martes, abril 01, 2008

El asfalto, la Red y las aulas

Por Juan C. Rodríguez Ibarra, ex presidente de la Junta de Extremadura (EL PAÍS, 28/03/08):

Estas mismas páginas vieron publicado el pasado día 14 un excelente artículo de la rectora de la Universitat Oberta de Catalunya, Imma Tubella, con el título siguiente: Bajo el asfalto estaba la Red. El estudio de la rectora confirma estadísticamente lo que algunos venimos defendiendo por intuición y observación desde hace ya algunos años: el corte drástico que se ha producido entre dos generaciones -la analógica y la digital- con consecuencias que o vemos y aplicamos o volveremos a perder otra oportunidad, la mejor de la historia, para avanzar por un camino nuevo e inimaginable hace sólo una decena de años.

Ese artículo plasmaba las horas que un joven se pasa delante de la pantalla de un ordenador, los SMS que enviaba, los e-mails que contestaba o escribía, etcétera. Puesto que mi acuerdo es absoluto con su contenido y con la conclusión obtenida, escribo estas líneas para añadir algo que ayude a comprender aún más la realidad que nos inunda.

Esos jóvenes digitalizados pasan seis horas de cada día, casi la mitad del tiempo que no duermen, imbuidos de una cultura analógica en los centros educativos españoles, sean éstos de primaria, secundaria o universitarios. En su casa, en su ocio, digitales; en la escuela o en la universidad, analógicos. No hay nada más diferente que un hospital del Primer Mundo comparado con un hospital del Tercer Mundo, pero no hay nada más idéntico que una escuela del Primer Mundo comparada con una escuela del Tercer Mundo. Si pudiéramos resucitar a un cirujano del siglo XIX y lo pusiéramos inmediatamente en un quirófano de cualquiera de nuestros hospitales, con toda seguridad no sabría dónde se encontraba y con total certeza no se atrevería a realizar una intervención quirúrgica consistente en un trasplante de corazón; pero si la misma operación la realizáramos con un maestro de aquel siglo y lo introdujéramos en una de nuestras aulas escolares, sabría decir que está en un centro educativo y que estaría capacitado para empezar a impartir allí mismo sus clases magistrales. Sólo necesitaría su voz, su libro de texto, sus apuntes y su pizarra, es decir, como siempre, como ayer y como hoy. Y durante seis horas diarias ese profesor, y la inmensa mayoría, se enfrentan a un proceso educativo analógico teniendo delante de ellos a unos alumnos que nacieron en la era de la digitalización.

¿Qué está sucediendo? Que la educación española no está dirigida a la creatividad innovadora en el desarrollo e investigación de nuevas técnicas, tecnologías y productos, sino a la obtención de unos titulados tendentes a trabajar por cuenta ajena para la obtención de un beneficio comercial inmediato. Nosotros, por ejemplo, vendemos equipos y componentes para la red informática, incluso estamos en condiciones de realizar la instalación y puesta en marcha de esos equipos; pero la inteligencia que incorpora la tarjeta de red que transforma los impulsos eléctricos en datos la desarrollan en Estados Unidos, en Alemania, en Irlanda o en Finlandia.

En la nueva sociedad digital, que tan bien describe la señora Tubella, se impone la necesidad de dar un valor real a las personas más que a las cosas, como consecuencia del proceso de digitalización que vivimos, donde la materia prima fundamental es la inteligencia. Hay que invertir en las personas porque son las que con sus capacidades pueden hacer crecer lo que se propongan. Esto puede parecer obvio y por lo tanto desgraciadamente lo obviamos. Estamos en esta nueva sociedad y todavía tenemos sistemas demasiado tradicionales. Los sistemas contables siguen contado como “gasto social” a las personas y como “inversión” a las cosas. En consecuencia, los primeros gastos que recorta una empresa cuando afronta una crisis afectan a las personas y no a las cosas. Esto ya no debe ser así en esta nueva sociedad, es un reto que se debe solucionar. No se puede seguir anclados en los sistemas de la sociedad industrial, donde era mejor invertir en máquinas que agilizasen el proceso, antes que en personas que lo reinventasen. Hoy el valor de la nueva sociedad es el capital humano.

Esa sociedad, esa nueva sociedad, ya no se basa en los parámetros tradicionales de la era del vapor y de la sociedad industrial clásica. Así que tenemos la responsabilidad histórica de ir a otros sitios por otros caminos. Otros sitios donde el proceso no es lineal (compro un producto, lo transformo y lo vendo más caro de lo que lo compré), sino que es un proceso biológico; otros sitios donde cuenta la formación, la inteligencia, la imaginación, la osadía, el riesgo, la diversidad y la emoción. Ése es el nuevo sitio, ésos son los factores que definen al nuevo sitio, a la nueva sociedad. ¿Y quiénes reúnen esas características para acometer esa aventura? La respuesta son los jóvenes; ellos son los que tienen esas características (osadía, imaginación, formación, diversidad, capacidad, riesgo). Y con ellos nos debemos proponer hacer una revolución en España para llegar a un sitio nuevo, para llegar a la nueva sociedad. Tenemos millones de jóvenes en España con edades comprendidas entre los 16 y 35 y que están llamando a nuestra puerta esperando que esa sociedad nueva que ellos sí ven, porque la imaginan, se pueda abrir y puedan tener su oportunidad.

Nuestros jóvenes son tolerantes, solidarios, abiertos, flexibles a las diferencias culturales, generosos, tan inteligentes como cualquiera, responsables, trabajadores y con unas ansias enormes de vivir y de ser felices y con una predisposición enorme para asumir riesgos hasta límites que pudieran, a los que no lo somos ya, parecernos insensatos; jóvenes que hacen proyectos y que dicen: como no sabía que era imposible lo hice y lo logré. Jóvenes capaces de aprender y desaprender con facilidad. Ahí está el ejemplo del euro: los jóvenes aprendieron la peseta y desaprendieron rápidamente la peseta y aprendieron el euro; los mayores no fuimos capaces de desaprender nunca la peseta. Frente a nuestra cultura analógica los jóvenes de hoy día tienen una cultura digital, y sólo digital. Es innata en ellos su capacidad de experimentación. Asumen con facilidad el riesgo sin temor al fracaso, precisamente porque son jóvenes, porque tienen tiempo y están en edad de aprender y probar de nuevo una y otra vez. Están habituados a los cambios de la nueva sociedad y de la cultura digital: Internet, el euro, los teléfonos móviles, los ordenadores, etcétera, son sólo pasos que los asimilan con facilidad, a diferencia de las generaciones mayores. Para ellos el cambio constante y vertiginoso por el que circula la nueva sociedad no es una tragedia que los paralice, sino un paso más en su proceso de formación y de aprendizaje. Y, además, por si fuera poco, tienen la capacidad y la formación para provocar ellos mismos los cambios, no necesitan de nadie. Sólo necesitan que sus gobernantes, sus profesores, los banqueros, sus familias no aspiren a que hagan lo mismo que sus padres pero mejor, y que entiendan que su mundo digital es el único que pueden seguir para ir a sitios distintos y ganar el futuro nuevo y asequible para ellos.

Occidente puede utilizar los Juegos Olímpicos contra Pekín / Tibet: the West can use the Olympics as a weapon against Beijing

Por Michael Portillo. Fue ministro de Defensa del Reino Unido durante el Gobierno del conservador John Major (EL MUNDO / THE TIMES, 28/03/08):

Las ganas de Adolfo Hitler por aprovechar los Juegos Olímpicos de 1936 en Berlín como escaparate del nazismo se convirtieron en rabia cuando el atleta norteamericano de raza negra Jesse Owens ganó cuatro medallas de oro. Los dirigentes chinos deben de estar preguntándose en estos momentos si organizar las Olimpiadas en Pekín va a reportar al régimen más elogios que críticas. Ten cuidado con lo que deseas, como probablemente debió de decir Confucio.

En defensa del movimiento olímpico hay que puntualizar que Berlín había sido seleccionada antes de que los nazis llegaran al poder. No hay ninguna excusa por el estilo, sin embargo, que ampare la decisión de conceder a Pekín un trofeo tan codiciado. En 1989 el Gobierno chino había aplastado las protestas pacíficas en la plaza de Tiananmen, como el mundo entero pudo contemplar lleno de horror. China obtuvo de todas formas los Juegos Olímpicos y un triunfo propagandístico, y se ha mostrado ansiosa por alardear de ello ante el resto del mundo.

Las autoridades chinas deben de haber sopesado cuidadosamente que los demás gobiernos no son casi nunca lo suficientemente valientes como para boicotear unos Juegos Olímpicos. Los Juegos de Berlín siguieron adelante aunque en las fechas de su celebración los nazis ya habían puesto en vigor las despreciables leyes de Nuremberg, que privaban a los judíos alemanes de sus derechos humanos más elementales.

Hay que reconocer que los norteamericanos encabezaron el boicot a los Juegos Olímpicos de Moscú en 1980 porque las tropas soviéticas habían invadido Afganistán (las invasiones rusas son malas, las invasiones norteamericanas son buenas). China sabía que, a menos que invadiera un territorio vecino, nada de lo que hiciera pondría en peligro su espectáculo.

Todos los indicios daban a entender que a China se lo iban a poner muy fácil. Cuando el presidente Jiang Zemin visitó a Tony Blair en 1999, la policía metropolitana londinense trató sin contemplaciones a los manifestantes a favor del Tíbet. Se pusieron por medio autobuses de dos pisos para proteger de la manifestación los ojos sensibles de Jiang. Cuando Washington se vio pringado en los escándalos de Abu Ghraib, la Bahía de Guantánamo y el traslado irregular de prisioneros de unos países a otros, por no hablar de las pérdidas tremendas de vidas humanas de no combatientes en Irak y Afganistán, el primer ministro chino, Wen Jiabao, debió de sentir la seguridad de que Estados Unidos eludiría como fuera todo diálogo sobre los Derechos Humanos.

De todas formas, todos sentimos un temor reverencial ante el poderío económico de China. Cuando Gordon Brown estuvo allí de gira el mes pasado, habló de oportunidades de negocio. Los primeros ministros detestan que se les exija sacar el tema de los Derechos Humanos, porque eso amenaza con congelar las sonrisas, los apretones de manos y los brindis que constituyen la medida del éxito de estas visitas. Brown se limitó, probablemente, a formular recomendaciones, lo más vagas posibles, de que se acometan reformas.

El poderío económico de China es tal que ha dinamitado con total impunidad la política exterior de Estados Unidos. El objetivo de los norteamericanos es hacer valer su fuerza para conformar un mundo que abrace los valores occidentales. A los países en vías de desarrollo les insisten en que sus gobiernos respeten la supremacía de la ley y atajen la corrupción como condiciones para los intercambios comerciales y el otorgamiento de ayudas. China, por el contrario, ha tendido su mano en señal de amistad a regímenes execrables (entre otros, el de Sudán). Las necesidades de recursos naturales de Pekín son la única consideración a tener en cuenta. Es posible que incluso haya disfrutado del placer de desbaratar los intentos de Estados Unidos por exportar sus valores liberales.

Así pues, China tenía todas las razones del mundo para esperar unos Juegos Olímpicos sin ningún tipo de problemas y para mostrar al mundo su perfil más favorecedor. En Berlín las noticias antijudías se silenciaron durante las semanas que precedieron a las Olimpíadas. En Pekín se ha restringido el uso de coches para reducir la contaminación atmosférica.

En el mundo moderno los gobiernos no son los únicos que cuentan. Steven Spielberg, el director de cine, ha renunciado a su puesto de asesor artístico de las ceremonias de las Olimpiadas tras hacer constar que su conciencia no le permitía continuar mientras en Darfur se estaban cometiendo «crímenes incalificables».

Su decisión ha modificado la situación. En estos momentos, los Juegos Olímpicos de Pekín han pasado bruscamente de representar una oportunidad para el gobierno chino a convertirse en una amenaza. La gran preocupación de China por que las Olimpiadas constituyan un éxito proporciona a quienes se oponen a su política una oportunidad única. Pone en manos tanto de los disidentes del interior como del mundo exterior una capacidad de influencia sin parangón desde Tiananmen.

Ante el apagón informativo impuesto por China en el interior del país, no tenemos posibilidad de saber si las protestas en el Tíbet se han relacionado de manera oportunista con las Olimpíadas próximas a celebrarse. En cualquier caso, los Juegos Olímpicos son un factor político y la situación es dinámica. Los ojos del mundo se han vuelto hacia la política china con una mirada de desaprobación.

«Si todos aquellos que aman la libertad a lo largo y ancho del mundo no alzan su voz para denunciar la actitud de China y los chinos en el Tíbet, habremos perdido toda autoridad moral para alzar la voz en defensa de los Derechos Humanos», ha manifestado Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, ante una multitud de tibetanos que la aclamaban en el norte de la India, a donde acudió para reunirse con el Dalai Lama. Este tipo de acontecimientos resonantes no estaba previsto en el guión de China sobre los Juegos Olímpicos.

El primer ministro británico, al descubrir el valor con que otros defienden sus convicciones, ha declarado que a él también le gustaría reunirse con el jefe espiritual de los tibetanos. David Cameron, jefe de los conservadores, le ha felicitado, por lo que ya tenemos un nuevo consenso. Hemos recorrido un largo camino desde que Blair adujo que tenía demasiadas peticiones de reuniones como para poder hacer un hueco para recibir al Dalai Lama durante la visita de éste a Gran Bretaña en 2004.

China ha sido incapaz de entender que, en una democracia, los políticos no pueden determinar por anticipado las posturas que adoptarán en el futuro. La marcha de Spielberg les ha alterado el panorama. En cuestión de semanas han pasado de no querer entrar en nada que pudiera ofender a Pekín a pelearse por ser quien más protibetano parece. Lo que menos importa es si los disturbios de Lhasa han sido, al menos en parte, brutales y racistas, ni si la violencia se ha desencadenado como protesta a las críticas del Dalai Lama y dirigida contra su autoridad. El tren del Tíbet se ha echado a rodar y todo político demócrata reclama un sitio a bordo.

Como los políticos occidentales están más expuestos a las críticas, porque no pueden hacer nada para evitar el deterioro de la situación económica y porque Irak y Afganistán se consumen lentamente, cubrir de oprobio a China ofrece una agradable oportunidad de desviar la atención de las restantes aflicciones de los políticos.

El genio ha escapado de la lámpara y no es posible hacer un pronóstico sobre en qué puede terminar todo esto. Todos nuestros políticos afirman que el boicot a los Juegos Olímpicos no aparece en las cartas. Ahora bien, eso es sólo de momento. Si se deteriora la situación en el Tíbet, aumentará la presión para que los Juegos Olímpicos se utilicen como arma contra Pekín. Si China sigue poniendo trabas al empeño de los periodistas occidentales por informar de los disidentes, ya puede dar por ganada la hostilidad de los medios de comunicación de todo el mundo. Por el contrario, si permite que se informe de lo que ocurre, los manifestantes aprovecharán esa oportunidad.

Sea como sea, es mucho lo que puede hacerse sin necesidad de llegar a un boicot total. La antorcha olímpica se va a embarcar en una gira mundial, lo que va a proporcionar ocasiones para manifestarse a favor del Tíbet y de Darfur en todo el mundo. Me atrevo a pronosticar que, cuando llegue a Londres, los 2.000 policías que se movilizarán ese día no se van a emplear a fondo contra los manifestantes y que tampoco habrá autobuses que nos impidan ver a los activistas. Sir Trevor McDonald, que está previsto que sea uno de los portadores de la antorcha, va a tener que hacer frente con toda seguridad a llamamientos insistentes para que renuncie a hacerlo.

La actriz Mia Farrow encabezará la manifestación cuando la antorcha pase por San Francisco. Barack Obama y Hillary Clinton deberán reflexionar entonces sobre cómo conseguir el apoyo de esos manifestantes en el estado más poblado de Estados Unidos, y quizás también el más liberal.

La grandiosidad del itinerario que ha de seguir la antorcha, que no tiene precedentes, debe de haberles parecido algo genial sobre el papel. En la práctica, Pekín ha organizado un programa perfectamente escalonado de manifestaciones en contra de China que van a dar la vuelta al mundo.

Si los famosos que se han comprometido a portar la antorcha se ven obligados a retirarse uno tras otro, China va a sufrir un desastre diario de relaciones públicas. El fichaje que hicieron de Spielberg, un golpe de efecto espectacular en su momento, no parece en la actualidad que haya sido una decisión tan brillante.

Las ceremonias para las que ejercía de asesor centrarán a continuación toda la atención. Esos actos pueden ser boicoteados sin perturbar por ello las pruebas deportivas, que presuntamente son lo que importa en los Juegos Olímpicos. De hecho, una vez que los políticos se han alineado a favor del Tíbet y de Darfur, ¿qué justificación podrían ofrecer para permitir que el régimen se de un baño de adulación global?

Cuando China presentó su candidatura a los Juegos Olímpicos, calculó correctamente que los políticos demócratas son pusilánimes. A la vista de su avidez por los contratos con China, no iban a dejar que unas matanzas en Darfur o unas torturas en el Tíbet les echaran a perder una buena fiesta. Sin embargo, Pekín no acertó a ver que los estadistas occidentales son más cobardes aún si cabe ante sus famosos y sus medios de comunicación.

La otra equivocación de Pekín ha sido que se les ha notado excesivamente obsesionados con que las Olimpiadas fueran un éxito. El hombre que desea algo con excesivas ansias se vuelve vulnerable. Seguro que Confucio dijo algo parecido.

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Adolf Hitler’s glee at exploiting the 1936 Berlin Olympics as a showcase for Nazism turned to fury when the black American athlete Jesse Owens won four gold medals. The Chinese leadership must by now be wondering whether staging the Games in Beijing will bring the regime more accolades than brickbats. Be careful what you wish for, as Confucius probably said.

In defence of the Olympic movement, Berlin had been selected before the Nazis came to power. No such excuse covers the decision to award the coveted prize to Beijing. In 1989 the Chinese government crushed the peaceful protests in Tiananmen Square as the world looked on in horror. China still secured the Olympics and a propaganda triumph and has looked forward to showing off to the world.

The authorities must have reflected that other governments are rarely brave enough to boycott the Olympics. The Berlin Games proceeded even though the Nazis had by then implemented the infamous Nuremberg laws that deprived German Jews of basic human rights.

Admittedly the Americans led a boycott of the 1980 Moscow Olympics because Soviet troops had stormed Afghanistan (Russian invasion bad, American invasion good). China knew that, short of marching into neighbouring territory, nothing it did would put its show at risk.

All the indicators suggested that China would be given a soft ride. When President Jiang Zemin visited Tony Blair in 1999 the Metropolitan police treated pro-Tibet demonstrators roughly. Double-decker buses were used to shield the protest from Jiang’s sensitive eyes. As Washington became embroiled in the scandals of Abu Ghraib, Guantanamo Bay and extraordinary rendition, not to mention the tremendous loss of civilian life in Iraq and Afghanistan, Premier Wen Jiabao, the prime minister, must have been confident that America would avoid dialogue on human rights.

In any case we are all in awe of China’s economic power. When Gordon Brown toured there last month, he talked of business opportunities. Prime ministers loathe being asked to raise human rights issues that threaten to interrupt the smiles, handshakes and toasts by which the success of visits are measured. Brown probably limited himself to the vaguest urging of reform.

China’s economic sway is such that it has undermined US foreign policy with impunity. America aims to use its muscle to shape a world that embraces western values. In developing countries it insists that governments respect the rule of law and reduce corruption as a condition for trade and aid. China, on the other hand, has extended the hand of friendship to gruesome regimes (including Sudan’s). Beijing’s requirement for natural resources is its only consideration. Maybe it has enjoyed thwarting America’s attempts to export its liberal values.

So China had every reason to expect a trouble-free Olympics that would show its best face to the world. In Berlin the anti-Jewish notices were taken down in the weeks preceding the Games. In Beijing the use of cars has been restricted to reduce air pollution.

In the modern world governments are not the only players. Steven Spielberg, the film director, withdrew as artistic adviser to the Games’ ceremonies, remarking that his conscience did not allow him to continue while “unspeakable crimes” were being committed in Darfur.

His decision has transformed the situation. In that moment the Beijing Olympics flipped from being an opportunity for the Chinese government and became a threat. China’s deep concern that the Games should be a success provides those who oppose its policies with a narrow window of opportunity. It delivers leverage both to domestic dissidents and to the outside world, unparalleled since Tiananmen.

With the news blackout imposed by China on the country’s interior we cannot know whether the Tibetan protests are opportunistically linked to the forthcoming Games. But the Olympics are a political factor and the situation is dynamic. The eyes of the world are turned disapprovingly on Chinese policies.

“If freedom-loving people throughout the world do not speak out against China and the Chinese in Tibet, we have lost all moral authority to speak out on human rights,” declared Nancy Pelosi, Speaker of the US House of Representatives, before cheering crowds of Tibetans in northern India, where she had gone to meet the Dalai Lama. Such outbursts had not featured in China’s “script” for the Olympics.

Our prime minister, discovering the courage of others’ convictions, has said that he, too, would like to meet the Tibetan spiritual leader. David Cameron has congratulated him, so we have a new consensus. We have moved a long way since Blair claimed to have too many requests for meetings to find time to receive the Dalai Lama during his 2004 visit to Britain.

China failed to understand that politicians in democracies cannot predict what positions they will take. Spielberg’s démarche has changed everything for them. In a few weeks they have moved from avoiding anything that might offend Beijing to scrambling to be seen as pro-Tibetan. It scarcely matters whether the riots in Lhasa were, at least in part, brutal and racist, nor that such violence is in defiance of the Dalai Lama’s strictures and undermines his authority. The Tibet bandwagon is rolling and every democratic politician clamours for a place on board.

As western politicians are exposed as being powerless to avert economic downturn and as Iraq and Afghanistan smoulder on, heaping opprobrium on China offers an agreeable opportunity to divert attention from the politicians’ other woes.

The genie is out of the bottle and there is no predicting where this may end. All our politicians say that boycotting the Olympics is not on the cards. But that is for now. If the situation in Tibet deteriorates, pressure will grow to use the Olympics as a weapon against Beijing. If China continues to thwart western journalists in their attempts to report dissent, the hostility of the world’s media can be guaranteed. However, if it allows events to be reported, the protesters will seize their chance.

Anyway, there is much that can be done short of a total boycott. The Olympic torch is to embark on a world tour, providing the occasion for Tibet and Darfur protests around the world. When it arrives in London, I predict that the 2,000 police being mobilised that day will go easy on the demonstrators and no buses will block our view of them. Sir Trevor McDonald, scheduled to be a torch bearer, will surely face insistent calls to withdraw.

Mia Farrow, the actress, will front the protest when the torch passes through San Francisco. Barack Obama and Hillary Clinton must then consider how to garner support from those demonstrations in America’s most populous and perhaps most liberal state.

The unprecedented grandiosity of the torch’s itinerary must have looked great on the drawing board. In practice, Beijing has secured a rolling programme of antiChinese protest circling the globe.

If celebrity torch bearers are forced to pull out one by one, China will suffer daily public relations disasters. Nor does its recruitment of Spielberg, a spectacular coup at the time, look such a brilliant move now.

The ceremonies on which he was advising will provide the next focus. They can be shunned without disrupting the sporting events which supposedly are the point of the Olympics. Indeed, once the politicians have aligned themselves with Tibet and Darfur, what justification could they offer for allowing the regime to bask in global adulation?

When China bid for the Olympics it judged correctly that democratic politicians are pusillanimous. Given their hunger for Chinese contracts they would not let massacre in Darfur or torture in Tibet disrupt a good party. But Beijing failed to see that western statesmen are even more craven towards their celebrities and media.

Beijing’s other mistake was being too anxious for the Games to be a success. A man who wants something too much makes himself vulnerable. Surely Confucius said something of the sort.

McCain se equivoca sobre Irak

Por Olivier Roy, director de investigaciones en el Centro Nacional francés de Investigaciones Científicas, y profesor en la École des Hautes Etudes en Sciences Sociales y el Institut d’Etudes Politiques en París. Es autor de Globalized Islam: The Search for a New Ummah. © Global Viewpoint Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 27/03/08):

El senador republicano John McCain, de Arizona, que es ya el candidato de su partido a la presidencia de Estados Unidos, ha prometido volver a situar Irak y la “guerra mundial contra el terror” en primera línea de la política estadounidense.

El debate fundamental en las elecciones estadounidenses va a ser, por tanto: “¿Qué ocurrirá si las tropas de Estados Unidos abandonan Irak?” McCain y el senador demócrata de Illinois Barack Obama ya han discutido sobre si la retirada estadounidense supondrá el fortalecimiento o el debilitamiento de Al Qaeda. La senadora demócrata Hillary Clinton, de Nueva York, se ha comprometido a reducir las tropas si gana.

Por supuesto, nadie lo sabe con certeza. Pero sí puedo decir qué es lo que no ocurrirá: Al Qaeda no se hará con el poder en Irak ni instaurará allí un Estado islámico.

En Occidente sigue habiendo demasiada gente que cree que Al Qaeda es una organización territorializada, establecida en Oriente Próximo, empeñada en expulsar a los cristianos y los judíos de la región con el fin de crear una dar al-Islam (tierra de Islam) bajo la protección de un califato.

Pero Al Qaeda no es una continuación de los Hermanos Musulmanes, Hamás o Hezbolá. Es una entidad no territorial de ámbito mundial, que nunca ha intentado implantar un Estado islámico, ni siquiera en Afganistán, donde halló santuario durante gran parte de los años noventa.

No tiene sentido considerar a Al Qaeda como una organización política que pretende conquistar y gobernar un territorio. Al Qaeda recluta a sus miembros entre jóvenes que se sienten desposeídos, en su mayoría sin relación directa con los países en conflicto de Oriente Próximo. La mayor parte de los yihadistas itinerantes de Al Qaeda son musulmanes occidentales de segunda generación, saudíes, egipcios, marroquíes y hasta conversos, pero no afganos, palestinos o iraquíes. En ningún lugar Al Qaeda tiene el arraigo local necesario para hacerse con el poder.

Al Qaeda tiene una doble estrategia. Quiere enfrentarse a los grandes, o mejor dicho, al grande -Estados Unidos-, de forma directa, atacando el poder norteamericano no tanto por los daños reales que pueda causar (coste económico o número de muertos), sino buscando la imagen: el impacto en los medios de comunicación y el efecto de terror.

Como es natural, el efecto simétrico de quienes hablan del choque de civilizaciones intensifica ese impacto. En realidad, Al Qaeda necesita a los que la demonizan, porque la convierten en algo que no es: la vanguardia de la “ira musulmana”.

Al Qaeda va donde están los estadounidenses, mientras que el Ejército estadounidense va donde Washington cree que podría estar Al Qaeda… en algún momento.

Además, Al Qaeda pretende apoderarse de todos los conflictos existentes y darles nuevo significado al convertirlos en parte de una yihad mundial contra Occidente.

Sin embargo, en Bosnia, Chechenia, Afganistán y ahora Irak, los grupos islamistas internacionalistas han fracasado cuando han intentado distorsionar los conflictos locales y nacionales, y no han tenido más que un papel meramente auxiliar.

Los actores clave de los conflictos locales son los grupos locales: los talibanes en Afganistán, los diferentes grupos suníes y chiíes en Irak, Hezbolá en Líbano, grupos todos ellos que no están bajo la dirección de Al Qaeda. Lo único que ha conseguido Al Qaeda es insertar a voluntarios extranjeros, que no suelen entender la política local y sólo encuentran apoyo entre la población de un determinado lugar en la medida en que luchan contra un enemigo común, como las tropas estadounidenses en Irak.

Sin embargo, las prioridades de cada cual son completamente distintas: los actores locales, islamistas o no, buscan una solución política en sus propios términos. No quieren caos, ni una yihad mundial. En cuanto surge una discrepancia entre “la estrategia de cuanto peor mejor” que lleva a cabo Al Qaeda y un posible acuerdo local, los actores locales escogen el acuerdo.

Los bosnios se deshicieron de los luchadores radicales extranjeros en cuanto obtuvieron su independencia; las bases talibanes se negaron a morir por Al Qaeda cuando las fuerzas occidentales invadieron Afganistán tras el 11-S. En Irak, muchos suníes, incluidos los salafistas, están en contra no sólo de las tácticas de atentados suicidas indiscriminados de Al Qaeda, sino de la estrategia de enfrentamiento con los chiíes. Lo cierto es que Al Qaeda tiene que ver con el deterioro de los conflictos, pero es incapaz de coordinarlos. Los cauces locales, nacionales, tribales o religiosos son más poderosos.

A veces, Al Qaeda puede reclutar a algunas organizaciones locales que actúan en un área o región lingüística limitada y tienen su propia historia. Entonces, esos grupos dicen que están afiliados a Al Qaeda. Se ve en Indonesia (Jemah Islamiyya); el norte del Sahel (el Grupo Salafista para la Predicación y el Combate, que en enero de 2007 cambió su nombre a Organización de Al Qaeda en el Magreb islámico); el norte de Líbano (refugiados palestinos de tercera generación pero aún desarraigados); el triángulo suní de Irak (con el grupo del difunto Abu Musab al Zarqaui), y Arabia Saudí y Yemen (Organización de Al Qaeda en la Península Arábiga).

Estas organizaciones no necesitan a Al Qaeda para reclutar ni operar. Si se han unido a ella es precisamente porque les resulta difícil definir o alcanzar un objetivo local (por ejemplo, un Estado islámico). Es decir, se han globalizado a falta de otra cosa.

En resumen, es posible que haya razones válidas para permanecer en Irak, pero no tienen nada que ver con Al Qaeda. Tienen que ver, más bien, con la necesidad de contener los daños. Si se van las tropas estadounidenses de Irak, podría haber una guerra civil, quizá aumentaría la influencia iraní y ese país hasta podría convertirse en un campo de batalla para la disputa entre Arabia Saudí e Irán. Tal vez se crearían una zona controlada por los suníes, un Estado chií y un Kurdistán independiente, pero ningún Qaedistán.

Más habría valido concentrar las fuerzas en Afganistán, que ha sido la verdadera cuna de Al Qaeda. Si parte del talento y el blindaje destinados al “refuerzo” en Irak se hubieran dedicado a Afganistán, en vez del constante relevo de tropas de la OTAN con escaso conocimiento del país, las cosas habrían ido mejor.

Pero en Afganistán, como en otros lugares de Oriente Próximo, no hay solución militar posible, sólo una solución política para la que es preciso contar con la intervención de los actores locales y abandonar la idea sin sentido de la “guerra mundial contra el terror”.

Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Por Sebastián Iribarren Diarasarri, médico especialista en Medicina Intensiva y experto en Bioética Clínica (EL PAÍS, 27/03/08):

Hace unos días era encontrado el cadáver de Chantal Sébire. Esta ciudadana francesa había solicitado permiso a las autoridades de su país para que le ayudaran a morir, dado que había llegado a la conclusión de que su proyecto vital había concluido y sólo le restaba morir con “dignidad”.

Sin embargo, ¿qué es morir con dignidad? ¿Qué es la dignidad? El concepto de dignidad tiene demasiadas facetas y cada uno de nosotros es capaz de ver una de ellas o con suerte más de una, pero en ningún caso somos capaces de verlas todas.

El concepto kantiano de dignidad es el que más me satisface. La dignidad del ser humano consiste en ser considerado como un fin en sí mismo y no sólo como un medio. Esta idea de dignidad va íntimamente unida al deseo de libertad y autonomía del ser humano y, por lo tanto, al desarrollo de aquellos valores que pertenecen a lo más íntimo de nuestro ser.

No me cabe duda de que Chantal sopesó, a la hora de tomar esta decisión, su biografía, sus expectativas vitales, su dolor físico y emocional y el de quienes quería y le querían, así como también sus valores espirituales. Lo creo porque mi profesión de médico me muestra con más frecuencia de la deseada que el afrontar conscientemente la muerte exige un enorme coraje, que la mayoría no siempre tenemos.

Sin embargo, ante una situación como la de Chantal y tantos otros, nuestra sociedad no es capaz de afrontar el problema y darle una solución humana, compasiva y razonable. Nos limitamos a desempolvar el Código Penal y a abandonar al que solicita ayuda. Ayuda para terminar con un sufrimiento que nadie es capaz de paliar, ayuda para morir acompañado por las personas que uno quiere, ayuda para no morir como un delincuente en la clandestinidad, ayuda para que nadie persiga a aquellos que han mostrado más piedad y humanidad que algunos que se arrogan virtud moral y conocimiento.

A pesar de ello, los políticos que nos van a gobernar durante los próximos cuatro años siguen diciendo que todavía “no toca” regular legalmente la despenalización de la eutanasia. Y bien, ¿qué impide reconocer hoy este derecho? Ignorar el problema no se me antoja la solución.

Tratar a los enfermos terminales con todos los medios a nuestro alcance para prolongar su existencia con la mejor calidad de vida posible ha sido el deber de la medicina y seguirá siéndolo. Pero esta labor no tiene por qué colisionar con la regulación de la muerte médicamente asistida si se establecen las debidas salvaguardas. Nadie afirma que la eutanasia esté exenta de problemas, pero no son menos que los que ocasiona darle la espalda, porque el problema existe.

Permitir a los enfermos afrontar el final de su vida con libertad y responsabilidad es un derecho de ellos y un deber de quienes les cuidamos, y en este sentido se ha legislado últimamente. Así la Ley Básica Reguladora de la Autonomía del Paciente y las distintas normas estatales y autonómicas sobre Voluntades Anticipadas o Testamento Vital han clarificado muchos aspectos hasta entonces problemáticos. Es cierto que las leyes no solucionan por sí mismas los problemas que se plantean en la relación sanitaria, pero nos dan seguridad jurídica, suelo firme en el que pisar. Legislar sobre la eutanasia o el suicidio asistido aportaría esta misma seguridad jurídica a los pacientes y a los profesionales sanitarios. Permitiría sacar a la luz la verdadera magnitud del problema y evitar la clandestinidad y el ocultismo.

A mi juicio existen todavía demasiadas personas que creen que la perspectiva que tienen del problema es la verdadera y, por lo tanto, la única posible. Cuesta demasiado aceptar que nuestra sociedad es plural en creencias y valores y que, en principio, aquellas que afectan a nuestro ser más íntimo deberían de merecer el máximo respeto, por lo que deberíamos evitar imponer las nuestras a quienes no las comparten.

Una mayor capacidad de empatía con el que sufre y una menor carga ideológica contribuiría posiblemente a abarcar más perspectivas del mismo problema y facilitaría su solución.

El arzobispo emérito de Pamplona, Fernando Sebastián, ha invocado estos días la pasión de Jesucristo en la cruz para referirse a lo que él entiende por una muerte digna. Quisiera terminar yo también citando a Jesús cuando dijo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mateo 27,46; Marcos 15,34). Albergo pocas dudas de que el hijo de Dios mostró mayor humanidad que la que mostramos todos los días los que decimos ser sus seguidores. Tratar de ver el sufrimiento con los ojos del que sufre y no con los nuestros puede mover nuestros cimientos, pero en cualquier caso nos hará más humanos.

Cuba: políticas en la transición

Por Rafael Hernández, politólogo y escritor cubano. Dirige la revista Temas, editada en La Habana (LA VANGUARDIA, 27/03/08):

El tema de la transición en Cuba sufre por partida doble. Lo que publica la prensa “internacional” - desde el Miami Herald hasta El País-está casi invariablemente escrito por autores que no viven en la isla, o apenas se han pasado unos días en La Habana. Para la mayoría, discutir la transición consiste en despejar lo que tiene en la cabeza Raúl Castro, tarea que resuelven a partir de un grupo de opiniones recogidas al vuelo entre expertos y quizás algunos “cubanos de a pie”, sobre cuya base redactan análisis acerca de las entretelas del poder, la opinión pública y el rumbo político del país. Por su parte, la prensa cubana, que no suele publicar autores extranjeros ni siquiera para polemizar con ellos, no habla de transición, porque esta se considera una mala palabra que sólo significa “vuelta al capitalismo” - como la suele usar, por ejemplo, el Gobierno norteamericano-. Cuando se critican “nuestros problemas” - ejercicio más frecuente hoy, aunque no tanto como debiera-, se tratan asuntos ya mencionados por Raúl u otros altos dirigentes, o se enuncian fórmulas genéricas como “perfeccionar el sistema”, sin más precisiones.

En consecuencia, los cubanos y el resto de la humanidad apenas pueden leer análisis acerca de la transición real en Cuba. Para entender esta transición, se requiere mirar al presente a través del nudo de corrientes profundas que lo producen y lo mueven. Esas corrientes no brotaron de pronto cuando se anunció, el 24 de febrero, que Raúl era el nuevo presidente elegido por la Asamblea Nacional; o una semana antes, cuando Fidel declinó ser candidato; ni siquiera hace veinte meses, cuando este se enfermó y aquel asumió el mando provisional. El presente no se puede descifrar, ni qué decir del futuro, sin la perspectiva de los cambios ocurridos en los últimos dieciséis años.

Desde 1992, la sociedad cubana ha transitado por profundas transformaciones. Estas han reconfigurado sus grupos y relaciones sociales, y han acrecentado la diversidad y la desigualdad, la emigración y la proporción de personas mayores, la población urbana y el sector de profesionales y técnicos. En este periodo, el azúcar perdió el lugar central que había tenido durante doscientos años en la economía nacional, las calles se llenaron como nunca de turistas extranjeros, el Estado redujo su predominio casi absoluto sobre la agricultura a favor de productores cooperativos e individuales, el mercado creció y se multiplicó en un grado insólito - seis tipos de mercado diferenciados-, la economía familiar empezó a depender no sólo de los salarios, se pusieron a circular dos monedas a la vez, más de una quinta parte de los trabajadores dejaron de hacerlo para el Estado, se profundizó la diferencia entre precios y salarios, las remesas del exterior se dispararon, se estableció un sector de economía mixta con capital extranjero, el ingreso personal se concentró y aumentó relativamente la pobreza.

En el plano de las ideas, cambiaron las mentalidades, se despolitizó la visión sobre los emigrantes, se dilataron los márgenes de la libertad de expresión y la crítica pública, afloraron formas veladas de discriminación y prejuicio racial, y emergieron nuevas ideas sobre lo que debería ser el socialismo y la participación ciudadanas, entre otros fenómenos nuevos.

Muchos de estos cambios los acarreó la crisis, que tocó fondo en 1993, aunque también las reformas de 1993-96, posibles gracias a la reforma constitucional de 1992. Si bien el Partido Comunista sigue al mando, y Fidel Castro sigue siendo su secretario general, Cuba como país, su realidad económica, social, cultural, y también política, es otra.

Ahora bien, ¿en qué se diferencia la actual situación y agenda de problemas respecto a estos últimos tres lustros? Lo que está en el orden del día hoy es la reconstrucción del modelo socialista. Las medidas de reforma del periodo especial - o sea, de la crisis- no proyectaban uno nuevo, sino que trataban de capear los malos tiempos, la caída brutal del crecimiento y el consumo. Naturalmente, la circulación de dos monedas, la mayor desigualdad y la carestía de la vida han sido desgracias, no rasgos de un modelo social nuevo. No se trata hoy de remendar un modelo agotado y disfuncional, que arrastra resabios del socialismo real euroriental, sino de articular progresivamente otro, en la lógica de los problemas y necesidades de la sociedad cubana actual, y que responda a los objetivos del socialismo: desarrollo social, equidad, soberanía, poder democrático popular, justicia social, participación ciudadana. Se dice rápido, pero - como decía Maquiavelo- no hay nada más complejo que sustituir un orden establecido por otro, renovar sin crear nuevas fallas, de manera coherente y orgánica, no sólo en sus procedimientos administrativos, sino en la asimilación de ese nuevo orden por las instituciones estatales y gubernamentales, el sistema jurídico y las mentes de los ciudadanos, minimizando los costos sociales y políticos.

Mejorar el transporte público, aumentar la producción agrícola y hacerla más asequible al bolsillo de la mayoría, y facilitar fórmulas alternativas para construir viviendas son tres problemas críticos de la coyuntura. Sin embargo, resultan menos complejos que reordenar la economía, desburocratizar los aparatos de gobierno, y descentralizar las decisiones, renovando el consenso y la participación real de los ciudadanos.

¿Está al tanto el Gobierno cubano actual de estos problemas? Aunque algunos expertos españoles en asuntos cubanos han calificado el discurso inaugural de Raúl Castro como presidente del Consejo de Estado de “ampuloso y duro”, basta con leerlo para identificar algunas cuestiones fundamentales de esta transición. Entre estas se encuentran, por mencionar sólo asuntos directamente políticos, la necesidad de que el Partido Comunista sea más democrático; reducir el aparato central del Estado y hacerlo eficiente; eliminar trámites, prohibiciones y reglamentos innecesarios; practicar una política que asimile las opiniones divergentes y la discrepancia; tomar decisiones sobre cambios a partir de consultas a la ciudadanía; fortalecer el orden social y la disciplina, pero rechazando abusos de autoridad y extremismos; defender al país de la amenaza externa, pero sin utilizarla como excusa ante las deficiencias; hacer efectivo el carácter democrático de las instituciones políticas que “el pueblo exige con todo derecho”; superar la tendencia a regulaciones uniformes para todo el país, y facilitar las soluciones locales. En el plano económico, Raúl habla de aprovechar al máximo el potencial de fuerzas productivas existentes, premiar el resultado legítimo del trabajo manual e intelectual, así como ajustar el funcionamiento económico, eliminar subsidios innecesarios y recuperar el poder adquisitivo del salario.

Mirar la transición cubana con las antiparras de la española o la chilena, de la china o la vietnamita, es una de las tantas maneras de perderse lo que está pasando. La cubana sólo puede medirse en términos de la propia Cuba - no de las representaciones sobre el sistema ideal que cada cual se hace-. El resto, como le decía Hamlet a Polonio, sólo son palabras.

Estado de delación preventiva

Por Juan-José López Burniol, notario (EL PERIÓDICO, 26/03/08):

Seguridad, seguridad… ¡cuántas barbaridades se cometen en tu nombre bajo la forma de medidas preventivas! En efecto, es evidente que los países occidentales viven, tras el atentado de las Torres Gemelas, una psicosis de inseguridad. Sin duda contribuye a ello la difusa sensación de que su secular hegemonía sobre todo el mundo comienza a resquebrajarse, lo que les provoca una irrefrenable tendencia a enrocarse. Y este enroque se manifiesta en forma de medidas preventivas. Así, una de ellas fue la guerra de Irak, desencadenada por la amenaza potencial de unas armas de destrucción masiva que nunca existieron. Pero esta voluntad de anticiparse al ataque –quien da primero da dos veces– ha generado todo tipo de medidas preventivas. Piénsese en los controles de seguridad de los aeropuertos, que han convertido los viajes aéreos en un suplicio en forma de estriptís, detenido por ahora en los zapatos y el cinturón, pero del que cabe esperar extensiones sugestivas. Y, en otro campo, cabe apuntar ciertas medidas preventivas en las que no suele repararse.

ME REFIERO, por ejemplo, a la obligación impuesta recientemente a determinados operadores jurídicos de poner en conocimiento de la Administración la mera sospecha de una actuación anómala –no tipificada como delito– por parte de cualquier ciudadano que acuda a ellos, con el deber añadido de confidencialidad, es decir, sin revelárselo al delatado. O sea, que se comunicará la sospecha y nada se dirá al sospechoso. No entro en la constitucionalidad de la norma. No valoro la mutación esencial que introduce, a mi juicio, en la forma como la tradición jurídica europea ha conformado históricamente el ámbito de la libertad individual –con su correlativa e inescindible privacidad– y la forma de controlar la actuación de los particulares por parte de la Administración. Pero quiero recordar el clarividente texto de un eximio romanista.

En octubre del año 1951, el profesor Álvaro d’Ors –catedrático en la Universidad de Santiago– dio a los alumnos que iniciaban su licenciatura una prelección –primera lección, sobre un tema general, que pretendía marcar el tono de la docencia universitaria– bajo el título El papel del papeleo en la vida jurídica. Pues bien, medio siglo después, las ideas expuestas por D’Ors aquel día tienen plena vigencia. Las resumo.

En la sociedad de masas, las necesidades de publicidad y control fiscal imponen el papeleo jurídico. Publicidad y control fiscal no son dos hechos ajenos entre sí, sino que se integran en una única realidad: la intervención pública. Intervención pública quiere decir que el poder público –el Estado– se interesa en los negocios que hacen los particulares, para intervenir en ellos principalmente con fines fiscales. Es decir, para someter todo movimiento que se haga a una exacción dineraria. Esta intervención pública –que trae aneja el papeleo– hace que toda la vida jurídica sea más pública y todo el derecho se haga público. Pero esto tiene aún otra consecuencia: que el derecho tiende a convertirse en un orden racional de planificación ejecutado por una potente burocracia devoradora de papel.

Y, sin embargo, derecho –recuerda D’Ors– es aquello que está ordenado a la justicia según los jueces. Por eso, el derecho de las pequeñas agrupaciones humanas es, ante todo, justicia y, más secundariamente, orden. En cambio, el derecho de las grandes masas es, ante todo, orden, y solo secundariamente justicia. De lo que se deriva que, en este moderno derecho planificado de masas, el tradicional derecho civil –de los ciudadanos– pierde parte de su dignidad, para someterse a la Administración y a la Hacienda. Pero, pese a todo –concluye–, hay que preservar la doble convicción de que el derecho es más que una planificación legalista supeditada al interés público fiscal, y de que la organización de la vida jurídica en un sistema completo de papeleo lleva el germen de una fatal servidumbre.

HASTA AQUÍ las ideas de Álvaro d’Ors, sobre las que les propongo un cambio de palabras, una pregunta y una reflexión final. El cambio de palabras consiste en sustituir “interés público fiscal” por “seguridad pública”: si así lo hacen, comprobarán que el texto cobra un sentido actualísimo, pues muchas de las actuales injerencias de la Administración en el ámbito que debería ser privativo de la libertad individual pretenden justificarse como medidas preventivas por razones de seguridad. La pregunta –íntimamente relacionada con lo que se acaba de decir– es si es posible hablar de auténtica libertad individual sin garantizar a la persona un último ámbito de privacidad, que quede excluido de la intervención estatal por razones fiscales o de seguridad. Y la reflexión final es que cabe dudar de que nuestro mundo, intervenido hasta el extremo por razones de seguridad, sea de veras un mundo feliz. Quizá sea difícil hallar otra salida al atolladero en que nos hallamos, pero es propio de la naturaleza humana buscarla, sin dejarse convencer por quienes nos aseguran con énfasis que no la hay.

Desde que el mundo es mundo, la exacerbación de las medidas de seguridad es propia de situaciones históricas agotadas, en las que la perpetuación de la hegemonía de un grupo excluyente es contestada por la multitud de los excluidos, de modo que lo que se niega por unos pocos con injusticia manifiesta es exigido por los más con violencia creciente. El desorden profundo es siempre fruto de la injusticia, razón por la que no se erradica con medidas de seguridad, sino con el imperio de la justicia.

Iraq, 5 años: balance negativo

Por Pascal Boniface, director del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas de París. Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 25/03/08):

El 20 de marzo del 2003, Estados Unidos y sus aliados se lanzaban a una guerra contra Iraq. Cinco años después, ¿qué balance cabe trazar? Es evidente que la victoria militar no lo es todo; es susceptible, incluso, de verse acompañada de un desastre estratégico.

La superior potencia tecnológica y militar de Estados Unidos le facilitó una operación exitosa: en apenas dos semanas, los soldados estaban en Bagdad y el ejército iraquí estaba destruido. Cinco años después, los estadounidenses siguen sin adueñarse de la situación pese a su imponente presencia militar y la inseguridad les acecha por doquier.

El ejército estadounidense acusa incluso un déficit de reclutamiento pese a los incentivos económicos y los menores niveles de exigencia. Ha sufrido muchas bajas e Iraq se ha convertido en un cenagal. Dura derrota - a diversos niveles- para Estados Unidos que, paradójicamente, ha tenido ocasión de mostrar los límites del poderío militar.

El fracaso estratégico se ha visto acompañado de un fracaso moral. Al recurso al uso de la fuerza militar en violación del derecho internacional - ya de por sí problemático tratándose de una democracia- se ha añadido el oprobio que suscita habitualmente la conducta de los ejércitos de ocupación; el escándalo de Abu Graib resulta simbólico al respecto, pero no es el único ejemplo. Aunque el coste económico de la guerra de Iraq es menos gravoso para las arcas estadounidenses que el de la guerra de Vietnam, contribuye a debilitar a Estados Unidos.

George W. Bush se expone a entrar en la historia como presidente de Estados Unidos principalmente a causa de la guerra de Iraq. Los líderes que le han acompañado en esta desgraciada expedición - Blair, Aznar y Berlusconi- también han salido trasquilados y han perdido el poder principalmente a causa de su seguidismo respecto de Bush. Las mentiras proferidas por los dirigentes estadounidenses para justificar la guerra de Iraq dañaron su credibilidad. Lo cierto es que los tres motivos aducidos para legitimar la guerra han cedido terreno en lugar de ganarlo.

Según el primero, se estimaba que la guerra de Iraq atajaría la proliferación de armas de destrucción masiva, pero en cambio dio fuelle a las ambiciones iraníes desacreditando de paso el discurso estadounidense. En segundo lugar, la guerra no ha atajado el terrorismo sino que se ha visto estimulado por ella. Iraq se ha convertido en un suelo patrio de la yihad en el mundo y la guerra ha suscitado vocaciones terroristas en los países occidentales. En cuanto a la democratización, el progreso ha brillado por su ausencia. El proceder estadounidense, que apela a la democracia en la región pero se niega a reconocer los resultados electorales en Palestina, no ha resuelto las cosas. Y en países autoritarios como Siria, la oposición se dice que, después de todo, es preferible vivir sin la falta de libertad que ya conoce que en medio de un violento caos como el que aflige a Iraq.

Justificar una guerra ilegal que, por añadidura, vira al desastre en nombre de la democracia llega incluso a poner en peligro el progreso de esta noble causa. Iraq, indudablemente, ha sido liberado de la dictadura de Sadam Husein, pero se ve desgarrado por motivos de aflicción de otro tipo en tanto la suerte de la población dista de ser envidiable. ¿Posee incluso futuro como país? La ONU y el multilateralismo maltratado por la iniciación unilateral e ilegal de la guerra salen del lance indirectamente reforzados. El episodio ha demostrado que si bien es verdad que cabe guerrear a solas, la victoria y la paz son empresas colectivas. Puede considerarse el fracaso estadounidense a manera de advertencia sobre futuros intentos de aventuras militares en solitario.

Francia, que recibió un plus de popularidad en el mundo merced a su oposición a la guerra, no ha capitalizado tal vez los beneficios que podía extraer de ella desde el momento en que ha optado preferentemente por reconciliarse con Estados Unidos y no ha sabido o podido proponer un modelo alternativo de seguridad colectiva. Alemania, por su parte, se ha valido de la cuestión para mostrar que las secuelas de la guerra fría han desaparecido y puede adoptar posturas totalmente independientes de Estados Unidos (importante novedad en su caso).

En cualquier caso, los países europeos al igual que los países árabes no han sabido sacar partido de la profunda crisis creada por la guerra de Iraq para promover su unidad y autonomía respecto de Washington del que siguen dependiendo.

El único y verdadero vencedor de la guerra es Irán, cuyo peso estratégico regional y mundial se ha reforzado y que además se ha visto desembarazado de su rival iraquí.

En cuanto a la seguridad regional y mundial, decir que la situación es peor ahora que hace cinco años es poco decir. En la actualidad no puede trazarse aún el balance definitivo de la guerra de Iraq; no obstante, el pasivo - ya bastante abultado- podría aumentar sin que el mundo haya acabado de pagar su precio.

Desarrollo, clima y alimentos

Por Josep Borrell, presidente de la Comisión de Desarrollo del Parlamento Europeo (EL PERIÓDICO, 25/03/08):

Durante nuestra gran emigración vacacional los cayucos han seguido llegando a Canarias, las bombas explotando en Irak y la crisis extendiéndose por el sistema financiero.

Esos acontecimientos reflejan los grandes desequilibrios, de riqueza y de poder, de nuestra sociedad-mundo. Los conflictos generados por el subdesarrollo se agravan en África (Kenia, Chad, Congo, Somalia, Darfur…), donde estamos lejos de alcanzar los Objetivos del Milenio. La guerra de Irak ha contribuido, aumentando el precio del petróleo y el déficit publico, al debilitamiento de la economía americana, y todos vamos a pagar sus consecuencias. Y dos nuevos problemas, los efectos del cambio climático y el aumento del precio de los alimentos, irrumpen con fuerza y afectan especialmente a los países más pobres.

A PESAR DE todos los progresos, más gente muere de malnutrición que de sida, malaria y tuberculosis juntas. Cada año hay cuatro millones más de hambrientos y ahora el aumento de precios agrícolas en todo el mundo, de índice 200 en enero del 2006 a 480 este marzo, agrava el problema.

El primer afectado es el Programa Alimentario Mundial de la ONU. Su directora, la señora Josette Sheeran, acudió a una reunión de urgencia de la Comisión de Desarrollo del Parlamento Europeo para explicar que el índice de precios de los productos que compra para alimentar a 73 millones de personas, el 10% de los malnutridos del mundo, han aumentado un 40% en un año. Y sus reservas, de solo 50 días, están en el nivel más bajo de los últimos 30 años.

Los pobres entre los pobres de la Tierra pueden ser las primeras víctimas de la actual crisis alimentaria. Sheeran necesita 500 millones de dólares para equilibrar su presupuesto, una cantidad verdaderamente irrisoria si se compara con los 12.000 millones de dólares al mes que costará este año la presencia militar americana en Irak. Y, sin embargo, tiene graves dificultades para conseguirlos.

El hambre tiene un nuevo rostro, nos decía Sheeran. En muchos países hay comida en los supermercados, pero a unos precios inasumibles para una parte creciente de la población. Una nueva vulnerabilidad ha aparecido en áreas urbanas, generando revueltas en muchos países, desde Indonesia a México.

Así, la seguridad alimentaria se ha convertido en poco tiempo en un grave problema mundial, relacionado con la seguridad energética, que era la única que preocupaba al mundo desarrollado. Ello se debe a tres causas. Primero, el incremento de la demanda de países emergentes que aumentan y mejoran su dieta alimentaria. Los chinos todavía comen menos de la mitad de carne que nosotros, pero han doblado su consumo y para producir un kilo de carne de cerdo hacen falta seis de cereales.

Segundo, la producción de biocombustibles, que ha disminuido la cantidad disponible de algunos cereales, sobre todo de maíz. Este año, Estados Unidos dedicará a producir etanol un tercio de la cosecha de maíz, que ha alcanzado el precio más alto de la historia. El entusiasmo por el etanol para reducir la dependencia energética del petróleo importado disminuye y hasta el propio Bush ha reconocido que los problemas de la alimentación y la energía colisionan.

PERO ELLO no debería convertir los biocombustibles en el chivo expiatorio de los problemas alimentarios mundiales. Hay mucha tierra que se puede poner en cultivo y muchas especies vegetales no alimentarias pueden producir biocombustibles, como se está demostrando en la India. Los biocombustibles de segunda generación, que no interfieren con la producción de alimentos, pueden contribuir decisivamente a la descarbonificación del transporte y a generar recursos para los países en desarrollo. Pero surge un conflicto de intereses con la industria petrolera, como demuestra dentro de los países emergentes el enfrentamiento entre Lula y Chávez.

El tercero son las alteraciones climáticas, especialmente las sequías en Australia y Ucrania, que han disminuido notablemente la producción. Las dos primeras causas son profundamente estructurales y seguirán presionando sobre la demanda. De aquí al 2030, el incremento de la población y la mejora alimentaria exigirán aumentar un 50% la producción agrícola. La segunda causa puede ser coyuntural, pero la incidencia del cambio climático podría mantenerla y agravarla.

En cualquier caso, el cambio climático obliga a afrontar de otra forma los problemas del desarrollo. Afectará de forma más inmediata e intensa a los países más pobres del planeta, que necesitarán ayudas adicionales para adaptarse a cambios que son ya inevitables. Pero, además, hay que plantearse cómo mantener el derecho al desarrollo en un mundo sometido a las restricciones necesarias para evitar que la temperatura aumente más de dos grados. Hasta ahora el camino de la pobreza a la prosperidad se ha hecho aumentando enormemente el consumo per cápita de combustibles fósiles. Pero el desarrollo de la minoría rica del mundo ha dejado muy poco espacio en la atmósfera para que la mayoría pobre pueda hacer lo mismo.

Ese camino está desde ahora cerrado. Por ello, la crisis del desarrollo y la crisis climática colisionan. Su enfrentamiento se manifiesta ahora a través de la crisis alimentaria como uno de los problemas de equidad a escala planetaria de cuya gravedad no somos suficientemente conscientes.

¿Es posible una sola China?

Por Xulio Ríos, director del Observatorio de la Política China y autor de Taiwán, el problema de China. (EL PAÍS, 25/03/08):

El resultado de los procesos electorales vividos en Taiwán el 12 de enero (legislativas) y 22 de marzo (presidenciales) abre un nuevo escenario: el retorno del Kuomintang (KMT) al centro de la vida política. En enero, impuso una severa derrota a su rival, el Partido Democrático Progresista (PDP), al obtener una mayoría holgada en el Parlamento. Y ahora, su candidato, Ma Ying-jeou, ha logrado la presidencia.

Tras perder la guerra civil contra el Partido Comunista de Mao Zedong, el KMT de Chiang Kai-shek se instaló en Taiwán en 1949 y, con el apoyo de EE UU y las potencias occidentales, aplicó en la isla varias décadas de terror blanco, hasta que a fines de los años ochenta lideró la transición democrática. Durante ese período, el KMT mantuvo la ficción de representar a toda la China “libre” y la aspiración de “reconquistar” el continente. Los demócratas taiwaneses, por el contrario, defendían la necesidad de abandonar la retórica del KMT, originaria del continente, y defender que Taiwán es hoy un sujeto más de la comunidad internacional. Y así, en 2000, los partidarios de hacer de Taiwán un país “normal”, los soberanistas del PDP, lograron la presidencia, ejercida desde entonces por Chen Shui-bian, cuyo segundo mandato ha estado marcado por la corrupción.

Paradójicamente, esta evolución aproximó de nuevo a los viejos enemigos, comunistas y nacionalistas, pues ambos, a diferencia de los soberanistas de Taiwán, comparten la idea de una sola China, aunque cada uno con una interpretación diferente. Los años de mandato del PDP, si bien moderados por la influencia del KMT, mayoritario en el Parlamento, fueron especialmente difíciles para la China continental, quien se mostró dispuesta a impedir, incluso por la fuerza, la separación irreversible de Taiwán. Misiles orientados a la isla, ejercicios militares de intimidación y Ley Antisecesión ejemplifican esa respuesta. Pero falló la estrategia electoral del PDP, basada en dos premisas. Primera, China continental es una gran amenaza para Taiwán, lo cual es difícil de acreditar cuando las relaciones económicas entre ambos son tan importantes (102.300 millones de dólares de comercio bilateral en 2007, con un aumento del 16,1% y un saldo muy favorable a la isla), cuando más de un millón de empresarios taiwaneses residen en el continente y cuando el PCCh y el KMT, los dos bandos que pelearon a muerte en la guerra civil, dialogan sin problema desde 2005. Segunda, utilizar el reclamo de un imposible, el ingreso de Taiwán en Naciones Unidas, como aglutinante y movilizador de su base electoral. El rechazo internacional al referéndum para la incorporación de Taiwán a la ONU presentó al PDP como una amenaza para la estabilidad.

¿Estamos ahora en la antesala de la unificación tan anhelada por Pekín? Es poco probable porque las dificultades son muchas.

En primer lugar, políticas: a la imposibilidad de que el KMT pueda existir en el continente como un partido más se debe añadir que Taipei no comparte el sueño nacionalista chino. Se requiere una mayor influencia de Taiwán en los comportamientos continentales y una mayor apertura de Pekín, tendiendo puentes, incluso hacia los soberanistas, que ayuden a superar la confrontación que divide la isla; de lo contrario, las resistencias persistirán.

En segundo lugar, estratégicas: la importancia del estrecho de Taiwán para Japón es enorme, y, por otra parte, de llevarse cabo la unificación, EE UU vería enormemente debilitada una condición “arbitral” que hoy facilita su presencia en ese entorno geopolítico. En tercer lugar, sociales: las nuevas generaciones de taiwaneses ya no se identifican con el continente y los millones de exiliados de 1949 son cada vez menos. Los años de gobierno del PDP han estimulado la taiwanización, obligando incluso a modificar la estrategia político-electoral del KMT. Y cabe añadir que la corriente mayoritaria en el seno del KMT no apuesta por la unificación, como tampoco por la independencia, sino por el statu quo.

En el marco del principio “un país, dos sistemas”, Pekín ofrece a Taipei mantener su sistema político y económico, incluso sus fuerzas armadas, pero no parece suficiente. Hu Jintao ha sido más inteligente que su antecesor, Jiang Zemin, quien recurría a la amenaza y ejercicios militares para contrarrestar el auge secesionista. El actual presidente chino, que en el reciente XVII Congreso del PCCh propuso un acuerdo de paz entre ambas partes, ha apostado por el diálogo con todos aquellos que no aspiran a la independencia y ha obtenido mejores resultados. Ello puede facilitar una considerable profundización de los intercambios económicos y comerciales, ya muy importantes, en materia de inversiones, turismo y comunicaciones -que aún no son directas, a pesar del clamor de la poderosa comunidad empresarial taiwanesa-, afectando a sectores como la banca o los seguros, eliminando progresivamente las restricciones impuestas por motivos de seguridad.

Las elites económico-empresariales de la isla y del continente comparten muchos intereses comunes. Habrá también más contactos sociales y culturales. Y, sobre todo, habrá más diálogo político, pero conscientes ambas partes de que el proceso de acercamiento podría ser tan largo como el cauce del río Yangtsé, sin poder arribar a ninguna orilla en bastante tiempo.

Nuevo escenario

Por Felipe González, ex presidente del Gobierno español (EL PAÍS, 25/03/08):

Pasada la vorágine de la campaña, en la que me impliqué más que en las que me afectaban directamente como presidente del Gobierno, ha llegado el momento de evaluar la situación, sin las pasiones propias de este periodo, para encarar los próximos meses y años de legislatura.

Siguiendo la pauta de disponibilidad y no interferencia en las decisiones que han de tomar otros, sólo quiero detenerme en las que considero prioridades de carácter general, tanto las que afectan directamente a los ciudadanos como las que marcarán el devenir de España en el concierto internacional.

El empeoramiento de la situación económica internacional y nacional parece cantado y tendrá impacto en los próximos meses en términos de empleo e inversión. Habrá operaciones empresariales de envergadura, forzadas por la desaceleración o inducidas por el nuevo escenario para tomar posiciones y redimensionar o absorber algunas empresas.

En nuestro caso soportamos los efectos de la crisis financiera internacional, de la subida de los precios de la energía y de otras materias primas como las alimentarias. Específicamente nos afecta el problema de la construcción y, como trasfondo, un desafío de cambio de modelo productivo que nos permita ganar competitividad.

Tenemos algunas ventajas que deberían permitirnos un margen de maniobra superior a otros países de nuestro entorno europeo. Entre las más destacables señalaría el superávit de 2,5% del PIB y la salud del sistema financiero en su conjunto.

Merece la pena actuar rápidamente en este frente, activando los proyectos de inversión en infraestructuras y vivienda que puedan recuperar ritmo de actividad y compensar la caída inevitable de empleo.

Aún no sabemos la profundidad de la crisis financiera internacional, que hace convivir esa extraña situación de falta de liquidez en el sistema y excedente de ahorro en las zonas productoras de petróleo y algunas potencias emergentes. Lo único cierto es el desplazamiento de la acumulación de capital de los países consumidores de energía a los productores. Es lógico que éstos intenten tomar posiciones en los países afectados por la crisis financiera y de la construcción. Entre las opiniones que se vierten no comparto la de una caída sustancial de los precios del petróleo, aunque haya una flexión a la baja si la desaceleración en Estados Unidos se transforma en recesión. Por debajo de la situación actual sigue existiendo una crisis de oferta en materia energética que no tiene visos de superarse en el horizonte de los próximos años, ni en refino ni en producción.

Por eso, en nuestro país, Go-bierno, patronal y sindicatos deben coordinar acciones y acuerdos a corto, pero también a largo plazo, sobre unas medidas que les presente el Gobierno, abiertas a las iniciativas de los interlocutores. Además, habría que ser prudentes con la fiscalidad porque el descenso de la recaudación puede ser sensible y agotar el margen de maniobra.

Esta coordinación de acciones debería comprender a los responsables de las comunidades autónomas para evaluar los impactos relativos de la nueva situación en distintas partes del territorio nacional. Teniendo en cuenta el grado de descentralización competencial, los proyectos han de contar con los poderes autonómicos.

Como los resultados del 9 de marzo refuerzan la posición del Partido Socialista, es lógico que el Gobierno defienda la autonomía del proyecto ganador de las elecciones, en el doble sentido de libertad para decidir en representación de los intereses generales y de margen de maniobra para conseguir mayorías parlamentarias estables. Los socialistas deben reforzar esa autonomía del Ejecutivo y en ningún caso limitarla.

Más allá de las consideraciones socioeconómicas, el mapa electoral y el grado de crispación que se ha vivido en estos años muestran un aumento de las fracturas sociales y territoriales que no beneficia a nadie, si se toma en serio el objetivo de la convivencia en la pluralidad de las ideas y en la diversidad de los sentimientos de pertenencia, que deben ser esenciales para los gobernantes actuales o para los que aspiren a serlo.

Al Gobierno le corresponde la iniciativa para ir corrigiendo esta deriva, pero no toda la responsabilidad, porque si la oposición no asume que la confrontación en materias como terrorismo, instituciones judiciales o distribución territorial del poder no puede mantenerse en los términos que hemos vivido, la fractura irá aumentando y perjudicando la gobernanza.

Los pactos de Estado son imprescindibles para el fortalecimiento del país y conviene no engañarse con un abuso de bipartidismo en la materia, más allá de los resultados globales. Lo mismo hay que decir de la moderación inexcusable de los que tienen poder territorial en una comunidad y pueden pretender condicionar abusivamente a los demás.

Compartimos un espacio público como ciudadanos, en el que están incluidos la diversidad de sentimientos de pertenencia y la pluralidad de las ideas, que debemos gobernar como riqueza en la complejidad y no como un lastre ni como un factor que altere la igualdad básica de nuestra condición de ciudadanos.

Es posible y deseable un proceso rápido de despolitización de la justicia y desjudialización de la política. Renovar las instituciones judiciales, dejar tranquilos a los tribunales, acatar seriamente las consecuencias de sus resoluciones, son elementos esenciales y evidentes que parecen estar ocultos por la incomprensible ceguera de la crispación.

Si el escenario postelectoral hubiera sido inverso, estaría viendo las cosas de la misma forma. Es decir, que la preocupación sería de la misma naturaleza, agravada por el hecho de que la confrontación territorial podría ser más aguda y peligrosa para mantener democráticamente la cohesión.

En materia de lucha contra el terrorismo hay fuerzas políticas como CiU con una trayectoria impecable, o como el PNV con Imaz o con el decaído Pacto de Ajuriaenea, o como IU, que deben ser incluidas en una política de Estado seria. El camino desandado en este tema es dramático a pesar de que el terrorismo de ETA esté más débil que nunca y sepa que no tiene ninguna posibilidad de extorsionar a la democracia española, aunque nos causen sufrimiento. Se fortalecen con nuestras desavenencias y ésa debería ser razón suficiente para acabar con ellas.

Recordé durante la campaña que, cuando tenía una mayoría absoluta, había llevado a la mesa de negociaciones, con todas las fuerzas políticas, la necesaria unidad frente al terror. Era el llamado Pacto de Madrid, de la misma naturaleza que el de Ajuriaenea. Después se fue abandonando irresponsablemente, pero marcó el principio del fin de los violentos.

Asimismo llevé al Parlamento los diez puntos básicos de nuestra política exterior que fueron debatidos y aprobados por más del 90% de los representantes. Nadie podía decir que no tuviera mayoría para decidir sobre estos temas básicos, pero tenía la convicción de que estos consensos nos fortalecían como país, hacia dentro y hacia fuera.

Política territorial, incluida financiación; política antiterrorista, en sus diversos frentes; política exterior y de seguridad, comprendido el lugar que nos corresponde en la Unión Europea, deberían constituir un paquete de consenso básico sobre el que merece la pena hacer el máximo esfuerzo siendo Gobierno u oposición con vocación de llegar a serlo.

Como EEUU, China construye su imperio hacia el oeste / Just like America, China is building a multi-ethnic empire in the west

Por Parag Khanna, director de The Global Governance Initiative e investigador de la New America Foundation. Este texto es un extracto del libro El segundo mundo: imperios e influencia en el nuevo orden global (Randomn -House), que aparecerá publicado la semana que viene (EL MUNDO / THE GUARDIAN, 27/03/08):

Es difícil encontrar un occidental que intuitivamente no apoye la idea de un Tíbet libre. Ahora bien, ¿acaso los norteamericanos dejarían que se les separaran Texas o California? En el caso de China, el juego de altos vuelos que se trajeron ingleses y rusos por el control del Asia central no concluyó ayuno de consecuencias ni de resultados, cosa que no puede decirse de Rusia o Gran Bretaña. De hecho, la gran ganadora de ese juego fue China.

Los acuerdos sobre fronteras de 1895 y 1907 dejaron en manos de Rusia el macizo de Pamir y establecieron el Pasillo de Vaján, la estrecha franja oriental de Afganistán fronteriza con China, para que hiciera de parachoques con Gran Bretaña. Sin embargo, en lugar de ceder a los rusos el Turkestán oriental (el Uigurstán), los británicos financiaron la recuperación del territorio por China, que lo integró en su seno con el nombre de Xinjiang (que literalmente significa Nuevos Dominios). Mientras que el Turkestán occidental fue dividido en las impenetrables stán soviéticas (las cinco repúblicas federadas de la URSS: Kazajstán, Kirguizistán, Uzbekistán, Tajikistán y Turkmenistán), China reafirmó su hegemonía tradicional sobre Xinjiang y el Tíbet, que en la actualidad constituyen sus dos provincias más extensas (y las menos estables; Pekín ha acusado ahora al Dalai Lama de confabularse con los uigures separatistas de confesión musulmana en Xinjiang). Sin embargo, el país sería sin ellos como Estados Unidos sin el territorio que hay al oeste de las Rocosas, un país al que se le negarían su majestad y su condición imperiales.

Todo mochilero que haya visitado el Tíbet y Xinjiang durante la pasada década sabrá que el imperio chino es absolutamente real: el negocio redondo de las regiones occidentales de China forma parte, sin duda alguna, del destino manifiesto de China. Con el final de la guerra civil en 1949, China volcó de manera inmediata todos sus esfuerzos en sobreponerse a «la tiranía del terreno» y en dominar las extensiones interminables de montañas y desiertos con los objetivos de explotar sus enormes recursos naturales, para lo que fundó colonias penitenciarias y bases militares, y de ampliar el Lebensraum o espacio vital de su población, que crecía en progresión geométrica.

Tanto el Tíbet como Xinjiang tienen la desgracia de poseer los recursos que China quiere y de interponerse en el camino que lleva a los recursos que China necesita: el Tíbet dispone de inmensas cantidades de árboles madereros, uranio y oro, y los dos territorios constituyen la puerta geográfica por la que China canaliza su flujo comercial hacia el exterior (y accede a la energía que llega al interior), con Kazajstán, Kirguizistán, Tajikistán, Afganistán y Pakistán.

Décadas de esfuerzos del ejército y de auténticas multitudes de trabajadores han abierto el camino a una hegemonía china que nadie osa cuestionar. El tren de las alturas que une Shanghai y Lhasa, que entró en servicio en el año 2006, no representa el punto de partida de la hegemonía china, sino su culminación.

El Tíbet y Xinjiang constituyen en la actualidad el marco idóneo para el nacimiento de un imperio multiétnico con una serie de características que a lo que más recuerdan es a la expansión de las fronteras norteamericanas hace ahora cerca de dos siglos. Los chinos están convencidos de su misión civilizadora tanto como lo estaban los colonos norteamericanos: ellos son los que traen el desarrollo y la modernidad. A los tibetanos, asiáticos y budistas, y a los uigures, turcomanos y musulmanes, los están arrancando del tercer mundo a marchas forzadas, les guste o no.

Ahora tienen carreteras, líneas de teléfono, hospitales y puestos de trabajo. Las matrículas escolares están bajando de precio o se han suprimido con el fin de promover la educación básica y la asimilación a China, la sinización. A diferencia de aquellos europeos que pretenden definir la Unión Europea como un club cristiano, los chinos no tienen inhibiciones a la hora de anexionarse territorios musulmanes. La nueva mitología del nacionalismo chino está basada no en ahogar a las minorías sino en garantizarles una condición común dentro de un estado paternalista: a uigures y tibetanos, aunque no sean han (chinos auténticos, por el nombre de la dinastía Han, reinante del 206 a. de J.C. al 220 d. de. J.C.), se les dice que son chinos.

«La Unión Soviética se hundió porque experimentaron prematuramente con la glasnost (transparencia) antes de haber conseguido la unidad entre los pueblos», explica en Shanghai un intelectual chino dedicado al estudio de Asia central. Los grandes imperios se mantienen mediante una combinación de fuerza y normas legales; como ilustran los sucesos de las últimas semanas, China está firmemente decidida a no variar de postura.

Hasta en los rincones más remotos del Tíbet existen pequeñas bases que albergan unidades del Ejército Popular de Liberación, con soldados que practican dos veces al día artes marciales en las plazas públicas, con frecuencia, justo al lado de antiguos stupa (monumentos funerarios) budistas, lo que resulta amenazador. Suele darse el caso de que zonas de jungla inaccesible, declaradas espacios protegidos por razones medioambientales, sean en realidad campamentos militares. Los rótulos en los que se lee un desafiante Tibet power (poder tibetano, en traducción literal) se refieren exclusivamente a la empresa china de electricidad de ese nombre (power significa también energía o electricidad).

China ha bombeado miles de millones de dólares en desarrollo con la esperanza de granjearse la buena voluntad de los apenas tres millones de tibetanos. En Lhasa, barrios de casas de piedra prácticamente en ruina han sido reemplazados por viviendas sólidas construidas a lo largo de las vías públicas que conectan la ciudad con la nueva estación de ferrocarril. La consecuencia de la modernidad china, sin embargo, es que una ciudad que tiempo atrás simbolizó la autenticidad cultural ha pasado a ser simplemente un lugar remoto en el que todavía hay más yaks que personas.

Una recompensa aún mayor que el Tíbet es el mucho más extenso y más poblado territorio de Xinjiang, con sus yacimientos de petróleo, sus desiertos y sus montañas. La absorción demográfica ha sido descrita como «segregacionismo con características chinas». Los musulmanes de Xinjiang han sido siempre levantiscos e incluso por un breve periodo de tiempo, al final de la guerra civil, proclamaron un Turkestán oriental independiente. Sin embargo, con la campaña Desarrollar el oeste, llevada a cabo en los años 50, comenzó la masiva repoblación han y, durante la revolución cultural, Xinjiang quedó sellada a cal y canto para proceder a una matanza generalizada, con destrucción de la mezquita y quema del Corán. Los violentos enfrentamientos que tuvieron lugar en en 1996 Urumqi, la capital de Xinjiang, demostraron que ninguna cultura islámica, aún pacífica, tenía posibilidades de salir adelante en una situación controlada por los chinos. China paralizó la reconstrucción de la mezquita y lanzó la campaña Dales duro, durante la cual metió en la cárcel y ejecutó a centenares de presuntos separatistas. Aún hoy día pueden verse los resultados del plan que Mao y Deng pusieron en marcha pero que no se llegó a completar: una línea de ferrocarril y una carretera para transportar carbón, emigrantes y mercancías a lo largo del desierto de Taklamakan, lo que facilitaba la hanificación de una provincia en la que los uigures no representan en la actualidad más que la mitad de la población.

La aniquilación de la población local, de su historia y de su arquitectura, así como su sustitución por brillantes rascacielos, que rinden homenaje al moderno capitalismo chino, ha convertido Urumqi en la Shanghai de la Ruta de la Seda a su paso por el norte. Una autopista de seis carriles atraviesa la ciudad y la mayoría han llena de gasolina los depósitos de sus flamantes coches japoneses en las enormes gasolineras de Sinopec y PetroChina. Urumqi bulle de comerciantes de Rusia y Pakistán y de todas las stán que hay por medio, que acuden a comprar productos chinos baratos para revenderlos en sus lugares de origen sacándoles un beneficio. Los uigures son en la actualidad una minoría marginada dentro de la ciudad. Los turistas chinos abarrotan las escasas atracciones naturales accesibles y han hecho que el Lago Celestial, de aguas de color esmeralda, haya dejado de ser celestial.

No deja de resultar irónico que la sensación prácticamente absoluta de seguridad que China tiene en relación con estas dos provincias constituya la mayor esperanza de cara a una glasnost china: China ya no percibe que haya la menor resistencia a su hegemonía por lo que algún día podría aflojarse ese control. Los tibetanos, tan entregados a las cuestiones del espíritu, llevan muchísimo tiempo mirando al sur, a Nepal y a la India, en busca de un apuntalamiento de su cultura y, ya en el siglo XVIII, Tíbet disfrutaba de una autonomía funcional con permiso de China, un modelo cuya recuperación ha propuesto el actual Dalai Lama. Una vez que el jefe espiritual budista haya abandonado la escena, es posible que China sienta una menor inquietud por los intercambios culturales entre budistas y que incluso restablezca el papel que tuvo el Tíbet como zona de paso de la Ruta de la Seda cuando se esculpieron las Cuevas de los Mil Budas en Dunhuang, hace más de 1.000 años.

Los tibetanos y los uigures irán ganando con el tiempo una mayor prosperidad que sus vecinos mongoles, kirguizos, tajikos, afganos, paquistaníes, indios y nepalíes, todo lo cual proporcionará posiblemente a los chinos una base para la reivindicación de su hegemonía no belicosa en otras partes de Asia. Sin embargo, China conseguirá esta hegemonía antes de lo que dice.

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It is difficult to find a westerner who does not intuitively support the idea of a free Tibet. But would Americans ever let go of Texas or California? For China, the Anglo-Russian great game for control of central Asia was neither inconclusive nor fruitless, something that cannot be said for Russia or Britain. Indeed, China was the big winner.

Boundary agreements in 1895 and 1907 gave Russia the Pamir mountains and established the Wakhan Corridor - the slender eastern tongue of Afghanistan that borders China - as a buffer to Britain. But rather than cede East Turkestan (Uighurstan) to the Russians, the British financed China’s recapture of the territory, which it organised into Xinjiang (which means “New Dominions”). While West Turkestan was splintered into the hermetic Soviet Stans, China reasserted its traditional dominance over Xinjiang and Tibet, today its largest - and least stable - provinces. (Beijing has now accused the Dalai Lama of colluding with Muslim Uighur separatists in Xinjiang.) But without them, the country would be like America without all territory west of the Rockies: denied its continental majesty and status.

Every backpacker who has visited Tibet and Xinjiang in the past decade knows that the Chinese empire is painfully real: the western region’s going concern is undoubtedly Chinese Manifest Destiny. With the end of the civil war in 1949, China endeavoured immediately to overcome the “tyranny of terrain” and tame the interminable mountain and desert landscapes with the aim of exploiting vast natural assets, establishing penal colonies and military bases, and expand the Lebensraum for its exploding population.

Both Tibet and Xinjiang have the misfortune of possessing resources China wants and of being situated on the path to resources China needs: Tibet has vast amounts of timber, uranium and gold, and the two territories constitute China’s geographic gateway for trade flow outward - and energy flow inward - with Kazakhstan, Kyrgyzstan, Tajikistan, Afghanistan and Pakistan.

Decades of labour by the army and swarms of workers have paved the way for unchallenged Chinese dominance. The high-altitude train linking Shanghai and Lhasa that began service in 2006 represents not the beginning of Chinese hegemony, but its culmination.

Tibet and Xinjiang today set the stage for the birth of a multi-ethnic empire in ways that resemble nothing so much as America’s frontier expansion nearly two centuries ago. Chinese think about their mission civilatrice much as American settlers did: they are bringing development and modernity. Asiatic, Buddhist Tibetans and Turkic, Muslim Uighurs are being lifted out of the third world - whether they like it or not.

They are getting roads, telephone lines, hospitals and jobs. School fees are being reduced or abolished to promote basic education and Chineseness. Unlike those Europeans who seek to define the EU as a Christian club, there are no Chinese inhibitions about incorporating Muslim territories. The new mythology of Chinese nationalism is based not on expunging minorities but granting them a common status in the paternalistic state: Uighurs and Tibetans, though not Han, are told they are Chinese.

“The Soviet Union collapsed because they experimented with glasnost prematurely, before the achieved unity among the peoples,” explains a Chinese intellectual in Shanghai who studies central Asia. Large empires are maintained through a combination of force and law; and as recent weeks illustrate, China is determined not to waver.

In even the remotest corners of Tibet, small bases house platoons of the People’s Liberation Army, with soldiers menacingly practising martial arts twice daily in public squares, often right next to ancient Buddhist stupas. Inaccessible jungle areas designated environmentally protected zones are often actually military encampments. Signs trumpeting “Tibet power” refer strictly to the Chinese electricity company.

China has pumped in billions of development dollars, hoping to generate goodwill among the scarcely 3 million Tibetans. In Lhasa, crumbling stone quarters have been replaced with sturdy homes built along thoroughfares connecting the city to the new railway station. The consequence of Chinese modernity, however, is that a city that once symbolised cultural authenticity has become merely a gateway to the remote plateaus where wild yak still outnumber people.

An even greater prize than Tibet is the far larger and more populous Xinjiang, with its oil deposits, deserts and mountains. Its demographic dilution has been dubbed “apartheid with Chinese characteristics”. Xinjiang’s Muslims have always been unruly, even briefly securing an independent East Turkestan at the end of the civil war. But massive Han resettlement began with the “Develop the west” campaign of the 1950s, and in the cultural revolution Xinjiang was sealed off for a massive pogrom of mosque destruction and Qur’an burning. Violent clashes in Urumqi, Xinjiang’s capital, in 1996 proved that no peaceful Islamic culture would prevail in a Chinese-dominated environment. China suspended all mosque reconstruction and launched a “Strike Hard” campaign, imprisoning and executing hundreds of suspected separatists. Today one can see the results of a programme Mao and Deng began, but never completed: a railway and highway transporting coal, migrants and goods across the Taklamakan desert, facilitating the Hanification of a province where Uighurs now make up only half the population.

The annihilation of local people, history and architecture, and their replacement with shiny skyscrapers paying tribute to modern Chinese capitalism, make Urumqi the Shanghai of the northern Silk Road. A six-lane freeway runs through the city, and the Han majority fill up spiffy Japanese cars at the large Sinopec and PetroChina petrol stations. Urumqui buzzes with traders from Russia to Pakistan and all Stans in between, who buy cheap Chinese goods to be sold back home at a profit. Uighurs are now a marginalised minority in the city. Chinese tourists crowd the few accessible natural attractions, making the emerald-coloured Heavenly Lake no longer very heavenly.

Ironically, China’s near absolute sense of security over both provinces is the greatest hope for a Chinese glasnost: China no longer faces any meaningful resistance to its rule and so some day may lighten up. Spiritual Tibetans have long looked south to Nepal and India for their cultural underpinnings, and in the 18th century Tibet was allowed a functional autonomy from China, a model the current Dalai Lama has proposed. Once he passes the scene, China might be less anxious about cultural exchange between Buddhists, further restoring Tibet’s role as the Silk Road passage it was when Dunhuang’s Caves of the Thousand Buddhas were carved, more than a millennium ago.

Tibetans and Uighurs will gradually become more prosperous than their neighbouring Mongols, Kyrgyz, Tajiks, Afghans, Pakistanis, Indians, and Nepalis - and this may provide a basis for Chinese claims of a benevolent hegemony elsewhere in Asia. But China will achieve that dominance before it talks about it.

De Robin Hood a Pablo Escobar

Por Joaquín Villalobos, ex guerrillero salvadoreño y consultor para la resolución de conflictos internacionales (EL PAÍS, 24/03/08):

Durante la guerra no me preocupaba tanto morir en combate como envejecer de guerrillero. Viendo la juventud de mis compañeros y la mía propia en fotografías de los primeros años del conflicto salvadoreño, concluí que las insurgencias no eran una solución, sino el síntoma de un problema. Más que un proyecto político, fuimos una generación que se alzó ante la prepotencia del poder antes de cumplir 20 años, pero que al llegar a los 40 entendimos que habíamos transformado al país y firmamos la paz.

En Nicaragua y en El Salvador la gente llamaba a los guerrilleros los muchachos y en Cuba los barbudos entraron a La Habana cuando estaban en la treintena. Los rebeldes uruguayos y argentinos mostraron con habilidad extraordinaria que era posible una guerra urbana a gran escala y el M19 de Colombia convirtió una derrota militar en una victoria política siendo la primera guerrilla que se atrevió a negociar.

Éstas son las seis insurgencias más importantes, desarrolladas, imaginativas y audaces del continente; rebeliones de jóvenes que lo dieron todo y en ese camino murieron y perdieron, o vencieron y transformaron, pero todas evitaron envejecer como guerrilleros.

Las insurgencias no surgieron por romanticismo ideológico, sino por la existencia de dictaduras militares y prácticas autoritarias en todo el continente, con excepción de Costa Rica. Podemos separarlas en dos grupos: las que consideraban la lucha armada como un instrumento para lograr fines y las que hicieron de la lucha armada un fin en sí mismo.

Las guerrillas del primer grupo fueron agentes de cambio y las del segundo no se dieron cuenta cuando el mundo cambió. En este segundo grupo estuvieron las insurgencias que envejecieron luchando en Perú, Guatemala y Colombia, tanto que la colombiana sobrevivió al fin de siglo.

En los años sesenta, setenta y ochenta, las drogas gozaban de tolerancia en la oferta y la demanda. Ahora ya no se tolera la oferta, pero por aquellos años éstas no eran consideradas un problema estratégico de seguridad. En los ochenta, la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos traficó con cocaína para financiar a la contra nicaragüense y militares cubanos permitieron a los narcotraficantes pasar por la isla a cambio de divisas. Se consideraba que “ese veneno era un problema de los gringos”. Es en esa misma época los carteles mexicanos se fortalecieron y Pablo Escobar exhibía en su hacienda la avioneta con la cual llevó el primer embarque de cocaína a Estados Unidos.

Las FARC colombianas nacieron en 1964 movidas por un programa agrario para enfrentar a un Estado débil en el control de extensas zonas rurales. Al nacer con territorio se desarrollaron más como una autodefensa campesina, que como una insurgencia con visión de poder. Por décadas fueron una guerrilla militar y políticamente perezosa, sin duda la insurgencia más conservadora del continente que envejeció en la Colombia rural profunda.

Para enfrentarse a las FARC, la extrema derecha colombiana inventó el paramilitarismo, obviamente con complicidades estatales. Esta lucha se volvió larga y despiadada de lado y lado, una verdadera competencia de masacres que en el ámbito urbano dejó miles de sindicalistas, periodistas y activistas muertos por ambos bandos. Pero en 40 años, Colombia y Latinoamérica cambiaron, las dictaduras y el autoritarismo desaparecieron y las izquierdas, incluso en Colombia, pasaron de la clandestinidad, el exilio, las cárceles y las montañas, a gobiernos y parlamentos.

Sin ser perfecta, esta transición permite ahora que las izquierdas tengan más poder político que las derechas. La violencia criminal desplazó a la violencia política, el consumo de drogas dejó de ser un problema de los “gringos” y se expandió en Latinoamérica multiplicando pandillas, crimen organizado, corrupción y todo tipo de delitos. La seguridad se convirtió así en una demanda urgente de los más pobres. La envejecida insurgencia colombiana se encontró entonces habitando en los mismos territorios donde estaba la mayor producción de coca del mundo y con la justificación de que en ese negocio hasta la CIA se había metido, pasaron a financiarse con la droga y a montarse en la nueva ola de violencia como un ejército al servicio del narcotráfico. Llamar a las FARC narcoguerrilla no es un ataque político, sino una derivación estructural del propio conflicto colombiano que contaminó también a los paramilitares y a una parte de la clase política colombiana.

El extremismo ideológico hace perder escrúpulos porque la intolerancia al enemigo siempre termina justificando los excesos y, por otro lado, la crueldad de ese enemigo se utiliza para disculpar la crueldad propia. De esa forma, “ser los buenos” como principio esencial de cualquier insurgencia que necesita “pueblo”, termina desapareciendo.

Contrario a la guerrilla de Fidel Castro que no realizó jamás un secuestro, las FARC son los mayores extorsionadores y secuestradores del mundo y sus operaciones militares han sido tan indiscriminadas que han destruido pueblos y masacrado a sus habitantes. En uno solo de esos hechos, en Bojayá, las FARC mataron a 119 personas, incluidos 40 niños, cuando lanzaron explosivos contra una iglesia.

El calificativo de terroristas no es un invento americano, es algo que las guerrillas colombianas se han ganado por matar a miles de civiles inocentes. Las FARC son tan odiadas como los paramilitares y prueba de esto fueron los millones que protestaron contra éstas en febrero de este año. Jamás en Latinoamérica pudo gobierno alguno movilizar a tanta gente contra una insurgencia, lo normal era que los insurgentes llenaran las calles contra los gobiernos.

Las FARC son una amenaza transnacional, tienen el poder financiero del narcotráfico para corromper, intimidar y destruir instituciones en cualquier parte como cualquier cartel, pero su pasado político insurgente confunde. Perú, Brasil y Panamá los persiguen de forma coordinada con Colombia, sin embargo, Venezuela y Ecuador la consideran una insurgencia legítima y esta diferencia provocó la reciente crisis regional.

No son los gobiernos el problema, sino las FARC. La confusión sobre la naturaleza de éstas alcanza a sectores de la izquierda europea y latinoamericana, particularmente en México. Estas izquierdas siguen idealizando al guerrillero y justificando una violencia que ya no es política sino criminal. Sustentan su posición en el imaginario de un pasado autoritario inexistente, necesitan mentir, justificar excesos y reinventar a su enemigo para tener sentido. Su apoyo a las FARC fortalece en definitiva a la derecha colombiana y constituye un peligro para sus propios países.

La violencia delictiva en las calles de Madrid o México está conectada con todo esto. La violencia criminal es ahora hegemónica y, en esas condiciones, la violencia política organizada, cualquiera que sean sus intenciones, termina cooptada por la primera. El resultado final es el mismo, plata o plomo para políticos de izquierdas y de derechas. Sin autoritarismo las izquierdas latinoamericanas tienen ahora un reto más intelectual que emocional, deben resolver problemas en vez de multiplicarlos.

Las raíces de la desigualdad

Por Rosa María Artal, periodista y escritora (EL PAÍS, 24/03/08):

La teoría de la costilla de Adán hizo mucho daño a las mujeres. Es una teoría, nunca demostrada, que se admite por fe -es decir, creer lo que no se ve- y se opone a la ciencia por definición. La investigación la ha convertido en un cuento infantil con aviesas intenciones. Porque ha sustentado un modelo de vida. La supuesta debilidad de la mujer había sido la primera e inmisericorde excusa, derruida ya en un mundo que gira, tiembla, cae y se levanta con que un sólo dedo pulse un botón.

Cuesta levantar la inmensa mole, sin embargo. Llueven siglos y el modelo imperante para ejercer la capacidad de decisión sigue siendo masculino. Los hombres pueblan consejos de administración y foros de influencia. La mujer triunfadora copia su papel y sus reglas, aunque algo está cambiando. En estas circunstancias -y con la colaboración de muchas mujeres que refuerzan el patrón con comportamientos de matriarcado-, no es extraño que algunos hombres se crean obligados a defender “lo que es suyo por derecho”, juzgando, condenando y ejecutando a la transgresora. Faltan medios y la Ley Integral contra la Violencia de Género tiene lagunas, la justicia a veces se quita la venda del ojo derecho, pero nada se arreglará sin un cambio de mentalidad. En torno a 85.000 mujeres se encuentran bajo protección judicial tras presentar denuncia por malos tratos. Harían falta 255.000 policías para cubrir los tres turnos de vigilancia con una cierta garantía. Y, aún así, no se suprimiría completamente la posibilidad, porque matar es fácil.

El problema está en el fondo, y hay que cambiar los esquemas. En el colegio, en casa, en la sociedad que a veces presta un tácito apoyo “comprendiendo” estas situaciones, en las doctrinas morales que, sin sonrojo, califican a los malos tratos como “fruto amargo de la revolución sexual”. Así lo hicieron los obispos españoles.

La educación es clave porque aún sigue siendo el escollo. Habría que aclarar en los libros de texto que las mujeres han sido en la Historia algo más que Reinas. Los colegios que separan a niños y niñas asisten a un sordo auge. Argumentan que cerebros, maduración y actitud son distintos en uno y otro sexo. Cierto. No existe la uniformidad. Pero dejemos que unos y otras asuman sus hormonas porque el premio no tiene precio: conocerse, saber que la niña que alborota las entrañas, ríe, llora, se empeña y se preocupa… como él.

Con todo, la razón fundamental de la desigualdad se centra en la capacidad de la mujer para gestar una vida. Se puede materializar o no, pero existe la “amenaza”. Supuesto germen de fragilidad, nido eterno, condicionará su vida. Ese vientre -que se abulta durante nueve meses y que algunas veces, a algunas mujeres, les saca del trabajo- es un obstáculo especialmente para el desarrollo económico. Y, lo que es peor, hace reaccionar a la mujer con sentimiento de culpa porque obstruye ganancias propias y ajenas.

¿Es la maternidad una variable económica? Entonces ¡con todas las consecuencias! Joaquín Díaz Recasens, jefe de Ginecología de la Fundación Jiménez Díaz de Madrid, me descubrió en una entrevista el mayor contrasentido: “En un liberalismo más amplio se pagaría mucho por conseguir una mujer que te diera un hijo. ¿Por qué no se valora? Eso debiera entrar en el mercado como cualquier otro valor. Alguien tendría que comprar ese producto maravilloso: es la perpetuación de la especie”.

La pareja es cosa de dos y la familia de todos sus integrantes. Sin embargo, para los hombres el hogar compone una red de afecto acondicionada a sus necesidades básicas, pero ¿tiene reposo la guerrera? La soledad y renunciar al privilegio y el gozo de tener hijos suele ser el precio, si se quiere hacer carrera. En el civilizado norte de Europa, el hombre comparte las tareas del hogar en el que vive y cuida de los hijos de los que es padre. En España, aún habiendo progresado en ese terreno, casi el 70% no realiza ninguna tarea doméstica. Pero allí también hay violencia machista. Menos que en España, a pesar de la leyenda que sitúa a Suecia a la cabeza mundial del maltrato a la mujer. Y está en retroceso. Sucede que cada agresión se denuncia. Aquí, comienza a hacerse. En los países menos desarrollados, ni se plantean el maltrato como tal. Algunas culturas “tienen prohibido pegar a la mujer durante el embarazo, pero no después de parir, y hemos tenido que intervenir en el propio hospital”, explica Díaz Recasens. La primacía masculina arrastra un largo recorrido. El poder, como losa.

Cambiemos la mentalidad desde la infancia. Con todos los medios. Hagámoslo hombres y mujeres, juntos. Sólo los maltratadores son el enemigo. Si se lucha por establecer una relación equilibrada de dos seres libres, los años terminan por madurar una nueva tesis feminista. La que esbozó la poeta nicaragüense Gioconda Belli: “No puedo cantar a la liberación femenina, si no te canto y te invito a descubrir liberaciones conmigo”. En todos los ámbitos de nuestra vida, la diferencia -que no desigualdad- suma. Un todo sublime que puede derribar barreras infranqueables. Ningún interés sesgado debe, al menos, interponerse entre nosotros.