miércoles, septiembre 26, 2007

Bienestar, pobreza y desarrollo humano

Por Andrea Noferino, doctor en Política y Economía de los Países en Vías de Desarrollo por la Universidad de los Estudios de Florencia (LA VANGUARDIA, 23/09/07):

Saber que unos mil millones de individuos malviven con menos de un dólar diario nos dice que casi un sexto de la población mundial se encuentra en dramáticas situaciones de privación. Pero el bienestar humano y la riqueza material no describen el mismo fenómeno. Ésta es una cuestión ampliamente aceptada hoy en día. También suele serlo que la definición de pobreza no puede limitarse a la falta de recursos materiales, y que el producto nacional bruto per cápita (PIB per cápita) está lejos de ser una medida perfecta sobre la calidad de vida de las personas.

Durante los últimos años, varios expertos han propuesto interesantes definiciones alternativas, tomando como variables la satisfacción de determinados bienes básicos, el concepto de exclusión social y, factor más importante, el nivel de bienestar individual, en lugar de fijarse sólo en los ingresos. ¿Qué es entonces el bienestar?, ¿cómo influyen bienestar y riqueza en el camino hacia el desarrollo humano?

La economía - definida en el siglo XIX por el historiador y crítico escocés Thomas Carlyle como la ciencia triste- paradójicamente se ocupó del bienestar (o felicidad) de las personas. Su fundador, Adam Smith, pensaba de hecho que la felicidad de la humanidad parecía haber sido el propósito original pretendido por el Autor de la naturaleza (Smith, Teoría de los sentimientos morales, p. 166). Sin querer defender ninguna visión teleológica de nuestras sociedades, se puede tranquilamente pensar que las personas buscan, si no la felicidad, sí por lo menos el bienestar y la buena vida.

Existen tantas maneras de alcanzar el bienestar individual y colectivo como personas y comunidades podemos contar. Actualmente, los científicos sociales definen el bienestar como un concepto multidimensional donde las condiciones materiales representan sólo uno entre muchos otros aspectos de la cuestión. Ahora bien, si científicos de todo el mundo aún debaten sobre la definición y medición de la pobreza y el bienestar, ¿quién mejor que los mismos pobres - los verdaderos expertos de la pobreza- podrían ayudar a los primeros en su tarea? Fue precisamente el Banco Mundial quien tuvo esta sencilla intuición a finales de los años noventa. Con ocasión de la publicación del Informe sobre Desarrollo Mundial 2000/ 2001 bajo el prominente título Lucha contra la pobreza, esta institución de Washington tuvo entonces la brillante idea de consultar a un amplio número de pobres sobre la idea que tenían de la pobreza, el bienestar y la felicidad. La investigación llegó a cubrir 60 países y alrededor de 60.000 personas, hombres y mujeres, que vivían en condiciones de privación. A pesar de la gran diversidad de culturas, ideologías, valores y lenguas de los entrevistados, las conclusiones fueron sorprendentemente unívocas. La gran mayoría declaró que el bienestar es felicidad, armonía, paz, liberación de las ansiedades y tranquilidad de la mente. Por su parte, la pobreza no se limitaba a la falta de recursos materiales, sino que más bien asumía la forma de preocupación, ansiedad, frustración, alienación, humillación, vergüenza, soledad, depresión y de un estado continuo de miedo.

Más allá de los aspectos materiales, el abanico de las sensaciones psicológicas que connotaba la pobreza era variado. “No me pregunten qué es la pobreza porque me han encontrado fuera de casa. Miren la casa y cuenten el número de agujeros. Miren los utensilios y la ropa que llevo. Miren todo y cuenten lo que ven. Eso que ven, eso es la pobreza”. Así contestaba un hombre que vivía en Kenia. Por otro lado, muchas mujeres se preocupaban por la mayor edad que aparentaban debido a sus pésimas condiciones de vida. Otros entrevistados subrayaban que quien es pobre es humillado y no tiene casi opción de salida de las numerosas trampas de la pobreza, mientras muchas de sus libertades sustanciales se encuentran fuertemente restringidas (Amartya Sen, premio Nobel de Economía, ironizaba sobre el concepto de libertad con la paradoja del sin-casa delante de un gran hotel de lujo: nadie le impide formalmente entrar en el hotel, pero difícilmente lo dejarán pasar, y es aún más improbable que le alquilaran una habitación). Los resultados de la investigación fueron suficientemente claros: la pobreza afectaba a la dignidad humana, a las opciones de aceptación de los pobres por parte de otros individuos, y, finalmente, a la percepción subjetiva que los pobres tenían sobre su propio futuro.

En definitiva, el dinero explica sólo de manera parcial el bienestar y la felicidad de los individuos. Una idea completa de desarrollo humano debe incluir esferas como la participación, la seguridad, la garantía de los derechos humanos, y el respeto hacia uno mismo. Hace más de una década, a comienzos de 1990, el primer Informe sobre Desarrollo Humano del PNUD (ONU) afirmaba que una comunidad alcanza el desarrollo cuando logra crear un verdadero entorno de posibilidades donde las personas pueden tener una vida larga, saludable y creativa, y no cuando se alcanzan mayores niveles de riqueza. Mayores ingresos no necesariamente implican mayor bienestar. Muy por el contrario, los estudios sobre el bienestar subjetivo nos dicen que el porcentaje de gente que hoy se declara feliz no es muy distinto del que se registraba hace 30 años, pese a que el ingreso per cápita casi se ha duplicado. Parafraseando nuevamente a Amartya Sen, el desarrollo es, en última instancia, un proceso de expansión de las libertades reales de las que disfrutan las personas.

Por esa misma razón, bienestar, felicidad, pobreza y desarrollo humano son distintas facetas de un mismo fenómeno que dice sobre la calidad de la vida de los individuos.

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