domingo, abril 26, 2009

Creando universos

Por Camilo José Cela Conde, miembro de EvoCog, unidad asociada al Instituto de Física Interdisciplinar y Sistemas Complejos, CSIC-Universitat de les Illes Balears (EL PAÍS, 24/04/09):

En el segundo centenario del nacimiento de Darwin, y a través del siglo y medio transcurrido desde que salió a la luz El origen de las especies, el pensamiento darwiniano ha logrado ser la referencia más fiable de que disponemos para entender el mundo que nos rodea y la manera como llegó a ser tal cual lo vemos ahora.

Algunas de las claves de la naturaleza, en especial aquella que nos afecta más de cerca, estremecen. La crueldad, el dolor, la ausencia de esperanza y el desamparo forman parte de lo más común en un planeta que, siguiendo las pautas de la selección natural, certifica el bienestar de los más fuertes -bienestar provisional, hasta que les llega la vejez- a costa de los más débiles.

¿Siempre?

Algunos grupos peculiares de organismos entre los que nos encontramos los seres humanos parecen echarle un pulso a esa selección natural ciega y desalmada. Son varios los ejemplos. Los de los primates, sí, pero también los de los insectos sociales, algunos roedores ciegos e incluso unas gambas diminutas. Todos esos seres tuercen el sentido mismo de la adaptación por selección natural basada en las ventajas individuales para volcarse en la cooperación como fórmula útil de cara a organizar el lapso brevísimo de tiempo de la vida.

Darwin fue incapaz de explicar cómo pueden sobrevivir, en un mundo sometido a las leyes de la selección natural, esos grupos solidarios. El sentido común, la intuición de que si se coopera se vive mejor, es magro argumento; resulta fácil demostrar, incluso con pruebas contundentes, que ese tipo de solidaridad no resulta adaptativo.

Se podría contestar que, bueno, puede que sea así pero que existen causas perdidas a las que es preferible apuntarse. Más vale vivir menos tiempo y hacerlo en unas condiciones que no nos avergüencen. Sin embargo, la discusión es otra: ¿cómo pudo fijarse a lo largo de millones de años el altruismo si las claves para la adaptación lo impiden?

Hoy sabemos la respuesta y contamos con elegantes algoritmos matemáticos que prueban cómo apareció la conducta altruista y hasta dónde llega.

Menos en el caso de los humanos.

Nosotros somos unos primates peculiares, con unos usos y conductas muy difíciles de diseccionar. Aun así, lo que sabemos acerca de otros animales se nos puede aplicar aun cuando sólo sea hasta cierto punto. Sabemos que el dolor, la angustia y el absurdo dominan nuestras vidas. Así que aquellos que no creemos en un mundo mágico sobrenatural nos quedamos a menudo sometidos al horror hacia el vacío de una vida que carece de sentido, de una existencia en la que los momentos de felicidad son muy pocos.

¿Hace falta un ejemplo? La enfermedad mortal de un niño. ¿Qué dios insensible, qué selección natural absurda llevaría a la vida a un ser que está condenado a desaparecer antes de haber podido dar paso a lo más elemental en el propósito de todo organismo: la capacidad de perpetuarse?

Pero los humanos somos unos primates muy extraños. Hacemos, en cierto modo, de demiurgos. Construimos unos mundos distintos a éste, unos mundos que no existen, y les soplamos el aliento de la vida para convertirlos en reales en el único lugar en que cualquier realidad tiene su presencia: en la imaginación de alguien.

Tengo amigos que mudan su realidad por otra; que se disfrazan; que van a los hospitales donde los niños se están muriendo, que hacen allí el payaso y que, por unas horas o quizá por unos pocos minutos, convierten nuestro universo infame en otro muy distinto. En un paraíso de risas, alegría y esperanza donde el cerebro del niño más débil se encuentra transportado a la categoría de la felicidad por unos instantes.

Me gustaría que se pudiese alguna vez explicar cómo es que la selección natural condujo a algo así, a un mecanismo tan ajeno a los que gobiernan por lo común los ecosistemas. Yo sé que la vida no tiene ningún propósito. Pero también he de reconocer, aunque sea forzando mi alma empirista, que igual que algunas moléculas consiguen durante un tiempo breve formar un rincón pequeño y aislado del flujo de la entropía creciente -en eso consiste la vida- mis amigos los payasos logran el milagro de rescatar a unos niños de la sensación de condena. Una sola sonrisa, un gesto de complicidad, una mirada al universo que ha aparecido por arte de birlibirloque y tenemos ya los logros que, en el balance último, salen ganando frente a cien años de envidias y toda una existencia de codicias y resquemores.

Si Darwin estuviese vivo hoy y pudiera verlo, se alegraría no poco al comprobar que incluso a la selección natural se le puede echar el pulso del engaño. Sólo durante unos minutos, eso sí. Pero sabido es que, en el aleph, la eternidad equivale a un único instante.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Crisis: ¿no será la distribución de la riqueza?

Por Justo Zambrana, subsecretario del Ministerio del Interior, ha publicado El ciudadano conforme (Taurus) y La política en el laberinto (EL PAÍS, 24/02/09):

Si algo se echa en falta en la galopante crisis económica que nos anega es la existencia de un marco teórico que permita explicar por qué ha pasado lo que ha pasado y, sobre todo, cómo recuperar la senda del crecimiento, a ser posible, equilibrado. La inmensa mayoría de los economistas, adeptos de las teorías neoclásicas en que había desembocado el monetarismo, callan. No sabemos si con propósito de enmienda o sólo a la espera de volver a la carga.

Por su parte, los contados neokeynesianos existentes y, masivamente, los líderes políticos se afanan en atajar una enfermedad cuyo diagnóstico no parece estar muy claro. Más parecen curanderos que médicos. Se recurre a Keynes, y es lo más sensato. No veo otra opción. Ocurre, sin embargo, que Keynes analizó la situación hace más de setenta años, y, desde entonces, muchas cosas han cambiado.

Dos resultan especialmente relevantes en la génesis de la crisis actual: una, la conversión del capitalismo industrial en capitalismo financiero. Hoy, de cada 100 transacciones que se realizan en los ampulosamente denominados “mercados”, más de 90 son meramente financieras. Dinero por dinero.

La segunda es que el modelo keynesiano está referenciado hacia economías cerradas de Estado-nación y ahora la realidad es la de un mundo globalizado y, si se me permite el barbarismo, instantaneizado desde el punto de vista financiero. ¿Cómo hacer si el papel del rico prestamista, acumulador de capital, ya no es una gran industria nacional sino una nación nominalmente comunista llamada China? ¿Cómo controlar esta nueva multiplicación de los panes y los peces que son los “apalancamientos” financieros que crean dinero de donde no lo hay llevando las burbujas a las “exuberancias más irracionales”?

En este tipo de situaciones, nada más útil para abordar lo novísimo que echar mano de lo básico. Para la fronda del árbol, la raíz. Espero que si algún término suena a marxismo no se produzca un rasgar de vestiduras. Sobre acumulaciones, crisis y ciclos, Marx es un referente ineludible, tanto o más que Ricardo. A Marx le sobra Hegel, pero no Ricardo.

La crisis económica que se desencadenó en 1973 con la guerra del Yom Kippur y la subida de los precios del petróleo fue una crisis de oferta que marcó el fin de la era keynesiana, iniciada en los años treinta como respuesta a la Gran Depresión.

En la década de los setenta, la economía había entrado en situación de estanflación, inflación sin crecimiento. El diagnóstico que prevaleció fue que los salarios y los impuestos habían crecido tanto que no se generaba suficiente “excedente de explotación” para invertir al ritmo que la tecnología demandaba. Un sector público hipertrofiado e ineficaz ahogaría la iniciativa privada al mismo tiempo que exigía crecientes recursos que sefinanciaban vía déficit públicos, generadores, a su vez, de inflación al aumentar indebidamente la oferta monetaria. En términos de vieja economía política, una “caída de la tasa de ganancia del capital” provocada por un exceso de distribución de la renta. ¿Causantes? El Estado de bienestar pujante y las instituciones que lo acompañaban. Contra todo ello levantaron bandera política Reagan y Thatcher. Y hasta hoy.

Hoy deberíamos pensar que, como en 1929, estamos en la situación inversa. Por tanto, sacar las consecuencias políticas contrarias. La crisis no es de oferta, sino de demanda. El capitalismo ha vuelto a lo que solía: crear más oferta que demanda. Por todas partes sobra capacidad instalada para producir, y lo que falta es capacidad para comprar. Las sucesivas burbujas tecnológica, inmobiliaria, etcétera, que se han producido desde hace 15 años nos indican que, por vías reales o ficticias -quizá mitad y mitad-, había más dinero disponible que capacidades de inversión. Ésa es la esencia de toda burbuja, desde los tulipanes, en la Holanda del siglo XVII, hasta las punto.com de ayer. Estaríamos, pues, en una crisis generada por una sobreexplotación que produce un exceso de acumulación de capital.

¿Detrás de ello qué hay? Pues simplemente una injusta distribución de la renta, tanto en términos nacionales como internacionales. Y así es. Aunque pocas veces se la sitúa en la génesis de esta crisis.

En Estados Unidos, en los últimos años, se ha producido un sesgo sin precedentes históricos a favor de los beneficios empresariales. El porcentaje de renta nacional dedicado al pago de salarios es el más bajo desde que hay estadísticas, en 1929. Desde 2002, los beneficios empresariales han crecido ocho veces más que los salarios, y por eso no sorprende que los ricos hayan incrementado su riqueza nueve veces más deprisa que los pobres. En China, la distribución de la renta es peor que la de Estados Unidos. Para muestra, un botón: el índice de Gini, que mide la desigualdad en la distribución de la renta (0: igualdad absoluta, todos iguales. 1: desigualdad absoluta, uno se lo llevaría todo), en Europa se mueve entre el 0,25 y el 0,35; en España, por cierto, es el 0,34. En Estados Unidos es el 0,40, y en la comunista China, el 0,46. Este último, en el furgón de cola. La Eurozona, por su parte, ha resistido mejor, pero en la última década los salarios reales han crecido la tercera parte que la productividad, y en el último quinquenio, sencillamente, están cayendo. No hablemos del antiguo bloque comunista, con sus nuevos y estrafalarios millonarios, o de otros lugares del mundo.

Una de las novedades que la crisis ha traído consigo es la vuelta de la problemática socioeconómica a las parrillas de alta audiencia de televisiones y radios. La posmodernidad se esfuma, y en la sociedad líquida emergen los arrecifes. Los problemas identitarios y el sinfín de acontecimientos llamativos que reclamaban la atención de los medios ha cedido el paso a las tasas de paro, las caídas de ventas, las quiebras empresariales y la marcha de las bolsas de valores. Entre tanto fragor, muy pocos parecen hablar sobre la vieja historia de la distribución de la riqueza. Para los iniciados, las páginas salmón de la prensa narran las Technicality en las que se han movido las burbujas. Y ahí se paran. No en vano, venimos de una economía apolítica en una sociedad que se pretendía poseconómica.

Se piden más controles públicos sobre el mercado, pero se oyen pocas voces pidiendo más igualdad. Se culpa de la crisis al descontrol en la codicia, pero se habla poco de las injusticias subyacentes. No se ve que la izquierda política levante contra “la sociedad de la desigualdad”, que se nos viene presentando como si fuese “la naturaleza de lo social”, una bandera teórica y política tan nítida y decidida como la que, en su día, el neoliberalismo conservador levantó contra el Estado de bienestar. Se oye poco decir que la equidad, además de ser mejor moralmente, es también más eficiente.

Ciertamente, sería ingenuo no tener en cuenta la tremenda complejidad en la que hoy se desenvuelven los parámetros económicos que marcan las diferencias entre ricos y pobres. Todas las Technicality me parecen pocas para explicarlos. Pero más ingenuo, o mayor impostura, sería pensar que las relaciones de dominación entre humanos han desaparecido de la historia. Por eso la economía es siempre economía política.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

La crisis pide a gritos una nueva Europa

Por Ulrich Beck, profesor de Sociología en la Universidad Ludwig-Maximilians de Múnich (EL MUNDO, 24/04/09):

En medio de las ruinas de una Europa devastada moral, política y materialmente por la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill se dejó llevar por el entusiasmo en 1946: «Si Europa llegara a unirse alguna vez… no habría límites ni a la felicidad, ni a la prosperidad, ni a la gloria de las que podrían disfrutar sus 400 millones de habitantes».

Hoy lo que nos amenaza es todo lo contrario: si Europa se deshiciera por culpa de la crisis económica global, no habría límites al descontento, a la pobreza y a la vergüenza de sus políticos y de sus 500 millones de habitantes.

Hace 20 años que de manera inesperada cayeron el Muro de Berlín y, a continuación, la URSS y el orden mundial bipolar de la Guerra Fría. Ahora, el modelo capitalista, es decir, la idea de que el mercado libre es la solución, cuyo triunfo se celebró en aquel momento, amenaza con caer y arrastrar a la UE consigo.

El desempleo está aumentando de manera exponencial de un extremo al otro del planeta. Las rachas de malestar social y el sentimiento en contra de los inmigrantes están, asimismo, invadiendo Europa.Y en este momento, de buenas a primeras, el fantasma de los estados inviables se cierne sobre el paraíso de prosperidad y seguridad que era la UE.

Por todo ello, si la Unión Europea no existiera, hoy tendríamos que inventarla. Lejos de representar una amenaza a la soberanía nacional al comienzo del siglo XXI, la UE es lo que fundamentalmente la hace posible. En esta sociedad de amenazas mundiales que se resisten a soluciones nacionales, los estados nación que han de conformarse con sus solos recursos son impotentes y no tienen capacidad para ejercer su soberanía. La soberanía concertada de la UE proporciona a naciones y ciudadanos, a todos sin excepción, su única esperanza de vivir en libertad y en paz.

Europa no necesita menos Europa; necesita más Europa. La crisis global demuestra que la unión monetaria no puede conseguirse sin una unión política. Sin embargo, hasta ahora no han existido ni una política financiera conjunta, ni una política industrial conjunta, ni una política social conjunta, esas políticas que debían haberse puesto en común para dar una respuesta eficaz a la crisis.

La crisis está pidiendo a gritos una refundación de la UE. Europa representaría entonces una nueva realpolitik dentro de la acción política en un mundo amenazado e interconectado, donde es necesario reemplazar la realpolitik de los intereses nacionales por la realpolitik cosmopolita: cuanto más europea y más cosmopolita se vuelva nuestra política, mayor éxito tendrá a nivel nacional.

La disyuntiva está entre más Europa y nada de Europa. Este imperativo de posibles consecuencias fallidas justifica la esperanza en un mercado en declive: sólo sobre las semillas de una solución global conjunta que se sembraron en la reunión del G-20, de la mano de la apertura de EEUU al mundo bajo la presidencia de Obama, pueden sentarse las bases de una UE rejuvenecida por la crisis.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

La hora del ‘Yes we can’ en Cuba

Por Gustavo Palomares, catedrático Europeo en la UNED y presidente del Instituto de Altos Estudios Europeos (EL MUNDO, 24/04/09):

La normalización progresiva de las relaciones con Cuba por parte de la nueva Administración estadounidense, que acaba de adoptar medidas de flexibilización del embargo y la apertura de los viajes hacia la isla, puede suponer el comienzo de una verdadera revolución en las relaciones internacionales del último medio siglo. Estamos ante una apuesta valiente del Gobierno de Obama, que quizá genere resultados rápidos, tanto dentro de Cuba como en el resto del continente americano. Esta política acelera el proceso de cambio irreversible en la isla, hace incrementar el prestigio de Obama en Latinoamérica y, como se ha comprobado en la reciente Cumbre de las Américas celebrada en Trinidad y Tobago, da credibilidad al proyecto estadounidense de integración continental.

Si la nueva política de diálogo y apertura con Cuba, ya defendida por el Obama candidato en la campaña presidencial, es capaz de vencer las resistencias internas del poder político, económico, electoral y legislativo del establishment estadounidense -lo que todavía está por ver-, estaremos viviendo un momento histórico en las relaciones difíciles cubano-estadounidenses. Unas relaciones que se han movido históricamente desde la agresión exterior hasta el aislacionismo calculado, pasando por la crisis de los misiles, probablemente el momento de mayor riesgo de enfrentamiento nuclear en la Guerra Fría.

Sin embargo, los presidentes demócratas de EEUU siempre han tenido una relación karmática con Cuba. El presidente Kennedy comprendió -como cuenta Arthur Schlensinger, uno de sus hombres de confianza (A Thousand Days, 1965)- la distancia que existía entre su prometida «Nueva Frontera» y la cruda realidad de sus primeros días cuando como presidente aceptó la operación preparada por la CIA para derrocar con mercenarios el régimen de Castro.

Clinton intentó flexibilizar las relaciones y relajar el embargo, hasta que se topó con la crisis de las avionetas, los balseros y la respuesta de la revolución conservadora con la denominada Ley Helms-Burton. Parece que Cuba está llamada a ser la pérdida de esa inocencia del idealismo americano en las Administraciones demócratas. Aun con todo, la clave se encuentra en la voluntad de cambio político real que parece tener este presidente en los distintos escenarios internacionales, en lo que podría denominarse la puesta en marcha de una diplomacia de nuevas alianzas -New Alliances-, probablemente la nueva doctrina estadounidense para afrontar este período en profunda crisis global.

En lo referido a Cuba, Obama puede lograr un nuevo desembarco más efectivo y sutil que el de Bahía de Cochinos, pero esta vez con turistas, dólares, medios informativos y comercio. El progresivo fin del embargo y la llegada de millares de estadounidenses o cubanos estadounidenses -se calcula que casi un millón el primer año-, puede suponer una verdadera revolución social y sociológica para la isla. Una revolución Coopertone frente a las numerosas tentativas militares y criminales puestas en marcha por parte de EEUU en los últimos 50 años para derrocar el castrismo y/o matar a Castro.

Si el Che o Camilo levantaran la cabeza, podrían comprobar cómo su hipótesis del «humanismo revolucionario», «la revolución de la amplia sonrisa», la fuerza transformadora del hombre por las dinámicas sociales frente a los cambios por el fusil o la fuerza, pueden ser una realidad tangible nuevamente en Cuba. Y, en esta ocasión, una vez más contra la autocracia de un personalismo insostenible. El Muro en Berlín no pudo aguantar las dinámicas del mercado, ni el empuje de los pueblos. En todos los regímenes autodenominados comunistas de la Europa del Este, su población había realizado su propia revolución sociológica mucho antes de la caída oficial de sus estados.

En Cuba también es así: los cubanos se encuentran en un proceso acelerado de maduración, de forma muy especial desde la desaparición de Fidel de la primera línea de la escena política y pueden asumir esta apertura como un verdadero catalizador de un cambio que hoy nadie discute, ni tan siguiera los más próximos a la dirigencia del partido o del Gobierno. La pérdida del argumento principal en el discurso oficial y la cierta relajación en las duras consecuencias del embargo, pueden suponer la quiebra de las principales causas que alimentaban el sentimiento nacional y nacionalista de los cubanos como respuesta a la agresión exterior. Y por el lado de los apoyos externos, el margen de maniobra se estrecha aún más, cuando algunos de los socios principales de Cuba, fuera y dentro del continente americano -incluso algunos próximos al sentimiento castrista-, valoran como una oportunidad histórica la voluntad de cambio por parte de la nueva administración estadounidense que no se debe desaprovechar.

Más allá de la respuesta a la decisión de Obama, lo cierto es que, en este momento, al Gobierno cubano le toca un escenario especialmente complicado para cualquier decisión que intente ir preparando progresivamente el terreno para una transición controlada. En esta tesitura surge aún con más fuerza el interrogante de si en Cuba puede funcionar o no el modelo chino de dos realidades económicas bajo un solo régimen político.

Sin embargo, no es oro todo lo que reluce en las loas a la decisión de la flexibilización del embargo o, incluso, la posibilidad de levantarlo. Es claro que una parte de esos apoyos gubernamentales se deben al deseo por agradar a Estados Unidos en el estreno de su nuevo liderazgo continental y universal, pero también otra parte de los aplausos mucho más interesados, manejan la eventualidad de que esta decisión pueda ser el principio del fin; esos actores, aspiran a jugar un papel moderador que les proporcione un protagonismo destacado para ocupar una posición estratégica en el proceso inevitable de cambio en la Isla. Por no hablar de esos otros intereses, más o menos ocultos, que sueñan con el gran negocio de una Cuba completamente abierta a la rapiña especulativa.

Sea cual sea el lugar que ocupe la decisión de la Administración Obama en este proceso, las consecuencias internas que pueda provocar, los intereses legítimos presentes o los intereses menos confesables expectantes con el reparto del botín, lo único claro en esta historia es que, de forma inevitable, el proceso de transición debe ser una responsabilidad exclusiva de los cubanos.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

jueves, abril 23, 2009

Los talibanes avanzan hacia Islamabad

Por ÁNGELES ESPINOSA - Teherán - (ElPais.com, 24/04/2009)

Las patrullas de talibanes controlando las carreteras y pueblos del distrito de Buner, a un centenar de kilómetros de Islamabad, han disparado la alarma en Pakistán. El Gobierno envió ayer a dos centenares de miembros del Frontier Constabulary, las fuerzas auxiliares de la frontera, para tratar de retomar el control. Aunque la exhibición de fuerza no supone una amenaza inmediata para la capital, constituye una indicación del creciente ímpetu de los insurgentes, apenas diez días después de que el Gobierno se plegara a sus exigencias de establecer la ley islámica (sharia) en el vecino valle de Suat.

"Si los talibanes continúan su avance al ritmo actual, pronto estarán llamando a las puertas de Islamabad", manifestó el miércoles ante el Parlamento Fazl ur Rehman, jefe de Yamiat-e-Ulema-e-Islam, el principal partido islamista de Pakistán.

Tal vez sea exagerado, pero preocupa que, desde las montañas de Buner, los talibanes tienen acceso a las llanuras de Suabi que llevan directamente a la autopista entre Islamabad y Peshawar, la capital de la Provincia Fronteriza del Noroeste. El distrito de Buner, con cerca de un millón de habitantes, es también la puerta a la ciudad de Mardan, la segunda en importancia de esta provincia, después de Peshawar. Ayer, poco después de llegar a Buner para reforzar la seguridad, las fuerzas paramilitares fueron atacadas por hombres no identificados.

Desde Occidente se observa con pavor el descenso al caos de este vecino de Afganistán, donde tropas de medio centenar de países -entre ellos España- combaten a los talibanes y otros grupos simpatizantes de Al Qaeda, y que además tiene armas atómicas.

El portavoz del Ejército paquistaní, el general Atar Abás, negó que la situación fuera tan grave como se había pintado. Según él, los insurgentes apenas controlan una cuarta parte de Buner, sobre todo en el norte del distrito. "Somos plenamente conscientes de la situación", dijo el militar, citado por las agencias de prensa, "y se le ha dicho a la otra parte que saque a su gente de esa zona". Hay miles de soldados en el valle de Suat, pero ninguno en Buner, donde la única fuerza armada es la policía.

Y eso a pesar de que la llegada de los talibanes a este enclave montañoso era una crónica anunciada desde febrero, cuando el Ejército aceptó una tregua con ellos en Suat y se replegó a sus cuarteles. Los extremistas, sin embargo, no han cumplido su palabra de deponer las armas. Según el diario Dawn, empezaron su asalto a principios de abril, cuando un primer grupo de milicianos con armamento pesado cruzó las montañas que separan ese valle de Buner. Los policías, mal pagados y mal equipados, no se han enfrentado a ellos.

Lo más dramático del caso es que los propios habitantes se habían organizado para hacer frente al avance talibán. Fue el año pasado, a raíz de que los fanáticos trataran de tomar el santuario del santo sufí Pir Baba, una de sus principales atracciones y que solía congregar a peregrinos de todo el país. Así que cuando los talibanes, que condenan la veneración de santos como una superstición, amenazaron el lugar, los aldeanos de los alrededores montaron patrullas de vigilantes y les obligaron a retroceder.

Pero tras la retirada del Ejército de Suat, la moral de los vecinos parece haber decaído, y algunos pueden haber considerado que es mejor no oponer resistencia. Al fin y al cabo, los talibanes están mejor armados y disponen de campos de entrenamiento en ese valle, por lo que muy probablemente iban a terminar avanzando de todos modos.

Hace diez días que los extremistas cerraron el santuario de Pir Baba, y desde entonces han ido avanzando sin parar hacia el resto del distrito. El miércoles ordenaron a los miembros de las ONG locales que abandonaran sus oficinas y las saquearon.

Tampoco han mantenido en secreto sus intenciones. A principios de esta semana, su portavoz, Muslim Jan, juró extender la ley islámica más estricta a todo Pakistán. Incluso se permitió invitar a Suat a Osama Bin Laden. El líder religioso de ese valle, Sufi Mohamed, también ha explicado que la democracia es "un concepto ajeno al islam" y que los talibanes pretenden acabar con ella en Pakistán. Estos acontecimientos no sólo han alarmado a Estados Unidos y sus aliados occidentales, sino a la mayoría de los 170 millones de paquistaníes. The News pedía en un editorial al Gobierno y al Ejército que actúen de una vez.

Milicianos armados vigilan el consejo entre líderes talibanes y residentes del distrito de Buner tras la ocupación de la zona por los insurgentes.- AFP

Los radicales quieren imponer la ley islámica en todo el país

No hace falta salir de Islamabad para encontrarse con los islamistas que pretenden la imposición de la sharia (ley islámica) en Pakistán. Con la inesperada y sorprendente puesta en libertad del maulana Abdul Aziz, la semana pasada, la Mezquita Roja de la capital ha vuelto a convertirse en el faro ideológico de los extremistas, sin haberse cumplido dos años de la sangrienta confrontación que las fuerzas de seguridad libraron contra sus seguidores.

En su primer sermón después de estos meses de arresto domiciliario, Aziz pidió sin ningún recato el pasado viernes el establecimiento de la sharia en su país y en el mundo. El clérigo, que en julio de 2007 fue detenido cuando intentaba huir del asalto a esa mezquita disfrazado con un burka, aseguró que la suya era una lucha pacífica, pero dejó entrever que no descartaba apelar al uso de la fuerza.

"Si el Gobierno quiere paz y estabilidad, debería adoptar el sistema [jurídico] islámico", declaró. "Pero si elige la senda de la agresión y la fuerza, agravará la situación", añadió en una poco velada amenaza ante la multitud de enturbantados que le jaleaban en medio de estrictas medidas de seguridad. La policía había rodeado con alambre de espino todo el perímetro de la mezquita y mantuvo una discreta vigilancia de las plegarias. El maulana, tratamiento de respeto que en el subcontinente indio y Asia Central se antepone al nombre de los graduados de las escuelas coránicas, negó que haya pactado con las autoridades, a pesar de que aún tiene 26 causas abiertas.

Aziz apoyó junto a su hermano y asistente, Abdul Rashid Gazi, el ascenso al poder de los talibanes en el vecino Afganistán durante los años noventa. Para 2007 ambos estaban empeñados en convertir Pakistán en un Estado islámico en esa misma línea. De hecho, en los meses que precedieron al choque con las fuerzas de seguridad, en el que Gazi resultaría muerto, almacenaron armas en el recinto de la mezquita y enviaron a grupos de estudiantes de su madraza en misiones morales contra videoclubes y presuntos prostíbulos en una clara provocación al Gobierno.

Más de un centenar de personas murieron en el asalto que siguió a esa demostración de fuerza de los islamistas y que marcó un aumento de los atentados en todo el país. Aziz se refirió a ellos como mártires e instó a otros a sacrificar su vida por el islam. De ahí que los observadores teman que su libertad para predicar inspire un nuevo estallido entre sus seguidores, incluidos grupos extremistas y sectarios ilegalizados.

"Narcos" a las puertas del infierno

Por PABLO ORDAZ - México - (ElPais.com, 23/04/2009)

Dos días después de denunciar que El Chapo Guzmán, el narcotraficante más rico y más peligroso de México, era su vecino, que todo el mundo lo sabía menos las autoridades encargadas de detenerlo, el arzobispo de Durango, monseñor Héctor González, llegó al aeropuerto del Distrito Federal solo, cabizbajo, arrastrando una maleta y con una frase en los labios que resumía su desazón: "Estoy sordo y mudo".

Su denuncia no sólo no había sido tomada en cuenta, sino que los políticos lo habían ninguneado y muchos de sus compañeros de hábitos - escondidos detrás de un miedo al que a veces llaman prudencia - le recomendaron públicamente regresar al orden y la mesura. Y así estaba el obispo, "sordo y mudo", cuando, el martes por la tarde, las emisoras de radio contaron que muy cerca de Guanaceví - la población en la que según el arzobispo se esconde el famoso narcotraficante - acababan de aparecer los cuerpos acribillados a balazos de dos tenientes del Ejército. Los sicarios habían dejado escrito junto a sus cuerpos un mensaje muy claro: "Con El Chapo nunca van a poder ni sacerdotes ni gobernantes".

Lo que ni los políticos ni los curas habían querido tomar en consideración, sí llegó a preocupar al jefe del cartel de Sinaloa, que quiso cortar por lo sano cualquier intento de romper su muy bien cultivada red del silencio. Lo que tal vez no calculó fue la reacción de los compañeros de monseñor González. Tanto el arzobispo de México como el de Saltillo dieron un fuerte golpe en la mesa. El de México difundió un comunicado, titulado Narcotraficantes, en la Puerta del Infierno, en la que exhortaba a sus sacerdotes a dejar atrás el miedo: "La Iglesia recuerda que los mártires son su gloria y no su desgracia, y que si es preciso que los ministros de la Iglesia derramen su sangre por proteger a los fieles que Dios le ha encomendado, no dudarán en hacerlo".

El arzobispo de Saltillo, monseñor Raúl Vera, no fue tan espiritual. Dijo que la guerra del presidente Felipe Calderón está fracasando, que en México se vive una situación de "terrorismo puro", y que la culpa no sólo la tienen los narcotraficantes, sino "los políticos que dan soporte al crimen". Monseñor Vera dijo que el asesinato de los dos militares - que fueron sorprendidos mientras realizaban, vestidos de vaqueros, labores de inteligencia - demuestra que los narcotraficantes se ríen de la lucha de Calderón. "Se tiene que empezar", añadió, "a investigar y meter en la cárcel a gobernadores y presidentes municipales, porque muchos están coludidos con el crimen y las ejecuciones demuestran que el Estado no nos está dando garantía de vida a ningún ciudadano".

Lo que el Ejército no hizo - al menos para mantener las formas - tras la denuncia del arzobispo, sí lo empezó a ejecutar tras el asesinato de los dos tenientes. Numerosos convoyes militares, apoyados desde el aire por helicópteros artillados, iniciaron la búsqueda por Durango de los asesinos a sueldo de El Chapo. Ayer se supo que el Ford Fiesta en el que viajaban los militares, de 28 y 30 años, tenía agujereada su chapa por 58 disparos de fusil AK-47.

El embrujo de Juan Marsé

Por Gustavo Martín Garzo, escritor (EL PAÍS, 23/04/09):

En la literatura española no hay grandes historias de amor. Ni siquiera Don Quijote de la Mancha o La celestina lo son. Don Quijote sustituye el mundo real por el de los ideales, y para Calixto su encuentro con Melibea no implica mucho más que la satisfacción de una necesidad fisiológica. Esta segunda tendencia es la que triunfa tristemente en nuestra literatura desde la picaresca, y se prolonga hasta bien entrado el siglo veinte.

Hay excepciones, y sin duda la más decisiva es Galdós. Él fue el creador de Fortunata, el personaje femenino más inolvidable de nuestra literatura. En un mundo tristemente lastrado por las ideas más rancias, es Fortunata quien formula el mandamiento esencial del amor: que nada que tenga que ver con él es pecado.

Son muchas las cosas que unen a Juan Marsé y a Benito Pérez Galdós. Su visión pesimista del ser humano, su capacidad para situarse en el lugar de la derrota y el fracaso de los ideales, y el que sus novelas sean algo así como un gran almacén de las emociones humanas. Pero, sobre todo, la facilidad con que sus personajes se desplazan del mundo real al mundo de los sueños. Es esta cualidad la que les hace tan sensibles a lo amoroso, que siempre tiene que ver con la ensoñación.

Y los personajes más inolvidables de Marsé, el Java de Si te dicen que caí, el Pijoaparte de Últimas tardes con Teresa, la Susanita y Daniel de El embrujo de Shanghai, no dejan de fantasear acerca de los demás o de sí mismos, ni de confundir el mundo real con el de sus sueños. Sobreviven contándose historias, pero la ficción no es sólo para ellos una forma de evadirse de un mundo degradado, en que predomina la violencia y la represión, sino la posibilidad de salvar las verdades más hondas de lo que son.

En cierta forma, todos ellos son artistas, seres imaginativos y soñadores, dotados de una rara capacidad para comprometer a los demás con sus fantasías y de dar a sus acciones un sentido artístico de descubrimiento.

Octavio Paz dijo que la poesía vuelve habitable el mundo, y es lo que hacen los impenitentes fabuladores que pueblan el mundo de Marsé, transformar el degradado paisaje en que viven en un paisaje moral. Tal vez por eso, los dos pilares básicos de este mundo son el regreso del héroe y la reivindicación del amor y de la amistad.

En las novelas de Marsé el protagonista siempre busca algo que perdió y quiere recuperar, algo que tiene que ver con ese viejo idealismo que se opone a la penosa realidad del presente. Sus personajes poseen esa falta de orgullo y esa capacidad redentora de los antiguos héroes.

Son hombres cansados o muchachos confusos que viven entre la inmundicia, o pobres mujeres a las que la vida ha condenado a la soledad y la degradación, pero en los que aún late esa antigua capacidad del corazón humano para conmoverse ante la luz y el brillo del mundo. Es esta búsqueda de los lugares encantados del pasado la que les hace vivir. Tal vez por eso a todos nos gustaría ser como ellos, pues por muy derrotados y tristes que nos parezcan en los personajes de Marsé siempre hay una honda conexión con la vida y la belleza, con ese mundo de los “primeros deslumbramientos” que no dejamos de buscar.

Se ha escrito mucho sobre Marsé, sobre su capacidad para mezclar en sus novelas lo popular y lo culto, la literatura y la política, el folletín con la sociología, el sarcasmo con la piedad, lo grotesco con lo lírico; pero suele olvidarse que ese alarde técnico, esa búsqueda incontestable de fluidez y de totalidad, encubre una clara voluntad transfiguradora.

El misterio de Marsé es cómo consigue que sus personajes abandonen el libro que estamos leyendo para vivir a nuestro lado como si hubieran salido de un cuento. Y no hay mejor ejemplo que Últimas tardes con Teresa, donde la pareja protagonista, más allá de lo que en principio cabe esperar de ellos, vive su amor ante nuestros ojos como esos grandes amantes de la literatura cuyas palabras y gestos nunca podremos olvidar, pues pertenecen al mundo antiguo del mito.

Porque Últimas tardes con Teresa es sin duda una de las novelas de amor más hermosas escritas jamás en nuestra lengua. Antes he hablado de Galdós pero tal vez con el que habría que comparar a Marsé es con Scott Fitzgerald, por su capacidad para hacer de la literatura el espacio de la transfiguración.

James Joyce llamó epifanías a esos instantes de encantamiento en que “la realidad se vuelve de pronto expresiva”, y Marsé sólo escribe para dar cuenta de ellos. Eso es una epifanía, una pequeña explosión de realidad que hace del texto el lugar de la restitución. No es extraño que en el prólogo que escribe para su novela, diez años después de su publicación, se limite a hacer una lista apresurada de esos momentos encantados: la visión del pijama de seda de una niña o de las cofias y los delantales de una criada, dos manos unidas en un cementerio, o “el desorden de flores y besos que Teresa y Manolo dejan tras ellos en su última noche juntos, sobre el confeti de la calle en fiestas”.

Juan Marsé, como todos los grandes narradores, quiere llevarnos al lugar del milagro. El lugar donde los animales bajan a comer de las manos de los niños, donde los amantes se encuentran y donde se escuchan las voces de los muertos. Por eso sus historias se pueblan de seres tan extraños como inolvidables: pistoleros capaces de calentar la leche con sus manos, ancianos que detectan el olor de la muerte, muchachos de barrio que salvan el mundo con sus fantasías, fantasmas que deliran por los barrancos, niños que escuchan las voces de los desaparecidos, perros enfermos que siguen fielmente a sus amos, cojitas que se inventan flores que no pueden existir, mujeres hermosas que siguen brillando en la derrota como vírgenes en sus retablos de oro. Todos ellos cargan en su pecho un corazón demasiado grande con el que no saben qué hacer.

Con el instinto de ese narrador eterno descrito por Benjamin, que entrega su propia vida a la tarea de contar, Marsé ha hecho arder una y otra vez la suave llama de sus historias. El resultado es una obra construida con materiales de derribo en la que misteriosamente siguen viviendo esas historias eternas que nos dicen que “los sueños juveniles se corrompen en boca de los adultos” y que en la vida real no caben todos los anhelos de nuestro corazón.

Hay un momento en Lolita, la novela de Nabokov, que resume lo que acabo de decir. Lolita, casada y embarazada, le dice a Humbert-Humbert excusándose de haberle engañado con Vilty: “Tú destrozaste mi vida, pero él me rompió el corazón”.

Las novelas de Juan Marsé no hacen sociología, aunque sea posible reconstruir a partir de ellas tantas conductas de la época y del país en que fueron escritas; no hablan de vidas destrozadas, sino de corazones rotos, lo que es muy diferente. Él sabe que la literatura, desde los tiempos de Homero, sólo es el regreso a los lugares en que perdimos el corazón.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Nuestras cosas con China

Por Xulio Ríos, director del Observatorio de la Política China (EL PAÍS, 23/04/09):

España es el aliado más seguro y fiable de China en Europa, según dijo recientemente Wen Jiabao, el primer ministro del país asiático. Sin duda, esa declaración, realizada tanto en público como en privado, dentro y fuera de España, tiene un gran alcance y valor político. La alabanza es consecuencia de una actitud de la diplomacia española que, distanciándose de algunos socios europeos, se caracteriza por eludir de forma sistemática las cuestiones espinosas en sus relaciones con el gigante oriental, ya hablemos de derechos humanos, Tíbet o Taiwan.

Sin entrar ahora en la conveniencia o no de dicha actitud, lo paradójico de este hecho, más natural que puntual, es que dudosamente obedece a una reflexión estratégica orientada a propiciar un ambiente de confianza que permita operar un salto significativo en las relaciones bilaterales, especialmente en el plano comercial, muy por debajo aún de sus potencialidades más modestas. Así las cosas, difícilmente podemos sacar provecho de una relación políticamente tan celebrada por las autoridades chinas y españolas y que podría deparar importantes facilidades si contáramos con propuestas adecuadas a nuestra disposición.

Para convencerse de esta incoherencia basta echar un vistazo al Plan Asia-Pacífico 2008- 2012. Se trata de la tercera edición. Un documento tan ambicioso que, como los anteriores, trata de abarcar de una sola tacada la inmensidad de varias decenas de países, más del 40% de la población mundial y más de la mitad de su PIB, con una heterogeneidad tal que difícilmente puede irse más allá de una prudente síntesis orientadora.

Sorprende que con un nivel así de entusiasmo chino-español no aspiremos a contar con un Plan China (no sectorial, sino global), fijando mecanismos y plazos para corregir las carencias estructurales de nuestra presencia en dicho país, empezando por las diplomáticas, tanto físicas como de personal, tan archiconocidas y notorias como llamativas. Se precisa de una gran apuesta que en verdad permita rentabilizar aquel “prestigio”.

Oriente queda lejos. Nuestra clase empresarial no acaba de aterrizar en China, a pesar de algunos esfuerzos loables y merecedores del mayor reconocimiento. Podemos y debemos ser más ambiciosos, a sabiendas de que la buena sintonía política es un elemento clave que puede ayudar y mucho a potenciar las relaciones económicas y comerciales. El Gobierno tiene aquí un papel de liderazgo sustancial, incomparable al de cualquier otra latitud.

Las delegaciones empresariales chinas que han visitado España en las últimas semanas, junto a otros tres países europeos (Alemania, Suiza y Reino Unido), con el propósito de comprar e invertir pueden abrir interesantes oportunidades en las que se debe perseverar con iniciativa y atrevimiento. Más aún en la actual coyuntura de crisis y con un balance deficitario en nuestra cuenta. En Alemania, China ha gastado 8.000 de los 11.000 millones de euros de su presupuesto. Curiosamente, en la misma Alemania que tanto provocó a China a finales de 2007 cuando Angela Merkel recibía al líder espiritual tibetano, el Dalai Lama, afectando seriamente las relaciones bilaterales. España ha logrado concretar una cifra de negocio más bien modesta (320 millones de dólares).

En el orden académico, a pesar de que algo hemos mejorado, seguimos en pañales. No hay formulaciones serias ni de largo plazo que apuesten de verdad por hacer escuela y contar con buenos especialistas en el conocimiento de una realidad que va a ser determinante en el presente siglo y a la que nos acercamos con escaso bagaje. En este aspecto, al paso que vamos, se precisarán generaciones incluso para asentar una mínima tradición, inexistente entre nosotros. Las bases deben sentarse actualmente y en nuestros primeros gateos se observa mucha dispersión y propensión al lucimiento, eventos y festejos, cuando la principal apuesta debiera ser la de incentivar un buen trabajo de fontanería intelectual, precisamente la más descuidada y carente de apoyos.

Por el contrario, disfrutamos divagando acerca del hipotético papel de puente que España puede jugar en relación con América Latina, una triangulación que, a salvo de hipótesis contadas con los dedos de una mano, tiene un futuro harto complejo. Entre otras razones, porque China no necesita a España para llegar a dicha región y porque, conceptualmente, sitúa a España en relación con América Latina en el orden de la historia y de la cultura, pero no en términos de poder e influencia, al menos efectiva y determinante. A pesar de cuanto ha cambiado la región en la última década, China mantiene el diálogo estratégico sobre América Latina con Washington y no con Madrid. Y nada indica que vaya a ser de otro modo.

El peso político y económico de China crece enteros en todo el mundo. La relación privilegiada que España mantiene con el gigante asiático, continuadora de la allí venerada figura de Juan A. Samaranch, requiere de menos tibieza y de un esfuerzo mucho mayor para ser realmente aprovechada. No hacerlo y contentarse con lo logrado o, peor aún, seguir parasitando en las buenas palabras supone un flaco favor, incomprensible y desconcertante también para las propias autoridades chinas, un tanto perplejas ante nuestra incapacidad para avanzar con mayor ímpetu.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

El hambre y las nuevas tecnologías en agricultura

Por Pere Puigdomènech, miembro del Grupo Europeo de Ética de las Ciencias y las Nuevas Tecnologías (EL PAÍS, 23/04/09):

Pocos se acuerdan de que en 2007 tuvimos una crisis mundial de producción de alimentos. En 2008 esa crisis no se reprodujo y la recesión económica que ahora está en marcha parece eclipsar todas las demás preocupaciones. Sin embargo, una reunión de alto nivel en Madrid hace algunas semanas nos recordaba que ambas crisis están dejando como secuela un aumento de la población con hambre o mal nutrida en el mundo. Y en Europa nos seguimos preguntando qué hacemos con nuestra política agraria común y qué tipo de agricultura queremos.

En el actual contexto de reorganización económica parece que la agricultura tiene una presencia marginal. La producción agrícola puede representar menos del 5% del PIB y de la población empleada en los principales países europeos. Sin embargo, la agricultura es una actividad esencial por razones distintas de su valor económico, aunque sea la base de la industria alimentaria, la mayor industria europea en términos económicos y de empleo. Lo es porque nuestra vida depende de ella. Aunque a algunos les pueda sorprender, hemos vivido durante siglos sin automóviles, sin electricidad, sin teléfonos ni televisión, pero nunca hemos vivido sin alimentos ni, desde que existe la sociedad organizada, sin agricultura. Ni, es la pura obviedad, lo podremos hacer en el futuro.

Hasta ahora no lo hemos hecho mal. Las predicciones maltusianas que se han hecho en diferentes momentos no se han cumplido, y la producción de alimentos ha ido aumentando más que la población, de forma que en términos globales la actual producción de alimentos podría en teoría ser suficiente para alimentar a toda la humanidad. Ello se ha conseguido de dos formas simultáneas, aumentando la superficie cultivada y haciendo que la agricultura sea cada vez más eficiente. Ya desde el inicio mismo de la agricultura hemos utilizado cualquier tecnología que estuviera a nuestro alcance para producir alimentos: mejores semillas, aperos de labranza, sistemas de cultivo y de riego, abonos y fitosanitarios.

Pero en este momento tenemos delante de nosotros una situación compleja. La demanda de alimentos se incrementa a la vez por el aumento de población y por una población más exigente. Pero no queremos recurrir a aumentar el terreno cultivado a partir de terrenos salvajes.

La deforestación nos preocupa por los efectos que tiene en el cambio climático y por la pérdida de diversidad biológica que representa. Sabemos además que algunas de nuestras prácticas agrícolas son muy agresivas para el medio ambiente. En nuestro país, el regadío consume más del 70% del agua superficial, y el uso excesivo de abonos y pesticidas es una importante causa de contaminación. Nos preguntamos, por tanto,si estamos consumiendo recursos irrecuperables en el futuro. Y sobre todo, tal como nos ha recordado la última reunión de Naciones Unidas en Madrid, no estamos cumpliendo el objetivo de reducir a la mitad el número de personas hambrientas en el mundo en el horizonte de 2015. Nos encontramos en un mundo en el que se produce la terrible paradoja de que el número de individuos con un problema de obesidad puede haber superado al de personas con hambre.

Es en este entorno en el que el presidente de la Comisión Europea solicitó al Grupo Europeo de Ética de las Ciencias y las Nuevas Tecnologías una opinión sobre cuál es el marco en el que puede plantearse el uso de nuevas tecnologías en la agricultura. Porque aunque sepamos que la agricultura ha sido siempre una actividad dependiente de las tecnologías disponibles, algunas de ellas han planteado conflictos importantes. Por citar dos ejemplos recientes, las plantas modificadas genéticamente o los biocombustibles son objeto de discusiones intensas en Europa, en las que diferentes países miembros y diferentes colectivos sociales presentan actitudes muy contrastadas. Pero además nos encontramos en Europa en un entorno de reforma de la Política Agraria Común y con las negociaciones para la liberalización del comercio internacional encalladas por el tema de los precios agrícolas y las subvenciones a la agricultura.

En la opinión se trata de identificar los criterios básicos que sirvan a la hora de tomar decisiones y que se resumen en que las nuevas tecnologías deberían aplicarse en agricultura si contribuyen a asegurar una alimentación suficiente y segura para los humanos y si contribuyen a que esta producción pueda mantenerse a largo plazo.

Como ejemplo, desde esta perspectiva se puede tratar de enfocar dos de las cuestiones polémicas en Europa. Se puede reconocer que debe evitarse el cultivo de biocombustibles cuyo uso compita con la producción de alimentos, pero aceptar al mismo tiempo que pueden ser una alternativa a la dependencia del petróleo y ser un cultivo interesante para algunos agricultores. Por tanto, puede recomendarse que se cultiven en terrenos en barbecho y que se acelere la investigación para tratar de que el combustible se produzca a partir de lignocelulosa y no de almidón.

Igualmente puede reconocerse que las plantas transgénicas pueden dar lugar a cultivos más productivos, pero su uso debe hacerse en condiciones de un análisis detallado del impacto en relación con los posibles riesgos y beneficios que aporten.

Pero en Europa la agricultura es un tema muy político. Lo es en tanto que la Política Agraria Común sigue representando la mayor aportación del presupuesto comunitario y de ella depende la actividad de muchas zonas rurales y en tanto que esta misma política está en el centro de las discusiones internacionales sobre comercio. Por tanto, si se sigue la recomendación de introducir criterios éticos en la agricultura habrá que reconocer que el acceso a los alimentos es un derecho para todos los individuos del planeta y que la actividad agrícola en todas sus formas debe realizarse de forma sostenible desde el punto de vista social y ecológico. Y debería ser necesario que este tipo de criterios esté presente en las negociaciones internacionales.

En este entorno se propone que Europa tome sus responsabilidades como primer actor mundial en el comercio de alimentos y como defensora de valores que se proclaman desde la Unión Europea. Por ello Europa debería mantener el nivel que ha tenido siempre en el desarrollo de tecnologías que promuevan al mismo tiempo la producción agrícola y respeten el medio ambiente y la diversidad biológica. Europa podría ser determinante en la forma como se introducen estas tecnologías permitiendo que tengan acceso a ellas quienes más los necesitan y que se haga con respeto a las estructuras sociales y al conocimiento local europeo y en el contexto global. Por ejemplo, la introducción de ciertos criterios de propiedad intelectual en la producción de alimentos o la gran concentración en pocas manos de algunas de las etapas de su producción y distribución pueden acabar siendo una barrera para el acceso de quienes las necesitan a las nuevas tecnologías y sus productos. En las actuales discusiones internacionales, Europa puede ser decisiva para que se introduzcan en temas relativos a la agricultura y la alimentación criterios que respeten aquellos valores que decimos defender.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

La libertad y el placer de la lectura

Por Juan José Fuentes Romero, escritor y profesor de la Facultad de Humanidades de la Universidad de La Coruña (EL MUNDO, 23/04/09):

La historia, con mayúsculas, empezó en Sumeria -lo que hoy es la martirizada tierra de Irak- hace unos 5.000 o 6.000 años. Imaginamos que tras siglos de tentativas más o menos fructuosas o estériles, de avances y de retrocesos, el ser humano logró entrar en ese mundo siempre maravilloso y enigmático, sin lugar a dudas, que es la escritura.

Desde el complejo texto cuneiforme sobre una tabilla de arcilla, realizado con una caña que hace pequeñas cuñas (de ahí el nombre de esa escritura primigenia), el proceso avanzó de manera espectacular, con increíbles cambios en el tipo de escritura (los fenicios mejoraron esencialmente el proceso, pasando de una escritura ideográfica y silábica al primer alfabeto hasta ahora conocido) y, en no menor medida, en los soportes sobre los que se escribía y en los materiales diversos que había que utilizar para ello.

Así se pasó desde la citada lámina de arcilla al papiro de Egipto y de éste al pergamino (de Pérgamo, en el Asia Menor, en lo que actualmente es Turquía), hasta llegar, muy posteriormente, al papel, traído a Occidente por los árabes desde China, donde fue inventado. En cuanto a las formas de esos soportes de lo escrito, se pasó desde el rollo de papiro y pergamino al códice, el formato de libro tal como lo conocemos y usamos hoy en día.

Hasta aquí estamos hablando de una escritura manuscrita, entendiento por tal la que se realiza mediante la mano de quien elabora el texto. A mediados del siglo XV un alemán, Gutenberg, lleva a cabo la que sin dudas es una de las más grandes revoluciones de todos los tiempos: la imprenta.

El libro deja de ser el producto de copias a mano para pasar a ser el resultado de la acción de una máquina. La velocidad de confección de cada libro se multiplica exponencialmente respecto a lo que tardaba un monje medieval en copiar un códice.

Los cambios no paran ahí y el siglo XIX ve la aparición de la imprenta industrial, una nueva multiplicación en el tiempo de confección del libro con referencia a la imprenta artesanal de Gutenberg, que prácticamente permaneció inmutable desde el siglo XV hasta el citado siglo XIX.

El último cambio -otra revolución, indudablemente- ha venido dada por la aparición arrolladora de las tecnologías de la información y de la comunicación: las conocidas TIC.

Pero hay algo que, en esencia, sigue permaneciendo inmutable desde los sumerios hasta ahora: la lectura. Cierto es que a lo largo de los siglos han ido cambiando las maneras de llevarla a cabo, de modo que se ha pasado de una lectura colectiva a otra individual.

Así, entre los griegos de la Academia platónica o del Liceo aristotélico era uno quien leía mientras los demás escuchaban, y luego se producía el comentario con la participación de todos los oyentes, en una especie de puesta en común de lo leído, rayando las más de las veces lo que hoy día llamaríamos brainstorming o, si lo quieren en castizo, lluvia de ideas.

Otro cambio en las manera de leer fue el paso desde la lectura en voz alta a la lectura en silencio. Durante muchos siglos se hizo en voz alta, de modo que en los conventos benedictinos estos monjes, los más decididamente defensores de la lectura, practicaban la lectio para que quienes no sabían leer -la inmensa mayoría de la población en la época-, pudiesen llegar al objetivo perseguido: la meditatio, siempre en torno a las Sagradas Escrituras.

De entre la infinita cantidad de anécdotas que se han producido a lo largo de la Historia, respecto a la lectura en voz alta de uno que lee para un grupo que escucha, he aquí una realmente curiosa. En Cuba, incluso hoy en día sigue habiendo fábricas de tabaco en las que una persona lee para los trabajadores, que mientras le escuchan se dedican a liar a mano los cigarros puros -indudablemente los mejores del mundo-. Pues bien, hace mucho tiempo, una de aquellas lecturas fue El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas. La novela del escritor francés gustó tanto que los trabajadores se dirigieron al famoso novelista pidiéndole su permiso para bautizar con su nombre una de las más preciadas labores que llevaban a cabo. He ahí el origen del nombre de los afamados cigarros puros Montecristo.

En lo esencial, el proceso de la lectura ha permanecido inmutable desde el tiempo de los sumerios; esa permanencia casi sin cambios viene dada por algo que, de tan usual y repetido como proceso, nos pasa generalmente desapercibido. Mediante la lectura superamos las barreras del espacio y del tiempo.

Leamos, por ejemplo, el párrafo inicial del capítulo uno del Libro Primero del Heike Monogatari (El Cantar de Heike, poema épico clásico de la literatura japonesa): «En el sonido de las campanas del monasterio de Gion resuena la caducidad de todas las cosas. En el color siempre cambiante del arbusto de shara se recuerda la ley terrenal de que toda gloria encuentra su fin.Como el sueño de una noche de primavera, así de fugaz es el poder del orgulloso. Como el polvo que dispersa el viento, así los fuertes desaparecen de la tierra».

Se nos cuenta en esta obra, escrita a principios del siglo XII, la historia de los Heike, una familia de guerreros: su llegada a la cima del poder, y su posterior e inevitable decadencia.Este libro nos hace cercana una historia escrita en el otro extremo del mundo, en Japón.

Pero la lectura nos sirve también para superar la barrera del tiempo. Veamos: «Se ha de quebrar la humanidad como caña de cañaveral.El mejor de los muchachos, la mejor de las muchachas, la mano de la muerte se los lleva. La muerte, que nadie ha visto, cuyo rostro ninguno ha contemplado ni escuchado su voz. ¡La muerte cruel que quiebra a los hombres! ¿Acaso construimos nuestras casas para siempre? ¿Contraemos compromisos para siempre? ¿Repartimos un patrimonio para siempre? …Tantos rostros que veían el sol y de golpe ya no queda nada…». Este párrafo pertenece a la tablilla número XI de la Epopeya de Gilgamesh, «el hombre que no quería morir». Fue escrito hacia el año 2650 antes de Cristo, por los sumerios, probablemente en la ciudad de Uruk, en lo que es ahora Irak. Han pasado cerca de 5.000 años y ese trágico lamento de Gilgamesh, el héroe que busca afanosamente la inmortalidad, nos impresiona como si hubiese sido escrito ayer por la mañana.

COMO decíamos, la escritura, y su posterior lectura, nos sirve para, en cierto modo, hacernos inmortales, para romper las fronteras de lo espacial y lo temporal. Pero leer es eso y mucho más que eso. Ortega nos contó, en su más que citada Misión del bibliotecario, que un tigre es siempre el mismo. No puede superar de ninguna manera las barreras de su especie. Está condenado a ser siempre el mismo. Podrá variar el número de sus rayas, la intensidad de su color, su grado de ferocidad… pero siempre será el mismo tigre.

Frente a ese tigre inmutable (y también, cierto es, inmortal: ningún tigre sabe que algún dia va a morir) el ser humano, cada ser humano, es único. Trasciende lo meramente genérico y, a través del proceso acumulativo del saber, aprende lo que ya saben otros e incluso, a partir de lo aprendido, puede él mismo incrementar ese caudal de conocimientos.

Cierto es que en las culturas orales ese proceso existe, pero no es menos cierto que la escritura y la lectura son las que han permitido multiplicar hasta el infinito ese proceso nunca detenido del aprendizaje de los seres humanos y de la multiplicación de lo que cada generación ha aprendido.

Además de todo lo dicho, y probablemente en primer lugar, la lectura es libertad. La auténtica escritura, y la lectura por consiguiente, es el mayor y mejor ejercicio de libertad que cualquier ser humano puede llevar a cabo.

No hace falta estudiar demasiada historia para ver cómo cualquier sistema autocrático ha señalado al libro como a uno de sus peores enemigos. Y con razón. Las más grandes revoluciones que han tenido lugar en la historia de la humanidad no han sido las que ocasionan guerras, destrucción y muerte. En absoluto. Las más grandes revoluciones han venido dadas por libros. La Biblia, el Corán, las obras de Kant, de Hegel y de tantos otros han cambiado esencialmente nuestra manera de ver y entender la vida o, lo que es lo mismo, nos sirven para intentar entendernos a nosotros mismos, para intentar encontrar respuestas a las grandes preguntas, las básicas, las de siempre.

Pero, además, la lectura es libertad en un sentido aún más individual, más personal si se quiere: no nos pueden obligar a amar, o a odiar; de la misma manera, aunque algunos se empeñen en lo contrario, no se puede obligar a nadie a leer. Se le podrá obligar a estar delante de un libro, pero leer, lo que se dice leer, sólo leemos los que lo hacemos porque sí, porque nos apetece o, más en corto, porque nos da la real gana.

Yo soy yo… y mis lecturas, que diría Don José.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Juan Marsé: el poder de la imaginación

Por José María Pozuelo Yvancos (ABC, 23/04/09):

El rubicundo Apolo, que también firma Apolo Lucido, se sirve del señor Pancracio de Roncesvalles para llevarle a don Miguel de Cervantes una carta que el escritor de Alcalá hace figurar adjunta a su Parnaso. Era momento de recuento, porque había quejas sobre quién había entrado en el Viaje que don Miguel había escrito y quién había quedado fuera. La cuestión, a todo lector le alcanza, no era baladí. Aunque hubiera quien lo disimulara, a todos cuantos escribían versos en la época les hubiera gustado que Cervantes se acordara de ellos. Pero Apolo, que de la naturaleza y asuntos de la creación literaria sabía lo suyo, asegura: «Entre los poetas que aquí vinieron con el señor Pancracio de Roncesvalles se quejaron algunos de que no iban en la lista de los que Mercurio llevó a España, y que así vuesa merced no los había puesto en su Viaje. Yo les dije que la culpa era mía y no de vuesa merced; pero que el remedio de este daño estaba en que procurasen ellos ser famosos por sus obras, que ellas por sí mismas les darían fama y claro renombre, sin andar mendigando ajenas alabanzas».

Escritor a tu obra, por tanto; en ella ha de estar y no en otro sitio la razón de tu vida y fama. No es casual que haya recordado este precioso lugar cervantino al ir a escribir sobre Juan Marsé, en el día que recibe de manos del Rey el más alto galardón que un escritor de nuestra lengua puede alcanzar. Porque Juan Marsé debe su fama a sus obras, y esa condición es algo que los lectores han ido reconociendo primero que nadie. Los asuntos del Parnaso, los premios, la crítica, el reconocimiento, vienen después y únicamente si esas obras lo justifican. Y cuando ocurre sin mendigar alabanzas ajenas, tanto mejor, como es el caso. Don Miguel supo mucho de lo tardío de los reconocimientos, y a punto estuvo de quedarse fuera de ellos. Menos mal que una criatura entrada en la edad de la melancolía le dió el claro renombre que puebla hoy continentes enteros.

La muy amplia gama de escritores de América y de España que desde Jorge Guillén a Juan Gelman antecedieron a Marsé en el Premio Cervantes, han venido mostrando que la literatura es una morada múltiple, como supo decir don Claudio, el hijo de quien lo recibió por vez primera. Múltiples moradas del poema, el teatro, el cuento, la novela. Se puede ser cervantino en cualquiera de ellas, pero hay una que Juan Marsé habita como pocos. Me refiero a la morada de los narradores de historias, esa que Walter Benjamin recordaba como la vía primigenia por la que las culturas han expresado lo mejor de cuanto habían atesorado. En su ensayo titulado «El narrador» proclamaba el filósofo de Fráncfort que la disminución en nuestra época de los viejos narradores llevaba aparejada la pérdida del lado épico de la verdad, esto es la sabiduría. Y, más adelante, Benjamin deplora que en una época en la que cada día nos vemos asaeteados por mil noticias, cada vez seamos en cambio más pobres en historias memorables.

La literatura de Juan Marsé es importante en primera razón porque nos ha legado historias memorables, nacidas de su imaginación y que sin embargo se nos antoja ahora que siempre hubieran estado ahí. Son esas historias que las gentes, muchos otros escritores, pero también y de privilegiado modo sus lectores, le debemos. Si han quedado para siempre en nuestra memoria es porque las historias contadas en las novelas de Marsé tienen la fuerza que la realidad adeuda a la fantasía: la hacen ser de otra forma. Vivir con una plenitud que nunca sería posible fuera de un libro. Nada real posee la misma fuerza que lo que ha sido imaginado, fantaseado y hemos hecho nuestro al vivirlo desde la palabra. No hay lector que no recuerde a ese inmigrante murciano, Manolo, el Pijoaparte, que creía poseer el mundo que sólo a Teresa y los de su clase pertenecía, o el exboxeador que además había sido atracador de bancos, o Dani y Susana, soñando el capitán Blay, en la pantalla de su imaginada Shanghai. O los lugares recreados en esa obra perfecta Ronda del Guinardó y las decenas de niños y mujeres que pueblan las calles del barrio de Gracia. Un potro por saltar con miedo en Teniente Bravo… O en Si te dicen que caí, Sarnita y Java, contadores de las «aventis», historias donde la realidad y la imaginación, al cruzarse, rompen sus límites y conquistan el territorio de la fantasía, fertilizador primero de una vida miserable que se ve salvada por ella.

Muchas veces me he preguntado por qué la gente tiene a Juan Marsé un cariño que no profesa de igual modo a otros escritores. La respuesta quizá radique en que su literatura recupera aquel modo especial de relación que surge entre quien cuenta y los que escuchan. Hay un modo de gratitud no siempre dicha, pero hondamente sentida, que profesamos a quienes nos nutren de historias bien contadas. Pero el don de la narración resulta engañoso si acaso lo creemos fácil. Algo deja Juan Marsé enseñado: no hay nada en literatura que no sea trabajo, ejercicio solitario, indagación insegura, acierto posible, algún desgarro, mucho arrepentimiento de la página corregida luego, laborioso tanteo, feliz hallazgo de la invención.

También me he preguntado dónde radica el secreto de la pertinaz ambición de tantos guionistas y directores por llevar al cine las historias creadas por Juan Marsé. Y otra pregunta consiguiente: la razón de que sea tan difícil, cuando parecía lo contrario. Considero que la literatura de Marsé enseña precisamente el límite fronterizo de ambas artes de la narración, del cine y la novela. Es una frontera tan difícil de franquear como la que hay entre el sueño mirado desde la vigilia. ¿Cómo contar un sueño? ¿Cómo representar la vida de la imaginación? Tienes que hacer otra distinta. Se hace entonces añicos el consabido marbete del realismo, roto por un escritor para quien la fantasía, hermana gemela de la imaginación, se anuda a la realidad cotidiana. Imaginar mundos es urdimbre prendida a sus personajes. Juan Marsé les ha dotado de esa dimensión de lo humano que nos identifica frente a cualquier otra especie animal: la de poseer la fantasía, creadora de mundos posibles. Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo, si es o no fantástica, acierta a decir quien la creó y la hizo criatura suya porque para sí la había soñado. Como tantas otras criaturas creadas por quien hoy se viste caballero en la orden cervantina.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

La paradoja del catolicismo

Por Michel Wieviorka, profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París. Traducción: JoséMaría Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 23/04/09):

Elegido en abril del 2005, el Papa actual, Benedicto XVI, ha adoptado reiteradamente posturas que han suscitado diversas polémicas y debates, además, incluso, de escándalo. En septiembre del 2006, con ocasión de un discurso académico en Alemania, citó a un emperador bizantino, Manuel II Paleólogo, que manifestó seis siglos antes: “Muéstrame también lo que Mahoma ha aportado a título de novedad, y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas, como su directriz de difundir a espada la fe que predicaba”. De resultas de ello, el Papa aparecía como hostil al islam e incluso provocador contra él y evidentemente poco interesado en hacer gala de una actitud abierta y dialogante. La cuestión suscitó reacciones tan intensas que se sintió obligado a presentar una vaga excusa: “Me afligen profundamente las reacciones…”.

En fecha más reciente, en enero de este año, Benedicto XVI rehabilitó a cuatro obispos excomulgados efectuando así una apertura a la derecha, en dirección de los sectores más tradicionalistas, presentándose como figura aglutinante y dando fin al cisma de los “integristas”. Pero entre tales obispos se cuenta monseñor Richard Williamson, un negacionista que considera que “no hubo cámaras de gas”. Por tal razón, la cuestión de una apertura, de por sí ya difícil, ha sido fuente de disensiones y tensiones diversas en el seno de la propia Iglesia, donde las corrientes progresistas se han inquietado al tiempo que la misma cuestión agitaba las aguas de la opinión pública en general y motivaba la indignación de los judíos: aunque monseñor Williamson se haya retractado, el bagaje del Vaticano ha parecido hallarse amenazado.

En suma, al recordar con ocasión de su viaje a África su oposición a la contracepción y acusar al preservativo de contribuir a agravar el drama del sida, Benedicto XVI ha subrayado la distancia que separa actualmente a la curia de la cultura y vida reales de una gran mayoría de los cristianos. Tal inadaptación al terreno, que inquieta a muchos católicos, se ve reforzada por la cuestión de la excomunión pronunciada por un obispo de Brasil el pasado 5 de marzo contra los familiares de una chiquilla de nueve años embarazada de dos gemelos como consecuencia de una violación: estos familiares decidieron hacerle abortar y la excomunión - justificada en un primer momento por el Vaticano-ha sido anulada tras una impresionante campaña de prensa; la inadaptación al mundo real se ve subrayada, asimismo, por los escándalos relativos a los sacerdotes paidófilos, en especial en Estados Unidos, que han inclinado a Benedicto XVI a confesarse “profundamente avergonzado” de ello. Todo esto ya se ha comentado profusamente, pero merece analizarse también desde un nuevo ángulo. ¿No estamos, al menos desde hace treinta años, en un planeta que presencia el “regreso de Dios”, en el corazón de una modernidad que reserva un lugar importante a la fe y que, desde luego, no se limita al combate propio de las luces de la razón y del derecho contra la religión como cuando Voltaire quería “aplastar al infame”? En el mundo actual, la modernidad incluye las convicciones, las pasiones, el hecho de creer, y el problema se cifra en articular los dos registros, el de los valores universales y el de las creencias y las tradiciones.

En este mundo nuevo, el islam se halla en expansión, igual que otras religiones. El budismo, por ejemplo, conoce el éxito incluso en Occidente y si al Dalái Lama se le profesa allí tanto afecto no se debe únicamente al hecho de que encarne a una nación oprimida, sino que obedece también a que representa valores situados en la encrucijada de la religión y la filosofía. El auge de iglesias protestantes, evangélicas, pentecostalistas, etcétera es impresionante en todo el mundo. En este paisaje general, en el que la religión se globaliza y progresa a un tiempo, el catolicismo constituye tal vez una excepción. Parece estar a la defensiva, se endurece, y el discurso de Benedicto XVI que acabo de evocar constituye una manifestación de tal endurecimiento.

¿Es que el catolicismo ya no responde a las expectativas religiosas de nuestro tiempo, que se caracteriza de forma preferente por ser refractario a la institucionalización, a la gestión de organizaciones de difícil manejo y estructuras jerárquicas? Cabe constatar aquí una primera explicación - importante-de la desafección hacia las iglesias en numerosos países católicos o de la crisis de vocaciones que se nota desde hace unos cuarenta años en estos mismos países; en todo caso, es un hecho en Europa y Norteamérica. La fe es una cosa y la institución otra, y según todo lo que antecede el catolicismo sería una realidad excesivamente institucionalizada para afrontar las expectativas provenientes de la sociedad.

Juan Pablo II, desde el punto de vista cultural, sostenía una línea bastante próxima a la de Benedicto XVI, pero contaba con un carisma considerable. Encarnaba la resistencia al totalitarismo, el rechazo del antisemitismo explícito y constante, y aunque no logró detener de hecho la crisis de las vocaciones o la desafección hacia las iglesias, era capaz de movilizar, a través de la relación directa y personal, verdaderas masas de creyentes con los que se fundía en un abrazo sobre todo en el curso de sus viajes y desplazamientos. El problema de la Iglesia actual estriba tal vez en que propone en menor medida que en otros tiempos un discurso de esperanza, en tensión hacia el futuro; en que parece más conservadora que progresista, menos abierta allí donde otras religiones proporcionan sentido pero también - en numerosos aspectos-la promesas de un mundo mejor. El éxito de las nuevas iglesias protestantes, sobre todo, guarda relación innegablemente con su discurso social; incluso, en ciertos casos, con la idea de que adhiriéndose a una de ellas cabrá beneficiarse inmediatamente de mejores condiciones de vida.

Indudablemente cabría proponer otras explicaciones. En cualquier caso, la organización global más antigua del mundo, la Iglesia católica, bimilenaria y con numerosas peripecias a sus espaldas, ha entrado en un periodo difícil en el preciso momento en que el hecho religioso conoce un renovado impulso que contribuye a afianzar el éxito de muchas otras religiones que parecían, en un principio, mucho menos preparadas para globalizarse también ellas mismas, ya sea en el mundo árabe (el islam), en Asia (el budismo, especialmente) o en Estados Unidos (iglesias protestantes).

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

A quien lee se le nota; y a quien no, también

Por Pablo Zapata Lerga, escritor (EL CORREO DIGITAL, 23/04/09):

Ahora digo -dijo a esta sazón don Quijote-, que el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho» (D. Q., II, 25). Y no estará de más que en estos días primaverales de resonancias cervantinas volvamos sobre el tema que tanto ocupaba al ilustre hidalgo de causas perdidas.

Amigos míos que saben de qué pie cojeo me suelen decir -unos con cierto pesar, otros como acto de sinceridad y otros como gesto de suficiencia- que no leen nunca un libro. En otras circunstancias no me impresionaría demasiado, pero es que muchos de esos ‘no lectores compulsivos’ han pasado por la Universidad (no sé si la Universidad pasó por ellos). ¿De qué han servido tantos años de estudio de la lengua y la literatura? ¿Para qué ha servido toda una carrera universitaria? Han estudiado sólo lo necesario para una titulación utilitaria. ¿Dónde queda el concepto de ‘universtitas’?

El informe PISA -hecho con distanciamiento, conocimiento y objetividad- sigue dándonos machaconamente un aldabonazo todos los años: en este país se lee muy poco, con todo lo que conlleva ahora y ha traído a lo largo de los años. Pero los políticos siguen a la gresca, no se enteran, y ministerio tras ministro se empeñan en hacer a bote pronto planes etéreos que se olvidan al día siguiente y no llevan a ningún término. A los datos me remito, y es año tras año. Ya Larra decía: «Es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas». Pobrecillo, como era clarividente, se suicidó de asco patrio al ver que la esperanza era una utopía, que la ilusión estaba ya enterrada. Lo de los amores fue la puntilla.

¿Y qué pasa por que no lea un libro?, dirá más de uno, y algunos con ostentación jactanciosa. Efectivamente, si no lees, no pasa nada, nadie se muere, se puede vivir perfectamente, hay pueblos enteros que no han leído nunca. Si no sabes quién fue Picasso, no pasa nada, puedes vivir largos años teniendo buena vista; si no te acercas a una rústica y humilde iglesia románica, no pasa nada, puedes andar por los caminos de la vida; si no escuchas nunca música de la grande, no pasa nada, hay miles de oídos con otras músicas, no te va a salir miel por los oídos; si no vas nunca al cine o al teatro, no pasa nada, que bastante teatro es la vida; si no sabes nada de Julio César, Alejandro, Napoleón o Cortés, no pasa nada, tus negocios pueden ir bien por el mundo; si no sitúas los accidentes geográficos más importantes del mundo, no pasa nada, te puedes pasear por ellos si tienes dinero; si no lees nada sobre religiones o filosofías, no pasa nada, que la abuelita tampoco leyó sobre estos temas y fue feliz.

Efectivamente, no pasa nada por que no abras un libro. No te vas a morir si tienes este rasero, no eres más ni menos guapo, no eres más ni menos rico. Pero es que hay otros aspectos que sobrepasan el mero comer, dormir, vivir o vegetar. Mirando así las cosas, por leer no eres ni más ni menos importante. No pasa nada, no pasa nada.

Pues sí pasa, y mucho. Con este criterio, veamos dónde queda la literatura, la música, la pintura, la arquitectura, el teatro… las ARTES. Si prescindes de las artes, efectivamente, podrás vivir, pero te falta mucho, te falta lo que de propio ha creado el ser humano, su inteligencia, y por tanto la creatividad, que es lo que nos distingue de los animales, de los borricos (¿con segunda?).

La cultura tiene un coste excepcional precisamente porque no se puede comprar con dinero, he ahí su valor. La cultura es enriquecimiento interior, cultivo, que no tiene que ver con la acumulación de títulos. En medio de tanta tecnología, que puede resultar asfixiante, hay que saber distinguir entre los estudios necesarios para adquirir un título que te capacite para el ejercicio de una profesión (el estudio como necesidad) y el estudio como enriquecimiento personal, como cultivo. La concepción griega del ocio y el nec-ocio, la renacentista, la de la Ilustración: saber para iluminar la mente.

Pues bien, el único medio de adquirir esa cultura enriquecedora está en el texto escrito, aparte de lo que aprendemos en la vida, que es el mejor libro, y en el saber viajar. «Todo lo que ha pasado en la Historia termina durmiendo en los libros», nos dice Unamuno. No importa si ese libro tiene el soporte de internet, fotocopia, artilugios deslumbrantes que están ya en el mercado, etcétera. Es la letra impresa.

¿Qué se les puede decir a ésos que proclaman que no pasa nada si no leemos? Es difícil convencer a quien no lo ha experimentado. ¿Se imaginan a un riojano exaltando las cualidades de un buen vino a uno de Laponia que no lo ha probado en su vida? Quien no lo ha experimentado no lo puede valorar. Por la vía de la lectura entramos en contacto con un mundo exterior a nosotros, con lo que no sólo vivimos de nuestras experiencias, sino que nos enriquecemos con las de otros, bien sean reales o ficticias. Cuando leemos, nos evadimos, salimos de nosotros y soñamos, que es algo muy saludable, tanto para el cuerpo como para el espíritu. Las personas soñadoras, sobre todo los más pequeños, llevan el brillo en los ojos. Y precisamente porque estamos en fechas cervantinas, voy a leer unos capítulos de su gran libro para soñar y evadirme de la realidad, sin exagerar en el dicho de Borges: «No hay que leer ningún libro que no haya cumplido cien años». Y también dice el argentino que la lectura «es una de las posibilidades de felicidad que tenemos los hombres».

No quiero terminar sin traer una cita de Federico García Lorca, de 1931: «Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevski, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita, pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: ‘¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!’. Tenía frío y no pedía fuego; tenía terrible sed y no pedía agua, pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir a la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural de un cuerpo con hambre, sed o frío dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida».

Si esto dicen los genios, por algo será.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

El maclado de universidad y empresa

Por Ramon Folch, socioecólogo. Director general de ERF (EL PERIÓDICO, 23/04/09):

El término universidad es polisémico. No hace falta remontarse a la antigüedad, cuando las universidades solo eran modestas escuelas de leyes y teología. Bastaría comparar las universidades humanísticas del XIX con las escuelas politécnicas napoleónicas. Representaban mundos antitéticos: la especulación o la creación artística versus las emergentes tecnociencias experimentales. Las diferencias subsisten. ¿Tiene sentido, hoy, hablar de la universidad?

Estas dos formas de abordar el conocimiento, a veces epistemológicamente opuestas, han acabado enrasadas bajo una misma denominación, por lo menos aquí. Así, tenemos universidades generalistas, como la añeja Universitat de Barcelona de toda la vida, con sus facultades, y universidades tecnocientíficas, como la joven Universitat Politècnica de Catalunya, con sus escuelas técnicas sesquiseculares, bastante más antiguas que el ente universitario en el que se integraron. Comparten apelativo, pero son dos mundos. He sido alumno y profesor de la primera y presidente del Consejo Social de la segunda, de modo que no hablo por boca de ganso.

AUN PENSANDO en cosas distintas, todos seguimos hablando de la universidad. Seguramente necesitamos ese referente absoluto en términos de imaginario colectivo. En todo caso, las distintas concepciones desbordan las diferencias entre humanistas y politécnicos. “¡Fuera la empresa de la universidad!”, gritaban unos estudiantes mientras el presidente Montilla y el rector Moreso trataban de inaugurar hace poco unas nuevas instalaciones de la UPF. Es una manera de ver que halla intrínsecamente ilegítima la penetración de los valores de la empresa en el espacio universitario. Muchos pensamos, en cambio, que el maclado universidad-empresa, más aún que bueno y deseable, es ineludible. ¿Qué universidad y qué empresa, sin embargo?

Un observador especulativo y medievalizante podría permitirse la licencia de creer que el conocimiento es tan solo un gozo del espíritu –que lo es, y grande–, al margen de las necesidades cotidianas; la universidad de la sociedad industrial, y aún más la universidad posindustrial sostenibilista del siglo XXI, no. El gran salto hacia delante del XVIII fue iniciar el derribo del ancien régime mediante la invención del concepto de progreso (otro término equívoco, por cierto). El caso es que el pensamiento progresista lleva ya dos siglos construyendo la realidad a partir del conocimiento. Y la empresa industrial es el artefacto social que se ocupa de ello. De ahí que apartarla de la universidad sería limitar el pensamiento a la metafísica y la generación de bienes, a la artesanía menestral.

Tras una larga gestación, la UPC se ha dotado de un canal de televisión por Internet. Una consulta mínimamente detallada de los documentos que ofrece permite constatar dos cosas: detrás hay muchos valores sociales y mucha inquietud intelectual y también mucha presencia del sector productivo. Muchas empresas, en definitiva. Hablo de empresas en sentido pristino, o sea, colectivos humanos que trabajan para hacer cosas beneficiosas. Sin ello, una politécnica no tendría sentido alguno. Pero una universidad generalista, a estas alturas, tampoco.

En efecto, la química, la medicina, la economía y tantas otras disciplinas ajustadas al método científico se estudian en las antiguas universidades humanísticas. De hecho, son disciplinas también humanísticas. Sería tan absurdo negarlo, como imaginar una universidad moderna separada de la realidad productiva. Para científicos y tecnólogos, y cada vez más también para filósofos y artistas, el ejercicio profesional y la provocación intelectual van unidos a la actividad empresarial. La reflexión abstracta y el conocimiento no son especulaciones.

A LA PAR,entiendo y comparto el rechazo universitario hacia el negocio turbio o la prostitución del conocimiento. Hay empresarios que se dedican a ellos, de lo que la empresa no tiene ninguna culpa. Sin la electrificación propiciada a principios del siglo XX por Barcelona Traction, de la que nació Fecsa, o sin el segundo tirón hidroeléctrico que supuso en 1946 la creación de Enher, no cabe imaginar la Catalunya moderna. Detrás de Barcelona Traction estaba el ingeniero y financiero norteamericano Frederick S. Pearson, promotor de la prolongación del tren de Sarrià hasta el Vallès, también, y detrás de Enher, el ingeniero leridano Victoriano Muñoz. Fueron grandes visionarios, grandes tecnocientíficos y grandes empresarios.

Desconozco si los sucesivos presidentes de Endesa, Acciona, Eon o Enel, que han heredado o pretendido heredar la actividad y el patrimonio de aquellas empresas tractoras, saben quiénes fueron Pearson y Muñoz. Me temo que les preocupa más la bolsa que la electricidad. De ahí el desprestigio moral de tanta sigla que no pasa de mero pretexto financiero.

Eppur, si muove. Hay universidades grandes y pequeñas, con mucho futuro o con demasiado pasado. También hay empresas socialmente admirables y negocios reprobables. Hay buenos académicos y retóricos anquilosados. Hay estudiantes inquietos y responsables, y malcriados consentidos. Y, según predominen unos u otros, hay sociedades avanzadas y países decadentes. Más allá de declaraciones y proclamas, ¿qué universidad y qué empresa necesitamos y queremos?

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

miércoles, abril 22, 2009

El FMI pone cifras a la Gran Recesión

Por CLAUDI PÉREZ - Washington - (ElPais.com, 22/04/2009)

Frente a quienes atisban los primeros signos de esperanza en la recuperación, los pesimistas son legión y todavía no se han equivocado en esta crisis. El FMI está entre el segundo grupo. El Fondo dibuja en su informe de primavera un panorama sombrío, con una caída del PIB mundial del 1,3% este año, mucho peor que sus estimaciones anteriores. Se trata de la recesión más profunda desde la II Guerra Mundial "por un amplio margen", según el Fondo. Son malas noticias. Más abajo sólo quedan los años de la Gran Depresión. El Fondo se alinea así con economistas como el estadounidense Paul Volcker, que ha bautizado la crisis actual como "la Gran Recesión".

La recesión empeora, la necesidad de gasto fiscal se agudiza y urge el activismo de los Gobiernos para limpiar de basura tóxica los balances de los bancos. El FMI no perdió ocasión esta mañana de martillear ese mensaje en medio de unas perspectivas "excepcionalmente inciertas, con riesgos aún inclinados a la baja". Traducción libre: la cosa va a peor. El PIB se contraerá este año en países que representan tres cuartas partes de la riqueza mundial. Apenas hay buenas noticias: como mucho, la desaceleración debería moderarse a partir de la segunda mitad del año. Para 2010 el Fondo prevé un crecimiento mundial del 1,9%, "flojo en comparación con otras recuperaciones", según el informe. La pesadilla de la recesión presenta así la peor de las siluetas: la curva del PIB mundial dibuja una preocupante "L". Incluyendo las cifras de 2010 el perfil se asemeja a una leve sonrisa o, como mucho, a algo similar al logotipo de Nike.

                          Previsiones del FMI

La caída de la riqueza mundial se producirá "a pesar de las enérgicas medidas adoptadas para restablecer la salud del sistema financiero y del uso continuo de medidas de política macroeconómica para apoyar la demanda", según el Fondo. En otras palabras: ni las ayudas a la banca permiten recuperar el aliento al sistema financiero, ni la mayor intervención pública conocida en la economía sirve de mucho hasta ahora. Es más, el Fondo alerta de que es posible que los esfuerzos de política económica "no sean suficientes para romper el círculo vicioso de deterioro de las condiciones financieras y debilitamiento económica mundial".

Esa peligrosa espiral sigue alimentando el huracán, por lo que el FMI demanda nuevos estímulos fiscales a corto plazo y medidas excepcionales de política monetaria. Deberes para el Banco Central Europeo (BCE): el FMI no sólo apuesta por tipos al 0%, sino que invita a los bancos centrales a utilizar todo su arsenal, ortodoxo y no ortodoxo, para salir de la crisis. Algo parecido a una invitación al uso de la máquina de imprimir billetes, que ya han puesto en marcha EE UU, Suiza o Japón.

Batacazo para España

El FMI se suma a las previsiones más pesimistas para la economía española. El Fondo estima que el PIB caerá el 3% este año, en línea con los vaticinios del Banco de España o Funcas, y casi el doble de la previsión del Gobierno, que apuntaba a una caída del 1,6%. La recesión va para largo: en 2010, el PIB se contraerá el 0,7%, según el FMI, que en el informe constata la severa corrección del mercado inmobiliario -junto con países como Irlanda y el Reino Unido-.

El paro escalará hasta el 17,7% este año, para cerrar 2010 en el 19,3%, según el FMI, aunque en el caso del mercado laboral hay casas de análisis que vaticinan ya más de un 20% de desempleo. La crisis tendrá al menos un efecto positivo: el déficit comercial se reducirá hasta el 5,4% del PIB este año.

Además, el análisis del Fondo incluye a España dentro de un grupo de países europeos que pueden registrar problemas en su sector financiero, por el excesivo endeudamiento (caso de Islandia), por su exposición a las economías de Europa del Este (Austria), por la desaceleración acompañana de una débil posición fiscal (Grecia) o, en el caso de España e Irlanda, por la exposición a la corrección inmobiliaria.

Los datos de la institución para los bancos españoles no son mucho más halagüeños.


Geithner reconoce la culpa de EE UU en la crisis

El secretario del Tesoro de EE UU, Timothy Geithner, ha asegurado este miércoles que su país tiene una parte sustancial de la culpa por la actual crisis económica, pero que el mundo debe trabajar unidos para aligerar esta carga. "El resto del mundo necesita que la economía y el sistema financiero de EE UU se recuperen. Seguimos en el centro de de la actividad económica mundial con relaciones comerciales y financieras con cada región del mundo" ha dicho Geither, que ha pedido la implicación de los países del G-20 en un cambio de la regulación financiera mundial.

En una conferencia en el Club Económico de Washington, Geithner ha asegurado que, de igual manera que el mundo necesita a EE UU, la economía estadounidense "necesita que el resto del mundo se restablezca". El secretario del Tesoro, que no ha hecho referencia ni una sola vez al G-7 o el G-8 en su discurso, sí ha nombrado varias veces al G-20.

Un año "muy difícil para la banca española"

El FMI ha augurado hoy un año muy difícil para banca española y cree inevitable la fusión de algunas cajas de ahorros por su dependencia del sector inmobiliario, donde los precios caerán otro 15% en términos reales, según sus cálculos. "Los bancos españoles afrontan un año muy difícil, lo que probablemente lleve a su consolidación", dijeron los expertos del Fondo Monetario Interncional (FMI) en su revisión anual de la economía del país.

La endogamia mató a los Austrias

Por M. RUIZ DE ELVIRA - Madrid - (ElPais.com, 15/04/2009)

Carlos II El Hechizado fue una de las víctimas de los repetidos cruces entre parientes próximos que se dieron en sus antepasados, tanto recientes como remotos. Su coeficiente de consanguinidad era altísimo, similar al del fruto de una relación entre padre e hija o entre hermano y hermana, han hallado científicos españoles. El primer estudio que aplica la genética a una dinastía española, la de los Austrias, ha confirmado la hipótesis de muchos historiadores de que la consanguinidad fue el factor clave en su extinción, cuando murió Carlos II en 1700 sin descendencia. También ha permitido esclarecer los principales trastornos que sufría el rey.

"En el análisis de la consanguinidad nos hemos remontado 16 generaciones desde Carlos II, con un total de 3.000 personajes", explica Gonzalo Álvarez Jurado, catedrático de Genética en la Universidad de Santiago de Compostela y aficionado a la historia. Lo que han encontrado Álvarez y sus colegas, Francisco Ceballos y Celsa Quinteiro, y publican en Plos One, es que pesan tanto las relaciones de parentesco entre el padre y la madre del sujeto como las acumuladas a lo largo de las generaciones.

Desde que Felipe el Hermoso inauguró la dinastía al casarse con Juana La Loca, los matrimonios entre parientes en las diferentes casas reales europeas, para conservar el poder, fueron la norma. El coeficiente de consanguinidad indica la proporción de genes idénticos que se reciben del padre y de la madre. Con la genealogía en la mano, en porcentaje, va aumentando desde el 2,5 de Felipe el Hermoso al 21 de Felipe III. En Felipe IV baja a un 11,5 y Carlos II, a pesar de ser sólo hijo de tío y sobrina, tiene el máximo (25,4), 10 veces mayor que el del fundador.

"Para probar la influencia de la consanguinidad, fuimos a los efectos", indica Álvarez. "Analizamos la mortalidad infantil en los descendientes de cada rey hasta los 10 años y observamos una relación directa entre el coeficiente de consanguinidad y la tasa de mortalidad". Ya los testimonios de la época se extrañaban de la cantidad de abortos y de niños que nacían muertos o morían pronto en la familia mejor cuidada de la España de entonces.

                                Genealogía de los Hausburgo- EL PAÍS
Además, los científicos españoles han estudiado desde el punto de vista genético los trastornos de los reyes y, sobre todo, de Carlos II. "Disponemos de los mejores retratos de todos ellos, de grandes pintores, que son muy informativos para los médicos", recuerda Álvarez. Sin embargo, aclara, la barbilla prominente de Carlos I no está relacionada con la consanguinidad.

Dos enfermedades achacables a mutaciones genéticas recesivas, que necesitan heredarse de los dos progenitores, explicarían los trastornos de Carlos II, que era raquítico, no pudo tener hijos y a los 30 años parecía un viejo. Son un déficit hormonal múltiple de la hipófisis (de la hormona de crecimiento, entre otras) y una acidosis tubular renal, causa de raquitismo.

En la lotería genética salió mejor parada la infanta Margarita, hermana del rey y una de las famosas meninas de Velázquez, que se casó y tuvo hijos.

Hay un grado de incertidumbre inevitable en el estudio, debido a la imposibilidad de asegurar la paternidad de los descendientes, pero Álvarez cree que es pequeño, dado el marco de la realeza en la época. Ahora, los investigadores están ampliando el estudio a los Austrias austríacos, que tienen todavía mayor consanguinidad. Un primer análisis indica que en los Borbones es mucho menor.