martes, septiembre 11, 2007

¿Muere el neoconservadurismo?

Por Stephen Eric Bronner, profesor de Ciencia Política en la Universidad Rutgers, Nueva Jersey (EE. UU.), y autor de Peace out of reach: Middle Eastern travels and the search for reconciliation. © Project Syndicate - Institute for Human Sciences, 2007. Traducción: Claudia Martínez (LA VANGUARDIA, 10/09/07):

El neoconservadurismo ha servido como una insignia de unidad para los que en la Administración Bush defienden una política exterior agresiva, un gasto militar masivo, un desdén por el derecho y las instituciones internacionales, un ataque al Estado de bienestar y un retorno a los valores tradicionales. Así las cosas, cuando la era Bush se extingue en una caída en picado de popularidad y en renuncias de alto nivel, ¿esto significa que el movimiento neoconservador también se está agotando?

El neoconservadurismo comenzó con premisas diferentes de las formas tradicionales de conservadurismo. Como las reformas pueden volverse parte de nuestro legado, los conservadores tradicionales pueden adaptarse al cambio, incluso atribuirse el mérito de negociar la conexión entre pasado y futuro. A los partidarios del neoconservadurismo, en cambio, no les preocupa lo que Edmund Burke llamó los vínculos que unen a “los muertos, los vivos y los aún por nacer”. Por el contrario, son revolucionarios o, más bien, contrarrevolucionarios empeñados en rehacer Estados Unidos y el mundo.

De hecho, en un cierto sentido, Irving Kristol, Norman Podhoretz y otros estadistas neoconservadores mayores siguen definidos por el dogmatismo comunista al que pretendían oponerse cuando eran jóvenes trotskistas. La virtud de su partido o camarilla no necesita ninguna justificación compleja: representa los valores norteamericanos, mientras que los críticos simplemente ofrecen una excusa objetiva para los enemigos de la libertad.

Hasta los años 1960, los futuros neoconservadores compartían el anticomunismo vehemente del partido demócrata, la aceptación del Movimiento de los Derechos Civiles y el apoyo a las políticas del Estado benefactor del new deal del presidente Franklin Roosevelt. Expresivamente, el influyente neoconservador Richard Perle dijo en el 2003 que seguía siendo un demócrata registrado por “nostalgia” a Henry Scoop Jackson, el poderoso ex senador que encarnaba estos compromisos.

Para los futuros neoconservadores, sin embargo, los años de 1960 produjeron un trauma que trascendió la humillación de una guerra perdida y la deshonra de Richard Nixon. Lo que en los años de 1950 aparentemente había sido una cultura de la satisfacción se convirtió en lo que Podhoretz llamaba una “cultura adversaria”. Los nuevos movimientos sociales, en un intento por desmitificar la historia, rechazar las perogrulladas que justificaban las políticas de intereses de la elite y exigir una mayor responsabilidad institucional, aparentemente amenazaron todo el establishment.

De todos modos, fue cuando Ronald Reagan forjó una alianza entre las dos fracciones del conservadurismo tradicionalmente en guerra cuando se aseguraron los cimientos políticos del triunfo del neoconservadurismo.

Una fracción estaba comprendida principalmente por las elites opuestas a la intervención estatal en el mercado. A sus miembros poco les importaban las verdades asociadas con la comunidad o los valores familiares. Sus mejores argumentos intelectuales los extraían de Milton Friedman, Friedrich von Hayek y Robert Nozick, que aspiraban a desafiar las teorías colectivistas de la sociedad en general y del socialismo en particular.

La otra fracción estaba arraigada en el populismo ignorante del siglo XIX, con sus raptos de histeria nacionalista, su defensa de los prejuicios tradicionales y su resentimiento de las elites intelectuales y económicas. Sin embargo, sus miembros no necesariamente se oponen a la legislación social que beneficia a la gente trabajadora - especialmente, cuando se privilegia a trabajadores blancos- y algunos, incluso, conservan una imagen positiva del new deal.

El neoconservadurismo, por ende, no puede reducirse a la defensa del libre mercado o del populismo de derecha, ya que su especificidad ideológica consiste en la fusión de estas visiones contradictorias. La cuestión era cómo emparentar el interés de las elites en el capitalismo del libre mercado con el temperamento provincial de un electorado parroquial.

Lo más eficaz era una imagen de gran gobierno opresivo, reflejada en un sistema tributario que cada vez resultaba más gravoso a la gente común, combinado con un nacionalismo anticomunista y un racismo apenas velado. Después de todo, todos entendían quién era el abusador del sistema benefactor y a quién tenía en mente Kristol cuando dijo que un neoconservador es “un liberal que ha sido asaltado por la realidad”.

Pero con la muerte del comunismo, las dos facciones del neoconservadurismo una vez más parecían destinadas al choque. La globalización económica amenazaba con provocar un contragolpe de los populistas provinciales, mientras que el enemigo externo - el pegamento que mantenía unido al movimiento neoconservador- había desaparecido.

Luego vinieron los atentados terroristas del 11 de septiembre del 2001. Desde el principio, los altos funcionarios de la era Reagan se mostraron cautelosos de buscar una respuesta unilateral. A muchos les resultaba claro que el fundamentalismo islámico no era comparable con el comunismo y, especialmente en Iraq, los líderes militares veían los peligros de exigir demasiado a las fuerzas norteamericanas.

Pero sus argumentos no salieron airosos. Para el proyecto neoconservador, el 11 de septiembre ayudó a crear un nuevo contexto para vincular la búsqueda de la hegemonía norteamericana en el exterior con un nacionalismo intenso - e, incluso, un ataque más intenso al Estado benefactor- en casa.

Mediante la utilización de una forma cruda de realismo, que ha visto tradicionalmente al Estado como la unidad básica del análisis político, los neoconservadores retrataron a Al Qaeda en términos de enemigos familiares, como el fascismo y el comunismo, con el apoyo de estados “delincuentes” que no deben ser “sosegados”. De ahí el eje del mal y el ataque preventivo.

Este nuevo hiperrealismo tiene poco en común con el realismo al estilo antiguo. Churchill y Roosevelt no mintieron a la comunidad internacional sobre la amenaza del fascismo, sobre construir una “coalición de la voluntad” artificial o sobre el uso de la violencia sin responsabilidad: éstas fueron las tácticas de sus enemigos totalitarios. Hoy, un realismo significativo insta a reconocer las limitaciones que implica construir una democracia: la sospecha de los valores occidentales generada por el imperialismo, el poder de las instituciones y costumbres premodernas y el carácter aún frágil del sistema estatal en la mayor parte del mundo.

Pero el realismo genuino, desafortunadamente, no viene a cuento. Dada la tensión inherente implícita en el abrazo simultáneo que hace el neoconservadurismo del capitalismo de libre mercado secular y de los valores tradicionales, su estrategia, perfeccionada desde la era Reagan, ha sido la de volver a trazar las líneas divisorias: entonces, como ahora, Occidente está en riesgo, lo que exige alimentar una distinción profundamente emocional entre nosotros y ellos.

La atracción popular de esta estrategia no terminará con la Administración Bush, porque el neoconservadurismo se alimenta de un conjunto de temores públicos que están profundamente arraigados en la historia norteamericana. Cambiar esto exigirá no solamente confrontar una nueva perspectiva ideológica, sino también decidir qué políticas mejor reflejan lo mejor sobre la tradición política de Estados Unidos.

Democracia y valores

Por Manuel Marín, presidente del Congreso de los Diputados, y ex vicepresidente de la Comisión Europea (EL PAÍS, 09/09/07):

Los españoles, cuando tuvimos la oportunidad de entrar a formar parte de la Comunidad Europea de la época, no teníamos duda de que esta adhesión significaba participar en un espacio donde la libertad, la democracia y los derechos humanos eran parte indisociable de un proyecto que integraba a ciudadanos de diferentes países. Los valores comunes del proceso de integración europeo siempre fueron una referencia para un país que sufrió una dictadura que nos dejó fuera del Tratado de Roma y aislados por muchos años.

Los valores europeos, nuestros valores comunes, se construían en torno al Estado de derecho, la democracia, la Declaración Universal de los Derechos Humanos y una economía social del mercado. Así, gustosamente, nos reconocíamos como ciudadanos europeos, así queríamos que nos reconocieran fuera de nuestras fronteras y, además, nos dimos como gran tarea extender nuestros valores comunes a otras zonas del mundo.

Esta visión de nosotros mismos se justificó aun más con la caída del muro de Berlín y el colapso del comunismo, el otro sistema político y económico que competía con nuestros valores durante el periodo de la guerra fría. Los países de Europa del Este, satelizados por la Unión Soviética, no dudaron en llamar urgentemente a la puerta de la Unión Europea, una vez recuperada su libertad, pidiendo incorporarse al sistema de valores europeos. La mayoría ya lo han conseguido y hoy forman parte de la familia comunitaria.

Después de esta introducción, necesaria para poder explicarme convenientemente, quiero contarles cómo fueron mis experiencias en diferentes zonas del mundo cuando desde la Unión Europea lanzamos el proyecto de un sistema de relaciones exteriores que hacía del respeto de los derechos humanos y la democracia una condición a incluir en cualquier acuerdo de cooperación, hasta el punto que se introducían cláusulas de suspensión del acuerdo en el supuesto de que el gobierno beneficiario se apartara de este respeto, la llamada condicionalidad democrática. La UE tenía como vocación no sólo perfeccionar su proyecto de integración acogiendo a los países del Este, sino también extender por el mundo nuestros valores relativos a la libertad y la democracia. Noble misión que intenté aplicar con entusiasmo, y no pocos problemas, en las áreas de responsabilidad que desempeñé en la Comisión Europea.

Cuando desde Bruselas lanzamos esta política, surgió inmediatamente un debate a nivel internacional, hoy prácticamente desaparecido, en que cada interlocutor pretendía adecuar el Estado de derecho, la democracia y los derechos humanos a su propia historia, su propia cultura y sus propias especificidades nacionales. La polémica de mayor entidad se creó en relación al continente asiático. Frente a las exigencias europeas de más democracia se nos presentaron los asian values: primero el desarrollo económico, luego la democracia, luego los ciudadanos.

China y los entonces Tigres Asiáticos no admitieron la condicionalidad. Pero la brutal crisis económica que comenzó con la devaluación del baht tailandés y sus consecuencias políticas posteriores han llevado a la mayoría de los países del sudeste asiático a admitir que su desarrollo económico pasa ineludiblemente por aceptar los principios básicos de un sistema democrático. China sigue con su modelo de asian values, en una evolución que le es propia y que terminará, en mi opinión, compartiendo junto con la India ser la democracia más grande del mundo. No será fácil, pero llegará este momento.

En Latinoamérica, el diálogo fue mucho más fácil. Todo el continente se encontraba inmerso en la búsqueda de una normalización democrática que pasara página a los años terribles de las juntas militares y las cruentas guerras centroamericanas. Fue un reencuentro feliz y se inició una cooperación en materia de derechos humanos por todos reconocida y que resultó de una enorme utilidad en muchos países de la zona. Desigual fue la acogida en los países africanos que estaban entonces vinculados por la Convención de Lomé. Muchos dirigentes africanos entendieron esta nueva forma de cooperar. Otros, no. Recuerdo que el primer programa de cooperación que propuse fue el de Sudán. Se trataba de unas obscuras masacres en un lejano lugar llamado Darfur. Hace ya más de 15 años.

El Mediterráneo fue el objeto de un conjunto de decisiones muy importantes que dieron lugar a un nuevo cuadro de cooperación que se oficializó en la Conferencia de Barcelona en noviembre de 1995. La preparación de la Conferencia fue extremadamente difícil y conseguir un acuerdo de mínimos en materia de democracia supuso un enorme esfuerzo.

La Declaración de principios de la Conferencia habla por sí sola. La Unión Europea y los países mediterráneos se comprometían a desarrollar el Estado de derecho y la democracia en sus sistemas políticos, reconociendo al mismo tiempo el derecho de cada uno de ellos a elegir y articular libremente sus propios sistemas políticos, socioculturales, económicos y judiciales… Bajo esta fórmula se admitía la supremacía del sistema democrático, pero cada cual era libre de interpretarlo en función de sus propias condiciones internas. No pudimos llegar más lejos y es obvio que la fórmula era insuficiente. Pero nos sirvió para poner en marcha un conjunto de programas que en su modestia intentaron abrir vías de diálogo para favorecer la evolución interna.

Personalmente, considero que en algunos países de la ribera meridional del Mediterráneo se ha avanzado en lo relativo a los derechos humanos y el pluralismo político. La situación es hoy de notable mejora respecto a los años noventa. No son democracias perfectas, es verdad, pero se ha avanzado.

Creo que sólo el Estado de derecho y la democracia serán capaces de poner freno al radicalismo islamista. No existe un divorcio entre los valores europeos y los valores musulmanes. Pueden coexistir y son en muchos aspectos complementarios e intercambiables. El debate no es discutir qué significa el valor de la vida en la Europa cristiana o en el Mediterráneo musulmán. El debate versa sobre la justicia social y el reparto de la riqueza.

Es siempre mejor luchar por razonable sistema de seguridad social y de desempleo que buscar la salvación en la violencia contra el otro. Hablo, naturalmente, del honrado petit peuple, que es la infinita mayoría. Los iluminados de las dos orillas, ésos, no tienen remedio.

La UE refuerza dictaduras

Por Sihem Bensedrine, periodista y coautora de L’Europe et ses despotes (Ed. La Découverte, París 2004) con Omar Mestiri, actualmente perseguido por la justicia tunecina a causa de sus escritos contra la corrupción. Traducción de M. L. Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 09/09/07):

Cuando se aprobó en 1995, la Declaración de Barcelona despertó muchas esperanzas en la ribera sur del Mediterráneo. Pero el proceso de Barcelona, que debía impulsar la democratización de los países del norte de África, se ha desviado de sus objetivos y ha quedado reducido a una plataforma de apoyo a regímenes dictatoriales. Gadafi, el jefe del Estado “proscrito”, se ha vuelto tolerable, y las democracias europeas no se avergüenzan por cubrir de elogios a dictadores como el presidente tunecino Ben Alí.

Los mensajes que envía la UE a las sociedades de la orilla sur son contradictorios con los supuestos objetivos del partenariado (lentitud en la política de concesión de visados, políticas pusilánimes de inmigración, racismo contra los musulmanes…). El capítulo político del partenariado euromediterráneo se reduce hoy a la cuestión de la seguridad. En Bruselas ha visto la luz una teoría nueva, la de la extraterritorialidad de las fronteras, que ahora se sitúan fuera del territorio europeo, en los países de la orilla sur (dispositivo FRONTEX). Así se delega en los regímenes autoritarios la contención represiva de los flujos humanos.

En el caso de Túnez, Ben Alí practica desde hace veinte años una política autoritaria basada en el amordazamiento de los medios de comunicación independientes y la confiscación de las libertades fundamentales. Esto ha destilado un clima de terror, responsable en gran medida de la inhibición política de los ciudadanos tunecinos. La consecuencia ha sido la aparición, en los cuatro últimos años, de una corriente salafista que propugna la violencia y atrae a cientos de jóvenes de toda procedencia. Ha quedado demostrado que el enfoque de los problemas de Túnez centrado en la seguridad es contraproducente: la violencia engendra violencia y el abandono del espacio público favorece el extremismo.

El fenómeno -amplificado por el conflicto iraquí, que provoca la incorporación de muchos tunecinos a la lucha contra la ocupación norteamericana- resulta todavía más inquietante porque indica una radicalización innegable de determinadas franjas de la juventud. El radicalismo violento parece la única alternativa al alcance de las jóvenes generaciones, que comprueban la dureza con la que se reprime la contestación pacífica (islamista o no). La aparente estabilidad lograda mediante el bloqueo del funcionamiento democrático de la justicia y los medios de comunicación añade fragilidad a dichas instituciones y abre la puerta a lo desconocido.

La política europea está produciendo el efecto contrario al que se buscaba; paradójicamente, cuanta más seguridad inmediata se obtiene, más aumenta la amenaza a largo plazo. Es como si los países europeos no hubieran aprendido nada de pasadas experiencias.

Si nos fijamos en los ejemplos de Grecia, Portugal y España, el final de las dictaduras en esos países fue el punto de partida del desarrollo político y económico, y el terrorismo residual no se abordó mediante la suspensión de la democracia, sino, al contrario, mediante su florecimiento; la estabilidad fue reforzada por la participación directa de la sociedad en ese combate. La voluntad de integrar a estos países demostrada por Europa fue un factor decisivo en su evolución.

En contraste con esta situación, el partenariado euromed está impidiendo cualquier posibilidad de crear un Estado de derecho en países como Túnez, y los fondos MEDA han ayudado a reforzar la dictadura, no la democracia. Ninguna de las partidas asignadas ha servido para favorecer una dinámica positiva en los sectores perjudicados (medios de comunicación plurales, independencia de la justicia, sistemas electorales limpios, sociedad civil independiente…).

Al tiempo que rechazaba varios proyectos de defensa de la libertad de prensa en Túnez presentados por ONGs internacionales (IFEX), la UE decidió financiar un proyecto de apoyo a los medios por un valor de 2,15 millones de euros y confiarlo a un organismo oficial que se las ha arreglado para beneficiar sólo a los periodistas de la prensa leal al régimen, una especie de prima a la censura generalizada. En paralelo, un proyecto a favor de la justicia, con una suma de 22 millones de euros, sirve para reforzar el control del Ejecutivo sobre la institución judicial.

La UE avaló asimismo el golpe constitucional de 2002 que permitió a Ben Alí instalarse en el poder de forma vitalicia, y en 2004 no denunció unos comicios en los que Ben Alí fue elegido ¡por el 94,49%! En cuanto a la instancia que debería examinar las cuestiones relacionadas con los derechos humanos -el Subcomité de Derechos Humanos previsto en el plan de acción de la política europea de vecindad que se firmó en 2005- no ha visto aún la luz, pese a los recordatorios de Bruselas.

Los reproches son discretos y a puerta cerrada. Incluso cuando se observan infracciones graves, como ocurrió con la celebración en Túnez de la Cumbre Mundial de la Sociedad de la Información (CMSI) en noviembre de 2005. “Declaro inaceptables los graves incidentes que han rodeado la cumbre y que han afectado a la libertad de prensa y la libertad de expresión y reunión”, declaró Catherine Trautmann, que encabezaba la delegación del Parlamento Europeo, durante una sesión de esta Cámara el 13 de diciembre de 2005 para hacer balance de la CMSI. Por desgracia, estas declaraciones, confirmadas por los representantes sobre el terreno del Consejo y la Comisión, no tuvieron la menor consecuencia. “No estamos aquí para llevar al Gobierno tunecino ante ningún tribunal”, comentó en Bruselas un alto funcionario de la Comisión.

Mientras que las esperanzas despertadas por la perspectiva de un futuro común con Europa han quedado frustradas, es evidente que el proceso de Barcelona ha servido, sobre todo, para reafirmar a una dictadura blanda como la tunecina, una depredadora económica que ni siquiera logra tranquilizar a los inversores privados, debido a la existencia de un contexto constitucional poco transparente (inseguridad de las transacciones económicas, justicia servil, inestabilidad de las reglas del juego…).

El apoyo de los países occidentales a dictaduras como la del presidente Ben Alí desacredita el sistema democrático, crea un sentimiento de frustración y representa una amenaza para la paz en el conjunto de la región.

Modernizar la izquierda

Por Anthony Giddens, sociólogo británico, autor de La tercera vía: la renovación de la socialdemocracia. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 09/09/07):

He asistido recientemente a un encuentro de los Gracos [Gracques] en París. Los Gracos son un influyente grupo de la izquierda francesa, formado por ex altos funcionarios, embajadores y otras personalidades. Son esencialmente un grupo modernizador, que pretende transportar a la izquierda al siglo XXI, una tarea más difícil en Francia que en la mayoría de los demás países porque allí la izquierda sigue siendo más tradicional. Muchos siguen pensando que su tarea fundamental es mantener a raya las fuerzas de la globalización, resistir frente a la americanización y conservar los sistemas de bienestar actuales tal como están, en vez de reformarlos.

En mi intervención afirmé que la política actual tiene cuatro dimensiones. La división entre derecha e izquierda sigue teniendo sentido. Una persona de izquierdas cree en el progresismo -que podemos influir en la historia para mejorarla-, la solidaridad -una sociedad en la que nadie se queda fuera-, la igualdad -reducir las desigualdades es beneficioso para toda la sociedad-, la necesidad de proteger a los más vulnerables y la idea de que para lograr esos objetivos son necesarios el Estado y otras instituciones públicas. Sin embargo, en un mundo en cambio constante, existe otra dimensión igual de importante, la de la modernización contra el conservadurismo.

Modernización significa elaborar políticas que nos permitan adaptarnos a un mundo distinto del anterior, en el que la globalización es el principal motor del cambio. Y ya no tiene por qué identificarse a la derecha política con el conservadurismo. Puede haber modernizadores de derechas; Sarkozy es un ejemplo perfecto. El futuro de la izquierda en Francia, dije, pero también en general, está en adoptar la modernización; en otras palabras, en elaborar políticas que nos ayuden a preservar y profundizar los valores de izquierdas en la era de la globalización. Tenemos que convencer a los conservadores de izquierdas de que avancen hacia la modernidad.

Me parece muy bien que las personas de izquierdas sigan llamándose a sí mismas socialistas, siempre que reconozcan que esa palabra, hoy, no es más que una etiqueta que significa ser de izquierdas. El socialismo en sí es un proyecto muerto, porque se basaba en la idea de que los mecanismos de mercado pueden sustituirse por una economía regulada y en la tesis de que es posible superar el capitalismo con una sociedad muy distinta. El socialismo fue hijo de la sociedad industrial, mientras que ahora vivimos en una sociedad posindustrial (globalizadora), con una estructura de clase distinta y una dinámica diferente. Ya no podemos definir la izquierda en función de la lucha de la clase obrera; la clase obrera está desapareciendo. La izquierda de hoy tiene que ir mucho más allá de sus partidarios establecidos. La izquierda sólo puede prosperar como “centroizquierda”.

Estas ideas tuvieron buena acogida en la conferencia. Después de su derrota, la izquierda francesa está tratando de reformarse. Hubo otros que hablaron en un sentido similar. Uno de ellos fue el alcalde de Roma, Walter Veltroni, que causó un gran revuelo al afirmar que habría que modernizar la Internacional Socialista en el mismo sentido que las izquierdas nacionales de los distintos países. La historia de la IS es representativa de la evolución de la izquierda, con sus continuidades pero también con sus divisiones sectarias. Se fundó a principios del siglo XX y fue el vehículo del “socialismo democrático”, es decir, los que deseaban establecer el socialismo a través del proceso democrático, no mediante la revolución. Se disolvió durante la I Guerra Mundial, luego volvió a organizarse y posteriormente se escindió en diversos fragmentos. Su encarnación actual data de 1951.

Sobre el papel, la IS es muy activa. En su declaración de principios afirma su interés por todos los problemas y dilemas fundamentales de la sociedad mundial. Cuenta con diversos grupos de trabajo y a menudo envía misiones y delegaciones a varias regiones del mundo. Entre quienes la han presidido figuran algunos de los principales líderes de izquierdas de la historia, como Willy Brandt, Pierre Mauroy y Antonio Guterres. En la práctica, aunque elabora informes y documentos muy preparados y exhaustivos, tiene escasa influencia. La mayoría de los ciudadanos, seguramente, no ha oído hablar nunca de ella. La situación es muy distinta del objetivo inicial de la organización, que era nada más y nada menos que el triunfo del socialismo en el ámbito internacional.

Veltroni propuso cambiarle el nombre y, al mismo tiempo, renovar y modificar su misión. La nueva organización podría lanzarse bajo el título de Asociación de Socialdemócratas, o algo semejante. La IS mantiene una definición más bien doctrinaria de “socialista” y “socialdemócrata” a la hora de decidir qué partidos tienen derecho a integrarse. Ése es uno de los factores que explican que tenga una influencia tan limitada. El mayor partido de izquierdas, el Partido Demócrata, en el país más poderoso del mundo, Estados Unidos, no cumple los requisitos. El único partido estadounidense afiliado es el diminuto Partido de los Socialistas Democráticos de América.

Como es natural, las sugerencias de Veltroni son, en parte, interesadas. El nuevo grupo político proyectado en Italia, el Partido Demócrata, cuyos miembros han pertenecido en el pasado a diversos partidos de izquierdas, puede verse excluido de la IS. Sin embargo, es justo decir que esta propuesta pone sobre la mesa muchas más cosas. Simpatizo enormemente con la postura de Veltroni. La IS necesita reformarse y modernizarse, por su propio interés. No hay motivos para insistir en imponer límites estrictos entre unos partidos progresistas que incluyen en su nombre “socialista” o “socialdemócrata” y otros que no. Un cambio de nombre y una entrada de aire fresco entre los miembros no servirían por sí solos para hacer que la IS tuviera más influencia en el mundo, pero constituirían un comienzo.

La victoria de Bilin

Por Mario Vargas Llosa (EL PAÍS, 09/09/07):

La Corte Suprema de Israel, por unanimidad, ha dado la razón a los pobladores de la aldea palestina de Bilin, en Cisjordania, y decretado que el muro que la estrangulaba debe ser modificado en 1 kilómetro 700 metros de su recorrido a fin de que los campesinos del lugar puedan tener acceso a las 200 hectáreas de cultivos de los que el “muro de Sharon” los separó. El Gobierno de Ehud Olmert ha hecho saber, a través de un portavoz, que “acatará puntualmente la sentencia”.

Al mismo tiempo que yo leía esta noticia en la prensa, recibía, por una coincidencia feliz, el documental que Claudia Levin y Shai Carmeli-Pollak -ella productora y él director- han dedicado a esta pequeña aldea de unos 1.600 habitantes -Bilin, My Love- que, desde el viernes 20 de febrero de 2005, se había convertido en un símbolo de la lucha de los pacifistas israelíes contra la famosa “valla de seguridad” de 650 kilómetros de largo que el Gobierno de Ariel Sharon mandó construir con el pretexto de impedir a los terroristas suicidas procedentes de los territorios ocupados acceder a las ciudades de Israel. En verdad, esta espesa muralla de cemento armado y alambradas electrificadas, penetra profundamente en los territorios ocupados, parte en dos y a veces en tres las localidades que atraviesa, separa a los vecinos de sus chacras y rebaños, a los escolares de sus escuelas, a los enfermos de los hospitales, incomunica a las poblaciones palestinas entre sí, y convierte los desplazamientos a través de sus muy espaciadas puertas, en indescriptibles pesadillas. (Yo las he vivido).

Los estragos del muro, en Bilin, han sido más brutales que en otras partes. Para construirlo, el Tsahal o ejército israelí, arrancó millares de olivos que tenían cientos de años de antigüedad, y cortó la comunicación de los pobrísimos vecinos con sus pequeños sembríos y campos donde pastaban sus cabras, condenándolos a una muerte lenta. Al mismo tiempo, se construía en los alrededores el complejo de Modiin Illit, de seis asentamientos de colonos, financiado por capitales canadienses que apoyan los proyectos de los fanáticos religiosos empeñados en construir el Gran Israel bíblico. Después se descubriría que aquellas construcciones se iniciaron de manera ilegal, pues las empresas adquirieron esos terrenos de manera fraudulenta. El viernes 20 de febrero de hace dos años, grupos de israelíes comenzaron a manifestar en las afueras de Bilin, solidarizándose con las protestas que llevaban a cabo los palestinos del lugar. Desde entonces, todos los viernes han tenido lugar estos mítines, a los que, poco a poco, se han ido sumando voluntarios internacionales, organismos de derechos humanos, periodistas, instituciones religiosas, y muchos jóvenes conocidos en Israel bajo la engañosa definición de “anarquistas”, pues entre ellos se mezclan hippies y punks, con ecologistas, seminaristas, rabinos y viejos comunistas.

El 9 de septiembre de 2005, mi hija Morgana y yo acompañamos a algunos centenares de estos manifestantes israelíes que intentaban ingresar a Bilin para unirse a los palestinos que celebraban allí otro mitin de protesta, pero sólo algunos puñados de jóvenes consiguieron escurrirse entre la barrera que los soldados del Tsahal habían montado cerrando todos los accesos a la aldea. Entre el humo de las granadas lacrimógenas, una joven se nos acercó a Morgana y a mí y nos pidió que la sacáramos de allí, para evitar ser detenida. Lo hicimos, haciendo valer nuestras credenciales de periodistas, que los soldados respetaban. Se trataba de Claudia Levin, una cineasta israelí de origen argentino que, nos dijo, mientras la acercábamos a Tel Aviv, llevaba tiempo haciendo un documental sobre el drama de esta aldea palestina y el movimiento de solidaridad que había despertado, en el que ella misma militaba. La habían detenido ya varias veces y multado, pero no procesado.

Su documental dura un poco más de una hora y está realizado en condiciones muy precarias, con cámaras portátiles que, en razón de las trifulcas en las que andan casi siempre metidas -pedreas, tiroteos, gaseamientos, violentas confrontaciones- a veces parecen volar en pedazos, pero es profundamente conmovedor y deja en la memoria unas imágenes que ilustran, de la manera más vívida y persuasiva, latragedia cotidiana de esas pobres familias palestinas despojadas de sus miserables pertenencias y cercadas y condenadas poco menos que a la extinción por una política inhumana que condena a todos los palestinos de los territorios ocupados a pagar por los crímenes de los puñados de fanáticos de Hamás y la Yihad Islámica que, al igual que los propulsores del Gran Israel, están convencidos de que el fin justifica siempre los medios.

Pero el documental de Claudia Levin y Shai Carmeli-Pollak muestra que hay también, a pesar de la terrible radicalización extremista que ha experimentado su país desde el fracaso de las negociaciones de Camp David y de Taba (2000 y 2001), otro Israel, de gentes dignas e idealistas, a las que la violencia circundante no les ha hecho perder la cabeza ni la decencia, ni ha vuelto racistas, y que, como ellos mismos, o mi amigo Meir Margalit y tantos otros, han sido capaces, a lo largo de dos años y medio, de dedicar todos los viernes de sus vidas a ir a enfrentarse con sus banderas y sus pancartas a las patrullas armadas hasta los dientes del Tsahal y a ser pateados, molidos a palos, gaseados, encarcelados y multados.

No hay demagogia alguna en las estremecedoras imágenes del documental. Lo narran dos hermanos, jóvenes israelíes carentes de ideología, que actúan movidos más que por principios políticos por mera decencia, porque sienten que lo que en Bilin está ocurriendo es algo sucio e innoble, un despojo amparado en el puro derecho de la fuerza, y que privar de sus miserables lotes de tierras y sus olivos y sus cabras a esas pobres gentes en el nombre sacrosanto de la seguridad, al mismo tiempo que, allí mismo, se construyen las poderosas instalaciones donde vendrán muy pronto a instalarse los colonos, es, además de cínico, un acto de colonialismo y conquista que está en contradicción radical con todo aquello que hizo posible el nacimiento de Israel.

La práctica del colonialismo es perversa pues contamina de odio, violencia, racismo y prejuicios tanto a colonizadores como a colonizados. La secuencia más desgarradora del documental es una función escolar, en las calles de Bilin, en la que los niños de la aldea miman escenas que han visto o vivido en carne propia, en sus hogares, en las noches, cuando caen las patrullas de soldados a llevarse a los jóvenes, o a hacer registros y golpean sin misericordia a todo lo que se mueve porque ellos, los soldados, están también muertos de miedo e impregnados de ese odio contagioso que es el que les permite hacer el innoble quehacer que hacen sin que se les caiga la cabeza de vergüenza. Esos niños ya están ellos también impregnados de odio, no hace falta decirlo. Y por eso juegan a morir y a matar, a disparar y a poner bombas, igual que hacen esas personas grandes que los rodean. Otra escena inolvidable en el documental es la de aquel soldado que, en un ataque de desesperación, grita a los fotógrafos que lo rodean: “Dentro de una semana salgo de filas, así que no me importa ya nada. ¡Tómenme las fotos que quieran!”. Y dispara a quemarropa a la multitud.

¿Se cumplirá el fallo de la Corte Suprema de Israel que -ése es su sentido profundo- reconoce el derecho a la supervivencia de los 1.600 habitantes de Bilin? Cabe preguntárselo pues la Corte Suprema israelí -una institución que goza de gran prestigio y que ha dado muchas veces muestra de su independencia frente al poder político- decretó ya hace un par de años que el muro se rectificara en más de 13 kilómetros pues asfixiaba innecesariamente a la ciudad de Kalkilia, seccionándola en tres partes, y hasta ahora esa sentencia no se ha ejecutado. Por otra parte, la sentencia, el 9 de julio de 2004, del Tribunal Internacional de La Haya, declarando ilegal la construcción del muro no ha sido tomada en cuenta por los Gobiernos israelíes. De modo que no es imposible que la agonía de Bilin se prolongue indefinidamente.

En verdad, ese problema sólo encontrará una vía de salida si Israel y Palestina firman un tratado de paz que, a la vez que reconozca el derecho de Israel a existir dentro de fronteras seguras, establezca un Estado Palestino real y viable, que no sea ese queso gruyère lleno de huecos que concibió Sharon. Para muchos comentaristas, la guerra abierta entre Hamás y Al Fatah, que ha culminado con la toma de Gaza por aquel movimiento extremista, aleja todavía más en el tiempo la posibilidad de aquel acuerdo. Pero alguien tan sensato como Amos Oz, por ejemplo, cree lo contrario: que la ruptura abierta entre los moderados y los islamistas palestinos facilita una negociación entre Israel y la Autoridad Palestina. Tal vez y ojalá que sea así. El problema es la impopularidad de Al Fatah por la ineficiencia y corrupción que ha demostrado, lo que explica la popularidad de Hamás, más que simpatía de las masas palestinas por las tesis fanáticas y terroristas de sus dirigentes.

¿Es imposible que alguna vez israelíes y palestinos vivan como buenos vecinos, y se entiendan y cooperen? Vean el documental Bilin, My Love y se convencerán de que es posible. Vale la pena añadir una nota al pie: ese documental, aunque usted no lo crea, fue integralmente financiado por instituciones israelíes y, entre ellas, ¡el Ministerio de Cultura de Israel! No hay que perder las esperanzas, pues.

Crisis

Por Niall Ferguson, titular de la cátedra Laurence A. Tisch de Historia en la Universidad de Harvard. © Niall Ferguson, 2007. Traducción: Juan Gabriel López Guix (LA VANGUARDIA, 11/10/07):

Resulta dificilísimo saber la magnitud de una crisis mientras ésta tiene lugar. De modo retrospectivo, tendemos a pensar en las crisis - ya sean financieras o geopolíticas- como episodios que ocurren en un día extraordinario: el lunes negro, el crac del 24 de octubre de 1929, o el 11-S, los ataques terroristas de hace seis años. Esta idea de sacudidas breves y agudas encaja bien con la inclinación humana a vivir el momento. Quizá también constituye un indicio del déficit crónico de atención de nuestra época.

Ahora bien, a lo largo de la historia las grandes crisis de verdad se han prolongado a lo largo de meses, no sólo de días. En esas largas secuencias de acontecimientos, ha habido muchas noches sombrías, pero también muchos falsos amaneceres. Quizá porque la esperanza nunca muere, las personas tienden a dar a estos últimos más importancia que a las primeras: los confunden con amaneceres de verdad y no son capaces de ver el movimiento descendente que subyace.

Creo que ahora estamos en una de esas crisis prolongadas o, más bien, en dos de ellas. Ben Bernanke, presidente de la Reserva Federal estadounidense, intenta convencer con unas palabras alentadoras a los inversores de que la crisis de las hipotecas subprime va a pasar y que todo irá bien. No estoy seguro. Me temo que todavía queda mucho por delante.

Recordemos a modo de ilustración la crisis asiática de 1997-1998, que empezó el 2 de julio de 1997 con el asalto especulativo al baht tailandés, pero que sólo acabó de verdad con el rescate del fondo de cobertura Long Term Capital Management (23 septiembre 1998) y los tres recortes sucesivos de los tipos de interés realizados por la Reserva Federal el 29 de septiembre, el 15 de octubre y el 17 de noviembre. Se puede afirmar que, en total, la crisis duró 503 días.

Ni siquiera el crac de 1987 fue un simple asunto de 24 horas. Hicieron falta 651 días para que el índice Dow Jones volviera a su pico anterior a la crisis.

¿Qué veremos, me pregunto, en los próximos quinientos o seiscientos días? Por el momento, la opinión general es que las pérdidas totales de la crisis del mercado de la vivienda estadounidense podrían ascender a unos 100.000 millones de dólares (procedentes de modo directo de los prestatarios sin capacidad de pago que no han podido devolver los préstamos), más otros 100.000 millones (procedentes de modo indirecto de las obligaciones de deuda colateralizada garantizadas con esas hipotecas). Lo que nadie sabe todavía es quién resultará más afectado por estas pérdidas. Es probable que en las próximas semanas presenciemos una carrera en busca de salidas a medida que los inversores intenten rescatar los fondos invertidos en hedge funds sospechosos. A su vez, eso podría añadir más presión sobre los bancos que actúan como los prime brókers de los fondos de inversión de alto riesgo. Ben Bernanke se ha mostrado dispuesto a ayudar temporalmente a los bancos con problemas de liquidez abriendo la línea de crédito de la ventanilla de descuento de la Reserva Federal tras la paralización experimentada el mes pasado por el mercado del papel comercial a corto plazo. Sin embargo, no es nada probable que saque de apuros a un banco insolvente y mucho menos a un fondo de inversión de alto riesgo con problemas.

A medida que las ondas de choque se expanden por todo el sistema financiero, van desapareciendo empleos. Y no hay que olvidar que los servicios financieros son mucho más importantes hoy que hace veinte años. Mientras tanto, los propietarios de viviendas estadounidenses están experimentando algo que sólo sucedió durante unos pocos años en la década de 1960: un descenso de los precios medios de las casas. Según el muy respetado índice Case-Shiller, el mercado inmobiliario estadounidense cayó en un 3,2 por ciento durante el segundo trimestre de este año, tras una caída del 1,4 por ciento en el primer trimestre. Algunos analistas creen que los precios de las viviendas bajarán al menos un 10 por ciento. También esperan muchas más ejecuciones hipotecarias en los próximos dieciocho meses, a medida que se renegocien a tipos más altos unas hipotecas que ascienden más o menos a un billón de dólares.

La combinación de unas condiciones de préstamo más estrictas, la pérdida de empleos en los sectores financiero e inmobiliario y un creciente ambiente de pesimismo entre los consumidores podrían dar lugar a un cóctel más tóxico de lo que todavía siguen dispuestos a creer muchos inversores. Estuve el pasado jueves 30 de agosto en la Bolsa de Nueva York, la más grande del mundo. La atmósfera previa al día del Trabajo en Estados Unidos era casi de serenidad, sin que nada dejara traslucir los excepcionales volúmenes de actividad comercial presenciados a lo largo del mes que estaba a punto de concluir. La volatilidad ha vuelto de verdad a los mercados, con subidas un día y bajadas al siguiente. Las bajadas serán aún mayores si la gente empieza a creer que Estados Unidos tiene una recesión a la vuelta de la esquina. Y las angustias no quedarán limitadas a Norteamérica. A pesar de todas las declaraciones optimistas acerca del desenganche económico asiático de Estados Unidos, los próximos dieciocho meses pueden poner de manifiesto que la región continúa dependiendo de las exportaciones hacia el mercado estadounidense. Si el Tío Sam se ve obligado a apretarse el cinturón, todo el mundo tendrá que meter barriga.

La actual crisis geopolítica se desarrolla en un marco temporal igualmente amplio. Del mismo modo que los inversores aprovechan cualquier vislumbre de una noticia positiva en el seguimiento que realizan hora tras hora del mercado de valores, también sigue siendo posible que los partidarios más inflexibles de Bush señalen mejoras en la situación de la seguridad en Iraq. No cabe duda de que la situación ha mejorado desde el embate del nuevo contingente de tropas estadounidenses. El más reciente Índice sobre Iraq de la Institución Brooking, de una imparcialidad admirable, asegura: “Los niveles de víctimas civiles parecen haber disminuido ahora de modo importante (…) En particular, la tasa mensual de bajas civiles a causa de la violencia confesional parece ser más baja que en los meses previos al embate”. Las últimas cifras ponen de manifiesto acusados descensos en las bajas de la policía y el ejército iraquíes. Sin lugar a dudas, agosto ha sido en Iraq el mejor mes en más de un año en Iraq.

Sin embargo, no puede decirse que el número mensual de muertos cuente una historia de paz incipiente. Al menos 655 civiles iraquíes murieron el mes pasado víctimas de las bombas. También se produjeron 75 muertes entre el personal militar estadounidense y 402 heridos. Por otra parte, las perspectivas de una solución política duradera y pacífica entre chiíes, suníes y kurdos parece tan remota como siempre. Y, en el propio Estados Unidos, la confianza pública en la estrategia del presidente Bush se encuentra en un mínimo histórico.

Se trata de una importante cuestión en la que el presidente Bush puede estar en lo cierto cuando traza un paralelo entre Iraq y Vietnam. El pueblo estadounidense ya había perdido la fe en la guerra de Vietnam al comienzo de la ofensiva del Tet, a finales de enero de 1968. A partir de octubre de 1968, una clara mayoría de los estadounidenses respondía en las encuestas que consideraba la guerra como un error. Por esa época ya se habían iniciado en París las conversaciones de paz entre Estados Unidos y los norvietnamitas. Con todo, los acuerdos de paz de París no se firmaron hasta el 27 de enero de 1973. En otras palabras, la agonía de poner fin a la guerra de Vietnam duró más de 1.800 días. Y la historia no acabó ahí. Hasta el 30 de abril de 1975 no cayó Saigón y fue evacuado en helicóptero desde el tejado de su embajada el último embajador de Estados Unidos en Vietnam del Sur.

Del mismo modo, el desenlace de la intervención estadounidense no se determinará en Bagdad sino en Washington, aun cuando el acto final de la tragedia sea otra evacuación aérea, esta vez desde la Zona Verde. Tarde o temprano, el actual presidente estadounidense o su sucesor se encontrarán bajo una irresistible presión pública para empezar a reducir el número de soldados en Iraq. Casi con seguridad eso sucederá, como en Vietnam, antes de que el país que abandonan haya quedado verdaderamente estabilizado. Y la suerte final de un Iraq unido, como el destino de Vietnam del Sur, será sangriento.

Esta gran crisis de la política exterior estadounidense, como la crisis financiera de combustión lenta que estamos atravesando, se prolongará a lo largo de cientos de días, cuando no de miles. Durante todo ese tiempo, leeremos en los periódicos muchas noticias acerca de que el embate está funcionando y de que los mercados se recuperan. Sin embargo, esas noticias no serán más que ruido,una simple interferencia estática en las ondas de la historia.

Como a principios de la década de 1970, las dos crisis subyacentes de nuestra época, la geopolítica y la financiera, están entrelazadas y son inexorables.

Yihadismo y globalización

Por Emilio Lamo de Espinosa, catedrático de Sociología de la UCM (ABC, 11/09/07):

Al igual que una piedra arrojada quiebra la placidez de un estanque de límpidas aguas, así cayeron las torres gemelas de Nueva York, hace hoy seis años, rompiendo la límpida seguridad de una brillantísima post-guerra fría. Pues, tras la caída de la Unión Soviética, los años 90 fueron la década del crecimiento económico ininterrumpido (del «fin del trabajo» anunciado por Jeremy Rifkin), de cancelación del peligro de holocausto nuclear, de fin de la amenaza soviética y de esperanzada democratización del mundo. Incluso el conflicto palestino-israelí parecía encontrar un camino. Era el sueño realizado de la Ilustración y el Progreso y, por ello, el fin de las luchas ideológicas y el fin de la historia, según leyó en Hegel un oscuro pensador ruso (Kojéve) actualizado en un brillante ensayo de Francis Fukuyama. Clinton pasará a la historia como uno de los mejores presidentes americanos por emblematizar aquella brillante década de los años noventa.

Pero no ya la historia, sino el mito, anidaba a la vuelta de la esquina. Pues la clara mañana del 11 de septiembre del 2001 en Nueva York iba a brindarnos uno de los más espectaculares escenarios jamás vistos, comparable en su impacto onírico a la caída de Troya o Alejandría, la conquista de Constantinopla, el saco de Roma o el recuerdo mítico de las hordas mongolas asediando Europa, un escenario que sólo la imaginación de Hollywood podía pergeñar. Puede que olvidemos el asesinato de Kennedy, la muerte de Franco o la caída del muro de Berlín, y ya estamos empezando a olvidar el 11M (carente de imágenes espectaculares), pero no será posible enviar a la memoria las escenas dramáticas y brutales, casi primordiales, y sin duda gigantescas, de aquellos dos colosos cayendo entre nubes de polvo. ¿Cómo no pensar en un elefante, dice Lakoff? ¿Cómo no recordar aquello, tan inefable e indecible que no tenemos palabras adecuadas para designarlo?

Quienes vimos en aquel evento el verdadero fin del siglo XX puede que tuviéramos razón. En todo caso el mundo de hoy nada tiene que ver con aquella década prodigiosa de los noventa. Del 11-S trae causa la ocupación de Afganistán primero y de Irak después, inevitable la primera y discutible la segunda, conflictos aún no resueltos que caminan por sendas de incertidumbre pero lejos de ser nuevos Vietnam o «batallas de Argel». Del 11-S y de esos dos conflictos trae causa el progresivo alejamiento del mundo árabe de Occidente (ojo, no del mundo islámico: pensemos en Turquía o Indonesia), cada vez más atrapado en una contra-reforma religiosa anti-modernizadora al tiempo que China, India, toda Asia, América Latina, e incluso buena parte de África, ven sus economías crecer con celeridad, sus democracias despuntar o afianzarse, y sus sociedades occidentalizarse y secularizarse a marchas forzadas. ¿Es casual que los países árabes sean hoy la única zona del planeta apenas tocada por la democracia, y al tiempo, una economía del petróleo que, en conjunto, tiene un PIB inferior al de España? Fracaso económico y político monumental que amenaza todo el flanco sur de Europa y nos devuelve a los españoles (sobre todo Al Andalus) a la frontera de Occidente.

Pero de aquel 11-S cuando «todos fuimos americanos» (recordemos: tal fue el titular de Le Monde el 12-S), pasamos a la invasión de Irak con la que «todos fuimos anti-americanos», en un movimiento que dividió a Europa, la OTAN, la ONU y, lo que es peor, a Occidente mismo, cancelando al único sujeto histórico capaz de introducir cierto orden en un mundo transnacional cargado con una agenda de problemas que no tienen sede donde abordarse. La historia no perdonará ni a Chirac (hoy en el punto de mira de los tribunales franceses) ni menos a Schröder (el peor canciller de la Alemania democrática y hoy en la nómina de Putin), la apuesta cortoplacista por una Europa fortaleza aliada de Rusia y China y contrapeso del Imperio americano, un Occidente dividido y débil justo cuando su presencia es más necesaria.

Pues si el 11-S alboreaba una nueva época, no era sólo la del yihadismo sino también la de la globalización, un mundo en el que, según el viejo Terencio, nihil humanum a me alienum puto, nada nos es ajeno. Unos terroristas sauditas, educados en Alemania, residentes en España, reciclados en Estados Unidos, y que, motivados por milenarismos medievales, derriban las Torres del Comercio Mundial asesinando a miles de trabajadores de cientos de nacionalidades. Y en ese gran mundo nuevo, la «nave tierra» que es ya el nuestro, el gran problema es quién y cómo resolver los problemas, el quién y el dónde de la autoridad y el gobierno globales. Cuestión que sólo tiene una respuesta: una sólida alianza de democracias fiables cuyo núcleo duro sólo puede ser la Alianza Atlántica.

La Yihad abrió las puertas de ese mundo nuevo, pero debemos evitar que nos fascine, que es justamente lo que pretenden todos los terrorismos. Mientras los terroristas no sean capaces de conseguir armas de destrución masiva su letalidad es limitada. Podemos criticar la política antiterrorista de Bush (y debemos hacerlo; Guantánamo no ha sido nunca defendible, como tampoco la figura del «combatiente enemigo» ni el turismo de presos de la CIA), pero ha evitado la repetición del atentado, cosa que los europeos no hemos conseguido. Si la amenaza yihadista es hoy superior a la existente en el 2001 es difícil de evaluar. Como organización está seriamente limitada por la ocupación de Afganistán; como ideología, por el contrario, ha florecido y atrae incluso a occidentales (lo acabamos de ver en Alemania). Pero con terrorismo de baja letalidad es posible vivir, como sabemos bien los españoles. Y quizás por eso Al Quaeda se orienta más y más a los países árabes mismos (desde Irak a Argel).

El fundamentalismo islámico es un serio problema político y de seguridad, pero no es una amenaza estratégica y no debe compararse con lo que fue la amenaza comunista. Por el contrario, Rusia regresa por fueros autocráticos, lo que siempre fue. Y China no acaba de abandonarlos (como nunca hizo) aunque pase de «totalitario» a «autoritario» (dice Eugenio Bregolat), al tiempo que actúa más y más como gran potencia. La amenaza principal del nuevo siglo no es tanto la del nuevo terrorismo, que sin duda continuará, sino la de un orden internacional en equilibrios inestables de grandes (y medianas) potencias nuclearizadas compitiendo por los recursos naturales. Es la Europa westphaliana de finales del XIX y la lucha por el lebensraum, por el «espacio vital», pero extendida al mundo entero.

Y en ese doble escenario (de yihadismo y nuevas potencias emergentes), la política exterior de Zapatero, incomprensiblemente asumida por un diplomático experimentado como parecía ser Moratinos, certifica su rotundo fracaso. Fracaso en su abrupta retirada de Irak que hundió la reputación de España como aliado y humilló a las fuerzas armadas (para luego enviarlas -de medio lado- a Afganistán y Líbano). Fracaso en su «regreso a la Europa» de Chirac-Schröder, anti-americana, pro-rusa, y articulada en una Constitución que nunca lo fue, hoy olvidada. Fracaso en su política con los Estados Unidos («creerme; ganará Kerry», aseguraba Zapatero a Blair), potencia hegemónica hoy y mañana, y en la que pueden volver a ganarlos republicanos. Fracaso en su política iberoamericana, ya sea en Cuba, Bolivia, Venezuela o Argentina. Fracaso incluso en lo único que estuvo bien diseñado, la resolución del problema del Sahara, tapón de la botella explosiva del Magreb, magistralmente mal gestionado (y que se lo pregunten a Repsol o Gas Natural), y por lo que no hemos obtenido siquiera garantías sobre Ceuta y Melilla. Esperemos que, al igual que Felipez González y Solana cayeron del caballo de la OTAN en el giro de 1986 que instituyó el consenso en política exterior, lo haga el tandem Zapatero / Moratinos si el destino les (y nos) depara la desgracia de una segunda legislatura zapaterista.

Allende, una fuerza racional

Por Osvaldo Puccio Huidobro, embajador de Chile en España (EL PAÍS, 11/09/07):

Una extraña reacción me hizo mirar el reloj que pocos días antes me había regalado el presidente Allende para comprobar que, efectivamente, la primera bomba que caía sobre el Palacio de La Moneda cumplía la amenaza que de no salir de la sede de los presidentes de Chile a las doce en punto, los Hawker Hunter atacarían. El estruendo fue descomunal, miré a mi alrededor y en apariencia quienes ahí estaban, el presidente Allende a pocos metros, no habían sufrido daños; luego vendría uno y otro bombazo que ponían término a un extraordinario experimento cuyo programa explícito era construir una sociedad nueva al sur del sur del mundo respetando la larga tradición democrática e institucional de un país.

El final del Chile democrático, admirado y querido, del país pequeño y de dos nobeles de poesía, el que había sabido ir consolidando una impronta progresista y de mejoras, de integración e inclusión social, de conflictos sociales que tenían su cauce y expresión fundamental en partidos, sindicatos, pensadores e instituciones encontraba su representación simbólica en la muerte de Salvador Allende.

La decisión suprema de Allende de cumplir el compromiso que había adquirido con su pueblo y con las instituciones en que este se representaba fue la afirmación ética, pero sobre todo política de un modo de entender el compromiso democrático. En este sentido, la muerte de Allende es menos un gesto de sacrificio de connotaciones místicas y salvíficas, menos una señal de liberación a través de la muerte y el dolor propios de una cultura y una cosmovisión distinta a lo que Allende era, y mucho más un acto de profunda racionalidad laica, republicana, democrática, no sólo entroncado profundamente con la historia y la tradición de Chile y por tanto radicalmente contrastante con la conducta y la actitud de las fuerzas que se alzaban, sino también contrastado con una izquierda a la sazón muy hegemónica impregnada de espíritu misionero y algo convencida de que la retórica aleccionadora era dedo suficiente para tapar el sol de la realidad. Ésta elaboró una versión mitificada hasta el kitsch de lo sucedido aquel día que despojaba el gesto de Allende justamente de su fuerza racional, de su carácter de decisión profundamente política, de su entroncamiento con instituciones y del respeto a éstas y su preeminencia.

Al entender su muerte como un acto consistente con su obligación y su lealtad para con un mandato constitucionalmente legítimo e imperativo, Allende encarnaba así en su persona la destrucción de la institucionalidad democrática en Chile que los golpistas llevaban adelante. Con ello convertía en irremediablemente fallido desde el punto de vista de la democracia la acción de ellos y sus ejecutores armados -los años posteriores darían más de muchas muestras de la catadura del que aquel día procuraba treparse a hora nona al liderazgo de los que iban ganando-. Allende con su gesto afirmaba así una segunda novedad para el debate y la acción de aquellos que quieren ser sujetos de cambio social. Si la primera novedad afirmada por la “vía chilena al socialismo” fue la búsqueda de conjugar la transformación socialista con la democracia representativa, esta segunda era que la recuperación de la democracia sólo era factible luchando contra la dictadura a través de la conformación de mayorías sociales, políticas y culturales suficientes para procurar, impulsar y hacer posible la transición por los caminos de la institucionalidad y el cambio gradual.

Luego de aquel día vino un tiempo largo de horrores y dolores, pero también un tiempo prolongado de articulaciones y reencuentros, de concesiones y avances parciales, de búsqueda de formas y caminos inéditos. En ello los chilenos -y aquí es debido no hacer distinciones porque en este camino complejo han aportado de uno y otro modo gentes de las más diversas procedencias- podemos estar orgullosos.

Lo que ha ido sucediendo en Chile ha sido un proceso extenso y erizado de contradicciones a veces difícil de comprender, sobre todo para aquellos que, aun desde el cariño, consideran que en el “tercer mundo” el progresismo está llamado a tener comportamientos políticos ideologizados, unívocos y maniqueos en donde la complejidad, la sofisticación y la necesaria ambigüedad de algunos procesos simplemente no corresponde.

Son sabidos los avances del Chile democrático, en donde no sólo se destaca el brillo de las cifras de una economía sólida y abierta, o su activa inserción internacional, o un salto inédito en la calidad de las infraestructuras, o notables logros sociales como la reducción estadística de la pobreza del 37% al 18% de la población en sólo tres lustros, o datos tan significativos como que de diez estudiantes universitarios, siete son el primer miembro de su familia que llega a ese nivel, sino una situación en derechos humanos que nos permite afirmar, no sin orgullo, que no hay prácticamente ni un responsable directo que no esté judicializado y algunos de ellos ya con penas que van entre treinta años y cadena perpetua, altos mandos incluidos, o que no hay un solo grupo cuyos derechos hayan sido conculcados y que no tenga algún tipo de reparación moral y también pecuniaria. Es este contexto el que explica y al mismo tiempo se representa en la presidenta Bachelet.

Las tareas pendientes son infinitas y los desafíos para dar el brinco al desarrollo -de cuyo umbral Chile nunca ha estado tan cerca-, más que suficientes; desde luego acometer tareas que tienen que ver con la institucionalidad pública y que son urgentes, avanzar a tranco firme en la descentralización y sobre todo hacer un giro copernicano en formas de distribución de la riqueza que se hacen cada día insostenibles. Para ello es tan perentorio como apremiante buscar nuevas formas y espacios de debate, diálogo y articulación social y política, aun cuando los signos de los tiempos y no sólo en Chile parezcan suponer que en la disputa por el poder hay que apelar a todo menos a las ideas, la inteligencia y tan siquiera a las visiones de plazo largo.

Aquellas niñas que nacieron aquel Martes de 1973 tienen ahora, al decir de Neruda, la edad de las madres bellas. Pocos hechos han marcado, más allá del tiempo transcurrido, a tantos en la historia nueva como el golpe en Chile, y a las finales, las chilenas y chilenos pareciera hemos aprendido la lección.

Conspiraciones y argumentos

Por Walter Laqueur, director del Instituto de Estudios Estratégicos de Washington. Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 09/09/07):

John Mearsheimer, de Chicago, y Stephen Walt, de Harvard, son los politólogos más citados estos días en los medios de comunicación estadounidenses. Ambos se hicieron famosos hace un año y medio al publicar un artículo en el que afirmaban que el grupo de presión israelí en Washington es muy poderoso y que, dado que la alianza de Estados Unidos con Israel es contraria a los intereses estadounidenses, debería darse por finalizada. Tal grupo de presión actúa, a su juicio, a título de censor, de forma que ataja de hecho todo tipo de puntos de vista críticos con relación a Israel por considerarlos antisemitas. Las reconvenciones de estos politólogos han aparecido ahora en forma de libro y han desencadenado un amplio debate; sus autores han sido censurados por falta de objetividad, aunque también se les ha defendido desde otros ángulos.

Existe, efectivamente, un poderoso y bien organizado grupo de presión judío en Washington y no siempre ha hecho uso correcto de su influencia. Ha apoyado al Likud en Israel, y Rabin, siendo primer ministro, se quejó de su parcialidad. No ha criticado la política del Gobierno israelí de respaldo de los colonos en los territorios ocupados y no ha apoyado mucho que digamos el proceso de paz. Si estos autores se hubieran circunscrito a estas acusaciones y críticas habrían dispuesto de un buen punto de partida para entablar un debate objetivo.

Desgraciadamente, han ido mucho más lejos, exponiéndose a la crítica e incluso al ridículo. Argumentan que cabe cargar en la cuenta de Israel la responsabilidad de los ataques del 11-S y la decisión de invadir Iraq. Y si tales cosas no son atribuibles al grupo de presión israelí, lo son a los neoconservadores, judíos en su mayoría. Pero tal razonamiento topa con un problema, ya que ni uno solo de los responsables de la adopción de decisiones - el presidente, los responsables de Asuntos Exteriores y Defensa, el director de la CIA y del Consejo de Seguridad Nacional, etcétera- eran judíos, sionistas o neoconservadores. Cabría oponer que éstos eran simples marionetas manipuladas por fuerzas ocultas en la sombra, pero en tal caso entramos en el ámbito de las teorías de la conspiración, donde cada cual puede sostener lo que quiera sin esperar que le tomen en serio.

¿Cómo se adoptan las decisiones en Washington?

Se trata de una cuestión no siempre fácil de entender. Existe efectivamente un poderoso grupo de presión israelí en Washington, pero podrían hacerse apuestas sobre si es o no más poderoso que, por ejemplo, la Asociación Nacional del Rifle (NRA) o la Asociación de Personas Mayores (AARP), para no hablar de las empresas petroleras o de los fabricantes de armas. Este grupo de presión no puede ejercer la censura. Si así fuera, los dos autores mencionados no habrían encontrado editores de primer nivel que publicaran su libro; no viven en Washington y no poseen experiencia de primera mano sobre la forma de actuar del Gobierno ni sobre la forma de adopción de las decisiones. Por mi parte, no iré tan lejos como el ex secretario de Estado George Schultz - buen conocedor de cómo se cuece la política exterior-, quien ha calificado este libro de absurdo y disparate. Sin embargo, sus autores deberían haber sabido que las decisiones sobre la guerra y la paz conciernen únicamente al presidente y sus inmediatos colaboradores.

El grupo de presión en cuestión, ciertamente, puede influir en el Congreso y en consecuencia en los asuntos del país, pero en modo alguno puede confiar en poder presionar a voluntad al presidente. Ninguno de los últimos presidentes era especialmente proisraelí ni sintonizaba con los judíos; desde luego, no era el caso de Nixon ni de Carter, ni tampoco de los Bush, padre o hijo. En lo referente a los presidentes republicanos, el grupo de presión israelí no podía esperar influir en ellos en absoluto, porque la mayoría de los judíos estadounidenses ha votado siempre por los demócratas. Estos profesores de las universidades de Chicago y Harvard deberían haber sabido todo esto, pero el caso es que han propuesto muchas conclusiones erróneas. Su libro ha obtenido un éxito notable. ¿Por qué razón? Considero que ello guarda relación con la gran popularidad de las teorías de la conspiración. Según los sondeos de opinión, alrededor de un 30% en el área occidental y de una proporción superior en el mundo musulmán y Rusia creen en sólidas conspiraciones a cargo de fuerzas siniestras.

Israel no goza actualmente de popularidad. Hay gente (y no es poca) que cree que de no ser por Israel se evaporaría la mayoría de los problemas mundiales. No habría atentados o explosiones en Casablanca o Hyderabad, Londres o Madrid. No habría combates ni enfrentamientos en Cachemira o Nigeria. Los suníes no matarían a los chiíes (ni viceversa), Ahmadineyad se convertiría en un pacifista, las comunidades musulmanas en Europa se integrarían sin problemas, Osama bin Laden impulsaría proyectos agrícolas en Sudán y el petróleo costaría la mitad de su precio actual o menos. Para tales personas, el libro de estos dos profesores estadounidenses será de gran interés.

En todo caso, ¿cuál fue el factor determinante de la decisión de invadir Iraq? Richard Haas, ex alto cargo de la Administración estadounidense, ha dicho que no lo sabe, añadiendo que cree que no lo sabrá en toda su vida. Y Haas está sólo en la cincuentena.

Seis imágenes para entender el Cosmos

El monstruo del centro de la galaxia

Panorámica del núcleo galáctico en rayos X, del telescopio Chandra (NASA). El destello a la izquierda delata el agujero negro supermasivo.El centro de la Vía Láctea es una región turbulenta con mucho polvo, lo que la hace inaccesible para los telescopios que detectan la misma luz que vemos nosotros. Pero no para los telescopios que ven luz de otras longitudes de onda. Gracias a ellos se sabe que el centro de la galaxia, a 25.000 años luz de nosotros, lo ocupa un agujero negro monstruo llamado Sagitario A*, en el que una masa de varios millones de soles estaría comprimida en un espacio menor que el de la órbita terrestre. Esta imagen muestra el núcleo galáctico en rayos X. Es, sin embargo, un monstruo tranquilo, que ha limpiado ya la región circundante de gas, polvo y estrellas.







Júpiter

















Restos de una explosión

















El Sol















Baile de astros
















Sumideros cósmicos

La autocensura en China

M. R. S - Madrid - 11/09/2007

Buscar a través de la versión china de Google y de otros buscadores palabras como Taiwan o Tiananmen pueden no dar el resultado esperado. La compañía fundada por Larry Page y Sergey Brim acepta autocensurarse en China.

El mayor buscador de Internet, con 200 millones de visitas al día, suprime las referencias a asuntos considerados sensibles por las autoridades chinas, como los enfrentamientos con Taiwan y Tíbet. Además, la versión china de Google prohíbe la búsqueda de más de mil términos y expresiones.

China es uno de los países que más contenidos censuran en la red, sin embargo, lo hacen, según organizaciones como Reporteros Sin Fronteras, en connivencia con las empresas. Hace unos días, otro buscador de Internet, Yahoo!, era procesado en Estados Unidos por colaborar con las autoridades chinas y entregarles las direcciones IP -algo así como la matrícula del ordenador- de dos ciberdisidentes políticos chinos. La información proporcionada por esta compañía permitió la localización y la detención de estos dos disidentes, que cumplen ahora diez años de cárcel.

"A pesar de la censura, es mejor estar presentes en China que dejar el país aislado", asegura Peter Fleischer, asesor de política de privacidad de Google. "En China, los usuarios conocen que hay esta censura. Además, nuestro buscador allí informa de esto y ofrece la posibilidad de visitar la versión generalista del buscador", dice Fleischer.

En Google aseguran que intentan evitar la confrontación con las autoridades chinas restringiendo el número de servicios y contenidos que ofrece a los internautas de este país. El correo electrónico, los salones de chat y los servicios de blogs no están disponibles en este país, para "evitar", según Google, que el Gobierno chino pueda exigirles revelar información personal de sus usuarios. Algo que, según la empresa, sólo proporciona si la petición es válida y va acompañada de una orden judicial.

Un terrorista suicida de 15 años

I. CEMBRERO - Rabat - 11/09/2007

Abandonó el domicilio familiar en junio, unos días antes de pasar el examen de reválida. Tres meses después, sus padres han descubierto que "el más tranquilo de sus hijos" era el terrorista que el sábado pasado se voló con una furgoneta ante un cuartel de la Marina en Dellys (este de Argelia), causando 30 muertos. Se llamaba Nabil Bel-kacemi y tenía 15 años.

Sonriente, con uniforme militar y un fusil Kaláshnikov, Nabil apareció en un vídeo difundido en la noche del sábado por Al Qaeda del Magreb Islámico, en el que reivindica el atentado de Dellys y el que tuvo lugar 48 horas antes en Batna y causó 22 muertos. "Le gustaba mucho jugar al fútbol y todo el mundo reconoce que era muy educado", explicó su madre, entre lágrimas, a un periodista del diario El Watan que localizó a la familia en Bachdjarah, un suburbio de Argel. "Rezaba, pero no tenía un comportamiento extremista. Nunca rechazó la televisión ni la música. Nunca hablaba de política. Un día empezó a frecuentar la mezquita de Apreuval, en Kuba, aunque seguía acudiendo a la escuela".

"Una noche pernoctó en la mezquita y después desapareció", continúa la madre del que, cuando se incorporó a las filas terroristas, eligió el apodo de Abumussab el Zarkaui, el jefe de Al Qaeda en Irak hasta su muerte en 2005. "Esa noche me llamó al móvil para decirme que no me preocupara, que regresaría". "Más tarde volvió a llamar con tono angustiado: 'Mamá, tengo miedo. No sé donde estoy. Quiero escaparme, pero temo que os maten'. Después colgó".

"Sé que le han obligado a subirse a esa maldita furgoneta para matar a los marineros", denuncia la madre de Nabil. "Están matando a nuestros hijos. ¿Por qué eligen a niños? Si fuese un adulto, diría que se lo merece porque se lo ha buscado, pero es sólo un niño al que los adultos han convertido en kamikaze".

¿Soy descendiente de Mahoma?

EFE - El Cairo - 10/09/2007

Han pasado 1.375 años desde la muerte de Mahoma, pero su estirpe parece más viva que nunca con los más de cinco millones de egipcios que se consideran descendientes del Profeta. Para ello, el "Sindicato de Descendientes del Profeta" tiene como tarea mantener puro el linaje de Mahoma y descartar posibles impostores.

Situado en un lujoso edificio de estilo neomorisco, cerca del barrio islámico de El Cairo, el sindicato se encarga de certificar si una persona es familiar del Profeta a través de una serie de pruebas. "Egipto es el país que más descendientes del Profeta acoge, con 60.000 familias registradas en nuestros archivos", dice orgulloso el presidente del sindicato, Ahmed Kamel Yasín.

El proceso para ser reconocido oficialmente como familiar del Profeta comienza cuando una persona que cree que puede ser descendiente de Mahoma acude al Sindicato. "En algunos lugares, sobre todo, en el Alto Egipto, la tradición oral es muy importante y se transmite de padres a hijos el origen de la familia", explica Yasín.

El candidato debe aportar algún documento que demuestre su pertenencia al clan para que sea examinado por un comité de expertos que elaborarán su árbol genealógico. Si el árbol llega hasta uno de los doce imanes descendientes de Mahoma, entonces el aspirante tendrá derecho a diploma y carné, ambos expedidos por el Sindicato.

Ser reconocido como descendiente del Profeta no tiene granjeada ninguna ventaja material -asegura Yasín-, pero sí una obligación: "Ser un ejemplo para los demás y no creerse mejor que el resto de los musulmanes", dice.

La obligación de ser ejemplo para los demás la tiene Ahmed Yehi, de 53 años, documentado como descendiente del Profeta, quien asegura que "reza mejor" desde que el comité de expertos del Sindicato comprobó en 1996 que estaba vinculado con el imán Husein. Una herencia que ha transmitido a su hijo de ocho años, la nueva generación que mantendrá viva la estirpe del Profeta.

Mahoma nunca estuvo en Egipto

Bien es cierto que Mahoma nunca pisó el país del Nilo, pero, según Yasín, su nieta Zeinab se refugió en Egipto tras la muerte de su hermano Husein en Kerbala (Irak) en donde permaneció hasta su muerte en torno al año 682 d.C. Zeinab se convirtió en un personaje tan popular entre los egipcios por sus buenas obras y su caridad con los más pobres que se construyó una mezquita sobre sus restos, que ha dado nombre a un barrio de El Cairo.

En la actualidad, Sayida Zeinab (Nuestra Señora Zeinab), tal y como es conocida, es muy adorada en Egipto, pese a que el credo musulmán del país, que es suní, no admite la veneración a los santos.

Hasta aquí todo tendría su lógica si no fuera por el detalle de que los sirios también reclaman ser depositarios de los restos de Zeinab: de hecho, existe una mezquita en Damasco que lleva su nombre, mientras que los saudíes dicen que falleció en la ciudad de Medina. Sin embargo, Yasín lo tiene claro: "¡Por supuesto que murió en Egipto!", dice, y afirma que desconoce la existencia de un santuario dedicado a Zeinab en la capital siria.

Si se excavara la mezquita de Sayida Zeinab y aparecieran sus restos, los análisis de ADN podrían ser los auténticos certificados de autenticidad, pero el "Sindicato de Descendientes" prefiere inclinarse por el método del árbol genealógico, que "es mejor".

domingo, septiembre 09, 2007

Pulso en el interior de Al Qaeda

Por LORETTA NAPOLEONI 09/09/2007

En el otoño de 2004, Al-Sharq al-Awsat, el periódico saudí con sede en Londres, publicó un relato que, según se rumoreaba, había escrito un miembro del círculo íntimo de Al Qaeda. En claro contraste con la imagen habitual de la organización como multinacional del terror, describía un grupo pequeño, plagado de luchas internas y dirigido por un megalómano saudí impopular, Osama bin Laden.

El problema fundamental era la obsesión de Bin Laden con Estados Unidos. El ala moderada de Al Qaeda le reprochaba que confiase en un grupo de patrocinadores saudíes que viajaban libremente a EE UU y que le habían convencido de que era un país débil e incapaz de soportar más de tres golpes: los atentados de 1998 contra las embajadas estadounidenses en África, el atentado de 2000 contra el portaaviones USS Cole y el atentado contra las Torres Gemelas. Los moderados atribuían esta idea a la arrogancia saudí y temían las represalias militares norteamericanas. Como también la temían los talibanes, que en su mayoría despreciaban a Bin Laden y sus amigos saudíes por su ostentación y su sentimiento de superioridad.

Los propios dirigentes talibanes consideraban a Bin Laden como un estorbo. Su obsesión de que los medios occidentales dieran publicidad a su odio hacia EE UU había enfurecido en más de una ocasión al mulá Omar, el líder espiritual talibán, cuyos valedores paquistaníes habían llegado a presionarle para que obligara a Osama a callarse o le expulsara del país. Pero el régimen necesitaba los 30 millones de dólares de renta pagados por los patrocinadores de Bin Laden y la pequeña industria de los campos de entrenamiento; el régimen talibán, que funcionaba como una réplica del califato islámico medieval, sufría una falta crónica de dinero. Y la animadversión del mulá Omar hacia las drogas había limitado la única fuente de ingresos exteriores: el opio.

Los partidarios de la línea dura dentro de Al Qaeda también temían las represalias estadounidenses, aunque por distintos motivos. Ya en 1998, bajo la dirección de Abu Hafas al Masri -uno de los fundadores de Al Qaeda, que murió en Kandahar-, habían presionado a Bin Laden para que adquiriese armas de destrucción masiva o construyera bombas sucias. Su idea era introducirlas de contrabando en Estados Unidos y almacenarlas allí para utilizarlas en el caso de que los estadounidenses invadieran Afganistán. Bin Laden nunca rechazó formalmente la propuesta, pero impidió a Al Masri que la llevara a cabo.

Construir una bomba sucia en Afganistán habría sido sencillo. Los talibanes habían recuperado suficiente cantidad de armas químicas y material radiactivo de la invasión soviética como para poder fabricar más de una, y en Al Qaeda había gente con los conocimientos necesarios para hacerlo. Sin embargo, cuando Al Masri se decidió a preguntar a los talibanes sobre los materiales químicos y radiactivos, descubrió que los habían vendido en secreto a los paquistaníes porque no se fiaban de los árabes. Los miembros de la línea dura pensaron que Bin Laden era el responsable de esa antipatía.

Bin Laden era aún más impopular fuera de Al Qaeda. La arrogancia y el sentimiento de superioridad propios de los saudíes habían deteriorado su imagen entre los yihadistas, jóvenes que veían en él una prolongación de las clases dirigentes saudíes. Entre ellos estaban Jattab, un joven guerrero saudí que, a finales de los noventa, dirigió a los muyahidin en Chechenia, y el jordano Abu Mussad al Zarqaui, que, entre 1999 y 2001, dirigió en Herat un campo de entrenamiento propio, bajo los auspicios de los talibanes.

La popularidad de Bin Laden entre los antiguos muyahidin era menor si cabe. Muchos le consideraban responsable de haber convertido Al Qaeda en una milicia de sus patrocinadores saudíes. Al Qaeda, formada en torno a las enseñanzas del jeque Azzam, nació como brazo militar de una insurgencia musulmana mundial, dentro del ejército de los árabes afganos. Hacia el final de la yihad antisoviética, Azzam empezó a imaginar un Afganistán libre de soviéticos y que fuera un refugio para el futuro ejército internacional de muyahidin, y les instó a independizarse de sus patrocinadores.

Ése fue el momento en el que Osama bin Laden, el representante de hecho de los intereses saudíes en Afganistán, chocó con los intereses del jeque Abdallah Azzam. Bin Laden y sus patrocinadores saudíes querían moldear Al Qaeda para convertirla en una organización independiente del futuro régimen afgano; no les interesaba la consolidación del poder en Afganistán. Desde luego, querían seguir dominando y manipulando el futuro de las brigadas árabes. Según el investigador egipcio Abderrahim Ali, Bin Laden estaba además muy influido por la facción egipcia de la Oficina Árabe-Afgana, que dirigía Ayman al Zauahiri. Este grupo quería incorporar Al Qaeda a las tácticas terroristas y transformarla en una organización armada; al acabar la yihad contra los soviéticos, pensaban servirse de Al Qaeda para impulsar la actividad terrorista en Egipto.

La disputa terminó con el asesinato del jeque Azzam el 24 de noviembre de 1989. A partir de ese momento, Bin Laden y Al Zauahiri se hicieron poco a poco con el control de la Oficina Árabe-Afgana y convirtieron Al Qaeda en una organización terrorista financiada con dinero saudí. El asesinato fue el primero de una serie que acabó con la vida de varios miembros de la Oficina, con reminiscencias de las purgas realizadas por Stalin entre los dirigentes bolcheviques. Estas purgas prepararon el terreno para el primer atentado contra las Torres Gemelas, en 1993. Según Muhamad Sadeq Awda, miembro de Al Qaeda en prisión, Bin Laden ordenó el asesinato de Azzam porque sospechaba que tenía lazos con la CIA. Sin embargo, muchos creen que fue Al Zauahiri, y no Bin Laden, quien ordenó las purgas. Hoy sigue siendo uno de los grandes misterios sin resolver.

En vísperas del 11-S, por tanto, Bin Laden era muy impopular, tanto entre sus seguidores y sus anfitriones como entre los miembros del movimiento yihadista. Como destaca Jason Burke, un premiado periodista de The Observer, Al Qaeda no era una multinacional del terror, sino una pequeña organización bastante desconocida fuera de Afganistán. Y al terminar la batalla de Tora Bora, Al Qaeda era una sombra de sí misma. Varios combatientes fundamentales, como Al Masri, habían muerto durante los ataques de la coalición en Afganistán, y varios millares más habían sido capturados y enviados a Guantánamo; en el transcurso del año siguiente, todos los dirigentes de la organización -excepto Bin Laden y Al Zauahiri- fueron capturados por el Ejército estadounidense y llevados a un lugar no revelado.

También desapareció la obsesión de Bin Laden de llevar el terrorismo al corazón de EE UU. Tras el 11-S, todos los grandes atentados los realizaron grupos locales en sus respectivos países: Pakistán y Bali en 2002; Uzbekistán, Turquía y Casablanca en 2003. La verdad es que el 11-S fue un episodio aislado en la historia de la violencia política islámica, del mismo modo que Al Qaeda era una organización armada islámica que era atípica. Ni el GIA argelino, ni la Yemaa Islamiya indonesia, ni los Hermanos Musulmanes de Egipto, ni el Movimiento Islámico de Uzbekistán habían atacado jamás a un enemigo tan lejano, sino que todos se habían dedicado siempre a los enemigos más próximos, los regímenes oligárquicos que imperan en el mundo musulmán.

La peculiaridad de Al Qaeda se debía a la naturaleza de sus promotores. A finales de los años setenta, varios patrocinadores de Arabia Saudí y el Golfo crearon Daw'ah, una red de organizaciones benéficas, empresas e inversiones directas para difundir la doctrina wahabí -la interpretación más conservadora del islam- en el mundo musulmán. Daw'ah financió a los muyahidin y, tras la victoria en Afganistán, fomentó la violencia islámica en todos los países musulmanes. Desde Uzbekistán hasta Somalia, desde Chechenia hasta Argelia, Daw'ah costeó una serie de organizaciones armadas que luchaban para establecer regímenes acordes con la sharía. Al Qaeda también se benefició del dinero de Daw'ah y Bin Laden fue uno de sus grandes agentes durante los años ochenta en Afganistán. Sin embargo, cuando le expulsaron de Arabia Saudí en los años noventa, se encontró con que no podía usar esos fondos para sufragar una rebelión en el país del que procedían sus donantes. Para esquivar el problema creó una organización armada transnacional cuyos objetivos serían los valedores de los saudíes, es decir, Estados Unidos. Si podía destruir Estados Unidos, podría derrocar el régimen saudí: éste era el mensaje oculto del manifiesto de 1998 contra los cruzados sionistas, suscrito por Al Zauahiri y motor de los atentados contra las embajadas estadounidenses en Kenia y Tanzania y el atentado contra el USS Cole en Yemen.

La ilusión de Bin Laden de que Estados Unidos se desintegraría después del tercer y definitivo ataque es equiparable a la absurda idea del Gobierno de Bush de que Al Qaeda estaba en el centro de una conspiración mundial de organizaciones armadas islámicas. Este engaño constituyó la base de la guerra contra el terror, que pronto se convirtió en una lucha contra las sombras de Al Qaeda. Por ejemplo, después de la batalla de Tora Bora, Bin Laden y Al Zauahiri desaparecieron por las buenas en la zona fronteriza entre Afganistán y Pakistán gobernada por los dirigentes tribales islámicos. Seis años después del 11-S, continúan en libertad.

En contra de los consejos de los servicios de espionaje de todo el mundo, EE UU desvió su atención hacia Irak con el argumento de que Sadam Husein formaba parte de la conspiración. "En Oriente Próximo, hasta los niños se reían de esa asociación", dijo Fouad Hussein, un periodista jordano que se entrevistó con Al Zarqaui en la cárcel. Todavía más increíble era el arsenal de armas de destrucción masiva de Sadam; si lo hubiera tenido, lo habría empleado antes de la invasión.

Para justificar un ataque preventivo contra Sadam, se inventó un vínculo ficticio entre Bin Laden y el dictador iraquí, y así nació el mito de Al Zarqaui, el hombre de Al Qaeda en Irak. La fabricación de pruebas falsas por Estados Unidos y la obsesión de los medios de comunicación con Al Qaeda fue su mitología. Una historia interminable de sangre, violencia o heroísmo, dependiendo de quién la contara, sustituyó a la verdad: que, con la caída del régimen talibán, Al Qaeda había dejado de existir. Las masas musulmanas, oprimidas por dirigentes corruptos y antidemocráticos e indignadas por la humillación diaria de los iraquíes, y los occidentales, aterrorizados por sus propios gobiernos, se creyeron el cuento.

La vieja dirección de Al Qaeda, ahora firmemente controlada por Al Zauahiri, reforzó esa idea a base de explotar su notoriedad y utilizar los medios de comunicación e Internet para difundir su propaganda. Al Qaeda se convirtió en distintivo de calidad en el repugnante campo del terror islamista. Bin Laden llegó a pretender negociar una tregua en Irak tras el atentado de Madrid en 2004, cuando la verdad era que prácticamente no podía mantenerse a sí mismo en su escondite. A finales de 2003, Al Zauahiri escribió una carta a Al Zarqaui para pedirle dinero.

La guerra de Irak devolvió la vida a Al Qaeda. De sus cenizas surgió un nuevo fénix, el alqaedismo, una nueva ideología antiimperialista. La entrada de Al Zarqaui -su icono fundamental- en Al Qaeda, como emir de la organización en Irak, selló la transición. Las organizaciones armadas islámicas, costeadas durante decenios por Daw'ah, entraron pronto bajo este paraguas ideológico; desde los pequeños grupos escindidos del GIA en Argelia hasta los grupos locales del Reino Unido, todos adoptaron la etiqueta de Al Qaeda. Irónicamente, como hace seis años, Osama bin Laden y Al Zauahiri no controlan lo que ocurre en el mundo yihadista, pese a ser los símbolos más importantes de un movimiento mundial creado por la paranoia occidental.

El Gobierno de Bush y sus más estrechos aliados conocían la verdadera historia de Al Qaeda. Si no inmediatamente después del 11-S, no cabe duda de que la captura de figuras clave como Binalshibh y Abu Zubayda les permitió tener una idea muy clara de las luchas internas de la organización. También conocían su verdadero poder y su fuerza. Michael Shuwer, responsable de la Unidad Osama de la CIA hasta 1999, asegura que informó a sus superiores sobre los auténticos peligros de Al Qaeda antes del 11-S. Después del atentado, aconsejó que capturasen vivo o muerto a Osama bin Laden inmediatamente, antes de que se convirtiera en un símbolo, pero sus palabras fueron ignoradas.

Si hoy vivimos en un mundo mucho más peligroso es porque los políticos manipularon la verdadera naturaleza de Al Qaeda y convirtieron la visión que tenía Osama bin Laden de EE UU en una profecía autocumplida. Si se hubieran empleado los recursos para llevar ante la justicia a Osama bin Laden y Al Zauahiri, Al Qaeda habría quedado relegada a los libros de historia en lugar de ocupar las primeras páginas de los periódicos. El sexto aniversario de la tragedia de las Torres Gemelas parece una buena ocasión para empezar a revelar la verdad y utilizarla con el fin de llevar la paz a nuestro mundo. Callar a Bin Laden y Al Zauahiri no acabará con la violencia islámica, pero sería un paso en la buena dirección. Otro paso más sería el de dar con una solución a la pesadilla iraquí y poner fin al paralelismo entre Al Qaeda y la guerra fría. Pequeños pasos hasta que todos los mitos de los seis últimos años queden al descubierto y sean destruidos.

Loretta Napoleoni es experta en financiación del terrorismo, asesora a varios Gobiernos en temas de lucha antiterrorista. Traducción de M. L. Rodríguez Tapia

jueves, septiembre 06, 2007

Una nueva rebelión en Congo amenaza la extracción de coltan, esencial para los móviles

R. L. / AGENCIAS - Madrid / Masisi - 06/09/2007

El este de la República Democrática de Congo (RDC), rico en coltan, mineral esencial para la telefonía móvil, vuelve a estar en guerra. Un general tutsi, Laurent Nkunda, acusado de crímenes de guerra por la Corte Penal Internacional, lleva dos semanas sublevado contra el Gobierno en la provincia de Kivu norte, donde está el parque de los gorilas de montaña más importante del mundo. Los combates han producido decenas de muertos y el éxodo masivo. Las guerras en la región de los Grandes Lagos han matado a más de cuatro millones de civiles desde 1994.

No es casual que el centro de la nueva rebelión sea Masisi, la capital de la extracción de coltan, un mineral estratégico que sirve para recubrir las baterías de los teléfonos móviles y de las consolas de los videojuegos más populares. Se calcula que el 12% de la producción mundial de este mineral (columbita-tantalatita) procede del este de Congo, país que posee el 80% de las reservas africanas conocidas de coltan.

Cuando en 1998 los ejércitos de Ruanda, Uganda y Congo peleaban por el control de esta provincia (Kivu norte, rica también en cereales), un informe de la ONU comparó la situación del coltan con los diamantes de sangre de Sierra Leona y Liberia, y señaló a los Gobiernos de Uganda y Ruanda como los grandes agitadores (y beneficiarios) de esa guerra, que según las ONG ha costado desde entonces más de cuatro millones de vidas.

Ahora, cuando en teoría existe un proceso de paz en marcha (desde 2003 y que desembocó en las elecciones de agosto de 2006) y una presencia masiva de tropas de la ONU en la RDC, 17.000 cascos azules, el general Nkunda lanza una nueva rebelión. No es la primera vez que sucede: estuvo en primera línea de la revuelta de los banyamulengues (tutsis congoleños en los Kivus) en noviembre de 1996, que liderada por el ex guerrillero Laurent Kabila acabó en mayo de 1997 con el régimen de Mobutu Sese Seko.

También estuvo Nkunda en el intento de golpe de Estado tutsi de agosto de 1998 contra Kabila, que ya no satisfacía las exigencias de sus patrocinadores, Uganda y Ruanda, y que degeneró en una guerra que llegó a enemistar a los viejos amigos (Yoweri Museveni, presidente de Uganda, y Paul Kagame, presidente de Ruanda), que lanzaron sus ejércitos tras el control de las materias primas.

La actual revuelta del general Nkunda, que dirige las brigadas 81ª y 83ª del Ejército de la RDC y que dice contar con 8.000 hombres armados, comenzó hace dos semanas, pero es en los últimos días cuando se ha agravado.

Aviones de Naciones Unidas han servido para transportar soldados y pertrechos del Ejército leal a Kinshasa y helicópteros artillados de la RDC de fabricación rusa han bombardeado posiciones rebeldes. Fuentes oficiales que cita la agencia Reuters sostienen que han dado muerte a 100 rebeldes, pero no existe confirmación independiente alguna.

Los combates han provocado un éxodo de una población civil diezmada por las guerras, el hambre, las enfermedades y los abusos de todas las partes en conflicto. Miles de ellos ya han cruzado la frontera con Uganda con la esperanza de salvar la vida.

Nkunda acusa al Gobierno de Joseph Kabila (hijo de Laurent Kabila, asesinado en 2001) de apoyar a la guerrilla hutu de las Fuerzas Democráticas de Liberación de Ruanda y su milicia interahamwe (los que matan juntos), responsables del genocidio de 800.000 tutsis y hutus moderados en la primavera de 1994 en Ruanda. El general rebelde asegura que ese apoyo pone en riesgo la supervivencia de los propios banyamulengues congoleños. Aunque nadie lo dice, es difícil pensar que Nkunda actúe sin el apoyo, o al menos consentimiento, de Ruanda, cuyo Ejército es el más potente de la zona. En la guerra de 1999-2003, Ruanda llegó a contar con una extensión de territorio 14 veces superior al suyo. La RDC es un inmenso país de 2,5 millones de kilómetros cuadrados, unas cinco veces España.

Amenaza para los gorilas

La nueva crisis de Congo ha llamado esta vez la atención internacional porque los combates se desarrollan cerca del parque nacional de Viruga, donde habitan los gorilas de montaña. Se calcula que quedan unos 700 ejemplares entre las fronteras de la República Democrática de Congo, Ruanda y Uganda. Hace unas semanas, nueve ejemplares fueron hallados muertos, al parecer abatidos por fuerzas de Nkunda. La defensa de estos gorilas, una especie en peligro de extinción, fue llevada a cabo por la zoóloga estadounidense Dian Fossey, asesinada por ese trabajo en su casa de Ruhengeri (Ruanda) en 1985. Su vida y obra fueron recogidas en la película Gorilas en la niebla.

Dejadme solo

Por LLUÍS BASSETS 06/09/2007

Quien va bien es Alemania, pero la moda sigue jugando a favor de Francia. Superados sus primeros cien días, la popularidad de Sarkozy es enorme y no deja de proporcionar, día sí y otro también, las mejores fotos y las novedades más asombrosas. Pero de momento todo forma parte del efecto anuncio, sin correspondencia con mejora alguna en el comportamiento de la economía francesa ni en la acometida de reformas de auténtica envergadura. Alemania, en cambio, acaba de salir de los números rojos por primera vez desde la caída del muro: ha registrado un superávit del 0,1%, vuelve a cumplir con las exigencias de Maastricht después de cuatro años seguidos en falta, y su gran coalición de Gobierno puede exhibir como un éxito su programa de reformas suaves y el incremento del IVA en un 3%. La absorción de la antigua Alemania comunista habrá durado nada menos que 18 años, en los que el lastre frenaba a la clásica locomotora económica europea. Su economía está creciendo a un ritmo del 2,5%, bastante por encima del escaso 1,75% francés. El paro está en sus cifras más bajas de los tres últimos lustros y las exportaciones en todo lo alto. El Gobierno alemán, en cambio, no se dedica a bajadas de impuestos espectaculares ni a pregonar reformas imposibles (tampoco podría, porque lo impide la gran coalición). Y la locomotora funciona también en lo político, como demuestra el semestre de doble presidencia alemana de la UE y del G-8: Angela Merkel desanudó la madeja de la Constitución europea y forzó a EE UU a moverse de su encastillamiento respecto al cambio climático.

Todo lo que hace Merkel contrasta con Sarkozy. Donde una es liberal, el otro es intervencionista; donde una flexible y negociadora, el otro dogmático e intratable; donde una escucha, el otro da lecciones. La colegiación y la concertación frente a la personalización y las OPA hostiles. El Gobierno alemán quiere controlar las inversiones extranjeras, sobre todo en sectores estratégicos y por parte de capitales dudosos, originarios de países como China, Rusia o las monarquías árabes. El francés en cambio observa el problema en términos de patriotismo industrial y de campeones nacionales. Merkel sigue la tradición alemana de no interferir en las decisiones del banco central, mientras Sarkozy no puede resistir sus impulsos de hacer gravitar su poder sobre quienes deciden sobre la política monetaria. El francés reivindica la anulación de las diferencias entre izquierda y derecha: la alemana la practica, trabajando y renovando los acuerdos de coalición y evitando la gestualidad provocadora y la frivolidad de la incorrección política. Merkel es la mujer más poderosa del planeta, por segundo año consecutivo, según la revista norteamericana Forbes. Pero quien ocupa las páginas de la prensa del corazón y las portadas de la prensa de referencia es Nicolas Sarkozy.

El nuevo presidente francés saca meritorio partido del marasmo en el que estaba hundida Francia y del vacío político e ideológico que tiene a su izquierda, donde el Partido Socialista se ha convertido en un supermercado donde escoger y comprar. Su popularidad no se explica sólo porque él es el único que ocupa la escena, sino porque los franceses querían que pasara algo, que alguien dijera cosas distintas, y todo esto tienen la sensación de que está sucediendo. Si Francia estaba ausente de la escena internacional, si tenía un presidente anciano y afónico, ahora hay un joven hiperactivo que habla por los codos, está en todas partes y se cree protagonista de todo cuanto se ve bendecido por su luminosa presencia. Francia existe.

La presidencia francesa vuelve a lucir. Él ha sido quien ha recuperado la Constitución europea. Quien ha reconstruido la relación con Washington. Quien ha puesto firmes al Banco Central Europeo. Quien ha cantado las verdades del barquero sobre los temas más escabrosos: los pedófilos, por ejemplo. Quien ha autorizado con sus correspondientes condiciones la fusión entre EDF y GDF o ha dirigido una carta diciéndoles a los maestros cómo deben hacer las cosas.

Sólo le faltaba a Sarkozy que una escritora de talento y calidad literaria como Yasmina Reza se ocupara de él durante un año entero con el propósito de escribir luego una semblanza en la que no hay ni ideas ni programas, sino únicamente la ambición personal en toda su crudeza. El diario Le Monde, al que no cabe calificar de antisarkozista, ha tirado de la señal de alarma y ha señalado que "nadie, por grande que sea su talento, puede servir para todo". El editorial, titulado Demasiado solo, habla de "un ejercicio peligrosamente solitario del poder", que afecta a la propia democracia, y presenta al joven presidente como un auténtico y voraz acaparador, que como un torero figura exige y se crece en su soledad ante el peligro.

O se emborracha a capotazos.