Una jugada de dados, o de Dios, o de las altas finanzas matematizadas jamás abolirá el azar, ni la corrupción, ni la adversidad.

Una última cita, esta vez de Platón, que convendría inscribir en el frontispicio de los futuros G-20: “La única buena moneda contra la cual se deben cambiar todas las demás es la phrónesis, una inteligencia alerta”.