lunes, marzo 31, 2008

Una alemana en Jerusalén

Por Hermann Tertsch (ABC, 20/03/08):

Tanto se abusa de este adjetivo que ya da cierto pudor utilizarlo pero hay ocasiones en los que el significado de un acto político adquiere tal peso, dimensión y densidad en su carácter único que no puede calificarse de otra forma. Por eso ha sido realmente «histórica» la visita de la cancillera alemana, Angela Merkel, a Israel esta semana. Como lo ha sido su discurso, ante el Knesset (parlamento israelí) en Jerusalén. En alemán, para muchos israelíes la «lengua de los verdugos» del Holocausto, -algunos miembros de la cámara aún no pueden soportarlo y se ausentaron- la cancillera alemana hizo historia. La cámara había cambiado especialmente para ella las reglas que sólo daban el privilegio de hablar desde aquella tribuna a Jefes de Estado. Desde allí se dirigió a los parlamentarios pero su mensaje nítido y contundente iba destinado a todo el mundo y especialmente a los enemigos de Israel. Y proclamó que Alemania considera la seguridad de este pequeño Estado judío como propia y «jamás negociable». «Las amenazas a Israel son amenazas a nosotros». En la lengua de los verdugos llegó una alemana a Jerusalén para decirles a los israelíes que jamás volverán a estar solos como entonces, cuando un Estado alemán intentó exterminar al pueblo judío ante la indiferencia de la mayoría de los europeos y con la cooperación de muchos. Les aseguró que este Estado alemán no permitirá que otros nuevos enemigos, esta vez no con gas Zyklon B ni en matanzas multitudinarias, sino con la bomba atómica, preparen y concluyan aquella aniquilación que el nacionalsocialismo alemán perpetró en el siglo XX. La existencia de Israel es uno de los máximos símbolos de la victoria del mundo libre contra el nacionalsocialismo y contra todo totalitarismo. La alemana en el Knesset habló de historia con mayúscula, de principios irrenunciables y de compromisos irrevocables en defensa de la libertad y la sociedad abierta. Una gran lección.

En realidad, los actos de celebración del 60 aniversario del Estado de Israel no comienzan hasta mayo, pero Merkel ha querido adelantarse a las muchas visitas que se producirán entonces para darle a la suya el carácter único que el trágico pasado común de alemanes y judíos merece. Pero también para hacer una exposición muy personal de las razones, las muchas razones que tiene ella para considerar a Israel un bastión del mundo libre y de la sociedad abierta que no puede sucumbir sin terribles consecuencias para todas las democracias. «La seguridad de Israel es razón de Estado para Alemania». La defensa de Israel debe ser razón de Estado para todas las sociedades abiertas y libres.

El viaje de Merkel es uno que todos los líderes de las democracias habrían de hacer por dignidad, sentido de la historia y respeto a los valores que los elevaron al cargo. Obligados, no como ella por el pasado, pero tanto como ella por el presente y por el futuro de Israel y de todo el mundo que damos en llamar occidental. El 60 aniversario de la fundación del Estado de Israel llega en el momento idóneo para que las democracias occidentales proclamen su compromiso inquebrantable con la defensa de este pequeño Estado cuya existencia vuelve a estar amenazada como nunca desde 1967.

Desde hace ya un lustro, pierde fuerza la única solución pacífica que existe para el conflicto y que se basa en la opción de los dos estados, el judío y el palestino. Si en Israel costó mucho lograr una mayoría para esta solución -hace treinta años eran multitud los que propugnaban la colonización total de los territorios conquistados en 1967 y la expulsión de los palestinos hacia los países árabes vecinos- hoy la situación se ha invertido. La popularidad del fanatismo islamista, entre los palestinos especialmente pero también en el mundo árabe en general y en otros enemigos de Israel con el Irán de Ajmadineyad a la cabeza, ha hecho resurgir con virulencia el viejo sueño de convertir tarde o temprano al Estado de Israel en un breve paréntesis en la larga historia de la región, un «accidente» consecuencia de otro anterior que habría sido el Holocausto.

Hamás, Hizbola, Siria o Irán, Al Qaeda y grupos similares no tienen el mínimo interés en avances en dirección hacia la constitución de un Estado palestino viable. Desde Teherán sólo parte un mensaje constante y retador que pide sufrimiento en espera del golpe liberador que restaure el honor del Islam con la destrucción del Estado de Israel. Nadie piense que la presidenta del parlamento israelí se dejaba llevar por la retórica el martes cuando pedía a Merkel, «tiéndanos la mano para evitar la condena de muerte», en referencia a la amenaza que todos los israelíes perciben ante los planes nucleares del régimen de Teherán.

Angela Merkel tiene la paradójica ventaja sobre sus colegas del resto de Europa occidental de haber crecido bajo una dictadura comunista, saber lo que es el totalitarismo y lo que es la libertad. Y los esfuerzos y el precio que ésta merece en su defensa. Por eso es incapaz de caer en los relativismos de otros, como nuestros inefables gobernantes españoles con sus solemnes juegos de la nada sobre la armonía en la Alianza de Civilizaciones con los enemigos de la civilización. Merkel tiene por el contrario eso que se denomina «cultura de defensa», una virtud denostada o sencillamente ignorada por tantos políticos europeos. Por eso sabe percibir las amenazas a la libertad propia en los ataques a la de otros Estados, comunidades o personas. Por eso es capaz de ir a Moscú y a Pekín y proclamar allí su preocupación por los derechos humanos mientras otros visitan estas capitales sin acordarse de ellos. Como tantos políticos centroeuropeos y antiguos disidentes bajo los regímenes comunistas, sabe que la libertad perdida por debilidad puede costar generaciones en ser reconquistada. Sabe que los enemigos de la libertad son implacables y utilizan y fomentan la confusión, la comodidad, la ignorancia y la cobardía en las sociedades libres. Pero sobre todo sabe que Israel no se puede permitir una derrota porque equivaldría a su aniquilación. Y es consciente de que las amenazas contra Israel son amenazas contra todos nosotros.

Israel es parte de la historia alemana y europea. Es evidente que Israel hoy no existiría como es si la Alemania nazi no hubiera asesinado industrialmente a millones de judíos. Ni si hubieran tenido las víctimas otros países europeos donde buscar refugio ante la ofensiva criminal nazi que comienza en 1934 con las Leyes de Nuremberg y concluye en las chimeneas de Sobibor y Auschwitz o en las terribles muertes por enfermedades y hambre en Bergen-Belsen con Hitler ya muerto.

Como no podía ser de otra forma, ciertos sectores de la izquierda europea se han apresurado a criticar a Merkel por no aludir a los asentamientos israelíes en los territorios ocupados ni a la triste situación en Gaza. A Gaza sí se refirió y con inmenso sentido común. Hamás es responsable de lo que allí ocurre, porque Israel, que se retiró unilateralmente de aquellos territorios, no puede tolerar que desde allí se bombardee diariamente a su población. Merkel cree en el derecho a la defensa propia. Otros pretenden que Israel renuncie a ella. No puede caer en semejante error quien tan larga memoria tiene. La cancillera ha estado ya tres veces en Israel y los territorios durante su mandato. Y por supuesto que ha tratado con los dirigentes israelíes sobre estas cuestiones políticas a las que aludió en el parlamento en Jerusalén como «la necesidad de dolorosas concesiones». La política israelí es muchas veces muy criticable y condenable. Y sin duda habrá de hacer muchas «concesiones dolorosas» para cualquier acuerdo cuando tenga interlocutores. Pero su derecho a la defensa propia sólo se lo pueden discutir sus enemigos. Pero, además, ha quedado claro que esta visita ha sido concebida personalmente por la cancillera como una proclamación de principios. Con siete ministros de su Gabinete en Jerusalén para elaborar con sus homólogos israelíes programas de cooperación a largo plazo, ella se ha centrado en la escenificación de este salto cualitativo que convierte a Israel en uno de los socios privilegiados de Alemania en un nivel que solo tienen Francia, EE.UU., Italia y quizás ahora Polonia. El Estado de Israel está, desde esta semana, un poco más arropado ante las tempestades de la historia que se adivinan. Lo necesita y lo merece.

¿Dónde está la yihad?

Por Michel Wieviorka, profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París (LA VANGUARDIA, 20/03/08):

Con demasiada frecuencia nos contentamos con imágenes sumarias a la hora de abordar la cuestión de los agentes terroristas. No escasean, sin embargo, las investigaciones periodísticas y las obras de expertos a la hora de proporcionarnos innumerables detalles sobre redes y organizaciones, la trayectoria de las figuras más notorias, su modo habitual de actuar y sus preparativos antes de perpetrar un atentado y en el momento de ejecutarlo.

Sea como fuere, el poder de evocación del solo término de terrorismo es tal que lo ceñimos - espontáneamente- a la capacidad de dañar de los terroristas y a la idea de un mundo homogéneo dominado por ideologías asimismo sumarias, vigorosas y dotadas de gran homogeneidad. Igualmente, creemos poder compendiar en un puñado de frases su visión del mundo o sus planes, sus convicciones y el empeño que ponen en su compromiso que los conduce hasta el martirio: darse la muerte para mejor infligirla al enemigo.

Sin embargo, la realidad es compleja y las vicisitudes de Al Qaeda siguen ahí para demostrárnoslo. En efecto, la acción terrorista procedente de una nebulosa más que de un movimiento organizado no reviste el mismo sentido en todo el planeta; y, en el seno de la misma nebulosa, no todos coinciden en los mismos objetivos. Cabe referirse a ello de dos modos principales. Por una parte, el papel de los especialistas - sobre todo profesores universitarios, periodistas y servicios de información- se cifra en mostrar toda la complejidad de este fenómeno. Mediante el examen del discurso de los terroristas (que actualmente se propaga ampliamente por internet, fuente de información inexistente cuando se trataba de estudiar el terrorismo de extrema izquierda del tipo de las Brigadas Rojas italianas) y de sus atentados, muestran sus divergencias - en ocasiones notables- que separan por ejemplo a los yihadistas de Afganistán de los mártires de Iraq, los autores de los atentados de Madrid o los de Londres, Estambul o Bali sin hablar de los responsables del 11-S del 2001 en Estados Unidos.

Por otra parte, las tensiones y divisiones internas en el seno de un movimiento terrorista pueden aumentar hasta el extremo de provocar escisiones y bajas. Sucede entonces que los propios protagonistas o sus ideólogos, sus intelectuales orgánicos, hacen escarnio de ellos en la plaza pública como si los círculos dirigentes ya no pudieran lavar la ropa sucia en casa ni controlar el discurso procedente de la propia organización. En los años setenta y ochenta, por ejemplo, no era difícil seguir la pista de las peripecias internas de los conflictos que enfrentaban - en el seno de ETA en el País Vasco español o del IRA en Irlanda del Norte- a milis y poli-milis: los primeros querían mantener el primado absoluto de la lucha armada, en tanto que los segundos sopesaban la posibilidad de combinar lucha armada y acción política, e incluso un abandono de la lucha armada y un retorno a la vida política normal.

De mismo modo y en la actualidad, el mundo de la yihad se presenta singularmente dividido, hasta el punto de que es menester preguntarse sobre la naturaleza de estas divisiones y sobre lo que nos anuncian para el porvenir.

Los atentados del 11-S daban cuenta de un consenso en el seno de la yihad: expresaban - al más alto nivel- la visión general de una lucha sin cuartel contra Estados Unidos y Occidente, un choque de civilizaciones, para emplear los términos de Samuel Huntington. Pero luego los atentados más importantes han combinado habitualmente - con diversas modalidades- reacciones frente a desafíos globales y planetarios con otros enfoques de rango local asociados a los rasgos específicos del escenario de cada país en cuestión y, por tanto, acompañados de planes más limitados.

En estas circunstancias, han empezado a aflorar las tensiones internas, sobre todo en lo concerniente a Afganistán y más aún a Iraq: Al Qaeda, en efecto, al decidir bajo la batuta de Abu Musad al Zarqaui (muerto en el 2006) atacar a los chiíes iraquíes, provocó (incluso al parecer en el seno de Al Qaeda) verdaderas críticas.

Del mismo modo y en la actualidad, hace furor la polémica (desatada en la prensa árabe) desde que el imán Sayed al Cherif, el gran inspirador egipcio de la yihad y considerado uno de los fundadores ideológicos de Al Qaeda (ahora en la cárcel) ha apelado a la revisión (título de su texto de finales del 2007) reclamando poner fin a la lucha armada. Ha acusado a Osama bin Laden de “traición y alevosía” (contra el jefe de los talibanes, el mulá Omar) calificando a su segundo, Ayman al Zauahiri, de “pérfido y bribón”. Y este último ha replicado en internet acusando a Cherif de hablar bajo la tortura y el miedo y de doblar la cerviz ante los occidentales y los judíos; le ha reprochado que se haya inclinado a la sumisión y la capitulación.

Cabe observar, en este debate, la marca de una sensible evolución de la nebulosa de la yihad desde la aparición de Al Qaeda hasta finales de los años ochenta. Los atentados del 11-S señalaron su apogeo y posteriormente a los terroristas les ha resultado más difícil mantener la imagen de una acción unificada al más alto nivel - mundial- impulsada por un plan general. Por otra parte, los éxitos de la represión y el contraterrorismo han debilitado a Al Qaeda, cuyos dirigentes actuales parecen más zafios y menos formados políticamente: más dispuestos, en suma, a hacer hablar a las bombas que a considerar la reflexión política más compleja y sofisticada (una evolución clásica, por lo demás).

Dada la situación, las nuevas generaciones no se sienten tan capaces de sostener una acción sólida y coherente: se escinden bajo formas que recuerdan las tensiones entre milis y poli-milis,al tiempo que la acción remite a desafíos cada vez más nacionales y locales desgajados en mayor o menor medida de un proyecto mundial.

Digámoslo sin ambages: la yihad, Al Qaeda, han entrado en una nueva era que podría caracterizarse por la fragmentación de la acción - mucho más que por su integración en el seno de una visión general- en función de los rasgos específicos locales y nacionales.

Irak, la sangre que no cesa

Por Alfonso S. Palomares, periodista (EL PERIÓDICO, 20/03/08):

Con demasiada frecuencia, en nuestras conversaciones y en sesudos artículos de opinión, se suele repetir: “A los políticos, en Estados Unidos, se les tolera todo, menos que mientan”. La frase hizo tanta fortuna que se convirtió en el estribillo de una verdad indiscutible, y para apuntalarla se saca a colación la enredadera de mentiras sobre el caso Watergate que obligaron al presidente Nixon a dimitir, así como que el brillante Bill Clinton estuvo a un paso de ser desalojado de la Casa Blanca por no confesar con claridad sus juegos sexuales, en el celebre Despacho Oval, con la becaria Monica Lewinsky.

La verdad es que las peripecias del acoso a Clinton tienen tal repugnancia de pliegues como para hacer ruborizar a un elefante y a un país. Si esa frase pudo tener algo de verdad en una época, ahora, con George Bush, nadie puede sostenerla sin avergonzarse, ya que Bush convirtió la mentira en el motor básico de su estrategia política para la invasión de Irak. Hoy se cumplen cinco años del comienzo de esa guerra, de aquel diluvio de fuego y metralla que sigue acumulando montones de muertos y muros de odio en las más diversas direcciones.

La guerra de Irak es la imagen más siniestra y acabada de la barbarie contemporánea, que va a seguir envenenando el futuro de la historia. De nuestra historia. Y esta guerra se montó sobre la mentira, sobre dos grandes mentiras. Se dio por hecho que el despiadado dictador Sadam Husein poseía un gran arsenal de armas químicas y tenía la voluntad de usarlas, los inspectores de las Naciones Unidas las habían buscado en vano y pedían más tiempo para seguir la búsqueda, pero Bush tenía prisa por lanzarse a una guerra de venganza dentro de la operación Libertad Duradera. La otra mentira, que ahora se acaba de comprobar en todos los detalles, fue la de las relaciones de colaboración de Sadam con la Al Qaeda de Bin Laden. Nunca hubo tales relaciones. Los servicios secretos de los países árabes, incluidos los de Arabia Saudí e incluso los del emirato de Kuwait, conocían perfectamente la incompatibilidad y las antipatías personales y políticas entre Sadam y Bin Laden. Lo que equivale a decir que Sadam no tuvo nada que ver con el terrible atentado contra las Torres Gemelas, pero a Bush le interesó implicar a Sadam en las redes del terrorismo internacional de corte islámico para montar una guerra que derivara en la imposición de la pax americana en todo Oriente Próximo, y que supondría el control de buena parte de las abundantes reservas petrolíferas de la zona.

APOYÁNDOSE en esas dos grandes mentiras puso en marcha un enorme engranaje mediático y un juego de presiones políticas y promesas económicas para captar voluntades y articular su guerra con el apoyo de la ONU. No lo logró. Kofi Annan y muchos otros se plantaron. Sin embargo, consiguió apoyos fervorosos, entre los que sobresalieron por su apasionamiento Tony Blair y José María Aznar. El entusiasmo de Aznar por esa guerra le convirtió en entusiasta portavoz de las mentiras de Bush. Escenificaron los fervores belicistas en las islas Azores, dejando para el recuerdo la célebre fotografía que ha pasado a la historia como una de las imágenes más perfectas en los álbumes de la infamia.

El efecto más cruel de la guerra sigue siendo la misma guerra, que se puso en marcha bajo el nombre de Libertad Duradera y ahora se está convirtiendo en guerra interminable. Las cifras son escalofriantes para los norteamericanos, y para los iraquís no hay palabras ni números que puedan medir con certeza las dimensiones de la brutalidad. Los soldados estadounidenses muertos rondan los 4.000 y los heridos son entre 30.000 y 40.000 –las estadísticas no se ponen de acuerdo–, mientras que se elevan a 60.000 los que seguirán teniendo secuelas psíquicas de por vida.

EL IMPACTO que está teniendo la guerra en la economía norteamericana es evidente, empezando por el alza descontrolada de los precios del petróleo y el abismal déficit presupuestario que impide la modernización de las infraestructuras que se están quedando viejas. Y son muchos los economistas que atribuyen un cierto porcentaje de las perturbaciones financieras a vivir en el marco de una guerra, porque es su guerra, aunque se desarrolle en una geografía lejana. Esa guerra también está en la matriz de nuestra propia crisis o desaceleración.

Los efectos sobre Irak son devastadores y lo seguirán siendo durante décadas. Los muertos apenas se cuentan; se entierran, se lloran y se vengan. Por eso las cifras de fallecidos varían bastante, según las fuentes, pero casi todas se mueven alrededor del medio millón. Los heridos sí que son incontables y con las más diversas formas de mutilación. Pero lo más grave es la ruptura de la convivencia, transformada en un ajedrez de violentos conflictos en un entramado de guerra civil.

Irak se ha convertido en una de las grandes madrigueras del terrorismo. Y es una fábrica de odio que alimenta los extremismos islamistas en el mundo árabe. Vivir es un drama cotidiano. Una tragedia con mucho futuro. Chiís contra sunís, sunís y chiís contra kurdos. Un cruce permanente de cuchillos y bombas entre etnias y creencias. Faltan trabajo, comida, electricidad… y paz. Hoy, al cabo de cinco años, los iraquís son un pueblo sin esperanza.

Mentiras y verdades de la Guerra de Irak

Por Inocencio F. Arias, diplomático español y cónsul general en Los Angeles, EEUU (EL MUNDO, 19/03/08):

La Guerra de Irak ha sido una de las intervenciones más impopulares del último medio siglo. La aversión que despertó en la opinión pública, especialmente en la europea, no ha disminuido cinco años después. Sus consecuencias son generalmente vituperadas. Lo que lleva, en la consiguiente condena, a deformar en ocasiones la realidad. Examinaré 11 asertos relativos al conflicto para mostrar, a mi juicio, los que pueden ser correctos, cuestionables o disparatados:

1) Antes de la intervención, se aseguró que la guerra sería corta y que se recibiría a las tropas estadounidenses con palmas de olivo. A corto plazo, la afirmación pudo ser cierta; a medio plazo, no. El conflicto comenzó el 19 de marzo y la enorme estatua de Sadam Husein en el centro de Bagdad fue derribada el 9 de abril. Momentáneamente, muchos iraquíes, traumatizados por la brutalidad que habían soportado durante el régimen baazista, acogieron bien a las tropas aliadas. La frase pronunciada por McCain: «Los iraquíes estarán agradecidos a quien asegure su libertad», pareció fugazmente incontestable.

Sin embargo, el desarrollo de los acontecimientos cuestionaría lo dicho por McCain y más aún la frase de Bush, cuando desde un portaviones militar proclamó: «Misión cumplida». Ni lo estaba ni lo está ahora. El primer embate contra el prestigio estadounidense llegó cuando se supo que sus tropas, en los saqueos que iniciaron los iraquíes, sólo habían recibido órdenes de proteger el Ministerio del Petróleo. Después llegaron otros hechos, como el desmantelamiento total del ejército y del aparato administrativo iraquí, las infames fotos de Abu Graib, etcétera, que contribuyeron a cuartear la imagen de EEUU en Irak y en el mundo.

2) Bush fue totalmente por libre y se inventó lo de las armas de destrucción masiva para justificar la intervención. Incorrecto. En su país, Bush estaba totalmente arropado. Legalmente, 77 de 100 senadores le dieron luz verde legal. Popularmente, casi el 80% de los encuestados apoyaban la intervención. Y mediáticamente, prácticamente ningún medio repudió la intervención. Muchos analistas americanos han entonado posteriormente un mea culpa por su seguidismo. Los atentados del 11-S les habían traumatizado y cegado.

En el plano internacional, Bush no consiguió la autorización del Consejo de Seguridad de la ONU, pero sí tenía un buen número de gobiernos que lo apoyaban. No se inventó las armas de destrucción masiva. Sadam Huseim las había usado en el pasado, contra los iraníes y contra los kurdos. Además, la mayor parte de los servicios de inteligencia del mundo creían que existían; el propio Bill Clinton lo afirmó poco antes de dejar la Casa Blanca. Dirigentes que no querían la guerra, como Chirac o Mubarak, pensaban que Sadam no se había desembarazado de ellas. Las discusiones versaban sobre si se intervenía o se proseguían las inspecciones, no sobre la existencia de las armas.

3) Se aseguró también que la intervención tendría un coste aceptable. Un disparate. El gasto está siendo descomunal. Además, ha habido decenas de miles [otras fuentes hablan de cientos de miles] de muertos iraquíes (la mayor parte causados por atentados de los insurrectos, pero vidas humanas en definitiva), y unos 4.000 soldados estadounidenses. Económicamente, el costo es astronómico. El Nobel Joseph Sitglitz y Linda J. Bilmes sostienen que Afganistán e Irak han implicado un desembolso de 800.000 millones de dólares. Según ellos, sumando las pensiones vitalicias que habrá que pagar a mutilados y heridos, y teniendo en cuenta que ya han rotado 1.600.000 efectivos, de los que un porcentaje no despreciable tendrá secuelas, el costo final de la guerra ascenderá a unos tres billones de dólares.

4) Se dijo que la democracia estabilizaría Irak y, como consecuencia, el precio del petróleo. Incorrecto. Los iraquíes han votado libremente, pero la paz, por el momento, no ha llegado al país árabe. La mayoría chií, victoriosa por constituir el 60% de la población, ha sido revanchista, después de haber estado sojuzgada durante años por la minoría suní, y ésta ha sido remisa a aceptar la nueva situación, cerrando los ojos durante tiempo a la violencia de sus extremistas. La desaparición de Sadam ha abierto, además, la caja de Pandora de las tensiones soterradas étnicas, sectariasy tribales .

El precio del petróleo se ha multiplicado casi por cuatro. Sería injusto achacarlo sólo al conflicto; más importantes son la voracidad creciente de China y la India, la escasa capacidad refinadora, la situación en Nigeria, etcétera, pero la intranquilidad en Irak no ha ayudado y, otro fallo en los pronósticos, no se producen los seis millones de barriles diarios que se podrían extraer. La cifra sigue en los 2,5 del inicio de la guerra.

5) Muchos aseguran que Bush siempre pensó en atacar; lo de pedir el respaldo de la ONU era un paripé. Puede que el presidente estuviera decidido a intervenir sin la ONU, pero no hubo tal paripé. Se lo dijo a Aznar en su rancho, cuando nuestro entonces presidente argumentaba que era mejor obtener la autorización de Naciones Unidas. Pero, además, Bush lo había proclamado en público en la propia Asamblea General en septiembre ante altos dirigentes y embajadores de 188 países. Yo estaba allí. The New York Times lo resumía así en primera: «O intervienen ustedes o lo hará EEUU».

6) Aznar se separó de la línea europea apoyando a EEUU. Harto dudoso. No había una sola línea. Había dos posturas europeas. En un lado, estaban Francia, Alemania, Suecia, Bélgica…; y en el otro, el Reino Unido, España, Italia, Portugal… Europa se partió literalmente en dos. Identificar la postura del continente con la de Francia es trasnochado e inaceptable. ¿Desde cuándo es más Europa la patria de Molière y de Kant que la de Newton, Dante y Goya? Lo cierto es que había dos Europas.

7) Se aseguró que la guerra tuvo una incidencia directa en las elecciones españolas y que la tendrá en las de EEUU. Depende de lo que entendamos por incidencia directa. A pesar de la masiva irritación de nuestra opinión pública con la intervención, el tema estaba digerido y, sin el atentado islamista en Atocha, el PP habría ganado las elecciones. Había superado sin problemas unas municipales en fechas en que la irritación estaba más fresca y dos días antes del 11-M, todas las encuestas le daban ganador.

En cuanto a Estados Unidos, aunque hace un año se pronosticaba que la campaña electoral sería «Irak, Irak, Irak» (Woodward), la cuestión últimamente se ha esfumado. Un 38% de los anuncios electorales mencionaban Irak en septiembre; sólo un 3% a finales de diciembre. A la gente le preocupan más la economía, el seguro sanitario y la inmigración. Por otra parte, de los tres candidatos en liza, dos (Hillary Clinton y McCain) apoyaron la intervención.

8) Se asegura que la retirada de las tropas españolas de Irak se realizó porque, a diferencia de lo que ocurre en Afganistán y otros lugares, su presencia era claramente ilegal. Una memez. Nuestras tropas se retirarían porque el presidente Zapatero lo había prometido en su campaña electoral. Una razón política sólida, sí; pero su presencia era totalmente legal porque tenía la bendición del Consejo de Seguridad, que es el órgano que debía darla. El Consejo, en el octubre previo a nuestras elecciones -Resolución 1511 aprobada por unanimidad- no sólo apoyaba la presencia de las tropas de la coalición en Irak, sino que instaba a los estados miembros a prestar asistencia… «incluyendo fuerzas militares» a la misma. Es decir, animaba a más países a enviar tropas.

9) Cuando Bush se marche habrá un cambio brusco en la política de EEUU, incluyendo la salida de las tropas. Veremos. La opinión pública de Estados Unidos ciertamente ha cambiado. Una mayoría -¿55%?- piensa ahora que no se debió intervenir, pero la cuestión de la retirada militar es peliaguda. El rey de Jordania decía esta semana en EEUU que la salida abrupta sería un error, y los tres candidatos a la Presidencia tienen posturas matizadas. El republicano McCain dice que no hay la menor prisa. En el lado demócrata, Hillary Clinton no la concluiría hasta 2013, y Obama habla de que lo hará en 16 meses, pero consultando primero a los jefes militares.

10) A diferencia de otros conflictos, como los de Kosovo y Afganistán, la Guerra de Irak fue ilegal porque no contó con el apoyo de Naciones Unidas. Formulada así la afirmación es una falacia. Bush, es impepinable, no consiguió una resolución aprobatoria del Consejo, tampoco hubo condena y esquivó finalmente a la ONU. La aprobación del Consejo a la guerra de Afganistán es también para muchos discutible y, ciertamente, nunca existió en el caso de Kosovo. Es generalmente aceptado que la intervención en Irak, a pesar de su denunciada endeblez, cuenta con una base legal mucho más sólida que la de Kosovo. En Irak, había unas 14 resoluciones del Consejo acusando a Sadam de incumplir las resoluciones de la ONU. En la última de ellas, se decretaba incluso que se le daba «una última oportunidad» y que si no la acataba «se atendría a las consecuencias».

He aquí la paradoja. Dos ocasiones en que se interviene militarmente al margen de la ONU: en una, Kosovo, la opinión pública aplaude o se calla; y en la otra, Irak, se levanta airada. En la calificación, la percepción pública juega más que la legalidad.

11) Los españoles se movilizaron masivamente por su pacifismo y por impedir un atropello. Bueno, el pacifismo español es encomiable, pero totalmente selectivo. Millones de personas se echan a la calle si el atropello puede ser atribuido a EEUU. Pocos se mueven, permanecemos totalmente indiferentes, ante otras tragedias internacionales con un número espantoso de muertos si no se ve la mano directa de Washington. ¿Cuánta gente se ha echado a la calle para protestar por el actual drama de Darfur? Aquí no hay manifestaciones. ¿Cuánta protestó cuando trascendió que en Ruanda habían sido asesinadas 800.000 personas en 100 días? Muy pacifistas, sí, pero a la carta.

Cellphone Pictures In Lhasa

By Anne Applebaum (THE WASHINGTON POST, 18/03/08):

Cellphone photographs and videos from Tibet, blurry and amateurish, are circulating on the Internet. Some show clouds of tear gas; others, burning buildings and shops; still others, monks in purple robes, riot police and confusion. Watching them, it is impossible not to remember the cellphone videos and photographs sent out from burning Rangoon only six months ago. Last year Burma, this year Tibet. Next year, will YouTube feature shops burning in Xinjiang, home of China’s Uighur minority? Or riot police rounding up refugees along the Chinese-North Korean border?

That covert cellphones have become the most important means of transmitting news from certain parts of East Asia is no accident. Lhasa, Rangoon, Xinjiang and North Korea are all places dominated, directly or indirectly, by the same media-shy, publicity-sensitive Chinese regime. Though we don’t usually think of it that way, China is in fact a vast, anachronistic, territorial empire, within which one dominant ethnic group, the Han Chinese, rules a host of reluctant “captive nations.” To keep the peace, the Chinese use methods not so different from those once used by Austria-Hungary or czarist Russia: political manipulation, repression by secret police and military force.

But then, modern China bears surprising resemblances to the empires of the past in many other ways, too. Like its Soviet imperial predecessor, for example, China encompasses both an “inner” empire, of which Tibet and Xinjiang are the most prominent components, as well as an “outer” empire, consisting most notably of its Burmese and North Korean clients. Like its French and British predecessors, the Chinese empire must wrestle constantly with nations whose languages, religions and customs differ sharply from those of the imperial power and whose behavior is therefore unpredictable. And like all of its predecessors, the Chinese imperial class cares deeply about the pacification of the imperial periphery, more so than one might think.

For proof of this, look no further than the biography of Hu Jintao, the current Chinese president — and former Communist Party boss of Tibet. In 1988 and 1989, the time of the last major riots, Hu was responsible for the brutal repression of dissident Tibetan monks and for what the Dalai Lama has called China’s policy of "cultural genocide": the importing of thousands of ethnic Han Chinese into Tibet’s cities, to dilute and eventually outbreed the ethnic Tibetan population.

Clearly, the repression of Tibet matters enormously to China’s ruling clique, or members would not have promoted Hu, its mastermind, so far. The pacification of Tibet must also be considered a major political and propaganda success, or it would not have been copied by the Chinese-backed Burmese regime last year and repeated by the Chinese themselves in Tibet last week. Tibet is to China what Algeria once was to France, what India once was to imperial Britain, what Poland was to czarist Russia: the most unreliable, most intransigent and at the same time most symbolically significant province of the empire.

Keep that in mind over the next few days and months, as China tries once again to belittle Tibet, to explain away a nationalist uprising as a bit of vandalism. The riots of the past week began as a religious protest. Tibet’s monks were demonstrating against laws that, among other things, require them to renounce the Dalai Lama. The monks’ marches then escalated into generalized, unplanned, anti-Chinese violence, culminating in attacks on Han Chinese shops and businesses, among them — as you can see on the cellphone videos — the Lhasa branch of the Bank of China.

However the official version evolves, in other words, make no mistake about it: This was not merely vandalism, it could not have been organized solely by outsiders, it was not only about the Olympics, and it was not the work of a tiny minority. It was a significant political event, proof that the Tibetans still identify themselves as Tibetan, not Chinese. As such, it must have significant reverberations in Beijing. The war in Algeria brought down France’s Fourth Republic. The dissident movements on its periphery helped weaken the Soviet Union. Right now, I’d wager that Hu Jintao’s Tibet policy is causing a lot of consternation among his colleagues.

And if they aren’t worried, they should be. After all, the past two centuries were filled with tales of strong, stable empires brought down by their subjects, undermined by their client states, overwhelmed by the national aspirations of small, subordinate countries. Why should the 21st century be any different? Watching a blurry cellphone video of tear gas rolling over the streets of Lhasa yesterday, I couldn’t help but wonder when — maybe not in this decade, this generation or even this century — Tibet and its monks will have their revenge.

La peculiar adaptación asiática de Brasil

Por Alfredo Arahuetes, profesor agregado de Economía Mundial, ICADE-Universidad Pontificia Comillas e investigador del Real Instituto Elcano (EL PAÍS, 18/03/08):

En 2007, Brasil habrá renovado su posición como la décima economía del mundo, apenas detrás de España y Canadá y, todavía, por delante de Rusia, Corea del Sur e India. El mismo ranking calculando el PIB por la paridad del poder adquisitivo (PPA) sitúa a Brasil como la octava economía apenas detrás de Italia y por delante de España y Canadá. Es la primera economía de América Latina y su PIB representa al menos un tercio del PIB de la región. ¿Cómo ha llegado Brasil a ser una economía tan destacada? ¿Cabe suponer que por ser además un país de dimensión continental ha establecido una amplia red de relaciones económicas con los países de América Latina a excepción de México?

La implantación del proceso de industrialización tardía, en los años cincuenta, y la expansión industrial de los años sesenta y setenta, hasta 1974, contribuyó a que la economía brasileña lograse un largo periodo de alto crecimiento con tasas chinas de un promedio del 7,8% anual. El crecimiento, durante este largo periodo se orientó hacia el mercado interno. Brasil se convirtió en una potencia industrial intermedia en el mundo, pero con una economía poco abierta al exterior. Entre 1974 y 1982 el proceso de industrialización se amplió a otros bienes intermedios y a bienes de capital aprovechando el ciclo de crédito internacional de ese periodo. El PIB promedio del país registró tasas anuales del 5,3% pero, como señalaron los profesores Lessa y Tavares, las fragilidades institucionales internas y el endeudamiento externo dieron al traste con el sueño de establecer un proyecto nacional de desarrollo autónomo.

En esta larga etapa, la reducida apertura externa determinó un bajo perfil en las relaciones económicas con los países latinoamericanos. Era un claro reflejo de que la estrategia de industrialización por sustitución de importaciones adoptada por los países de la región tenía un marcado carácter nacional que desestimaba la importancia de la integración de mercados (a pesar de la existencia de acuerdos formales como ALALC, MCCE y el Pacto Andino). La drástica desaparición de la liquidez internacional, tras la crisis de la deuda externa, obligó al país a la adopción de políticas de ajuste que permitiesen la obtención de jugosos superávit comerciales con los que cumplir con los bancos acreedores. La crisis financiera y el ajuste debilitaron al Estado, y entró en un proceso de alta inestabilidad económica y política que imposibilitó la reorientación del proyecto nacional de desarrollo y su articulación con esquemas regionales de integración. Aun así y a pesar de la falta de complementariedad productiva y comercial, los presidentes de Argentina y Brasil -Alfonsín y Sarney- lanzaron el Mercosur en los turbulentos finales años ochenta, un esquema que, contra viento y marea, sigue dando sus frutos hasta hoy.

En los primeros años noventa la globalización financiera incorporó a sus circuitos a las economías en desarrollo más destacadas presentadas bajo la nueva etiqueta de economías emergentes. La economía brasileña atravesaba por muy malos momentos, amenazada por la hiperinflación, pero, aun así, recibió significativas entradas de capitales. Los nuevos capitales contribuyeron a la recuperación y a la estabilización promovida con el Plan Real, pero enseguida apreciaron los tipos de cambio provocando crecientes déficit comerciales y de cuenta corriente, y colocando a la economía en una situación de fuerte dependencia de la financiación internacional. La globalización financiera no proporcionaba recursos para el desarrollo, sino que promovía en las economías emergentes una inserción externa de carácter financiero, que en la práctica determinaba la contracción del aparato productivo y una significativa fragilidad externa. En los países emergentes la fragilidad externa era la antesala de la crisis, y así se puso de relieve con las crisis de México (1994), los países asiáticos (1997/98), Rusia (1998) y, tras la drástica retirada de los capitales internacionales, de casi todos los países de América Latina entre 1998 y 2002. En Brasil la crisis se manifestó en enero de 1999, apenas iniciado el segundo mandato de F. H. Cardoso.

Durante los dos mandatos de Cardoso, Brasil siguió la doble estrategia de global trader y mayor integración con los países de América Latina. La estrategia dio sus frutos en ambos ámbitos. Con los países de América Latina se intensificaron, significativamente, las relaciones comerciales con Mercosur y también con el resto de los países de la región. Al finalizar la presidencia de Cardoso en 2002, el comercio con el área ya representaba el 18,5% de sus exportaciones y el 16,5% de sus importaciones. La creciente interrelación con los países latinoamericanos era de carácter comercial, aún era muy escasa la presencia de inversiones directas cruzadas. La intensificación de las relaciones era significativa y adquiría mayor relevancia a tenor del doble impacto negativo de la crisis financiera y de la desaceleración internacional que colocaron a muchos países de la región casi al borde de la insolvencia.

Cuando Lula tomó posesión en enero de 2003, apostó por una prudente ortodoxia para retirar al país de la insolvencia mediante una política fiscal austera -con el objetivo de superávit primarios que redujesen la relación deuda pública / PIB- y una política monetaria de metas de inflación. En su primer mandato esta estrategia de virtud contó con la fortuna de la expansión de la economía internacional que tiró de las exportaciones brasileñas, sobre todo a China y otros países asiáticos, con precios al alza. El tipo de cambio del real, depreciado por la crisis, contribuyó a la expansión de las exportaciones de manufacturas, y el país volvió a una senda de crecimiento liderada por las exportaciones con significativos superávit comerciales y de cuenta corriente. Al mismo tiempo, Brasil recuperó la capacidad de atracción de inversiones directas de empresas extranjeras hasta el punto de situarse en segunda posición del grupo de países emergentes sólo detrás de China.

Se originó, así, un cambio significativo en la inserción de Brasil en la economía internacional: la inserción financiera fue reemplazada por una inserción comercial similar a la seguida por las economías asiáticas, fortalecida con la entrada de inversiones directas. Con esta nueva inserción, las exportaciones pasaron de 57.000 millones de dólares en 2002 a 161.000 millones en 2007, casi el triple en cinco años; y el país ha obtenido elevados superávit comerciales y de cuenta corriente que, junto a las entradas de inversiones directas, le han permitido reducir pasivos externos y acumular un espectacular nivel de reservas: 182.000 millones de dólares a finales de 2007.

En el segundo mandato, iniciado hace un año, Lula ha cambiado el rumbo hacia una prudente ortodoxia compatible con el relanzamiento del desarrollo. Es decir, estabilidad con fuerte impulso de la inversión en sectores industriales intensivos en capital y en infraestructuras (con el PAC) con el dinamismo necesario tanto para un crecimiento sostenible como para el fortalecimiento de la capacidad exportadora y la sustitución de importaciones al estilo de las economías asiáticas -como señalan los profesores Coutinho y Belluzzo-, y atendiendo a la reducción de la pobreza y la mejora en la distribución de la renta. Esta estrategia permitiría alcanzar tasas de crecimiento superiores al 5% como en 2007 y contaría con el importante refuerzo externo de que el país ha alcanzado la autosuficiencia energética tras el hallazgo de los campos de Tupi.

En estos últimos cinco años se han intensificado las relaciones económicas entre Brasil y los países de América Latina y el Caribe. Sus mercados absorben el 26% de las exportaciones brasileñas y proveen del 18% de las importaciones, y además son el destino del 17,5% de las inversiones directas de las empresas de Brasil y el origen del 3% de las inversiones directas recibidas. Brasil parece apostar por intensificar la integración con los países de la región mediante un esquema de geometría variable que permita el desarrollo de la “fábrica América Latina” con alimentos, materias primas y energía, una adaptación particular de la “fábrica Asia”. En esta línea se inscriben tanto los proyectos de infraestructuras transoceánicas como la Integración de América del Sur y el relanzamiento de las relaciones con México, América Central y el Caribe.

La advertencia

Por Eric Fottorino, director de Le Monde. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 18/03/08):

Poco antes de su llegada a la presidencia, Nicolas Sarkozy habló de la necesidad de un breve retiro espiritual antes de ocupar el cargo que le aguardaba. Se le buscó -¿estaría en Solesmes o en el monte Athos?-, antes de descubrir que el nuevo jefe del Estado se había dejado atraer por los cantos de sirena de un yate. Fue la primera diferencia entre las palabras y los hechos y, a partir de ahí, cada nueva diferencia ha servido para confirmar la anterior, desde la algarada con un marino de Le Guilvinec hasta la desgraciada invectiva del Salón de la Agricultura, pasando por las irreflexivas promesas de ayuda del Estado a las acerías de Gandrange.

Si bien la clara victoria de la izquierda se debe, en gran parte, a consideraciones locales, es evidente que el país ha enviado un mensaje de advertencia a Nicolas Sarkozy. El grado de abstención, especialmente elevado en la derecha, confirma este sentimiento de enfado en un sector de los electores que llevaron a su paladín al Elíseo en mayo de 2007. Es decir, ha llegado la hora del desencanto e incluso la decepción. Ha llegado también la hora de recordar cuál es su deber al que fue candidato convincente (y por eso ganó) y después se convirtió en un presidente desconcertante.

Hace solamente nueve meses, la popularidad de Sarkozy se fundaba en su dominio de la palabra, que incluía la acción con un propósito voluntarista de reformas, de desprecio por el inmovilismo y de voluntad de trabajar para volver a poner en marcha a un país esclerotizado en su economía, sus arcaísmos estatales y sociales y su meritocracia en crisis. Había llegado su momento. Disponía de un gran capital político que le iba a permitir emprender tareas tan difíciles como urgentes. Su margen de maniobra era todavía más importante en la medida en que se negaba a inscribirse en un calendario de reelección, a cinco años vista, y prefería actuar -o eso decía- que perdurar. El país contenía el aliento. ¿Iba a ser capaz de triunfar, y a qué ritmo?

La esperanza política que Nicolas Sarkozy hizo nacer en mayo de 2007 se basaba en la coherencia entre un discurso, unas promesas y unos valores. Al candidato del poder adquisitivo se le oía bien, y muchos le creían, cuando se negó a comprometerse sobre el tema de trabajar más para ganar más. Llegó enero y los franceses se encontraron, a modo de felicitación, con que las arcas estaban vacías y que lo de Carla iba “en serio”. Poco serio era todo aquello precisamente, aunque asesoraron bien al presidente los que le aconsejaron que no hiciera depender la nómina de la buena voluntad del poder político. Se esperaban resultados, y lo que hubo fueron las discontinuidades del corazón. “Cécilia es mi única preocupación”, había confiado el jefe del Estado a unos cuantos periodistas durante la fiesta del 14 de julio en los jardines del Elíseo. Para todo el país, hoy, la preocupación es Sarkozy.

Una combinación y una coyuntura desafortunadas: el deterioro de la economía mundial, la crisis de las hipotecas de alto riesgo y el empuje de la inflación son elementos que han arrebatado al presidente unas palancas que él confiaba en poder manejar. El estilo y la forma -¿pero qué es la forma sino el fondo que asoma a la superficie?- han hecho, o deshecho, el resto.

El mal sería menor si el jefe del Estado no hubiera convertido su imagen en el centro de todo, su palabra en la única que hay que creer, su acción en la única que vale. El híper u omnipresidente se ha dedicado a enviar un reflejo turbio, con sus esfuerzos para imponer sus decisiones y su orquestación, a toda velocidad, del regreso de la esfera privada, de la que pensábamos que a partir de ahora iba a poder escapar a todos los montajes. Sobre todo, el presidente ha parecido menospreciar la laxitud de los franceses ante comportamientos que la vox pópuli reúne en el término “ostentación”. Primero sin que nos diéramos cuenta, y después de forma más brutal, Sarkozy ha mermado su capital de confianza, al creer, por lo visto, que podía permitirse cualquier cosa, y sobrepasar los límites de una cierta reserva, si es cierto, como escribía Tucídides y citaba François Léotard en su reciente panfleto, que “la manifestación del poder que más impresiona a la gente es la discreción”.

Hace ya varias semanas que los franceses han empezado a decir lo que opinaban de estos comportamientos decepcionantes. Como Nicolas Sarkozy no parecía tomar nota de su inquietud, pronunciaron un nombre: Fillon. La popularidad del primer ministro sugiere que su estilo es la vía que debería seguir el presidente: trabajar sin ostentación, mostrarse sin Ray-Ban ni relojes elegantes.

Sin embargo, los franceses no piden a Nicolas Sarkozy que sea el heredero directo del general, como no esperan que sea un gramático capaz de hacer malabarismos con los versos a la manera de Georges Pompidou ni el cantor de una visión aristocráticamente liberal que era Giscard d’Estaing. Tampoco pretenden que el inquilino actual del Elíseo cite a Chardonne y a Zola con el ansia de Mitterrand. Ni que se las dé de entender de arte primitivo y de civilizaciones de la lejana Asia como su predecesor. Nadie le exige que exhiba una cultura que no es la suya. Claro que, por otra parte, este hombre decididamente moderno hace gala de cierto descaro con su pretensión de parecer más inculto de lo que es.

En realidad, los franceses no piden a Nicolas Sarkozy que cambie. Al contrario, lo que le piden es que sea lo que dijo que iba a ser: un presidente activo, apoyado en su programa de reformas. Dejemos una cosa clara: sobre todo, no quieren que desaparezca. Quieren que se eleve. Y que esa altura le permita cumplir la tarea que se había propuesto, para la que fue elegido y en la que, hasta hoy, nos ha decepcionado.

Advertencia no es rechazo. Ni mucho menos. El presidente debe comprender que lo que más temen sus electores, incluso el país entero, es que fracase. Nadie puede razonablemente deseárselo. En mayo de 2007, después de 12 años de Chirac y no poco debilitamiento del poder francés, los votantes volvieron a situar el centro de gravedad del poder en el Elíseo. A Nicolas Sarkozy le corresponde encontrar el manual de instrucciones de su cargo y reducir su parte de comedia para entrar de pleno en la parte seria. Desde este punto de vista, su debilidad de hoy puede ser su fuerza mañana. Lo que tiene que hacer es reflexionar sobre ello. Ya.

Interpretar a Putin, y a Rusia

Por Josep Piqué, economista y ex ministro (LA VANGUARDIA, 18/03/08):

Los europeos solemos interpretar a Rusia desde una enorme distancia y, lo que es peor, desde una enorme ignorancia. Y no estaría mal recordar que, en 1815, después de la derrota de Napoleón, Rusia era la potencia preeminente en Europa y que determinó, en gran medida, los parámetros básicos del congreso de Viena - gracias a ese gran político injustamente olvidado de la diplomacia que fue Metternich-, que, a su vez, fijó la Europa - y el mundo- del siglo XIX. (Por cierto, los rus eran los vikingos que, en el siglo IX, crearon el primer germen de Rusia, a partir de la actual capital ucraniana, Kiev).

Y debemos recordar que, desde la revolución de octubre de 1917 y, sobre todo, después de la Segunda Guerra Mundial, Rusia, a través de su imperio - la Unión Soviética-, fue la otra superpotencia frente a Estados Unidos, contra quien confrontó su visión del mundo, su voluntad hegemónica y, por supuesto, su poderío militar. Confrontación que dominó, sin duda, el escenario geoestratégico del mundo a lo largo de la segunda mitad del siglo XX.

Todo esto entró en una profunda crisis al caer el muro de Berlín en 1989. El imperio soviético (es decir, ruso) se desmoronó. Y la Unión Soviética desaparece en 1991. Y se convierte en nada menos que en quince nuevos estados (dicho entre paréntesis: ¡Rusia sigue siendo el país más grande del mundo y países como Kazajistán tienen una extensión de casi seis Españas!).

Pero el resultado era claro: la Unión Soviética, y por tanto Rusia, habían perdido la llamada guerra fría. Ya no eran una superpotencia que competía con Estados Unidos. Eran un país arruinado, nada competitivo, y que veía como otras naciones, como China o India, ocupaban el espacio vacío para responder a la evidente y, aparentemente indiscutible, hegemonía norteamericana.

Los rusos, así, se dieron cuenta, brutalmente, de que no sólo no eran una superpotencia, sino de que, además, dejaban de ser relevantes en un nuevo mundo dominado por la globalización y por el claro desplazamiento del centro de gravedad hacia el Pacífico y el Índico. La frustración fue terrible. Y la pérdida de autoestima también. Y vieron cómo, después de la desaparición del Partido Comunista de la Unión Soviética, no quedaba sino el vacío que fue ocupado por las mafias. Terrible. Por ello, alguien tan admirado en Occidente como Gorbachov es tan despreciado en Rusia.

Y, en ese contexto, debemos interpretar a Putin. Recuperar la autoestima y la voluntad de ser algo en el mundo. Nada menos. Y eso va de la mano de la energía, pero también de la estrategia de defensa.

Sobre la energía poco cabe añadir. El debate sobre el Caspio, los pipelines para abastecer a la Unión Europea o qué papel juega el Cáucaso están a la orden del día. Veremos qué gasoductos priman. Si los que pasan necesariamente por Rusia o los que siguen rutas alternativas.

Sobre el tema militar sí que puede añadirse algo. Rusia vuelve a hacer un esfuerzo presupuestario muy importante. Pero debemos contextualizarlo: es apenas el 5% del de Estados Unidos y la séptima parte - en términos de PIB- del que efectuaba la antigua Unión Soviética. Es similar al que hace India. Y la mitad del que está gastando China. Pero es cierto que se está restableciendo un cierto clima de guerra fría. O de paz fría, si se quiere. Rusia y Estados Unidos ya no son enemigos, pero tampoco son necesariamente amigos. El debate o la confrontación ya no son ideológicos. Es todo más pragmático. Hablamos de intereses y de posicionamientos estratégicos.

Y conviene no olvidar que en la mitad de los actuales estados de la antigua Unión Soviética - es decir, en siete de catorce- hay bases militares norteamericanas. Y Rusia quiere volver a fidelizarlos. Y es lógico. Porque son estratégicamente muy importantes. Rusia percibe, no sin razón, que el escudo antimisiles norteamericano que se quiere implantar en la antigua Europa del Este es una amenaza a su propia seguridad. Lo que era suyo, ahora está enfrente. Y así se percibe.

Y sé que es muy fácil, y políticamente correcto, y probablemente cierto, deslegitimar a Putin como un personaje autoritario, antidemócrata y potencialmente peligroso. Pero pediría un ejercicio intelectual y político adicional, aunque sólo sea para interpretar qué está pasando. Y nos conviene. Porque todo es mucho más complejo. Putin está devolviendo la autoestima al pueblo ruso. Quiere que Rusia sea un Estado con todas sus prerrogativas, después de superar el enorme vacío producido por la desaparición del antiguo Partido Comunista y que fue ocupado por las mafias, en tiempos de Yeltsin, Está recuperando para Rusia un papel de potencia relevante. Tiene la ambición de ser tenido en cuenta en todas las decisiones. Y por ello, con todas las reservas democráticas que se quiera, ha ganado, a través de su delfín, Medvedev, las recientes elecciones, y va a seguir teniendo un papel esencial como primer ministro. Y, previsiblemente, controlando la llave del instrumento clave de la recuperación del papel de Rusia en el mundo: la energía y, fundamentalmente, el gas.

No insistiré en el papel esencial de la energía ahora. Pero sí que quisiera enfatizar el protagonismo de Rusia en este contexto. Y Putin ha sabido aprovecharlo.

Rusia vuelve a ser un Estado. Y no es poco. Rusia vuelve a ser estratégica. Y todavía es más. ¿Tenemos algo que decir desde aquí?

Crisis existencial en Serbia

Por Mateo Madridejos, periodista e historiador (EL PERIÓDICO, 18/03/08):

Como consecuencia de la secesión de Kosovo y el señuelo de una rápida y compensatoria integración en la Unión Europea (UE), Serbia está sacudida por una crisis existencial y nacional que provocó el colapso del Gobierno y la convocatoria de elecciones legislativas anticipadas para el 11 de mayo, la tercera consulta en menos de dos años, quizá la única fórmula viable para salir del atolladero y dirimir la agónica contienda que desgarra a la ciudadanía. Por eso las elecciones se vislumbran como un plebiscito sobre el destino del país.

La crisis fue precipitada por el primer ministro, el nacionalista Vojislav Kostunica, jefe del Partido Democrático de Serbia (DSS), que quedó en minoría al proponer la ruptura de las negociaciones con la UE hasta que esta reconozca que Kosovo es parte de Serbia. El presidente de la República, Boris Tadic, y su Partido Democrático (DS), aunque opuestos a la secesión, defendieron las conversaciones con Bruselas sin vincularlas con la suerte de la provincia que fue cuna medieval de la nación serbia, antes rebelde y ahora irredenta.

La tercera fuerza política y la más numerosa en el Parlamento (28% de los votos en las elecciones de hace 14 meses) es el Partido Radical (SRS), ultranacionalista, cuyo jefe máximo, Vojislav Seselj, está encarcelado desde el 2003 en La Haya y acusado de crímenes de guerra por el Tribunal Penal Internacional para Yugoslavia, al que se entregó voluntariamente. El juicio comenzó en noviembre del 2007.

En las presidenciales del 3 de febrero último, Tadic fue reelegido con solo el 50,5% de los votos frente al candidato de los radicales, Tomislav Nikolic. Una amplia coalición del SRS con el DSS y otras fuerzas nacionalistas, como los herederos de Slobodan Milosevic, proclives a una alianza con la Santa Rusia y empeñados en la defensa a ultranza de Kosovo, podría derrotar a los europeístas y provocar la ruptura con Bruselas. Las elecciones, muy polarizadas, enfrentarán esquemáticamente a los proeuropeos con los partidarios de la tutela de Rusia. “Kosovo es Serbia, y Serbia no puede entrar en la UE sin Kosovo”, resumió Kostunica. Ambos bloques tienen parecidas oportunidades de triunfo.

AUNQUE LA atmósfera está enrarecida y radicalizada por la galopante crisis económica, todos los pronósticos sugieren que la relación de fuerzas no cambiará. Pero, agravado el sentimiento de ultraje nacional y de injusticia por la pérdida de Kosovo, que una gran parte de la población atribuye a la perfidia de EEUU y la UE, los nacionalistas abrigan la esperanza de regresar al poder por primera vez desde la caída infamante de Milosevic en 1999.

¿Qué solución para una Serbia amputada y escarnecida? Como Kosovo no es un Estado independiente, sino un protectorado de la UE y la OTAN, la ayuda económica y política de Bruselas resulta imprescindible para reforzar a los que en Belgrado, por el momento en minoría, preconizan el olvido de los agravios y la reorientación de la historia serbia mediante su anclaje definitivo en Occidente. Un objetivo contrario a las tendencias históricas (eslavismo, ortodoxia y antigermanismo) y difícil de lograr en poco tiempo con los paños calientes de la incorporación sin fecha a la UE o la retórica contra los nacionalistas que sumieron a los eslavos del sur en uno de los periodos más aciagos de su historia.

El dilema enunciado perentoriamente por el ministro de Exteriores de Luxemburgo –”hacia Europa o contra Europa”– resulta poco convincente para los que se sienten agraviados por la actitud de los que consideran que la independencia de Kosovo es una amarga píldora que debe tragarse lo más pronto posible y sin rechistar. Bruselas descartó hasta ahora cualquier encrucijada menos dramática, como hubiera sido la de mantener bajo soberanía de Belgrado la parte más septentrional de Kosovo, inequívocamente serbia, aunque con el riesgo de incendiar los numerosos enclaves étnicos de los Balcanes.

SEGÚN LAS encuestas recientes, el 70% de la población de Serbia está a favor de la integración en la UE, pero un porcentaje igual rechaza que el precio a pagar sea la pérdida de Kosovo. La secesión de la provincia, al margen del sistema de la ONU, se complementa con la pretensión de dividir a los serbios y de comprar incluso su aceptación del hecho consumado, según subyace en la estrategia de EEUU y la UE, susceptible de tener funestas consecuencias en un país empobrecido y maltratado.

Urge una acción concertada para levantar el ánimo de una población convertida en el chivo expiatorio de la vesania colectiva iniciada en 1991 para destruir Yugoslavia.

La independencia de Kosovo fue concebida para acabar con el conflicto endémico en nombre de Europa, pero el acuerdo de estabilización de la UE con Serbia no puede aplicarse por la oposición intempestiva de Holanda, aún presa de su mala conciencia por la matanza de Srebrenica. La dramática disyuntiva electoral de Serbia introduce un factor de incertidumbre en una situación volátil con numerosos puntos negros en los que crepita el fuego de la discordia. El incendio podría propagarse rápidamente por Bosnia y Macedonia. Razón de más para que Bruselas supere la morosidad y no sucumba a la sospecha de que la secesión de Kosovo coincide con el retroceso del ideal europeísta ante el tribalismo más descarnado.

Los verdes y el cambio climático

Por John Gray es autor de Black Mass: apocalyptic religion and the death of utopia [Misa negra: la religión apocalíptica y la muerte de la utopía]. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 17/03/08):

Si alguna vez ha habido un ejemplo de cómo la humanidad es incapaz de soportar el exceso de realidad, es el debate actual sobre el cambio climático. Ninguna persona razonable duda ya de que el mundo está calentándose, ni de que ese cambio se debe a las acciones humanas. Aparte de un grupo cada vez menor que rechaza los hallazgos inequívocos de la ciencia, todo el mundo está de acuerdo en que nos enfrentamos a un reto sin precedentes.

A la hora de decidir qué hay que hacer, la mayoría de la gente -incluidos casi todos los ecologistas- rehúye las incomodidades que acompañan al pensamiento realista. Parece que George Bush ya se ha convencido de que la ciencia del clima no es una conspiración de izquierdas para destruir la economía estadounidense. Sin embargo, tanto él como el resto de nuestros dirigentes políticos siguen insistiendo en que el crecimiento no tiene límites. Mientras adoptemos nuevas tecnologías que se suponen inocuas para el medio ambiente -como los biocombustibles-, la expansión económica puede seguir como hasta ahora. En el otro extremo del espectro, los verdes tienen la fe puesta en el crecimiento sostenible y las energías renovables. Las raíces de la crisis ambiental, dicen -y aquí están de acuerdo con Bush-, están en nuestra adicción a los combustibles fósiles. Con que pasemos al viento, las olas y la energía solar, todo irá bien.

Desde el punto de vista político, Bush y los verdes no pueden estar más alejados; ahora bien, en lo que sí están unidos es en su resistencia a la verdad más fundamental en la crisis del medio ambiente, que es que no puede resolverse sin reducir enormemente nuestro impacto sobre la tierra. Esto significa disminuir la producción de gases de efecto invernadero, pero, en este aspecto, las políticas de moda hasta pueden ser contraproducentes. El paso a los biocombustibles, encabezado por Bush pero en marcha también en varias partes del mundo, significa más destrucción de bosques tropicales, que son un importantísimo regulador natural del clima. Reducir las emisiones al tiempo que se destruyen los mecanismos naturales de absorción del planeta no es una solución. Es una receta para el desastre.

Las recetas habituales de los verdes no suelen ser mucho mejores. Muchas energías renovables no son tan eficientes ni tan inocuas como se dice. Unas granjas de molinos de viento antiestéticas e ineficaces no nos van a permitir renunciar a los combustibles fósiles, y la energía hidroeléctrica a gran escala tiene tremendos costes ambientales. Los métodos orgánicos de producción de alimentos pueden tener beneficios significativos en el sentido de que mejoran el bienestar de los animales y reducen los costes de combustible. Ahora bien, no contribuyen a detener la destrucción de la naturaleza que acompaña a la expansión de la agricultura para alimentar a una población humana cada vez más numerosa.

Es decir, las panaceas verdes convencionales no se diferencian tanto de las políticas de Bush. En los dos casos, el resultado no puede ser más que un planeta que habrá perdido su biodiversidad y una humanidad expuesta a un entorno cada vez más hostil. La tecnología, hasta cierto punto, puede sustituir la biosfera destruida, pero, como ocurre con un paciente que vive enchufado a las máquinas, viviremos con los días contados. Un día, la máquina se parará.

La incómoda realidad, que ambos lados del debate ambiental ignoran o niegan, es que un estilo de vida tan necesitado de energía como el que se disfruta en las zonas ricas del mundo no puede ampliarse a una población de 9.000 o 10.000 millones de seres humanos, el nivel previsto en los estudios de la ONU para mediados de siglo. Por lo que respecta a los recursos, los números humanos ya son insostenibles. El calentamiento global es la otra cara de la moneda de la industrialización mundial, y las reservas de gas natural y petróleo que necesita la industria están llegando a su máximo precisamente en un momento en el que su demanda aumenta a toda prisa. Al contrario de lo que dicen los verdes, no existe la menor perspectiva de que el mundo vaya a abandonar el uso de los combustibles fósiles. No hay más que preguntar a cualquier economista competente, y se verá que, por más que se extiendan las energías renovables, es imposible satisfacer la demanda de energía que se genera en China e India. Y, de todas formas, ¿acaso alguien cree que los países que están enriqueciéndose gracias a los hidrocarburos -Rusia, Irán, Venezuela y los Estados del Golfo- van a renunciar a ellos? Mientras exista una demanda suficiente de combustibles fósiles, esos países seguirán extrayéndolos, sean cuales sean las consecuencias para el clima mundial.

La única forma de avanzar es disminuir la necesidad de combustibles fósiles y, al mismo tiempo, dado que es imposible renunciar a ellos por completo, hacer que sean más limpios. Eso significa utilizar sin reparos unas tecnologías que muchos ecologistas ven con pavor supersticioso. La energía nuclear tiene los sabidos problemas de la seguridad y el tratamiento de los residuos, y no es, ni mucho menos, una panacea. Sin embargo, su demonización es típica de las peores ideas fantasiosas de los verdes. Aunque la energía solar tiene posibilidades, no hay un tipo único de energía renovable que pueda sustituir a los combustibles sucios del pasado industrial.

Si rechazamos la opción nuclear acabaremos inevitablemente volviendo al carbón. Existen nuevas tecnologías que pueden hacer que el carbón sea más limpio. Pero ésa no es razón para dar la espalda a la energía nuclear, que ya está prácticamente libre de emisiones. Lo mismo ocurre con las cosechas transgénicas. La ingeniería genética supone un tipo de intervención humana en procesos naturales cuyos riesgos no se conocen aún del todo. Pero su alternativa es seguir adelante con la agricultura de estilo industrial, cuyos efectos destructivos en la biosfera son muy visibles.

Cualquier remedio factible para la crisis del medio ambiente tiene que contar con soluciones de alta tecnología. Si se tienen en cuenta las aspiraciones legítimas de las personas que viven en los países en vías de desarrollo, las estrategias de alta tecnología son las únicas que disponen de alguna posibilidad de reducir la huella humana. Pero también será necesario romper el tabú supremo y afrontar la realidad de las presiones de la población.

Los activistas verdes, los economistas del libre mercado y los fundamentalistas religiosos pueden dar la impresión de no tener mucho en común. No obstante, todos están de acuerdo en que no hay nada que no pueda resolverse con un mejor reparto, un crecimiento más rápido y una transformación de los valores humanos. En realidad, el eternamente impopular Malthus se acercaba bastante a la verdad cuando, a finales del siglo XVIII, afirmó que el crecimiento de la población acabaría por superar a la producción de alimentos. Se suponía que la agricultura industrial iba a acabar con la hambruna. Pero resulta que depende demasiado del petróleo barato, y, con las tierras que están perdiéndose para otros cultivos como consecuencia del paso a los biocombustibles, están volviendo a aparecer los límites a la producción de alimentos.

Más que centrarnos en programas fantasiosos sobre energías renovables, debemos garantizar métodos anticonceptivos y aborto libres y gratuitos en todas partes. Un mundo con menos gente estaría mucho mejor preparado para abordar el cambio climático que el mundo superpoblado al que nos encaminamos.

Todavía merece la pena luchar por un mundo habitable y humano. Pero se necesita pensar con realismo, y ése no es el fuerte del movimiento ecologista. Sería irónico que, por culpa de su hostilidad irracional respecto a las soluciones de alta tecnología, los verdes acabaran siendo una amenaza para el planeta equiparable a la que representa George W. Bush.

Soplan vientos de esperanza

Por Xavier Sala i Martín, Columbia University, UPF y Fundació Umbele (LA VANGUARDIA, 17/03/08):

Sabían ustedes que África ha mantenido tasas de crecimiento positivas durante doce años consecutivos? ¿Sabían que eso no pasaba desde… ¡nunca!? El crecimiento ha sido tan importante y tan beneficioso, que los niveles de pobreza extrema (el porcentaje de la gente que vive con menos de un dólar al día) han caído desde el 46% de 1995 al 37% del 2007.

¿A qué se debe este repentino éxito económico? Hay quien busca la causa en las subidas de precios de las materias primas que muchos países africanos producen. Claramente, los países exportadores de petróleo (Nigeria, Camerún, Gabón, Angola o Guinea, entre otros) se han beneficiado del desmesurado aumento del precio del crudo. Pero no hay que olvidar que el resto de África es importadora de petróleo, por lo que la subida de los precios de las materias que exportan se ha visto perjudicado por el encarecimiento del crudo que deben comprar. Puestos en la balanza todos los precios, el efecto neto para ellos ha sido negativo o nulo.

Si no son los precios, ¿qué explica el crecimiento sostenido de África durante doce años? Yo diría que hay al menos cinco factores importantes. Primero, por primera vez en la historia, la mayoría de los países africanos son democráticos. Cuando cayó el muro de Berlín, en África había solamente tres democracias. Hoy hay 23. Aunque las democracias no son inmunes a problemas de corrupción, inestabilidad, imperio de la ley, exceso de regulación o inefectividad del sector público (y, de hecho, la mayoría de países africanos todavía tienen que mejorar mucho en este sentido), sí que es verdad que las dictaduras tienden a ser peores en cada una de estas áreas. Las democracias africanas son jóvenes y delicadas…, pero poco a poco se van consolidando.

Segundo, después de las tan criticadas reformas del consenso de Washington de los noventa, la situación macroeconómica africana tiene una salud razonablemente buena: la inflación está por debajo del 10%, los déficits fiscales extravagantes han sido eliminados y las balanzas comerciales están más equilibradas.

Tercero, la deuda que se contrajo en los años setenta finalmente ha sido eliminada. Como era de esperar, las condonaciones masivas de los últimos años no han liberado los recursos económicos que habían prometido los profetas de la condonación, pero sí han conseguido que los políticos africanos ya no se quejen todo el día de la deuda y ya no tengan excusas para no hacer los deberes.

Cuarto, las nuevas tecnologías están penetrando rápidamente por todo el territorio. La telefonía móvil, por ejemplo, está permitiendo que la gente más emprendedora aumente los rendimientos de sus negocios de forma creativa: los agricultores pueden enviar SMS a diversos mercados para averiguar los precios antes de emprender un largo viaje con sus carros, lo que les permite dirigirse al sitio que les es más favorable y ganar más dinero; los trabajadores autónomos - fontaneros, pintores, carpinteros, etcétera- no tienen que estar todo el día delante de las tiendas esperando que alguien los contrate sino que cuelgan anuncios por las calles con el número de su teléfono móvil; los pescadores que no tienen refrigeración mantienen los peces vivos en jaulas dentro del mar hasta que reciben el SMS de los clientes demandando producto. Los móviles se están utilizando como bancos para realizar transferencias monetarias (tú vas al vendedor de tarjetas de móvil, le das 100 shillings y él te da un código secreto que tu envías a través del móvil a algún amigo tuyo en otra ciudad; este se dirige a otro vendedor de tarjetas de la misma cadena, le entrega el código y, a cambio, recibe los 100 shillings. Es un método de transferir dinero utilizado por la compañía Safari-Com en Kenia, muy efectivo en países con pocos cajeros automáticos y menos sucursales bancarias.

Las nuevas tecnologías están permitiendo a los africanos saltarse algunos estadios de desarrollo ya que están pasando de la nada a la telefonía móvil sin pasar por la telefonía fija, lo que les ahorra costosas inversiones en infraestructura que no se pueden permitir. Este salto los acerca a los países ricos.

Finalmente, un factor que ha contribuido al crecimiento africano ha sido la aparición de China. El impresionante crecimiento del gigante asiático ha afectado a África de muchas maneras, unas positivas y otras negativas: China es un enorme cliente con 1.300 millones de compradores, China es un competidor con empresas que producen mucho y barato, China es un inversor (el ahorro generado por sus ciudadanos está sirviendo para financiar proyectos empresariales en África), China concede créditos con menos condiciones que el Banco Mundial o el FMI, y, quizá lo más importante, China es un modelo que seguir: en 1975, a la muerte de Mao, China era más pobre que África y su gran éxito económico no sólo demuestra que se puede conseguir, sino que da pistas sobre cómo se puede hacer.

África reúne las condiciones para salir del pozo de la miseria. No será fácil ni automático, porque estas condiciones pueden quebrarse en cualquier momento: las democracias africanas son frágiles (y lo ocurrido en Kenia después de las elecciones es un trágico recordatorio), la inflación de los países ricos se puede contagiar, los políticos se pueden volver a endeudar y la crisis financiera de EE. UU. puede acabar afectando a China y, por ende, a los países africanos. No será fácil, pero lo que sí que es verdad es que, por primera vez en décadas, en África soplan vientos de esperanza.

Esperanza a pesar de todo

Por Thubten Wangchen, director de la Fundació Casa del Tíbet de Barcelona (EL PERIÓDICO, 17/03/08):

A pesar de casi medio siglo de la pérdida de las libertades en nuestro país, el Tíbet, el pueblo tibetano siempre ha intentado seguir las directrices de Gandhi y del dalái lama, nuestro líder espiritual y Premio Nobel de la Paz, de cultivar la paciencia buscando soluciones amigables y pacíficas a los conflictos, buscando el diálogo con el Gobierno chino.

Sin embargo, nada cambia. Las conversaciones con los gobernantes chinos están estancadas y China no deja de adoptar medidas para afianzar su política de control y colonización en el Tíbet: construye carreteras para que lleguen sus tanques y camiones al territorio tibetano, y el tren Pekín-Lasa para transportar no solo colonos chinos hacia Lasa, sino riquezas, como el uranio, desde Tíbet hacia China.

MUCHOS JÓVENES tibetanos han llegado al límite de su paciencia al constatar que sus abuelos y padres se están muriendo sin poder ver al Tíbet libre. Por eso han salido a las calles para expresar su disconformidad, contrariando incluso la orientación del dalái lama, especialmente después del 10 de marzo, fecha que marca el 49 aniversario del levantamiento del pueblo tibetano. Lo que empezó como manifestaciones pacíficas pidiendo respeto a los derechos humanos, ha terminado con una brutal represión de la policía china que ha causado numerosas muertes.
Al igual que ha ocurrido recientemente en Birmania, los monjes tibetanos también se han convertido en portavoces de su pueblo y han salido a las calles para pedir respeto y libertad, no solo en Lasa, sino en otras provincias del Tíbet, en India, Nepal, Australia, Japón, América y Europa.

Según noticias que recibimos, confirmadas por los medios de comunicación, se calcula que al menos 100 tibetanos han muerto a causa de la carga policial china. Pero tememos que esa cifra sea mucho mayor. El sábado, un tibetano contactó desde Barcelona con su familia en Tíbet y le informó de que había cerca de 100 muertos frente al templo de Jokhang, en Lasa. Y que, a pesar de lo que afirma el Gobierno chino, el toque de queda está en vigor en la capital tibetana, los monasterios están clausurados y las escuelas cerradas.

El Gobierno chino insiste en acusar al dalái lama de sabotear los Juegos Olímpicos de Pekín, aun cuando el Premio Nobel de la Paz confirma una y otra vez que siempre ha apoyado los Juegos y que considera que son una oportunidad para que los dirigentes chinos practiquen el principio de la libertad a que se comprometieron cuando su candidatura salió vencedora.

LAS IMÁGENES oficiales que recibimos de China solo muestran a jóvenes tibetanos rompiendo persianas de tiendas, pero no muestran las de las matanzas de tibetanos por parte de los policías chinos. Las pocas imágenes no oficiales son grabadas por móviles que consiguen traspasar las fronteras y la censura del régimen comunista para llegar a Occidente.

El dalái lama ha vuelto a dirigirse este domingo a los medios de comunicación para expresar que, a pesar de estar semirretirado políticamente, el pueblo tibetano espera su orientación. Por eso dice sentirse responsable por su pueblo y pide que cese la violencia que ya ha causado por lo menos 80 muertos, con nombres y apellidos. Lo que pide el dalái lama –y queremos todos los tibetanos– es que se aplique la democracia en el Tíbet, que haya libertad de expresión y de movimiento, porque de lo contrario, a más represión y control, más resentimiento se provocará entre la población.

En cualquier caso, ahora el mundo sabe un poco más de lo que pasa en el Tíbet, aunque ya sabía lo que pasó en Tiananmen en 1989 y sobre la persecución de los practicantes de la organización Falung Gong, pero no interviene.

AHORA ES EL momento para que la comunidad internacional y la ONU hagan algo, para que adopten medidas para ayudar a los seis millones de tibetanos que están sufriendo. Los intereses económicos no deberían pasar por encima de las cuestiones humanitarias. Ya queda poco para los Juegos Olímpicos de Pekín, pero estos deben celebrarse sin sangre, en democracia y libertad. Lamentamos lo que está ocurriendo en Tíbet porque eso finalmente daña la imagen de China.

Se nos acusa a los tibetanos de aprovechar la exposición que supone la celebración de los Juegos Olímpicos en China para hacernos oír. Es cierto que es una oportunidad para llamar la atención mundial sobre nuestra situación y la aprovechamos sin otro ánimo de protagonismo que el de pedir que se respeten nuestra cultura, nuestras tradiciones, nuestras creencias, nuestra identidad y, sobre todo, nuestras vidas.

Spitzer, Liechtenstein y el dinero ilícito

Por Moisés Naím, director de la revista Foreign Policy y autor de Ilícito: cómo traficantes, contrabandistas y piratas están cambiando el mundo (EL PAÍS, 16/03/08):

A primera vista, Eliot Spitzer ex gobernador del Estado de Nueva York y Klaus Zumwinkel el ex presidente de la gigantesca empresa alemana Deutsche Post no tienen mucho en común. En sus momentos de ocio a Spitzer le gusta frecuentar prostitutas caras. A Zumwinkel en cambio le gusta el alpinismo. “En mi tiempo libre me gusta escalar montañas y en mi vida profesional también quiero alcanzar cimas muy altas”, ha dicho. En esto último se parecen mucho: ambos alcanzaron altas cimas profesionales. Spitzer llego a ser el mandatario de un Estado cuya economía es más grande que la de muchos países independientes y Zumwinkel fue durante 18 años el jefe del sistema postal más grande de Europa y dueño de importantes empresas como DHL y Deutsche Postbank AG. Otra cosa que tienen en común es que ambos cayeron estrepitosamente de las alturas del poder casi al mismo tiempo y por la misma razón: blanqueo de dinero.

Naturalmente, el escándalo que produjo la caída de Spitzer tuvo que ver con el descubrimiento de que él era el asiduo Cliente Nº 9 del Club Emperador VIP, un negocio de prostitución promovido en la Red. Pero esta afición del gobernador sólo se descubrió cuando el año pasado el banco HSBC reportó a las autoridades una serie de transacciones sospechosas. Dos compañías, QAT y QAT Consulting Group, constantemente recibían transferencias de fondos a pesar de no tener actividades comerciales conocidas. Varias de estas transferencias venían de cuentas en el North Fork Bank que estaban a nombre de empresas que tampoco tenían actividades comerciales, pero que evidentemente le servían de fachada a alguien. La investigación reveló que ese alguien no era ni un narcotraficante ni un terrorista. Era Eliot Spitzer. También se descubrió que las transferencias a las dos empresas QAT provenían de los ingresos generados por las prostitutas del Club Emperador VIP.

A Klaus Zumwinkel le pasó algo parecido, aunque quien lo tumbó de la cima que había alcanzado no fueron prostitutas sino espías. Los agentes del BND, el servicio secreto alemán, pagaron 4,2 millones de euros por varios DVDs robados al LGT Bank, el mayor banco de Liechtenstein, propiedad de la familia de los príncipes de ese país. Los DVDs contenían los nombres de los clientes del banco LGT que escondían allí sus fortunas para evadir impuestos en sus países. Klaus Zumwinkel era uno de ellos. Al igual que Spitzer, el ejecutivo alemán renunció a su cargo en Deutsche Post en medio de un gran escándalo a los pocos días de ser descubierto. Estas informaciones compradas por los espías alemanes a un ex empleado del LGT Bank revelan que miles de acaudalados europeos [alemanes, italianos, ingleses, españoles, nórdicos] regularmente utilizaban a ése y otros bancos de Liechtenstein así como las facilidades que el principado otorga para la creación de fundaciones cuyo propósito no es la filantropía, sino la evasión fiscal.

Esta información provocó una gran conmoción en Alemania y la opinión pública reaccionó indignada al ver cómo los más privilegiados no sólo ganaban mucho sino que, además, se las arreglaban para pagar pocos impuestos. Las autoridades, tanto alemanas como de otros países, han estado utilizando la información de los DVDs y otras fuentes para investigar y encarcelarlos, pero sobre todo para cobrar lo que los evasores le deben al fisco. También se han generado fuertes presiones para endurecer las normativas europeas sobre la evasión fiscal y obligar a países como Liechtenstein, Mónaco y Andorra a acatarlas.

Este nuevo fervor en contra de la evasión fiscal también tiene sus detractores. La periodista Lola Galán escribe en EL PAÍS que Michael Lauber director de la Asociación de Banca de Liechtenstein opina que en ese país ni se lava dinero, ni se permite ninguna transacción vinculada con redes terroristas o criminales. “Pero la evasión de impuestos es otra cosa”, le dijo Lauber a la periodista; “no lo consideramos un delito”. El propio príncipe Alois von und zu Liechtenstein declaró que “Alemania utilizaría mejor su dinero arreglando su sistema fiscal que gastando millones en comprar información robada”.

En estos argumentos está implícita la idea de que si un país cobra impuestos demasiado altos la evasión fiscal será inevitable. Los países que presionan demasiado a sus contribuyentes los estimulan a buscar maneras de bajar las cargas fiscales y siempre existirán países, abogados, prestanombres, bancos y otras instituciones que a cambio de un pago les ofrecerán a los interesados la posibilidad de esconder sus ingresos del fisco. De hecho, en el mundo existe una intensa competencia entre países y bancos para atraer los depósitos de los evasores a través de garantías de confidencialidad bancaria, facilidades para la creación de empresas tapadera, fundaciones filantrópicas, fideicomisos e incentivos de todo tipo.

Fue por esto que a finales de los años 1990 el departamento del Tesoro de Estados Unidos resistió los intentos de otros entes gubernamentales de imponer reglas más severas para controlar los depósitos de fondos de proveniencia poco clara. “No sólo es difícil de controlar esto, sino que lo único que vamos a lograr es espantar a los depositantes extranjeros que se llevarán su dinero a los bancos de otros países”, argumentaban los funcionarios del Tesoro en esa época.

Hasta que ocurrieron los atentados terroristas del 11 de septiembre del 2001.

De allí en adelante los expertos en seguridad le quitaron la batuta a los expertos en finanzas. Follow the Money fue la consigna para investigar a las redes terroristas. ¿De dónde obtienen el dinero? ¿Cómo lo mueven? ¿Dónde lo depositan? ¿A nombre de quién están las cuentas? Responder a estas preguntas permitiría no sólo investigar a los culpables, sino prevenir nuevos ataques. Para ello había que contar con leyes mucho más estrictas de control y seguimiento de los movimientos internacionales de capital. Estas leyes fueron rápidamente aprobadas tanto en Estados Unidos como en muchos otros países, creando así el sistema más ambicioso que jamás ha existido para supervisar la manera de cómo se mueve el dinero por el mundo.

El sistema mundial contra el blanqueo de dinero que resultó de la reacción al 11-S es excesivamente oneroso y complicado. Y además tampoco funciona muy bien. Ted Truman y Peter Reuter, dos reconocidos expertos, dedicaron cuatro años a evaluar rigurosamente el sistema antilavado de dinero vigente. Su conclusión es que si bien a los blanqueadores de dinero se les ha hecho la vida más difícil, quienes tienen incentivos y recursos para esconder fondos aún cuentan con infinitas posibilidades para hacerlo, y los riesgos de ser detectados son relativamente bajos.

Esto me lo confirmó un banquero que entrevisté en Zúrich y que es un muy discreto líder en el mundo de la “gestión de patrimonios”. “En comparación con la situación que reinaba antes del 11-S, ¿cuánto más difícil es para usted gestionar ahora, digamos, 50 millones de dólares de un cliente que desea mantener esos fondos ocultos de las autoridades?”, le pregunté. Sonrió y me respondió: “La principal diferencia es que ahora le cobro más”.

¿Debemos entonces concluir que los gobiernos deben simplemente rendirse y abandonar cualquier intento de evitar el blanqueo de dinero y la evasión fiscal? Por supuesto que no. Pero una cosa es lo deseable y otra lo posible.

En un mundo donde el sistema financiero internacional ha crecido de manera extraordinaria, adquirido una complejidad institucional y técnica casi inimaginable y donde cientos de millones de personas pueden transferir fondos de un país a otro sin salir de sus casas tan sólo tecleando un ordenador conectado a Internet, tener la ambición de controlarlo todo puede llevar a controlar muy poco y hacerlo muy mal. Para hacerlo mejor no hay recetas sencillas. Pero una muy obvia es que los esfuerzos deben ser mucho más selectivos e inteligentes de los que tenemos hoy en día.

Y en todo caso es bueno siempre tener presente que ningún sistema puede neutralizar la creatividad de quienes tienen enormes incentivos para evadirlo. Y esto es cierto por más que el sistema logre victorias ocasionales como las que tuvo con Spitzer y Zumwinkel. Pero, como todos sospechamos, estos dos casos en el fondo tienen más que ver con mareos producidos por las alturas que con el blanqueo de dinero.

¿Van a perder los republicanos?

Por Norman Birnbaum, catedrático emérito en la Facultad de Derecho de la Universidad de Georgetown. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 16/03/08):

Según la mayoría de los indicios, lo normal es que los demócratas venzan en las próximas elecciones presidenciales de Estados Unidos y, al mismo tiempo, aumenten sus actuales ajustadas mayorías en las dos cámaras del Congreso. En las primarias, hasta ahora, han participado 25 millones de votantes en el lado demócrata y sólo 19 millones en el republicano. Los sondeos señalan que la mayoría considera a los demócratas más competentes en todo tipo de cuestiones, tanto nacionales como internacionales.

Los republicanos han dejado caer en el olvido a su supuesto líder, el presidente Bush. Y el candidato republicano, el senador McCain, hace hincapié en su rechazo a la absoluta lealtad de partido. Los grandes grupos ideológicos republicanos (los tradicionalistas religiosos y culturales y los enemigos de los impuestos, que reniegan de las regulaciones y la intervención del gobierno en la economía) están furiosos con él. McCain es partidario de integrar a los inmigrantes, dice que los problemas ambientales exigen acciones de gobierno y se resiste a declarar la guerra cultural contra el Estados Unidos laico. Incluso critica a los bancos y la industria farmacéutica.

Eso sí, el candidato republicano, héroe de la guerra de Vietnam, se declara partidario de la acción internacional unilateral y del uso ilimitado del poder militar. Busca la “victoria” en Irak y está dispuesto a atacar Irán. Sin embargo, la opinión pública piensa hoy que la guerra de Irak fue un grave error, y muestra escaso entusiasmo por nuevas aventuras. Además, McCain ha confesado que entiende muy poco de economía, precisamente cuando la inflación y el desempleo crecientes, y la angustia económica en general, preocupan tanto al hombre de la calle. Su programa económico se reduce a un fundamentalismo de mercado apenas modificado.

Ahora bien, los estadounidenses, independientemente de lo que digan al acabar el invierno, se reservan el derecho a votar otra cosa distinta en noviembre. Los sondeos actuales dan a Clinton y Obama un ligero margen de ventaja sobre McCain. Pero la elección, cuando los demócratas hayan escogido por fin a su candidato, será muy apretada.

Es imposible medir los efectos de la relativa juventud y la mezcla étnica de Obama, del papel de Clinton como mujer y de la edad y la condición de blanco protestante de McCain, en una sociedad joven y cada vez más multicultural. Los historiadores discuten aún sobre las elecciones de los dos siglos anteriores, y ésta no será distinta.

La coalición republicana se formó a partir de la victoria de Eisenhower sobre los herederos de Franklin Roosevelt en 1952. Sus tres grandes componentes son los tradicionalistas cultura les y religiosos (tanto católicos como protestantes), los que pien

-san que el mercado es más eficaz (y más justo) que el Estado como última instancia económica, y los que consideran que el país tiene el deber y el derecho de ejercer la hegemonía en el mundo. Existe un cuarto elemento muchas veces inconfeso: la resistencia a la igualdad de los negros y su integración en la economía y la sociedad.

La eficacia de la coalición se ha visto aumentada por su extraordinaria capacidad de movilización cultural y social, por los servicios prestados por los gobiernos republicanos a los intereses económicos, étnicos, ideológicos y regionales más variados y por el hecho de que los medios de comunicación han aceptado de forma casi absoluta la versión republicana de la historia reciente. A pesar de la oposición de los republicanos al “gran gobierno”, son ellos quienes han aumentado de forma sistemática los poderes de la presidencia de EE UU, que han ocupado durante 36 de los 56 años transcurridos desde 1952.

Las mayorías de las que históricamente disfrutaban los demócratas en el Congreso se han ido reduciendo poco a poco, pero además, en las últimas décadas, cuando los demócratas han dominado las Cámaras, muchos de ellos han aceptado las premisas políticas de los republicanos, hasta el punto de llegar a bloquear iniciativas de su propio partido. Eso es lo que ha convertido la mayoría demócrata actual en el Congreso en un grupo que protesta ruidosamente… para luego aceptar con pasividad las medidas de la Casa Blanca.

Ahora, la coalición en la que debe apoyarse un candidato republicano para poder vencer está desgarrada y parece exhausta. Los tradicionalistas culturales y religiosos se han ganado la antipatía de la mayoría de los ciudadanos con su hipocresía y su agresividad, así como con su oposición a los avances en investigación médica. Las amenazas económicas que se ciernen sobre la existencia de decenas de millones de familias son demasiado serias como para responder con referencias despreciativas al sistema de bienestar social europeo. La idea de la omnipotencia de Estados Unidos se ha desvanecido en Afganistán e Irak, y la población es consciente de que el mundo no va a considerar la retirada de Bush como una tragedia. (Los neoconservadores llegaron más tarde a la coalición y, en cualquier caso, su compromiso fundamental es con Israel).

No obstante, los demócratas se han mostrado demasiado dubitativos y lentos a la hora de proponer alternativas. Obama se ha presentado como el líder que encabezará la búsqueda nacional de un nuevo consenso político, como alguien diferente dentro de su partido. Pero más de uno de cada 10 estadounidenses cree que es musulmán y, por tanto, inaceptable, y muchos demócratas de clase obrera le tienen miedo por ser negro.

Los hombres blancos han votado siempre, en su mayoría, a presidentes republicanos. Se sienten amenazados por la independencia de sus esposas y sus hijas, el traslado de sus puestos de trabajo en las fábricas a otros países y los vecinos que de pronto hablan español… y reaccionan ante ese desposeimiento cultural y económico con indignación. Han aceptado la explicación de que los responsables de sus problemas no están en Wall Street sino en Harvard. La historia personal del veterano de Vietnam le permite simbolizar las virtudes que estos votantes -muchos de los cuales lucharon en aquella guerra- consideran mancilladas. Lo sorprendente es que la oposición al belicismo de McCain está muy extendida entre los altos mandos militares, tanto en activo como retirados.

Es posible que las propias fisuras en la coalición republicana le permitan a McCain crear una nueva. No tiene por qué durar mucho; sólo hasta la medianoche del 4 de noviembre. Los diversos grupos republicanos, al final, terminarán votando por él. Los que preferirían a un presidente más activo en su cristianismo tal vez se conformarán con el apoyo profano que pueden obtener de una Casa Blanca republicana. Los que tienen unas ideas económicas que empiezan y acaban con la bajada de impuestos y la reducción del gasto público temerán lo que pueden costar las ideas de solidaridad social de los demócratas. Y los que se identifican con el poder de Estados Unidos verán en McCain la personificación de la fuerza nacional. Con esa capacidad de atraer a demócratas e independientes, McCain tiene grandes posibilidades de ser elegido.

Coste militar de la guerra de Iraq

Por William R. Polk, miembro del Consejo de Planificación Política del Departamento de Estado durante la presidencia de John F. Kennedy (LA VANGUARDIA, 16/03/08):

La guerra de Iraq ha conllevado complejos costes cuyo impacto se ha dejado sentir no sólo en Estados Unidos sino también en Europa. Sin embargo, se han escamoteado ampliamente a ojos de la sociedad e incluso del Congreso estadounidense. Analizaré sus efectos, que serán duraderos y ejercerán una influencia determinante tanto en la economía como en los niveles de seguridad en España, en este y otros dos artículos siguientes. Empezaré por referirme a los muertos y heridos.

Estados Unidos ha sufrido casi 4.000 bajas - hace unos días, para ser exactos, 3.958-, además de otras 482 en Afganistán. No es posible contabilizar con tanta precisión a nuestros heridos porque se dividen en diversas categorías. Se oye o lee la cifra de 30.000 que dio recientemente el senador Obama, pero el candidato estaba equivocado: se trata sólo de una pequeña fracción del total.

Una de las heridas o lesiones que causan mayor impresión obedece al carácter de las circunstancias que acompañan una guerra de guerrillas: la conmoción cerebral, afección que no se registró hasta después del 2003. Se calcula que se ha visto aquejado por este problema uno de cada diez soldados o marines estadounidenses (aproximadamente, 50.000 hombres y mujeres). Su tratamiento es largo y la mayoría de los afectados nunca se recuperará por completo. En el ínterin, no recobrarán tampoco su normal capacidad funcional. Todas estas consecuencias ejercerán un efecto dominó en sus respectivas comunidades y entornos: pérdida de empleos, incapacidad de ejercer funciones parentales, divorcios, rabia y desesperación. Además, el coste del tratamiento oscilará entre 600.000 dólares y cinco millones de dólares por persona.

Aunque parece más fácil contabilizar la pérdida de extremidades, las cifras no están claras. Como mínimo, hay que hablar de 8.000 personas afectadas. Buena parte se recuperarán, pero muchas se pasarán la vida en una silla de ruedas.

Por añadidura, entre 125.000 y 200.000 personas - uno de cada cuatro soldados y marines, uno de cada tres según el jefe del servicio federal de Sanidad estadounidense- padecen una enfermedad mejor conocida en tiempos recientes, el síndrome de estrés postraumático (SEPT).

Asimismo, la revista JAMA (Journal of the American Medical Association)ha señalado que uno de cada tres hombres y mujeres que han servido militarmente en Iraq - tal vez unas 200.000 personas- precisa tratamiento psiquiátrico y una parte de estas personas pueden presentar tendencias suicidas o representar un peligro para las demás personas.

La herida más complicada y aterradora, sin embargo, se deriva del empleo de explosivos y proyectiles que contienen uranio empobrecido, usado por su poder de penetración en vehículos blindados. En sí mismo este material no es mucho más peligroso que el acero, pero en el curso del impacto el proyectil genera un intenso calor que motiva que el uranio se convierta en un aerosol de óxido de uranio, U O . Como señala Hans 3 8 Noll, profesor de biología de la American Cancer Society, “las partículas en suspensión del aerosol son absorbidas por el organismo por diversas vías. El óxido de uranio es una sustancia neurotóxica y mutagénica que provoca cáncer y malformaciones en fetos en desarrollo. Inhalado en forma de polvo, el óxido de uranio se acumula en pulmones, hígado y riñones y afecta al sistema nervioso”. Es inevitable que se deriven miles -tal vez decenas de miles- de casos de cáncer del empleo de esta arma.

Dado que también han resultado expuestos soldados españoles a esta sustancia, cabe esperar la aparición de graves consecuencias de tal circunstancia.

Estas heridas ascienden a cifras muy elevadas de casos. No es de extrañar, dado que 169.000 de los 580.400 hombres y mujeres que combatieron en la primera guerra del Golfo presentan clasificación de incapacidad permanente, cuya atención representa un coste de 2.000 millones de dólares al año.

En el caso de la segunda guerra del Golfo, se calcula que el coste de los cuidados médicos es equiparable al coste de la propia guerra; o, lo que es lo mismo, aproximadamente medio billón de dólares.